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El infinito naufragio

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—Mira, Enrique, te agradezco que te preocupes por mí. Tienes razón: el viejo me explota pero no puedo dejar el boxeo. Es lo único que sé hacer. Además cada vez que me trepo a un ring siento que me desquito de todo lo que me ha pasado. Ya sabes. No olvides que el viejo me consiguió el acta de nacimiento y el certificado de primaria.

—Entonces ¿para qué vienes a marchar? También hubiera podido sacarte chueca la cartilla.

—Sí, claro, pero se empeñó en que hiciera el Servicio Militar. Dice que es bueno para mi disciplina. Cuando tenga la cartilla podré conseguir el pasaporte e irme a California… Si no, me discriminan dos veces: por negro y por mexicano. ¡Imagínate!

—Te repito que es una tontería sentirse mal por lo que uno es. No hay nadie que tenga derecho a despreciar a otra persona.

—Para ti es fácil decirlo porque te ha ido bien. Tu familia te apoyó y pronto te recibirás de profesor. En cambio yo sólo tengo el box.

—No, José: tienes la vida por delante. Estudia, lee. Lee sobre todo los libros y las revistas que te di. Debes estar orgulloso de llamarte como él. Stalin es el hombre más bueno y más inteligente que existe. Sufre por los que sufren. No te conoce pero te comprende y lucha para que todo el mundo sea feliz.

—¿En serio?

—Claro que sí. Analiza su biografía. Aprende a usar el diccionario que te regalé y haz listas de todas las palabras que no sepas.

—Me aburre.

—Entonces permíteme que te lea y te vaya explicando.

—Bueno, cuando regrese de Durango.

7

En la semifinal El Negro Morales, que había llamado la atención en los rings del norte, tuvo su debut, beneficio y despedida en la Arena Coliseo al caer por nocaut técnico bajo los puños del extraordinario novato Pepe Ponce. En el primer round Ponce envió dos veces a la lona a Morales, que se vio lento y falto de reflejos. Al minuto y veinte segundos del tercer asalto, el árbitro detuvo la pelea cuando los ganchos de izquierda que hizo llover su implacable adversario ya habían transformado en zombi al indefenso Morales.

8

Editorial. Quousque tandem…? La Libertad de Prensa es garantía de la vida democrática y se ejerce sin restricciones en todo el país. Sin embargo, su ejercicio no debe confundirse, en aras de un falso y mal entendido liberalismo, con las incitaciones a la disolución social y la calumnia irrestricta contra autoridades legítimamente elegidas por el voto popular y contra empresarios que mantienen abiertas fuentes de trabajo para beneficio de muchas familias en nuestra región, y así contribuyen al notable desenvolvimiento económico, que ha sido el asombro de propios y extraños.

Motiva estas reflexiones la persistencia inexplicable de un pasquín disolvente, lleno de ideas exóticas e injurias al brillante régimen que preside el Señor Licenciado Don Miguel Alemán y ha puesto a México en un sitio de privilegio entre las naciones del orbe. El hediondo panfleto, mal impreso y peor redactado, se distribuye en escuelas y fábricas, a ciencia y paciencia de los responsables de vigilar el orden e impedir todo conato de subversión en una tierra como la nuestra que apenas se repone de largos años de violencia fratricida.

Perpetra ese crimen de lesa Patria un sedicente “profesor” que venenosamente infunde en la conciencia maleable de sus infortunados educandos ideas enemigas del bienestar social de que disfrutamos. Este agitador pretende ignorar que hace mucho el Pueblo de México, unido como un solo hombre, acabó con la nefanda y torpe “educación socialista”, error de pasados gobiernos, lacra de la que no quisiéramos ni acordarnos, disparate que autorizaba cualquier desenfreno de los cuerpos y de las conciencias.

La Sociedad exige ponerle un hasta aquí al rojillo de marras que tanto daño está sembrando no sólo entre la juventud estudiosa, porvenir radiante de México, sino entre obreros y campesinos, tan beneficiados por el dinámico régimen alemanista. ¡Basta ya! Preguntemos con el inmortal Cicerón: Quousque tandem abutere Altamirano patientia nostra?

9

Ya hay claridad de día cuando subes los siete pisos del edificio sin elevador en la colonia Escandón. Abres la puerta de tu departamento. Te desvistes y te arrojas a la cama. No puedes dormir. Te persigue la imagen de Enrique Altamirano. Altamirano bajo los golpes, en la pileta, sometido a los toques eléctricos en el cuerpo mojado. Altamirano sangrante, escupiendo los dientes, tumefacto, asfixiándose. Por último Altamirano inerte con los ojos abiertos. En tus treinta años de vida sólo dos personas se han portado bien contigo: Enrique Altamirano y Ernesto Domínguez Puga.

