Czytaj książkę: «Cartas»

Czcionka:

BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 205

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL.

Según las normas de la B. C. G., la traducción de esta obra ha sido revisada por CONCEPCIÓN SERRANO AYBAR.

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1995.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO306

ISBN 9788424932350.

CARTAS


INTRODUCCIÓN

1.Breve recorrido por la epistolografía cristiana griega hasta Sinesio

En estas líneas nos limitaremos a repasar exclusivamente la producción cristiana griega en este género hasta enlazar con la figura de Sinesio, cuyo epistolario se convierte en un claro espejo donde vemos reflejadas sus inquietudes, privadas y oficiales (como en la correspondencia, sin ir más lejos, del emperador Juliano), la geografía y la historia de su entorno, las creencias filosóficas del neoplatónico y las religiosas del obispo, y muchas cosas más.

Debemos comenzar, en este campo que hemos deslindado, a partir de las cartas neotestamentarias: las trece paulinas (con inclusión de la dirigida a Tito y de las dos a Timoteo), la Epístola a los Hebreos y las siete llamadas «católicas» o «canónicas» (una de Santiago, dos de Pedro, tres de Juan y una de Judas). Contamos, luego, con las obras de este género (auténticas o atribuidas) de los Padres Apostólicos (Clemente, Ignacio, Bernabé y Policarpo) y, ya en el siglo IV, con las de Serapión, las de los grandes capadocios (Basilio y los dos Gregorios), Eusebio de Cesarea y Juan Crisóstomo1. Es la retórica aticista la que prima en toda esta producción y seguirá prevaleciendo posteriormente.

Así, y pasando por alto aquellos otros de cuyas cartas no conservamos nada o casi nada, llegamos a la ingente recopilación (de más de dos mil) de Isidoro de Pelusio y a los corpora, muy similares en número, de Sinesio y Teodoreto de Cirro (o Ciro), este último discípulo del pagano Libanio2, como también lo eran Teodoro de Mopsuestia y los ya mencionados Basilio el Grande, Juan Crisóstomo y Gregorio de Nacianzo, quien fue, por cierto, según parece, «el primer autor griego que publicó una colección de sus propias cartas»3.

2.El corpus sinesiano

«L’epistolario è certamente l’opera più suggestiva di Sinesio: per la varietà, l’immediatezza, l’eleganza»4. Estas palabras de A. Garzya, extraordinario conocedor y editor de la obra sinesiana, revelan bien a las claras la importancia de las ciento cincuenta y seis piezas5 de esta colección que nos ocupa.

No hace falta insistir en que el epistolario encierra un tesoro inapreciable de datos sobre la propia personalidad del obispo, sobre sus concepciones en materia de filosofía y religión, sobre las circunstancias históricas del Bajo Imperio y, en particular, de la Pentápolis líbica; en una palabra, sobre su vida.

Más de cuarenta son los destinatarios6; el más frecuente, su hermano y, diríamos, amigo íntimo, Evoptio. Casi las dos terceras partes del corpus tocan temas privados (la 56 y la 136, por ejemplo, son un reflejo de la decepción que le causó Atenas), aunque sus líneas de carácter particular se transforman a veces en una verdadera «carta abierta», como en el caso del riquísimo testimonio contenido en la 105, donde Sinesio expone con absoluta sinceridad su postura ante la elevación al episcopado (y cf. C. 11). Un número considerable de epístolas (41, 78, 122, 130, etc.) se reserva o alude a la transcendente cuestión de la lucha contra los bárbaros y otras a los asuntos eclesiásticos, incluidas entre ellos la primera excomunión formal de la historia de la iglesia (la del praeses Andronico en las Cartas 41 y 42) o sus palabras contra la herejía eunomiana o arriana (en la 4, 66 y 128). A todas éstas se añaden las que contienen variados y curiosos cuadros de la realidad cotidiana.

Su correspondencia se extiende desde la última década del siglo IV hasta el año presumible de su muerte, el 413. Es evidente que no fue nuestro autor el encargado de publicar sus cartas. Sólo la intervención de un editor póstumo7 explica ciertas incoherencias8 y la falta de un orden cronológico o de otro tipo9. Este editor sólo se habría preocupado de «respecter la version authentique»10, seleccionando de entre una colección más amplia11, recogida quizá dentro de ese diario privado que menciona el propio Sinesio12.

