Czytaj książkę: «El anuncio del jeque»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2020 Sharon Kendrick

© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

El anuncio del jeque, n.º 2835 - enero 2021

Título original: The Sheikh’s Royal Announcement

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1375-210-5

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

NADA más entrar en la habitación, Caitlin percibió el olor a peligro. Un aroma rancio permanecía en el salón e impregnaba las sillas con almohadones de terciopelo. Ella se puso en alerta, puesto que ya le había sucedido en otras ocasiones. Era como si alguien la estuviera observando. Últimamente, se había dado la vuelta de repente, como si esperara a ver algo o alguien extraño detrás de sí, pero nunca había encontrado nada y Caitlin se había regañado por sobresaltarse con tanta facilidad.

Tenía la piel de gallina y se volvió para mirar a su alrededor. Desde las grandes ventanas se veía el jardín bañado por la luz del otoño. Ella se estiró la manga del jersey y agradeció haberse puesto los leotardos de lana ya que en los hoteles escoceses siempre había humedad, sin importar lo lujosos que fueran. Y aquel en el que se encontraba era de lujo, a juzgar por su imponente exterior y por el renombre que tenía en la ciudad.

Había llegado justo antes de las once, tal y como le habían indicado. El reloj anunció la hora justo cuando un gerente educado la acompañó hasta la habitación que debía ser la más importante del hotel. Ella esperó con nerviosismo durante diez minutos, preguntándose a quién iba a conocer y qué iban a ofrecerle.

Un trabajo. El trabajo de su vida, tal y como le había informado la agencia, y con un sueldo que normalmente solo aparecía en los cuentos de hadas. Y aunque era algo que sonaba demasiado bien como para ser cierto, no era suficiente como para detenerla. ¿Quién iba a rechazar algo así? Caitlin no. Ya que tenía una boca que alimentar y nada que pudiera asegurarle un buen futuro. ¿Por qué no iba a explorar cualquier oportunidad que le surgiera cuando escaseaban las oportunidades para una madre soltera que vivía en una isla remota de Escocia?

Estaba contemplando un cuadro cuando oyó que se abría una puerta detrás de ella. Con una sonrisa, Caitlin se volvió para saludar a la persona que iba a ofrecerle el empleo. No obstante, su sonrisa se desvaneció al mirar al hombre que acababa de entrar y estaba cerrando las puertas. Ella se mareó y sintió que podía desmayarse.

Kadir Al Marara.

No podía ser él.

Por favor, que no fuera él.

Lo era. La masculinidad que irradiaba de la persona poderosa que tenía delante era inconfundible. Caitlin notó que se ponía pálida al mirar al rostro oscuro que había inundado sus sueños y su conciencia durante cinco años, por mucho que ella hubiera intentado olvidarlo. No obstante, la versión real de aquel hombre resultaba mucho más inquietante que la imagen que aparecía en su cabeza cuando menos lo esperaba. Y ella solo podía hacerse una pregunta:

¿Por qué estaba él allí?

Durante un momento, se quedó paralizada. Después, miró de arriba abajo al hombre que había pensado que nunca volvería a ver. El hombre que era diferente a todos los demás, por su aspecto exótico y su imponente presencia. Su rostro era el más atractivo que había visto nunca, con ojos color azabache rodeados de piel bronceada. Ella recordaba su nariz aguileña y sus pómulos prominentes. Y se preguntaba cómo podía haber confiado en él de esa manera nada más conocerlo. ¿Cómo podía haberse creído que simplemente era un hombre de negocios, cuando todo su ser reflejaba que su linaje pertenecía a la realeza?

«¿Lo sabrá?», se preguntó ella. ¿Sabría que tenía un hijo pequeño que era muy parecido a él? Y si lo sabía, entonces ¿qué? ¿Volvería a irrumpir en su vida y la cambiaría para siempre como ya había hecho anteriormente?