Don Ernesto, el gran policía, el hombre que se ufana de haber asesinado a Álvaro Obregón, te levantó del arroyo cuando eras una piltrafa después de tu fracaso en el box, te recomendó para el trabajo que desempeñas y te hace sentirte otra vez fuerte e importante, como en los primeros tiempos sobre el ring… Don Ernesto… ¿Qué hubiera hecho don Ernesto en tu lugar? Lo mismo que tú. Uno acepta responsabilidades y tiene deberes. Lo demás no cuenta.

Tomas una revista de la mesa de noche y a la luz que se filtra por las persianas observas las imágenes de los torturadores que acaban de linchar en otro país al caer el régimen que sostenían. Penden de un poste, son muertos a golpes, o bien se arrodillan, suplican, piden perdón, invocan a sus esposas y a sus hijos, dicen que ellos no tienen la culpa: se limitaron a cumplir órdenes. Apartas la revista. Te levantas y entras en el cuarto de baño en busca de una pastilla para dormir.

10

A las tres de la tarde el estruendo que subía de la calle despertó a José Morales. Reconoció el golpe inconfundible del tambor y el sonido de los clarines. Se puso violentamente de pie. Amartilló su escuadra y quedó inmóvil. El estruendo se aproximaba.

José Morales se miró al espejo y observó en su cara una expresión que sólo había visto en los torturados. Me matarán, me colgarán de un poste, me rociarán de gasolina para quemarme vivo. Ya se hizo lo que buscaba Altamirano. Pero no me arrodillaré a pedir perdón. Seguramente vienen por mí. No, no me agarran vivo. Se introdujo en la boca el cañón de la pistola. Sintió su frialdad en los dientes y en el paladar, pensó en el estallido del cráneo y la dispersión sangrienta de la masa encefálica. No se atrevió a oprimir el gatillo. Los tambores y los clarines sonaban cada vez más cerca del edificio. Entonces arrojó la escuadra y saltó por la ventana.

Su cuerpo quedó entre la acera y el pavimento, hundido en su propia sangre. Las alumnas de la Escuela Comercial Leona Vicario suspendieron sus ejercicios de escoleta. Casi todas volvieron la vista para no contemplar el espectáculo de la muerte. Su profesora se acercó al cadáver de José Morales y le cubrió el rostro con su chal. Docenas de curiosos parecían llegar de todas partes.

—¿Lo mataron?

—No: se suicidó; lo vi cuando se tiraba por la ventana. Lo que pasa es que casi no se oyó el azotón por el ruido que estaban haciendo las muchachas con sus tambores y sus cornetas. No sé para qué diablos en las escuelas comerciales las ponen a perder el tiempo con esas tonterías. Ni que estuviéramos en guerra.

—¿Quién era el muerto? —preguntó una mujer.

—Nunca supe su nombre —respondió un vecino del edificio.

GULLIVER EN EL PAÍS DE LOS MEGÁRIDOS

Un capítulo inédito de Jonathan Swift

En noviembre de 1982 acaba de encontrarse en Trinity College, Dublín, un manuscrito que no figura en Travels into Several Remote Nations of the World by Lemuel Gulliver, libro que ha llegado a nosotros con el simple título de Los viajes de Gulliver. Quizás al ver analogías demasiado obvias con la realidad de aquel momento el impresor Benjamin Mott lo suprimió en la primera edición de 1726. Jonathan Swift (1667-1745) no lo incluyó en las posteriores. El fragmento puede ser también una falsificación tramada por “Speranza”, Lady Jane, la madre de Oscar Wilde, durante la hambruna de 1848. Sea como fuere, vale la pena traducir un relato que tal vez debió figurar entre los capítulos once y doce del libro.

Swift es la cumbre intelectual de la perpetua resistencia irlandesa y el más grande escritor del incomparable siglo XVIII en su lengua. No hay traducción capaz de hacer justicia al maestro de Voltaire y al fundador de la prosa moderna en todos los idiomas.

Me despedí de los nobles y corteses houyhnhnms y me alejé remando de la costa. Pasadas tres semanas de navegación vi una isla que no figura en los mapas. Al centro se erguía un anillo montañoso coronado por una nube negra. Tal vez era producto de una explosión reciente. Quise huir de la isla cataclísmica, pero una gran lancha embistió a mi esquife. A señas imperiosas sus tripulantes me obligaron a orillarme.