3.Su influencia

De la admiración que la posteridad sintió por «el encanto de sus cartas»13 hemos hablado en otro lugar. Por su estilo ático característico, por sus cualidades intelectuales y espirituales Sinesio se convirtió en una verdadera autoridad y, así, en época bizantina y postbizantina su obra y, en especial, su epistolario constituye todo un «best seller»14. Pruebas irrefutables de ello son el gran número de manuscritos15 conservados (doscientos sesenta y uno) y las abundantísimas citas de las Cartas que pueden leerse en más de cincuenta autores desde el siglo V al XVI. Nos limitaremos a nombrar a Juan Filópono, Hierocles, Páladas, Pablo Silenciario (estos dos últimos en la Antología Palatina), Proclo, Esteban de Bizancio, Nicetas Magistro, Teofilacto, Miguel Pselo (quien escribió, por cierto, más de quinientas cartas), Eustacio de Tesalónica, Miguel Itálico, Eustacio Macrembolites, Teodoro Pródromo, Juan Tzetzes, Nicéforo Grégoras, Jorge Lacapeno, Teodoro Metoquites y Tomás Magistro, entre otros muchos16. También es importante su presencia en la lexicografía (Hesiquio, Suidas, Etymologicum magnum, Zonaras, etc.) y, luego, en los humanistas, como Poliziano, Erasmo y Rabelais17.

Podríamos detenernos aún en los numerosos escolios existentes, históricos, geográficos, gramaticales, etc. (publicados por A. Garzya18), las glosas, las paráfrasis o los comentarios, testimonios seguros todos ellos de su influencia.

4.El texto de nuestra versión

Hemos seguido la edición (y la numeración de líneas) de A. GARZYA, Opere di Sinesio di Cirene. Epistole, Operette, Inni (Turín, 1989)19, que para las Cartas reproduce el texto de A. GARZYA, Synesii Cyrenensis Epistolae (Roma, 1979), cuyo aparato crítico manejamos. Traducimos también las indicaciones de lugar y fecha que, por lo general, encabezan las cartas.


BIBLIOGRAFÍA *

N. AUJOULAT, «De la phantasia et du pneuma stoiciens au corps lumineux néo-platonicien (Synésios de Cyrène et Hiéroclès d’Alexandrie)», Pallas 34 (1988), 123-146.

A. DI BERARDINO (ed.), Patrologia (— Patrología III. La edad de oro de la literatura patrística latina, trad. J. M. GUIRAU, Madrid, 1986).

— , Dizionario Patristico e di Antichità cristiane (= Diccionario Patrístico y de la Antigüedad cristiana, trad. esp. A. ORTIZ GARCÍA-J. M. GUIRAU, vol. II, Salamanca, 1992).

G. BERETTA, Ipazia d’Alessandria, Milán, 1993.

J. BREGMAN, «Synesius of Cyrene: ‘philosopher’-bishop?», Ancient Philosophy 10 (1990), 339-342.

A. CAMERON, J. LONG y L. SHERRY, «Textual notes on Synesius’ De Providentia», Byzantion 58 (1988), 54-64.

G. CAPUTO, «Sinesio di Cirene tra Costantinopoli e i Libii», Quaderni di Archeologia della Libia 12 (1987), 523-528.

E. CAVALCANTI, «Studi Eunomiani», Orientalia Christiana Analecta 202 (1976), 106-128.

M. CECCON, «Intorno ad alcuni passi dell’Inno I di Sinesio», Civiltà classica e cristiana 11 (1990), 295-313.

J. COMAN, «Synésius de Cyrène fut-il un convertit veritable?», Augustinianum 27 (1987), 237-245.

D. A. CHRISTIDIS, «Varia Graeca I», Hellenica 38 (1987), 283-295.

C. GARCÍA GUAL, «El asesinato de Hipatia. Una interpretación feminista y una ficción romántica», Claves de razón práctica 41 (1994), 61-64.

F. A. GARCÍA ROMERO, «Retórica, filosofía y sofística. Un debate muy actual en los primeros siglos de la era», Actas del Primer encuentro Interdisciplinar sobre Retórica, Texto y Comunicación, vol. 1, Cádiz, 1994, 68-71.

