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El infinito naufragio

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GOTERA

Se hace presente.

Desafía al mundo entero la voraz humedad

y destila una gota más que arrojarla.

La deja libre por fin.

En un susurro le ordena:

“Invade ese lugar

en donde nadie te espera.

Rompe la cárcel metálica

en que te confinaron para servirlos.

”Los ofende tu avara lluvia,

tu leve ruido seco los enloquece.

Harán lo imposible

por cerrarte el camino,

como si fueras

la tempestad y no una simple gota de agua.

”La casa estalla por lo más delgado: los tubos.

Déjate caer a menudas pausas.

Sal a afrentarlos.

”Eres el minucioso poder del agua,

condenado en la brevedad que nadie puede parar.

Eres el triunfo

de lo insignificante

contra el significado de su orden, prendido

con alfileres a la nada y el caos.”

Siglo pasado (desenlace)

ENCUENTRO

Ya me encontré a mí mismo en una esquina del tiempo.

No quise dirigirme la palabra,

en venganza por todo lo que me he hecho con saña.

Y me seguí de largo y me dejé hablando solo

—con gran resentimiento por supuesto.

Como la lluvia

LA MIRADA DEL OTRO

El pez en el acuario

Mudo observa

El espacio que mide con su vuelo.

Del agua sólo sabe:

“Esto es el mundo”.

De nosotros lo azoran los enigmas.

“¿Quiénes serán? Extraños prisioneros

De la Tierra y el aire.

Si vinieran aquí se asfixiarían.

”Los compadezco. Pobres animales

Que dan vueltas eternas al vacío.

”Viven para ser vistos.

Son carnada

De un poderoso anzuelo inexplicable.

”Algún día

He de verlos inertes, boca arriba,

Flotantes en la cima de su Nada.”

EL MAÑANA

A los veinte años nos dijeron: “Hay

Que sacrificarse por el Mañana”.

Y ofrendamos la vida en el altar

Del dios que nunca llega.

Me gustaría encontrarme ya al final

Con los viejos maestros de aquel tiempo.

Tendrían que decirme si de verdad

Todo este horror de ahora era el Mañana.

AMANECER EN COATEPEC

Los pájaros que incendian la mañana

No estaban aquí anoche.

Tal vez se abrían camino en las tinieblas

Y como el Sol-jaguar de los aztecas

Absorbían la sangre de los muertos

(Basta leer las noticias)

Para resucitar entre las frondas

Como heraldos dichosos o sombríos

De que la absurda vida sigue intacta

Y nada pudo contra el día la noche.

LOS DÍAS QUE NO SE NOMBRAN

En vano trato

De recordar lo que pasó aquel día.

Estuve en algún lado,

Hablé con alguien,

Leí algún libro…

Lo he olvidado todo.

A tan sólo unos meses de distancia

Parece que las cosas sucedieron

En el siglo XIV antes de Cristo.

¿Qué dije, qué pensé?

No tengo idea.

Jamás me enteraré de lo ocurrido.

Salí de las tinieblas,

Voy a ellas.

Todo es nunca por siempre en nuestra vida.

La edad de las tinieblas

ELOGIO DEL JABÓN

El objeto más bello y más limpio de este mundo es el jabón oval que sólo huele a sí mismo. Trozo de nieve tibia o marfil inocente, el jabón resulta lo servicial por excelencia. Dan ganas de conservarlo ileso, halago para la vista, ofrenda para el tacto y el olfato. Duele que su destino sea mezclarse con toda la sordidez del planeta.

En un instante celebrará sus nupcias con el agua, esencia de todo. Sin ella el jabón no sería nada, no justificaría su indispensable existencia. La nobleza de su vínculo no impide que sea destructivo para los dos.

Inocencia y pureza van a sacrificarse en el altar de la inmundicia. Al tocar la suciedad del planeta ambos, para absolvernos, dejarán su condición de lirio y origen para ser habitantes de las alcantarillas y lodo de la cloaca.