En cuanto desembarcamos aquellos hombres me sujetaron violentamente y hurgaron en mis escasas posesiones. Aunque no llevaba sino agua, pan duro y carne seca, me indicaron que el transporte de estos alimentos estaba prohibido por sus leyes y debía pagarles una multa directa e inmediata a fin de recobrar mi libertad. No llevaba conmigo moneda alguna: les entregué mi reloj y los anillos que en su lecho de muerte me había dado mi padre.

Mis perseguidores cambiaron en ese instante. Me dijeron que la isla se llamaba Megaria y me invitaron a su capital, Megaris. Cada uno de ellos puso a mi disposición lo que designó como “su humilde casa”. Nunca en mis viajes por regiones ignotas había encontrado seres como los megáridos: pasan sin transición de la agresividad más brutal a la mayor dulzura y gentileza, o viceversa. Otro tanto me asombró descubrir que hablaban un dialecto del inglés. A pesar de su grotesca distorsión pudimos entendernos sin dificultades.

 

No soporto el espectáculo de un coche tirado por un inteligente houyhnhnm para comodidad de un yahoo fétido y bestial. Celebré que en Megaria, tan atrasada en muchos otros aspectos, los vehículos se propulsaran por sí mismos, aun a costa de su peligrosidad y de producir humo pestilente.

Aterrado por la velocidad que alcanzan estos carromatos, hice el trayecto en silencio. Mis acompañantes intercambiaban sonidos sin vocales, como en la escritura hebrea. Para ellos deben ser una especie de música verbal. A mí, extranjero, me sonaban como nn, pss, q’n, dg’n. Me encantó la abrupta hermosura del camino pero me dolió ver cómo desaprovechan los megáridos la riqueza de su tierra: bosques enteros destruidos sin que se planten nuevos árboles, ríos agonizantes que arrastran toda clase de suciedades y desperdicios, campos fértiles transformados en basureros donde sobresalía una materia que llaman plástico. Dicen que sirve para todo pero tiene el inconveniente de que una vez agotada su utilidad es indestructible. Vi también fábricas en ruinas, fastuosas obras inconclusas con placas que las dan por terminadas en un ayer lejano y las ofrendan a la memoria, siempre maldecida, de los antiguos sultanes.

En cuanto llegamos a su casa el jefe de mis captores hizo desfilar ante mí a su mujer y a sus quince hijos. Todos de una delgadez cadavérica en contraste con la panza indescriptible del que llamaré mi amigo. Entre risas me susurró al oído que él era muy yahoo y tenía otras cinco familias semejantes. La esposa nos sirvió cuero tostado de cerdo, que se come con limón, sal y un pimiento que hace arder el paladar, así como una especie de vodka o aguardiente que extraen de un agave. Luego, por orden de mi anfitrión, la señora desapareció en la cocina.

Ya bajo la ilusoria camaradería del alcohol los megáridos me informaron que Megaria, si bien papista y mahometana, está gobernada por sultanes. Son designados por un gran elector y duran seis años en el cargo. Bajo la Luna de Aqueronte, como llaman al período final de cada reinado, los megáridos decapitan al sultán y cubren de oprobio su memoria.

Antes de ser ofrendado en sacrificio al nuevo sultán, se inviste al antiguo con la piel de un dios vivo, como a las víctimas propiciatorias en las religiones primitivas. Se le permite acumular fortunas y hacer su voluntad sin que nadie pueda oponérsele. Se le aísla de toda crítica y diariamente es drogado con adulaciones que harían perder la cabeza al más humilde de los santos. Se le dan alimentos sagrados y oro en cantidades inverosímiles y puede disfrutar sin recato a todas las vestales del templo.

El método de gobierno que observan los sultanes megáridos asombraría a los europeos. Tienen prohibido sentarse y reflexionar. Nunca están quietos, van de un lado a otro profiriendo gansadas que los trompeteros del reino divulgan como si fueran perlas de sabiduría. A menudo se reúnen largas horas con otros hablantines a quienes nadie escucha, pues se les pide su opinión acerca de algo ya resuelto de antemano. El sultán hace su espejo de toda Megaria: dondequiera contempla su efigie ampliada y embellecida. En la última noche de su mandato los megáridos queman en grandes hogueras expiatorias todo lo que adoraron. Postrados de hinojos ante la imagen del que llega, musitan alabanzas y lo cubren de baba.

