Czytaj książkę: «Escribir en 21 días»
© Silvia Adela Kohan, 2020.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO753
ISBN: 9788491877066
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Portada
Créditos
Dedicatoria
Introducción. Por qué este método
1. Instrucciones para sacar el mejor partido
2. Secretos y condiciones
3. Pilares para un viaje literario de tres semanas
4. 21 ejercicios para reunir el material
5. El emocionante día 22
6. 21 claves esenciales del oficio asociadas a los ejercicios
7. Variantes para otras series de 21 días
8. Ideas para armar tu libro
A MIS HIJAS, VALERIA, ERICA Y KONI-LUISELA, QUE ME ENSEÑARON LA VERDAD DEL CORAZÓN
INTRODUCCIÓN
POR QUÉ ESTE MÉTODO
Cuando alguien me dice que su sueño sería escribir, pero no escribe, o que escribe y se bloquea, inmediatamente le propongo lo siguiente: «Prueba este método infalible: escribe durante siete minutos cada día durante 21 días y verás que fluyes naturalmente». «¿Siete minutos?», se asombra. No obstante, ese asombro es el primer peldaño hacia la iluminación de algo que hasta ese instante parecía imposible.
Ante los resultados obtenidos, llegué a la conclusión de que a todo el mundo le convendría probarlo, ya sea para comenzar una novela o para creer en uno mismo (condición esencial para que la gente crea en ti). Antón Chéjov ya sugería que, si uno quería trabajar en su escritura, antes o paralelamente tenía que trabajar en su vida. A mayor autoconocimiento, mayor capacidad creativa.
Si bien en un principio me planteé difundir este método como activador de ideas, vivencias y claves para la creación literaria, al comprobar que la fusión interior de las dos vertientes (literaria y terapéutica) las retroalimentaba, me dije: «El secreto reside en avanzar en ambas direcciones». Y así lo he planteado.
BASES
En los capítulos 2 y 3 presento las bases del método, los beneficios que se obtienen de él y las instrucciones para llevarlo a la práctica, siguiendo la idea que formuló E. L. Doctorow en una entrevista: «Escribir es como conducir una noche con niebla. Solo ves hasta donde alumbran tus faros, pero puedes hacer todo el viaje así». No es necesario ver adónde vas, ni tu destino, ni lo que pasará durante el trayecto. Solo tienes que ver unos metros por delante de ti.
PRIMERA ETAPA
En el capítulo 4 encontrarás 21 ejercicios para tu práctica de siete minutos diarios, con retos, preguntas y citas de filósofos, psicólogos, artistas, escritores y científicos. La fragmentación dinamiza la creación, la linealidad la frena. Por lo tanto, podrás inventar una nueva forma metodológica: la tuya.
SEGUNDA ETAPA
El capítulo 5 contiene una enriquecedora guía para ampliar los 21 textos resultantes desde dos puntos de vista: uno trabaja el área creativa y el otro, el área terapéutica.
En el capítulo 6 se presentan diferentes pautas y trucos para revisar el material reunido día tras día.
TERCERA ETAPA
El capítulo 7 propone tres variantes de ejercicios para otros períodos de 21 días de escritura. De hecho, es habitual que cada ciclo impulse el siguiente, debido al grado de satisfacción que se alcanza con cada uno. Puedes escoger partir de cero o de una serie de ejercicios insólitos que cuestionan o ponen patas arriba lo establecido, así como otras opciones.
Por último, en el capítulo 8 se ofrecen diversas ideas para armar tu libro con el material recopilado.
En suma, como preparación previa, te aseguras de los beneficios del método y lees las instrucciones para llevarlo a la práctica. En la primera etapa, escribes libremente y a diario durante 21 días, desde los sentimientos, las vísceras o el espíritu. En la segunda, registras desde la observación, amplías tus escritos e indagas en ti. En la tercera, revisas desde la mente y compones tu libro.