También el jabón por servir se acaba y se acaba sirviendo. Cumplido su deber será laja viscosa, plasta informe contraria a la perfección que ahora tengo en la mano.

Medios lustrales para borrar la pesadumbre de ser y las corrupciones de estar vivos, agua y jabón al redimirnos de la noche nos bautizan de nuevo cada mañana. Sin su alianza sagrada, no tardaríamos en descender a nuestro infierno de bestias repugnantes. Lo sabemos, preferimos ignorarlo y no darle las gracias.

Nacemos sucios, terminaremos como trozos de abyecta podredumbre. El jabón mantiene a raya las señales de nuestra asquerosidad primigenia, desvanece la barbarie del cuerpo, nos permite salir una y otra vez de las tinieblas y el pantano.

Parte indispensable de la vida, el jabón no puede estar exento de la sordidez común a lo que vive. Tampoco le fue dado el no ser cómplice del crimen universal que nos ha permitido estar un día más sobre la Tierra.

Mientras me afeito y escucho un concierto de cámara, me niego a recordar que tanta belleza sobrenatural, la música vuelta espuma del aire, no sería posible sin los árboles destruidos (los instrumentos musicales), el marfil de los elefantes (el teclado del piano), las tripas de los gatos (las cuerdas).

Del mismo modo, no importan las esencias vegetales, las sustancias químicas ni los perfumes añadidos: la materia prima del jabón impoluto es la grasa de los mataderos. Lo más bello y lo más pulcro no existirían si no estuvieran basados en lo más sucio y en lo más horrible. Así es y será siempre por desgracia.

Jabón también el olvido que limpia del vivir y su exceso. Jabón la memoria que depura cuanto inventa como recuerdo. Jabón la palabra escrita. Poesía impía, prosa sarnosa. Lo más radiante encuentra su origen en lo más oscuro. Jabón la lengua española que lava en el poema las heridas del ser, las manchas del desamparo y el fracaso.

Contra el crimen universal no puedo hacer nada. Aspiro el aroma a nuevo del jabón. El agua permitirá que se deslice sobre la piel y nos devuelva una inocencia imaginaria.

EL INVICTO

Pasa el día entero sentado a una mesa del bar. Ya casi nadie se le acerca. El dueño lo juzga parte del mobiliario y le regala licor barato y sobras de comida. Cuando la muerte se aproxima el consuelo único es la narración. Vivir para él es sólo recordar su épica de oro.

“Yo fui el campeón y los campeones nunca dejan de serlo. Aquella noche en el cuarto round todos me daban por muerto. Era el viejo de treinta y cuatro años contra el retador de veinte. Sangraba de las cejas y mi mánager iba a tirar la toalla. Pero una vez más salí del pozo en que me habían hundido sus golpes, acorralé al muchacho en una esquina y mi izquierda infalible lo derrumbó como un poste.”

Después habla de los presidentes, los empresarios y los gángsters ya desaparecidos que lo colmaron de beneficios y regalos. Exagera las fortunas derrochadas en estrellas de cine y otras mujeres, “a las que sin el boxeo nunca me hubiera atrevido a mirar de frente”.

Termina siempre con el relato del alcoholismo, las parrandas, los daños físicos de su profesión, los divorcios, los falsos amigos que lo ayudaron a consumir los millones de dólares, el descenso a un infierno de miseria y soledad que se ha alargado muchos años.

Si alguien hace un gesto de lástima o intenta darle dinero contesta: “Por favor no me compadezcan. Perdí por decisión mis últimas peleas hasta que ya nadie quiso contratarme. Me llegó el fin como les llega a todos. Y ahora soy un guiñapo, estoy en la calle, me quedé sin nada, sí —pero no me noquearon. Nadie jamás me vio tendido en la lona”.

Relatos

La sangre de Medusa

LA SANGRE DE MEDUSA

… la espada sin honor, perdido todolo que gané, menos el gesto huraño.