Los megáridos son personas extrañas. Dicen las peores cosas acerca de Megaria y de sí mismos. Sin embargo se ofenden cuando el extranjero no las refuta. Como a los irlandeses, alguien les indicó hace siglos que eran gente que nació para callar, obedecer y ser perseguida, despreciada, aplastada, arruinada, atormentada y extirpada de la faz de la tierra. Los megáridos aún no han sido capaces de sobreponerse a esta infamia aunque, a mi juicio imparcial, tienen todo lo necesario para lograrlo.

Hallé otra similitud entre Irlanda y Megaria. Este país también fue colonia. Sefaris, la metrópoli, enviaba como virreyes a hombres eficientes y honrados. Pero durante la travesía los piratas más sanguinarios y ladrones asaltaban los barcos, mataban a los virreyes y tomaban su lugar. De modo que Megaria fue devastada para beneficio de otros sin que nadie se preocupara por dejarle algo con vistas a un mañana que, al parecer, no llegará nunca.

Contra lo que ellos mismos dicen, no son los megáridos el mayor problema de Megaria sino la cercanía de una gran isla llamada Argona. Su relación es más o menos la misma de Inglaterra con Irlanda. Ellos creen odiar a los argones pero en realidad los admiran hasta la locura y tratan de imitarlos en todo: su habla, sus comidas, su sexualidad, sus escuelas, sus espectáculos, sus vestimentas, sus ambiciones, la disposición de las ciudades que arrasan de continuo para abrir paso a sus vehículos.

Como los ingleses a mi país, primero Sefaris y después Argona le impidieron a Megaria producir todo aquello que pudiera afectar la industria y el comercio metropolitanos. La obligaron a traficar exclusivamente con ellas y al hacerlo arruinaron la agricultura megárida. Ahora tienen que importar hasta los alimentos esenciales. Las consecuencias en Megaria son las mismas que en Irlanda: riqueza inconcebible de unos cuantos, hambre crónica para el pueblo, desempleo, mendicidad, crimen, violencia, prostitución y servilismo.

Para colmar las asombrosas semejanzas con Inglaterra e Irlanda, el dinero de Argona invadió a Megaria e hizo desaparecer prácticamente su unidad monetaria. Este ejército de ocupación probó ser más eficaz y poderoso que las legiones imperiales de Londres y los colonos anglicanos que oprimen a la mayoría papista irlandesa.

Argona, por supuesto, se lava las manos: ella no obligó a nadie a adquirir sus piezas de cobre. En su ceguera y egoísmo los propios megáridos—atraídos por una especie de linterna mágica o teatro de sombras que en este archipiélago llaman “visión a distancia”— horadaron el suelo en que apoyaban los pies. Ahora son como ardillas que se persiguen en una jaula redonda y para subsistir imploran a los argones préstamos usurarios que no terminarán de pagar jamás.

A estas alturas del relato ya no podía contener mis lágrimas. Fue peor lo que siguió. Los megáridos me dijeron que la isla del sur perdió su gran oportunidad cuando todas las naciones del archipiélago necesitaron grandes cantidades de estiércol como fertilizante y combustible. La naturaleza dotó a Megaria con una raza de vacas y toros capaces de transformar interiormente medio kilo de pastura en una tonelada de boñiga. De pronto el excremento que se desperdiciaba resultó una gran fuente de riqueza para Megaria.

Como en la fábula de la lechera, los megáridos hicieron grandes proyectos sin recordar que todos los cántaros se rompen. Enloquecidos de vanidad y entusiasmo por esa lotería, se olvidaron de cuanto no fuera la bosta. A las multitudes hambrientas se les prometió el paraíso. El estiércol excrementó la economía megárida. En una operación de egoísmo suicida los ricos dilapidaron la abundancia estercolera en comilonas, orgías y baratijas, o bien compraron ostentosas mansiones y guardaron su dinero en Argona.

Mientras los argones llenaban sus establos con grandes cantidades de boñiga para producir una repentina baja en el precio y poner nuevamente de rodillas a los ensoberbecidos habitantes del sur, los megáridos convertían en bisteces sus productivas vacas y exterminaban a sus toros en bárbaras ceremonias que llaman “corridas”.

