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El miedo más profundo

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Z serii: Myron Bolitar #7
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4

Cuando se abrieron las puertas del ascensor a la planta de recepción de MB SportsReps, Big Cyndi se acercó a Myron abriendo los enormes brazos, de aproximadamente el mismo diámetro que las columnas de mármol de la Acrópolis. Myron estuvo a punto de apartarse de un salto —por el instinto de supervivencia y todo eso—, pero permaneció inmóvil y cerró los ojos. Big Cyndi lo abrazó, lo cual provocaba la misma sensación que ser envuelto por una capa de material aislante para desvanes, y lo levantó en el aire.

—¡Oh, señor Bolitar! —exclamó.

Él hizo una mueca y aguantó. Finalmente, la mujer lo volvió a dejar en el suelo como si fuera una muñeca de porcelana que volvía a colocar en los estantes. Big Cyndi medía más de dos metros y pesaba unos ciento cuarenta kilos, y era la antigua campeona de lucha libre por parejas con Esperanza, también conocida como Gran Mamá Jefe, madre de la Pequeña Pocahontas, es decir, Esperanza. Tenía la cabeza en forma de cubo, coronada por un pelo en forma de púas, como una Estatua de la Libertad de tripi de mal rollo. Llevaba más maquillaje que todos los miembros del reparto de Cats juntos, una ropa apretujada que le daba aspecto de salchicha, y tenía el ceño fruncido como los luchadores de sumo.

—Eeeh... ¿todo bien? —osó preguntar Myron.

—¡Oh, señor Bolitar!

Pareció como si Big Cyndi tuviera la intención de volver a abrazarlo, pero hubo algo que la detuvo, tal vez el terror puro que reflejaban los ojos de Myron. Entonces cogió una maleta que en su manaza tipo pata parecía un comediscos de los años setenta. Ella era así de grande, la especie de gigante que hace que el mundo que lo rodea parezca un plató de película de monstruos de serie B, como si anduviera por un Tokio en miniatura, derribando postes de alta tensión y aplastando los cazabombarderos que pasan zumbando.

Esperanza asomó por la puerta de su despacho. Cruzó los brazos y se apoyó en el marco de la puerta. Incluso después de la experiencia traumática que acababa de vivir, seguía siendo bellísima, con los tirabuzones negros y brillantes que le caían lo justo por la frente, el cutis de tono oliváceo oscuro todavía radiante, toda su imagen como una fantasía gitana con blusa campesina. Pero detectó algunas líneas de expresión nuevas alrededor de los ojos y un leve encogimiento en su postura siempre perfecta. Quiso que se tomara un tiempo de descanso después de su liberación, pero supo que ella no querría. Esperanza adoraba MB SportsReps y deseaba salvar la agencia.

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó Myron.

—Está todo en la carta, señor Bolitar —respondió Cyndi.

—¿Qué carta?

—¡Oh, señor Bolitar!

—¿Qué?

Pero no le respondió, se tapó la cara con las manos y se metió en el ascensor como si entrara en un tipi indio. Las puertas del ascensor se cerraron y Cyndi desapareció.

Myron esperó un instante y luego se volvió hacia Esperanza.

—¿Me puedes explicar lo que ocurre?

—Ha pedido la baja —dijo Esperanza.

—¿Por qué?

—Big Cyndi no es tonta, Myron.

—Yo no he dicho nunca que lo fuera.

—Se da cuenta de lo que ocurre.

—Es sólo temporal —dijo Myron—. Nos recuperaremos en nada.

—Y cuando lo hagamos, volverá. Mientras, tiene una buena oferta de trabajo.

—¿En Leather-N-Lust? —Por las noches Big Cyndi trabajaba de guardia de seguridad en un local de sadomasoquismo llamado Leather-N-Lust. Lema: haz daño a los que amas. A veces, o eso había oído, participaba en algún número en el escenario. Myron no tenía ni idea de su papel, pero tampoco había reunido el coraje necesario para preguntárselo..., otro tabú abismal que su mente hacía todo lo posible por sortear.

—No —aclaró Esperanza—. Vuelve a FLOW.

Para los no iniciados en la lucha, FLOW es el acrónimo de las Fabulous Ladies of Wrestling.