GILBERTO OWEN

Cuando Perseo despierta sus primeras miradas nunca son para Andrómeda. Sale al jardín, se lava el rostro en la fuente de mármol y observa desde la terraza la ciudad de Micenas. Se sabe amo absoluto, semidiós respetado. Sin embargo lo habitan la tristeza y el recuerdo de sus viejas hazañas. Tendido bajo un árbol, contempla el vientre que se alza cada día más entre su túnica y espera, cabizbajo, el llamado de Andrómeda.

Fermín Morales apagó el cigarro antes de entrar en la vecindad. A su esposa le molestaba verlo fumar y él quería ahorrarse una nueva disputa. Cruzó el zaguán húmedo y subió por la escalera desgastada. Al entrar en su cuarto vio a Isabel: cubierta por una bata de franela, hojeaba en la cama Confidencias, La Familia y Sucesos para Todos. Los rizos artificiales le recordaron a Fermín un nudo de serpientes que de niño había observado en una feria en Nonoalco.

Perseo ya no visita sus caballerizas. Le entristece ver a Pegaso, anciano, ciego, con las alas marchitas, ruina de aquel hijo del viento que nació de la sangre de Medusa. Hoy la cabeza de la Gorgona y su cabellera de serpientes adornan el escudo de Atenea. Pero Medusa venga su derrota.

 

Pegaso ya no es el mismo que tantas veces se reflejó desde los cielos sobre el Mediterráneo, ni el que avisó a Perseo que una Hespéride lo había descubierto cuando cortaba las manzanas de oro en el jardín prohibido. Al ver a su caballo alado el rey de Micenas no puede evitar que lo llenen la melancolía y la sensación de que su paso por la tierra ya se acerca al final.

Tiempo atrás el Oráculo de Delfos vaticinó a Acrisio, rey de Argos, que moriría a manos de su nieto. Para impedirlo encerró a Dánae en una cámara subterránea de bronce, con sólo una abertura que dejaba pasar el aire y la luz. Dánae era la única hija de Acrisio y la mujer más bella del reino. Zeus, convertido en lluvia de oro, logró violar la cárcel inexpugnable y engendró a Perseo en el vientre de Dánae.

Nueve meses después Acrisio no se atrevió a matarlos por temor a las Furias que persiguen a quienes derraman su propia sangre. Metió en un cofre a la madre y al hijo y los echó al mar. Las olas llevaron su carga a la isla de Sérifos. Polidecto recibió en su corte a Dánae y al niño que llevaba en los brazos.

Perseo llegó a la adolescencia. Polidecto quiso alejarlo para quedarse con Dánae. Le dio el encargo de ir a la isla de las Gorgonas, que estaba en Occidente, cerca del Gran Océano, y traerle la cabeza de Medusa. Así, Polidecto condenaba a muerte a Perseo: nadie en el mundo podía sobrevivir a la Gorgona que con sólo mirarlos petrificaba a los vivos.

No obstante, como hijo de Zeus, Perseo era un semidiós y merecía la ayuda del Olimpo. Cubierto por el escudo de Atenea, defendido por la espada de Hermes y el casco de Hades, Perseo entró en la cueva de las Gorgonas. Para no verla de frente y transformarse en piedra bajo su mirada, se guió por la imagen de Medusa reflejada en el escudo. Se acercó a ella y la decapitó de un solo tajo.

Un caballo alado brotó de su sangre. El héroe montó en Pegaso y fue a Sérifos para liberar a su madre. Petrificó a Polidecto y a sus cortesanos al mostrarles la cabeza muerta de la Gorgona. En vez de asumir el trono Perseo dio el reino de la isla a su amigo Lidys, el pescador que había rescatado el cofre en la playa.

Dánae le pidió reconciliarse con su abuelo. Perseo se trasladó a Argos, derrocó al usurpador Preto y devolvió el poder a Acrisio. A pesar de todo, el Oráculo de Delfos era infalible. La profecía se cumplió: durante los juegos que celebraron la victoria Perseo lanzó un disco de metal y sin proponérselo dio muerte a Acrisio. No quiso permanecer en la ciudad manchada de sangre y decidió fundar Micenas.

