Czytaj książkę: «Las independencias iberoamericanas en su laberinto»
LAS INDEPENDENCIAS IBEROAMERICANAS EN SU LABERINTO
CONTROVERSIAS, CUESTIONES, INTERPRETACIONES
Manuel Chust (ed.)
John Elliott, John Lynch, Tulio Halperín Donghi, Josep Fontana, Jaime E. Rodríguez, Eric Van Young, Carlos Marichal, Germán Carrera Damas, Brian Hamnett, Alberto Gil Novales, David Bushnell, Ana Ribeiro, Ana Frega, Armando Martínez, Beatriz Bragoni, Enrique Ayala, Carlos Contreras, Clément Thibaud, Óscar Almario, Geneviève Verdo, João Paulo G. Pimenta, Jorge Gelman, Julio Sánchez, Marta Irurozqui, Miquel Izard, Nidia R. Areces, Sara E. Mata, Tomás Straka, Víctor Peralta, Alfonso Múnera, Mónica Quijada, Xiomara Avendaño, Michael Zeuske, Juan Marchena, María Luisa Soux, Federica Morelli, Patricia Galeana, Sajid Herrera, Véronique Hérbrad, Juan Andreo, Eduardo Cavieres, Juan Andreo, Ivana Frasquet
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
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© Del texto, los autores, 2010
© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2010
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Ilustración de la cubierta: Bandera con la que se ganó el castillo de Acapulco. Archivo Histórico del Palacio Real.
Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera Fotocomposición, maquetación y corrección: Communico, C.B.
Realización ePub: produccioneditorial.com
ISBN: 978-84-370-7900-4
ÍNDICE
PORTADA
PORTADA INTERIOR
CRÉDITOS
PRESENTACIÓN
EL LABERINTO DE LAS INDEPENDENCIAS
ÓSCAR ALMARIO
JUAN ANDREO
NIDIA R. ARECES
XIOMARA AVENDAÑO ROJAS
ENRIQUE AYALA
BEATRIZ BRAGONI
DAVID BUSNHELL
GERMÁN CARRERA DAMAS
EDUARDO CAVIERES F.
CARLOS CONTRERAS
TULIO HALPERÍN DONGHI
JOHN ELLIOTT
JOSEP FONTANA
IVANA FRASQUET
ANA FREGA
PATRICIA GALEANA
JORGE GELMAN
ALBERTO GIL NOVALES
BRIAN HAMNETT
VÉRONIQUE HÉBRARD, CLÉMENT THIBAUD Y GENEVIÈVE VERDÓ
SAJID HERRERA
MARTA IRUROZQUI
MIQUEL IZARD
JOHN LYNCH
JUAN MARCHENA FERNÁNDEZ
CARLOS MARICHAL
ARMANDO MARTÍNEZ GARNICA
SARA EMILIA MATA
FEDERICA MORELLI
ALFONSO MÚNERA
VÍCTOR PERALTA RUIZ
JOÃO PAULO G. PIMENTA
MÓNICA QUIJADA
ANA RIBEIRO
JAIME E. RODRÍGUEZ O.
JULIO SÁNCHEZ GÓMEZ
MARíA LUISA SOUX
TOMÁS STRAKA
ERIC VAN YOUNG
MICHAEL ZEUSKE
CURRÍCULUM DE LOS AUTORES
BIBLIOGRAFÍA
PRESENTACIÓN
La obra que el lector tiene ante sí es diferente de las muchas que van a aparecer o han aparecido en estas conmemoraciones de los bicentenarios de las independencias iberoamericanas.
Celebraciones y conmemoraciones que recuerdan las fechas en las que la historia nacional y la historia oficial las estatalizaron en fiestas nacionales o patrias. Fechas que recuerdan determinadas gestas o acontecimientos sin que mediara, en la mayor parte de los casos, ninguna independencia.
Estamos, evidentemente, ante uno de los grandes temas de la historia del siglo XIX. Y no sólo porque se han escrito miles de páginas y se han publicado cientos de libros y artículos, sino porque es uno de los grandes temas históricos de la historia universal del siglo XIX. También porque estamos ante uno de esos temas históricos que traspasa inevitablemente la línea de la ciencia histórica y se cruza en el terreno de los sentimientos, de la emotividad, de la identidad. Y ahí la historia nacional, del nacionalismo en suma, lleva una gran ventaja, dado que los avances historiográficos se enfrentan a una conciencia nacional asentada y difícil de cambiar. Tarea de titanes con la que pretendemos contribuir a matizar, cuestionar o simplemente reflexionar sobre este hecho.