Un día amanecieron con el precio del estiércol por los suelos, sin ganado y sin moneda, porque toda la que hubo los ricos la cambiaron y la invirtieron en Argona. Un gran pleito estalló entre los beneficiarios de la boñiga. Todos los hombres del sultán —visires, emires, sátrapas y jerifes— pelearon a muerte entre sí y contra los barones de la usura. Entretanto los innumerables pobres de Megaria tuvieron que importar de Argona carísimos cereales. Entonces, como en Irlanda, aparecieron los que nosotros llamamos arbitristas o aritméticos políticos. Es decir, los autores de proyectos abstractos para mejorar el destino colectivo, planes que siempre terminan en el fracaso pero no sin antes causar a millones todos los sufrimientos que trataron de impedir.

No pude más. Bañado en llanto me despedí y me eché a caminar por Megaris. Al poco tiempo sentí que me asfixiaba y comprobé que la nube negra observada desde el mar era producto de los espantosos vehículos que liberaron a los houyhnhnms a cambio de esclavizar a los propios yahoos y a sus semejantes humanos. Para colmo, en Megaris, ciudad dantesca en forma de embudo montañoso, el veneno de los transportes se liga al humo de sus fábricas y a la pulverización de toneladas y toneladas de mierda.

Traté de escapar de este sitio infernal. Pero es muy difícil movilizarse en él. Me dirigí al poniente con la esperanza de que encontraría el mar y mi frágil embarcación. En el camino se desplegó ante mis ojos la más extraña capital que he visto nunca. Horrible en su conjunto y totalmente deshecha para abrir paso a sus carruajes y enriquecer a sus gobernantes con el nuevo valor que adquiere el terreno, Megaris tiene entre tanta fealdad algunos de los mejores edificios que he hallado en esta parte del mundo.

Contra lo que parece, no todo es maldad, corrupción, estiércol y rapiña en Megaris. En ella florecen las ciencias y las artes. Hay muchos megáridos, hombres y mujeres, que se preocupan por algo más que su egoísta beneficio. En la inhóspita capital del sufrimiento, amor y solidaridad existen junto al odio, la violencia y la pugna entre los bribones por humillar y explotar a su prójimo.

Atravesé regiones de una miseria tan sórdida y oprobiosa como la que ha traído la industria a los pobres de Inglaterra y la opresión a los parias de Irlanda. Después llegué a una zona en que se concentra cuanto en Gran Bretaña está disperso. Era como ver al mismo tiempo Windsor Castle, Balmoral y las grandes manor houses. Los megáridos, pensé, engañaron al extranjero: la suya, y no Argona, es la más próspera de las tierras. La ostentación de su riqueza se me volvió aplastante. Acaso, me dije, he cambiado de país sin darme cuenta.

Una muchacha que pasaba por allí me explicó que yo no había salido de Megaris. Estaba en la misma capital doliente, sólo que en la parte reservada a los hombres de los sultanes, a los barones de la usura y a los procónsules e intermediarios de Argona. Tanto esplendor sería imposible si no existieran las cuevas y las chozas de lámina y cartón que yo acababa de ver.

Esto no es nada, comentó la muchacha. Gracias a la riqueza que produjo el estiércol hay nuevos palacios y castillos aún más deslumbrantes. Mientras los pobladores de las cuevas no vieron ni el espejismo de la edad de oro prometida, y ahora tienen que pagar la cuenta de lo que otros disfrutaron, los yahoos megáridos de aquí arriba pueden seguir divirtiéndose con lo que previsoramente atesoraron en Argona.

¿Por qué no devuelven lo robado y arreglan así lo que desarreglaron?, pregunté. La muchacha respondió algo para mí incomprensible: Porque no tienen madre. Nos despedimos. Me alejé hacia la costa pensando que Megaria es todavía más extraña que Lilliput, Brobdingang, Laputa, Balnibarbi y Glubbdubdrib juntas; sus habitantes me resultan enigmáticos como los struldbruggs, y el sultán no menos misterioso que Golbasto Momarem Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, Most Mighty Emperor of Lilliput, Delight and Terror of the Universe.

De unas escaleras hundidas en la tierra brotaron en tropel inconcebibles multitudes de pobres. Dos elegantes yahoos megáridos que estaban a mi lado se rieron de sus víctimas y las llamaron con nombres insultantes. Me enfrenté a los yahoos y les dije: Imbéciles. Miren lo que ustedes hicieron de la maravillosa isla de Megaria. ¿Ni siquiera después de sus fracasos, sus corrupciones y sus crímenes se dan cuenta de que esa multitud que los sostiene y a la que ustedes tanto desprecian constituye la última y la única esperanza?

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