El miedo se apoderó de ella. No sabía qué hacer ni qué decir, porque la presencia de Kadir había alterado todos sus sentidos. Y no solo porque fuera algo inesperado, sino porque era muy diferente al hombre que había conocido brevemente. Su cabello negro parecía más oscuro gracias a su kufiya de color blanco. Una prenda que al mismo tiempo resaltaba su atractivo rostro de tez bronceada. Iba vestido con una chilaba de seda que cubría su cuerpo musculoso. Ella negó con la cabeza, confundida. ¿Qué había pasado con aquel elegante traje italiano? ¿Y con la camisa de seda y la corbata de color azul cobalto que él había dejado caer al suelo con impaciencia, junto a su ropa interior?

«Ese era su disfraz», se recordó ella. Ropa moderna y occidental para que ella, y otras mujeres, no pudieran averiguar su verdadera identidad. Si hubiese ido vestido de esa manera cuando ella lo conoció, ¿habría deseado estar entre sus brazos y en su cama? Nunca sabría la respuesta. Al encontrarse sus miradas, surgió una potente atracción entre ambos. Y por ese motivo, la vida de Caitlin había cambiado para siempre.

Él no le había contado que era un poderoso rey del desierto. Había muchas cosas que él no le había contado. Cosas de las que ella se habría horrorizado en su momento. Las había descubierto después, al intentar localizarlo, cuando descubrió lo idiota que había sido. Y el potente recuerdo le permitió suprimir su temor y la molesta sensación de culpa que sentía por poder haberlo hecho todo de manera diferente.

–Kadir –dijo ella con calma. De manera muy diferente a la última vez que pronunció su nombre, cuando escapó de sus labios entre los gemidos de pasión. Caitlin se humedeció los labios para contener sus náuseas.

¿Y si él lo sabía? ¿Y si había descubierto la verdad que tanto había tratado de ocultar? Pensó en Cameron, que se había quedado en casa con Morag, y se estremeció.

Sabía que cuando averiguara la verdad nada volvería a ser igual. Trató de mantener la calma y preguntó:

–¿Qué diablos haces aquí?

Kadir no respondió inmediatamente, pero claro era rey y podía hacer esperar a la gente. El rey más poderoso de Oriente Medio, o eso decían. Poseía tierras fértiles y palacios de lujo que muchos envidiaban y también tenía innumerables sirvientes y asistentes de confianza, capaces de caminar sobre brasas ardientes para demostrar su fidelidad. Unas semanas atrás, él habría estado de acuerdo con aquellos que lo alababan por sus cualidades. Por estar al tanto de la situación internacional y de haber logrado la paz en algunos países. Para muchos, él tenía todo lo que un rey podía desear.

Sin embargo…

Notó calor en su piel.

Sin embargo, aquella mujer le había ocultado la cosa más preciada que un hombre podía tener. El fruto de su ser y heredero del país que él gobernaba. Ella le había privado de algunos años preciados de la vida de su hijo. Cuatro años que nunca podría recuperar.

¡Y jamás había sentido una rabia tan intensa!

Aunque no la demostraría. Sabía muy bien que ocultar las emociones era la única manera de triunfar en la vida. Las emociones significaban debilidad y dejaban a los hombres tan desvalidos como el deseo sexual. Eran cosas que podían encaminarlo hacia un destino no deseado y él no podía permitírselo. Nunca más. El celibato lo había mantenido fuerte y poderoso, y por eso ignoraría cómo la luz hacía que el cabello de Caitlin Fraser pareciera una cascada de fuego. Trataría de no reparar en su tez pálida ni en las curvas de su cuerpo, y de olvidar el recuerdo de lo que sintió al penetrarla en profundidad. Olvidaría que en su momento ella lo había hecho sentir fuerte e invencible como un león. En cambio, le tendería el anzuelo y ella caería en su propia trampa

–Pareces sorprendida de verme, Caitlin –comentó con frialdad.

Ella frunció el ceño.

–Eso es quedarse corto. Por supuesto que estoy sorprendida. Hace cinco años desapareciste sin más. Te marchaste en mitad de la noche y ahora apareces sin avisar –dijo ella–. ¿Cómo me has encontrado?