—¿Vuelve al cuadrilátero?

Esperanza asintió con la cabeza:

—En el circuito sénior.

—¿Cómo dices?

—El FLOW quería ampliar su oferta. Estuvieron investigando un poco, se dieron cuenta de lo bien que funcionan los torneos sénior en la Asociación de Golfistas Profesionales y... —Se encogió de hombros.

—¿Un torneo femenino de lucha sénior?

—Más que sénior, jubiladas —dijo Esperanza—. Quiero decir que Big Cyndi sólo tiene treinta y ocho años, pero están haciendo volver a muchas de las favoritas de los viejos tiempos: la Reina Qaddafi, Connie Guerra Fría, Baby Brezhnev, Celia la Penitenciaria, la Viuda Negra...

—A la Viuda Negra no la recuerdo.

—Es de antes de nuestra época. ¡Qué demonios, de antes de la época de nuestros padres! Debe de tener setenta años...

Myron trató de no hacer ninguna mueca.

—¿Y la gente pagará por ver luchar a una mujer de setenta años?

—No hay que discriminar por motivo de edad.

—Cierto, lo siento. —Myron se frotó los ojos.

—Y ahora mismo, la lucha femenina profesional está haciendo un esfuerzo por recuperar notoriedad, como en la competición entre Jerry Springer y Ricky Lake. Tienen la necesidad de hacer algo especial.

—¿Y la respuesta es forcejear con viejas?

—Creo que su objetivo es más bien la nostalgia.

—¿Una oportunidad de animar a la luchadora de tu juventud?

—¿Tú no fuiste a un concierto de Steely Dan hace un par de años?

—Eso no tiene nada que ver, ¿no crees?

Ella se encogió de hombros:

—A los dos se les ha quedado atrás la época dorada. Ambos casos se aprovechan más de los recuerdos que de lo que ves u oyes.

Tenía su lógica. Tal vez era un poco aterradora, pero lógica al fin y al cabo.

—¿Y qué pasa contigo?

—¿Conmigo? ¿De qué?

—¿No querían también un regreso de la Pequeña Pocahontas?

—Pues, sí.

—¿Has tenido la tentación?

—¿De qué? ¿De volver al cuadrilátero?

—Sí.

—Por supuesto —afirmó Esperanza—. He estado moviendo mi espléndido culo trabajando a jornada completa mientras me sacaba la licenciatura de Derecho sólo para poder volver a enfundarme un bikini de piel y agarrar a ninfas maduritas delante de una pandilla de camioneros babosos. —Hizo una pausa—. De todos modos, eso sigue estando por encima del trabajo de representante deportivo.

—Ja, ja. —Myron se acercó a la mesa de Big Cyndi, donde había un sobre con su nombre garabateado en un color naranja fluorescente.

—¿Lo ha puesto con ceras de colores? —preguntó Myron.

—No, con sombra de ojos.

—Ya.

—Bueno, ¿piensas decirme lo que te pasa?

—Nada —dijo Myron.

—Tonterías —exclamó ella—. Tienes la misma cara que cuando te enteraste de que los Wham se habían separado.

—No me lo recuerdes —bromeó Myron—. A veces, de noche, todavía sufro pesadillas.

Esperanza escrutó su rostro unos segundos más:

—¿Tiene algo que ver con tu ligue de la universidad?

—Algo, sí.

—Dios mío.

—¿Qué?

—No sé cómo decírtelo sin ser brusca, Myron. Con las mujeres eres mucho más que tonto. Las pruebas A y B son Jessica y Emily.

—A Emily ni siquiera la conoces.

—Pero me has contado lo suficiente —dijo—. Pensaba que no querías hablar con ella.

—Y no quería, pero me encontró en casa de mis padres.

—¿Se presentó allí, por la cara?

—Sí.

—¿Y qué quería?

Myron movió la cabeza. Todavía no se sentía preparado para hablar de ello.

—¿Hay algún mensaje?

—No tantos como nos gustaría.

—¿Está arriba Win?

—Creo que ya se ha ido a casa —dijo, recogiendo su abrigo—. Y creo que voy a hacer lo mismo.

—Buenas noches.

