Czytaj książkę: «Apologético. A los gentiles.»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 285


Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO Y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por EUSTAQUIO SÁNCHEZ SALOR .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2001.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO369

ISBN 9788424933005.

INTRODUCCIÓN GENERAL

Este volumen se concibió en un principio como traducción del Apologético . Más tarde, se vio la conveniencia de acompañar la de los dos libros A los gentiles , íntimamente ligados a él en su contenido de carácter apologético, aunque no en su estructura, hasta el punto de que pueden ser considerados como un esbozo aún no maduro de lo que luego constituyó una obra maestra.

Hemos dado preminencia en la presentación a la obra principal, aunque cronológicamente sea posterior.

1. El autor y su obra

Muy pocos, y además discutidos 1 , son los datos biográficos que conocemos de Tertuliano: hijo de un centurión, recibió evidentemente una sólida formación retórica; tenía un amplio conocimiento de la cultura greco-romana, manejaba con soltura el vocabulario jurídico y tenía mentalidad jurídica, aunque no parece que se le deba identificar con el jurisconsulto homónimo que aparece mencionado en el Digesto ; nuestro autor no era un jurista profesional 2 .

Como es sabido, Tertuliano no fue ajeno al riesgo de desviarse de la doctrina, peligro que acechaba en unos tiempos en los que los modos de vida cristiana comenzaban a perfilarse y a abrirse camino. Su temperamento apasionado se fue inclinando hacia una postura rigorista que le acercó progresivamente a la herejía montanista, un error que había surgido en Oriente en torno al año 170, y que se había propagado por la Galia, Roma y norte de África. Al parecer, Tertuliano se adscribió a una de estas comunidades en el año 207; en el 213 se había consumado su ruptura con la Iglesia; en torno a él se creó un grupo de «tertulianistas», cuyos últimos representantes volvieron al catolicismo siendo San Agustín obispo de Cartago 3 .

Tertuliano inicia su tarea literaria en el año 197; las treinta y una obras que se nos han conservado están escritas en el arco que va de esta fecha al año 220; la crítica actual ha renunciado al ideal de fijar el año exacto que corresponde a cada una de ellas, limitándose a fechar las cinco que contienen alusiones históricas, que permiten una datación relativamente segura: A los gentiles, Apologético y A los mártires en el año 197 4 ; Contra Marción I, entre 207 y 208; Sobre la corona , tras la muerte de Septimio Severo, ocurrida en febrero de 211; A Escápula a fines del año 212 o comienzos del siguiente, por la alusión al eclipse de sol del catorce de agosto de 212. Los intentos de establecer una cronología relativa manejan diversos criterios: las referencias del propio Tertuliano, la progresiva adhesión al montanismo, la evolución estilística; esa diversidad hace que hayan desembocado en resultados muy dispares 5 .

De interés capital para la comprensión de la personalidad y el pensamiento de Tertuliano es captar su relación con la cultura profana: frente a la imagen del hombre enfrentado con el orden romano y adversario de la filosofía, el estudio de la lengua, de la composición y de las estructuras del pen samiento ha abierto paso a la percepción de un Tertuliano que acepta y utiliza la cultura pagana, a pesar de sus críticas a veces exageradas por la vivacidad de la polémica. La apreciación positiva de la actitud de Tertuliano frente a la cultura del paganismo parte de las aportaciones de Frédouille, que han tenido amplia resonancia 6 : la cultura es base necesaria para profundizar en la Fe; el estoicismo proporciona a Tertuliano un marco de pensamiento en el que se pueden insertar las reflexiones teológicas 7 ; en este orden de cosas, se han destacado los puntos de contacto con Séneca y Cicerón en torno al concepto de la naturaleza humana: el bonum naturae es un primer paso hacia un conocimiento superior, revelado 8 . Por otra parte, el rigorismo no parece afectar a los aspectos políticos: no se percibe en la obra tertulianea una hostilidad creciente hacia el Imperio 9 .

2. El entorno socio-cultural y político

Los años finales del s. II y los comienzos del III corresponden a un momento brillante en la vida del África Romana: el acceso al trono de Septimio Severo, el primer emperador africano, lleva consigo una promoción social de individuos y familias que alcanzan un puesto en los órdenes senatorial y ecuestre; por otro lado, son muchas las ciudades que adquieren en este momento un estatuto privilegiado de municipio o colonia. El nuevo status de personas y ciudades trae consigo una floreciente actividad edilicia; este surgir de nuevas construcciones se une a amplias obras de reconstrucción en ciudades privilegiadas con anterioridad. A este momento corresponde la edificación de los templos de Sabratha , el faro severiano y las vías columnadas de Leptis , las grandes termas de Mactar , numerosos arcos y puentes monumentales… Las nuevas construcciones deben ser puestas en relación con el enriquecimiento procedente del comercio de productos agrícolas, principalmente el aceite, cuya exportación alcanza incluso a regiones orientales 10 .

No debe de ser ajena a estos intercambios la introducción en África de gustos orientalizantes que cristalizaron en las formas de expresión que han recibido el nombre de «barroco severiano» y que se manifiestan especialmente en la escultura monumental. La cultura y el arte alcanzan gran vitalidad especialmente en la capital de la Proconsular: puede hablarse de una vida cultural floreciente en Cartago, donde hay escuelas de retórica con maestros competentes; a una de ellas asistió el númida Apuleyo, que representa en la literatura ese mismo gusto «barroco» que se hace presente en las artes plásticas. En este ambiente se educó Tertuliano.

Pero su vocación a la literatura nace como una consecuencia de su conversión al cristianismo. La nueva religión conoce en este momento una gran expansión en el África Proconsular. El mismo Tertuliano dirá con una seguridad no exenta de asombro: «Somos de ayer y hemos llenado ya el orbe y todo lo vuestro: ciudades, barriadas, aldeas, municipios; hasta el campamento, las tribus y las decurias, el palacio, el senado, el foro» (Apol . 37, 4-5). El cuadro de la sociedad en la que vivió Tertuliano trazado recientemente por Schöllgen 11 presenta la imagen de una comunidad cristiana numerosa, en la que no faltaban algunos miembros de familias con rango senatorial o ecuestre; otros pertenecían a las élites municipales, y había también un escaso número de viudas ricas. En su conjunto, un grupo de gentes cultivadas, que conocían la lengua griega y que gozaban de un buen nivel económico.

La mayor o menor tolerancia con la nueva doctrina dependía fundamentalmente de los gobernadores 12 . Las persecuciones comenzaron en África al inicio del reinado de Cómodo, en el año 180, bajo el procónsul Saturninus , cuyo nombre completo era: P. Vigellius Raius Plarianus Saturninus Atilius Braduanus Caucidius Tertullus , onomástico que revela una relación de parentesco con la familia de Herodes Ático y quizá también con los Valerii Vegeti , consulares de la Bética en cuya nomenclatura figuraba igualmente el item Caucidius Tertullus 13 . Tertuliano dice: «Este fue el primero que desenvainó la espada contra nosotros» (A Escap . 3, 4). Saturnino condenó a muerte a un grupo de cristianos —siete hombres y cinco mujeres— de la pequeña ciudad de Scilli , cercana a Cartago 14 . En el año 202 Septimio Severo prohibió hacerse cristiano bajo pena grave 15 ; en este año se data el martirio de una joven de veintidós años —Perpetua — y de su esclava Felicitas , hecho del que quedará memoria literaria: la Passio redactada por un autor desconocido, de cultura no muy amplia; el contraste de cultura aleja este escrito de los contemporáneos de Tertuliano más de lo que haría esperar su proximidad en el tiempo.

La realidad de las persecuciones representa el punto máximo de ruptura entre la antigüedad pagana y el cristianismo; dos formas de entender la vida que coexisten en el momento que estudiamos, dando lugar, cuando la tensión no llega a estos extremos, a un fenómeno de ósmosis y a un diálogo que la escuela de Bonn ha plasmado con el elocuente término de Auseinandersetzung .

3. Valor literario, estilo y lengua

El estilo de un autor cristiano, ha escrito Fontaine 16 , tiene dos componentes: a) la tradición literaria que recibe por su educación, por sus lecturas y por su participación en el mundo contemporáneo; b) su propio ingenium . La valoración literaria de Tertuliano deberá tener por tanto en cuenta estos dos factores.

El enjuiciamiento que hoy se hace de nuestro autor se aparta completamente de aquellos denuestos que sufrió en épocas pasadas. La nueva óptica parte de la aún hoy utilísima obra de Hoppe sobre la sintaxis y el estilo de Tertuliano 17 . Las líneas marcadas por Hoppe han sido continuadas por las escuelas holandesa y sueca.

El juicio global de Hoppe puede resumirse así: Tertuliano merece un puesto de honor en la literatura cristiana y en la literatura latina; es un autor de gran importancia para la historia de la Iglesia y de los dogmas; en la historia de la lengua latina tiene un papel comparable a Cicerón; ambos la hicieron capaz de expresar el pensamiento: aquél, el de la filosofía griega; éste, el de la doctrina cristiana.

Destaca en los estudios más recientes el interés por descubrir la relación entre estilo y fe; es decir, el influjo de la cultura cristiana sobre el arte de escribir, lo que Braun ha llamado «la cristianización de la estética literaria» 18 . Braun reconoce el mejor ejemplo de esta corriente, que saca a la luz la existencia de una nueva estética literaria vitalizada por la fe, en la obra de Fontaine sobre la prosa latina del s. III 19 .

Respecto a su conocimiento de la cultura antigua, la erudición de Tertuliano despertó la admiración de S. Jerónimo 20 ; es innumerable la cantidad de citas de autores, las menciones de escuelas filosóficas y personajes de la Antigüedad que saltan a sus páginas, lo que supone unas amplísimas lecturas, aunque parece evidente que no todo lo conoce de primera mano. Generalmente citaba de memoria, a pesar de que se reconoce modicae memoriae homo (Sobre la idolatría 4, 5). Por otra parte, estaba familiarizado con la Biblia, cuyo lenguaje supo asimilar. Braun señala que lejos de contraponerse en la prosa de Tertuliano los paralelismos de origen bíblico (binarios y basados en el significado; sinonímico o antitético) y los que se originan por el gusto asiánico (de varios miembros y estructura más compleja), las dos tendencias convergen en el estilo de nuestro autor, influenciado por el de San Pablo que ya había asumido la tendencia asiánica propia de la literatura helenística 21 . La promiscuidad entre cultura bíblica y fuentes paganas aparece también en la creación de imágenes, un terreno en el que queda aún mucho por descubrir.

En lo que hace a su inserción en la cultura contemporánea, el estilo de Tertuliano está emparentado con el de Apuleyo, y alcanza en el tratado Sobre el manto un barroquismo literario que encuentra su correlato en las artes plásticas monumentales, en lo que se ha llamado «barroco severiano». Rasgos característicos de esta prosa artística son: la presencia de grecismos y de neologismos; el empleo de términos ya en desuso; las frecuentes elipsis que a veces oscurecen el sentido; la interrupción del discurso lógico con bruscos saltos de pensamiento; las descripciones llenas de vigor; las imágenes hiperbólicas… 22 ; su proximidad a Apuleyo se manifiesta también en las insistencias; abundan en ambos, quizá por encima de los demás autores de la literatura latina, los recursos a las reiteraciones en todos los niveles del lenguaje: fónico, morfológico, sintáctico y también léxico. Los estudios sobre la parisosis (paralelismo de los cola ) a los que acabamos de aludir han puesto también de relieve la continuidad entre la técnica de Tertuliano y la de Apuleyo, al que Tertuliano se asemeja igualmente en el gusto por el uso frecuente de diminutivos.

Pero sobre todo, destaca en Tertuliano su fuerte personalidad, que marca su estilo con un sello inconfundible: a pesar de la variedad exigida por la materia y el género de sus diferentes obras, «si se encontrara un nuevo fragmento de Tertuliano, la atribución no encontraría dificultades» 23 .

«Personalidad prestigiosa, pero desconcertante», «temperamento exaltado», «imaginación extraordinaria» son expresiones que se encuentran, entre otras, en quienes pretenden describir su talante; quizá todas ellas pueden reducirse al juicio de San Jerónimo: acris et vehementis ingenii 24 ; un talento natural que desborda los límites normales; su riqueza de ideas y de imágenes; su ironía punzante que deriva a veces en áspero sarcasmo; su natural seguridad que —unida a su formación jurídica— se manifiesta en una magistral habilidad didáctica: todos ellos son rasgos que caracterizan su modo de hacer. Por su capacidad de captar el núcleo del pensamiento y expresarlo con pocas palabras en forma de sentencia, a veces paradójica, Hoppe lo ha comparado a Tácito 25 . Una muestra del impacto producido por esas sentencias es el influjo de una de sus más famosas: semen est sanguis christianorum (Apol . 50, 13): la idea aparece, bajo formas variadas, en un corpus de noventa y cuatro textos patrísticos 26 . Desde otro ángulo, me atrevería a decir que su lenguaje vivaz, descarado y novedoso produce en ciertos pasajes un efecto similar al que produciría Plauto en su tiempo y para su público; hay de hecho efectos que se aproximan a los de la comedia: largas enumeraciones que acaban con palabras imposibles o inventadas, réplicas contundentes y juegos de dos términos en los que el segundo es un neologismo que calca la forma del primero 27 .

Es cosa sabida que la mayor originalidad de Tertuliano está en la aportación de vocablos y significados nuevos. La ya famosa obra de Braun, Deus Christianorum 28 , es exponente del papel capital que corresponde a Tertuliano en la elaboración de un vocabulario de la doctrina cristiana en lengua latina. Esta línea de trabajo, orientada hacia lo que el propio Braun llama «conjuntos terminológicos» se revela fecunda; y el camino abierto se facilita con el Index Tertullianeus , valioso instrumento de trabajo puesto a nuestra disposición por Claesson 29 .

Una observación hecha por Uglione 30 viene a subrayar la inevitable conexión lengua-estilo; del total de 352 hápax reseñados por Hoppe, 159 se deben a una motivación fónica: destaca como factor determinante la búsqueda de homoioteleuta , combinados o no con aliteraciones, y en menor medida los juegos etimológicos y la paronomasia 31 .

Como conclusión de estas breves reflexiones sobre el estilo de Tertuliano, me permito reproducir las palabras de Braun al respecto: «… desde el momento en que el estudio de su estilo se realiza a un cierto nivel de profundidad… se hace más difícil reducir el arte literario de Tertuliano… a una técnica de escuela, que —mediante la aportación de su fe y de su cultura cristiana, y mediante un juego de influencias complejas— ha sobrepasado y renovado ampliamente» 32 .

4. El género apologético: los escritos «A los gentiles» y el «Apologético »

El género apologético surge como defensa ante las persecuciones. Los más antiguos escritos de este carácter están redactados en lengua griega y corresponden a la época de Adriano. Son el llamado Discurso a Diogneto y la Apología de Aristides ; ambos tienen en común el presentar, fundamentalmente, una exposición de la doctrina cristiana y sólo secundariamente la refutación de las creencias paganas. Pero el mayor apologista griego del siglo II fue San Justino: un filósofo converso, que murió martirizado en torno al a. 163.

