Czytaj książkę: «Un conflicto nacional»
BIBLIOTECA DE ESTUDIOS MORISCOS
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Un conflicto nacional
Moriscos y cristianos viejos en Valencia
Tulio Halperin Donghi

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
UNIVERSIDAD DE GRANADA
UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
Colección dirigida por:
MANUEL BARRIOS AGUILERA (Universidad de Granada)
RAFAEL BENÍTEZ SÁNCHEZ-BLANCO (Universitat de València)
ALBERTO MONTANER FRUTOS (Universidad de Zaragoza)
Primera edición:
Un conflicto nacional: moriscos y cristianos viejos en Valencia, Valencia, 1980
© Tulio Halperin Donghi, 2008
© De la presente edición: Publicacions de la Universitat de València, 2008
Publicacions de la Universitat de València
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Editorial Universidad de Granada
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Diseño de la colección: Vicent Olmos
Diseño de la sobrecubierta: Celso Hernández de la Figuera
Fotocomposición y maquetación: Inmaculada Mesa
Realización de ePub: produccioneditorial.com
ISBN: 978-84-370-7105-3 (Universitat de València)
ISBN: 978-84-338-4853-6 (Universidad de Granada)
ISBN: 978-84-7733-331-9 (Universidad de Zaragoza)
ÍNDICE
ABREVIATURAS MÁS UTILIZADAS
INTRODUCCIÓN
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
LUGAR DE LOS MORISCOS EN EL REINO DE VALENCIA
ECONOMÍA Y SOCIEDAD EN VALENCIA (1520-1609)
EVOLUCIÓN DE LA POBLACIÓN
LA POBLACIÓN MORISCA VALENCIANA
LA NACIÓN DE LOS CRISTIANOS NUEVOS DE MOROS DEL REINO DE VALENCIA
LOS SOPORTES MATERIALES DE LA SOLIDARIDAD MORISCA
SOLIDARIDAD RELIGIOSA MORISCA
SOLIDARIDAD NACIONAL MORISCA
CRISTIANOS VIEJOS Y CRISTIANOS NUEVOS
LA CONVERSIÓN Y LA EVANGELIZACIÓN (1520-1570)
REPRESIÓN Y PREDICACIÓN (1571-1609)
LA EXPULSIÓN
CONCLUSIÓN
APÉNDICE: LA POBLACIÓN DE VALENCIA
BIBLIOGRAFÍA
ABREVIATURAS MÁS UTILIZADAS
| ACA | Archivo de la Corona de Aragón. Barcelona |
| AGS | Archivo General de Simancas |
| ARV | Archivo del Reino de Valencia. Valencia |
| AdR | Archivo del Real |
| MR | Cuentas del Maestre Racional |
| ME | Manaments y Empares |
| AHN | Archivo Histórico Nacional. Madrid |
| AMV | Archivo Municipal de Valencia |
| BNM | Biblioteca Nacional. Madrid |
| BNP | Bibliothèque Nationale. París |
| BAH | Boletín de la Real Academia de la Historia. Madrid |
| RIS | Revista Internacional de Sociología. Madrid |
Introducción
Cuando recibí la invitación a ver republicada mi tesis doctoral sobre la vida y muerte de la Valencia morisca en la Biblioteca de Estudios Moriscos que la Universidad valenciana coedita con las de Granada y Zaragoza con la comprensible alegría que provoca comprobar que un trabajo histórico viejo ya de más de cinco décadas puede conservar todavía algún interés para quienes lo leen desde el siglo XXI, Vicent Olmos agregó a ella la de que la acompañase de una nota introductoria sobre las circunstancias que me llevaron a escoger ese tema. Es ésta una invitación que difícilmente ha de rechazar quien ha llegado a una edad de por sí demasiado inclinada a las reminiscencias, y no ha de sorprender por lo tanto que me haya apresurado a aceptarla.