Isabel tenía cincuenta y cinco años cuando conoció a Fermín que apenas iba a cumplir veinte. Ambos trabajaban en el Ministerio de Comunicaciones. Fermín era muy tímido y nunca se había acercado a ninguna mujer. A los seis meses se casaron. Él se empleó como chofer particular y ella dejó la oficina. Desde entonces habitaron en la vecindad de las calles de Uruguay. Su existencia se transformó en una interminable reyerta.

Perseo recorre sus dominios. Observa la Puerta de los Leones, las murallas ciclópeas, piedras invulnerables erguidas para cercar el sitio en que poco a poco va muriendo el rey de Micenas. Camina bajo el sol recién nacido y observa su sombra ya encorvada. Su padre Zeus no lo preservó del tiempo. Cronos, su abuelo, lentamente lo devora como si en Perseo se vengara de Zeus por haberlo desterrado del Olimpo. El viento asedia la ciudad amurallada. Desde la terraza Andrómeda observa a Perseo y también siente que la historia del héroe ha llegado a su fin.

Isabel opinaba que en la guerra de los sexos las mujeres sólo podían librarse de la opresión y el martirio mediante el ejercicio del poder absoluto. Exigió a Fermín que le entregara íntegras sus quincenas y no fuera sin permiso a ningún sitio. Los sábados iban juntos al cine y los domingos a Chapultepec. Los celos de Isabel acosaban a Fermín y eran motivo de continuas escenas. Incapaz de pedir el divorcio o alejarse de ella, se limitaba a esperar la muerte de su esposa que en 1955 había cumplido setenta años.

Perseo se tiende sobre la hierba. Tose, se agita, mira a su alrededor y cree que el día amaneció nublado. No quiere aceptar el oscurecimiento de sus ojos. Se levanta, camina hacia el palacio. Los guardias lo saludan elevando sus lanzas. En la cámara real las esclavas visten a Andrómeda. Perseo la mira, oculto tras una cortina.

También Andrómeda es distinta a la princesa etíope que compitió en hermosura con las hijas de Nereo, el dios del mar. Celosas de Andrómeda, las Nereidas la ataron a una roca para que la devorase un monstruo marino. Perseo llegó cabalgando en Pegaso. Venció al dragón y se casó con Andrómeda. Hoy el amor entre los dos es sólo el recuerdo de aquellos días que sucedieron al combate.

Fermín puso algún reparo a la cena. Isabel lo echó de la casa. Vagó por las calles, ávido de huir y temeroso de regresar. Sin embargo volvió a las pocas horas e imploró perdón. Isabel, en respuesta, le arrojó a la cara la olla de fideos. Fermín tomó un cuchillo de cocina y lo clavó siete veces en el cuerpo de Isabel que se desplomó como una estatua rota.

Las vecinas se asomaron a la puerta. Fermín bajó las escaleras y se echó a correr hacia San Juan de Letrán. Media hora después, cuando los policías lo capturaron en la Alameda, no opuso resistencia ni dio explicaciones. Quedó en un silencio que ya jamás iba a romper. Dijeron que había enloquecido a raíz del crimen. En realidad se limitaba a escuchar el viento en las ramas y el agua en las fuentes. Hoy pasa los días tratando de apresar el polvo suspendido en un rayo de luz.

Alza la vista al cielo. A su lado el mundo parece más opaco, más hastiado de ser y de acabarse. Al centro de la tumba que los sepulta en vida Perseo y Fermín son el mismo hombre y sus historias forman una sola historia. El sol hiere sus ojos. En su prisión de piedra él espera que llegue el caballo con alas que nació de la sangre de Medusa.