— , «El episcopado en los siglos IV y V. El ejemplo de Sinesio», Actas del III Congreso Andaluz de Estudios Clásicos, Sevilla, 1994 (en prensa).

A. GARZYA, «Problèmes textuels dans la correspondance de Synésios», Byzantine Studies/Études byzantines 5 (1978), 215-218 (= Essays… I. Dujčev, 125-136).

— , «L’epistolografia letteraria tardoantica» (= 11 mandarino e il quotidiano. Saggi sulla letteratura tardoantica e bizantina [«Saggi Bibliopolis» XIV], Nápoles, 1985, 135 ss.).

J. GRUBER-H. STROHM, Synesios von Kyrene. Hymnen (Bibl. der Klass. Altertumswiss. 2, 82), Heidelberg, 1991.

G. Ch. HANSEN, Reseña de A. GARZYA, Synesii Cyrenensis Epistolae (Roma, 1979), en Byz. Zeitschr. 79 (1986), 347-348.

P. J. HEATHER, «The anti-Scythian tirade of Synesius’ De Regno », Phoenix 42 (1988), 152-172.

Ch. LACOMBRADE, «Encore la Lettre IV (V) de Synésios et sa nouvelle lune», Rev. Étud. Grec. 91 (1978), 564-567.

— , «Retour à Synésios de Cyrène. A propos d’un livre récent», Koinonia 9 (1985), 75-79.

— , «Le Dion de Synésios de Cyrène et ses quatre sages barbares», Koinonia 12 (1988), 17-26.

E. LAMIRANDE, «Hypatie, Synésios et la fin des dieux: l’histoire et la fiction», Studies in Religion (Sciences Religieuses) 18 (1989), 467-489.

J. W. LIEBESCHÜETZ, «The identity of Typhos in Synesius’ De Providentia », Latomus 46 (1987), 419-431.

J. O’CALLAGHAN, Cartas cristianas griegas del siglo v (Biblioteca histórica de la Biblioteca Balmes; serie II, vol. XXV), Barcelona, 1963.

F. PREISIGKE, Wörterbuch der Griechischen Papyrusurkunden mit Einschluss der Griechischen Inschriften, Aufschriften, Ostraka, Mumienschilder usw., aus Ägypten III, Berlín, 1931.

H. RAHN, «Literatur und Leben: literaturmorphologische Bemerkungen zu Synesios von Kyrene und seinem Dion », en H. EISENBERGER (ed.), Festschr. H. Horner… (Bibl. der Klass. Altertumswiss. 2, 79), Heidelberg, 1990, págs. 231-255.

E. A. RAMOS JURADO, «Paideia griega y fe cristiana en Sinesio de Cirene», Habis 23 (1992), 247-261.

— , Reseña de A. GARZYA, Opere di Sinesio di Cirene. Epistole, Operette, Inni (Turín, 1989), en ibid. 359-360.

B.-A. ROOS, Synesius of Cyrene. A study in hispersonality, Lund, 1991.

D. ROQUES, Études sur la correspondance de Synésios de Cyrène, Bruselas, 1989.

D. T. RUNIA, «Repetitions in the Letters of Synesius», Antichthon 13 (1979), 103-109.

— , Reseña de A. GARZYA, Synesii Cyrenensis Epistolae (Roma, 1979), en Vigiliae Christianae 40 (1986), 89-90.


1 Habría que añadir las apócrifas que conservamos: la Carta de los Apóstoles (s. II d. C.), la III a los Corintios (anterior al s. III), la Carta a los Laodicenses (anterior al s. IV) y la llamada Carta de Tito. No poseemos los originales griegos (aunque tampoco pueden asegurarse en todos los casos). La correspondencia entre Pablo y Séneca incluye ocho cartas de este último y seis del apóstol en respuesta, que fueron escritas en latín en el s. III o antes.

2 De quien conservamos, por cierto, más de mil seiscientas cartas.

3 Cf. QUASTEN, Patrología II, pág. 273. Incluso propone, en sus Cartas 51 y 54, cuatro características exigibles: brevedad, claridad, gracia y simplicidad.