La preparación de la tesis que ahora vuelve a ver la luz marcó la última etapa en la carrera de historia que me tocó cursar en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires cuando esa universidad atravesaba un momento aún más complicado de lo habitual en su tormentosa historia. En 1946 el peronismo, que acababa de conquistar el poder en las elecciones convocadas por la dictadura militar establecida tres años antes como heredero político de ésta, había llevado adelante una arrasadora depuración de su cuerpo enseñante, del que expulsó a muy numerosos docentes que habían militado en las filas opositoras en la etapa que acababa de cerrarse. Aunque esa depuración no había alcanzado al Instituto del Profesorado en que enseñaban mis padres, había hecho numerosas víctimas en el campo de las humanidades, en el cual contaban con algunos de sus amigos más cercanos. Sabía de antemano entonces que con quienes habían pasado a dominar el campo de historia argentina e hispanoamericana al que aspiraba a dedicarme en especial, me esperaba una relación problemática, y decidí –tanto por esa razón como porque bajo su guía no podía esperar adquirir una sólida cultura histórica– concentrar mis esfuerzos en el de historia europea, y en particular española, contando para ello tanto con los recursos del Instituto de Historia de España, cuyo director era don Claudio Sánchez Albornoz, exilado entonces en la Argentina, que mantenía una relación muy cordial con mis padres y me acogió con gran generosidad en él, cuanto con la orientación que podía brindarme un aún más cercano amigo de casa, José Luis Romero, quien por su parte se perfilaba ya como eminente medievalista, y aunque en 1946 había quedado fuera de la Universidad seguía utilizando asiduamente el vasto material de libros y fotocopias que don Claudio había logrado llevar consigo al destierro para encarar preferentemente temas españoles.
Cuando me llegó la hora de elegir un tema de tesis doctoral, tras de comprobar que mis relaciones con quienes dominaban el área temática en que aspiraba a trabajar eran tan insatisfactorias como lo había anticipado, se me ocurrió buscarlo en la etapa más temprana de la exploración y conquista de Indias, lo que me permitiría contar con el patrocinio de don Claudio sin salir del campo en que había decidido trabajar en el futuro. En particular me había atraído la figura de Pedro Mártir de Anglería, quien se había ocupado de esa etapa en sus Decadas de Orbe Novo y cuyo Opus epistolarum rozaba algunos de los temas que me habían atraído en la lectura del Erasmo y España, de Marcel Bataillon; y de nuevo don Claudio accedió muy generosamente a desempeñar ese papel. Dadas las demasiado evidentes deficiencias de la formación ofrecida entonces por la Universidad de Buenos Aires, que había decidido a algunos de mis compañeros de la escuela secundaria cuya familia contaba con recursos para ello a proseguir sus estudios en el extranjero, se me ocurrió acudir a las becas que ofrecía el gobierno de Francia para pasar en ese país un año que dedicaría a suplir las más graves de esas deficiencias, pero –desgraciadamente para mí– el gobierno francés se había visto forzado a incorporar al jurado que las asignaba un delegado del Ministerio de Relaciones Exteriores argentino, quien dictaminó de inmediato que en el país no faltaban historiadores perfectamente competentes para ofrecerme toda la orientación que pudiera necesitar.
Mi familia decidió entonces que estirando al máximo sus limitados recursos podría suplir la falta de ese subsidio, y costearme una permanencia de nueve meses en Francia, durante los cuales debía agregar a mi objetivo originario el de reunir todos los materiales que necesitaba para completar a mi retorno la tesis que tenía proyectada. Así lo tenía resuelto, cuando mi lectura de la tesis sobre el Mediterráneo en la época de Felipe II que acababa de publicar Fernand Braudel me reveló una manera para mí desconocida de hacer historia que me resultó inmediatamente deslumbradora, y me decidió a buscar su guía para completar mi aprendizaje en el oficio, mientras en cuanto a la recolección de materiales para mi tesis me proponía recurrir a la de Marcel Bataillon. A mi llegada a Francia Braudel me incorporó de inmediato a las actividades de la que era entonces Sexta Sección de la École Pratique de Hautes Études, a las que había impreso un ritmo febril al asumir su dirección luego del reciente retiro de Lucien Febvre. La Sexta Sección tenía todavía su sede en un medio piso del edificio de la rue de Varenne donde la Escuela había alojado a varias de ellas, y creo que la estrechez y modestia de ese local acentuaba aún más mi impresión de que acababa de incorporarme a una suerte de secreto taller en que se estaba forjando una nueva y más válida manera de hacer historia, y de que cada día que allí pasaba no sólo estaba aprendiendo algo nuevo e importante, sino participando en una embriagadora aventura colectiva destinada a marcar con su huella la disciplina a la que había decidido consagrarme. Por cierto no experimenté nada parecido cuando seguí los seminarios que Bataillon ofrecía en el College de France, y luego de varias semanas que dediqué a buscar en la Biblioteca Nacional y la de la Sorbona materiales relevantes al tema que había pensado encarar en mi tesis, y que en comparación con los que diariamente se discutían en la Sexta Sección encontraba cada vez menos interesante, me convencí de que jamás podría completar esa tarea en el tiempo que tenía disponible para ello.
