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La promesa

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Z serii: Myron Bolitar #8
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8

En los días siguientes, cuando Myron recordaba aquel momento, la forma como Aimee sonrió, le saludó y se desvaneció en la oscuridad, se preguntaba qué había sentido. ¿Había tenido una premonición, una sensación de inquietud, una punzada en la base del subconsciente, algo que le avisara, algo que no podía quitarse de encima? No lo creía. Pero era difícil acordarse.

Esperó diez minutos más en aquel callejón sin salida. No pasó nada.

Así que Myron elaboró un plan.

Tardó un rato en encontrar el camino de vuelta. Aimee le había guiado por aquel laberinto suburbano, pero tal vez Myron debería haber dejado miguitas de pan por el camino. Se abrió camino al estilo rata en un laberinto durante veinte minutos hasta que dio con Paramus Road, que le condujo por fin a una arteria principal, la Garden State Parkway.

Pero para entonces, Myron no tenía pensado volver al piso de Nueva York.

Era sábado a la noche —bueno, domingo por la mañana— y si se iba a la casa de Livingston, podría jugar al baloncesto por la mañana antes de ir al aeropuerto a coger el avión hacia Miami.

Erik, el padre de Aimee, jugaba todos los domingos sin falta.

Ese era el plan inmediato de Myron, por patético que fuera.

Así que, a primera hora de la mañana —demasiado temprano, francamente— Myron se levantó, se puso unos pantalones cortos y una camiseta, quitó el polvo a las rodilleras, y se fue al gimnasio de la Heritage Middle School. Antes de entrar, Myron llamó al móvil de Aimee. Salió inmediatamente su contestador, y su voz era alegre y al mismo tiempo muy adolescente en su «Bueno, deja un mensaje».

Estaba a punto de colgar cuando le sonó en la mano. Miró el identificador de llamadas. Nada.

—¿Diga?

—Eres un hijo de puta. —La voz sonaba sofocada y baja. Parecía un joven, pero era difícil saberlo—. ¿Me oyes, Myron? Un hijo de puta. Y pagarás por lo que has hecho.

Se cortó la llamada. Myron marcó sesenta y nueve y esperó a oír el número. Una voz mecánica se lo dio. Prefijo local, eso sí, pero por lo demás no le sonaba de nada. Paró el coche y lo apuntó. Lo buscaría más tarde.

Cuando Myron entró en la escuela, tardó un segundo en adaptarse a la luz artificial, pero, en cuanto lo hizo, aparecieron los fantasmas familiares. El gimnasio tenía el olor rancio de todos los institutos. Alguien regateó con la pelota. Algunos chicos rieron. Los sonidos eran siempre los mismos, todos contaminados con el eco.

Myron hacía meses que no jugaba porque no le gustaban aquellos partidos de guante blanco. El baloncesto, el deporte en sí, todavía significaba mucho para él. Le encantaba. Le encantaba la sensación de la pelota en los dedos, la forma como palpaban las estrías al saltar para tirar, el arco de la pelota dirigiéndose al aro, el efecto de retroceso, el posicionamiento para el rebote, el pase perfecto. Le encantaba la decisión en un instante —pasar, rebotar, tirar— las aberturas repentinas que duraban centésimas de segundo, la forma como el tiempo se detenía para escabullirse por la rendija.

Le encantaba todo eso.

Lo que no le gustaba era el machismo típico de la mediana edad. El gimnasio estaba lleno de Amos del Universo, de varones alfa en potencia que, a pesar de su gran casa y su cartera repleta y el coche deportivo compensador del pene, seguían necesitando derrotar a alguien en algo. Myron había sido competitivo de joven. Quizá demasiado. Estaba loco por ganar. Había aprendido que ésa no era siempre una buena cualidad, aunque a menudo separara a los muy buenos de los grandes, a los casi profesionales de los profesionales: el anhelo —no, la necesidad— de ser mejor que otro hombre.

Pero lo había superado. Algunos de esos hombres —una minoría seguramente, pero suficientes— no lo habían superado.

