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Golpe de efecto

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Z serii: Myron Bolitar #2
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—¿Estuvo con Nike? —preguntó Myron.

—Pues sí. Y te diré una cosa, nos costó un riñón. Es que, ¿sabes qué?, parecía una apuesta segura. Sólo tenía dieciséis años cuando firmamos el contrato con ella y ya había llegado a la final del Roland Garros. Y además era atractiva, americana de pura cepa, lo tenía todo. Y estaba muy desarrollada, ya me entiendes. No era la típica niña mona que iba a transformarse en una mala bestia cuando creciera un poco, como Capriatti. Valerie estaba realmente buena.

—¿Y qué pasó?

—Pues que tuvo una crisis nerviosa —dijo Ned encogiéndose de hombros—. Joder, si salió en todos los periódicos.

—¿Por qué motivo?

—Y yo qué sé. Pero hubo muchos rumores.

—¿Como por ejemplo?

Ned abrió la boca para decir algo y volvió a cerrarla.

—Se me han olvidado.

—¿Que se te han olvidado?

—Mira, Myron, la mayoría de la gente pensó que había sido demasiado, ¿me entiendes? Por tanta presión. Valerie no pudo con todo. La mayoría de esta gente no lo consigue. Tienen cuanto quieren, llegan muy arriba y luego ¡puf!, desaparecen. No puedes ni imaginarte cómo debe ser perderlo todo como... Esto... —Ned tartamudeó un poco y se calló. Luego inclinó la cabeza—. Mierda, joder...

Myron siguió en silencio.

—Perdona que haya dicho eso, Myron. A ti precisamente.

—No pasa nada.

—No, en serio, o sea, es que he metido la pata hasta el fondo...

—Una lesión en la rodilla no es lo mismo que una crisis nerviosa, Ned —comentó Myron tratando de quitarle importancia.

—Sí, ya lo sé, pero aun así... —dijo Ned, y volvió a callar—. ¿Cuando los Celts te ficharon estabas con Nike?

—No, con Converse.

—¿Y te echaron? Quiero decir, ¿así por las buenas?

—No les culpo.

Esperanza abrió la puerta sin llamar. Como siempre. Nunca llamaba antes de entrar. Ned Tunwell no tardó en recuperar la sonrisa. No se deprimía fácilmente. Se quedó mirando a Esperanza, mirándola atentamente. Como la mayoría de los hombres.

—¿Puedo hablar contigo un momento, Myron?

—Hola, Esperanza —dijo Ned saludándola con la mano.

Ella se volvió hacia él y lo atravesó con la mirada, uno de sus múltiples talentos.

Myron se disculpó y la siguió afuera. La mesa de Esperanza estaba despejada salvo por dos fotografías enmarcadas. Una era la de su perra, una perrita muy peluda y muy mona que se llamaba Chloe, en un concurso que había ganado. Esperanza estaba muy metida en los concursos de perros, afición que los latinos del centro de la ciudad no es que dominaran precisamente, pero que a ella parecía dársele bastante bien. Y en la segunda foto salía Esperanza con otra mujer, librando un combate de lucha libre. La encantadora y ágil Esperanza había sido profesional de lucha libre bajo el nombre artístico de Pequeña Pocahontas, la princesa india. Durante tres años consecutivos, la Pequeña Pocahontas fue la favorita del público de la organización Radiantes Estrellas Guerreras de la Lucha Atlética, popularmente conocida como la REGLA (alguien había sugerido llamarla simplemente Guerreras Unidas de la Lucha Atlética, pero el acrónimo resultaba problemático para los locutores). La Pequeña Pocahontas de Esperanza era una fantasía sexual ligera de ropa (básicamente un bikini de ante), a quien los admiradores animaban y repasaban con la mirada de arriba abajo mientras ella se enfrentaba todas las semanas contra enormes y malévolas adversarias que siempre hacían trampas. Algunos lo veían como una alegoría moral, la típica representación de la lucha del bien contra el mal. Sin embargo, para Myron, el combate de la semana se parecía más a una de esas películas de mujeres encarceladas de serie Z, donde Esperanza representaba a la bella e ingenua prisionera encerrada en el ala C; su contraria era Olga, la sádica matrona de la prisión.

—Es Duane —dijo Esperanza.

Myron respondió directamente con el teléfono de su socia.

—Hola, Duane, ¿qué hay de nuevo?

