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Los Otros, Yo y mi otro Yo YAMILA YAD

Créditos

Los otros, yo y mi otro yo

© de los textos: Yamila Yad

© de esta edición: Editorial Tequisté, 2022

Coordinación editorial: M. Fernanda Karageorgiu

Corrección: María Belén Lacentra

Diseño gráfico y editorial: Alejandro Arrojo

1ª edición: Febrero de 2022

Producción editorial: Tequisté

hola@tequiste.com

www.tequiste.com

ISBN: 978-987-4935-95-3

Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los derechos.

LIBRO DE EDICIÓN ARGENTINA

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Yad, Yamila

Los Otros, Yo y mi otro Yo / Yamila Yad. - 1a ed - Pilar : Tequisté. TXT, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4935-95-3

1. Psicoanálisis. 2. Psicología. I. Título.

CDD 150

Dedicatoria

A mis padres,

ya que sin su guía nada de mí hubiese sido posible.

Cita

“Yo no sé cuál es la clave del éxito, pero seguro que la clave del fracaso es querer agradar a los demás”.

Woody Allen

Introducción

Debo admitir que tardé mucho tiempo en decidir comenzar con la escritura de este libro que hoy tienen en sus manos. Postergué, dudé, desconfíe, pero, al final del día, cuando apoyaba la cabeza en la almohada, sabía que ese era mi deseo y que yo —como analista— tenía que ser consecuente con lo que transmito.

Entonces aquí estoy, intentando conducirlos por los apasionantes y oscuros caminos de la mente humana, de la tan famosa neurosis, aquella que tanto nos hace sufrir.

Una de las cuestiones que me impulsa a escribir tiene que ver con la necesidad personal de llevar el psicoanálisis a lugares que nada tienen que ver con la psicología en sí, de acercar un poco más a estos grandes pensadores como Sigmund Freud y Jacques Lacan a quienes no han tenido la oportunidad de leerlos, pero que sienten una gran afinidad o intriga por las formas en las cuales opera la psiquis humana.

Las páginas que los esperan a continuación están cargadas de pasión, de emoción, de estudio y temor. Seguramente, algunas líneas no les resulten fáciles de leer o elaborar, no tanto porque el contenido en sí sea complejo de entender, no es ese mi estilo, sino, más bien, porque muchas veces nos es difícil apropiarnos de ciertos conceptos por los cuales estamos absolutamente atravesados.

Es que no resulta tarea sencilla entender que, en la mayoría de los casos, somos nuestra propia piedra en el camino, somos nuestra propia cárcel.

¿Por qué la mirada del otro nos interesa tanto? ¿Por qué destinamos tanto tiempo queriendo aparentar un perfecto personaje ante los demás? ¿Por qué la crítica, las opiniones e, incluso, las imposiciones sociales nos resultan un imperativo categórico al que debemos responder? Son algunas de las preguntas que hacían eco en mí y que tuve la necesidad de ahondar.

Se encontrarán, entonces, con los modos de organización neuróticos frente a los Otros que nos fueron constituyendo, fundamentaciones que acreditan que no somos, a priori, dueños de nuestra propia vida y que, más bien, parecemos actores reproduciendo un guion escrito por alguien más. Aunque, tal vez, también encuentren algunas respuestas, tal vez —y ojalá así sea—, pero probablemente terminen con nuevas preguntas.

Porque, al fin y al cabo, de eso se trata, de crearnos nuevas preguntas, de no quedarnos con aquello que ya sabemos y creemos controlar. De ir rumbo hacia lo desconocido, lo incómodo, pero verdadero.

Sin más, entonces, deseo que puedan disfrutar de este libro tanto como yo disfruté de escribirlo.

El Yo y el Otro

Resulta muy complejo hablar de la psiquis humana sin tener que remitir al origen, que no es el nacimiento de un sujeto, sino, un tiempo anterior.

Por más de que parezca una cuestión hasta casi mágica, los rasgos de carácter de una persona comienzan a plasmarse mucho antes de su nacimiento, incluso, antes de su concepción.

Estos rasgos de los que estamos hablando comienzan cuando los padres hablan o fantasean sobre la idea de un hijo, cuando piensan cómo sería, qué le gustaría, o bien, cómo se llamaría.