Cuando los demás vieron a Myron, el antiguo jugador de la NBA (aunque fuera por tan breve tiempo), vieron la posibilidad de demostrar lo hombres que eran. Incluso ahora. Incluso ahora que la mayoría ya pasaba de los cuarenta. Y cuando la destreza es menor pero el corazón todavía anhela la gloria, puede ser física y directamente desagradable.

Myron echó un vistazo al gimnasio y encontró su razón de haber ido allí.

Erik se estaba calentando en un rincón. Myron corrió hacia él y le llamó.

—Erik, eh, ¿cómo va?

Erik se volvió y le sonrió.

—Buenos días, Myron. Me alegro de que hayas venido.

—No soy muy madrugador normalmente —dijo Myron.

Erik le lanzó la pelota. Myron tiró. Cayó fuera del aro.

—¿Trasnochaste? —preguntó Erik.

—Mucho.

—Te he visto mejor.

—Vaya, gracias —dijo Myron—. ¿Cómo va todo?

—Bien, ¿y a ti?

—Bien.

Alguien gritó y los diez hombres corrieron al centro de la cancha. Así funcionaba. Si querías jugar en el primer grupo, tenías que ser de los diez primeros en llegar. David Rainiv, que dominaba los números y era vicepresidente de una empresa de la lista Fortune 500, siempre hacía los equipos. Tenía maña para equilibrar habilidades y formar equipos competitivos. Nadie cuestionaba sus decisiones. Eran finales y vinculantes.

Así que Rainiv dividió los equipos. A Myron le tocó jugar contra un joven que medía metro ochenta. Eso era bueno. La teoría sobre los hombres con complejo de Napoleón puede ser discutible en el mundo real, pero no en deportes de equipo. Los bajitos querían fastidiar a los altos: hacerse ver en un circo normalmente dominado por el tamaño.

Pero por desgracia, ese día la excepción demostró la regla. El chico era todo codos e ira. Era atlético y fuerte, pero no tenía habilidad para el baloncesto. Myron hizo lo que pudo para mantener la distancia. La verdad es que, a pesar de la rodilla y la edad, Myron podía puntuar a voluntad. Durante un rato eso fue lo que hizo. Le salía de forma natural. Le costaba jugar con más calma. Pero finalmente se reprimió. Necesitaba perder. Habían llegado más hombres. Sólo jugaban los ganadores. Quería salir de la cancha para hablar con Erik.

Así que, después de ganar los tres primeros partidos, Myron tiró una pelota.

Sus compañeros no se alegraron mucho cuando tropezó y falló. Tendrían que sentarse en el banquillo. Se lamentaron un poco, pero se consolaron con el hecho de que llevaban una buena racha. Como si eso importara.

Erik tenía una botella de agua, por supuesto. Sus pantalones cortos hacían juego con la camiseta. Sus zapatillas estaban perfectamente anudadas. Sus calcetines llegaban exactamente al mismo punto en ambos tobillos, y tenían la vuelta de la misma anchura. Myron bebió de la fuente de agua y se sentó a su lado.

—¿Cómo está Claire? —empezó Myron.

—Bien. Ahora hace una mezcla de Pilates y yoga.

—Ah.

Claire siempre estaba metida en algún ejercicio de moda u otro. Había pasado por el aeróbic de Jane Fonda, las patadas de Tae Bo y el Soloflex.

—Ahora se dedica a eso —dijo Erik.

—¿Está en clase?

—Sí. Durante la semana da una a las seis y media de la mañana.

—Demonios, eso es muy temprano.

—Somos madrugadores.

—Ah. —Myron vio la oportunidad y la aprovechó—. ¿Y Aimee?

—¿Qué?

—¿Ella también es madrugadora?

Erik frunció el ceño.

—Ni hablar.

—Así que tú estás aquí —dijo Myron— y Claire en clase de yoga. ¿Y Aimee?

—Anoche se quedó en casa de una amiga.

—Ah.

—Adolescentes —dijo el padre, como si eso lo explicara todo.

Tal vez fuera cierto.

—¿Problemas?