—Vente para aquí, colega, ya estás tardando —dijo Duane hablando muy rápido.

—¿Qué ocurre?

—Tengo a la policía aquí delante. Y están haciéndome un montón de preguntas muy jodidas.

—¿Sobre qué?

—Sobre esa chica a quien han matado hoy. Creen que yo he tenido algo que ver.

3

—Pásame con el policía —pidió Myron a Duane.

—Al habla el detective de homicidios Roland Dimonte —comentó una voz al otro lado de la línea telefónica con el típico tono impaciente de los policías—. ¿Quién narices es usted?

—Me llamo Myron Bolitar y soy el abogado del señor Richwood.

—Conque el abogado, ¿eh? Pensaba que era su agente.

—Soy las dos cosas —contestó Myron.

—¿Lo dice en serio?

—Sí.

—¿Ha hecho la carrera de Derecho?

—Tengo el título colgado en la pared, pero puedo llevárselo si quiere.

Dimonte hizo un ruido parecido a una media sonrisa.

—Ex jugador de baloncesto, ex federal ¿y ahora va a decirme que es usted un puto abogado?

—Soy lo que podría llamarse un hombre del Renacimiento —dijo Myron.

—¿Ah, sí? Y dígame, señor Bolitar, ¿qué universidad iba a admitir a alguien como usted?

—Harvard —respondió Myron.

—Vaya, menudo personaje está hecho.

—Usted me ha preguntado.

—Está bien, tiene media hora para venir aquí. Después me llevaré a su chico a la comisaría, ¿entendido?

—Ha sido un placer hablar contigo, Rolly.

—Le doy veintinueve minutos. Y no me llame Rolly.

—No quiero que le hagan ninguna pregunta a mi cliente hasta que yo llegue, ¿está claro?

Roland Dimonte no respondió.

—¿Está claro? —repitió Myron.

Más silencio. Y de repente:

—Creo que hay interferencias y no le oigo muy bien, señor Bolitar.

Dimonte colgó.

Un tipo la mar de agradable.

—¿Quieres ocuparte de Ned por mí? —le dijo Myron a Esperanza mientras le devolvía el auricular del teléfono.

—No te preocupes.

Myron bajó a la planta baja por el ascensor y salió hacia el parking Kinney corriendo. «¡Corre, corre, O. J. Simpson!», oyó que le gritaba alguien a su espalda. En Nueva York parece que todo el mundo fuera cómico profesional. Mario lanzó las llaves a Myron sin apartar la vista del periódico que tenía en las manos.

El coche de Myron estaba aparcado en la planta baja. Al contrario que Win, Myron no era precisamente un amante de los grandes coches. Para Myron, el coche era un medio de transporte y nada más. Myron tenía un Ford Taurus. Un Ford Taurus gris. Por eso cuando conducía las chicas no se le tiraban precisamente encima.

No había recorrido más de veinte manzanas cuando vio que un Cadillac azul pálido con techo amarillo canario lo seguía. Aquel coche tenía algo raro. Y probablemente fuera el color. ¿Azul pálido con el techo amarillo? ¿En Manhattan? Podía imaginarse un coche como aquél en un complejo para jubilados de una ciudad tipo Boca Raton y en manos de algún tipo llamado Sid, que siempre se dejaba el intermitente de la izquierda encendido, pero no en Manhattan. Además, Myron recordaba haber pasado corriendo junto a ese mismo coche de camino al parking.

¿Estaría siguiéndolo alguien?

Era una posibilidad, pero poco probable. Se encontraba en el centro de Manhattan y Myron se dirigía en línea recta hacia la Séptima Avenida, seguido por un millón de coches más. Quizá no tuviera ninguna importancia. O quizá sí. Myron tomó mentalmente nota al respecto y siguió adelante.

Duane había alquilado hacía poco un piso en la esquina de la Calle 12 con la Sexta Avenida, en el edificio John Adams, justo a las puertas de Greenwich Village. Myron aparcó en una zona prohibida delante de un restaurante chino de la Sexta Avenida, pasó por delante del portero y subió en ascensor hasta el apartamento 7G.