Escribió Justino dos apologías de desigual extensión. En ellas quedan ya claramente definidos los objetivos del género: reivindicar la integración de los cristianos en la sociedad en la que viven, poner de manifiesto la injusticia de las persecuciones, y exponer la realidad de la doctrina y también de la vida cristiana. Aparecen ya en Justino, principalmente en la primera parte de la Apología Primera , bastantes tópicos que serán tratados después por Tertuliano. El apologista defiende los derechos de la verdad y ello exige ante todo que no se condene simplemente un nombre (ésta será la cuestión previa en el Apologético de Tertuliano). Aparte de una serie de cuestiones de detalle, que hemos procurado señalar en las notas al texto, hay muchos puntos de coincidencia tanto en la manifestación de las acusaciones hechas a los cristianos –no ofrecen a los dioses víctimas ni coronas– como en la presentación de los cristianos como buenos súbditos que pagan los impuestos, cooperan a un ambiente pacífico, etc. También aparecen en Justino, aunque aisladamente, contra-acusaciones, un procedimiento que Tertuliano empleará en el Apologético de manera sistemática.

Tertuliano transforma lo que podría haber sido sólo una defensa en vigoroso ataque, «un hombre de combate» lo ha llamado el gran especialista Richard Braun 33 . La secuencia de los ataques a los perseguidores no se limita al A los gentiles y al Apologético ; prosigue y culmina con la «carta» dirigida al procónsul Escápula que había reabierto la persecución en el a. 212, un año famoso por la extensión de la ciudadanía decretada por Caracala; actitud abierta que contrasta con la acritud de la persecución a los cristianos en África, reiniciada en este año por el citado gobernador de la Proconsular.

Se ha planteado en alguna ocasión el interrogante de si Tertuliano quiso escribir una o dos obras de apologética: está claro que quiso escribir dos, puesto que las escribió. Pero éste no sería el plan inicial. A mi modo de ver, la pregunta podría formularse de otro modo: ¿qué nexo existe entre el A los gentiles y el Apologético? Da la impresión de que después de escribir el primero vio que había otro enfoque preferible: redacta entonces el Apologético , aprovechando material, pero con un plan mejor previsto y con una concepción de la obra estructurada como discurso judicial (vid . más adelante, «Estructura del Apologético »). En un principio hay prácticamente dos versiones de las mismas ideas, pero poco a poco Tertuliano va apartándose de la primera redacción, mejorándola, y abandona por completo el plan del libro II A los gentiles , compuesto sobre el esquema de la «teología tripartita» de origen varroniano. Las coincidencias, más o menos exactas, entre ambas obras quedan reflejadas en el siguiente cuadro comparativo de pasajes paralelos:




Como se ve, son mucho más numerosas las coincidencias temáticas del Apologético con el libro I A los gentiles que con el II. Tertuliano reelabora unas veces, otras condensa, o amplía; los pasajes del libro II , más escasos, están sin embargo más literalmente conservados en su mayoría.

El primer capítulo del Apologético coincide a partir del párrafo 6 con el inicio del A los gentiles , lo que parece indicar que tienen razón quienes piensan que en el texto conservado del A los gentiles , con comienzo ex abrupto , falta el principio. En definitiva, el examen de estas coincidencias y discordancias hace pensar que la redacción del Apologético fue en los primeros capítulos una reelaboración y luego ya una obra con estructura nueva. En la nueva redacción Tertuliano ha introducido golpes de efecto como el famoso Christianos ad leonem. Tantos ad unum? (Apol . 40, 2) frente al desvaído «culpa de los cristianos» o bien «cristianos a la muerte» (G I 9, 3). En cuanto al orden de las ideas, se conserva el del libro I , con algunas excepciones; en cambio, los pasajes tomados del libro II están esparcidos en el Apologético aquí y allá. La redacción del Apologético es en líneas generales nueva a partir del capítulo 17, aunque con algunas excepciones que afectan a pocos capítulos. El hecho de que un mismo pasaje se repita tres veces, y uno de ellos sea el llamado fragmento fuldense del Apologético , permite suponer que esta versión es anterior a la Vulgata y fue posteriormente desechada.

5. Los libros «A los gentiles»: título y composición

El manuscrito único —el Agobardinus , del s. IX — que nos ha conservado el texto de los libros denominados Ad Nationes no contiene título alguno. San Jerónimo (Ep . 70, 5) habla de los libros Contra gentes . Es cosa admitida que Gens y natio son términos que pueden considerarse equivalentes en la lengua hablada por los cristianos; ambos sirven para designar a los paganos. El index de Claesson permite ahora analizar los usos de estos dos vocablos en Tertuliano: en el conjunto de sus escritos, uno y otro término tienen una frecuencia similar. Pero si atendemos exclusivamente a los libros que aquí nos ocupan, nos encontramos con que en el Apologético se evita el empleo del natio , que aparece una sola vez (9, 9) y con el sentido de ‘pueblo’ en general. Gens/gentes se utiliza ampliamente, pero siempre con el significado de ‘linaje’ o bien de ‘pueblo’. En cambio, en A los gentiles hay paridad de ocurrencias, y son tres los pasajes en los que claramente Tertuliano se está refiriendo a los gentiles (I 7, 29; 20, 1; II 1, 1); son apelaciones, en tono de invectiva: iniquissimae nationes (I 20, 1); miserae atque miserandae nationes (I 7, 29), miserandae nationes (II 1, 1). El título Ad nationes para estos libros es el que figura en la edición princeps de Godofredo (a. 1625) y está generalmente admitido. La traducción oportuna parece ser A los gentiles .

La falta del título y del incipit en el Agobardinus , unida a la evidencia que se desprende de la comparación con el comienzo del Apologético y a la brusquedad del arranque, son argumentos que apoyan la opinión, ya manifestada por Heinze y defendida por Schneider: existe una laguna al comienzo de la obra 34 .

Según la hipótesis emitida por Braun, que se aparta de la tradicionalmente admitida, A los gentiles sería cronológicamente la primera obra de Tertuliano: la redacción de A los mártires habría que situarla entre ésta y el Apologético 35 . Esta condición de obra primeriza podría explicar la inconsistencia de la arquitectura del primer libro, que ha suscitado severas críticas. En I 7, 30 se anuncia: «Veremos lo tocante a la fe», refiriéndose a la resurrección de los muertos, la vida eterna y el castigo eterno, pero ya no vuelve a tratar el tema; parece lo más probable que interrumpiera la redacción del A los gentiles antes de lo que tenía previsto, para iniciar el Apologético , en cuyo texto incluye ya la exposición de la doctrina.

Siguiendo la línea trazada por Schneider 36 , pueden distinguirse en él dos bloques: el primero abarca los nueve primeros capítulos; la segunda parte del libro está marcada por el procedimiento de la retorsio , anunciada en 10, 1 y comprende del capítulo 10 al 19; el capítulo 20 contiene en los párrafos 1-5 una recapitulatio (que sirve de guía para detectar el «plan» del libro) y los párrafos finales están destinados a contrastar la inocencia de los cristianos con la culpabilidad de los paganos; estos últimos párrafos aluden a la ignorancia de los jueces, cuestión que enlaza —cerrando el anillo— con los párrafos 4 y 5 del primer capítulo. La inclusión de varios excursus (entre ellos el de la fama, capítulo 7) resta claridad al esquema expositivo; desde el ángulo de la lógica, se presta a crítica la contradicción de razonamientos entre el capítulo 7, donde se dice que nadie es capaz de los crímenes de los que se acusa a los cristianos y el capítulo 15, donde se acusa a los paganos de infanticidio e incesto.

En el libro II se distinguen también dos partes: la primera, que contiene los capítulos 1 al 11, está trazada siguiendo el esquema de la llamada «teología tripartita», procedente de Varrón 37 ; los capítulos 12 al 17 tratan del origen de los dioses para concluir que son hombres y descendientes de hombres y por tanto no pueden ser inmortales. Son dos exposiciones que se refuerzan mutuamente, aunque la segunda de ellas se reconoce como más propia del estilo de Tertuliano.

El abandono de la apelación a los praesides (G . I 2,2) para pasarla a las nationes (I 20, 1 y II 1, 1) es un claro indicador de un cambio de plan en la composición, y del apresuramiento con que se redactó la obra.

6. Contenido y fuentes de los libros «A los gentiles »

Como hemos señalado ya, la temática del libro I abarca las diferentes acusaciones de las que se hace objeto a los cristianos. Merece la pena destacar que, ya en esta primera obra, se abre camino la dicotomía perversi/vani que aparecerá luego con toda claridad en el Apologético (vid. infra ): los siete primeros capítulos están destinados a la refutación de los crímenes, mientras que el 8 y el 9 muestran la stultitia de los paganos; por otro lado, en la parte concebida como retorsio , los capítulos 15 al 18 presentan a los paganos como criminales (cruenti, incesti, coniurati …), mientras que el 19 los acusa de vani .

Este primer libro tiene bastantes elementos procedentes de Justino, el apologeta griego en el que se habían apoyado ya Atenágoras y Taciano. Es posible que la fuente directa de Tertuliano sea alguno de ellos, pero más probable es que beba del propio Justino cuyo influjo se ve en los cinco primeros capítulos, en el 12 (la cruz) y en el 13 (el sol). Del capítulo 2 de la Súplica de Atenágoras procede la ya mencionada digresión sobre la fama que se encuentra en el capítulo 7. La conclusión del libro vuelve a estar muy próxima a Justino: se asemeja al final de la segunda Apología. Para los exempla recurre sin duda a alguna recopilación de Memorabilia al estilo de Valerio Máximo. Toma Tertuliano de sus fuentes más el contenido que la forma: su personal estilo imprime a los argumentos un sello peculiar y una mayor eficacia 38 .

El libro II es un panfleto contra los dioses paganos, en el que Varrón —Antiquitates rerum divinarum — proporciona el esquema de la primera parte; es muy probable que Tertuliano conociera directamente esta y otras obras varronianas que se conservaron por lo menos hasta finales del siglo v 39 . Los tria genera theologiae de Varrón —mythicon, physicon, civile — están enumerados en el De Civitate Dei de San Agustín 40 . Tertuliano exagera la importancia concedida al genus civile , haciendo un desarrollo extenso sobre los dioses romanos; entre ellos concede un lugar privilegiado a Saturno, hecho que Vermander explica como reflejo de la mentalidad propia de un cartaginés de su tiempo; la piedad de las masas paganas en África ha sustituido, tras el dominio romano, el culto a Baal-Hammón por el de Saturno, como ya había visto Le Glay 41 . El interesante estudio de Vermander, que acabamos de mencionar, ha puesto en claro que la crítica de las religiones paganas que hacen los apologetas corresponde al cuadro trazado por Filón de Alejandría, en los años próximos al cambio de era, que tiene las siguientes líneas: a) crítica de la divinización de los elementa ; b) crítica del culto a los astros; c) crítica de los dioses de la mitología; d) crítica de la idolatría; e) crítica de la zoología. A su vez, el punto c (mitología) se subdivide en los apartados que siguen: «Sobre los adulterios de los dioses»; «Sobre los incestos de los dioses»; «Sobre los dioses profetas»; «Sobre la indignidad de los dioses»; «Sobre los padecimientos de los dioses»; «Sobre la servidumbre asalariada de los dioses».

La conclusión del trabajo de Vermander puede servir también de cierre a este apartado: «… dos puntos parecen claros. El primero es que nuestro autor la emprende así contra los dioses porque está indignado de ver que sus correligionarios son perseguidos por no querer rendir culto a seres que él tiene por viles e indignos. El segundo punto es que Tertuliano converso ha percibido desde dentro el abismo existente entre el Dios de la tradición judeo-cristiana y las múltiples divinidades del panteón… el sentido último de todas las críticas que aquí hemos consignado es, sin duda, que Dios es Dios» 42 .

7. La estructura del «Apologético»: su composición y la teoría retórica

El plan del Apologético abarca —según la opinión más tradicional representada por Waltzing 43 — una triple defensa: la cuestión previa en la que se prueba que el objeto de la acusación es solamente el «nombre» de cristiano, no sus actos; esta cuestión previa abarca escasamente dos capítulos. El núcleo de la defensa —refutatio — estaría dividido en dos partes muy desiguales: los actos secretos, que abarcan los capítulos 7 al 9, y los actos públicos, que alcanzarían hasta la peroratio . A su vez, esta defensa de los actos públicos se dividiría en tres partes: a) los crímenes de sacrilegio; b) los de lesa majestad; c) la exposición de las creencias cristianas.

A simple vista se puede intuir que esta división en partes tan asimétricas y la inclusión dentro de los actos públicos de una exposición de la doctrina se pueden mejorar. En 1957, Schönberger puso el acento en el concepto de simetría como principio de composición en las obras antiguas 44 . Más tarde, Réné Braun equilibró la concepción excesivamente formalista del estudioso alemán con una consideración que tenía en cuenta no sólo el «equilibrio de masas» sino la presencia de contenidos que no se ajustan estrictamente a una defensa judicial: Braun tiene el mérito de haber destacado, junto al tema de la simple defensa, la exposición de la doctrina cristiana, que se completa —siguiendo las líneas marcadas por la tradición apologética griega— con una comparación; defensa, exposición positiva y comparación constituyen pues, en el análisis de Braun, los tres puntos de vista que hábilmente combina Tertuliano en la composición de su obra 45 .

Se puede todavía penetrar en la composición del Apologético analizando su estrecha dependencia de la tradición retórica, en la que Tertuliano se había educado 46 .

Esta perspectiva permite distinguir en la obra las partes propias de un discurso judicial: tras un breve exordio en el que Tertuliano interpela al adversario, Tertuliano expone una prima causa : la injusticia del odio hacia los cristianos. Responde esta primera parte al planteamiento de la cuestión —el status 47 —, que se utilizaba en los discursos judiciales al inicio de la discusión; utiliza aquí Tertuliano el status translationis que consiste en demostrar que la acusación no tiene razón de ser; tras demostrar la iniquitas odii , está en condiciones de dirigirse a las autoridades que permiten la persecución con la réplica: ius actionis non habes (Quint., Inst. Or . III 6, 73).

Se pasa después a la argumentación propiamente dicha, que constituye el núcleo de la defensa y que está anunciada por la propositio : anticipa aquí Tertuliano la técnica que va a seguir en la argumentación, introduciendo una novedad: el procedimiento de la retorsio , que consiste en volver contra el acusador los argumentos empleados por él en su acusación; la finalidad del procedimiento es, como indica el propio Tertuliano, apoyar la refutación (cf. Apol . 4, 1 y 9 1).