A través de los logros de tantos alumnos de distintas edades y nacionalidades, he comprobado y sigo comprobando que los sueños particulares se cumplen.
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Escribimos porque intentamos interpretar la vida (para nosotros mismos y para los demás).
En este sentido, los textos que reúnas en estos 21 días pueden funcionar como el material previo o definitivo de una novela o de un libro de relatos, como un diario de meditaciones, como un activador de recuerdos, como una revelación de tu estilo personal o como una exploración de tus sentimientos reales. Pueden ser parte de una novela o de un viaje interior para conocerte mejor. O la indagación sobre tu vida para esa novela. O un libro de poemas. El lenguaje proporciona ideas si te dejas llevar.
Los espacios en blanco que aparecen tras cada ejercicio están destinados a lo que escribas durante los siete minutos propuestos.
Suele ser habitual que quien llega al día 21 desee repetir. Así pues, otra opción es poner en práctica este método en tres períodos de 21 días, con tres o cuatro días de descanso entre ellos.
Los motivos de quienes lo han practicado con éxito son increíblemente variados. A continuación, presento algunos de esos motivos, que plantean metas concretas del oficio, deseos y dudas particulares:
Alfonso: para encontrar el centro temático de su autobiografía.
Mónica: para darle un sentido artístico a sus carencias.
Verónica: para practicar una nueva forma de escribir por fragmentos.
Ester: para iniciar una novela y no abandonarla.
Rafa: para ampliar la vida de su protagonista.
María Julia: para descubrir su estilo.
Amaia: para superar una crisis emocional.
Charo: por su necesidad de reunir recursos para liberarse.
Óscar: para transformar lo autobiográfico en ficción.
Jordi: para escribir artículos más cercanos.
Maite: para que la protagonista de su novela le revelase más cosas sobre ella.
Elisa: para atreverse a decir lo que no había dicho hasta ese momento y encontrar el tono.
Rubén: para encontrar su propio ritmo y averiguar si lo suyo era la poesía o el cuento.
Muchos: para superar su bloqueo. Es común que el placer de escribir se vea cercenado por la parálisis. «Estoy seco», suelen decir, o «atascado», y eso puede llevar a abandonar principios y más principios en un cajón. ¿Qué hacer? Depende de la dificultad surgida. Tal vez, el material desarrollado pide una pausa para madurarlo. Mientras tanto, si es tu caso, el medio más eficaz para superar el bloqueo son las notas diarias y fragmentarias tomadas durante el lapso que te marques en lugar de dejar de escribir.
Con este viaje, se suele llegar a un cruce de caminos totalmente inesperado, literarios o de revelaciones personales.
A todos les abrió puertas. De hecho, el mundo está lleno de puertas y ventanas que no vemos si miramos siempre en la misma dirección.
RECOMENDACIONES
(BENEFICIOSAS PARA TI)
No leas este libro de un tirón. No es un libro más. Es un lugar especial para dejarte ir, liberar ideas que no sabías que habitaban en tu interior, vencer el pudor, crear. Déjate sorprender ante esta nueva propuesta práctica.
Hazlo así:
1. Escribe cada día durante siete minutos (número mágico) —ni menos ni más, esto es lo importante— y preferiblemente a la misma hora: de madrugada, por la mañana, al mediodía, por la tarde, por la noche, sin detenerte a pensar durante esos minutos. Las instrucciones son dos:
1) no levantar el bolígrafo del papel o los dedos del teclado durante ese lapso, y
2) dar por finalizado el ejercicio al llegar a los siete minutos, aunque desees continuar escribiendo.
De este modo se produce la tensión necesaria para que surja la verdadera energía creativa. Por otra parte, está comprobado que la práctica más eficaz no es la que propone la libre expresión absoluta, sino la que requiere, a la vez, cierta limitación.