Me decidí entonces a acudir a Braudel, y pedirle que me sugiriera un tema alternativo que no necesitaba ya vincularse con la historia de Indias. Mencionó entonces el de la Valencia morisca, que –según me dijo– Henri Lapeyre había tratado sólo muy superficialmente en su Géographie de l’Espagne morisque, entonces aún inédita, y me recomendó que comenzara a internarme en el tema partiendo de las fuentes por él citadas en La Mediterranée... Así lo hice, y se me ocurrió entonces comenzar volcando en un gigantesco mapa del reino valenciano, que había toscamente calcado del de rutas de la empresa Shell, único que encontré en la mapoteca de la Biblioteca Nacional parisina, las cifras de población de pueblos de cristianos viejos (en azul) y de moriscos (en rojo), según un censo en poco posterior a la forzada conversión de estos últimos. Cuando cubrí con él el vasto escritorio de Braudel, su entusiasmo frente a ese despliegue de géohistoire en acción superó mis expectativas más optimistas; tras de confesarme que sobre mi futuro de historiador había llegado a alimentar dudas que yo acababa de disipar brillantemente, me aseguró de que él mismo se encargaría de conseguir los recursos que debían permitirme completar ese verano en España la recolección de los materiales para mi tesis.
Iba a cumplir con su palabra, y a partir de ese momento, primero en las bibliotecas parisinas y luego en los archivos españoles, trabajé con una intensidad de la que hasta entonces no me había creído capaz, y que nunca iba a recuperar luego. De esa experiencia conservo, a más del recuerdo de una etapa de concentración casi maníaca en un proyecto que había logrado obsesionarme más que ningún otro, el de mi contacto con una España para la que no habían terminado aún ésos que Carlos Barral iba a recordar como años de penitencia.
A mi retorno a la Argentina, pude defender exitosamente mi tesis contando para ello con el patrocinio de don Claudio, y poco después –en un marco político profundamente cambiado– comenzar mi carrera de historiador en el campo que siempre había pensado cultivar. Aunque nunca volví a encontrar mis temas en la historia del reino valenciano, lo que hice a partir de entonces me parece hoy más marcado por el legado de mi breve excursión a los tiempos de los Austrias de lo que en su momento advertía.
Me parece claro también que ello se debe al modo en que resolví un problema que, como hubiera debido prever pero no lo hice, me planteaba el tema que había escogido, teniendo en cuenta hasta qué punto pesaba sobre mí en aquel momento la poderosa visión histórica que Braudel había desplegado en su libro sobre el Mediterráneo. Como es sabido, la estructura tripartita de éste se apoya en la noción de que lo que verdaderamente cuenta en esa historia son las lentas trasformaciones experimentadas por ciertos rasgos durables de la realidad mediterránea, todopoderosas olas de fondo acerca de las cuales nos dicen muy poco los acontecimientos que cotidianamente se suceden como una vana espuma que cabalgara al azar sobre ellas. Ahora bien, aunque esa noción me parecía entonces la evidencia misma, en relación con mi proyecto de tesis ella tenía una consecuencia muy seria: puesto que en esa tesis yo aspiraba a reconstruir en todo su abigarrado detalle las tentativas que se sucedieron a lo largo de las nueve décadas que duró la búsqueda de una solución al problema creado por la conversión forzada de ese tercio de la población valenciana fi el hasta ese momento a la fe del Islam, era demasiado evidente que el tema que había escogido se ubicaba en el terreno de la histoire évenementielle, en el cual Braudel, convencido como estaba de que no iba a encontrar allí el acceso a esas estructuras profundas que le interesaba sobre todo explorar, se acercaba peligrosamente a la posición de ese legendario erudito de Oxford que según es fama cuando se le preguntó cómo se narraba la historia repuso que sencillamente contando cada maldita cosa después de la otra.