Sin duda éste es uno de los principales objetivos del presente libro, contribuir desde la reflexión, desde el debate y desde la aportación de los especialistas en este tema a la crítica, desde la ciencia histórica, de la historiografía tradicional.
Decía anteriormente que estamos ante una obra diferente. Así es. El presente libro no es producto de ningún congreso, de ningún evento conmemorativo, todos ellos muy legítimos y necesarios por otra parte, sino de un proyecto iniciado hace dos años con la finalidad de reunir a un gran elenco de historiadores e historiadoras especialistas en el estudio de las independencias, para que reflexionaran, debatieran y plantearan algunos de los ejes centrales de este auténtico laberinto que es para la historiografía las independencias iberoamericanas.
Ése es el primer objetivo del editor. Es decir, no son científicos sociales los que discuten sobre el hecho histórico, sino profesionales del estudio del hecho histórico. Y auque parezca una obviedad, no lo es. Acertada o desacertadamente, las conclusiones a las que llegan están dentro de un análisis histórico, en donde los valores y las metodologías históricas prevalecen sobre otras disciplinas sociales y humanísticas. Y por lo tanto, se espera de ellos y de ellas unas conclusiones, una síntesis o unas reflexiones en el plano del análisis histórico, es decir, desde la perspectiva mínima del valor del tiempo y del espacio del pasado. Y ahí, las ciencias del presente están a mucha distancia de ello.
El segundo valor que se ha de resaltar es que son especialistas en el período y en el tema. No encontrará el lector en este volumen aproximaciones curriculares de última hora u oportunismos académicos en participar de atractivas conmemoraciones. Los autores son especialistas de reconocido prestigio nacional e internacional y lo son por sus obras en esta temática.
El tercer objetivo de este proyecto fue concitar a un destacado elenco de historiadores e historiadoras de ambos continentes que reflexionaran en unas pocas páginas sobre cuestiones generales que han preocupado a la historiografía especializada en los últimos treinta años. He de decir que la tarea, a priori, si bien aparentemente parecía sencilla, no lo era, no lo es. Se les pidió a estos historiadores capacidad de síntesis, concreción en las respuestas y planteamientos generales sobre un tema tan complejo, tan poliédrico y tan laberíntico como las independencias iberoamericanas. Planteamientos generales que en buena medida entran a discutir per se la concepción parcial de las historias nacionales. Y ahí nos mostrábamos exigentes, al pedir a los historiadores que cruzaran las fronteras de sus países y se adentraran por el laberinto de lo que fue el proceso de las independencias.
Las seis cuestiones que les propusimos y a las que debían responder fueron las siguientes:
1. ¿Cuál es su tesis central sobre las independencias?
2. ¿Qué provocó la crisis de 1808?
3. ¿Se puede hablar de revolución de independencia o, por el contrario, primaron las continuidades del Antiguo Régimen?
4. ¿Cuáles son las interpretaciones más relevantes, a su entender, que explican las independencias iberoamericanas?
5. ¿Qué temas quedan aún por investigar?
6. Cuestiones que desee formular y que no hayan quedado registradas anteriormente.
Como editor tengo que felicitar a todos ellos por su disciplina, su esfuerzo, su capacidad de síntesis y, el lector lo juzgará, el alto valor de las ideas y reflexiones aquí expuestas. A todos ellos y ellas mi agradecimiento. Y sin duda, la ciencia histórica sabrá juzgar el valor historiográfico de este trabajo.
El cuarto propósito de este proyecto fue ofrecer un estudio amplio, plural, diverso, en el que cupiesen la mayor parte de las escuelas e interpretaciones historiográficas y ponerlas en discusión, en debate calmado, científico y reflexivo. En una palabra, lo que debería ser el debate académico.
Por ello se ha reunido, para contrastar sus respuestas, a un variado grupo que representa diferentes generaciones, diferentes formaciones, diferentes países, tanto de Europa como de Iberoamérica o de Estados Unidos. Porque uno de los objetivos que perseguimos es ofrecer una amplia representación de estudiosos de la mayor parte de los países iberoamericanos.