En el cuerpo central del discurso, Tertuliano aplica la técnica anunciada, articulando orgánicamente a lo largo de toda la argumentación las dos técnicas tradicionales: presentación de pruebas positivas (probatio ) y ataque a las posiciones del adversario (refutatio ), con esta tercera técnica (retorsio ) que funciona como un procedimiento de seguridad.

A partir del capítulo 45 cambia el tono del discurso: de la postura defensiva se pasa a hacer una alabanza de las excelencias del cristianismo. Este recurso tiene en la teoría retórica el nombre de exornatio y su función es la de dar a la argumentación mayor riqueza y vistosidad. No tiene nada de extraño que el gusto «barroco» de Tertuliano haya recurrido a esta forma de ornamentación del discurso, que tiene aquí forma de laus , de elogio. Una alabanza que toma forma de comparación, midiendo las distancias: compara primero las leyes (cap. 45), y luego la doctrina (caps. 46-48).

El discurso acaba, como es de rigor, con una peroratio . Esta parte conclusiva responde a un doble objetivo: hacer una recapitulación de la defensa y mover el afecto de los jueces. Tertuliano, en lugar de apelar al sentido de la justicia, lanza un desafío a los jueces: «… atormentadnos, torturadnos, condenadnos, pisoteadnos: ¡Vuestra iniquidad es una prueba de nuestra inocencia!» (50, 12).

La razón es que —en definitiva— no es su decisión la que realmente importa: «Cuando somos condenados por vosotros, somos absueltos por Dios» (50, 16), dirá en la frase que cierra el discurso. Multiplica en este final Tertuliano sus recursos: exclamaciones, apóstrofes, antítesis…, dando a la conclusión un tono patético que exagera el dramatismo, como puede verse también en algunos discursos de Cicerón.

8. El contenido del «Apologético »

El objetivo del Apologético es, como queda dicho, la defensa de la verdad. Pero, ¿qué alcance tiene esta defensa?, ¿qué conceptos abarca?

Hay un punto de referencia claro para dar respuesta a esta cuestión: el planteamiento que hace el propio autor cuando anuncia los temas capitales del discurso, aludiendo a las acusaciones de las que se hace objeto a los cristianos: «Iremos respondiendo a cada uno de los hechos de los que se nos acusa… de aquellos por los que se nos considera criminales —scelesti — e insensatos —vani —, dignos de castigo —damnandi — y objeto de burla, —irridendi —» (4, 2).

A mi modo de ver, no se trata aquí de cuatro conceptos diferentes, sino de dos, presentados a través de un paralelismo; recinso muy usual en nuestro autor: scelesti, ergo damnandi; vani, ergo irridendi . La asociación «crimen-castigo» del primer término no necesita comprobarse; más discutible puede parecer la segunda. Sin embargo, la asociación de vanus con el verbo irridere en dos pasajes de Tácito (Hist . II 22 14 y 30 15) e incluso ya en Cicerón (Sobre la adiv . 5, 36) pueden mencionarse como precedentes de un uso que parece claro en Tertuliano.

Podemos por tanto afirmar que la defensa que Tertuliano hace de la verdad se desarrolla en dos planos: el plano del derecho (ius ), señalado por la asociación scelesti-damnandi , y el plano de la conformidad con el sentido común y la moral natural (aequitas ), señalado por la asociación vaniirridendi .

Los dos planos se interfieren a lo largo de la argumentación; la doble consideración aparece entrelazada a través de todo el discurso, en el que unas veces dominan los argumentos que tienden a convencer de inocencia, y otras se exponen razones que llevan a concluir que los cristianos son prudentes .

Debemos concluir, por tanto, que una interpretación del Apologético sólo como defensa ante una acusación de delito es insuficiente. La ventas que defiende el orador formado en Cartago es por una parte, sí, el bonum : el bien moral que no debe ser objeto de castigo; pero tiene por otra parte la vertiente intelectual; se adapta a las exigencias de la sabiduría y de la prudencia: Tertuliano defiende la conducta de los cristianos, que es —además de inocente— razonable.

9. El texto del «A los gentiles »

Como hemos dicho, los libros A los gentiles se nos han transmitido a través de un único testigo: el Parisimus Latinus 1622 , del s. IX, que se conoce con el nombre de Agobardinus , este es el único códice conservado del llamado Corpus Agobardinum , colección del s. V que contenía 21 tratados de Tertuliano. La editio princeps , publicada en Ginebra en 1625, se debe a J. Godefroy. En el siglo XX destaca el trabajo de J. G. Ph. Borleffs, cuya primera edición vio la luz en Leiden, en 1929; se encuentran allí referencias a las principales ediciones que la precedieron. En 1954 apareció en la colección Corpus Christianorum (Ser. Lat ., vol. I), una segunda edición de este autorizado especialista, que contiene numerosas correcciones y adiciones. Del libro I existe una edición con traducción francesa y comentario preparada por A. Schneider, que publicó el Instituto Suizo de Roma en 1968. Schneider sigue en líneas generales la segunda edición de Borleffs, que es también la que seguimos en nuestra traducción.

He señalado en nota algunas conjeturas de interés, aunque no las haya tenido en cuenta al traducir. Son numerosas las lagunas que se encuentran, especialmente en el libro II . Cuando se trata sólo de completar una palabra cuyo sentido está claro, no las he señalado. Las conjeturas que suponen una o varias palabras nuevas las he consignado indicándolas mediante el signo 〈 〉; cuando no he añadido nada, se trata de una conjetura propuesta o admitida por Borleffs; en caso contrario, recojo en nota la procedencia de la hipótesis admitida en la traducción. Sólo en casos extremos he intentado una solución propia.

Un pasaje corrupto que merece especial atención por la amplitud de las lagunas es el que contiene la historia de Hércules y Larentina, en II 10; para dar una versión lo más completa posible me he servido de conjeturas de diversos editores y también de la versión de este episodio que ofrece Plutarco (Rom . 5).

En cuanto a traducciones en lenguas modernas, es excelente la de Schneider para el libro I ; del libro II no conozco más que la realizada por M. de Genoude en 1852 48 .

10. La transmisión del texto y las ediciones del Apologético

El Apologético es quizá la única obra de la antigüedad greco-romana de la que han llegado hasta nosotros dos redacciones independientes atribuibles, si no al mismo autor, sí a un momento muy cercano a él. Esta peculiaridad proporciona un especial interés al estudio de la transmisión del texto y da lugar a ediciones entre las que existe notable divergencia, según la valoración que se haga de cada una de las antiguas redacciones.

La tradición que se conoce con el nombre de Vulgata está representada por treinta y seis códices, el más antiguo de ellos del s. IX , y es la única que se conoció hasta 1597. La segunda tradición está representada por el llamado Codex Fuldensis , también del s. IX, que fue descubierto en 1584 y contenía el Apologético y el Adversus Iudaeos . Su descubridor, Modius, lo colacionó; esta colación fue reproducida en apéndice en la edición llamada Iuniana , de 1597. El Codex Fuldensis desapareció en el s. XVII , pero como testigos de esta tradición quedan, además de la colación de Modius publicada por Iunius, dos fragmentos: el Bremense, que contiene los quince primeros capítulos, y el fragmento contenido en un manuscrito de la abadía de Reichenau, que contiene los capítulos 38, 1 a 40, 2.

La controversia acerca de cuál de las dos recensiones merece que se le preste mayor credibilidad es antigua. Puede decirse que hasta la edición de Rauschen 49 , la Vulgata constituyó la única base de las ediciones del discurso; el polo opuesto de la perspectiva está representado por la hipótesis de Callewaert 50 , según la cual la redacción del fuldensis es la única auténtica, mientras que la Vulgata corresponde a una reelaboración de época carolingia.

Sin embargo, la tradición indirecta muestra que las dos versiones eran conocidas en la Antigüedad; más aún, una cita (Apol . 5, 4) que se encuentra en la traducción latina de la Historia Eclesiástica de Eusebio de Cesárea parece documentar una lectura que difiere de ambas tradiciones 51 .

En 1926, Thörnell 52 defiende la idea de que Tertuliano editó dos veces su obra: la primera redacción es la transmitida por la recensión Fuldense y la segunda, más cuidada, la representada por la Vulgata . Esta postura conduce a presentar en la edición del Apologético las dos recensiones: es la decisión adoptada por Hoppe 53 y sobre todo por Becker 54 . Dekkers 55 representa lo que podríamos llamar una vía media: piensa que las dos proceden de una redacción inacabada de Tertuliano, que habría añadido entre líneas o al margen algunas anotaciones; el testigo más próximo a la primera redacción es la versión Fuldense que se acerca a la redacción del A los gentiles ; la recensión Vulgata en cambio incorpora muchas de esas anotaciones. En su edición, Dekkers introduce en interlineado las lecturas que piensa que corresponden a notas añadidas por el propio Tertuliano. La hipótesis de Frasinetti 56 , según la cual el arquetipo de la versión Fuldense sería obra de un seguidor de Tertuliano en el s. IV o V , ha tenido poca aceptación.

La postura más equilibrada parece ser la de Waltzing 57 : según este estudioso, Tertuliano publicó una única edición del Apologético ; muy pronto, sin embargo, se formaron dos tradiciones del texto, que no se relacionaron; nadie intentó ponerlas de acuerdo. Cada una sufrió las correcciones de quienes intentaron dar un texto más claro y comprensible; este trabajo de revisión afectó menos a la tradición Fuldense que a la Vulgata; consiguientemente la Fuldense conserva el texto más puro y por tanto la edición debe basarse fundamentalmente en ella. Sobre la edición revisada de Waltzing hemos hecho nuestra traducción.

Por otra parte, las futuras ediciones del Apologético deberán contar con las cuatro páginas de correcciones a los aparatos de las ediciones más recientes, redactadas por Matteo Venier en su estudio sobre la edición de G.B. Egnazio, aparecida en abril de 1515 58 .

11. Las traducciones del «Apologético» en España

En el repertorio de traducciones francesas de los Padres de la Iglesia, publicado por el benedictino Jacques Marcotte 59 , hay quince páginas dedicadas a Tertuliano. No podríamos hacer nada semejante con las traducciones al español, pero sí podemos presumir, en cambio, de antigüedad: la primera versión española del Apologético es la de Fray Pedro Manero, hecha en 1644; como contraste curioso, podemos anotar que la primera traducción al japonés se ha publicado en 1984 60 .

La traducción de Fray Pedro Manero se titula Apología contra los gentiles y ha sido reeditada muchas veces; en la colección Austral hay dos ediciones de 1947. Es más una glosa que una traducción propiamente dicha; el autor da título a los capítulos con un estilo cervantino; es el suyo un modo de proceder didáctico, que introduce constantemente frases aclaratorias complementarias al texto tertulianeo, privándolo de su tono incisivo y directo; es una prosa cuidada, que se sirve de unas formas de expresión propias del lenguaje culto de su época, pero que —como digo— no coinciden con el estilo del original.

En 1991 se ha publicado una reedición de la traducción que dio a la luz el P. Germán Prado, benedictino de Silos, en 1943 61 . Se refiere el P. Prado a la versión de Manero diciendo que trata de hacer una más ajustada «que dé todo y sólo» el pensamiento de Tertuliano; aunque no lo indica expresamente, el P. Prado parece seguir el texto que se encuentra en la Patrología de Migne; no numera los párrafos. Introduce también Prado ayudas al lector, pero de otro orden, y procurando siempre salvar el texto del que traduce: cuando la traducción rompe un juego de palabras, conserva entre paréntesis los términos latinos (leonem / lenonem , 50, 12); cuando se trata de una sentencia, la destaca en otro tipo de letra, y a veces reproduce también el correspondiente texto latino (omnia indiscreta apud nos, praeter uxores , 39, 11). En los casos en que el sentido resultaría oscuro, añade lo que cree necesario, destacando también estos añadidos con otro tipo de letra. En cuanto a la presentación del texto, da un resumen del contenido en negrita, encabezando cada capítulo; títulos y subtítulos, indicando cada una de las partes, facilitan el seguimiento lógico de la argumentación. Un índice analítico, al final del libro, proporciona una visión de conjunto de la organización de los distintos temas a lo largo del discurso. En cuanto al estilo, procura mantener el ritmo de la frase latina y la incisividad del lenguaje, dando luego entre paréntesis las aclaraciones que le parecen imprescindibles. Acompaña el texto de 178 notas aclaratorias.

En 1960, F. Senties ofreció en la colección Bernat Metge una traducción catalana sobre el texto establecido por M. Dolç, que se basa en la primera edición de Waltzing.

En la obra titulada Polémica entre cristianos y paganos 62 , Sánchez Salor da la traducción de cuarenta y tres pasajes del Apologético , de desigual amplitud.

La más reciente traducción española es la publicada por Ciudad Nueva en 1997, que se sirve de las ediciones de Dekkers, Hoppe, Waltzing-Severyns y aporta un abundante corpus —quizá excesivo— de lugares paralelos en las anotaciones. El índice bíblico revela un uso de la Escritura mucho más amplio de lo que podría parecer a primera vista.

La traducción que presento está basada, como he dicho, en la edición revisada de Waltzing. Pese a las dificultades, he procurado ser fiel al original, recurriendo a giros aclaratorios algo más explícitos solamente en los casos en los que una versión más ajustada hacía el texto ininteligible. También en función de la claridad, he modificado los signos de puntuación.

En cuanto a la precisión terminológica, me he servido en algunos casos de las observaciones hechas por René Braun 63 y así lo indico en nota; he procurado también precisar en lo que respecta a la terminología jurídica, cuestión en la que no siempre se ha tenido el debido cuidado: así, por ejemplo, he evitado traducir secta (quince menciones) por su homónimo, cargado en nuestra lengua de un contenido peyorativo que no tiene en el lenguaje empleado por Tertuliano; elogium (44, 2) es, según la documentación que ofrece el Digesto, el informe sobre un delito que se remite al juicio de la autoridad competente.

He incluido en las notas pasajes paralelos que corresponden a obras que Tertuliano pudiera conocer; no, en cambio, los de obras posteriores. Esta es la razón por la que no aludo a pasajes del Octavius , cuya discutida posterioridad respecto al Apologeticum es hoy cosa generalmente admitida 64 .

No quiero terminar esta breve introducción sin dejar noticia de la entrada de Tertuliano en Internet: se trata de la «Tertullian Home Page», abierta desde 1998 por Lester Pearse, y regularmente puesta al día 65 .


1 Asumo la cronología generalmente admitida, aunque hay una propuesta diferente de M. SORDI , II cristianesimo a Roma , Bolonia, 1965, págs. 226 s. y 474 ss., retomada por la misma autora en «I rapporti fra il Cristianesimo e l’impero dai severi a Gallieno», ANRW 23.1 (1979), 340-374; propone esta historiadora para la redacción del Apologeticum el año 202, en que se celebraron los vota decennalia de Septimio Severo; en este año la persecución contra los cristianos fue especialmente virulenta en África y Egipto. La opinión de Sordi es seguida por algunos autores, véase Rev. Ét. Aug . 35 (1989), 328-329. Con otros argumentos, M. R. CATAUDELLA , «Societá e diritto nell’ Africa Romana», L’Africa Romana , IV, 1, Sassari, 1987, págs. 117-132, afirma que la redacción no puede ser anterior al año 202.