Es en este discurso que está en juego el deseo de los padres sobre el sujeto por venir y, ya desde ahí, hay un indicio de quién podrá ser. Por eso, tiene tanta importancia el nombre que nuestros padres han elegido para nosotros ¿O acaso ustedes pensaban que eso era cosa del azar? Por supuesto que no, pocas cosas lo son. Es en el nombre propio donde, en parte, se aloja el deseo de nuestros padres, todo lo que, de manera inconsciente, esperan, anhelan o depositan en nosotros.

Esta es la razón por la cual, en la clínica psicoanalítica, es importante indagar sobre esta cuestión. Hay preguntas fundamentales para ello: ¿qué significa tu nombre? O ¿por qué tus padres han elegido ese nombre para vos?

Hay nombres propios cargados de historia o mandatos de algún familiar fallecido que responden a una historia familiar, o bien, que vienen a dar cuenta del lugar del niño en la familia.

Incluso, nombres que dan cuenta de que ese sujeto fue buscado con el intento de venir a salvar a una familia. Esto es algo bastante cotidiano: matrimonios en crisis que creen que con la idea de un hijo pueden salvar su relación. ¡Vaya peso para ese niño! ¿No?

La dirección en un análisis con pacientes que cargan con tal peso del nombre propio busca que pueda resignificarlo, dejando atrás esa significación que tanto lo condicionó a lo largo de su vida. Que logre dar cuenta que no es responsabilidad de él mantener unida a la familia unida, por ejemplo. Consiste en darle a su nombre otra impronta y, así, dejar de sostener a un sistema familiar que estaba en crisis incluso antes de su existencia.

Resulta interesante pensar cómo el nombre propio puede esconder tanto “material genético”, casi como la huella digital, a tal punto que el deseo de los padres nos otorga un pseudoser, nos condiciona sobre quién creeríamos a priori que somos. Caer en la cuenta sobre esto nos permite entender por qué el Otro tiene semejante lugar en uno mismo.

Ahora sí, viene el nacimiento y, seamos sinceros, nacer en sí no es un hecho agradable. El bebé se encuentra dentro del vientre materno, es proporcionado de absolutamente todo lo que necesita, está un lugar seguro, cálido y silencioso, pero, repentinamente, de un instante para el otro, es sacado de allí, obligado a respirar por sus propios medios, con ruidos y luces, muchas luces.

Freud va a nombrar a este recién nacido como “cachorro humano”, no habla de sujeto tal como lo entiende el psicoanálisis, todavía no es un sujeto con estructura o un sujeto de la cultura. Esto llegará con el tiempo. Se trata de un recién nacido que, de repente, tiene que hacer ciertas cosas por sus propios medios (como respirar), mientras que otras aparecen para él de la nada. Tiene hambre, y aparece una teta; tiene sueño, y lo duermen; tiene frío, y lo abrigan.

Por ende, a lo que la madre respecta —y, siempre hablando en cuanto a su función— aquí cumple un papel fundamental. Al referirme a función, quiero decir que, si no hay madre, cualquier otro puede tomar ese lugar. Es la función materna la que le va dando al niño sus significantes primordiales, es quien lo va introduciendo en el mundo simbólico, en la cultura. Es ella en tanto función quien comienza a mostrarle cómo se llama cada cosa, cada parte de su cuerpo, así como también empieza a nombrarlo en términos de “vos sos ese que aparece allí”; y esto va a tener que ver con lo que Lacan denominó “El estadio del espejo”.

Por su parte, Lacan va a entender la psiquis humana desde lo que denominó “los tres registros”: Real, Simbólico e Imaginario (RSI). Por un lado, para poder pensarlo meramente a modo introductorio, entendamos lo Real como aquel registro que Lacan define por su negativa en tanto aquello que no cesa de no inscribirse, aquello que está perdido y que el lenguaje no puede simbolizar ni imaginarizar, que no lo podemos decir ni pensar. Algo así como un agujero negro imposible de alcanzar. Por supuesto que lo Real nada tiene que ver con lo que se entiende por la realidad, es un principio fundamental para poder entender el término.