Si bien son muchos los concitados en este libro, nos hubiera gustado incluir a más, pero la extensión del volumen también tiene sus limitaciones. Un conjunto de reflexiones que ofrece un panorama actual bastante amplio sobre las diversas interpretaciones historiográficas en torno a las independencias, así como una puesta en actualidad de viejos temas, nuevos enfoques o recientes preocupaciones historiográficas.
Por último, queremos hacer constar nuestro agradecimiento a Publicacions de la Universitat de València, especialmente a su director, el profesor Antoni Furió, ya que desde el primer momento en que le presentamos el proyecto obtuvimos todo su apoyo y entusiasmo.
MANUEL CHUST
EL LABERINTO DE LAS INDEPENDENCIAS
Manuel Chust
Universitat Jaume I
Castellón
En una célebre frase, mi maestro, Enric Sebastià, admitía sus escrúpulos apriorísticos para abordar la dimensión poliédrica que suponía el estudio y la investigación de la revolución burguesa española. Treinta años después, recordamos aquella expresión sincera del eminente historiador y la hacemos nuestra para expresar también una gran dificultad apriorística en el abordaje de tamaña cuestión como es el estudio de las independencias iberoamericanas. Estudio laberíntico cuyo análisis es necesario abordar desde dos premisas que creemos centrales, a saber: la categorización de éste como un proceso histórico con características revolucionarias y, en segundo lugar, el contexto de espacio y tiempo en el que surgieron, se desarrollaron, crecieron y triunfaron, es decir, el contexto del ciclo de las revoluciones burguesas, como acuñaron Eric Hobsbawm y Manfred Kossok. Ciclo revolucionario que, lejos de cesar con la Revolución francesa, tuvo una continuidad con las hispanoamericanas y la portuguesa y culminó con la española desde los años treinta hasta los cuarenta del ochocientos, si bien el proceso revolucionario español también había empezado, como se sabe, en la coyuntura de 1808. Nos intentaremos explicar a lo largo de estas páginas.
LA PROBLEMÁTICA APRIORÍSTICA
Es indudable el gran avance de la historiografía sobre las independencias en estos últimos treinta años. Ya lo advertimos en otro estudio.[1] No obstante, consideramos que existe una problemática de desequilibro que se ha de tener en cuenta antes del abordaje en una investigación general. En primer lugar, aún se registra un preeminente peso de los estudios de los casos dominantes y su extensión como modelos generales a otros casos que tuvieron otras dinámicas particulares. En segundo lugar, los casos historiados pueden confundirse con la perspectiva presentista de las fronteras de los actuales estados nacionales, conformados posteriormente a las independencias. Esto puede distorsionar la visión histórica del proceso, así como su conformación dinámica, en nada estática, y dialéctica. En tercer lugar, persiste en ciertos casos una lectura de las independencias desde el presente, lo que condiciona su interpretación histórica volviéndola ahistórica. La inevitable proyección del presente a lo histórico, y más en este tema, ha sido utilizada consciente e inconscientemente. En cuarto lugar, se puede observar que sigue habiendo una difícil conjugación entre la aplicación del análisis del método histórico, sus herramientas, la crítica de fuentes, etc., y el aparato ideológico-político del nacionalismo que acompaña inherentemente a este tema, lo cual invade y llena de suspicacias de clase, étnicas, raciales y nacionales las conclusiones a las que muchas veces se llega y que, inevitablemente, se proyectan a la situación presente ideológica y políticosocial. Y ello en un doble sentido, el arma del nacionalismo de utilizar las independencias como una confrontación contra la tiránica metrópoli como un instrumento cohesionador y de consenso social y étnico-racial se quebró a finales de los años sesenta del siglo XX. Las explicaciones causales exógenas que acusan de las desigualdades sociales y el subdesarrollo a la herencia colonial o al imperialismo norteamericano, sin ser falsas, se revelaron insuficientes a partir de los sesenta. Y el consenso social, político e historiográfico se rompió. Hubo una mirada hacia el interior y ella dejó al descubierto etapas históricas de la sociedad contemporánea iberoamericana no solamente no resueltas interiormente, sino insuficiente e insatisfactoriamente explicadas. El interés aumentó hacia el interior en busca de explicaciones. A la vez que empezó a volverse incómodo para las elites dominantes, acostumbradas no sólo al consenso, sino también a buscar las raíces de las desigualdades en el exterior y la lejanía histórica, y no en el interior y la proximidad coetánea. Y el recurso al proteccionismo historiográfico del nacionalismo empezó a no funcionar. La historia escrita por los historiadores más conservadores, quienes reclamaban una historia sólo de autores «nacionales» –«nuestra historia»–, también se empezó a quebrar. Aunque todavía se mantienen ciertas reminiscencias que distinguen entre historiadores nacionales y «extranjeros», y agradecen el «interés» de estos últimos por acercarse a «sus historias». Por suerte, las cosas han cambiado notablemente, y el contacto entre redes de historiadores, los congresos internacionales, la amplitud de temas y de bibliografía, las nuevas tecnologías y, especialmente, la comunicación y el surgimiento de asociaciones de historiadores más allá de las fronteras nacionales han posibilitado el resto.