2 Vid ., sobre la cuestión, D. I. RANKIN , «Was Tertullian a Jurist?», St. Patristica 31 (1997), 335-342. Quiero agradecer aquí a D. Álvaro d’Ors su disponibilidad para atender las consultas sobre cuestiones jurídicas que le he hecho a lo largo de la redacción de este trabajo.

3 SAN AGUSTÍN , Sobre los herejes 86.

4 Sigo aquí las líneas marcadas por R. BRAUN , Deus Christianorum , París, 1977, 2.a ed., págs. 563-577 y el artículo citado supra , nota 1. T. D. BARNES , Tertullian. A Historical and Literary Study , Oxford, 1985, 2.a ed., ha renunciado a sus anteriores propuestas adhiriéndose a Braun.

5 La cronología establecida en la edición del Corpus Christianorum es la que sigue: año 197: Ad nationes; Ad martyras; Apologeticum; De testimonio animae . Entre 198-203: De praescriptione haereticorum; De spectaculis; De baptismo; De patientia; De paenitentia; De cultu feminarum; Ad uxorem; Adversus Hermogenem ; a este período correspondería también el perdido Adversus Iudaeos . Al período entre los años 204-206 corresponderían tres obras perdidas: De ectasi; De spe fidelium y De paradiso . Entre 207-208: los tres primeros libros del Adversus Marcionem . Entre 208-212: Adversus Marcionem IV y V; De pallio; Adversus Valentinianos; De anima; De carne Christi; De resurrectione mortuorum; De corona; Scorpiace; De idololatria; Ad Scapulam ; a este período corresponderían las perdidas: De censu animae adversus Hermogenem; De fato y Adversus Apellaicos . En torno al 213: De fuga; Adversus Praxean; De virginibus velandis; De monogamia; De ieiunio; De pudicitia . Esta cronología difiere ampliamente de la establecida por Noeldechen en 1889, que reproduce A. R. BARRILE en la introducción al texto del Apologético traducido en 1984.

6 J. CL . FREDOUILLE , Tertullien et la conversion de la culture antique , París, 1972: postura y puntos de vista explicitados en publicaciones posteriores (v. infra la lista bibliográfica). En su línea se inserta la obra de H. STEINER , Das Verhältnis Tertullians zur antiken Paideia (St. zur Theol. u. Geschichte, 3), St. Otilien, 1989.

7 A este respecto puede verse: R. BRAUN , «Les règles de la parénèse et la composition du De Patientia de Tertullien», Rev. Phil . 55 (1981), 197-203.

8 C. TIBILETTI , «Natura e salvezza in Tertulliano», Augustinianum 23 (1983), 383-397.

9 J. CL . FREDOUILLE , «Tertullien et l’Empire», Rev. Ét. Aug . 19 (1984), 111-131.

10 Resumo en estas líneas lo escrito por P. PENSABENE , «Riflessi sull’architectura dei cambiamenti socio-economici del tardo II e III secolo in Tripolitania e nella Proconsolare», L‘Africa Romana , VIII.1, Sassari, 1991, págs. 447-477.

11 G. SCHÖLLGEN , Ecclesia sordida? Zur Frage der Sozialen Schichtung frühchristlicher Gemeinden am Beispiel Karthagos zur Zeit Tertullians , Münster, 1984 (Jahrb. für Antike und Christentum. Ergänzungsband 2), libro enjuiciado por R. BRAUN , Rev. Ét. Aug . 31 (1985), 304, como excelente guía para conocer el ambiente social al que se enfrenta el pensamiento de Tertuliano. Sobre el tema puede verse también D. E. GROH , «Upper class in Tertullian’s Africa: Some observations», Studia Patristica , III, 14, Berlín, 1976, págs. 41-47.

12 T. D. BARNES , Tertullian …, insiste en la idea de que hasta Decio no son los emperadores ni el senado quienes decretan las persecuciones; opinión que parecen contradecir algunos hechos.

13 PIR III, pág. 433, n. 434.

14 Se conserva el documento que reproduce el proceso: Acta Martyrum Scillitanorum .

15 Hist. Aug., Severo 17, 1.

16 Vid . J. FONTAINE , Aspects et problèmes de la prose d’art latine au III siècle , Turín, 1968, pág. 19.

17 H. HOPPE , Syntax und Stil des Tertullian = Sintassi e stile di Tertulliano [trad. de G. ALEGRI ], Brescia, 1985. El valor actual de la obra ha sido subrayado por G. AZALLI BERNARDELLI , Paideia 42 (1987), 69-75.

18 R. BRAUN , «État des travaux sur la langue de Tertullien (1960-1975)», Approches de Tertullien , París 1992, págs. 301-319.

19 J. FONTAINE , Aspects et problèmes …

20 S. JERÓN ., Epist . 70, 5: Apologeticus eius et contra gentes libri cunctam saeculi obtinent disciplinam .

21 Vid . R. BRAUN , «État des travaux…», pág. 305. Sobre la influencia del latín bíblico en el de los primeros autores cristianos puede verse el artículo del mismo autor, «Bible et latin des chrétiens», Approches …, págs. 253-266.

22 J. FONTAINE , «Africa», RAC , col. 162.

23 H. HOPPE , Syntax und Stil … [trad. it.], pág. 38.

24 S. JERÓN ., Hombres ilustres 53.

25 H. HOPPE , Syntax und Stil [trad. it.], pág. 32.

26 M. PELLEGRINO , «Semen est sanguis Christianorum», Atti della Accad. delle Scienze di Torino 90 (1955-56), 371-442.

27 Por ejemplo, templatim , en juego con vicatim (Apol . 42,8).

28 O. c. supra , n. 4. Más recientemente, el mismo autor hace un balance de la aportación de Tertuliano a la renovación del vocabulario; en «Tertullien et le renouvellement du latin», Les Pères de I’Eglise au XXe siècle. Histoire. Littérature. Théologie , París, 1997, págs. 265-274. Pueden verse además: sobre derivados en -tudo , los trabajos de H. QUELLET , en Mus. Helv . 48 (1991), 281-295, y en Mél. A. Schneider , Neuchâtel, 1997, págs. 205-07; sobre formaciones con el preverbio prae -: F. CHAPOT , Recherches Aug . 19 (1996), 75-89.

29 G. CLAESSON , Index Tertullianeus , 3 vols., París, 1974-1975. En el ámbito del léxico y la semántica puede destacarse la aportación de I. ROCA MELIÁ respecto al uso y significado de mundus y de saeculum/saecularis en Helmantica 21 (1970), 177-247 y 373-419; 23 (1972), 417-449; 25 (1974), 321-356.

30 R. UGLIONE , «Gli hapax tertullianei di materia fonica», Boll. di St. Lat . 25 (1995), 259-541.

31 En cuanto al estudio de tropos y figuras, cabe destacar la abundante producción de QUACQUARELLI y su escuela: vid . R. BRAUN , «État des travaux…», págs. 303-305.

32 R. BRAUN , «État des travaux…».

33 Sobre la resistencia de los primeros cristianos, puede verse especialmente W. SCHÄFKE , «Frühchristliche Wiederstand», ANRW , II, 23.1, Berlín-Nueva York, 1979, págs. 460-473. Este volumen de ANRW contiene doscientas páginas de estudios sobre Tertuliano, cuarenta y seis de Bibliografía y dieciocho de índices sobre los puntos de fricción posibles entre el Cristianismo y la sociedad romana. Especial atención se presta a la respuesta de los cristianos contra las acusaciones calumniosas de incesto, antropofagia, idolatría, etc.

34 Sobre la discusión, vid . A. SCHNEIDER , Le premier livre ‘Ad Nationes’ de Tertullien , Intr. texto, trad. y comentario, Roma, 1968, págs. 15-17.

35 R. BRAUN , Rev. Et. Aug. 24 (1978), 221-242, deduce que A los mártires fue escrito en el verano del a. 197, vid. infra nota a Apol . 50, 4.

36 O. c ., págs. 18-26. Puede verse un resumen de la discusión en torno a este punto en M. RIZZI , Ideologia e retorica negli ‘exordia’ apologetici , Milán, 1993, págs. 117-118.

37 Una puesta al día sobre los estudios relativos a la influencia de Varrón sobre Tertuliano, puede verse en A. CORTESI , «Varrone e Tertuliano. Punti di continuitá», Augustinianum 24 (1984), 349-366.

38 Vid . SCHNEIDER, O. C ., págs. 33-38.

39 Vid . J.-H. WASZINK , «Varrone nella litteratura cristiana dei primi secoli», Atti Congr. Int. di Studi Varroniani , Rieti, 1976, t. I, págs. 209-223.

40 Sobre la ciudad de Dios VI 5, 1; vid . G. LIEBERG , «Die Theologie tripartita in Forschung und Bezeugung», ANRW , I, 4, págs. 63-115.

41 J.-M. VERMANDER , «La polèmique des Apologistes latins contre les dieux du paganisme», Rech. Aug . 17 (1982), 3-128, especialmente pág. 116. Este artículo es el núcleo de una tesis no defendida, de cuya publicación póstuma se hizo cargo P. MONAT . Un resumen había aparecido en Rev. des Sciences Relig . 53 (1979), 110-123.

42 Conclusión citada literalmente por FRÉDOUILLE , en Rev. Et. Aug . (1980), Chron. Tert. 1979 , pág. 321, n. 22.

43 V. J. P. WALTZING , Tertullien Apologétique: commentaire analytique, grammatical et historique , París, 1931, págs. 1-14, donde se presenta un esquema, reproducido en la ed. del mismo autor en la col. Budé, 1961, 2.a ed.

44 O. SCHÖNBERGER , «Ueber die Symmetrische Komposition in Tertullians Apologeticum», Gymnasium 64 (1957), 335-340.

45 R. BRAUN , «Observations sur l’architecture de l’Apologeticum», Homm. Bayet , Bruselas-Berchem, 1964, págs. 114-121.

46 Éste es el ángulo desde el que estudié la obra en un trabajo titulado «El Apologeticum de Tertuliano: estructura y composición», Emerita 35, 2 (1967), 315-334, cuyas principales líneas he resumido en un reciente artículo titulado: «El Apologético de Tertuliano: la primera defensa de la Fe cristiana en Occidente», XXSiglos 6.24 (1995), 3-9, del que transcribo aquí los párrafos que siguen. La perspectiva retórica es también la elegida recientemente por G. ECKERT , Orator christianus , Stuttgart, 1993, que presta especial atención a la doctrina de los status , desde la que realiza su análisis.

47 Momento que la terminología teórica designa también con los nombres de constitutio, quaestio o caput .

48 M. DE GENOUDE , Oeuvres de Tertullien , tr. fr. de… 2.a ed., T. II, París, 1852.

49 G. RAUSCHEN , Apologetici recensio nova , Bonn, 1912, 2.a ed.

50 C. CALLEWAERT , «Le Codex Fuldensis, le meilleur manuscrit de l’Apologeticum de Tertullian», Rev. hist. litt. relig . 7 (1902), 322-353.

51 Véase T. D. BARNES , Tertullian , Oxford, 1985, 2.a ed., págs. 239-241.

52 G. THÖRNELL , «De Tertulliani Apologetico bis edito», Studia Tertullianea , IV, Upsala, 1926.

53 H. HOPPE , Apologeticum, CSEL , 69, Viena, 1939.

54 C. BECKER , Tertullians Apologeticum. Werden und Leitung , Múnich, 1954. Tesis admitida como hipótesis de trabajo por M. PELLEGRINO , «Ancora sulla duplice redazione dell’Apologeticum», Hist. Jahrb . 77 (1958), 370-382.

55 E. DEKKERS , Apologeticum, CCL , I, 1, Thurnholt, 1954.

56 P. FRASINETTI , Apologeticum, CSLP , Turín, 1965.

57 J.P. WALTZING -A. SEVERYNS , París, 1929, 2.a ed. revisada, 1961.

58 M. VENIER , «Giovanni Battista Egnazio editore III, L’Apologeticum di Tertulliano», Respublica litterarum 18 (1995), 141-155.

59 Caudebec-en-Caux, Abbaye de St. Wandrille, 1983 (54 microfichas).

60 Cf. la noticia en Rev. Ét. Aug . 32 (1986), 258.

61 Serie «Los Santos Padres», Apostolado Mariano, Sevilla. Lamentablemente, no se indica que es una reedición; reproduce exactamente, incluso en las variaciones del tipo de letra, la edición de 1943.

62 E. SÁNCHEZ SALOR , Polémica entre cristianos y paganos a través de los textos , Madrid, 1986.

63 R. BRAUN , Deus Christianorum , París, 1977, 2.a ed.

64 Vid . la reseña de J. CL . FREDOUILLE a la traducción de A. R. BARRILE , en Rev. Ét. Aug . 28 (1982), 289-290.

65 Cf. la noticia en Rev. Ét. Aug . 44.2 (1998), 339. La dirección es: http://www.chieftainsys.demon.co.uk/tertullian.

BIBLIOGRAFÍA SELECTA
EDICIONES, COMENTARIOS Y TRADUCCIONES

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APOLOGÉTICO

Ya que no se os permite, gobernadores del Imperio Romano [1 ] que presidís los juicios en un lugar descubierto y elevado casi en la misma cúspide de la ciudad 1 , poner al descubierto y considerar abiertamente qué es lo que en realidad ocurre en la causa contra los cristianos; ya que únicamente en estos procesos vuestra autoridad se atemoriza o se avergüenza de abrir una investigación oficial de acuerdo con el procedimiento jurídico; y por último, ya que —como ocurrió hace poco— la animadversión hacia nuestro grupo se apresura a prestar oído a delaciones de los esclavos contra sus señores 2 y tapa la boca a la defensa, que se permita al menos a la verdad llegar hasta vuestros oídos, aunque sea a través del camino silencioso de la letra escrita.

No es que la verdad interceda por ella misma, porque [2] tampoco se sorprende de su suerte 3 . Sabe que vive como peregrina en la tierra 4 , que fácilmente encuentra enemigos entre los extraños, y que su linaje, su sitio, su esperanza, su poder y su dignidad los tiene en el cielo. Entretanto pretende [3] una única cosa: que no se la condene sin conocerla. ¿Qué pierden en esta ocasión las leyes, dueñas en su propio reino, con prestarle oído? ¿Va a ser más glorioso su poderío si condenan a la verdad aun sin oírla? Por el contrario, si la condenaran sin oírla, además de hacerse odiosas por injustas, despertarían la sospecha de una complicidad, puesto que se niegan a oir lo que —una vez oído— serían incapaces de condenar.