Por otro lado, lo simbólico es el campo privilegiado de la palabra, de los significantes y de la cultura. Todo lo que está en relación con el Otro es simbólico. Los analistas, de hecho, nos dedicamos a la función simbólica, trabajamos esencialmente con ella. Lo simbólico en tanto ley nos regula. Aquí es necesario hacer un paréntesis, ya que, desde esto hay un punto que es para pensar: todo lo que conocemos y sabemos del mundo es a través de los ojos de nuestra madre; entonces, nos presta los significantes que, a su vez, ella misma ha tomado del Otro sobre el mundo y las cosas, y nosotros nos lo apropiamos. Desde ahí que algo del lenguaje y de lo simbólico tampoco nos pertenece, nos es impuesto, y eso está bien, es necesario para que se constituya la neurosis, aunque después nos haga padecer, pero —al menos por ahora— parecería que no hay otro modo.

Por último —y fundamental para pensar el estadio del espejo— ubicamos el registro imaginario como el reino de la imagen, de la relación dual entre el Yo y la imagen especular. Lo imaginario da cuenta de la relación entre el sujeto y la imagen de su propio cuerpo.

Además, para comprender este momento constitutivo, se deben tener en cuenta otras ideas previas, como el hecho de la prematuración biológica, quiere decir que el ser humano cuando nace lo hace con una batería de insuficiencias en relación con otras especies. Por ejemplo, un potrillo al tiempo de nacer ya puede perfectamente caminar o un cachorro león sabe, de forma instantánea, conseguir por sí mismo su comida.

Por el contrario, nosotros, los humanos, somos seres arraigados y muy atrasados en el desarrollo biológico. Esto se ve en la descoordinación motriz del niño, en el tiempo que tarda en caminar, en hablar y en alimentarse por sus propios medios. Lacan llama a esto “cuerpo fragmentado”. Así, pues, en el período entre los seis y los dieciocho meses, el niño es capaz de reconocer su imagen en el espejo; y Lacan —gran observador— da cuenta de que cuando esto sucede el niño manifiesta cierta expresión de felicidad en su rostro; entonces, lo que nos enseña es que la imagen que ve en el espejo es un cuerpo completo, sin esta fragmentación, se ve diferente a como él se percibe, sin la descoordinación motriz característica del deambulante.

A este momento lo va a entender como la primera identificación en la vida del niño, que es ante la idea de sí mismo, ante ese otro que se ve reflejado en el espejo que es él, pero que, a la vez, no lo es, porque se percibe con una completitud de la que en verdad carece. Esta identificación primaria es originaria y fundadora de las identificaciones que vendrán luego y que irán constituyendo el Yo del niño.

De todas maneras, esta primera identificación es sumamente alienante, como les decía, se reconoce en donde no es él, porque este otro en el espejo tiene lo que yo no tengo; y va a decir Lacan que allí se puede observar algo respecto del Yo ideal, aquello que jamás se alcanza, pero que, aun así, no paramos de querer encontrar. Es por esta razón que esta identificación será absolutamente imaginaria.

Las futuras identificaciones tendrán la misma lógica, nos apropiamos de rasgos de otros con los que hemos quedado fascinados a lo largo de la vida, estos rasgos que nos hacen ver al otro con la ilusión de completitud y que creemos nosotros no tener. Es la mismísima definición de identificación, nos apropiamos de rasgos de los otros y quedamos tan capturados por ellos que nos lo apropiamos, lo introyectamos. Es la forma en la que se constituye el Yo, nuestra personalidad, nuestra forma de pensar y opinar. Por eso, somos un montón de otros. Incluso Freud llegó a denominar a este proceso como la operación por la cual se constituye el sujeto humano, mientras que Lacan —si bien continúa con esta lógica freudiana de la identificación— la entiende como el movimiento mediante el cual un sujeto se apropia de una imagen, imagen que luego es reconocida como propia. Entonces, así es como nuestra personalidad se va construyendo, así es como vamos formando las características que nos definen y nos hacen ser quienes somos.

Ahora ustedes se preguntarán ¿qué pasa si el niño en la cultura que se encuentra inmerso jamás se topa con un espejo? El espejo puede ser tomado de manera literal, pero, también puede ser metafórico, es decir, este reconocimiento especular ante otro que ocupa un lugar de ideal cumple la misma función que el espejo, incluso, puede reproducirse también frente a la madre, siendo ella quien responda con la imagen de completud que ve frente al espejo.