Te aconsejo que realices los ejercicios en el orden en que aparecen en el capítulo 4. Parte de la primera imagen o idea que te venga a la cabeza y déjate llevar por lo que te transmita, e improvisa durante esos siete minutos sin saber adónde llegarás. Escucha tus palabras y nada más. Por ejemplo, si el ejercicio pide «Escribe sobre lo que escondes en el fondo de tu silencio», no busques entre tus pensamientos un hecho en sí, escribe la primera ocurrencia que aparezca (sin censurarla) —da igual que la hayas experimentado, soñado o inventado— y sigue hasta que se acabe el tiempo.
2. Antes de empezar a escribir un ejercicio nuevo, no leas NUNCA el texto del día anterior (y menos aún se lo des a leer a otra persona). Prohibido. Es decir, si empiezas a escribir el día 1, no leerás ninguno de los textos hasta el 22. Aquí hemos seguido una afirmación de Carl Jung. En El libro rojo, declara: «Todo lo que podemos obtener en seguida nunca es interesante. La espera sirve para sublimar el deseo y hacerlo más poderoso».
3. Al día siguiente, vuelve a escribir con la mente vacía, con igual disposición y con la convicción de que vas a terminar lo que has empezado y de que algo se moverá en tu interior.
4. Tras un máximo de tres períodos de 21 días, llega el gran momento: lee lo que has escrito con la ayuda de la guía del capítulo 5. Una vez reunidos los 21 escritos, el día 22 escoges un espacio que te resulte placentero, no hay uno mejor que otro. El mejor es el que cada uno prefiera. Ernst Jünger escribió sus diarios en las mismas trincheras durante la Primera Guerra Mundial. Puede ser la cama, un tren, un bosque, un bar, una playa… Y al final, es muy probable que te sorprendas y te preguntes: «¿Esto lo he escrito yo?».
5. Corrige los textos con las pautas de los capítulos 6 («21 claves esenciales del oficio») y 8 («Ideas para armar tu libro»). Saca partido de ellas, revisa el conjunto y aplícalas según tus fines literarios.
6. En el capítulo 7 encontrarás variantes para escribir otras tres series de 21 días, con un descanso de unos tres o cuatro días entre cada tanda.
Un dato que hay que tener en cuenta: Fred Vargas dice que escribe sus novelas en 21 días y las corrige en 60.
Otro dato: Robert Louis Stevenson escribió cada capítulo de La isla del tesoro en un lapso aproximado de quince minutos. Durante unas vacaciones, escribió el primer capítulo mientras su hijastro pintaba sobre un papel el mapa de una isla en la que imaginó un tesoro enterrado, y siguió como una rutina más de las vacaciones. Cada día escribía un nuevo capítulo, se lo leía en voz alta a su familia y ellos hacían comentarios y propuestas.
Otro dato: Georges Simenon creaba una novela en una semana. Tenía guías telefónicas de las principales ciudades del mundo y, cuando necesitaba un personaje, tomaba la guía y elegía un apellido y un nombre. Lo apuntaba en un sobre, lo repetía muchas veces, paseaba imaginando a sus padres, su abuela y sus maestros, e incluso se aprendía su número de teléfono. Entonces se preguntaba qué acontecimiento podría cambiar su vida y, tan pronto como lo encontraba, ya tenía el primer capítulo de la nueva novela. A partir de ahí, el personaje era lo más importante, quien llevaba el mando. «Solo me entero del final cuando acabo», decía.
Otro dato lo aporta William Faulkner, que explicó en una entrevista: «Para Mientras agonizo disponía de todo el material. Compuse la obra en unas seis frenéticas semanas, durante el tiempo libre que me dejaba mi trabajo manual de doce horas al día. Sencillamente me imaginé un grupo de personas y las sometí a catástrofes naturales universales, como la inundación y el fuego».
OTROS BENEFICIOS
El beneficio total proviene de las metas parciales. La confianza que transmiten los 21 textos estimula la creatividad y facilita el camino hacia la gran meta final. Son fragmentos como los de un diario íntimo o las anotaciones de una agenda, que se realizan con libertad. En consecuencia, te permiten perfilar tu propia voz, necesaria tanto para la creación literaria como para la escritura terapéutica.