—No tienes ni idea.

—Ah.

Otra vez el «Ah».

Erik no dijo nada.

—¿De qué tipo? —preguntó Myron.

—¿Qué?

Myron deseaba decir «Ah» otra vez, pero no quería abusar demasiado.

—Problemas. ¿Qué tipo de problemas?

—No sé si te comprendo.

—¿Está malhumorada? —dijo Myron, intentando parecer despreocupado—. ¿No escucha? ¿Sale hasta tarde, hace campana, pasa demasiado tiempo en Internet o qué?

—Todo lo que has dicho —dijo Erik, pero ahora sus palabras fueron más lentas, incluso más mesuradas—. ¿Por qué lo preguntas?

Frena, pensó Myron.

—Era hablar por hablar.

Erik frunció el ceño.

—Normalmente aquí hablamos de lo malos que son los equipos locales.

—No es nada —dijo Myron—. Es sólo que...

—¿Sólo qué?

—La fiesta en mi casa.

—¿Qué pasa?

—No lo sé, al ver allí a Aimee, me puse a pensar en lo difíciles que fueron los años de adolescencia.

Los ojos de Erik se empequeñecieron. En la cancha alguien había gritado falta y otro estaba protestando.

—¡No te he tocado! —gritó un hombre con bigote y coderas.

Entonces empezaron los insultos, algo que en una cancha de baloncesto no se puede evitar ni con la edad.

Los ojos de Erik seguían en la pista.

—¿Te comentó algo Aimee? —preguntó.

—¿Como qué?

—Cualquier cosa. Recuerdo que estuvisteis en el sótano con Erin Wilder.

—Sí.

—¿De qué hablasteis?

—De nada. Se burlaron de mí por lo anticuada que era la habitación.

Erik miró a Myron. Él quería mirar a otro lado, pero no lo hizo.

—Aimee puede ser rebelde —dijo Erik.

—Como su madre.

—¿Claire? —Erik parpadeó—. ¿Rebelde?

Vaya por Dios, cuándo aprendería a tener la boca cerrada.

—¿De qué forma?

Myron recurrió a la respuesta del político.

—Supongo que depende de lo que signifique para ti rebelde.

 

Pero Erik no lo dejó pasar.

—¿A qué te referías tú?

—Nada. Es algo bueno. En Claire había tensión.

—¿Tensión?

Calla, Myron.

—Ya sabes a qué me refiero. Tensión. Buena tensión. Cuando viste a Claire la primera vez, ese segundo, ¿qué te atrajo de ella?

—Muchas cosas —dijo él—. Pero la tensión no fue una de ellas. Había conocido a muchas chicas, Myron. Hay unas con las que quieres casarte y otras con las que sólo quieres... ya sabes.

Myron asintió.

—Claire era de las que quieres para casarte. Eso fue lo primero que pensé cuando la vi. Y sí, sé como suena. Pero tú eras amigo suyo. Ya sabes a qué me refiero.

Myron intentó parecer despreocupado.

—La quería mucho.

La quería, pensó Myron, sin decir palabra esta vez. Había dicho «la quería», no «la quiero».

Como si le leyera el pensamiento, Erik añadió:

—Aún la quiero. Tal vez más que antes.

Myron esperó el «pero».

Erik sonrió.

—Supongo que ya sabes la buena noticia.

—¿Cuál?

—Aimee. De hecho te estamos muy agradecidos.

—¿Eso por qué?

—La han aceptado en Duke.

—Eh, es estupendo.

—Nos enteramos hace dos días.

—Felicidades.

—Tu carta de recomendación —dijo—. Creo que ha sido el empujón definitivo.

—No —dijo Myron, aunque probablemente Erik tenía bastante más razón de la que creía. No sólo había escrito la carta, sino que había llamado a uno de sus antiguos compañeros, que ahora trabajaba en admisiones.

—No, en serio —siguió Erik—. Hay tanta competencia para entrar en buenas universidades. Tu recomendación tuvo mucho peso, estoy seguro. O sea que gracias.