[4] He aquí, pues, el primer argumento que presentamos contra vosotros: la injusticia de vuestro odio hacia el nombre de cristiano, injusticia que hace más grave e indefendible el mismo pretexto en que se escuda: a saber, la ignorancia. ¿Hay acaso algo más injusto que el hecho de odiar lo que se desconoce aunque el objeto en sí sea digno de odio? [5] Pues un odio es merecido cuando se sabe que se merece. Al faltar este conocimiento, ¿cómo se defiende la justicia del odio, si esta justicia tiene que fundarse no en los acontecimientos sino en el convencimiento íntimo? Cuando precisamente odian porque desconocen la naturaleza de aquello que odian, ¿no es posible que aquello sea de tal naturaleza que no merezca odio? Así pues, combatimos ambas cosas por su mutua dependencia: ignoran porque odian y odian [6] injustamente porque ignoran. Es prueba de una ignorancia que al querer excusar la injusticia la hace condenable, el hecho de que todos los que antes odiaban porque no conocían dejan de odiar en el momento en que dejan de ignorar. De ellos salen nuevos cristianos con conocimiento de causa, y comienzan a odiar lo que antes fueron y a profesar públicamente lo que antes odiaron. Y somos tan numerosos como se dice. Se pregona que la ciudad está invadida: que hay [7] cristianos en los campos, en las aldeas, en las barriadas; y se lamentan, como de una desgracia, de que gentes de todo sexo, edad, condición e incluso dignidad se conviertan a este nombre 5 . Pero ni siquiera por esto se animan a considerar [8] que habrá algún bien escondido. No pueden indagar con más rectitud; no quieren ver el asunto más de cerca. Casualmente, sólo en esta cuestión se ha vuelto torpe la curiosidad humana. Se aferran a su ignorancia aunque otros se alegren de haber salido de ella. ¡Cuánto más hubiera censurado Anacarsis 6 a estos que, sin saber, se atreven a juzgar a los que saben! Prefieren permanecer en la ignorancia porque [9] ya tienen odio, hasta tal punto prevén que se trata de algo que no podrían odiar si lo conocieran; en efecto, si no se encuentra un motivo de odio, lo mejor sería —en cualquier caso— renunciar a un odio injusto; y si en cambio se ve que existe un fundamento, no sólo no se rebajará en nada el odio sino que se persistirá en él gloriándose además de la misma justicia.

[10] Pero se objeta que no porque algo atraiga a muchos puede prejuzgarse que es bueno. ¡Cuántos se convierten al mal! ¡Cuántos se pasan al vicio! ¿Quién lo niega? Pero sin embargo, cuando algo es verdaderamente malo, ni siquiera sus mismos adeptos se atreven a defenderlo como bueno. Todo [11] mal se esconde naturalmente por temor o por vergüenza. En una palabra, quienes hacen el mal procuran quedar ocultos, evitan aparecer, tiemblan cuando se les coge, niegan cuando se les acusa y no confiesan fácilmente ni siempre, aunque se les someta a tortura, y cuando se les condena en firme, se lamentan: van enumerando las malas inclinaciones vueltas contra ellos mismos y achacan su debilidad al destino o a los astros. No quieren considerar como propio lo que reconocen [12] como un mal. Pero ¿hace un cristiano algo semejante? Ninguno se avergüenza, ninguno se arrepiente si no es de no haberse convertido antes; si lo denuncian, se alegra; si lo acusan, no se defiende; cuando se le interroga, confiesa sin vacilar; si se le condena, lo agradece. ¿Qué clase de delito es éste que no presenta las características del delito: el temor, la vergüenza, la tergiversación, el arrepentimiento, el repudio? ¿Qué clase de delito es éste cuyos reos se glorían, cuya acusación se desea y cuyo castigo constituye una victoria? No se puede llamar locura 7 a aquello que hay que reconocer que se ignora.

[2 ] Y por último, si es verdad que somos tan dañosos, ¿por qué razón vosotros mismos nos tratáis de modo distinto que a nuestros semejantes —los demás delincuentes— siendo así que debería darse el mismo tratamiento a quienes son igualmente [2] culpables? 8 . Cuando otros son acusados de los crímenes de los que se nos acusa a los cristianos, pueden defenderse personalmente o pagando a un defensor para probar su inocencia; se les ofrece la oportunidad de replicar, de impugnar, ya que no es en absoluto lícito condenar a nadie sin oir su defensa. Solamente a los cristianos se les impide [3] dar a conocer lo que podría refutar la acusación, defender la verdad e impedir que la actuación del juez sea injusta; lo único que se pretende es satisfacer un odio público: conseguir la confesión de un nombre, no investigar un crimen.

Cuando procesáis a algún delincuente, no estáis dispuestos [4] a pronunciar sentencia inmediatamente después de que el acusado se confiese homicida, o sacrílego, o culpable de incesto, o enemigo público (por no citar más que los delitos de los que se nos inculpa), sino que averiguáis las circunstancias, el carácter del hecho, el número, el lugar, el modo, el tiempo, quiénes son los testigos y los cómplices 9 . Cuando [5] se trata de nosotros no hay nada de esto, y eso que sería muy interesante conseguir por medio de torturas la confesión de aquello de lo que falsamente se nos acusa: saber cuántos infanticidios ha saboreado cada uno, cuántos incestos ha cometido aprovechando la oscuridad, qué cocineros, qué perros han estado presentes. ¡Qué gloria la del gobernador que descubriera a alguno que ya se hubiera comido cien niños! Pero en cambio, tenemos pruebas de que incluso se [6] ha prohibido que se nos busque. Pues Plinio Segundo, cuando era gobernador, después de condenar a algunos cristianos y de haber hecho renegar a otros, desconcertado sin embargo por lo crecido del número, consultó al emperador Trajano la conducta a seguir en adelante, diciendo que —aparte de la obstinación en no ofrecer sacrificios— no había descubierto nada de su actividad religiosa, sino solamente que se reunían antes del amanecer para cantar alabanzas a Cristo como a Dios y vincularse a unos principios que les prohibían el homicidio, el adulterio, el fraude, la traición y los demás [7] crímenes. Entonces Trajano respondió por escrito que no se les buscara, pero que (si se les llevaba al tribunal) había [8] que castigarlos 10 . ¡Extraña decisión, forzosamente perturbadora! Dice que no se les debe buscar, como inocentes que son, y ordena que se les castigue como a culpables. Perdona, y se ensaña; pasa por alto, y castiga. ¿Por qué te contradices a ti mismo en tu dictamen? Si los castigas, ¿por qué no los buscas también? Si no los buscas, ¿por qué no los perdonas? Para perseguir a los bandidos, en todas las provincias se designa por suerte una guarnición militar 11 ; frente a los culpables de lesa majestad y los enemigos públicos, cualquier hombre es soldado y la búsqueda se extiende incluso [9] a los amigos y a los cómplices 12 . Sólo al cristiano se prohíbe que se le busque y a la vez se permite que se le denuncie; como si la investigación persiguiera algo que no sea la denuncia. Así pues, castigáis al denunciado a quien nadie ha querido que se busque; de donde deduzco que no merece castigo por hacer un mal, sino por haber sido encontrado sin que se le debiera buscar.

Y tampoco en lo que voy a decir actuáis frente a nosotros [10] según lo usual en los enjuiciamientos criminales: a los otros, cuando rehusan confesarse culpables, los atormentáis para que confiesen, y en cambio a los cristianos para que nieguen; cuando si se tratara de un delito, nosotros negaríamos y vosotros nos obligaríais a confesar por medio de tormentos. Y tampoco vais a decir que creéis inútil torturamos para averiguar los crímenes, porque estáis ciertos de que se los reconoce al confesar el nombre; precisamente vosotros que a quien hoy se confiesa homicida —aunque ya sabéis qué es un homicidio— le arrancáis una relación detallada del crimen que confiesa. Aún más injusto es que, considerando [11] nuestros crímenes implícitos en la confesión del nombre, nos obliguéis con tormentos a renegar de la confesión, puesto que, al negar el nombre, negaríamos igualmente los crímenes que habiais presupuesto en la confesión del nombre. Al parecer 13 , no queréis que seamos condenados nosotros a [12] quienes consideráis como los peores. Porque soléis decir al homicida: «niega», y ordenar que se despedace al sacrílego si persevera en su confesión. Si no actuáis así con los culpables, quiere decir que nos juzgáis totalmente inocentes, ya que, al consideramos inocentes, no queréis que perseveremos en una confesión que os creéis obligados a condenar, no por razones de justicia, sino por una fuerza irresistible 14 . [13] Si un hombre clama: «¡Soy cristiano!», dice lo que es; tú quieres oír lo que no es. Vosotros, que presidís para sacar a la luz la verdad, solamente cuando se trata de nosotros os esforzáis por oír la mentira. «Soy —dice el acusado— lo que me preguntas si soy. ¿Por qué me torturas injustamente? Confieso, y me atormentas. ¿Qué harías si negara?» Hay que reconocer que, cuando otros niegan, no les prestáis fe tan fácilmente; a nosotros, si llegamos a negar, nos creéis al instante.

[14] Esta inversión debe haceros sospechar que quizá exista detrás de todo esto algún poder oculto que os obliga a actuar contra la forma y la naturaleza de los juicios y contra las mismas leyes. Pues, si no me equivoco, las leyes mandan descubrir a los culpables, no esconderlos; y prescriben que se castigue a quienes confiesan, no que se les absuelva. Esto determinan los senadoconsultos y las disposiciones imperiales 15 . El poder que representáis es un poder civilizado, no [15] tiránico 16 . Bajo los tiranos, se aplicaba la tortura también como castigo; entre vosotros, se limita al interrogatorio. Observad a este respecto vuestra ley, que considera la tortura indispensable hasta la confesión; pero, si viene precedida por la confesión, está de más: se pasa a la sentencia; el nombre de culpable debe borrarse cuando paga su deuda con el castigo, no por la exención de la pena. Y en fin, nadie concibe [16] la idea de absolver al culpable; es un propósito que no está permitido. Y por esto tampoco nadie es obligado a negar. Al cristiano, a quien se considera reo de toda clase de crímenes, enemigo de los dioses, de los emperadores, de las leyes, de las costumbres, de la naturaleza entera, se le obliga en cambio a negar para absolverlo; porque no se le puede absolver si no niega.

Haces traición a las leyes. Quieres que niegue su culpabilidad [17] para convertirlo en inocente aunque no quiera, y ya sin culpa en su pasado. ¿De dónde ese desvarío que os hace olvidar que es más digno de crédito quien confiesa espontáneamente que quien niega coaccionado? ¿Tampoco ves que, obligado a negar, puede que no niegue de corazón y que, después de ser absuelto, al salir de vuestro tribunal, se ría de vuestra hostilidad, otra vez cristiano? Puesto que en todo [18] nos tratáis en forma distinta que a los demás culpables, con una sola pretensión, que perdamos este nombre (pues efectivamente lo perdemos si llegamos a hacer lo que hacen los no cristianos), podéis comprender que no es un crimen lo que está en litigio, sino un nombre, perseguido por no sé qué clase de odio, cuyo único fin es impedir que los hombres conozcan con seguridad lo que ellos tienen la seguridad de desconocer 17 . Así pues, creen acerca de nosotros cosas que [19] no se prueban, y al mismo tiempo no quieren indagar para que no se les demuestre que no existe lo que ellos quieren creer. De forma que se castiga un nombre enemigo de aquel odio, basándose en crímenes que se suponen y no se prueban, simplemente por confesarlo. Así pues, se nos tortura cuando confesamos, se nos castiga cuando perseveramos y se nos absuelve cuando renegamos; porque se lucha sólo contra un nombre.

[20] Y finalmente ¿por qué en la tablilla escribís «cristiano», y no también «homicida», si es homicida el cristiano? ¿Por qué no también «incestuoso» o cualquier otro de los crímenes que nos imputáis? 18 . ¿Solamente tratándose de nosotros da vergüenza o lástima llamar a los delitos por su nombre? Si «cristiano» no es el nombre de ningún delito, hacer del nombre un delito es absurdo.

[3 ] ¿Qué decir del hecho de que a la mayoría les ciega el odio? Hasta tal punto que, al hablar bien de algún cristiano, añaden al reproche del nombre: «buena persona Gayo Seyo, sólo que es cristiano». Y otro: «me admira que Lucio Ticio, un hombre prudente, de pronto se haya hecho cristiano» 19 . Nadie piensa en cambio que la razón de que sea bueno Gayo y prudente Lucio es el ser cristiano; o que es cristiano [2] porque es prudente y porque es bueno. Alaban lo que conocen y critican lo que ignoran y violentan lo que saben a causa de lo que ignoran, aunque sería más justo juzgar lo oculto por lo que se ve, en vez de condenar lo que se ve por lo que [3] está oculto. Otros llenan de infamia a quienes tenían por frívolos, despreciables o malvados antes de su conversión, cuando los alaban: la ceguera de su odio les obliga a dar contra su voluntad una opinión favorable. «Aquella mujer tan lasciva, tan ligera; aquel muchacho tan amante del juego 20 , tan enamoradizo: ahora se han hecho cristianos». Así se atribuye al nombre de cristiano la enmienda. Algunos sacrifican [4] incluso sus propios intereses a este odio; soportan un daño con tal de no tener en casa lo que odian. A la mujer que ya es honrada, el marido, que ya no tiene celos, la arroja de su casa; al hijo que ya es dócil, el padre, que antes lo había soportado, lo deshereda; al esclavo que se vuelve fiel, su señor, en otro tiempo afable, lo hace apartar de su vista. Todo el que se enmienda por esta causa incurre en culpa. ¡El bien no pesa tanto como el odio hacia los cristianos!

Y, si lo que se odia es el nombre, ¿cuál es la culpabilidad [5] de los nombres? ¿De qué se puede acusar a los vocablos si no es de que su sonido resulta tosco o de que es un término de mal agüero o injurioso o inconveniente? El nombre de cristiano, en cuanto a su etimología deriva de «unción» 21 , incluso cuando equivocadamente vosotros pronunciáis «crestianos» (pues no conocéis bien el nombre), significa suavidad o bondad 22 . Así es que se odia en unos hombres inofensivos un nombre igualmente inofensivo. Pero puede decirse: se odia [6] al grupo por el nombre de su fundador. ¿Qué tiene de extraño el que una escuela llame a sus componentes por el nombre del maestro? ¿No toman el nombre de su fundador los filósofos platónicos, epicúreos, pitagóricos; y del lugar de sus reuniones los estoicos y los académicos? ¿Y asimismo los médicos de Erasístrato 23 y los gramáticos de Aristarco 24 [7] y hasta los cocineros de Apicio 25 ? Y sin embargo a nadie le extraña la profesión de un nombre transmitido por el fundador junto con su doctrina. Es verdad que, si alguien puede probar que es malo el fundador y mala su escuela, probará al mismo tiempo que el nombre es malo; que merece ser odiado a causa de la culpabilidad de la escuela y del fundador. Así es que, antes de odiar el nombre sería preciso informarse de los seguidores por su fundador o del fundador [8] por los seguidores. En cambio en este caso, sin preocuparse por hacer una investigación o llegar a un conocimiento, se acusa al nombre, se persigue el nombre; sólo una palabra condena por anticipado a un grupo desconocido y a un fundador igualmente desconocido, porque tienen un nombre, no porque sean convictos de un crimen.