De hecho, lo que se suele llamar inspiración, ese súbito chispazo, no es sino el resultado de algo que estaba rondando en tu interior. La creencia de que la inspiración «llega» conduce a un estado de pasividad: esperamos la repentina aparición de la mejor idea, como se espera a Godot, personaje que nunca llega en la obra de Samuel Beckett. La pasividad lleva al bloqueo.
En cambio, la ventaja de acumular textos distintos durante un tiempo limitado permite estar en movimiento y crear, de forma tal que llega un momento en el que se atisba no solo la idea, sino también su desarrollo, y poco a poco se iluminan las sombras.
Siempre recomiendo, tanto de entrada como en algunas fases de la elaboración de un libro, escribir fragmentos autónomos —una escena, una reflexión, una imagen, un detalle— en lugar de avanzar de modo cronológico, algo que generalmente desemboca en bloqueo. Los fragmentos admiten variaciones, responden al juego, al rompecabezas. Precisamente, este método es ideal para seguir esta recomendación, puesto que te obliga a continuar avanzando.
Por otro lado, la prohibición de leer lo que has escrito el día anterior tiene dos ventajas: por una parte, te evita la tentación de corregirlo «en caliente»; por otra, te proporciona la distancia suficiente para desdoblarte y convertirte en un lector objetivo, que es lo ideal para evaluar tu propia producción.
Los propósitos de crear y ocuparse de uno mismo, ejes vertebradores de este libro, están íntimamente relacionados. Las dos direcciones en que puedes llevar a cabo esta práctica te permiten escucharte para escribir y escribir para escucharte.
De hecho, uno de sus pilares es un axioma de la neurociencia, la regla de Donald O. Hebb, según la cual, al estar la conducta y el sistema nervioso relacionados, la práctica diaria de una situación da lugar al hábito y puede cambiar la plasticidad del cerebro y predisponer el circuito neuronal. Asimismo, dicha práctica también estimula la constancia, componente esencial del talento. Dicho de otro modo, disuelve los bloqueos y te estimula a escribir como un acto de vida.
Estoy convencida de que todo el mundo debería escribir. Si lo haces sin frenos, se te revelan parcelas desconocidas de tu propia biografía, con las que nutrirás tu voz, tu estilo, tu tema. Tanto si creas desde cero la novela de tu vida como si ya tienes pensado todo el argumento, tu creatividad no tiene principio ni fin; el secreto es despertarla, respetar los impulsos naturales y alcanzar tu esencia. Por consiguiente, esta rutina de escritura te conduce a la introspección, funciona como un oráculo interior y te permite crear con mayor libertad.
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Es sabido que nos impulsan más las actitudes y las creencias que los instintos. Así pues, para nuestra práctica aquellas son factores determinantes del éxito: debes confiar en que llegarás a buen puerto. «No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas o pesimistas, sino que es nuestro talante optimista o pesimista el que hace nuestras ideas», afirmaba Miguel de Unamuno en su obra Del sentimiento trágico de la vida.
DEJARSE FLUIR ES EL SECRETO
Ten en cuenta que fluir no es escribir mucho, como creen algunas personas cuando les sugiero que lo hagan, sino escribir con naturalidad.
En principio, escribir esporádicamente entorpece la fluidez. Es como salir a correr: si no lo haces con frecuencia, te faltará soltura, mientras que si corres durante varias horas en un mismo día, ejercerás una presión muscular excesiva. No puedes salir a correr solo media hora a la semana, pero tampoco correr en un día lo que deberías hacer en una semana completa.
Fluir es divagar durante los siete minutos destinados al ejercicio. Es admitir las palabras como vienen y espantar las dudas como si fueran moscas, es adentrarse en una zona real e irreal a la vez.