4 Ed. GARZYA, 1989, pág. 13.

5 El mismo número para Migne, pero ciento cincuenta y nueve en la edición de Hercher, por incluir éste al final tres cartas apócrifas (aunque TERZAGHI defendía la autenticidad de la 159 en «L’Epistola 159 di Sinesio», Rendiconti Acc. Lincei 26 [1917], 624-633).

6 Cf. Índice I de destinatarios de las Cartas. Las cartas remitidas a Hipatia nos muestran a un Sinesio muy nostálgico de su etapa de estudios alejandrina y de las enseñanzas y compañía de su veneradísima maestra. Hipatia prácticamente aparece ya con esa aura legendaria, casi divina (cf., por ejemplo, C. 10, 11: «… tu alma divinísima…»), que la nimbará a partir del epigrama atribuido a Páladas [Antología Palatina IX 400; cf. RIST, «Hypatia», Phoenix 19 (1965), 214-225; y ed. GARZYA, 1989, pág. 9, n. 2] y, ya en los siglos XIX y XX, en Ch. KINGSLEY (Hypatia or New Foes with an Old Face), W. A. MEYER (Hypatia von Alexandria) y M. Luzzi (Libro di Ipazia). Contamos, además, con el reciente y original estudio de G. BERETTA, Ipazia d’Alessandria, Milán, 1993. No nos resistimos a incluir aquí unos brevísimos fragmentos del poema titulado La muerte de Hipatia de E. FERRARI (tomados de La ilustración española y americana, año XXXIII, núm. 1, Madrid, 8 de enero de 1889, págs. 11 y 14):

Entre aquel bullicioso clamoreo

De franca admiración que por doquiera

Resonando de Hipatia en la carrera

Síguela hasta las puertas del Museo…

Ven con ira y terror cómo á la magia

De aquella voz divina,

Eco de un mundo cuyo fin presagia,

La veleidosa turba alejandrina…

En tanto, grave, como nunca bella,

Ya en el lugar acostumbrado ocupa

Puesto eminente la gentil doncella,

Mientras en torno de ella

El haz de sus discípulos se agrupa…

También Castelar elogió a Hipatia en sus grandiosos discursos en el Ateneo.

7 «L’exécuter testamentaire de l’évèque», escribe LACOMBRADE (ed. Himnos, pág. XLIV). Cf. SEECK, «Studien zu Synesios», Philologus 52 (1893), 442-483.

8 Cf. Cartas 41, 63, 64, 82, 84-86, 119.

9 Sólo en las Cartas 137-146, dirigidas a Herculiano, observamos un cierto orden.

10 Cf. LACOMBRADE, loe. cit.

11 Cf. QUASTEN, Patrología II, pág. 120.

12 Las ephemerídes de la Carta 5, 259 y del tratado Sobre los sueños 153 a. Para la existencia de variantes de autor, cf. ed. GARZYA, 1989, pág. 60, n. 2.

13 Cf. nuestra Introducción general (II. SINESIO Y LA POSTERIDAD) en el tomo SINESIO DE CIRENE, Himnos. Tratados, Madrid, BCG, 1993.

14 Como se lo califica en ed. GARZYA, 1989, pág. 60.

15 Un completísimo estudio sobre el texto, códices y ediciones puede encontrarse en A. GARZYA, Synesii Cyrenensis, Epistolae, Roma, 1979. Hemos hecho un resumen en nuestra Introducción general (III.1.c) Cartas) en el tomo citado de la BCG.

16 Para un registro detallado de obras y autores, cf. A. GARZYA, ibid., págs. 319-330 (Index auctorum, qui Synesii Epistolas laudaverunt).

17 POLIZIANO, Cartas VI 50; ERASMO, Adagios 1599; RABELAIS, Pantagruel IV 32 (en SINESIO, Cartas 1, 15 s.; 3, 22).

18 Cf. ed. GARZYA, 1989, pág. 63, nn. 2-4.

19 Incluimos en la bibliografía la reciente edición (con traducción y comentario) de los Himnos (1991) de GRUBER y STROHM (Reseñas: J. G. MONTES CALA, Emerita 62 (1994), 359-361; F. A. GARCÍA ROMERO, Habis 26 (1995), 331-333).


* Ampliación de la que se incluye en el tomo SINESIO DE CIRENE, Himnos. Tratados, Madrid, BCG, 1993.