—Es una buena chica. Fue un placer.

Se acabó el partido y Erik se levantó.

—¿Listo?

—Creo que ya tengo suficiente —dijo Myron.

—¿Te duele?

—Un poco.

—Nos hacemos mayores, Myron.

—Lo sé.

—Tenemos más dolores y achaques ahora.

Myron asintió.

—A mí me parece que, cuando duele, tienes dos posibilidades —dijo Erik—. O te sientas, o sigues jugando con dolor.

Erik se fue corriendo y dejó a Myron preguntándose si se referiría al baloncesto.

9

En el coche, el móvil de Myron volvió a sonar. Miró el identificador.

De nuevo nada.

—Eres un hijo de puta, Myron.

—Sí, ya lo he pillado la primera vez. ¿Tienes algo nuevo que decir o vamos a seguir con la frase original de que pagaré por lo que he hecho?

Clic.

Myron se estremeció. En la época en que jugaba al superhéroe, había sido una persona muy bien relacionada. Ahora probaría si todavía lo era. Buscó en la agenda de teléfonos del móvil. El nombre de Gail Berruti, su antiguo contacto en la compañía de teléfonos, seguía allí. A la gente le parece poco realista que los detectives privados de la tele tengan un contacto en la compañía telefónica. La verdad es que es lo más fácil del mundo. Cualquier detective privado que se precie tiene un contacto en la compañía telefónica. Pensemos en la cantidad de gente que trabaja para ella. Pensemos en cuántas personas estarían dispuestas a ganarse unos dólares extras. La tarifa corriente había sido de quinientos dólares por factura entregada, pero Myron se imaginaba que el precio habría subido en los últimos seis años.

Berruti no estaba —probablemente estaba fuera el fin de semana—, pero le dejó un mensaje.

—Soy una voz del pasado —empezó Myron.

Le pidió a Berruti que le llamara con la identificación del número de teléfono. Probó otra vez el móvil de Aimee. Le salió el contestador. Cuando llegó a casa, encendió el ordenador e introdujo el número en Google. No encontró nada. Se dio una ducha rápida y después comprobó sus mensajes. Jeremy, su más o menos hijo, le había mandado un mensaje desde el extranjero:

Hola, Myron:

Sólo nos permiten decir que estamos en la zona del Golfo Pérsico. Estoy bien. Mamá está como loca. Llámala si puedes. Todavía no lo entiende. Papá tampoco, pero al menos hace como que sí. Gracias por el paquete. Nos encanta recibir cosas.

Tengo que dejarte. Volveré a escribir, pero puede que esté un tiempo ilocalizable. Llama a mamá, ¿vale?

JEREMY

Myron lo leyó una y otra vez, pero las palabras no cambiaron. El mensaje, como casi todos los de Jeremy, no decía nada. No le gustó la parte de «estar ilocalizable». Pensó en la paternidad, en lo mucho que se había perdido y en cómo encajaba ahora ese chico, su hijo, en su vida. Iba bien, pensó, al menos para Jeremy. Pero era difícil. El chico era su mayor lo-que-podría-haber-sido, el mayor si-lo-hubiera-sabido, y casi todo el tiempo le dolía mucho.

Todavía repasando el mensaje, Myron oyó sonar el móvil. Maldijo en voz baja, pero esta vez el identificador le dijo que era la divina señora Ali Wilder.

Myron sonrió mientras respondía.

—Servicios Semental —dijo.

—Calla, imagínate que fuera uno de mis hijos.

—Fingiría que soy un vendedor de caballos —dijo él.

—¿Vendedor de caballos?

—¿Cómo se les llama a los que venden caballos?

—¿A qué hora es tu vuelo?

—A las cuatro.

—¿Estás ocupado?

—¿Por qué?

—Los chicos estarán fuera una hora.

—Uau —dijo él.

—Eso pensaba yo.

—¿Estás sugiriendo un virtuoso clavo?

—Sí —dijo—. ¿Virtuoso?

—Tardaré un poco en llegar.

—Ajá.

—Y tendrá que ser rápido.