[4 ] Y ya, después de esta especie de exordio para doblegar la injusticia del odio público que se nos tiene, haré frente a la defensa de nuestra inocencia; además de refutar las acusaciones que se nos hacen, las voy a volver en contra de los mismos que las hacen, para que de aquí en adelante se sepa que no existen en los cristianos culpas de las que ellos mismos se saben culpables; para que a la vez se avergüencen de lanzar una acusación, no digo ya unos malvados contra unos hombres excelentes, sino —como ellos dicen— contra sus iguales.

Iremos respondiendo a cada uno de los hechos de los [2] que se nos acusa como cometidos en secreto; de lo que se sabe que realizamos a la vista de todos; de aquellos por los que se nos considera criminales e insensatos, dignos de castigo y objeto de burla. Pero, como, al enfrentarse nuestra [3] verdad con todas las acusaciones, en último término se le opone la autoridad de las leyes, alegando que en esas leyes no hay lugar a rectificación o anteponiendo a la verdad la obligación de prestar acatamiento a la ley, discutiré en primer lugar, lo relativo a las leyes, con vosotros que sois sus tutores 26 .

Ya, cuando legalmente definís: «No se os permite existir», [4] y sentáis este principio sin una consideración más humana, emprendéis el camino de la violencia de una injusta tiranía desde vuestra posición dominante 27 ; ya que decís que no está permitido porque no queréis que lo esté, y no porque deba prohibirse. Y, si es que no queréis que se permita porque [5] no debe permitirse, indudablemente no debe permitirse lo que es un mal, y por esta misma razón se puede admitir que está permitido lo que es un bien. Si llego a averiguar que algo que está prohibido por la ley es una cosa buena, ¿no es verdad que, por la misma razón que acabamos de admitir, no se me puede prohibir lo que, si fuera malo, se me prohibiría con todo derecho? Si tu ley se equivoca, seguramente es que ha sido pensada por un hombre, pues realmente no ha caído del cielo.

[6] ¿Os asombráis de que un hombre haya podido equivocarse al dar una ley o de que haya acertado al anularla? Es que las enmiendas hechas por los lacedemonios a las leyes del mismo Licurgo, ¿no produjeron tan gran pesar a su autor, [7] que pensó dejarse morir de hambre en su retiro? 28 . Y vosotros, al hacerse a diario nueva luz sobre las tinieblas de la antigüedad a medida que avanzan los conocimientos, ¿acaso no escrutáis y podáis toda aquella antigua y desordenada selva de leyes con la segur de los rescriptos y edictos imperiales? 29 .[8] ¿Acaso Severo, el más conservador de los emperadores, no ha derogado recientemente, a pesar de la autoridad que le daban los años, aquellas inservibles Leyes Papias que obligaban a tener hijos antes de la edad en que las Leyes Julias prescribían la obligación de contraer matrimonio? 30 . Había muchas leyes que mandaban que los condenados por [9] deudas fueran cortados a trozos por sus acreedores 31 ; pero después, por general consenso, se prescindió de esta crueldad. La pena capital se conmutó por una nota de infamia; con la medida de la confiscación de bienes, se decidió hacer subir la sangre al rostro en vez de derramarla 32 . ¡Cuántas leyes [10] se conservan escondidas, todavía por revisar! Las leyes no están justificadas por su antigüedad ni por la dignidad del legislador, sino sólo por la justicia, de forma que, cuando se reconocen como injustas, es preciso condenarlas, aunque sean ellas las que condenen.

¿Y por qué razón las llamo injustas? Lo son por supuesto [11] si lo que castigan es un nombre; más aún: necias. Pero, si lo que castigan son los hechos, ¿por qué castigan sólo por el nombre unos hechos que en otros casos castigan una vez probados, no simplemente por el nombre? Si soy un incestuoso, ¿por qué no lo averiguan? Si infanticida, ¿por qué no me obligan a declarar? Si hago un mal contra los dioses o contra los Césares, ¿por qué no se me oye a mí, que soy quien [12] puedo justificarme? Ninguna ley prohibe que se someta a examen lo que prohibe que se haga; porque ni el juez puede castigar con justicia hasta que está seguro de que se ha cometido algo que es delito, ni un ciudadano puede acatar [13] fielmente una ley si ignora qué es lo que castiga. Ninguna ley se debe a sí misma exclusivamente la seguridad de su propia justicia, sino que debe esperarla también de aquellos de quienes recibe acatamiento. Por lo demás, es sospechosa una ley que no quiere someterse a examen; y, si se impone sin ser aprobada, es una tiranía.

[5 ] Volvamos a examinar algunas cuestiones sobre el origen de las leyes de esta naturaleza: existía un antiguo decreto que ordenaba que ningún dios fuese consagrado por un general sin el consentimiento del senado; bien lo sabe Marco Emilio, por su dios Alburno 33 . También esto favorece a nuestra causa, porque entre vosotros la divinidad se mide por el arbitrio del hombre. Si un dios no agrada al hombre, no será dios; es por tanto el hombre quien deberá ser propicio al dios.

Tiberio, pues, en cuyo tiempo entró en el mundo el nombre [2] cristiano, cuando le comunicaron desde la Siria Palestina 34 los hechos que allí habían puesto de manifiesto la verdad de esta divinidad, llevó el asunto al senado, anunciando de antemano su voto favorable. El senado, como no lo había examinado por sus propios medios, rehusó pronunciarse. El Emperador persistió en su opinión y amenazó con castigar con la pena capital a los acusadores de los cristianos 35 . Consultad [3] vuestros anales, allí veréis que fue Nerón el primero que arremetió con la espada imperial contra este grupo, que se extendía entonces precisamente por Roma 36 . Que fuera tal el promotor de nuestra persecución es para nosotros hasta un honor; pues quien lo conoce comprende que sólo un [4] gran bien pudo ser condenado por Nerón 37 . También lo intentó Domiciano, un medio Nerón en cuanto a cmeldad; pero, hombre al fin y al cabo, pronto renunció a su intento y rehabilitó incluso a los que había desterrado 38 . Así fueron siempre nuestros perseguidores: injustos, impíos, infames; vosotros mismos soléis condenarlos; y con frecuencia habéis rehabilitado a los condenados por ellos.

[5] Por otra parte, entre tantos príncipes como ha habido desde entonces hasta hoy, conocedores de lo divino y de lo humano, presentad alguno que haya combatido a los cristianos. [6] Nosotros en cambio, podemos citar un protector, si se quiere estudiar la epístola de Marco Aurelio, emperador de gran autoridad, donde se atestigua cómo se aplacó aquella sed de Germania mediante una lluvia alcanzada seguramente por las rogativas de los soldados cristianos 39 . Si bien no liberó abiertamente a estos hombres de la persecución, la anuló claramente por otros medios, incluso decretando un castigo ciertamente infamante contra los acusadores 40 .

¿Qué clase de leyes son éstas que utilizan contra nosotros [7] sólo los impíos e injustos, los infames y crueles, los frívolos e insensatos? Unas leyes que Trajano dejó en parte sin efecto al prohibir que se buscara a los cristianos 41 ; y que no hicieron aplicar ni Vespasiano —aunque fue exterminador de los judíos 42 —, ni Adriano —aunque investigador de todas las curiosidades 43 —, ni Pío, ni Vero? 44 . Más fácil hubiera [8] sido que estos pésimos criminales fueran erradicados por los mejores, sus enemigos naturales, y no por sus semejantes.

[6 ] Ahora quisiera que estos tan escrupulosos protectores y defensores de las leyes y de las instituciones paternas 45 me dijeran respecto a su fidelidad, veneración y observancia frente a las resoluciones de los antepasados, si no han faltado a ninguna; si no se desviaron de ninguna; si no echaron en olvido las disposiciones necesarias más oportunas para la disciplina moral.

[2] ¿Adónde fueron a parar aquellas leyes que reprimían el lujo y la ambición 46 , que ordenaban no gastar en una cena más de cien ases ni servir más de una gallina, y que no fuera cebada 47 , que a un patricio, por tener diez libras de plata, como si esto fuera prueba de su gran ambición, lo excluían del senado 48 , que hacían derribar inmediatamente los teatros que se levantaban para corrupción de las costumbres 49 , que no permitían que se usurparan sin derecho e impunemente las insignias de las dignidades y de un nacimiento noble? Pues veo que hay que llamar «cenas centenarias» a las que [3] cuestan cien mil sestercios; para la vajilla —no digo ya de senadores sino de libertos o de quienes todavían rompen látigos sobre sus espaldas— se extrae plata de las minas 50 . Veo que ni es suficiente un teatro por ciudad, ni que no tenga adornos. Y, para que en invierno la impúdica voluptuosidad no se helase, inventaron los lacedemonios, los primeros, la pesada capa: para asistir a los juegos 51 . Veo también que entre matronas y meretrices ya no puede establecerse una diferencia por su aspecto externo 52 . Entre las mujeres incluso [4] ha desaparecido aquella costumbre de nuestros antepasados que protegía la modestia y la sobriedad; cuando ninguna conocía el oro excepto en uno sólo de sus dedos, el que su esposo había ligado con el anillo nupcial; cuando las mujeres se abstenían del vino hasta tal punto, que sus parientes dejaron morir de hambre a una matrona porque había forzado la entrada de una bodega; y en tiempo de Rómulo una mujer que había probado el vino fue muerta impunemente [5] por su marido Mecenio 53 . Por esto estaban obligadas a besar a sus parientes: para que se les pudiera conocer por el [6] aliento. ¿Dónde está aquella felicidad de los matrimonios, consecuencia de las buenas costumbres, por la que durante casi seiscientos años después de la fundación de Roma ninguna familia comunicó por escrito un repudio? 54 . En cambio ahora, en las mujeres, a causa del oro, no hay ningún miembro ligero; a causa del vino, ningún beso sin miedo, y el repudio es ya hasta un deseo y como el fruto del matrimonio.

[7] Hasta de las disposiciones sobre vuestros mismos dioses, que prudentemente habían establecido vuestros mayores, vosotros —tan cumplidores— habéis prescindido. A Líber Padre con sus misterios, los cónsules —con la aprobación del senado— lo eliminaron no sólo de Roma sino de toda [8] Italia 55 . A Sérapis y a Isis y a Harpócrates con su Cinoscéfalo, excluidos del Capitolio, es decir, expulsados de la asamblea de los dioses, los cónsules Pisón y Gabinio —no precisamente cristianos— después de derribar sus altares, los expulsaron en un intento de coartar los desórdenes de estas vergonzosas y vanas supersticiones 56 . A éstos, vosotros —después de rehabilitarlos— les habéis concedido la suprema majestad. ¿Dónde está la piedad, dónde la veneración [9] que debéis a vuestros mayores? En el vestir, en el comer, en la educación, en el sentir, en la misma conversación, habéis renegado de vuestros antepasados. Alabáis siempre lo antiguo y vivís cada día más con nuevos modos. Con lo que se pone de manifiesto que —al apartaros de las buenas costumbres de vuestros mayores— mantenéis y defendéis lo que no debíais, mientras que no defendéis lo que debíais.

Respecto a la misma tradición de vuestros antepasados, [10] motivo por el que principalmente señaláis a los cristianos como culpables de una transgresión —estoy refiriéndome al celo por el culto de los dioses, punto en que fue mayor la equivocación de los antiguos—, aunque hayáis reconstruido los altares de Sérapis —ya romano— y ofrezcáis vuestro entusiasmo a Baco —ya itálico—, en su momento haré ver que esta tradición es despreciada, abandonada y destruida por vosotros en contra de la costumbre de vuestros mayores. Pero ahora voy a responder a aquella acusación de crímenes ocultos para dejar el camino libre a los públicos 57 .

[7 ] Se rumorea que somos los más criminales por el rito de infanticidio, por el convite hecho con él y por el incesto cometido tras el banquete, que —según dicen— facilitan los perros derribando las luces, es decir, convertidos en alcahuetes de tinieblas, con el fin de ocultar los desenfrenos impíos 58 .

[2] Es éste un rumor de siempre y vosotros no os preocupáis de constatar lo que hace tanto tiempo se rumorea. Constatadlo, si lo creéis; o dejad de creerlo, si no lo constatáis. Por vuestra conducta equívoca se prueba de antemano que no existe un crimen que ni vosotros mismos os atrevéis a constatar. Es muy distinto el deber que imponéis al verdugo frente a los cristianos: no les obliga a decir lo que hacen, sino [3] a negar lo que son. El origen de esta doctrina se remonta, como ya dijimos, a Tiberio. La verdad ha sido objeto de odio desde que nació; tan pronto como apareció se la ha considerado enemiga. Tantos son sus enemigos cuantos le son extraños: especialmente, por envidia, los judíos 59 ; por soborno, los soldados; por su condición, hasta los mismos [4] esclavos nuestros 60 . A diario se nos asedia, a diario se nos traiciona, y con frecuencia hasta en nuestras mismas asambleas [5] y reuniones se nos coge desprevenidos. ¿Quién ha sorprendido alguna vez de esta forma el gemido de un niño? ¿Quién ha conservado las bocas de estos cíclopes y sirenas, ensangrentadas como las encontró, para presentarlas al juez? 61 . ¿Quién ha sorprendido en las esposas cristianas alguna huella indigna? ¿Quién, después de haber descubierto tales crímenes, los ha mantenido ocultos o ha vendido su silencio, arrastrando ante el tribunal a los mismos culpables? Si siempre quedamos ocultos, ¿cuándo se ha divulgado lo que realizamos? Aún más, ¿por quiénes puede ser divulgado? [6] Por los mismos culpables ciertamente que no, puesto que la regla de todos los misterios obliga al silencio. Los misterios de Samotracia y los de Eleusis son guardados en secreto 62 . ¿Cuánto más éstos, cuya naturaleza es tal que, al darlos a conocer, provocarían la enemistad de los hombres, al tiempo que se mantendría la divina? Luego, si no son [7] ellos sus propios delatores, se sigue que serán los extraños. ¿Y de dónde les viene a los extraños el conocimiento, cuando siempre las iniciaciones —incluso las piadosas— mantienen alejados a los profanos y evitan los testigos? ¿O es que los impíos tienen menos miedo? 63 .