1

A NICANDRO

Desde Cirene a Constantinopla

Como a hijos engendré yo mis libros1: unos nacieron de la venerabilísima filosofía y de la que habita en el mismo templo que ella, la poesía2; otros, de la retórica popular3. Pero cualquiera podría reconocer que todos tienen un solo padre, que unas veces se inclina a lo serio y, otras, a lo placentero. A qué grupo pertenece el presente libro4 lo revelará [5] su argumento. Por mi parte goza de un cariño tan especial que con muchísimo gusto lo incluiría en lo filosófico y lo aceptaría entre mis legítimos descendientes. Pero esto se niegan a permitirlo incluso las leyes del estado, pues son [10] acérrimas protectoras de la nobleza de nacimiento. Posee, aun así, todas las ventajas que yo haya podido concederle a escondidas y le he aportado mucho de seriedad.

Pues bien, si te parece, dales a conocer el libro a los griegos y, en el caso de que voten en su contra, devuélvelo al [15] remitente. Pues aseguran que las monas, cuando han parido, fijan la vista en sus crías como en estatuas, admiradas de su hermosura —tan amantes de sus hijos son por naturaleza—, mientras que a las crías de las demás las ven como lo que son, monitos5. A otros, entonces, se les debe encomendar el que enjuicien nuestras producciones, pues la benevolencia tiene una prodigiosa capacidad para amañar los votos6. Por [20] eso, Lisipo le enseñaba a Apeles7 sus obras y Apeles a Lisipo.

2

A JUAN8

La mayor liberación de los temores consiste en temer las leyes; tú, sin embargo, siempre te has avergonzado de parecer temeroso de ellas. En consecuencia, ten miedo de tus enemigos y, junto con ellos, de los jueces, siempre que éstos no obren furtivamente9. Y, aun cuando así obren, deberás mostrarte no menos precavido, no vayas a ser tú el que más pague; [5] pues resulta que están defendiendo las leyes incluso cuando aceptan a los corruptores10.

3

A SU HERMANO EVOPTIO11

Dos días después del entierro de Esquines vino por primera vez su sobrina a visitar la tumba —pues no es costumbre, creo, que las novias ya prometidas salgan para un funeral12—, pero, incluso en esa ocasión, con un vestido púrpura, una mantellina transparente y adornos de oro y piedras preciosas que colgaban alrededor, a fin de no constituir [5] un fatídico presagio para su prometido. Pues bien, sentada en una silla de manos con cojines a uno y otro lado para apoyar la cabeza y, según dicen, patas plateadas, no hacía sino quejarse de la inoportunidad de aquel azar, con la idea fija de que aquél debería haberse muerto o antes aún o ya después de su boda, y se enojaba con nosotros por la desgracia que sufríamos. Así que esperó apenas una semana, [10] hasta el día en que celebramos el banquete fúnebre13, se montó con esa vieja chicharra, nodriza suya, en un carro tirado por mulos y, a media mañana14, marchó pomposa con todos sus atavíos en dirección a Teuquira15 con la intención, sin duda, de venir de regreso una semana después [15] cubierta con cintas y una corona mural, como Cíbele16.

Y no es que estas cosas nos ofendan, salvo el hecho muy claro de que tenemos unos parientes demasiados faltos de tacto. El ofendido es Harmonio, el padre del «guardián de la puerta», como diría Safo17, un hombre que fue, por lo [20] demás, sensato y modesto en su vida, pero sin dejar nunca de competir en nobleza con Cécrope18. A la nieta de aquél, un varón, como él era, superior a Cécrope, la entregó Herodes, tío y guardián suyo, a Sosias y Tibios19, a menos que no tengan razón quienes nos encarecen al novio con respecto a su filiación materna, asignándole una genealogía proveniente de la famosa Lais. Lais —ya lo refirió un historiador20— era [25] una esclava hicaria comprada en Sicilia y de ella descendía esa madre de bellos hijos21, la progenitora de nuestro celebrado novio. Ella, tiempo atrás, fue concubina de un armador, que era su amo; luego de un rétor, también amo suyo; en tercer lugar, después de éstos, de un compañero de esclavitud, tanto a escondidas de la ciudad, como, posteriormente, [30] coram populo, y fue una eminencia en ese arte. Cuando por culpa de sus fofas arrugas dejó el oficio, instruía a las jóvenes y se las presentaba, en vez de sí misma, a los forasteros. Su hijo, en efecto, el orador, asegura que está exento de la imposición legal de mantener a su madre prostituta como es. ¡Déjate de leyes! Que para quienes han nacido así la madre está a la vista; es el otro progenitor el que se presta a discusión. Por eso, todo aquello a lo que [35] para con ambos están obligados los nacidos legítimamente, se lo deberían hacer llegar a sus madres los hijos sin padre conocido.