Así que, hasta el momento, tenemos el deseo materno y paterno que se aloja en el nombre propio, las identificaciones con los otros de nuestra vida y los significantes primordiales que tomamos prestados de nuestra madre. Son todos indicadores que nos reflejan cómo el Otro nos constituye, cómo este Otro mediante el lenguaje y la palabra nos va otorgando un ser, comenzamos a ser y a entender el mundo a partir de lo que los otros de quienes nos rodeamos nos dicen.

Del mismo modo, lo que los otros dicen de nosotros a lo largo de nuestras vidas podría dejar marcas imborrables que traerán grandes consecuencias en la vida adulta.

Si escuchamos decir de nosotros que somos inútiles, que no hacemos nada bien, o cuestiones de esta índole, se van a generar marcas en el Yo del niño, quien se identificará por completo a ese lugar y se dedicará a ser un inútil el resto de sus días. A tal punto deja marcas, que resulta uno de los temas centrales a lo largo de un análisis, una de las cosas de las que más habla un paciente, porque lo que escuchamos decir de nosotros, las maneras en que somos caracterizados, llamados y referidos resultan realmente trascendentales porque el niño se va a apropiar de ellas.

Suelo decir que las palabras pueden ser el antídoto más sanador como así también las más violentas de las armas, lo mismo va a suceder con aquellos niños que escuchan sobre sí cosas que lo fortalecen, que son capaces, que son inteligentes, etc. Por esto, estamos tan alienados al Otro, porque el otro nos va formando. Pues justamente porque el Otro nos constituye es por lo que estamos tan tomados por él. ¿Cómo no vamos a estar pendiente de su mirada, de lo que piense de nosotros y, por sobre todas las cosas, de que nos quiera? Ya Lacan decía que toda demanda es demanda de amor; y, en lo que a mí concierne, estoy bastante convencida de que justamente tiene que ver con esto, no toleramos que el otro no nos mire, “mátalo con la ignorancia” dice el dicho. Porque parece que, si el otro no nos ve, no nos ama, no somos nada, nos morimos.

Incluso, si un cachorro humano no obtiene los cuidados del Otro durante los primeros años de su vida no desarrolla la constitución subjetiva, así se le provea de los alimentos y cuidados físicos necesarios.

Necesitamos de la palabra del otro, del contacto, de sus caricias y cuidados; necesitamos ocupar un lugar en el deseo del Otro. Esto es tan necesario como el mismísimo alimento, ya que la continuidad de la vida de un recién nacido no solo depende de atender las necesidades biológicas, sino, también, los cuidados psicológicos, Otro que sostenga y una madre que aloje desde la palabra y el cuerpo. En resumen, somos seres sociales que desde el comienzo necesitamos de Otro para sobrevivir.

El problema es que, en la vida adulta, las huellas de la alienación pueden producir mucho malestar en la vida de un sujeto, muchas veces sucede que se está tan tomado por el deseo del otro que vivimos una vida dedicada a él, estudiamos una carrera, elegimos un trabajo o hasta a nuestras parejas teniendo en cuenta, de manera inconsciente, lo que este otro quisiera.

Es notorio hasta qué punto podemos llegar que nos alejamos de la vida que queremos vivir, para dedicarnos a vivir una vida que los otros quieren que tengamos.

Aunque —claro está— en algún punto este lugar resulta de cierta comodidad, no hay lugar a la elección, a la aparición del deseo del sujeto, no hay responsabilidad sobre su propia vida, y esto para el neurótico es encantador, la idea de desligarse de responsabilidades, de elecciones. Somos expertos en echar culpas, entonces, nada mejor que otro decidiendo por nosotros para alejarnos de ese lugar de responsabilidad.

El problema es que aparece la otra cara de esto, la eterna insatisfacción, los síntomas, el auto boicot, las mentiras, y todas las estrategias del inconsciente para hacernos dar cuenta de que no estamos bien en ese camino transitado, que nos estamos perdiendo por completo.

Entonces, respecto a la constitución del Yo en la neurosis, hay otro factor que interviene que es el Otro de la cultura, con sus reglas, sus costumbres y tradiciones. Este lugar fundará los ideales de ese sujeto, es decir, hay algo de los ideales que también es impuesto, que también vienen del campo de Otro porque no serán los mismos ideales en Estados Unidos que en China o Argentina, por ejemplo.