—¿No es tu especialidad? —dijo ella.

—Eso duele.

—Era broma. Semental.

Myron relinchó.

—Eso en lenguaje equino significa «Ya voy».

—Bien —dijo.

Pero cuando él llamó a su puerta, abrió Erin.

—Hola, Myron.

—Hola —dijo él, procurando no parecer decepcionado.

Miró por detrás de él. Ali hizo un gesto de «lo siento».

Myron entró y Erin se fue arriba corriendo. Ali se acercó más.

—Ha llegado tarde y no ha querido ir al club de teatro.

—Oh.

—Lo siento.

—No te preocupes.

—Podríamos ponernos en un rincón y besarnos —dijo ella.

—¿Se puede tocar?

—Más te vale.

Él sonrió.

—¿Qué? —preguntó ella.

—Sólo pensaba.

—¿Qué pensabas?

—En algo que me dijo ayer Esperanza —dijo Myron—. Men tracht und Gott lacht.

—¿Es alemán?

—Yiddish.

—¿Qué significa?

—El hombre propone y Dios dispone.

Ella lo repitió.

—Me gusta.

—A mí también —dijo él.

Entonces la abrazó. Por encima del hombro vio a Erin en lo alto de la escalera. No sonreía. Los ojos de Myron encontraron los de ella y de nuevo pensó en Aimee, y en cómo la noche se la había tragado y en la promesa que había jurado mantener.

10

Myron tenía tiempo antes de su vuelo.

Se tomó un café en el Starbucks del centro de la ciudad. El que le atendió tenía la actitud malhumorada marca de la casa. Mientras daba el café a Myron, dejándolo sobre la barra como si pesara una tonelada, la puerta de la calle se abrió con un bang. El del bar levantó los ojos al cielo al ver quién entraba.

Eran seis ese día, arrastrando los pies como si pisaran un metro de nieve, con la cabeza baja y temblores varios. Sorbían por la nariz y se tocaban la cara. Los cuatro hombres iban sin afeitar. Las dos mujeres olían a meados de gato.

Eran pacientes mentales. De verdad. Pasaban casi todas las noches en Essex Pines, una institución psiquiátrica de la ciudad vecina. Su cabecilla —siempre que caminaban, él iba delante— se llamaba Larry Kidwell. El grupo se pasaba casi todo el día vagando por la ciudad. Los livingstonianos se referían a ellos como los locos del pueblo. Myron pensaba poco caritativamente en ellos como un grupo de rock grotesco: Larry Litio y los Cinco Medicados.

Ese día parecían menos aletargados de lo normal, de modo que probablemente se acercaba la hora de la medicación en Pines. Larry estaba especialmente tembloroso. Se acercó a Myron y le saludó.

—Hola Myron —dijo demasiado fuerte.

—¿Qué pasa, Larry?

—Cuatrocientos ochenta y siete planetas en el día de la creación, Myron. Cuatrocientos ochenta y siete. Y yo no he visto un penique. ¿Entiendes a qué me refiero?

Myron asintió.

—Y que lo digas.

Larry Kidwell se fue arrastrando los pies. Largos cabellos fibrosos asomaban de su sombrero Indiana Jones. Tenía cicatrices en la cara. Llevaba los vaqueros gastados tan caídos que enseñaba suficiente raja para aparcar una bici.

Myron fue hacia la puerta.

—Cuídate, Larry.

—Tú también, Myron.

Fue a estrechar la mano a Myron. Los demás del grupo se quedaron paralizados de repente, con los ojos muy abiertos, unos ojos brillantes de medicación, todos sobre Myron. Él alargó la mano y estrechó la de Larry. Larry le agarró y tiró de él. Su aliento, no era de extrañar, hedía.

—El próximo planeta —susurró Larry— podría ser tuyo. Sólo tuyo.

—Me alegro de saberlo, gracias.

—¡No! —seguía siendo un susurro, pero ya más áspero—. El planeta. Es luna en cuarto menguante. Va a por ti, ¿me comprendes?

—Creo que sí.

—No lo olvides.