4

A LOS SACERDOTES

A los sacerdotes de la Pentápolis. Desde Ptolemaida. Contemporánea de la C. 44

«Mejor es confiar en el Señor que confiar en un hombre»22. Oigo decir23, sin embargo, que los secuaces de la impiadosísima herejía de Eunomio, poniendo por delante a uno de nombre Quintiano y ese valimiento en la corte24 que [5] ellos tanto repiten, están de nuevo amancillando a la Iglesia y que algunos falsos maestros25 les están tendiendo un lazo a las almas de los demasiado inocentes: para inducirlos a esto mismo han arribado hace poco los emisarios de Quintiano. Su litigación, en efecto, no es sino un disfraz de su impiedad, o, más bien, una lucha en pro de la impiedad. Así que, estos presbíteros espurios, recién llegados apóstoles [10] que son del diablo y de Quintiano, no vayan a saltar, sin darnos cuenta, sobre el rebaño que pastoreáis ni, sin daros cuenta, vayan a sembrar cizaña en medio del trigo26. A la vista de todos están sus guaridas. Sabéis qué campos podrían acogerlos. Sabéis qué casas tienen abiertas estos bandidos. Perseguid a estos ladrones husmeando su rastro, sed celosos [15] de esa bendición mosaica27 con la que fueron bendecidos los hombres que movieron su corazón y sus brazos para avanzar en formación contra los impíos. Conviene, hermanos, que os diga esto: que lo bueno se haga bien, que se suprima la rivalidad por el lucro, que de todo lo que se emprenda sea Dios el motivo. No deben ser los mismos los cimientos de la [20] virtud y el vicio. En pos de la piedad es la carrera, por las almas28 hay que luchar, para que de ninguna sea despojada la Iglesia, cosa ésta que ya se ha hecho costumbre. El que, estando al frente de la Iglesia, engrose su bolsillo y el que, bajo la apariencia de ser útil en situaciones que exigen medidas drásticas, se procure valimientos, ése es al que [25] nosotros expulsamos de la comunidad cristiana. No hizo Dios imperfecta la virtud. No necesita ella aliarse con el vicio. A Dios no le faltarán soldados idóneos para las iglesias. Encontrará aliados que aquí no tendrán paga, pero que en el cielo recibirán su paga completa: sois vosotros. Bien está tanto unirse en oración con quienes van por el camino recto como imprecar a los transgresores. Así pues, quien flaquee [30] y se rinda traidoramente y quien salga a la confrontación pero con vistas a apoderarse de algo ajeno, que no quede sin culpa ante Dios. Una sola cosa trasladad al centro de vuestra atención: a esos banqueros perversos que falsifican el dogma divino como si fuera moneda, sacadlos a la luz. Dejadles claro a todos quiénes son. Y, luego, con tal descrédito, que [35] salgan de las fronteras de Ptolemaida, llevándose intacto29 todo lo que con ellos ha venido.

El que obre en contra de esto sea maldito ante Dios. Quien vea una reunión impía y haga la vista gorda o quien oiga y haga oídos sordos o quien con afán de lucro se deje [40] corromper por aquéllos, a ésos nosotros ordenamos que se les trate como a los amalecitas30, cuyos despojos no era lícito traerse. De quien los cogió, Dios dice: «Me pesa haber hecho rey a Saúl»31. Que respecto a vosotros, en cambio, no tenga nada de lo que apesadumbrarse; al contrario, que sin ningún pesar32 Dios se preocupe de vosotros y vosotros os preocupéis de Dios.