Él se encogió de hombros.

–Ese tipo de cosas no son un problema.

–Para alguien como tú, quieres decir –lo acusó ella.

–¿Para alguien como yo?

–¡Un rey del desierto! ¡Un jeque! ¡Algo que no te molestaste en contarme en su momento!

Kadir no hizo ningún comentario y continuó mirándola fijamente.

«Deja que se condene con sus propias palabras», pensó.

–No entiendo por qué apareces así, de pronto –continuó ella–. ¿Es una encerrona?

–¿Una encerrona? –preguntó él con frialdad.

Ella asintió.

–He venido pensando que alguien iba a ofrecerme un trabajo.

–¿Alguien que no conocías?

–Eso es.

–Alguien que no conocías –repitió–. Sin embargo, ¿has aceptado la cita?

–Pues sí. ¿Por qué no iba a hacerlo?

–¿Aunque pudiera haber sido cualquiera? Dime, Caitlin, ¿quedas a menudo con desconocidos en una habitación de hotel? –la miró con los ojos entornados–. Bueno, me parece que tienes antecedentes de ese tipo ¿no?

Caitlin se sonrojó.

–Podría decir lo mismo de ti –contestó ella–. Aunque esto no era una cita romántica. Se suponía que era un encuentro de trabajo y perfectamente legítimo. Me convocó una agencia de empleo y yo aprovecho todas las oportunidades que me salen porque resulta que necesito dinero –lo miró–. Claro que igual tú no sabes lo que es eso, pero te aseguro que no es un delito.

–No –soltó él. De pronto, Kadir supo que no podía continuar jugando a ese juego, por mucho que le tentara comprobar hasta dónde podía llegar Caitlin para intentar ocultarle la verdad–. El delito es que te quedaste embarazada y no te molestaste en decírmelo. Que hace cuatro años diste a luz a mi hijo y que yo me he perdido todos esos preciosos años de su vida. Ese es el delito, Caitlin.

Caitlin sintió que el corazón le latía tan fuerte que parecía que se salía del cuerpo, pero trató de concentrarse en los hechos en lugar de en el sufrimiento que sentía. ¡Él lo sabía! Por supuesto que lo sabía. ¿Por qué iba a estar allí si no? Por supuesto, él no había vuelto a pensar en ella desde la noche en que la sedujo y se marchó sin despedirse, en mitad de la noche y mientras ella dormía. Ella recordaba que se había levantado somnolienta y medio enamorada, hasta que se percató de que no había rastro del hombre a quien se había entregado de lleno, aparte de los restos de su esencia que se había secado en las sábanas. No fue hasta unos días más tarde cuando se dio cuenta de que llevaba a su hijo en el vientre, y cuando comprendió por qué él se había marchado tan rápido.

La rabia se apoderó de ella.

Y debía aferrarse al recuerdo de su traición, y de su propia estupidez. Había permitido que la historia se repitiera de nuevo, y que la trataran como a una idiota. Aunque también conocía las consecuencias que podían sufrir las mujeres que vivían una situación así, y ella no permitiría que eso le sucediera. Ni a ella, ni a su hijo. No permitiría que aquel jeque tomara el control de su vida. Ella no necesitaba su aprobación. Necesitaba ser fuerte. Por el bien de Cameron y por el de sí misma

Y después de la rabia, experimentó temor y preocupación por lo que él podría hacer cuando lo descubriera. Sobre las consecuencias de haberle ocultado el secreto tanto tiempo. Porque nadie más sabía que el Jeque de Xulhabi era el padre de su hijo.

–Intenté contactar contigo, Kadir. Nada más enterarme de que llevaba a tu hijo en mi vientre, intenté localizarte. Al principio no puede creerlo cuando descubrí tu verdadera identidad, pero cuando lo asimilé continué con mi búsqueda –negó con la cabeza–. Y créeme, para una persona corriente no es fácil contactar con un gobernador poderoso de un país extranjero. Te encuentras obstáculos a cada paso del camino.