TERUEL

El tictac del reloj se abría paso entre el silencio nocturno. Desde la cama en que lo torturaban el calor y la fiebre, Néstor contaba, doce veces cada hora, otros cinco minutos como aquellos que no se apartarían de su memoria. Un año antes él y su padre habían llegado a Veracruz y al segundo piso de ese edificio cerca del mar. Estaba de nuevo en primer año, pues los certificados escolares se perdieron, con todas las cosas de la familia, cuando dejaron Barcelona y cruzaron los Pirineos bajo la nieve. Como si los años anteriores no existiesen, Néstor había vuelto a deletrear, a hacer sumas y restas elementales, a llenar de frases cuadernos enteros.

Al salir de la escuela caminaba por los muelles para reunirse con su padre en el viejo café lleno de mesas de mármol y abanicos eléctricos. A veces algún otro se sentaba con ellos. A la conversación volvían los mismos nombres: Barcelona, Madrid, Guadalajara, El Jarama, Brunete, Guernica, Teruel y tantos otros que para Néstor se mezclaban en la confusión de cuanto vivió y perdió antes de sus siete años. Todo aquello lo separaba de sus compañeros. Nadie más en su escuela había sufrido bajo un bombardeo como aquel de marzo de 1938 en Barcelona. Nunca iba a olvidarlo: en él murió su madre.

Por la noche, en la terraza hasta la que llegaba el olor del mar, su padre le contaba obsesivamente la misma historia de una batalla que a Néstor le parecía librada en otro siglo: 1937, en otro mundo: Teruel. Héroes sin nombre quedaron allá muertos bajo la nieve y la metralla. Los sobrevivientes como Néstor y su padre escucharon un día en el campo francés los nombres de México y de Cárdenas. Y subieron a un barco y cruzaron el amargo mar.

Aquella tarde, en vez del frío y la nieve de Teruel durante la batalla, la arena de los médanos azotó la ciudad. Néstor entró llorando en su casa. Confesó que acababa de pelearse (y perder) con un niño que se burlaba de él por ser distinto, por no ir a misa y hablar con un acento diferente. Su padre lo llamó cobarde, le volvió la espalda y salió del departamento.

Comprendió que sólo había una posibilidad de ser digno de su padre y de los muertos en Teruel, un último recurso para que nadie volviera nunca a llamarlo cobarde. En un cajón del escritorio estaba la salamanquesa, la venenosa lagartija, el reptil transparente que Néstor había atrapado en el jardín. Una vecina que asistió a la persecución y la captura le ordenó liberar a la salamanquesa: tenía una lengua afilada y ponzoñosa que si llegaba a picarlo le iba a causar la muerte.

Desobedeció: guardó a la salamanquesa en un frasco de cristal, hizo algunas perforaciones en la tapa de hojalata, arrancó unas briznas de hierba para que le sirvieran de alimento al reptil; le puso agua en una cajita metálica que había contenido Pastillas del Dr. Andreu y guardó el recipiente en el último cajón del escritorio. Durante varios días olvidó a la salamanquesa y el peligro que representaba. Pero bajo la doble humillación del pleito perdido y la injuria de su padre, Néstor comprendió que sólo el enfrentarse a ella podía reconciliarlo consigo mismo.

Había caído la noche. Néstor entró en la sala oscurecida donde sólo brillaba la carátula del reloj, un Westclox corriente y demasiado sonoro que en esos momentos le pareció tan vivo como el animal que estaba a punto de ponerlo a prueba. Arrastró una silla, puso el reloj en el escritorio y se dejó caer sobre el asiento de bejuco.

Abrió el cajón, destapó el frasco y metió la mano derecha hasta tocar las briznas. La salamanquesa no tardaría en morderlo y envenenarlo. Así Néstor demostraría que no fue un cobarde y supo morir como los héroes de Teruel. Se dio un plazo de cinco minutos. Empezó a contarlos en la esfera del reloj.