Le abrió la puerta un hombre que sólo podía ser el detective Roland Dimonte. Llevaba téjanos, camisa verde con estampado de cachemira y chaleco de cuero negro. También llevaba el par de botas de piel de serpiente más feas que Myron había visto en su vida, color blanco nuclear con motas color lila. Tenía el pelo graso y varios mechones pegados en la frente como con cola. De la boca le salía un mondadientes, un mondadientes de verdad. Tenía los ojos encajados firmemente en una cara regordeta, como si alguien le hubiera encajado dos cuentas marrones a último momento.

—Hola, Rolly —dijo Myron sonriendo.

—Vamos a dejar clara una cosa, señor Bolitar. Sé muy bien quién es usted. Lo sé todo sobre su época de esplendor con los federales y sé lo mucho que le gusta jugar a ser policía, pero a mí nada de eso me importa una mierda. Y me importa una mierda que su cliente sea un personaje público. Yo tengo un trabajo que hacer, ¿está claro?

—Creo que hay interferencias y no te oigo muy bien —dijo Myron poniéndose la mano detrás de la oreja.

Roland Dimonte se cruzó de brazos y lanzó a Myron la mirada más asesina que seguramente sabía hacer. Las botas de piel de serpiente debían de tener alguna clase de plataforma que le hacía pasar el metro ochenta de altura, pero aun así, Myron seguía siendo ocho o nueve centímetros más alto. Pasó un minuto entero y Roland seguía mirándolo lleno de odio. Luego pasó otro minuto más. Roland masticó un poco el mondadientes, manteniendo aquella mirada asesina sin pestañear.

—No lo parece, pero por dentro estoy temblando de miedo —dijo Myron.

—Que le den por culo, señor Bolitar.

—Masticar el mondadientes ha sido un verdadero detalle. Un poco clásico, tal vez, pero a ti te queda bien.

 

—Ándese con cuidado, listillo.

—¿Me dejarías pasar antes de que me mee encima de miedo? —dijo Myron.

Dimonte se apartó. Lentamente. Su mirada asesina seguía puesta en piloto automático.

Myron encontró a Duane sentado en el sillón. Llevaba puestas sus Ray-Ban, como de costumbre, y se acariciaba aquella barba tan corta que tenía con la mano izquierda. Wanda, la novia de Duane, estaba junto a la cocina. Era alta, mediría un metro sesenta más o menos. Podría decirse que era de constitución atlética, sin llegar a ser musculosa, y desde luego una mujer despampanante. Sus pupilas no paraban de mirar a todos lados como si fueran bolas de pinball.

El apartamento no era muy grande. La decoración, la típica de los apartamentos de alquiler de Nueva York, dado que Duane y Wanda se habían mudado allí hacía sólo unas semanas. Además, el contrato se renovaba al cabo del mes, por lo tanto no había motivo para arreglar demasiado el piso. Y con el dinero que Duane estaba a punto de empezar a ganar, muy pronto iban a poder vivir donde quisieran.

—¿Le has dicho algo? —le preguntó Myron.

—Todavía no —dijo Duane negando con la cabeza.

—¿Quieres hacerme el favor de explicar qué está pasando aquí?

—No lo sé —comentó Duane negando de nuevo con la cabeza.

En la habitación había otro policía. Un tipo joven. Muy joven. Tan joven que parecía tener alrededor de doce años. Probablemente acababan de ascenderlo a detective. Tenía un bloc de notas en la mano y el bolígrafo a punto para empezar a escribir.

Myron se volvió hacia Roland Dimonte, que tenía las manos en las caderas y emanaba autosuficiencia por todos los poros.

—¿De qué se trata? —le preguntó Myron.

—Sólo queremos hacerle unas cuantas preguntas a su cliente.

—¿Sobre qué?

—Sobre el asesinato de Valerie Simpson.

—Yo no sé nada —contestó Duane ante la mirada que le dirigió Myron.

Dimonte se sentó, convirtiendo el hecho en todo un acontecimiento. Igual que en El Rey Lear.

—¿Entonces no le importará que le hagamos unas preguntas? —dijo Dimonte.

—No —contestó Duane en tono no muy convencido.

—¿Dónde se encontraba cuando se produjo el disparo?

Duane miró a Myron y éste asintió en silencio.

—Estaba en el estadio.

—¿Qué hacía allí?

—Jugar al tenis.

—¿Quién era su rival?

—Eres realmente bueno, Rolly —dijo Myron.

—Cállese la puta boca, señor Bolitar.

—Ivan Restovich —contestó Duane.

—¿Siguió el partido después del disparo?