–Pero no llegaste a contactar conmigo, ¿verdad, Caitlin? Podías haberme dejado un mensaje a través de los embajadores o los asistentes.

–No. Porque durante mi búsqueda descubrí lo que no me habías contado –Caitlin cerró los ojos para tratar de mantener la calma–. No me refiero al hecho de que no mencionaras que eras un jeque y que fingieras ser una persona corriente, quizá eso es un juego al que te gusta jugar. A lo mejor te excita engañar a las mujeres de ese modo.

–¿Tú me estás hablando de engaño?

–No. Te estoy hablando de algo mucho peor –respiró hondo y recordó cómo su engaño le había hecho recordar su pasado. Y la facilidad con la que los hombres engañaban a las mujeres–. Eras un hombre casado, ¿no es así? –lo acusó–. Tenías una esposa en tu palacio de Xulhabi, pero no te molestaste en mencionarla la noche que pasaste conmigo, ¿no es así, Kadir Al Marara? Dime, ¿cuántas veces has roto tus votos acostándote con otras mujeres?

Capítulo 2

KADIR miró a la mujer que le había soltado aquellas palabras amargas y apretó los dientes con rabia. ¿Cómo era posible que ella no hubiese aceptado parte de la culpa? Que admitiera que ambos se habían dejado llevar por la pasión, y por una química tan poderosa que, a pesar de sus esfuerzos, resultó ser irresistible.

No, ella había elegido culparlo y convertirlo en el estereotipo de un hombre. El jeque bronceado y corpulento, como el personaje de las películas en blanco y negro que había visto alguna vez. Y a pesar de que en el pasado lo habían clasificado de esa manera en numerosas ocasiones, nunca le había afectado tanto. Ella le había preguntado ¿cuántas veces? Y la respuesta a su pregunta era: solo una vez, con ella. No obstante, no le daría el placer de decírselo para evitar que ella pensara que significaba algo especial para él.

–Me suplicaste que me acostara contigo. Me lo suplicaste –repitió con crueldad–. Sabes que lo hiciste. ¿Quieres que te recuerde las palabras que usaste, Caitlin?

–¡No! No quiero hablar sobre esa noche.

Él la miró.

–Bueno, quizá yo sí. Quizá yo quiera revivirla minuto a minuto.

Caitlin palideció y bajó la mirada hacia sus manos antes de mirarlo a él. Durante un segundo, Kadir se encontró perdido en la mirada de aquellos ojos. ¿Cómo podía haber olvidado su bello color azul? La manera en que parecía adentrarse en su interior, como si pudiera ver su alma atormentada y ofrecerle consuelo temporal. Lo había olvidado porque no tenía elección, porque lo bien que ella lo había hecho sentir era incompatible con su vida y su mundo. Y él necesitaba olvidarlo en ese instante.

Y por eso continuó mirándola sin decir palabra. El silencio era una táctica que siempre le había funcionado en el pasado. Si se alargaba el tiempo suficiente, la otra persona siempre terminaba rompiéndolo. Porque a las personas no les gusta el silencio. Le tienen miedo. No les gusta escuchar el ruido de sus pensamientos.

–Dime para qué has venido –preguntó ella al fin.

Kadir se quedó pensativo. ¿Qué quería? ¿Retroceder en el tiempo? ¿Continuar recorriendo la finca escocesa que había pensado comprar y no distraerse con su llamativo cabello, con la curva de sus caderas, o la manera en que se oscurecían sus ojos cuando lo miraba? ¿Preferiría no haber participado en la noche de pasión? No. No era eso lo que quería. ¿Cómo podía desear que su hijo no hubiera nacido?

–¿Por qué crees que estoy aquí? –preguntó él–. Porque quiero verlo. Quiero ver a mi hijo.

Ella se puso tensa, como si le hubiera pedido algo imposible. Después, negó con la cabeza levemente, como alguien que acabase de despertar de una pesadilla.