Sintió el sudor frío que le bajaba por la frente. En cualquiera de esos segundos la salamanquesa le clavaría el dardo de su lengua para vengarse de la derrota y el encierro. Tres minutos pasaron sin que Néstor sintiera la mordedura esperada. Sus dedos trituraban las briznas. El miedo y la angustia no eran tan fuertes como su orgullo: él no retiraría la mano hasta vencer o morir en esa guerra secreta y sin testigos. Contra las paredes de vidrio la salamanquesa se movía ágil y tensa como cuando la vio surgir entre las grietas del muro.

Al cumplirse el plazo Néstor sacó la mano y, sin acordarse de tapar el frasco, cerró sin fuerzas el cajón. Su padre lo encontró desmayado junto al escritorio. Lo alzó en brazos y lo dejó en la cama. Abrió el cajón, vio a la salamanquesa lanzarse contra él y antes de que lograra herirlo le dio muerte.

Néstor pasó dos días consumido por la fiebre. Por las noches, en medio del silencio, contaba una y otra vez en la carátula luminosa del reloj cinco minutos como aquellos de la guerra secreta en que demostró que no era un cobarde: él también tenía derecho a sobrevivir porque contempló de frente a la muerte como los héroes de Teruel.

EL TORTURADOR

1

La luz del alba te desprende de los objetos y te aísla en el patio de la prisión. Tocas el dorso de tu mano. Se ha vuelto como la piel del otro, el hombre que acabas de atormentar. Yace sin sentido en un charco de sangre, pero resistió, asumió toda la responsabilidad, no delató a nadie. Martínez se acerca a ti y dice que, según el jefe, se excedieron en el castigo: Altamirano ha muerto.

Te encoges de hombros, enciendes el primer cigarro de la mañana, pasas por el salón donde conversan otros como tú, entras en el cuarto de baño, te miras al espejo. No hay asco ni miedo: después de todo, cumples tu deber, obedeces órdenes, defiendes a la sociedad.

Tienes sólo treinta años y sientes que ya son demasiados. El pelo crespo empieza a agrisarse y a ralear. Dos surcos profundos se adelantan a unir la nariz y las comisuras. Acaso lamentes, quizá sientas vergüenza de que esta noche el torturado haya sido precisamente Altamirano. Te admira su valor para no culpar a nadie y su generosidad para no escupirte como hizo con los demás torturadores. O bien, el negarse a reconocerte ¿fue una humillación más de las muchas que te infirió con su bondad? La prueba última de que se consideraba superior ¿radicó en hacer como si nunca antes te hubiera visto, no rogarte que lo compadecieras lo mismo que él se condolió de ti?

En otro mundo, en otra vida, recuerdas, Altamirano te permitió entender que eras igual a tu prójimo y no tenías razón para sentirte inferior a nadie. Te habló de un mañana en que todos los habitantes de la tierra fraternizarían en una sociedad sin oprimidos ni opresores. Incluso te dio una fecha para el sueño realizado: 1960. El impensable, el inconcebible año de entonces que ahora, 7 de diciembre, está a punto de terminar y confundirse con los otros años.

 

Pobre Altamirano. Creyó en la bondad esencial de sus semejantes y acabó como res en el matadero. Todos lo traicionaron. Tú más que nadie. Pero no fue por gusto: obedeciste órdenes, te repites. Altamirano había puesto en peligro la seguridad nacional con un plan que él y otros cinco ilusos elaboraron para trastornar el sistema de comunicaciones en el país.

Te echas agua en la cara. Te lavas las manos. Sales. Martínez sugiere que vayan al burdel. Contestas que prefieres ir a los baños de vapor del Hotel Regis y a desayunarte con don Ernesto Domínguez Puga en el café de la farmacia para después dormir hasta las cuatro o cinco de la tarde.

Martínez te toma del brazo y te encamina hacia el Pontiac estacionado en la calle sin pavimento. No te preocupes, dice: pronto encontrarán el cadáver de Altamirano con ropa interior de mujer y con las uñas y los labios pintados. Los periódicos de nota roja mostrarán la foto y dirán: “Sádico crimen entre homosexuales”.