5

A SU HERMANO

Desde el puerto Azario a Alejandría, 28 de enero o mayo del 402

Zarpamos del Bendideo33 antes del amanecer y casi a medio día pasamos de largo el Mírmex de Faros34, después de que nuestra nave encallara dos o tres veces en el fondo del puerto. Ya desde el primer momento, pues, esto parecía un mal augurio y hubiera sido prudente desembarcar de una nave a la que, desde su misma arrancada, no favorecía la [5] buena suerte, pero sentimos vergüenza de que por vuestra parte se nos acusara de cobardía y, por eso, «ya no era posible en modo alguno ni retroceder por miedo ni retirarse»35. Así que, en el caso de que algo nos ocurra, pereceremos por culpa vuestra. Y, sin embargo, ¿tan terrible hubiera sido que vosotros os rierais mientras nosotros quedábamos fuera de peligro? Pero, en Epimeteo —dicen—

previsión no había, arrepentimiento es lo que sí había36 [10]

como en nosotros. Y es que entonces se nos hubiera permitido salvarnos; ahora, en cambio, «lloramos a coro»37 en playas desiertas, mirando, en lo posible, hacia Alejandría y hacia nuestra madre, Cirene: una de ellas la teníamos y la abandonamos; la otra no podemos encontrarla, tras haber visto y sufrido lo que «ni siquiera en sueños»38 hubiéramos esperado. [15]

Para que no te pases todo el tiempo divirtiéndote, escucha, pues, primero, cuál era la situación en lo relativo a los tripulantes. El patrón deseaba morirse, de endeudado que estaba. De los doce marineros allí presentes —eran trece con [20] el piloto—, más de la mitad y también el piloto eran judíos, pueblo desleal a cualquier pacto39 y convencido de estar obrando piadosamente cada vez que causan la muerte del mayor número de griegos posible. El resto era una chusma de campesinos que el año pasado aún no habían cogido un remo. Éstos y aquéllos tenían algo en común: el estar totalmente lisiados al menos en una parte de su cuerpo. Y, por eso, cuando ningún peligro nos amenazaba, todos hacían [25] chistes y se llamaban unos a otros no por sus nombres sino por sus taras: el cojo, el hernioso, el manco, el bizco. Cada cual tenía una señal distintiva, cosa que nos proporcionaba no poca «diversión». Pero en los momentos de apuro ya no reíamos sino que nos lamentábamos por esos mismos motivos, [30] siendo como éramos más de cincuenta pasajeros, la tercera parte aproximadamente mujeres, en su mayoría jóvenes y de hermoso aspecto. Pero no nos envidies, pues nos separaba cual muro una cortina, y muy recia que era: un trozo de vela desgarrado no hacía mucho, toda una «muralla» de Semíramis40 para hombres de templanza. Quizá hasta Príapo41 se hubiera templado al navegar con Amaranto42, [35] puesto que no había ocasión en la que nos dejara librarnos del temor al peligro supremo. Él, en primer lugar, una vez que doblamos el emplazamiento de vuestro santuario de Posidón43, arrancó a toda vela con el propósito de navegar en dirección a Tafosiris44 y de desafiar a Escila45, ésa que en [40] las composiciones escolares es objeto de aversión. Pero, al comprenderlo nosotros, comenzamos a prorrumpir en gritos y él desistió de emprender aquel combate naval contra los escollos, aunque a la fuerza y de mala gana y no antes de que ya nos encontráramos al mismo borde del peligro.

Entonces dio la vuelta, como por un repentino cambio de opinión, y se lanzó hacia alta mar, exponiéndose, mientras pudo hacerlo, al embate de las olas. Pero, luego, vino a [45] coadyuvar un impetuoso viento del sur, con el que pronto perdimos de vista la tierra y también pronto nos encontramos entre esos cargueros de dos mástiles46 que no tienen ninguna necesidad de nuestra parte de Libia sino que navegan por otra ruta. Y, como nosotros nos quejábamos y llevábamos muy a mal el estar tan alejados de tierra, Amaranto, cual nuevo Jápeto47, de pie en el puente profería, al modo trágico, [50] las más violentas imprecaciones. «¡No, no volaremos! —decía—, pero, ¿cómo podría alguien manejarse con vosotros, que desconfiáis tanto del mar como de la tierra?» «Si con éstos ese alguien supiera manejarse bien, ¡Amaranto, el perfecto! —le replicaba yo—, no habría desconfianza. Ninguna [55] falta nos hacía Tafosiris, ‘vivir sí que nos hacía falta’48. Y, ahora —le seguía diciendo—, ¿qué falta nos hace ir por alta mar? ¡Venga! Naveguemos en dirección a la Pentápolis, alejándonos de tierra sólo moderadamente, a fin de que, si topamos con alguna adversidad, lo que es, por cierto, propio del mar —y, por supuesto, imprevisible, como también decís [60] vosotros—, algún puerto cercano pueda acogernos». Pero no lograba convencerlo con estas palabras; el maldito se hacía el sordo. Y fue así hasta que saltó un fuerte viento del norte que, levantando un oleaje alto y quebrado, se abatió sobre la vela hinchándola en sentido inverso: de convexa que estaba la puso cóncava y la nave llegó a empopar casi hasta voltearse.