–Sí –comentó ella–. Supongo que sí –se agachó para recoger un bolso de piel verde que había dejado sobre la silla.

Kadir la observó en silencio mientras ella sacaba una foto de una billetera.

–Toma, mira esto.

Él no la miró inmediatamente, sino que permaneció mirándola a ella unos instantes.

–¿Crees que me contentaré con una foto? –preguntó.

–¿No te vale por el momento?

Incapaz de aguantar ni un segundo más, Kadir le quitó la foto de la mano con mucho cuidado de no rozar su piel. Era como si no se fiase de sí mismo si volvía a tocarla. Después, trató de mantenerse fuerte y no ceder ante el sentimiento de desesperación que lo invadía por dentro mientras esperaba a ver la foto de su primer hijo. El asistente que había descubierto su existencia le había ofrecido buscar fotografías, pero Kadir aborrecía el trabajo de los paparazis y rechazó a oferta. La edad y el aspecto del niño indicaban que él era el padre, pero sobre todo era su instinto el que le indicaba que era verdad y, en esos días, Kadir confiaba más en su instinto que en cualquier foto tomada desde detrás de un árbol.

Sin embargo, nada podía prepararlo para las emociones que lo inundaron al mirar aquel par de ojos negros tan parecidos a los suyos. Kadir se acercó a la ventana para poder examinarla mejor a la luz. A juzgar por el fondo de la foto, era una toma profesional, aunque el flequillo del pequeño caía sobre su frente de forma desordenada, como si nadie pudiera domarlo. Kadir entornó los ojos al ver que tenía una pequeña muesca en uno de sus dientes. ¿Se habría caído y hecho daño? ¿Y nadie había estado a su lado para protegerlo?

Se volvió y vio que Caitlin lo estaba mirando como si esperara que él dijera algo tranquilizador.

–Quiero conocerlo en persona –soltó Kadir–. Y cuanto antes.

Caitlin asintió y notó que se le encogía el corazón a pesar de que esperaba oír lo que él había dicho. Por supuesto que sí. ¿Qué más podría decir él dadas las circunstancias? Caitlin experimentaba una mezcla de emociones, aunque se avergonzaba de la que era dominante y no tenía nada que ver con su pequeño, pero sí con ella.

Celos.

Intensos y potentes.

–¿Y qué pasa con tu esposa? ¿Ella también quiere conocerlo?

Se hizo una pausa y Kadir contestó sin emoción en la voz.

–Mi esposa ha muerto.

–Lo siento –contestó Caitlin.

–No, no lo sientes.

–Siento la pérdida de cualquier ser humano –se defendió–. ¡Aunque sobre todo siento haberme acostado contigo sin saber que estabas casado!

–Eso es historia, Caitlin –comentó él–. A mí no me preocupa el pasado. El presente sí. No me marcharé de aquí, ni tú tampoco, hasta que acordemos una fecha para ver a mi hijo.

–Cameron –le corrigió ella.

–Cameron –repitió Kadir, y Caitlin reparó en cómo su acento escocés hacía que su nombre pareciera más exótico y distinguido.

Kadir no solo tenía un aspecto diferente al del hombre al que ella se había entregado, sino que además sonaba de manera diferente también. La túnica y el turbante lo hacían parecer frío y distante. Y al mirarlo, Caitlin supo que, si ella se lo permitía, él tomaría el control de la situación.

«No lo hagas», se dijo. «Mantén tus condiciones. Demuéstrale que no permitirás que nadie te manipule». Ella no era una de sus posesiones. Era una mujer libre e independiente y, además, estaba en su país.

–Por supuesto que debéis conoceros, pero me gustaría que fuera en territorio neutral –dijo ella, avergonzada de lo pequeña que era su casa comparada con sus lujosos palacios. ¿O era porque no podía soportar la idea de que Kadir irrumpiera con su poderosa presencia en su territorio? Cuando se marchara, el lugar parecería vacío sin él–. ¿Qué tal aquí, en Edimburgo? Sería tan buen lugar como cualquier otro.