Cuando a mi retorno a Buenos Aires me llegó el momento de ubicar a mi pedazo de historia valenciana en un contexto que lo hiciera inteligible, resolví sin meditarlo demasiado un problema que en rigor no había descubierto hasta qué punto lo era acudiendo instintivamente a perspectivas que me eran familiares desde antes de mi descubrimiento de Braudel, y más cercanas a la temática y problemática de Bataillon que a las que campean en La Méditerranée. En ellas encontré inspiración para una narrativa de la breve historia de la «nación de cristianos nuevos de moros del reino de Valencia» que tomaba para su trasfondo la parábola recorrida por Estado e Iglesia desde ese instante fugaz en que Castilla pudo creerse en camino a constituirse en el núcleo de un imperio universal destinado a regenerar en Cristo tanto a las tierras de infieles como a una cristiandad necesitada de purificarse en sus fuentes, hasta ese otro más tardío en nueve décadas, en que el monarca castellano, ya no emperador pero ahora reinante sobre la entera Península, debía defenderla como «un castillo fuerte» por todas partes asediado, y la Iglesia que, disipadas esas embriagadoras esperanzas, libraba un combate en que la victoria comenzaba a parecer imposible cuando se multiplicaban los signos de que la Europa romano-germánica se preparaba a admitir que la pérdida de la unidad de la fe originada en la Reforma era ya irrevocable, convencidos por igual de que en esos tiempos cada vez más oscuros la presencia de diversidades y disidencias en sus dominios suponía una amenaza demasiado grave para no eliminarla a cualquier precio, coincidieron también en la decisión de poner brusco fi n por acto de imperio a la existencia de la Valencia morisca.
El trasfondo que había escogido para mi relato lo ubicaba en suma en el marco ofrecido por el giro que había tomado la historia española desde que al abrirse la modernidad un imprevisible cambio de fortuna la había proyectado al centro mismo de la de Europa y el mundo, que tanto en España como fuera de ella había sido desde el siglo XVIII motivo de reflexiones a las que cuando me acerqué al tema morisco la apasionada contribución de Américo Castro estaba devolviendo toda la relevancia contemporánea que suelen recuperar en momentos en que se hacen más agudos los dilemas que plantea el presente español. Y estoy persuadido de que al enfocarlo de ese modo había trazado, también sin proponérmelo ni advertirlo, una línea de continuidad con los estudios que iba a emprender en el campo hispanoamericano y nacional, que al abordar el tema del nacimiento de la nacionalidad argentina me incitó a buscar algunas de sus claves centrales en las modalidades del derrumbe imperial que puso fin a esa etapa de la historia española
Pero a mi incursión en la historia valenciana debo algo más que la disposición a tomar plenamente en cuenta el vínculo de la que en 1810 se abrió en el Río de la Plata con la que en 1808 se había cerrado en Aranjuez y Bayona. Haber seguido en detalle y en todos sus niveles el laberíntico funcionamiento de la monarquía española de Antiguo Régimen, a través de un episodio que como pocos había logrado poner al desnudo tensiones y conflictos que ésta nunca alcanzaría a resolver, pero no le impedirían sobrevivir todavía por más de dos siglos, me había enseñado muchas cosas que me iban a ser muy útiles para entender mejor el que iba a ser luego mi campo de estudios, y en primer lugar a respetar como lo merece un arte de gobierno que logró la hazaña de mantener a lo largo de ellos la autoridad de Castilla/Aragón y luego de España sobre territorios desperdigados en tres continentes contando sólo con recursos técnicos que nunca excedieron en mucho los de la temprana modernidad y con recursos financieros muy tacañamente cicateados porque lo mejor del botín ultramarino siguió destinado hasta el fin a la cada vez más desesperada defensa del lugar que ese cambio de fortuna le había asegurado en el Viejo Mundo.
Si hoy me resulta más fácil apreciar todo eso, es sin duda en no escasa medida porque el nuevo giro que ha tomado la historia de España en el medio siglo largo que me separa de mi excursión valenciana empieza a hacer posible ver como historia pasada –y en todos los sentidos del término– a ésa que desde el siglo XVIII pudo pocas veces ser recordada sin angustia, porque su legado seguía pesando duramente sobre el presente español. Y que sea esa Valencia de hoy, totalmente inimaginable en la desolada España que conocí en 1953, y que redescubro con renovada felicidad en cada uno de mis retornos, la que ha decidido devolver al presente los frutos de ese encuentro remoto me ofrece un motivo aún mejor para celebrar esa generosa ocurrencia.