Un caso especial
Dean Koontz es un autor americano de thrillers a quien la fluidez le activa la intuición. Increíblemente, en 1981 publicó Los ojos de la oscuridad, la historia de un virus llamado Wuhan-400 que era «el arma perfecta». Serendipia o sincronía histórica, no se sabe, pero en una entrevista explicó que, mientras estaba trabajando en una novela, «entró en su cabeza» este mensaje: «Me llamo Odd Thomas. Llevo una vida inusual». Y añadió: «Fue como escuchar a alguien hablar, lo reconocí como el inicio de una historia. Anoté esta frase en un bloc de notas amarillo con rayas que tengo. Y aunque jamás escribo a mano porque luego me cuesta entender lo que he escrito, lo hice durante horas y horas. Cuando me detuve, había acabado el primer capítulo de Odd Thomas. Supe que iba a ser una serie, a pesar de que nunca había escrito ninguna antes. Y durante mucho tiempo me pregunté: “¿De dónde vino este personaje?”. Todavía no lo sé. Pero escribí ocho libros sobre Odd Thomas».
Koontz afirmó lo siguiente acerca de su proceso: «Solía escribir a partir de unas pinceladas. Pero cuando comencé a escribir Extraños, que terminó teniendo numerosos personajes y aproximadamente un cuarto de millón de palabras, decidí no hacer ningún esbozo y empecé con una premisa y un par de personajes interesantes. Creo que fue una elección acertada. Ya no he vuelto a escribir a partir de pinceladas. Suelo partir de una breve idea, un tema central, un argumento, pienso en ello durante unos días, y luego me pongo a escribir. Si el personaje no funciona en las primeras veinte páginas, es mejor que salga de la narración. En cambio, si cobra vida, dejo que sea él quien guíe la historia. Les doy a mis personajes voluntad propia tal como Dios nos dio a nosotros, y van a lugares adonde nunca pensaría enviarlos. A veces, con Odd Thomas dejaba de escribir porque algo me decía que la idea en que estaba trabajando no iba a funcionar, pero luego recordaba que el personaje tenía voluntad propia y que allí adonde me llevaban siempre funcionaba a la perfección. Cuando hablo con los nuevos escritores sobre esto, me miran desconcertados: ellos quieren hacer esquemas y estudios de personajes, pero yo les pido que comiencen con un personaje que tenga algún rasgo intrigante, algo que lo distinga, y que luego dejen que el mismo personaje les cuente su historia. Si das a un personaje voluntad propia, este se vuelve más rico e interesante, y tendrá más niveles. A veces tengo decididos los puntos principales del final o del centro de la trama o alguna escena fundamental, pero generalmente no sé mucho».
Esto sugiere la conveniencia de prestar especial atención a los pensamientos inesperados que ocupan de pronto nuestra mente, atrapar los que podrían ser una advertencia o una premonición y escuchar a nuestro protagonista sin interrumpirlo y sin querer controlarlo.
QUÉ TE APORTA DEDICAR SIETE MINUTOS AL DÍA A LA ESCRITURA
• Ingresar a tu interior. El mundo te habla al oído, pero tú, absorbido por la vorágine del día a día, eres incapaz de escucharlo. Este método te obliga a acallar la mente para oír lo más recóndito de tu interior y escuchar la «voz del silencio».
• Sentir. Tal como le dijo Ernest Hemingway a Arnold Samuelson en el artículo «Monólogo al Maestro: una carta de alta mar», un aspirante a escritor: «Cuando empiezas a escribir, toda la emoción es para ti y el lector no percibe nada, pero aprenderás que tu objetivo es que el lector lo recuerde, no como una historia que ha leído, sino como algo que le ha ocurrido. Esa es la verdadera prueba de la escritura».
• Sorprenderte. El resultado inesperado es lo que lleva al descubrimiento. Por eso, la mente preparada ha de estar también dispuesta a sorprenderse.
• Revelarte. Olvídate de cómo lo hace tu escritor preferido o salir de tu zona de confort te hace consciente de lo que te interesa realmente a ti.