Tal vez, para los musulmanes, el tener siete esposas es un ideal que debe ser alcanzado y es a lo que debe aspirar el hombre allí, mientras que, para ciertos países de occidente, esto es absolutamente impensable, y el ideal que debe o quisiera alcanzar tiene que ver con la constitución de una familia con esposa e hijos en tanto se persiga la idea de “hombre de familia”.

De esta manera nos vamos constituyendo por el Otro, somos otros, podemos decir, en algún punto, hasta que decidimos comenzar el recorrido de un análisis, y ese es el camino que habilita nuevas posibilidades en cuanto a la constitución de nosotros mismos. Hacer análisis, entonces, puede darte posibilidades, posibilidades de alcanzar la cuota de libertad posible, posibilidades de separarte de este Otro que, muchas veces, funciona como una cárcel que pareciera a priori no tener salida, pero que, cuando observamos bien, tenemos las llaves en el bolsillo de nuestro pantalón. Entonces, la pregunta es: ¿quiero salir de esta celda? Todos somos un poco aquellos prisioneros platónicos que logran liberarse de las ataduras en las que han estado por años dentro de la cueva, decidiendo algunos salir de ella y encontrarse con otra realidad, mientras que otros tienen tanto miedo de lo que podría haber allí afuera que prefieren quedarse con esa realidad que les fue dada.

¡Cuánto sabía Platón de psicoanálisis sin siquiera saberlo!

Este es el proceso de un análisis, llegar al punto de liberarnos de esas cadenas y ver si nos animamos a vivir nuestra propia experiencia más allá de las sombras que hemos visto desde que nacimos y que han constituido nuestra realidad. Pero este acto es sumamente arriesgado, es muy difícil e implica el enfrentamiento cara a cara con la angustia. Podemos pensar la alegoría de las cavernas como un ejemplo de lo que sucede en un análisis a la hora de atravesar el fantasma.

Empleados del lenguaje

Somos seres del lenguaje, a tal punto que el lenguaje nos habla, es decir —contrariamente a lo que nosotros creemos en tanto que empleamos el lenguaje—, se trata, más bien, de que nosotros somos sus empleados. Creemos, desde nuestro narcisismo, que somos nosotros quienes controlamos lo que decimos, cuando el psicoanálisis nos enseña que es al revés, que él nos utiliza para que advenga algo del orden de lo inconsciente.

Ahora ¿por qué el lenguaje nos habla? Porque cuando hablamos estamos enunciando algo mucho más allá de lo que creemos querer decir.

En el seminario 11, Lacan dice que: “El inconsciente está estructurado como un lenguaje”, frase que —les diría— a estas alturas ya tiene condición axiomática. Que el inconsciente esté estructurado como un lenguaje refiere a que el inconsciente está en el lenguaje o, dicho de otra manera, el inconsciente es el lenguaje.

Pocas cosas son cuestiones de azar, les he mencionado anteriormente, aquí entonces no será la excepción. No podemos otorgar al azar el hecho de que, al hablar, estamos seleccionando ciertas palabras y excluyendo otras. Yo podría estar queriendo transmitirles esto mismo con otras palabras, pero no es así, estoy excluyendo algunas para elegir estas. Y eso no es azar, sino, más bien, ello escribiendo y hablando en mí.

Es en ese proceso de selección y exclusión donde el inconsciente está en juego, y de esto se trata nuestra praxis.

Es fundamental como analistas estar advertidos sobre el lugar teórico en el que estamos posicionados porque eso va a condicionar nuestra práctica clínica. No es lo mismo un analista cuya orientación es únicamente freudiana, ya que va a entender al inconsciente como las profundidades del océano que requieren ser buceadas y descubiertas, que también tener una formación en la teoría lacaniana en donde la concepción del inconsciente, en vez de ir más allá, va más acá. Es decir, entiende que el inconsciente está en la superficie del discurso, entonces, escuchará a la letra lo que el paciente tiene para decir. Jugará con el doble sentido de las palabras y sus significaciones.