TULIO HALPERIN DONGHI
Berkeley, California, enero de 2008
Prólogo a la primera edición
UN CONFLICTO NACIONAL: MORISCOS Y CRISTIANOS VIEJOS EN VALENCIA
He aquí un título algo alarmante. ¿Tiene acaso sentido hablar de conflictos nacionales en el siglo XVI? Sin duda ya para los españoles de ese siglo, los moriscos eran «la nación de los cristianos nuevos», que contraponían a la de los cristianos viejos. Pero esa nación era, precisamente, anterior a la nación en armas de la Revolución, anterior a la revelación del cuerpo mismo de la nación que en el siglo XIX realizaron las escuelas elementales al llevar a las aulas de las más perdidas aldeas el mapa del territorio; anterior por lo tanto a los mitos que enseñaban cómo, antes de que hubiese hombres, las montañas y los ríos habían ya fijado para siempre los límites de una nación sobre un despoblado rincón del planeta. Anterior a la filología y la antropología orientadas en sentido nacionalista, anterior al imperialismo celta, o ligur, o nórdico, o mediterráneo. ¿Si se recuerdan aquí estas verdades demasiado evidentes es para concluir que, en efecto, entre lo que hoy llamamos nación y lo que así llamaba el quinientos no hay medida común? Concluir en ello sería acaso caer en el lazo tendido a quienes –muy justamente– buscan esquivar el anacronismo: el anacronismo al revés. La nación de los cristianos nuevos no era en todo caso anterior a la bonita historia del rey Tubal, el primer soberano de la España una (y ese florecer de legendarios héroes fundadores es, parece, uno de los aspectos más descuidados de la prehistoria del nacionalismo); Tubal, que como mito nacional puede sustituir excelentemente a cualquier paniberismo adaptado a las modernas conquistas etnológicas. No es anterior –ya se lo verá en las páginas que siguen– a la conciencia de la figura geográfica de España, protegida por sus fronteras naturales en los Pirineos y el mar. Todo esto es cierto; no es menos cierto que Tubal, que la figura de España dibujada por sus fronteras precisas sólo vivían en la conciencia de algunos eruditos, que una cultura aún no democratizada no les aseguraba las vastas masas de devotos y creyentes de que dispuso el nacionalismo del ochocientos. Y junto con esos primeros esbozos de nacionalismo laico, infinitamente más influyente que éste, tanto en la masa como en los grupos letrados, estaba la conciencia de la individualidad religiosa de España, que la separaba aún de las demás naciones cristianas, y mucho más evidentemente de los pueblos musulmanes.
Este conflicto nacional parece resolverse, entonces, en un conflicto religioso. ¿Por qué, entonces, no darle ese nombre que parece corresponderle me-jor? Porque en esta denominación hay implícito un equívoco aun más grave. Lucien Febvre ha destinado algunas de las páginas más hermosas de su Problème de l’incroyance a recordarnos cómo en el siglo XVI la religión iba entretejida en la vida entera de los hombres, presidía cada uno de sus actos importantes, daba sentido a toda forma de agruparse en colectividad. Toda la fuerza persuasiva de un gran historiador que es a la vez un escritor admirable se ha hecho necesaria para que reviva en nosotros, no como conocimiento teórico sino como conciencia inmediata de lo que significaba, esa dimensión ya perdida del hecho religioso. Dimensión esencial en el conflicto morisco, que no opone a una iglesia y algunos catecúmenos improvisados, sino a dos colectividades humanas.