Por último, se advierte, si bien cada vez en menor medida, un desequilibrio entre las distintas historiografías nacionales y también regionales. Lo cual ha devenido en notorios estudios para unos casos y en un panorama casi desierto para otros.
LOS PLANTEAMIENTOS HEGEMÓNICOS DE LOS ÚLTIMOS CINCUENTA AÑOS
En los años cincuenta irrumpió de una forma muy atractiva la tesis de R. R. Palmer[2] que se materializó en el concepto de «revoluciones atlánticas». Palmer venía a proponer, desde la metáfora de la mancha de aceite, que el origen de la democracia se había desarrollado en la independencia de Estados Unidos y en la Revolución francesa, fruto del desarrollo de estas ideas, las cuales se expandieron a lo largo del Atlántico provocando las demás revoluciones e independencias. A la propuesta de Palmer se unió la de Godechot.[3] Los dos afirmaban que hubo una revolución de las ideas que finalmente afectó también al mundo hispano y luso en América, fruto de la propagación de las ideas ilustradas francesas y su plasmación en una revolución de independencia en Estados Unidos y después en la revolución en Francia. Por lo tanto, lo que quedó de estas tesis fue que las independencias hispanoamericanas fueron consecuencia de las ideas liberales y democráticas de Estados Unidos, por lo que tanto el constitucionalismo como el republicanismo de origen estadounidense habían sido los causantes de las independencias. Tesis que venían a subrayar, primero, la influencia decisiva de las ideas anglosajonas y francesas en las raíces ideológicas de las independencias y, después, que las causalidades residían en cuestiones ideológicas, es decir, idealistas, más que materiales.
Qué duda cabe que las tesis de las revoluciones atlánticas fueron asumidas. En realidad, la historiografía nacionalista hispanoamericana de vertientes antiespañolas también entroncaba con varios de sus presupuestos, pues con ello se subrayaba el deslinde emancipador y fundador de causas hispanas y se asumían las influencias anglo y francesa. También es sabido que las tesis de Palmer estaban en el contexto de la creación de la OTAN y de la Guerra Fría. No obstante, esta tesis llevó a discutir sobre el origen ideológico del movimiento insurgente, sobre el origen del sistema político administrativo resultante del triunfo independiente –federal o centralista– y sobre el cariz del sistema republicano hispanoamericano. A la vez que también puso en la discusión el debate sobre las independencias y no sobre la particularidad de cada una de ellas y su estudio individual.
Coetáneas a estas tesis, pero contrapuestas, fueron las resoluciones y propuestas del I Congreso Hispanoamericano de Historiadores convocado en Madrid en 1949,[4] cuyas actas se publicaron en 1953.[5] Propuesta que partía desde la España franquista, que por esos años también asumiría las exigencias de Estados Unidos de convertirse en «democracia orgánica» a cambio de integrarse en la ONU en 1951 y romper con ello su aislamiento, producto de su apoyo al Eje en la Segunda Guerra Mundial y el carácter fascista de su régimen. Las contrapartidas fueron la instalación de bases militares de EE. UU. en suelo peninsular.
En ese contexto, el I Congreso Hispanoamericano de Historia estuvo dedicado a las «causas y caracteres de las independencias americanas». Mismo año en el que el general Perón suscribió el tratado de amistad con el general Franco.