—Si sabes algo de Lamar...

—Te llamo.

Esperanza se puso el abrigo y se dobló el cuello negro brillante hacia fuera. Myron se metió en su despacho e hizo unas cuantas llamadas, casi todas con la intención de reclutar a gente. Las cosas no marchaban bien.

Hacía unos cuantos meses, la muerte de un amigo sumió a Myron en una especie de espiral depresiva que le provocó —empleando un término psiquiátrico avanzado— una ida de olla. Nada drástico, sin ataque de nervios ni necesidad de ingresarlo en una institución, pero se marchó a una isla desierta del Caribe con Terese Collins, una bella presentadora de televisión a la que prácticamente no conocía. No le dijo a nadie —ni a Win, ni a Esperanza, ni siquiera a su madre ni a su padre— adónde iba ni cuándo pensaba volver.

Como dijo Win, cuando se le iba la olla, se le iba con elegancia.

Cuando Myron se vio obligado a regresar, sus clientes se habían dispersado con nocturnidad, como si fueran trabajadores extranjeros ilegales durante una inspección de la policía de inmigración. Ahora Myron y Esperanza habían vuelto e intentaban resucitar la comatosa, tal vez moribunda, agencia MB SportsReps. No era tarea fácil. La competición en este negocio estaba formada por doce leones hambrientos, y Myron era un cristiano aquejado de una grave cojera.

La oficina de MB SportsRep estaba muy bien situada, en la esquina de Park Avenue y la calle 46, en el edificio Lock-Horne, propiedad de la familia de Win, compañero de piso de Myron durante la universidad y en la actualidad. El edificio tenía una situación estupenda en pleno centro y ofrecía unas vistas magníficas del skyline de Manhattan. Myron se deleitó con la imagen unos momentos y luego miró hacia abajo, a los trajes con corbata que se apresuraban por la calle. Aquella visión como de hormigas obreras siempre lo deprimía y le hacía venir a la cabeza el estribillo de «Is That All There Is?».[4]

 

Ahora se volvió hacia su «Pared de los clientes», en la que colgaba las fotos en acción de todos los atletas representados por la agencia, que ahora tenía un aspecto tan pobre y escaso como un transplante de pelo mal hecho. Quería preocuparse, pero por muy injusta que resultara su actitud de cara a Esperanza, no tenía el corazón realmente puesto en la tarea. Quería volver, amar MB y recuperar aquellas ganas de antes, pero por mucho que intentara avivar la antigua llama, no lograba recuperarla.

Al cabo de más o menos una hora llamó Emily.

—Mañana el médico de Jeremy, Singh, no tiene horario de consulta —le dijo Emily—, pero hace sus rondas por la mañana.

—¿Dónde?

—El hospital maternoinfantil. En el Columbia Presbyterian de la calle 167. Está en la décima planta, ala sur.

—¿A qué hora?

—Empieza la ronda a las ocho.

—De acuerdo.

Un breve silencio.

—¿Estás bien, Myron?

—Quiero verle.

Ella tardó unos segundos en reaccionar:

—Como ya te he dicho, no puedo impedírtelo, pero piénsatelo, ¿vale?

—Sólo quiero verle —aclaró Myron—. No le diré nada. De momento, al menos.

—¿Podemos hablarlo mañana? —le pidió Emily.

—Sí, claro.

Ella vaciló de nuevo.

—¿Tienes Internet, Myron?

—Sí.

—Tenemos una URL privada.

—¿Cómo?

—Una página web. Hago fotos con la cámara digital y las cuelgo en ella. Para mis padres. El año pasado se marcharon a vivir a Miami y cada semana la consultan, así ven fotos nuevas de sus nietos. Lo digo por si quieres ver qué aspecto tiene Jeremy...

—¿Qué dirección es?

Ella se la dijo y Myron la tecleó. Se detuvo un momento antes de apretar la tecla de Intro. Las imágenes fueron apareciendo lentamente. Mientras, golpeaba rítmicamente la mesa con los dedos. Arriba de la pantalla había un banner que decía «Hola, Nana y Papito». Myron pensó en sus padres y alejó la idea de su cabeza.