2

Donata abrió los ojos en la barraca de la comadrona. Observó al niño que la mujer le presentaba en silencio. Hizo un esfuerzo y recordó la noche en que llegó a Tampico el acorazado General Grant. Los tripulantes irrumpieron ya ebrios en el Salón Tahití. Nadie sacó a bailar a Donata. Hasta que al fin, impulsado por voces que ella no entendía, se levantó de una mesa el cocinero del barco. No la invitó a la pista. Dejó en sus manos unos cuantos dólares y la siguió por el pasillo poblado de macetas hasta el cuarto húmedo y opaco, lleno de espejos y mantas floreadas.

Isaiah Murrow, from Texarkana —dijo por toda presentación cuando ya estaban desnudos en la cama—. What’s your name?…

—Jenny —mintió Donata al sentir el cuerpo sudoroso, las manos metálicas que se aferraban a sus caderas, la boca jadeante pegada a sus senos.

El hombre la penetró con urgencia. Donata fingió placer y sintió extrañeza cuando él la besó en los labios y le dijo algo para ella incomprensible. A los pocos minutos Isaiah Murrow eyaculó, se puso de pie, se lavó en la palangana, le dio las gracias y un dólar de plata y fue a reunirse con los otros marinos. Había sido el séptimo cliente de esa noche. Donata estaba muy fatigada y no acudió en busca del irrigador como siempre. Se quedó inmóvil en el lecho y se durmió pensando en aquel nombre, Texarkana. A los diecisiete años Donata Morales quedó embarazada. Se negó a abortar porque no tenía a nadie en el mundo y un hijo le daba seguridad y la justificaba. Perdió su empleo en el Salón Tahití. Con sus ahorros pagó un alumbramiento que le costó mucho dolor y mucha sangre. Dio a luz un niño idéntico a su padre, Isaiah Murrow, el de Texarkana.

Donata jamás recuperó la esbeltez adolescente que le había ganado tanta clientela en el Salón Tahití. Se hizo alcohólica y descendió a prostituirse en las calles. A los veintidós años un ebrio le cortó la garganta en un cuarto de hotel sólo para ver qué se sentía. Macrina, la mujer a quien Donata lo confiaba, le explicó a José Morales que su madre se había ido a Francia en un barco y pronto iba a regresar y a traerle muchos regalos. Poco después Macrina abandonó a José en la fonda en donde trabajaba de mesera y huyó para no cargar con la responsabilidad.

3

No me molesten. No les he hecho nada. Tengo doce años como casi todos ellos. Me gustaría jugar e ir a la escuela. Pero lo único que hago es darme de golpes con quienes me persiguen. Antes era peor. Ahora ya sé pelear y estoy acostumbrado. Ya no hay quien se me ponga si no es en montón. Y ni así pueden conmigo. Por eso me tiran piedras y me agarran entre todos. Negro negro negro, como si ellos fueran tan blancos. Son iguales que yo aunque no quieran reconocerlo. Pero ellos dicen que son morenos o mulatos y en cambio yo soy negro como de África. ¿Qué será África?

Vuelvo a casa ensangrentado, con la camisa rota. Doña Eusebia se enoja y me grita: Nunca vas a aprender, hijo de puta. Le molesta mucho tener que darme la comida y dejarme dormir en un colchón mugroso. A veces la ayudo a barrer, a trapear, a lavar platos. Cuando los rompo o quedan grasientos doña Eusebia me da de coscorrones. Si quiero servir las mesas, los clientes de la fonda me gritan y me insultan, me tratan peor que doña Eusebia. Como ya estoy grande para dejarme, les contesto y me peleo con ellos.

Hoy le di en toda la madre a Guillermo, que debe de tener como quince años. A este pinche indio se le ocurrió que me tumbaran en bola y fue el que me pegó con más gusto. Acabo de encontrarlo solo en el muelle, agachado sobre su caña. No sabe pescar. Qué va a saber si es de la sierra y está recién llegado el muy pendejo. De una patada en la espalda lo tiré al agua. Por poco se ahoga. Lo sacaron unos petroleros, todo lleno de aceite y chillando de miedo como un marica. Ahora sí se le va a quitar lo sabroso. Cómo me gustaría encontrarme de uno por uno a todos esos cabrones.