La naturaleza de la fama es de todos conocida. Vuestro [8] es el dicho: «La fama, mal más veloz que ningún otro» 64 . ¿Por qué un mal la fama? ¿Porque es veloz, porque denuncia, o porque la mayoría de las veces es engañosa? Ni siquiera cuando refiere algo verdadero está libre de mentira: [9] resta, añade, altera la verdad. ¿Qué decir del hecho de que tiene tal condición que no se mantiene más que cuando miente, y que vive en tanto que no prueba lo que dice? Puesto que desde el momento en que algo se ha probado, ella deja de existir y, como cumpliendo el oficio de mensajera, transmite la realidad; desde ese momento se trata de una realidad, [10] se habla de una realidad. Y nadie dice ya, por ejemplo: «esto dicen que ha ocurrido en Roma», o: «corre el rumor de que a aquél le ha correspondido una provincia», sino: «le ha correspondido a aquél una provincia», y: «esto ha sucedido [11] en Roma». La fama, nombre de lo incierto, no tiene cabida donde está lo cierto. ¿Acaso cree en la fama quien no sea un irreflexivo? Porque el prudente no cree en lo incierto. Está en la mano de todos el apreciar que, sea cual fuere la amplitud con que se ha difundido, por disimulados que estén sus cimientos, es preciso que siempre haya surgido por [12] obra de un solo autor. Después se desliza de boca en boca y de oído en oído; y la tara de esta semilla insignificante oscurece los demás rumores de tal forma que nadie se pregunta si aquella primera boca sembró la mentira; lo que generalmente ocurre por inspiración del odio, o por la tendencia a la sospecha, o por el placer de mentir que no es cosa nueva [13] sino congénita en algunos. Felizmente, todo lo aclara el tiempo 65 : testigos son vuestros proverbios y máximas; y esto por disposición de la divina naturaleza, que ha dispuesto las cosas de forma que nada permanezca oculto durante mucho [14] tiempo, ni siquiera lo que la fama no ha divulgado. Es natural, pues, que desde hace tanto tiempo la fama sea el único testigo de los crímenes de los cristianos. La presentáis contra nosotros como acusadora; a ella que todavía no ha sido capaz de probar lo que una vez lanzó y ha consolidado durante tanto tiempo, hasta crear un estado de opinión.

Apelo al testimonio de la misma naturaleza contra aquellos [8 ] que a priori piensan que debe darse crédito a tales cosas; es verdad que ofrecemos una recompensa a estos crímenes: son garantía para la vida eterna. Creedlo un instante. Respecto a esto, pregunto si —creyéndolo— te parece que vale la pena llegar a ella con tal conciencia. ¡Vamos! Hunde [2] tu cuchillo en un recién nacido que no se ha enemistado con nadie, que no ha hecho mal a nadie, que es para todos un hijo; o si esta tarea corresponde a otro, tú sólo asiste al espectáculo de un hombre que muere antes de haber vivido; espera que su alma nueva escape, recoge la sangre reciente, empapa con ella tu pan, cómelo con gusto. Entretanto, al [3] sentarte a la mesa, observa los lugares: dónde está tu madre, dónde tu hermana: fíjate bien para no equivocarte al caer las tinieblas por obra de los perros, pues harías un sacrilegio si no cometes un incesto. Después de iniciado y consagrado en [4] tales misterios vas a vivir eternamente. Me gustaría que me contestaras si interesa la inmortalidad a ese precio; si no, quiere decir que tampoco deben ser creídos tales crímenes. Incluso en el caso de que creyeras, afirmo que no querrías; incluso en el caso de que quisieras, afirmo que no podrías. ¿Por qué pues, van a poder otros si vosotros no podéis? ¿Por qué no ibais a poder si otros pueden? Al parecer, somos de [5] otra naturaleza: cinopenas o esciápodas 66 ; es distinta la disposición de los dientes, distintos los órganos de la pasión incestuosa. Si crees eso de un hombre, eres capaz tú también de hacerlo: tan hombre eres como el cristiano. Si no eres capaz de hacerlo, no debes creerlo, pues tan hombre es el cristiano como tú.

[6] Pero puede decirse: «se induce y se obliga a quienes no saben». Resulta, pues, que no sabían en absoluto que se afirmaba tal cosa de los cristianos quienes tenían que haber investigado [7] e indagado con todo cuidado. Pero, según tengo entendido, es costumbre que quienes quieren iniciarse acudan primero al que preside el culto y precisen qué preparativos deben hacerse 67 . En este caso, diría: «Necesitas un niño, todavía muy pequeño, que desconozca lo que es la muerte, que sonría bajo tu cuchillo; después, pan para empaparlo en la sangre; además, candelabros y lamparillas y algunos perros y carnaza para que les haga saltar y derriben las luces. [8] Ante todo, debes venir con tu madre y tu hermana». ¿Qué ocurriría si ellas no quisieran o si no existieran? ¿Cuántos cristianos hay sin familia, que viven solos? Según parece, no puedes ser cristiano legítimo si no eres hermano o hijo.

[9] Me dirás: «¿Y si todo esto se prepara a sus espaldas?» Pero por lo menos después se enteran, y lo aguantan y lo pasan por alto. ¿Temen ser castigados, si lo dan a conocer, quienes merecerían que se les defendiera, quienes incluso de buena gana prefieren morir a vivir con un peso tal en la conciencia? Supongamos que tengan miedo: ¿Por qué entonces perseveran? Lógicamente, nadie quiere seguir siendo lo que no hubiese sido si lo hubiera conocido a tiempo.

[9 ] Para completar la refutación, mostraré que se dan entre vosotros estas prácticas unas veces abiertamente y otras en [2] secreto: por eso quizás las creísteis de nosotros 68 . En África se inmolaban niños a Saturno públicamente hasta el proconsulado de Tiberio 69 , que expuso a los sacerdotes de este culto colgados vivos en los árboles de su templo, los mismos que daban sombra a sus crímenes, convertidos en cruces votivas; y testigo de ello son los soldados de mi padre que ejecutaron la orden del procónsul 70 . Pero aún ahora se mantiene [3] en secreto este sacrificio criminal. No son los cristianos los únicos que os condenan; ningún crimen se arranca de raíz para siempre y ningún dios cambia sus costumbres.

Como Saturno no perdonó a sus propios hijos 71 , seguramente [4] hubiera persistido en no perdonar a los ajenos; pero a éstos los ofrecían los mismos padres, y se comprometían de buen grado, y acariciaban a los niños para que no llorasen al sacrificarlos. Sin embargo, es grande la distancia entre el parricidio y el homicidio. Hombres ya adultos se inmolaban [5] entre los galos a Mercurio 72 ; dejo las fábulas táuricas 73 para sus teatros. Incluso en aquella tan religiosa ciudad de los piadosos descendientes de Eneas existe un cierto Júpiter a quien en sus fiestas bañan en sangre humana 74 . «Pero de un condenado a las fieras», decís; ésta, por lo visto, es menos que la de un hombre; ¿no es acaso más infame por ser la de un malhechor? En todo caso, se derrama a consecuencia de un homicidio. ¡Oh Júpiter cristiano, único hijo [6] de su padre por la crueldad! 75 . Pero, tratándose de un infanticidio, poco importa si se comete por un motivo religioso o por capricho; aunque es bien otro el caso del parricidio, me voy a dirigir al pueblo; a los aquí presentes, ávidos de la sangre de los cristianos, incluso a vosotros mismos, jueces tan sumamente justos y severos, os pregunto: ¿A cuántos podría [7] yo acusar ante su conciencia de matar a sus hijos? Si bien es verdad que hay una diferencia en el género de muerte; pero seguramente es más cruel lo que hacéis: ahogarlos en el agua o abandonarlos al frío o al hambre y a los perros 76 . Un hombre adulto preferiría morir a espada.

[8] En cambio a nosotros nos está prohibido de una vez por todas el homicidio: no está permitido destruir a un no nacido mientras todavía la sangre se retira para formar un nuevo hombre. Es una anticipación de homicidio el impedir un nacimiento, y no hay diferencia entre arrebatar una vida nacida o impedir el nacimiento. Hombre es también el que va a serlo; también todo fruto está ya en la semilla 77 .

Acerca del alimentarse de sangre y de otras viandas trágicas 78 [9] de naturaleza semejante, leed: sin duda está relatado en alguna parte —en Heródoto, creo— que algunos pueblos cerraban los tratados después de sacarse sangre de los brazos y beberla recíprocamente 79 . Algo semejante a esto se degustó también en presencia de Catilina 80 . Dicen también que entre algunos pueblos escitas los difuntos son devorados por sus familiares 81 . Pero estoy alejándome mucho. Actualmente, [10] aquí, a quienes se consagran al culto de Belona se les da a beber la sangre que brota de una herida en el muslo, recogida en la palma de la mano 82 . ¿Y dónde están aquellos que bebieron con avidez, para curar la enfermedad comicial, la sangre reciente que manaba del cuello de los criminales degollados en la arena? 83 . ¿Y aquellos que cenan [11] la carne de las fieras de la arena? ¿Y los que buscan la de jabalí, y la de ciervo? Aquel jabalí se bañó en la sangre de aquel a quien despedazó luchando, aquel ciervo se revolcó en la sangre de un gladiador. Se buscan incluso los estómagos de los mismos osos que todavía no han digerido las vísceras humanas; el hombre se sacia de una carne que se ha alimentado de otro hombre. Quienes coméis esto ¿cuánto os [12] diferenciáis de los banquetes de los cristianos? ¿Acaso hacen menos quienes con ansia salvaje buscan los miembros humanos y los devoran vivos? ¿O están menos consagrados a la inmundicia de beber sangre humana porque beben lo que se convertirá en sangre? No comen niños, ciertamente, [13] sino más bien adultos. Que enrojezca de vergüenza vuestro error ante los cristianos, que ni siquiera tenemos entre las comidas permitidas la sangre de los animales, y que por esta causa nos abstenemos de los animales sofocados y también de los muertos de muerte natural, para no contaminarnos en absoluto de la sangre, ni aun de la que está como sepultada en las entrañas 84 .

[14] Finalmente, para torturar a los cristianos, les ponéis cerca embutidos rellenos de sangre, en la completa seguridad de que es ilícito para ellos, como un medio de provocar su extravío. En definitiva, ¿cómo es posible que creáis que unos hombres que miran con horror la sangre de un animal estén ávidos de sangre humana, si no es porque quizás habéis comprobado personalmente que ésta es más agradable? [15] También ésta debería presentarse como una prueba para reconocer a los cristianos, de igual modo que el hogar para el sacrificio y el cofre del incienso. Así se conocería a los cristianos por su avidez de sangre humana, de la misma manera que se les conoce porque se niegan a sacrificar; por el contrario, una forma de negar sería el no beberla, como lo sería el que inmolasen a los dioses. Y ciertamente no os faltaría sangre humana en el interrogatorio de los detenidos, ni al condenarlos. Y en cuanto a los incestuosos, ¿quiénes lo son [16] más que aquellos a los que el propio Júpiter adoctrinó? Ctesias dice que los persas se emparejaban con sus propias madres 85 y parece que también los macedonios, porque la primera vez que oyeron la tragedia de Edipo, burlándose del dolor producido por el incesto, decían: «Lánzate sobre tu madre» 86 .

Pensad ahora hasta qué punto vuestros errores han dado [17] paso a la existencia de incestos, ya que la disolución ha provocado ocasiones de lujuria. En primer término, abandonáis a vuestros hijos para que sean recogidos por cualquier extraño compasivo que salga al paso, o los emancipáis para que sean adoptados por unos padres mejores. Separados de su familia, es natural que llegue un momento en que la olviden, y, una vez que el error se haya introducido, se extenderá como un sarmiento de incesto, propagándose el crimen al mismo tiempo que la descendencia. Además, en todo lugar, [18] en la patria y fuera de ella, más allá de los mares, tenéis por compañera a la pasión, y sus impulsos incesantes, fácilmente, sin que se tenga conciencia de ello, pueden procrear hijos en cualquier lugar o de alguna pariente; de forma que la descendencia así esparcida coincida, por las relaciones establecidas entre los hombres, con sus propios familiares y —en su ignorancia— no los reconozca como de sangre incestuosa. A nosotros nos preserva de semejante situación una castidad [19] sumamente vigilante, pronta y fiel; y en la misma medida en que estamos a salvo del estupro y del adulterio lo estamos también de caer en el incesto. Algunos alejan con mucha más seguridad todo el ímpetu de este error por medio de una continencia virginal: ancianos que son como niños. [20] Si os fijaseis en que estos crímenes se dan entre vosotros, veríais que no se dan entre los cristianos. Los mismos ojos os harían ver las dos cosas. Pero las dos clases de ceguera fácilmente concurren: los que no ven las cosas que son creen ver las que no son. Así lo mostraré a lo largo de todo el discurso 87 . Ahora hablaré de los crímenes públicos.

[10 ] «A los dioses —decís— no les tributáis culto, y a los emperadores no les ofrecéis sacrificios». Se deduce que no ofrecemos sacrificios por otros por la misma razón por la que no los ofrecemos tampoco por nosotros mismos: es decir, que no damos culto a los dioses. Y por esto se nos persigue como a culpables de sacrilegio y de lesa majestad 88 . Ésta es la clave de la acusación, o más bien su totalidad, y, por cierto, sería digna de ser examinada si no actuaran como jueces la prevención o la injusticia, pues la una renuncia a la verdad y la otra la rechaza.

[2] A vuestros dioses hemos dejado de darles culto desde el momento en que sabemos que no son dioses. Así pues, lo único que debéis exigirnos es que probemos que no son tales dioses y que por tanto no hay que darles culto, porque se les debería dar culto únicamente en el caso de que fuesen dioses. Y así, se debería castigar a los cristianos únicamente si se demostrara que aquellos a quienes no dan culto, porque consideran que no son dioses, realmente lo son. «Pero para [3] nosotros —decís— son dioses». Apelamos y acudimos a vuestra conciencia; que ella nos juzgue y ella nos condene si puede decir que todos esos dioses vuestros no han sido hombres. Y si ella también lo niega 89 , será rebatida con sus [4] propias armas: los monumentos de la antigüedad, por los que llegó a conocerlos: ellos dan testimonio hasta el presente de las ciudades en que nacieron, las regiones en las que dejaron alguna huella de sus hazañas, e incluso del lugar en que se pueden ver sus tumbas 90 . ¿Será acaso preciso [5] recorrer ahora la lista de vuestros dioses, siendo tan numerosos y diversos: recientes y antiguos, bárbaros y griegos, romanos y peregrinos, cautivos y adoptivos, privados y públicos, varones y mujeres, rústicos y urbanos, marinos y guerreros? Es inútil hasta enumerar sus nombres; tomaré un [6] único ejemplo —como resumen— y esto no para hacéroslo saber sino para que recordéis (pues en verdad actuáis como si lo hubierais olvidado): no existe entre vosotros ningún dios anterior a Saturno; a él se remonta el origen de toda la divinidad o al menos lo mejor y más conocido de ella. Así pues, lo que se establezca acerca del padre podrá aplicarse también a su descendencia.