[65] Pues bien, a duras penas la enderezamos y Amaranto con un quejido grave exclamó: «¡Esto es dominar el arte de la navegación49!». Y es que él, según dijo, desde mucho antes estaba a la espera de recibir el viento de esa parte y de ahí que navegara por alta mar. Y añadió que en aquel momento ya sólo quedaba avanzar con rumbo oblicuo50, porque la distancia a la que nos encontrábamos nos daba la posibilidad [70] de prolongar la travesía; y que ésa de entonces no sería nuestra ruta de haber hecho una navegación de cabotaje, pues habríamos fracasado contra la costa. Y nosotros aceptamos sus palabras mientras fue de día y no hubo peligro. Pero sí comenzó a haberlo con la llegada de la noche, a medida que el oleaje iba haciéndose cada vez mayor.

Pues bien, aquel día era para los judíos paresceve51. Consideran éstos como un todo esa noche y el día siguiente, [75] durante el cual no se le permite a nadie poner mano en ningún trabajo, y es que, para darle especial realce a la jornada, la dedican al descanso. Así pues, el piloto quitó las manos del timón en cuanto se imaginó que el sol había abandonado la tierra y, echándose en la cubierta,

se dejaba pisotear por cualquier marinero52. [80]

Nosotros no nos percatamos al momento de la causa real de aquello y, creyendo que el hecho era un signo de desánimo, nos acercamos y nos pusimos a instarle a que no perdiera aún la última esperanza. Pero la verdad era que, en efecto, las olas, como triplicadas, se nos venían encima, al tiempo que el mar se rebelaba contra sí mismo. Tal ocurre siempre [85] que, al amainar el viento, no cesan a la vez las olas por él provocadas, sino que, con aquel preludio53 de su agitación poco a poco fortalecido, se enfrentan a la pujanza del soplo y contrarrestan sus embates (y tenía necesidad de emplear términos pomposos para que males tan grandes no quedaran expuestos de una manera demasiado fútil). Para los que [90] navegan, pues, en tales circunstancias, «la vida —dicen— pende de un hilo fino»54. Y si, por añadidura, el piloto era doctor de la ley55, ¿cómo podía uno sentirse? Así que, cuando comprendimos la razón de su abandono del gobernalle (en efecto, mientras nosotros le pedíamos que salvara la nave «dentro de sus posibilidades»56, él continuaba leyendo el libro), desistimos de la persuasión para recurrir ya a la [95] fuerza. Incluso un soldado bizarro (pues navegaban con nosotros bastantes árabes del escuadrón de caballería) desenvainó la espada y amenazó al sujeto con cortarle la cabeza si no volvía a hacerse cargo del barco. Pero aquel auténtico [100] Macabeo57 era capaz de mantenerse firme en sus creencias. Y ya a media noche él mismo se persuade a colocarse en su puesto. «Ahora es el momento —decía— en el que la ley lo permite, porque ahora está claro que el peligro lo corremos ‘por nuestra vida’58». En esto se levanta de nuevo un tumulto: clamor de hombres, ulular de mujeres; todos invocaban a la [105] divinidad, gritaban y se acordaban de los seres más queridos. Sólo Amaranto se mostraba animoso, en la idea de que muy pronto daría carpetazo a lo de sus acreedores. A mí, en ese trance (te lo juro por la divinidad a la que venera la filosofía), me inquietaba el que pudiera ser verdad aquello de Homero: que la muerte bajo el agua acarrea la aniquilación también de la propia alma. Pues hay un verso de sus poemas en el que dice:

43,10 zł