Por esto digo que es importante saber desde dónde nos posicionamos como analistas, porque esto tendrá consecuencias en nuestras intervenciones y en nuestra escucha. Por ejemplo, decir “me quiero ir de caza” suena igual que “me quiero ir de casa” —por lo menos en Argentina, en donde no diferenciamos la pronunciación de la s con la z—, entonces, puede ser que en su discurso el paciente esté hablando de la caza y de las ganas que tenga de hacer dicha actividad, pero puede entenderse también con este doble significado. Claro, si sigue con la lógica de su subjetividad, quiero decir que tal vez el significante casa en el paciente de nuestro ejemplo tenga toda una historia detrás que ni él mismo sabe. Conscientemente, tal vez sí se quería referir únicamente a la caza, pero el lenguaje se le impone, lo emplea para manifestarse y, en este punto, es fundamental otro que pueda escucharlo. Es solo un ejemplo de cómo funciona la escucha analítica de discurso a la letra, en un intento de demostrar cómo de forma consciente tenemos la intención de decir una cosa, pero estamos diciendo otra distinta.

Desde allí el lenguaje nos emplea para que el inconsciente pueda decir lo que no estamos dispuestos a saber.

El Otro primordial que nos brinda los significantes primordiales, los que luego nosotros vamos a tomar, nos los vamos a apropiar y los vamos a repetir a lo largo de nuestra vida. El tema es que esos significantes son siempre prestados, de todas maneras, hay que tener en cuenta lo que Miller llamó “La insondable decisión del niño” que representa una cuota de libertad de la que gozamos a la hora de constituirnos como sujetos, es decir, que tiene que ver con la selección y el recorte que el niño lleva a cabo a partir de estos significantes que le son prestados, junto con la idea de que hay que ver qué lectura o interpretación hace el sujeto de estos significantes. Bajo esta lógica, parecería que no somos una mera plastilina moldeada por el Otro, hay una cuota, por pequeña que sea, de decisión y elección, que es lo que luego será posible trabajar en un análisis, con la interpretación y el recorte de esos significantes que el niño ha llevado a cabo.

Pensemos en los seres parlantes, a los seres que hablan y que podemos creer que emplean libremente el lenguaje. El ser parlante puede interpretarse, siguiendo una escucha lacaniana, literalmente como un parlante, es decir, un transductor electroacústico utilizado para la reproducción de sonido proveniente de otros orígenes. Al utilizar un parlante, lo que este hace es reproducir un sonido que viene desde otro lugar, ¿no les parece que esto es un poco lo que hacemos?

Cuando hablamos reproducimos discursos de otros, somos reproductores de discursos que hemos escuchado y que, identificación mediante, nos hemos apropiado. Entonces así vamos por nuestras vidas, teniendo un parlante en la cabeza, creyendo que tenemos convicciones, ideales y deseos que nos pertenecen, creyendo que empleamos el lenguaje y que sabemos muchas veces lo que queremos. Cuando, en verdad, es el Otro en nosotros, reproduciéndose a través de nuestro discurso. De esto se trata la alienación de la cual habla Lacan, como momento constitutivo, no solamente estamos tomados por el Otro, sino que es en este campo donde se constituye el sujeto tomo tal. El punto es que debe advenir luego un segundo momento que Lacan denominó separación. Esta es necesaria para el desarrollo de la estructura neurótica, ya que, si esta segunda operación no se da, lo que aparece como momento constitutivo es una estructura psicótica. Desde esta lógica las operaciones de alienación y separación juegan un papel crucial en la constitución del aparato psíquico estando siempre en relación con el Otro.

De hecho, existe una frase que he leído reiteradas veces que dice: “yo es Otro”, condensando en esta frase la alienación que mantenemos con el Otro en un primer momento, cómo el Otro nos brinda un ser —un pseudoser— a tal punto que ni siquiera el lenguaje nos pertenece, sino que es otro punto más que nos es impuesto.

Podría pasar, por ejemplo, que, en una familia cuya ideología política sea de izquierda, los hijos elaboren un pensamiento político que coincida más con una política de derecha.

Esto podría darnos un indicio de que ese sujeto es capaz de separarse del discurso del Otro y poder elaborar así uno propio.