Había cuatro fotos de Jeremy y Sara. Myron tragó saliva. Puso el cursor encima de la imagen de Jeremy y clicó para acercar la imagen, ampliando la cara del chico. Trató de respirar con normalidad. Miró la cara del chico un buen rato, sin experimentar, en realidad, ninguna sensación. Al final se le emborronó la visión, su cara reflejada en la pantalla encima de la del chico, mezclando las dos imágenes, creando un eco visual de algo que no sabía qué era.

5

Myron oyó gritos de éxtasis a través de la puerta.

Win —nombre real: Windsor Horne Lockwood III— dejaba que Myron se alojara temporalmente en su piso en el Dakota, en la esquina de la calle 72 y Central Park West. El Dakota era un viejo edificio histórico de Nueva York cuya rica y lujosa historia había quedado totalmente eclipsada al convertirse en escenario de la muerte de John Lennon veinte y pico de años atrás. Entrar en él significaba cruzar el lugar en el que Lennon había muerto desangrado, una sensación no muy distinta a pisotear una tumba. Myron empezaba a acostumbrarse.

Desde fuera, el Dakota era bello y oscuro y parecía una casa encantada hinchada de anabolizantes. La mayoría de los pisos, incluido el de Win, tenían más metros cuadrados que un principado europeo. El año pasado, después de toda una vida viviendo en la casita de papá y mamá en los suburbios, Myron se había finalmente marchado del sótano para mudarse a un loft del SoHo con su amada, Jessica. Fue un gran paso, la primera señal de que, después de más de una década, Jessica estaba lista para —¡horror!— el compromiso. De modo que los dos amantes se cogieron de las manos y se lanzaron a vivir juntos. Y como tantos otros lanzamientos en la vida, ése acabó salpicándolos desagradablemente.

Más gritos de éxtasis.

Myron acercó el oído a la puerta. Gritos, sí, y una banda sonora. No era una escena en directo, decidió. Usó la llave y abrió la puerta. Los gritos procedían del salón del televisor. Win no utilizaba nunca aquella estancia para, eso, para filmar. Myron se armó de valor y cruzó el umbral.

Win llevaba su atuendo de WASP informal: pantalones de algodón, camisa de un color tan estridente que era mejor no mirarla directamente, y mocasines sin calcetines. Llevaba los tirabuzones rubios divididos con la misma precisión con la que dos viejas se parten la cuenta de la comida. Tenía la piel del color de la porcelana blanca, con toques rojos en las mejillas después de haber jugado al golf. Estaba sentado en la posición del loto de yoga, con las piernas dobladas hasta un punto que se supone que los hombres son incapaces de alcanzar. Con los dedos índice y pulgar formaba dos círculos y tenía las manos apoyadas sobre las rodillas. Estilo Zen Yuppie. Un europeo del viejo mundo adentrándose en el Antiguo Oriente. El olor dulce de los barrios bienestantes de Filadelfia mezclado con el fuerte incienso asiático.

Win inspiraba durante veinte segundos, expiraba durante otros veinte. Meditaba, por supuesto, pero a la manera de Win. No escuchaba, por ejemplo, los ruidos relajantes de la naturaleza o de unas campanitas; no, él prefería meditar con la banda sonora de, pongamos, las pelis guarras de los años setenta, que básicamente sonaban como un mal imitador de Jimmy Hendrix haciendo ruidos tipo ua-ua-ua con un mirlitón eléctrico. El simple hecho de escucharlo era capaz de hacerte salir corriendo a suplicar un chute de antibióticos.

Win tampoco cerraba los ojos. No visualizaba un ciervo bebiendo agua de un arroyo, ni una suave cascada sobre un fondo boscoso, ni nada de eso. Tenía la mirada fija en la pantalla del televisor. Concretamente, miraba vídeos caseros en los que salían él mismo y una selección de hembras variadas en plena actividad pasional.

Myron entró en el salón. Win transformó uno de los círculos de sus dedos en una señal de stop con la mano plana, luego levantó el dedo índice para indicar que quería todavía un momento más. Myron se arriesgó a mirar la pantalla, vio la carne trémula y desvió la vista.

Al cabo de unos segundos Win dijo:

—Hola.

—Me gustaría hacer constar mi asco —dijo Myron.