—Sí. Al fin y al cabo era un partido decisivo.

—¿Oyó el disparo?

—Sí.

—¿Y qué hizo?

—¿Cómo que qué hice?

—Al oír el disparo.

—Pues nada —dijo Duane encogiéndose de hombros—. Me quedé ahí esperando hasta que el juez de silla nos dijo que siguiéramos jugando.

—¿No abandonó la cancha en ningún momento?

—No.

El policía joven no paraba de anotarlo todo sin levantar la vista del bloc.

—¿Y después qué hizo? —preguntó Dimonte.

—¿Cuándo?

—Después del partido.

—Me hicieron una entrevista.

—¿Quién le hizo la entrevista?

—Bud Collins y Tim Mayotte.

El policía joven alzó la vista un momento poniendo cara de no haber entendido.

—Mayotte —le dijo Myron—, eme, a, i griega, o, te, te, e.

El policía hizo un gesto afirmativo con la cabeza y anotó el nombre a toda prisa.

—¿De qué hablaron? —preguntó Roland.

—¿Cómo?

—En la entrevista. ¿Qué le preguntaron?

Dimonte le lanzó a Myron una mirada desafiante llena de odio y éste le respondió con un gesto afirmativo muy cordial con la cabeza y otro de aprobación con los dedos pulgares al estilo de los pilotos de aviones.

—No pienso repetírselo más, señor Bolitar. Deje de hacerse el gilipollas.

—Sólo estaba admirando tu técnica.

—En menos de un minuto podrá admirarla desde la celda de la cárcel.

—¡Uy, que me da algo! —contestó Myron con sorna.

Roland Dimonte volvió a lanzarle otra mirada asesina y luego volvió a centrarse en Duane.

—¿Conocía a Valerie Simpson?

—¿En persona?

—Sí.

—Pues no —dijo Duane negando con la cabeza.

—Pero habían hablado en alguna ocasión.

—No.

—¿No la conocía de nada?

—Así es.

—¿Nunca había tenido ningún tipo de contacto con ella?

—Nunca.

Roland Dimonte se cruzó de piernas dejando descansar una de sus botas sobre la rodilla y se acarició con los dedos la piel de serpiente color blanco y lila. Myron no lograba entender cómo a alguien podía gustarle acariciar aquello, pero Dimonte lo hacía como si fuera su mascota.

—¿Y usted, señorita?

—Perdón, ¿cómo dice? —comentó Wanda un tanto asustada.

—¿Conocía usted a Valerie Simpson?

—No —respondió Wanda en un tono apenas audible.

Dimonte volvió a centrarse en Duane.

—¿Había oído hablar de Valerie Simpson en anteriores ocasiones?

Myron puso los ojos en blanco, pero esta vez consiguió contenerse. No quería pasarse. Dimonte no era tan tonto como parecía. Nadie suele serlo. Estaba intentando que Duane se confiara para lanzarle entonces un revés devastador. La misión de Myron consistía en romperle el ritmo con unas cuantas interrupciones bien colocadas. Pero no demasiadas.

Myron Bolitar, el amante de la cuerda floja.

—Sí, había oído hablar de ella —dijo Duane encogiéndose de hombros.

—¿En qué términos?

—Había estado en el circuito. Hace un par de años, creo.

—¿En el circuito de tenis?

—No, en el circuito de los clubes nocturnos —interrumpió Myron—. Solía hacer el número previo al de Anthony Newley en Las Vegas.

Menuda capacidad de contención...

—Señor Bolitar, me está usted empezando a cabrear —dijo Dimonte lanzándole de nuevo su mirada asesina.

—¿Piensa ir al grano de una vez?

—Yo hago los interrogatorios poco a poco. No me gusta precipitarme.

—Pues deberías hacer lo mismo al comprar calzado —repuso Myron.

A Dimonte se le enrojeció el rostro.

—Señor Richwood, ¿cuánto tiempo lleva en el circuito? —preguntó Dimonte sin dejar de mirar a Myron con un odio cada vez más profundo.

—Seis meses —contestó Duane.

—¿Y en esos seis meses no había visto nunca a Valerie Simpson?

—Exactamente.

—Muy bien. Ahora veamos si lo he entendido bien. Usted estaba jugando un partido cuando se disparó el arma. Terminó el partido. Le estrechó la mano a su rival. Porque supongo que le estrechó la mano a su rival, ¿no es cierto?