• Sentir bien. Para escribir bien, hay que sentir bien. Me refiero a conectar con la verdad de las emociones, no al sentimentalismo. Uno de los secretos es responder a tu deseo más profundo. Hay que fiarse menos de la mente y más del corazón. Reflexionar es conveniente, pero más importante es saber qué sientes acerca de lo que piensas. De hecho, las emociones te permiten indagar en ti, conocerte más, perfilar tu personalidad.
• Tener confianza. Reconoce tu potencial y tus limitaciones, date permiso para ello. Confía en que conseguirás tus objetivos. Ken Follett no tenía la menor duda de que vendería millones de libros; probablemente esa confianza fue lo que le llevó a aprovechar todas las oportunidades que se le presentaron hasta conseguirlo. Otra escritora de éxito, Amélie Nothomb, confesó en una entrevista: «De niña, ¿qué quería ser de mayor? Primero quise ser Dios, empecé con la megalomanía más extrema; cuando supe que no lo conseguiría, quise convertirme en mártir, y eso funcionó muy bien. Luego tuve un par de narices y, habiendo tantos y tan buenos escritores, me dije: “El escritor seré yo”».
• Liberarte interiormente. Atrévete a contar un secreto. El pudor es enemigo de la creación.
• Tener la mejor actitud. Escribe con la convicción de que lo que narras no lo ha escrito nadie antes.
• Activar la intuición. Tienes que saber algo sin precisar por qué lo sabes. Es como si el germen de una idea estuviese flotando en el aire esperando a que sea descubierta. Es saber que la respuesta está ante nosotros, si bien necesitamos ese destello (proveniente de la intuición) para verlo todo claro de repente y conectar entre sí ideas que aparentemente no tenían relación alguna.
• Acertar. Muchos estudiosos han fracasado no porque se movieran en la dirección equivocada, sino más bien porque no se atrevieron a ir lo suficientemente lejos.
Todo esto y más es lo que se consigue cuando uno se deja llevar por la escritura espontánea.
LAS MEJORES CONDICIONES
¿Los mejores horarios?
El único requisito es escribir cada día. El horario también dependerá de cada uno. Victor Hugo se levantaba a las siete y se ponía a escribir la idea que había concebido el día anterior durante su paseo vespertino. Jules Michelet se levantaba al amanecer y se acostaba pronto, y antes de conciliar el sueño revisaba los hechos principales del capítulo que debía escribir al día siguiente. Alejandro Dumas, padre, trabajaba desde que se levantaba hasta la hora de comer. Darwin trabajaba tres horas cada mañana. Charles-Édouard Brown-Séquard se acostaba a las ocho de la noche y se ponía a trabajar a las dos de la madrugada. Émile Zola trabajaba con regularidad por la mañana, mientras que por la tarde buscaba documentación y componía. Dostoyevski sufría de manía persecutoria y tenía miedo a la oscuridad, por lo que de noche escribía paseando de un lado a otro de la habitación de forma compulsiva. Scott Fitzgerald, durante su estancia en París, escribía desde las siete de la tarde hasta la madrugada, salvo las noches que recorría los cafés junto a Zelda. Truman Capote escribía durante cuatro horas al día y hacía dos versiones manuscritas a lápiz antes de mecanografiar una copia definitiva, pues era muy supersticioso. Otras manías que tenía eran escribir en la cama, no dejar más de tres colillas en el mismo cenicero (por lo que llenaba sus bolsillos con las colillas de más) y sumar números en su cabeza de forma compulsiva. Isaac Asimov trabajaba ocho horas al día los siete días de la semana, de forma que lograba una media de unas treinta y siete páginas diarias. Haruki Murakami se levanta a las cuatro de la madrugada, trabaja seis horas, y por la tarde corre diez kilómetros o nada mil quinientos metros, lee, escucha música y se acuesta a las nueve de la noche.
¿Hábitos?