De todas maneras, siempre es necesario ver el caso por caso, el uno a uno. No porque la persona en cuestión piense de una manera opuesta quiere decir que piense diferente. Pueden estar jugándose una cantidad de cuestiones que demuestren que, pese a que dice pensar diferente, está igual de condicionado. ¿Por qué? Porque ya Freud dijo que la sumisión y la rebeldía son dos caras de una misma moneda. Tal vez, siguiendo con nuestro ejemplo, el sujeto elabora un pensamiento de derecha por el mero hecho de ser lo opuesto a sus padres, de llevarles la contra, entonces, se empecina en ser justamente todo lo opuesto a lo que ellos son. ¿Dónde está la cuota de libertad posible allí? Si está condenado a hacer todo lo contrario. No aparece la posibilidad de elegir. Lo mismo sucede con la sumisión, se deja de lado el deseo para poder ceder a las imposiciones del otro.

Por esto, no solamente hay que ver el caso por caso, sino, también —y esto es sustancial— no creer en el discurso del paciente, porque el Yo busca tranquilidad absoluta, que reine la paz, por eso va a desplegar todos los mecanismos de defensa posibles para convencerse de que aquí no ha pasado nada. Negará, reprimirá, proyectará con tal de no hacerse cargo de aquello de lo cual nada quiere saber porque producirá una angustia incontrolable.

Desde ese lugar nunca hay que creer lo que el paciente dice, de hecho, piénsenlo. Cuántas veces escuchamos a un sujeto decir que quiere lo mejor para él, que quiere cambiar de trabajo para poder tener mejores ingresos y vivir más tranquilos, sin embargo, nada hace para salir de allí. Incluso, llega tarde a las entrevistas cuando tiene alguna, o, bien, se olvida de asistir.

Este es un ejemplo de cómo el discurso del analizante muestra sus grietas, pero no porque nos mienta a nosotros, sino, porque se miente a sí mismo. Nuestra labor es no caer en esa mentira, en esa trampa del Yo, para que no se vea la basura debajo de la alfombra.

Freud ya había mencionado esto en el trabajo con la histeria, y fue lo que lo llevó a decir en la carta 52 a Fliss: “Ya no creo en mis neuróticas”. Para dar cuenta de esto, es importante tener presente el concepto de realidad psíquica, es decir, el modo en el cual cada sujeto lee e interpreta el mundo que habitamos, se trata del universo simbólico de cada uno de nosotros, leído desde sus resistencias, su inconsciente y su deseo. Nada tiene que ver con la idea de realidad que, de hecho, se encuentra en la vereda opuesta. Es complejo hablar de una realidad universal que es entendida por todos de igual manera, pues la realidad como tal está perdida.

Desconfiemos cuando un paciente llega a la sesión con un discurso muy armadito y prolijo, escuchando que “todo cuadra”; son discursos muy yoicos y absolutamente resistenciales porque se trata de dejarse decir que en la sesión ello hable en uno. Esos momentos en que nos dejamos decir a tal punto que sentimos que no somos nosotros quienes estamos hablando, sino que algo o alguien nos habla. ¿Algo o alguien? Es el inconsciente y el Otro de nuestra vida hablando en uno, diciéndonos lo que ni siquiera nosotros creíamos saber. En esos momentos es cuando aparece lo novedoso para el paciente, cuando, asociación libre mediante, llega a punto donde dice: “ah, mirá, no sabía esto”. O, tal vez, viene asociando y dice algo que lo sorprende, manifestando: “todo esto se me ocurrió ahora, no sabía que me pasaba”.

Ahí, justo allí, es cuando el saber toca la verdad. Ese saber inconsciente que debe advenir en el análisis, ese saber que el sujeto no sabe que sabía. Esto se da cuando el sujeto del inconsciente aparece con su saber y su verdad, la verdad más propia de cada uno de nosotros.

¿Ven qué alejado está esto del discurso armado y consciente del que hablábamos antes?

Entonces, ¿así funciona un proceso psicoanalítico, asociar hasta alcanzar una verdad inconsciente? Pues no, eso coincidiría más con el método catártico de los primeros tiempos freudianos. El solo hecho de asociar y hacer consciente una verdad inconsciente no basta, sino que luego cada uno tendrá que ver qué hace con aquella verdad que descubrió en la sesión porque, si nada de lo hablado o descubierto en ese espacio luego se lleva a la práctica cotidiana, entonces, todo seguirá igual, y la clínica se convertiría únicamente en el goce del blablablá del cual el obsesivo mucho sabe al respecto.

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