Ricardo Levene, académico del Derecho argentino, fue la persona encargada de pronunciar la conferencia inaugural bajo el sugerente y clarificador título de «Las Indias no eran colonias». Es conocido que las conclusiones de este I Congreso Hispanoamericano de Historia fueron muy significativas, a la vez que contenían un mensaje: América no había sido un territorio colonial, sino un conjunto de reinos en igualdad de derechos con los peninsulares, por lo que la independencia no pudo ser nunca una ruptura dramática y abrupta, sino una «emancipación» tranquila, madura, como la de un «hijo con respecto a la tutela del padre». Esta interpretación partió de diversos historiadores e historiadores del derecho, situados muchos de ellos próximos a sectores conservadores, clericales e hispanófilos, especialmente en Argentina, México y España. Interpretación que encasilló durante décadas, hasta los años noventa, y aún hoy en día se nota en ciertos sectores historiográficos, cualquier intento de incluir en la explicación de las independencias al liberalismo gaditano y doceañista como un paso más en el proceso histórico de las independencias, sin que por ello se beba en las fuentes ideológicas del conservadurismo y clericalismo, muy al contrario. Hasta la fecha.
Quizá fue por todo ello que las tesis de Nettie Lee Benson quedaron aisladas desde los años cincuenta durante décadas, al abogar por los orígenes gaditanos del liberalismo novohispano como explicación de la génesis del republicanismo federal mexicano. No obtuvo ningún eco durante años, hasta entrada la década de los noventa, cuando su libro fue reeditado por el Colegio de México, si bien la coyuntura ya era distinta.
En las décadas de los años setenta y ochenta, al tiempo que las tesis sobre las revoluciones atlánticas no desaparecieron, se prodigaron otros planteamientos que consiguieron notable eco en unas ocasiones y respuestas alternativas en otras. En primer lugar, el libro de John Lynch[6] se tradujo rápidamente al español en una exitosa edición. La tesis de Lynch prendió rápidamente en España e Hispanoamérica, especialmente en Venezuela, por distintos motivos. Se convirtió, hasta casi hoy, en manual de referencia universitaria para las generaciones de historiadores españoles y también hispanoamericanos. Lynch planteó, en síntesis, que las causas de las independencias se debieron a un «neoimperialismo» borbónico que se impuso en la Monarquía española tras el triunfo de esa casa nobiliaria en la guerra de sucesión de los Austrias a partir de 1701. Lynch, magnífico conocedor del siglo XVIII hispano, tanto peninsular como americano, trazó un panorama de agravios, tanto políticos como económicos, que los Borbones impusieron a los criollos, especialmente en la segunda mitad del siglo XVIII. Lo cual contrastaba, para Lynch, con una época de mayor autonomía y permisibilidad de los Austrias en América. Política de estos monarcas que había permitido ascender en cargos políticos, religiosos y en fortuna al criollismo, especialmente hacendado y comercial a lo largo de toda América. La tesis de Lynch cautivó a un amplio espectro universitario. Era, es, un libro documentado, con tesis claras y con razonamientos demostrables. Y, sobre todo, incluía en sus explicaciones no sólo cuestiones ideológicas y jurídicas, sino también económicas y sociales. Y el salto fue cualitativo. El éxito en España fue tremendo, y no sólo por la magnífica distribución del libro y por el prestigio de una editorial –Ariel– que por aquellos años del tardofranquismo se había ganado ya el reconocimiento de los sectores universitarios antifranquistas, sino porque contrastó ampliamente con la lectura hegemónica hasta el momento del americanismo español, enclavada en su mayor parte en visones gloriosas y trasnochadas del Imperio y explicaciones dulcificadoras de las independencias.