De Saturno, pues, si nos remitimos a la tradición literaria, [7] ni Diodoro el Griego, ni Talo, ni Casio Severo, ni Cornelio Nepote 91 , ni ningún otro escritor de la antigüedad han hablado nunca de él más que como hombre. Y si nos remitimos a las pruebas tomadas de la realidad, en ningún sitio las encuentro tan seguras como en la misma Italia, donde Saturno se estableció —después de sus muchas expediciones y después de haber sido recibido como huésped en el Ática—, [8] cuando lo recogió Jano, o Janis, como dicen los salios 92 . El monte donde habitó se llama Saturnio 93 ; la ciudad cuyo recinto trazó se llama hasta hoy Saturnia; y, en fin, toda Italia, después de llamarse Enotria, recibió el sobrenombre de Saturnia 94 . Él fue el primero que utilizó tablillas y monedas con efigie grabada, y por esta razón está a su cargo la protección [9] del erario 95 . Y si Saturno es un hombre, necesariamente procede de otro hombre; y si procede de un hombre, no es posible que proceda del Cielo y de la Tierra sino que, al no conocerse sus padres, fácilmente pudo decirse que era hijo de quienes todos podemos parecerlo; pues, ¿quién no llamará al cielo y a la tierra «padre» y «madre» en señal de veneración y respeto? ¿O no es también costumbre decir que los desconocidos o los que aparecen inesperadamente han caído del cielo? De ahí que a Saturno, que aparece inesperadamente [10] en todas partes, le cupo en suerte llamarse «Celeste»; y además, «hijos de la tierra» llama el vulgo a quienes son de origen desconocido. No voy a decir que entonces los hombres eran tan rudos que se dejaban impresionar por la presencia de cualquier hombre desconocido como si fuera una aparición divina, porque veo que todavía hay hombres ya civilizados que consagran como dioses a quienes pocos días antes consideraron muertos y sepultaron en medio de un duelo general. Ya es suficiente en lo que respecta [11] a Saturno aunque haya dicho poco. Haremos ver que también Júpiter es hombre e hijo de hombre, y después, que todo su linaje es mortal, semejante a su progenitor.

Como no osáis decir que aquéllos no fueron hombres, y [11 ] habéis decidido afirmar que se convirtieron en dioses después de su muerte, vamos por eso a examinar las causas que han dado lugar a esto.

En principio, es preciso que admitáis la existencia de algún [2] Dios supremo y en cierto modo propietario de la divinidad, que haya podido convertir a los hombres en dioses; pues ni ellos hubieran podido darse a sí mismos una divinidad que no tenían, ni otro hubiera podido concederla a quienes no la tenían, si no la poseía antes de por sí. Por otra parte, [3] si no hay nadie que pudiera transformarlos en dioses, es vana vuestra pretensión de que se han transformado en dioses, si suprimís al causante de la transformación. Está claro además que, si ellos mismos hubieran podido hacerse dioses, nunca hubieran sido hombres, estando en su mano la facultad de procurarse mejor condición.

Supongamos que existe alguien capaz de hacer dioses: [4] me pongo a examinar las razones que le moverían a transformar a los hombres en dioses y no encuentro ninguna, a no ser que aquel gran Dios haya sentido la necesidad de ministros y auxiliares para ejecutar las tareas divinas. En primer término, es impropio de la divinidad necesitar la ayuda de alguien, por añadidura de un muerto, cuando sería mucho más adecuado que hubiese hecho desde el principio algún dios, puesto que iba a necesitar después la ayuda de un muerto. [5] Pero tampoco veo la necesidad de esta ayuda, pues todo el conjunto de este mundo, ya sea eterno e increado — como dice Pitágoras—, ya sea nacido y hecho —como dice Platón— en su mismo principio y de una vez para siempre, aparece organizado, armónicamente ordenado y gobernado racionalmente 96 . No puede ser un principio imperfecto el [6] que lo realizó todo con perfección. Para nada necesitaba a Saturno y a la raza saturnia. Insensatos serían los hombres si no tuvieran la seguridad de que desde el principio las lluvias han caído del cielo, y los astros han brillado, y las luces del cielo han iluminado, y los truenos han resonado; y de que el mismo Júpiter ha tenido miedo a los rayos que ponéis en su mano. Y del mismo modo, se sabe que la tierra ha producido en abundancia todos los frutos antes de que existieran Líber, Ceres y Minerva 97 ; más aún, antes de que existiera el primer hombre, porque nada de lo que mira a la conservación y sostenimiento del hombre ha podido aparecer después que el hombre.

[7] Y por último, dicen que lo necesario para esta vida lo han descubierto, no lo han hecho; pero lo que se descubre, existía ya; y lo que existía no se atribuye a quien lo descubrío sino a quien lo hizo, pues existía antes de ser descubierto. Por lo demás, si Líber es dios porque dio a conocer [8] la vid, se ha obrado injustamente con Luculo —el primero que llevó a los romanos las cerezas del Ponto y extendió su conocimiento por Italia 98 — ya que no se le ha consagrado como autor del nuevo fruto siendo su difusor. En consecuencia, [9] si desde el principio el universo se ha mantenido y está organizado y provisto de normas seguras para el desempeño de sus funciones, por lo que a ello respecta no existe motivo para elevar a los hombres a la dignidad de dioses, puesto que los oficios y poderes que les habíais asignado, existían desde el principio, del mismo modo que hubieran existido aunque no hubierais inventado esos dioses.

Pero atendéis a otro motivo cuando alegáis como causa [10] de la divinización el premio a los méritos. Venís a admitir, supongo, que este Dios deífico será sumamente justo y por tanto no habrá otorgado tan gran premio sin causa fundada, ni inmerecidamente, ni con excesiva prodigalidad. Quiero, [11] pues, examinar estos méritos para ver si son de tal naturaleza que los eleven al cielo en lugar de hundirlos en lo más profundo del Tártaro, lugar que —cuando os parece— consideráis como cárcel de los suplicios infernales. Pues allí se [12] suele destinar a los impíos para con sus padres, a los incestuosos con sus hermanas, a los adúlteros, a los raptores de doncellas y corruptores de niños, a los violentos y a los homicidas, a los que roban y a los que defraudan y a todos los que se asemejan a algún dios vuestro, porque no podríais probar que alguno de ellos está libre de crímenes o de vicios, [13] a no ser que le neguéis la condición de hombre. Pero, como no podéis decir que no fueron hombres, ahí están estas características que no permiten creer que después hayan sido hechos dioses. Si vosotros tenéis tribunales para castigar a quienes hacen algo semejante, si todos los que sois honrados evitáis el contacto, la conversación, el trato con los malvados e infames, ¿a hombres semejantes a éstos los ha admitido aquel Dios como consortes de su majestad? ¿Por [14] qué, pues, condenáis a unos y adoráis a sus colegas? Vuestra justicia es un ultraje para el cielo. Convertís en dioses a los peores delincuentes para agradar a vuestros dioses; ¡Para ellos es un honor la consagración de sus semejantes!

[15] Pero dejemos a un lado esta indignidad y admitamos que hubieran sido honrados, íntegros y buenos. ¡A cuántos mejores que ellos habéis lanzado a los infiernos! A Sócrates, insigne por su sabiduría; a Aristides por su justicia; a Temístocles, por sus hazañas militares; a Alejandro por su grandeza de espíritu; a Polícrates, por su buena fortuna; a [16] Creso por su riqueza; a Demóstenes, por su elocuencia. ¿Cuál de aquellos dioses vuestros es más grave y prudente que Catón, más justo y mejor soldado que Escipión? ¿Quién más grande que Pompeyo, más afortunado que Sila, más rico que Craso, más elocuente que Tulio? 99 . ¡Cuánto más conveniente hubiera sido que aquel Dios hubiera elegido a éstos para asociarlos a su divinidad, más aún conociendo de antemano a los mejores! Se precipitó, según parece, y cerró el cielo de una vez para siempre, y ahora se avergüenza de que los que son ciertamente mejores estén murmurando en los infiernos.

Basta ya de esto. Sé que, apoyándome exclusivamente [12 ] en la verdad, llegaré a demostrar qué es lo que no son vuestros dioses cuando haya puesto de manifiesto lo que son. En lo que respecta a vuestros dioses, únicamente veo los nombres de algunos muertos hace ya tiempo, y oigo leyendas, y conozco las ceremonias a través de las leyendas. Y en lo [2] que respecta a las imágenes mismas, no percibo nada más que su material, hermano del de las vasijas e instrumentos de uso común, o ese mismo material de vasijas y utensilios, que ha cambiado, por así decir, su destino por medio de una consagración, gracias al arte que lo transfigura, actividad de por sí ultrajante y sacrílega 100 ; en realidad, para nosotros, que somos perseguidos por causa de esos mismos dioses, resulta un alivio de nuestros sufrimientos el hecho de que ellos también los soportan hasta que se convierten en dioses.

En cruces y maderos claváis a los cristianos; ¿Qué imagen [3] no se ha formado de barro aplicado a una cruz y a un madero? En un patíbulo son consagrados por primera vez los cuerpos de vuestros dioses. Con garfios herís las espaldas [4] de los cristianos; pero sobre todos los miembros de vuestros dioses se aplican con mayor energía hachas, cepillos y escofinas. Se nos corta la cabeza; antes del emplomado, del encolado, y de los clavos, están sin cabeza vuestros dioses. Se nos echa a las fieras: por cierto, las mismas que uncís al carro de Líber, Cibeles y Celeste 101 . Se nos entrega a las llamas; [5] también a ellos en su primitivo material. Se nos condena a las minas: de ahí han salido vuestros dioses. Se nos destierra a las islas: también suelen algunos de vuestros dioses nacer o morir en ellas 102 . Si a través de esto se adquiere de algún modo la divinidad, resulta que quienes reciben un castigo son consagrados como dioses y que habrá que llamar [6] apoteosis a los tormentos. Pero la verdad es que vuestros dioses no perciben estas ofensas y afrentas que proceden de su manufactura, como tampoco perciben los homenajes. ¡Oh voces impías! ¡Oh injurias sacrílegas! ¡Rechinad los dientes! ¡Echad espumarajos! Sois, sin embargo, los mismos que aplaudís a un Séneca que, con palabras amargas, habla detenidamente de vuestra superstición 103 .

[7] Así pues, si no adoramos unas estatuas y retratos fríos, semejantes a vuestros muertos —bien las reconocen los milanos y los ratones y las arañas—, ¿acaso no merecía alabanza en vez de castigo el hecho de rechazar un error reconocido? ¿Puede, en cambio, parecer a alguien que ofendemos a unos seres de cuya inexistencia estamos seguros? Lo que no existe no sufre nada de nadie, precisamente porque no existe.

[13 ] «Pero para nosotros son dioses», dices. ¿Y cómo es que pecáis de impíos, sacrílegos e irreligiosos para con vuestros dioses? Os despreocupáis de ellos mientras afirmáis que existen, los destruís mientras los teméis, e incluso os burláis de ellos mientras los reivindicáis.

[2] Mirad a ver si miento. En primer término: como cada uno de vosotros honra a unos distintos, es seguro que a los que no honráis los ofendéis; no puede darse preferencia a uno sin afrentar a otro, porque no hay elección sin rechazo 104 . Así es que despreciáis a los que rechazáis y no teméis [3] ofenderlos al rechazarlos. Pues, como arriba hemos apuntado, el reconocimiento de un dios dependía en cada caso del reconocimiento por parte del senado. No era dios aquél a quien hubiese negado su voto el hombre y, mediante su voto en contra, lo hubiera condenado.

A los dioses domésticos, a quienes llamáis lares, los sometéis [4] a la autoridad doméstica empeñando, vendiendo, cambiando a Saturno por una cacerola; otras veces, a Minerva por un cazo; según que uno esté roto y maltrecho del excesivo uso, o según se sienta una necesidad doméstica, como si fuera una divinidad más santa. A los dioses oficiales [5] igualmente los envilecéis por el derecho público de subasta, como si se tratara de una recaudación de contribuciones. Así, se va al Capitolio como al foro de las legumbres: la misma voz del pregonero, la misma pica clavada, la misma anotación del cuestor, y la divinidad en subasta es adjudicada 105 .

Los campos sometidos a renta se deprecian; los hombres [6] a quienes se grava con el impuesto de la capitación 106 pierden categoría, pues esto es indicio de cautividad; y en cambio los dioses cuanto más tributan son más santos; en una palabra: cuanto más santos, más tributan. La grandeza divina se ha prostituido; la religión, mendiga, anda recorriendo tabernas 107 ; exigís un pago por pisar un templo, por entrar en lugar sagrado. No está permitido tratar a los dioses de balde 108 , están en venta.

[7] ¿Qué hacéis en su honor que no tributéis también a vuestros muertos? Templos, como a ellos; aras, como a ellos; el mismo aspecto y los mismos atributos en las estatuas. Según la edad, los conocimientos, la actividad del muerto, así los del dios. ¿En qué se diferencia un banquete fúnebre, del festín de Júpiter 109 ; una copa de libaciones fúnebres, de las que sirven para las libaciones sacrificiales; un embalsamador, de un arúspice? Pues también el arúspice asiste a los muertos. Es natural que decretéis honores divinos a los emperadores muertos, puesto que se los tributáis en vida. Lo aceptarán vuestros dioses; más aún, se congratularán de que sus dueños [9] se igualen a ellos. Pero, cuando adoráis a Larentina, ramera pública, (¡si fuera al menos Lais o Friné!) 110 entre las Junos, Ceres, y Dianas; cuando dedicáis una estatua a Simón el Mago con la inscripción: «al dios santo» 111 ; cuando a no sé qué adolescentes áulicos los hacéis formar parte del consejo de los dioses 112 ; aunque no son más dignos vuestros dioses antiguos, no obstante os imputarán como ofensa el que se haya concedido también a otros un honor que la antigüedad les había atribuido sólo a ellos.

Quiero también pasar revista a vuestros ritos. No voy a [14 ] hablar de cómo os portáis al ofrecer víctimas: cuando sacrificáis todo lo macilento, corrompido y sarnoso; cuando de los animales bien alimentados y sanos separáis los desechos que no sirven para nada, las cabezas y las pezuñas —lo que también en casa hubierais destinado a los esclavos o a los perros—; cuando de los diezmos de Hércules no ponéis sobre su ara ni la tercera parte 113 . Más bien alabo vuestra sabiduría por salvar algo de lo que se hubiera perdido. Pero, [2] volviéndome a vuestras letras, por medio de las que se os educa en la prudencia y en las artes liberales, ¡cuántas ridiculeces encuentro! Que los dioses por culpa de los troyanos y aqueos se han enfrentado en combate como si fueran parejas de gladiadores, que Venus fue herida por flecha humana al querer salvar a su hijo Eneas, casi muerto a manos del mismo Diomedes 114 . Que Marte pasó casi trece meses encerrado [3] a punto de morir 115 ; que Júpiter fue librado por un monstruo de sufrir la misma violencia por parte de los restantes dioses celestes 116 , y llora unas veces la suerte de Sarpedón 117 , otras —vergonzosamente enamorado de su hermana— le menciona sus antiguas amantes, a las que no quiso tanto como a ella 118 .

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