—Queda constancia.

Win se puso de pie desde la posición del loto con gran agilidad. Sacó la cinta y la guardó en una caja. En la caja ponía «Anon 11». Anon, Myron lo sabía, quería decir «anónimo». Significaba que Win había olvidado el nombre de la chica o que nunca lo había sabido.

—No puedo creer que sigas haciendo esto —comentó Myron.

—¿Otra vez con el rollo moralista? —preguntó Win con una sonrisa—. Qué agradable.

—Déjame preguntarte una cosa.

—Oh, por favor, adelante.

—Algo que siempre he querido saber.

—Mis oídos arden de impaciencia.

—Dejando de lado por un momento mi repugnancia...

—Por mí no lo hagas —dijo Win—, me gusta tanto cuando te muestras superior.

—Tú dices que esto —Myron hizo un gesto vago hacia la cinta de vídeo y luego hacia el televisor— te relaja.

—Sí.

—Pero, además..., quiero decir, con todo lo asqueroso que resulta..., ¿no te excita?

—No, en absoluto —respondió Win.

—Eso es lo que no entiendo.

—Contemplar el acto no me excita —explicó Win—. Pensar en el acto tampoco me excita. Ni los vídeos, ni las revistas guarras, ni el Penthouse Forum, ni el ciberporno... Nada de eso me excita. Para mí no hay nada que sustituya la cosa de verdad. Tiene que haber alguien. Todo lo otro me produce el mismo efecto que hacerme cosquillas a mí mismo. Por eso nunca me masturbo.

Myron no dijo nada.

—¿Tienes algún problema?

—Sólo me estoy preguntando qué me ha empujado a intentar averiguarlo —dijo Myron.

Win abrió un armario de la dinastía Ming que había sido convertido en una pequeña nevera y le tiró un batido Yoo-Hoo a Myron. Él se sirvió una copa de coñac. La estancia estaba llena de antigüedades lujosas y ricos tapices y alfombras orientales, y bustos de hombres con el pelo largo y rizado. Si no llega a ser por el sistema audiovisual de tecnología punta, aquel salón podría ser de los que te encuentras cuando visitas un palacio de los Medici.

Ocuparon sus butacas habituales.

Win advirtió:

—Pareces preocupado.

—Tengo un caso para nosotros.

—Ah.

—Sé que dije que no volveríamos a hacerlo, pero esto tiene algo de circunstancia especial.

—Entiendo —dijo Win.

—¿Te acuerdas de Emily?

Win dibujó una especie de bucle con la copa, un gesto habitual en él:

—Novia de la universidad. Cuando practicaba el sexo emitía ruidos de mono. Te dejó a principios de nuestro último curso. Se casó con tu archienemigo Greg Downing. También le dejó. Probablemente siga gimiendo como un mono.

—Tiene un hijo —dijo Myron—. Enfermo.

Le explicó rápidamente la situación, dejando de lado el hecho de que probablemente él era el padre del niño. Si no había sido capaz de hablar del tema con Esperanza, de ninguna manera podía sacar el tema con Win.

Cuando acabó, Win le dijo:

—No debería ser muy complicado. ¿Hablarás con el médico mañana?

—Sí.

—Averigua todo lo que puedas sobre quién controla los archivos.

Win cogió el mando y puso la tele. Cambió de canal varias veces porque hacían anuncios y porque era un hombre. Se quedó en la CNN. Terese Collins presentaba las noticias.

—¿Vendrá a visitarnos mañana la encantadora señorita Collins? —preguntó Win.

Myron asintió.

—Su vuelo llega a las diez.

—Te ha estado visitando bastante a menudo.

—Sí.

—¿Os estáis... —Win hizo una mueca como si alguien le acabara de mostrar un caso especialmente grave de tiña— liando en serio?

Myron miró a Terese en la pantalla.

—Es demasiado pronto —dijo.

Por la televisión por cable daban un maratón de la serie All in the Family, de modo que Win lo puso. Pidieron comida china y miraron un par de capítulos. Myron trató de evadirse con la felicidad de sus personajes Archie y Edith, pero no lo lograba. En su cabeza, naturalmente, aparecía Jeremy una y otra vez. Se las arregló para alejar el tema de la paternidad y concentrarse, como Emily le había pedido, en la enfermedad y la misión que tenía encargada. Anemia de Fanconi, eso es lo que le dijo que el chico padecía. Se preguntó si en Internet habría algo sobre la enfermedad.