Soltó a Myron, con los ojos muy abiertos. Myron dio un paso atrás. Vio la agitación del hombre.

—Está bien, Larry.

—No lo olvides, Myron. Golpeó el cuarto menguante, ¿me entiendes? Te odia tanto que golpeó el cuarto menguante.

Los demás del grupo le eran desconocidos, pero Myron conocía la trágica historia de Larry. Iba dos cursos por delante de Myron en la escuela. Era inmensamente popular, un guitarrista increíble y tenía éxito con las chicas, incluso había salido con Beth Finkelstein, la belleza del pueblo, en su último año. Fue el portavoz de su clase en la graduación. Acudió a la Universidad de Yale, el alma máter de su padre, y según decían, fue un gran estudiante el primer semestre.

Luego todo se desmoronó.

Lo más sorprendente, lo que lo hacía más aterrador, fue la forma como pasó. No hubo ningún suceso terrorífico en la vida de Larry, ninguna tragedia familiar, drogas o alcohol ni desengaño amoroso.

El diagnóstico del médico: un desequilibrio químico.

¿Cuál es la causa del cáncer? Fue lo mismo que le pasó a Larry. Sencillamente tenía una enfermedad mental. Empezó como un ligero trastorno depresivo, después se agravó y al final, por mucho que hicieron, nadie pudo parar el declive. En su segundo año Larry ponía trampas para ratas y se las comía. Empezó a sufrir delirios. Tuvo que dejar Yale. Después hubo intentos de suicidio y grandes alucinaciones y problemas de toda clase. Larry irrumpió en una casa porque los «Clyzets del planeta trescientos veintiséis» estaban intentando hacer un nido allí. La familia estaba en casa en ese momento.

Larry Kidwell había entrado y salido de instituciones psiquiátricas desde entonces. Supuestamente, había momentos en los que Larry está totalmente lúcido, y es tan doloroso para él ver en lo que se ha convertido que se hiere la cara —de ahí las cicatrices— y grita con tal desesperación que tienen que sedarlo inmediatamente.

—Vale —dijo Myron—. Gracias por el aviso.

Myron salió y se sacudió la angustia. Pasó por Chang’s Dry Cleaning, al lado de la cafetería. Maxine Chang estaba detrás del mostrador. Como siempre, parecía agotada y sobrecargada de trabajo. Había dos mujeres de la edad de Myron esperando. Hablaban de los hijos y de universidades. Eso era de lo único que hablaba la gente actualmente. Cada abril, Livingston se convertía en una bola de nieve de admisiones en universidades. Si se escuchaba a los padres, lo que había en juego no podía ser más alto. Esas semanas —esos sobres gruesos o finos que llegaban a los buzones— decidían lo felices y exitosos que serían sus vástagos el resto de su vida.

—Ted está en lista de espera para Penn pero le han aceptado en Lehigh —dijo una.

—¿Te puedes creer que a Chip Thompson lo han aceptado en Penn?

—Su padre.

—¿Qué? Ah, claro, es un antiguo alumno, ¿no?

—Les ha donado un cuarto de millón de dólares.

—Tendría que haberlo imaginado. Chip tenía unas notas horribles.

 

—Dicen que contrataron a un profesional para que le escribiera los ensayos.

—Yo debería haber hecho eso con Cole.

Y así sin parar.

Myron saludó a Maxine. Maxine Chang solía tener una buena sonrisa para él. Hoy no. Sólo gritó:

—¡Roger!

Roger Chang salió de la trastienda.

—Hola, Myron.

—¿Qué hay, Roger?

—Esta vez querías las camisas en una caja, ¿no?

—Sí.

—Vuelvo enseguida.

—Maxine —dijo una de las mujeres—, ¿sabe algo ya Roger de las universidades?

Maxine ni siquiera levantó la cabeza.

—Le han aceptado en Rutgers —dijo—. Está en lista de espera en otras.

—Vaya, felicidades.

—Gracias.

Pero no parecía animada.