Duane asintió con la cabeza.

—Y entonces concedió la entrevista.

—Eso es.

—¿Se duchó antes o después de la entrevista?

—De acuerdo, ya es suficiente —dijo Myron llevándose las manos a la cabeza.

—¿Tiene algún problema, señor Bolitar?

—Pues sí. Las preguntas que le estás haciendo son totalmente estúpidas. Voy a aconsejarle a mi cliente que deje de contestarlas.

—¿Por qué? ¿Acaso tiene su cliente algo que ocultar?

—Sí, mira Rolly, es que eres demasiado listo para nosotros. Fue Duane quien la mató. Varios millones de personas estaban viéndolo por televisión en el momento del disparo. Y varios miles de personas más estaban viéndolo en directo. Pero no era él quien estaba jugando, era su hermano gemelo, de quien fue separado en el momento de nacer. Eres demasiado listo para nosotros Rolly. Confesaremos.

—No he descartado esa posibilidad —dijo Dimonte.

—¿Qué posibilidad? —preguntó Myron.

—La de ese «confesaremos» en plural. Tal vez usted tuviera algo que ver. Usted y ese yuppy psicópata amigo suyo.

Se refería a Win. Había muchos policías que conocían a Win. A ninguno de ellos le caía bien. Pero el odio era mutuo.

—Estábamos en el estadio en el instante en que se oyó el disparo —dijo Myron—. Hay una docena de testigos que pueden confirmárselo. Y si algo sé de Win, es que nunca ha usado un arma a tan corta distancia.

Aquello hizo dudar a Dimonte y al final acabó asintiendo. Por una vez estaban de acuerdo en algo.

—¿Ha terminado ya de interrogar al señor Richwood? —quiso saber Myron.

Y, de repente, Dimonte esbozó una sonrisa. Era una sonrisa satisfecha de sí misma y a la vez llena de ilusión, como la de un niño sentado junto a la radio mientras fuera nieva. A Myron no le hizo ninguna gracia.

—Si me permite sólo un momento más —dijo el detective con falsa educación. Luego se puso en pie y se dirigió hacia su compañero, el anotador profesional, que seguía tomando notas sin parar—. Su cliente afirma que no conocía a Valerie Simpson.

—¿Y? —preguntó Myron.

El anotador profesional alzó al fin la vista. Tenía la mirada tan perdida como la del estenógrafo en el tribunal. Dimonte le hizo un gesto afirmativo con la cabeza y el anotador profesional le dio un librito de cuero con funda de plástico.

—Éste es el diario personal de Valerie —dijo Dimonte—. La última anotación es de ayer.

Dimonte amplió la sonrisa mientras mantenía la cabeza erguida. Tenía el pecho henchido como el de un gallo a punto de copular.

—Muy bien, cara de póquer—dijo Myron—. Vamos, dilo, ¿de qué se trata?

Dimonte le entregó una fotocopia de una página del diario. La anotación del día de ayer era bastante simple. De un extremo a otro de la página se leía: D. R. 555-8705. ¡Llamar!

555-8705. Era el número de teléfono de Duane. D. R., Duane Richwood.

Dimonte irradiaba perversa felicidad.

—Me gustaría hablar con mi cliente —dijo Myron—. A solas.

—Ni hablar.

—¿Cómo dice?

—No voy a dejar que se me escape ahora que le tengo contra las cuerdas.

—Soy su abogado...

—Me importa una mierda, como si fuera usted juez del Tribunal Supremo. Si se lo lleva de aquí, me lo llevo a usted también esposado.

—Oye, no tienes ninguna prueba contra mi cliente —dijo Myron—. De acuerdo, su número de teléfono estaba en el diario de la chica, pero eso no quiere decir nada.

Dimonte asintió en silencio y luego dijo:

—¿Pero qué diría la gente? Qué diría la prensa, por ejemplo. O los hinchas. Duane Richwood, el nuevo héroe del tenis, es arrastrado a la comisaría esposado. Apuesto a que no sabría muy bien qué decirles a los patrocinadores.

—¿Nos estás amenazando?

—Por Dios, claro que no —dijo Dimonte con la mano en el pecho—. ¿Sería yo capaz de hacer algo así, Krinsky?

—No —dijo el anotador profesional sin levantar la mirada del bloc.

—¿Lo ve?