Hablar aquí de conflicto nacional significa entonces, no más que esto: recordar que en Valencia hasta 1609 un tercio de la población integraba un grupo humano que tenía un nombre preciso, «la nación de los cristianos nuevos de moros del reino de Valencia». [1]Cristianos desde que, en 1519-1521 los rebeldes agermanados les hicieron escoger entre la conversión y la muerte, desde que, en 1526, el emperador los colocó con mayor eficacia ante un dilema apenas menos brutal. Cristianos de nombre, musulmanes de corazón; así lo aseguran eclesiásticos y seglares encargados de su conversión, y podríamos ver en estas afirmaciones tan sólo la voz de un celo que no se satisface fácilmente, si no fuese que otras voces mucho más despegadas y aun muchos hechos vienen a confirmarlas. He aquí un enorme problema, no el único sin duda que planteaba la singular estructura de la nación valenciana; sí el más agudo, sí el que hizo un problema de la subsistencia misma de la Valencia cristiano-morisca. La conversión debía cambiarlo todo, sustituir a la anterior Valencia colonial y abigarrada una nación unificada en la fe cristiana como en los modos de vivir y de sentir. Ilusión de un momento: lo que surgió de las convulsiones de 1519-1526 fue una nación igualmente dividida, igualmente quebrada, pero ahora los que dejaron de ser moros se hallan en perpetua falta, son incapaces de satisfacer todo lo que se exige de ellos. Incapaces desde luego porque no quieren, porque responden con fría hostilidad a un celo cristiano por otra parte de ley bastante dudosa. Pero también porque no pueden, porque esas exigencias son intrínsecamente contradictorias. Lo que se pretende es en suma asimilar a los moriscos al cuerpo de la nación cristiano-valenciana, y a la vez mantener la estructura social del reino, apoyada en una división jerarquizada entre cristianos y moros primero, entre cristianos viejos y nuevos después.
Los moriscos son, entonces, un grupo que se halla en una situación peculiar ante la religión que es oficialmente la suya, pero no se distingue tan sólo por ese hecho. Si leemos a los publicistas antimoriscos nos enteraremos de, cómo los crímenes de los cristianos nuevos desbordan el campo religioso; consisten por ejemplo en el uso de ciertas vestiduras excesivamente baratas y poco abrigadas, en la costumbre de ir en grupos por los campos, en un consumo desenfrenado de hortalizas. Que cosas tales puedan ser incluidas entre las culpas moriscas suele indignarnos o divertirnos; quizá hiciéramos bien en tomar en serio por un momento unas invectivas que nos están sugiriendo qué complejo haz de solidaridades y oposiciones se expresaba en la Valencia del siglo xvi en el lenguaje de un odio religioso.
Nos están sugiriendo además que el grupo morisco, grupo religioso sin duda, es también un grupo que ocupa un lugar muy preciso en la sociedad valenciana. No parece entonces prudente ocuparse de él sin tratar ante todo de determinar cuál era ese lugar. Tarea que implica a su vez la de trazar una imagen de la Valencia del siglo xvi, de esa economía y de esa sociedad en las que iba a inscribirse la curva del destino morisco. También eso se ha intentado en ese trabajo. He aquí una empresa no libre de riesgos, ante todo porque faltan los estudios previos que pudieran orientarnos. Tenemos, sí, para Valencia como para casi toda España, ese auxiliar valiosísimo que son los estudios de precios de Hamilton. Pero el auxilio que prestan es sobre todo negativo: la evolución de los precios en España –ha demostrado Hamilton– se representa por una curva que, si corregimos las variaciones de los ciclos decenales, se transforma en una recta que por espacio de ciento cincuenta años no se cansa de llevar el mismo rumbo. Es decir que la historia de precios no nos ha de dar respuesta ni orientación para entender los cambios sin embargo muy reales de la economía española desde los tiempos de Cisneros hasta los del Conde-Duque. O, para ser menos injustos, no nos ha de dar las que ahora vamos buscando: viene a decirnos cómo en ese siglo y medio el hecho capital es la entrada continua de metal americano, que suprime (¿o tan sólo enmascara?) para España las grandes crisis intercíclicas que sacuden a la economía europea. Pero precisamente porque es así, porque esas crisis no son registradas en estas curvas de rumbo tan serenamente igual, por eso en este caso no podrán sernos de ayuda. Con lo cual venimos a quedar aun más desamparados. Pero no por eso ha parecido lícito dejar de lado los problemas que planteaba la vida económica y social de Valencia en el quinientos: sin resolverlos previamente de alguna manera era imposible entender siquiera los términos en que se planteaba en esa Valencia y en ése siglo el problema morisco. Y puesto que así estaban las cosas, no pareció honrado dejarlos de lado en la exposición. Traerlos a luz implicaba sin duda exponer junto con hechos indudables desarrollos en parte conjeturales; pero no por no mencionarlos hubiesen estado menos presentes en este trabajo, la solidez o fragilidad de las soluciones propuestas no hubiese condicionado menos estrictamente la de la imagen total del problema morisco. A ese punto de partida indispensable sigue la tentativa de ver en qué forma los modos de vida y de cohesión social que caracterizaron a la Valencia: morisca se vinculan con la reacción de los cristianos nuevos ante su impuesto cambio de fe. Se ha querido, por fin, examinar cómo actuaron frente a ellos los cristianos viejos, qué complejo juego de acciones y reacciones condujo a la expulsión...