Y, en segundo lugar, desde el materialismo histórico –en el contexto de las tesis de Palmer, de la Guerra Fría y de las controversias historiográficas sobre la Revolución francesa–, se explicitó, especialmente por Manfred Kossok,[7] la propuesta de calificar las independencias como revoluciones burguesas, si bien inconclusas o incompletas. Lo destacable en esta propuesta, en la que también participó con estudios esporádicos Pierre Vilar,[8] fue que su análisis se circunscribió al contexto de un ciclo de revoluciones burguesas que desde la independencia de Estados Unidos, pasando por la Revolución francesa, llegaban a la eclosión revolucionaria hispanoamericana y acababan con las oleadas revolucionarias de 1830 y 1848 en Europa. Es decir, para estos autores las independencias no sólo supusieron un cambio cualitativo que derribó el Antiguo Régimen en un sentido estatal y colonial, sino que, además, esas revoluciones tendrían un carácter de clase «burgués», si bien no alcanzarían los presupuestos «europeos» o, mejor dicho, franceses y, por lo tanto, quedarían fallidas o inconclusas. Es de hacer notar, en primer lugar, que especialmente la propuesta de Manfred Kossok se alejaba de presupuestos exclusivamente teóricos para apoyar sus aseveraciones documentalmente a partir del caso del Río de la Plata.[9] Y, en segundo lugar, supuso una confrontación no sólo historiográfica, sino especialmente política e ideológica, que aisló y encasilló buena parte de sus escritos[10] sin ni siquiera en muchas ocasiones un merecido debate, salvo algunas excepciones. Si bien es cierto que también influyó en buena medida que la mayor parte de sus escritos se publicaran en alemán, por lo que tuvieron una difusión más restringida en el campo hispanohablante. Es de resaltar también que era casi la primera vez que desde el campo de la historiografía marxista se enunciaban propuestas que calificaban las independencias de revoluciones. Lo cual contrastó, y mucho, con los teóricos de la Dependencia que, también desde el campo del materialismo histórico, no vieron más que continuidades de un nuevo colonialismo en las independencias.[11]
El tercer momento que apreciamos entronca con los años ochenta y se manifiesta más claramente en los noventa. Y en estos años la propuesta casi hegemónica tiene nombre y apellidos: François-Xavier Guerra. Se han publicado recientemente diversos homenajes a este emblemático historiador.[12] Y también nosotros[13] hemos dedicado algunas páginas a la historiografía de este autor, por lo que no nos vamos a extender sobre ello. Lo esencial para este estudio es que Guerra introdujo ya en la década de los ochenta el concepto de revoluciones hispánicas.[14] Y lo hizo en un determinado contexto no sólo historiográfico, sino también político, especialmente internacional. No sólo fue en el contexto de la caída del Muro y del socialismo real y de sus estados, sino también en el de las dictaduras y la llegada de los procesos democráticos a Latinoamérica. En poco más de un lustro, quizá una década, las propuestas de Guerra prendieron en un amplísimo y diverso sector de la historiografía iberoamericana, especialmente entre sectores progresistas. Lo sugestivo era que Guerra, que conocía bien el debate historiográfico sobre la Revolución francesa entre la historiografía marxista y la conservadora, comandada especialmente por François Furet,[15] propuso una vuelta a la historia política desde presupuestos revisionistas. Y lo hizo, no sé si abiertamente, en contraposición a la historia social y económica, en boga por aquellos años, pero también en contra de los diversos presupuestos de un marxismo, o deberíamos decir marxismos, en decadencia, incluso desprestigiado por su ortodoxia y esquematismo harneckenianos, encallado en muchas ocasiones en los presupuestos cepalinos y dependentistas de los años sesenta y setenta. Y, sin duda, eminentemente teórico y poco empírico, a excepción de algunos casos, como hemos mencionado ya. Si bien hay que señalar que muchas de las bases teóricas de sus presupuestos partieron de historiadores o de científicos sociales en su aproximación a plantear tesis históricas. Queda ahí el debate.
Lo cierto es que Guerra, en los noventa especialmente, enamoró a diestro y siniestro, a una buena parte de la historiografía que no pasaba por ser conservadora, sino todo lo contrario, tal vez por la orfandad que estaba provocando, provoca aún, la caída de la teoría y sus derivados, y conquistó a buena parte de las distintas historiografías. ¿Quién no ha citado a Guerra en sus escritos?
Guerra partió desde una historiografía que reivindicaba el término de historia cultural en sentido amplio, y llegó a conclusiones conocidas y antes rechazadas por conservadoras y clericales, como fue que las raíces ideológicas de las independencias se hundían en la escolástica hispana del siglo XVI y la neoescolástica del XVII. Explicación que proseguía abundando en temas y aspectos en los cuales Furet, entre otros, ya había insistido, como que las revoluciones hispánicas lo fueron por razones culturales. Ese gradualismo, que no ruptura, les llevó a la Modernidad. Concepto en el que no vamos a entrar, pues produjo, también en su momento, su debate. Toda vez que llegó desde la sociología y no desde la historia.