—Vuelvo en un rato —dijo Myron.

Win lo miró:

—Ahora viene el episodio del funeral de Stretch Cunningham.

—Quiero buscar una cosa en Internet.

—Es el episodio en el que Archie hace el elogio.

—Ya lo sé.

—Donde comenta que nunca creyó que Stretch fuera judío porque su apellido acaba en «ham», de jamón.

—Ya he visto el capítulo, Win.

—¿Y te lo piensas perder para buscar algo en Internet?

—Lo tienes grabado.

—Eso da igual.

Los dos hombres se miraron, cómodos con el silencio. Al cabo de unos instantes, Win le apremió:

—Cuéntamelo.

Apenas vaciló:

—Emily me ha dicho que soy el padre del chico.

Win asintió con la cabeza y exclamó:

—Ah.

—No pareces sorprendido.

Win usó los palillos para sacar otra gamba:

—¿Te la crees?

—Sí.

—¿Por qué?

—Por un lado, sería horroroso mentir en algo así.

—Pero Emily es buena mintiendo, Myron. Siempre te ha mentido. Te mentía en la universidad; te mintió cuando Greg desapareció; mintió en el juicio sobre la conducta de Greg con los niños. Engañó a Greg la noche antes de casarse, acostándose contigo. Y, si quieres verlo de otra manera, si ahora dice la verdad, te ha estado mintiendo durante estos trece años.

Myron lo meditó.

—Creo que ahora dice la verdad.

—Crees, Myron.

—Me haré una prueba.

Win se encogió de hombros:

—Si te apetece.

—¿Qué quieres decir?

—Dejaré que la afirmación hable por sí sola.

Myron hizo una mueca:

—¿No has dicho que debería comprobarlo?

—Para nada —dijo Win—. Simplemente, estaba señalando lo obvio. No he dicho que eso cambiara nada.

Myron reflexionó:

—Me estás confundiendo.

—Simple y llanamente —dijo Win—, ¿y qué, si eres el padre del niño? ¿Qué diferencia hay?

 

—Vamos, Win. Ni siquiera tú puedes ser tan frío.

—Todo lo contrario. Por muy raro que te parezca, ahora estoy hablando de corazón.

—¿Me lo puedes explicar?

Win volvió a dibujar un bucle con la copa, estudió su color ámbar, tomó un sorbo. Eso le hizo subir un poco el color de las mejillas.

—De nuevo, te lo diré claramente: por mucho que un análisis de sangre indique, tú no eres el padre de Jeremy Downing. Greg sí. Puede que seas el donante de esperma. Puedes ser un accidente de la lujuria y la biología. Puedes haber aportado una sencilla estructura celular microscópica que se combinó con otra un poco más compleja, pero no eres el padre de ese chico.

—No es tan sencillo, Win.

—Es así de sencillo, amigo. El hecho de que tú, anodinamente, elijas confundir el tema, no cambia la realidad. Te lo demuestro, si quieres.

—Te escucho.

—Tú quieres a tu padre, ¿no es cierto?

—Ya sabes la respuesta.

—La sé —dijo Win—. Pero ¿qué le hace ser tu padre? ¿El hecho de que una vez gimiera encima de tu madre después de tomarse unas copas... o la manera en que te ha cuidado y te ha querido durante los últimos treinta y cinco años?

Myron bajó la vista hacia su lata de Yoo-Hoo.

—No le debes nada a ese chico —prosiguió Win— y, lo que es igual de importante, él no te debe nada a ti. Intentaremos salvarle la vida, si eso es lo que quieres, pero la cosa debería acabar ahí.

Myron lo meditó. Si había algo que le daba más miedo que el Win irracional, era el Win lleno de lógica:

—Tal vez tengas razón.

—Pero sigues sin pensar que es así de sencillo.

—No lo sé.

Por la televisión, Archie se acercaba al púlpito con una kipá en la cabeza.

—Es un comienzo —dijo Win.