Este trabajo se ha realizado, en lo posible, sobre fuentes de archivo. En el de la Corona de Aragón (Barcelona) los legajos consultados pertenecen a la serie Consejo de Aragón; se encuentran allí, clasificados según un orden mixto cronológico y de materias por otra parte bastante laxo, informes expedidos por el Consejo o noticias que a él llegaban. Tenemos así, en volumen relativamente reducido, un cuadro bastante completo de lo que interesaba o preocupaba a la corona en un dado momento. Lo mismo puede decirse de la serie Estado-España a la que pertenecen casi todos los legajos consultados en Simancas. En ella ha sido posible hallar –gracias también a los excelentes catálogos– materiales muy abundantes acerca de la expulsión. En el Archivo Histórico Nacional de Madrid lo más directamente interesante es el depósito de la Inquisición valenciana; se han revisado allí los volúmenes de correspondencia entre el tribunal valenciano y la Central y una docena de legajos de procesos a moriscos (ordenados por orden alfabético).
En Valencia sólo pude trabajar durante contados días en el Archivo Municipal, cerrado durante el verano; fueron consultados allí los volúmenes correspondientes al período de la Valencia cristiano-morisca de la colección de Manuals de Consells y de crides, que dan buena idea de la vida municipal valenciana (aunque no contienen casi material directamente utilizable); y también los libros de Avehinaments (avecindamientos) para los años 1606-1611, que reflejan muy nítidamente las corrientes inmigratorias que convergían en Valencia. Una dura carencia en este trabajo es la ausencia de toda fuente eclesiástica. Ausencia inevitable: ocurre que los archivos eclesiásticos de la zona valenciana, y en especial el de la curia, han sido muy dañados durante la guerra. Menos he de lamentar el no haber recurrido al Archivo del Colegio de Corpus Christi (Valencia), tan rico en documentos acerca de la actuación del patriarca Ribera, fundador de la institución y artífice principal, en la opinión de muchos, de la expulsión de los moriscos. Pero era preciso elegir, y los documentos del Archivo General del Reino resultaban más directamente interesantes, ya que no se trataba de ningún modo de averiguar si al Patriarca corresponde el mérito (o ha de achacarse la culpa) de la expulsión. En el Archivo del Reino se han buscado materiales acerca de la estructura económica del grupo morisco y del reino todo. Para lo primero dan datos muy abundantes los «inventarios de bienes de moriscos» levantados luego de la expulsión: una docena de legajos llenos de cosas sobre los moriscos de realengo. Un atisbo sobre la organización señorial lo proporcionan las cuentas de bienes bajo secresto (embargados). Igualmente dan información sobre los vínculos económicos entre moriscos y cristianos viejos los registros de deudas y créditos de moriscos en el momento de la expulsión. Sobre la economía del reino en general dan datos más abundantes que fáciles de interpretar los registros de quema y peaje (quema, derechos que pagan las mercaderías entradas de Castilla, peaje, impuesto percibido sobre toda mercadería que entraba o pasaba por el término de un pueblo). Estos registros (muy incompletamente conservados) del comercio de una ciudad o una aldea valenciana pueden significar mucho o poco, y decir con signos iguales cosas muy diversas. Por ejemplo: a medida que avanzamos en el siglo xvi en todo el reino se comercia cada vez más con vino. ¿Aumento de la producción o del consumo? No serán los libros del peaje los que nos lo digan. Sin embargo su testimonio puede ser muy valioso, una vez tomadas las necesarias precauciones. Análogo interés ofrecen los «manifiestos de entrada de ganados», también ellos sólo saltuariamente conservados; aun así dan un testimonio cuya importancia no puede exagerarse acerca de la trashumancia en el reino y sus fronteras, en especial las aragonesas.