La ausencia de otras categorías no fue en Guerra una omisión, sino una constante. Paradójicamente, no hubo contestación, hasta ahora. La historia nacional y la historia oficial, impermeables a renovaciones historiográficas, siguieron su curso hegemónico, no nos engañemos. Pero Guerra concitó también una renovación, no sé si decir una rehabilitación, de los estudios de los historiadores del derecho, de los estudios jurídicos. Paradójicamente, estudios y estudiosos del derecho a los que ya no se los vio necesariamente como sospechosos de conservadores y clericales a partir de Guerra, justamente un representante, al menos en Francia, de esa historiografía. Y ahí radica uno de los muchos méritos de Guerra, y si se nos permite, del guerrismo, porque hay que reconocer que en poco tiempo no sólo los discípulos directos, a cada uno de los cuales encomendó el estudio de un país diferente, sino los indirectos, que prolongaron y reinterpretaron lo que en ocasiones no estaba claro que quería proponer, sugerir o rebatir; prosiguieron su obra. También es justo decir que Guerra modificó sus planteamientos originales o al menos los matizó. En resumidas cuentas: hubo cambio, pero éste no fue revolucionario, sino gradual y desde la política y las ideas.
Por último, advertir que los planteamientos de Guerra triunfaron en América, pero pasaron un tanto desapercibidos o con un bajo impacto en España, en donde el manual universitario aún sigue siendo el de John Lynch. Quizá porque, a diferencia creemos que de Iberoamérica, el libro de Guerra llegó cuando en la década de los noventa el debate sobre la «revolución» española ya se había producido desde los setenta, y pasó de ser un tema hegemónico en la historiografía contemporaneísta de esas décadas a un tema más en la década de los noventa y prácticamente desaparecido en la actualidad.
¿Y EN EL BICENTENARIO? ¿QUÉ HISTORIOGRAFÍA?
En resumen, en los últimos años ha habido propuestas historiográficas, hegemónicas o no, más que interesantes. Una parte de ellas, voluntaria o involuntariamente, no ha sido neutra o aparentemente neutra. Quizá dada la envergadura del tema, ya lo hemos escrito anteriormente, su significación y valor, especialmente para los países iberoamericanos, la trascendencia de éste en la educación, en la cultura, en sentido amplio, conducían a ello. Las independencias, como otros grandes temas de la historia universal contemporánea, traspasaron el terreno de la academia, o quizá la academia fue utilizada. Lo cierto es que la coyuntura del siglo XXI, la coyuntura de estos Bicentenarios, tanto a niveles nacionales como internacionales, está mediatizada por otras condiciones, por otra coyuntura diferente a las pretéritas, y no me refiero, aunque sin duda tendrá impacto, a la crisis económica de superproducción del capitalismo en la que estamos.
Desde el punto de vista historiográfico, el tema de las independencias se ha visto enriquecido en los últimos veinte o treinta años por otros enfoques de la historia. Sin duda, los aportes en los últimos años de historiadores del derecho, del pensamiento, de la historia social, de la historia económica, han contribuido no sólo a una pluralidad de temas y subtemas, sino a una amplitud de propuestas, hipótesis y tesis muy fructíferas. También se puede observar un cambio de posible coyuntura historiográfica, dado que hay una cierta relativización del impacto de determinadas disciplinas de las ciencias sociales y humanas en la historia, a diferencia de los años cincuenta a setenta. Nos referimos a la antropología, la pedagogía, la psicología, la sociología o la politología. No queremos decir que se ha reducido su importancia entre los historiadores, sino que el abordaje de la historia está siendo el inverso del que era décadas atrás. No son antropólogos, sociólogos, politólogos los que hacen «historia», sino historiadores que, desde el pasado, se aproximan a la metodología de estas disciplinas para enriquecer su propuesta de análisis. En tercer lugar, se puede observar que no hay una lectura hegemónica de las independencias. Bien podemos estar ante una «convivencia» de lecturas sobre las independencias. O quizá en un momento en el que se seleccionan determinadas propuestas de las grandes tesis. Así, junto a las tesis de Lynch, conviven las de Guerra, se rescatan las de Kossok, se esgrimen las de Jaime E. Rodríguez,[16] se incorporan nuevas propuestas, algunas de ellas derivadas de estos maestros. No hay, a nuestro entender, un esquematismo tan rígido como en décadas anteriores, en donde se seguían unas líneas, un tanto rígidas, de unos u otros autores, de unas u otras propuestas. Ahora, creemos, hay una pluralidad más amplia. También una formación más profesional. Y sobre todo, un acceso a las fuentes mucho mayor. Y en ese tema, la revolución tecnológica, la digitalización de bibliografía primaria y secundaria, de fuentes documentales, de archivos privados, de catálogos de archivos, de bibliotecas, de prensa, etc., son y han sido fundamentales para las nuevas investigaciones.