4

El verano encerraba en un pozo de calor a Monterrey. La noche hervía en la Plaza de Armas. José Morales terminó de lustrar unos zapatos, recibió algunas monedas y siguió conversando con Teodoro:

—¿Así que tú también te pelaste de la Correccional de Ciudad Victoria?

—Pues aquí nomás. ¿A poco sólo tú tienes tus mañas?

—A mí me salió peor —dijo Morales—. Después me agarraron robando espejos de coche y, aunque todavía soy menor de edad, o eso creo porque no tengo acta de nacimiento, me mandaron al bote en San Luis Potosí con pura gente de lo peor. Allí me enseñaron todo lo bueno y lo malo que sé, desde bolear zapatos hasta abrir puertas con ganzúa.

”Cuando menos el botellón me aseguraba casa y comida. Yo no quería salir pero me echaron a la calle. Ahora hasta para ser cargador necesitas papeles y escuela. No encontraba chamba, dormía en los parques y comía basura arrebatándosela a los perros. No me quedó más remedio que meterme a una feria. Me daban algo de lana por pasarme de seis a doce, con la cabeza pintada para verme más negro de lo que soy, asomado a un hueco, esquivando las bolas de hilacha que me tiraban para divertirse. El que me ponía un chingadazo en la frente o en el hocico se llevaba un muñeco de barro o cualquier otra pendejada. Hasta que un cabrón quiso hacerse el muy salsa con su chamaca, envolvió una piedra dentro de la bolita y me descalabró. Salí furioso y le tiré los dientes a madrazos. Se armó un escándalo de la chingada y me pelé antes de que llegara la policía.

”Me vine para acá y hace un año que ando de bolero. Apenas gano para comerme unos tacos, pagar el cuarto, ir al cine y al box que me gusta mucho. Todo se me va en los materiales. He querido buscarle por otro lado pero no sé leer bien, aunque algo aprendí en el bote. Francamente más vale andar con tu cajón que trabajar de gato o lavando coches en una gasolinería. ¿No crees?”

—Para mí que estoy cojo sí aguanta la boleada, pero tú, Morales, eres bueno para los madrazos y estás a tiempo todavía. Conozco a un señor que tiene un gimnasio. Si quieres te lo presento.

5

Amigos radioescuchas, La Voz de la Laguna, trasmitiendo desde sus estudios en la bella ciudad de Torreón, les desea muy buenas noches y lleva hasta sus hogares una entrevista exclusiva con El Negro Morales, el sensacional noqueador tamaulipeco que anoche derrotó en el primer round a Carlitos Godoy, el hasta ayer invicto estilista de Gómez Palacio.

Como todos ustedes saben, la carrera de este joven peleador ha sido meteórica. El Negro Morales se perfila como el gran prospecto de la temporada boxística. En dos años y medio de actividad sobre los rings ha participado en treinta combates, de los cuales ha ganado veintiocho, dieciséis de ellos por nocaut; empatado una pelea y perdido otra por decisión. ¡Una sola vez conoció la derrota este muchacho que nació para el triunfo!

No creemos equivocarnos, amigos, al decir que ustedes también quedaron impresionados por el ponch, la velocidad y la decisión de este joven peleador que, estamos seguros, hará brillar su nombre al lado de los grandes campeones mexicanos. Con nosotros en el estudio, ¡El Negro Morales!

6

Terminó la instrucción militar. Los conscriptos rompieron filas. José Morales se alejó caminando a solas por la avenida bordeada de álamos. Enrique Altamirano le dio alcance:

—Espérame. Vámonos juntos. Te invito a comer.

—No, déjalo. Muchas gracias. Tengo que entrenar. El martes peleo en Durango.

—Espérate un momento. Me gustaría seguir hablando contigo. Quiero que entiendas bien lo que te he dicho.