—Maxine, ¿no es el primero de la familia que va a la universidad? —dijo la otra mujer. Su tono sólo podría haber sonado más condescendiente si estuviera acariciando un perro—. Es maravilloso.

Maxine le entregó el resguardo.

—¿Dónde está en lista de espera?

—En Princeton y en Duke.

Oír nombrar a su alma máter hizo que Myron volviera a pensar en Aimee. Se acordó de Larry y su estremecedora alusión a los planetas. Myron no tenía tendencia a pensar en malos presagios ni cosas así, pero tampoco le apetecía tentar la suerte. No sabía si volver a llamar a Aimee, aunque ¿de qué serviría? Pensó otra vez en la noche pasada, la repasó en su cabeza y se preguntó si podría haber hecho algo diferente.

Roger —Myron había olvidado que el chico estaba en el último curso del instituto— volvió y le dio la caja de camisas. Myron la recogió, le dijo a Roger que lo apuntara en su cuenta y se encaminó a la puerta. Todavía le quedaba tiempo antes del vuelo.

Así que se fue a visitar la tumba de Brenda.

El cementerio seguía dando al patio de una escuela. Eso era lo que no conseguía superar. El sol brillaba con fuerza como siempre que iba de visita, como si se burlara de su tristeza. Estaba solo. No había más visitantes. Una excavadora cercana hacía un agujero. Myron se quedó quieto. Levantó la cabeza y dejó que el sol le diera en la cara. Odiaba poder sentirlo: el sol en la cara. Brenda evidentemente no podía. Nunca más podría.

Un pensamiento simple, pero así era.

Brenda Slaughter sólo tenía veintiséis años cuando murió. De haber sobrevivido, cumpliría treinta y cuatro al cabo de dos semanas. Se preguntó dónde estaría ella si Myron hubiera mantenido su promesa, si estaría con él.

Cuando murió, Brenda estaba de residente en medicina pediátrica. Medía metro ochenta y era espectacular, afroamericana, modelo. Estaba a punto de jugar al baloncesto profesional, la cara y la imagen que lanzaría la nueva liga femenina. Hubo amenazas y el dueño de la liga contrató a Myron para protegerla.

Buen trabajo, estrella del baloncesto.

Miró al suelo con los puños cerrados. Nunca hablaba con ella cuando iba al cementerio. No se sentaba ni intentaba meditar ni nada de eso. No intentaba recordar los buenos momentos, ni su risa, ni su belleza, ni su extraordinaria presencia. Los coches pasaban zumbando. El patio de la escuela estaba silencioso. No había críos jugando. Myron no se movió.

No iba allí porque todavía llorara su muerte. Iba porque no lo hacía.

Apenas recordaba la cara de Brenda, el beso que se dieron... Lo evocaba más por imaginación que como recuerdo. Ése era el problema. Brenda Slaughter se le estaba escabullendo. Llegaría a ser como si no hubiera existido. Así que Myron no iba allí en busca de consuelo o para presentarle sus respetos, sino porque necesitaba sentir el dolor, que la herida se mantuviera fresca. Todavía quería sentirse indignado, porque progresar —sentirse en paz con lo que le había sucedido— era demasiado obsceno.

La vida sigue. Eso era bueno, ¿no? La indignación cede y se va diluyendo lentamente. Las heridas se curan. Pero cuando dejas que eso suceda, tu alma muere también un poco.

Por eso iba allí y apretaba los puños hasta que le temblaban. Pensaba en el día soleado que la habían enterrado y la forma horrible como la había vengado. Rememoraba la indignación. Volvía a él hecha una furia. Las rodillas le fallaron. Se tambaleó pero se mantuvo en pie.

Todo salió mal con Brenda. Había querido protegerla. Había ido demasiado lejos y había provocado que la mataran.

Myron miró la tumba. El sol seguía calentándole, pero sintió un estremecimiento en la espalda. Se preguntó por qué, entre todos los días, había decidido ir a visitarla aquél, y después pensó en Aimee, en ir demasiado lejos con el afán de proteger, y con otro escalofrío, pensó —no, temió— que quizás hubiera vuelto a suceder.