Henry Miller consideraba la incomodidad como la mejor situación para escribir. Durante una época de su vida, a Raymond Carver le gustaba escribir en el coche. Umberto Eco usaba dos herramientas, la caligrafía y el ordenador, pero no indistintamente, sino con arreglo a un estado de ánimo o una situación. Tienes que encontrar tu propio hábito.
¿Rituales?
Isabel Allende, cuando se pone a escribir, enciende una vela; una vez que esta se apaga, deja de hacerlo, esté en el punto donde esté. Asimismo, empieza siempre sus novelas un 8 de enero. Pablo Neruda usaba tinta verde. John Steinbeck era un fanático de los lápices redondos, que utilizaba para evitar clavarse aristas. Gabriel García Márquez escribía con una flor amarilla en su escritorio, descalzo y a una determinada temperatura en la habitación. Hemingway guardaba sus amuletos de la suerte en el bolsillo derecho (una castaña de Indias y una pata de conejo raída) y bebía absenta. Marguerite Duras no podía escribir sin haber hecho la cama.
¿El mejor lugar?
Agatha Christie tenía la costumbre de cambiar continuamente de lugar: diferentes habitaciones de su casa, cafeterías, trenes, hoteles… Se mantenía en movimiento y, cuando le llegaba la inspiración, se ponía a escribir. Alice Munro, que era madre y ama de casa, aprovechaba los ratos libres para escribir en su habitación. Jonathan Franzen se encerraba en su estudio de Harlem con las luces apagadas y las persianas bajadas, sentado frente al ordenador, con orejeras y tapones para los oídos y los ojos vendados.
¿En soledad o en medio del ruido?
Tanto estas posibilidades como otras son válidas. El cuñado de Charles Dickens explicaba que una tarde en Doughty Street, mientras la señora Dickens, su esposa y él conversaban, apareció el escritor: «“¿Vosotros aquí? —preguntó—. Estupendo, ahora mismo me traigo el trabajo”». Poco después regresó con el manuscrito de Oliver Twist y, mientras hablaba, se sentó a una mesita, nos rogó que siguiéramos con la charla y reanudó la escritura, muy deprisa. De vez en cuando él también intervenía en nuestras bromas, pero sin dejar de mover la pluma, y luego volvía a sus papeles, en medio de los personajes que estaba describiendo». Sartre también necesitaba el ruido acompañado de tabaco y alcohol. En cambio, Stendhal encontraba sosiego leyendo el Código Penal napoleónico.
Ya ves que todo vale. Incluso si necesitas un ambiente sereno para escribir y no lo consigues, Muriel Spark aconseja lo siguiente en Muy lejos de Kensington: «Adopta un gato. Invariablemente, se subirá a tu mesa y se colocará bajo la lámpara. La luz de la lámpara le proporciona una gran satisfacción. El gato se acomodará y permanecerá sereno. Y te contagiará gradualmente su calma, de manera que tu mente recuperará el autocontrol perdido. No necesitas mirar al gato todo el tiempo. Su presencia es suficiente. El efecto del gato en tu concentración es remarcable y muy misterioso».
¿Propósitos?
Si tu propósito es escribir una novela, puedes practicar el método de escribir durante 21 días, cada día para un capítulo distinto, y al final tendrás material para 21 capítulos. En cualquier caso, y en general, escribir cada día es mucho más eficaz que hacerlo solo de vez en cuando. Tampoco es conveniente pasarse todo un día escribiendo y no volver a hacerlo hasta una semana más tarde. Hemingway comparaba a los escritores con los pozos y afirmaba que existen tantas clases de pozos como de escritores. Por ello, decía que lo importante es tener buena agua en el pozo y extraer de él una cantidad regularmente, en lugar de dejarlo seco de una vez y esperar que vuelva a llenarse. En este sentido, proponía interrumpir la escritura para dejar algo que decir para el día siguiente. El método descrito en este libro responde a esta idea. Pero recuerda que al retomar la escritura al día siguiente está prohibido leer lo escrito el día anterior para que no te influya ni te interrumpa el nuevo ejercicio.
Darmowy fragment się skończył.