—Te voy a meter una denuncia por arresto improcedente —dijo Myron.

—Y hasta es posible que la gane, señor Bolitar. Pero dentro de unos años, que será cuando se celebre el juicio. Mientras tanto piense en la clase de publicidad que la noticia le reportaría.

Dimonte ya no parecía tan tonto.

Duane se puso en pie de un salto y atravesó la habitación. Se quitó las Ray-Ban de golpe y luego, tras pensarlo mejor, volvió a ponérselas.

—Mira, colega —dijo Duane—, no sé por qué mi número de teléfono está en ese diario. Yo no la conocía. Nunca hablé con ella por teléfono.

—Su teléfono no sale en la guía, ¿no es cierto, señor Richwood?

—Sí.

—Y acaba de mudarse. Su teléfono sólo lleva conectado hace ¿cuánto? ¿Dos semanas?

—Tres —dijo Wanda, que estaba abrazándose a sí misma como si tuviera frío.

—Tres —repitió Dimonte—. ¿Y cómo consiguió Valerie su número de teléfono, señor Richwood? ¿Cómo puede ser que una mujer a quien no conocía de nada tuviera su número de teléfono nuevo, que no aparece en la guía?

—No lo sé.

Roland se saltó el escepticismo y pasó directamente a la incredulidad total. Durante los siguientes sesenta minutos no paró de bombardear a Duane, pero éste se mantuvo fiel a su declaración. No la conocía, no había hablado nunca con ella, no tenía ni idea de cómo podía tener su número de teléfono. Myron no dijo nada durante todo ese tiempo. Tas gafas de sol hacían que fuera más difícil saber lo que Duane estaba pensando, pero su lenguaje corporal denotaba un nerviosismo evidente. Y el de Wanda también.

Finalmente, Roland Dimonte se puso en pie y exhaló un suspiro de indignación.

 

—¿Krinsky?

El anotador profesional alzó la vista.

—Vámonos de aquí.

El anotador profesional cerró el bloc y se unió a su compañero.

—Volveré —ladró Dimonte—. ¿Me ha oído, señor Bolitar? —dijo señalando a nadie en particular.

—Sí, has dicho que volverás —dijo Myron.

—Cuente con ello, capullo.

—¿No vas a aconsejarnos que no salgamos de la ciudad? Me encanta cuando los polis decís eso.

Dimonte puso la mano en forma de pistola, apuntó a Myron con ella y bajó el pulgar que hacía de percutor. Acto seguido, el anotador profesional y él desaparecieron por la puerta.

Nadie dijo nada durante varios minutos. Myron ya estaba a punto de decir algo cuando Duane empezó a reír.

—Menuda lección le has dado, Myron. Lo has dejado con un palmo de narices...

—Duane, tenemos que...

—Estoy cansado, Myron —dijo el tenista fingiendo un bostezo—. La verdad es que necesito dormir un poco.

—Tenemos que hablar de esto.

—¿De qué?

Myron se lo quedó mirando fijamente y al final Duane dijo:

—Qué coincidencia más extraña, ¿no?

Myron se volvió hacia Wanda, que seguía abrazándose a sí misma, pero ésta apartó la mirada.

—Duane, si tienes cualquier problema... —empezó a decir Myron.

—Oye, cuéntame lo del anuncio —le interrumpió Duane—. ¿Cómo ha quedado?

—Bien —contestó Myron.

—¿Y cómo salgo yo? —dijo Duane sonriendo.

—Demasiado guapo. Me va a costar rechazar todas las ofertas de Hollywood.

Duane soltó una sonora carcajada. Demasiado sonora. Wanda no rió. Y Myron tampoco. Después, Duane fingió otro bostezo, estiró los músculos y se puso en pie.

—La verdad es que necesito descansar un poco —dijo—. Me espera un partido muy importante y no me gustaría que toda esta tontería me distrajera.

Luego Duane acompañó a Myron hasta la puerta. Wanda aún no se había movido de donde estaba, pero finalmente le devolvió la mirada a Myron.

—Adiós, Myron —dijo Wanda.

La puerta se cerró. Myron bajó a la calle en ascensor y fue caminando hasta el coche. Había una multa bajo el limpiaparabrisas. La cogió y puso el coche en marcha.

Myron volvió a ver el mismo Cadillac azul con el techo amarillo canario a tres manzanas de distancia.