–Estoy seguro, pero me temo que no encaja en mi agenda. Esta semana estaré en Londres –dijo él con frialdad–. Puedes reunirte conmigo allí.

–¿En Londres? –repitió Caitlin.

–No hace falta que hables como si fuera Marte –comentó él–. No está tan lejos. Solo a poco más de una hora en avión. No pasaré mucho tiempo en tu país y Londres es donde tengo que llevar a cabo mis negocios.

–¿Ah, sí?

–Sí. Lleva a Cameron a Londres. ¿Conoce la ciudad?

–No –dijo Caitlin, admitiendo las limitaciones que tenía en la crianza de Cameron. Su hijo nunca había salido de Escocia. Ella quería protegerlo del mundo y de la gente. Protegerlo del lado duro de la vida.

¿Y no era cierto que había pensado que, si se mantenía escondida, no se encontraría con un escenario como aquel?

–No, nunca ha estado allí.

–Entonces, decidido. Estoy seguro de que le parecerá emocionante, y habrá muchas cosas para entretenerlo –sonrió brevemente–. Lo organizaré para que vengan a recogerte en mi avión.

Caitlin pestañeó. ¿Tenía su propio avión?

Por supuesto, ¿pensaba que el rey de uno de los países más ricos del mundo haría cola en un aeropuerto como la gente corriente?

–Eres muy amable –repuso ella–, pero soy capaz de llegar a Londres por mi cuenta.

La miró de arriba abajo fijándose en la ropa que llevaba. Un jersey, una falda de punto hasta la rodilla y unas medias de lana grises.

–Aunque no con un poco más de estilo, ¿verdad?

Caitlin se sintió molesta al oír su comentario. La última vez que se vieron, él no hizo ningún comentario acerca de su ropa. Había estado más preocupado por quitársela que por ofrecer una crítica sobre moda. No obstante, ella no debía ir por ese camino. Iba a resultarle muy difícil gestionar sus emociones sin recordar cómo se había sentido entre los brazos de Kadir mientras él la besaba de forma apasionada.

–Creía que venía a una entrevista de trabajo como fotógrafa. Y por lo que sé, sujetar una cámara cuando hace un tiempo desapacible requiere ropa cómoda y no elegante –comentó–. Respecto al viaje a Londres, me gustaría que Morag me acompañara. Si es que puedo convencerla de que haga el viaje.

–¿Quién es Morag? –preguntó él, frunciendo el ceño.

–Es una enfermera retirada que me conoce desde que yo era pequeña. Ahora cuida de Cameron mientras yo estoy trabajando.

–¿Y con qué frecuencia sucede eso? ¿Cada cuánto has de dejar a nuestro hijo en manos de esa señora?

Era una acusación injusta y su tono posesivo era un poco preocupante, pero Caitlin decidió que estaba enfadado y que la gente decía todo tipo de cosas cuando se enfadaba. Respiró hondo y lo miró con calma.

–Nunca lo dejo a menos que sea completamente necesario. Nunca acepto cualquier trabajo, ya que estoy tratando de crearme una buena reputación. Trabajo mucho para una agencia, a través de la que supongo has conseguido citarme en este hotel con la promesa de una oferta laboral. Una oferta que no existe, ¿verdad, Kadir?

Él negó con la cabeza a modo de respuesta. Cuando sus miradas se encontraron, ella vio un brillo en sus ojos que sus espesas pestañas no pudieron ocultar. ¿Se había imaginado el suspiro que parecía había escapado de sus labios y que provocó que ella recordara cómo se había sentido cuando él la besó? De pronto, un montón de recuerdos invadieron su mente sin que ella pudiera hacer nada por mantenerlos bajo control.

Se preguntaba si él había pensado alguna vez en las circunstancias en las que se habían conocido. Ella estaba tratando de capturar la imagen de un águila real y, después, él le comentó que nunca se había quedado cautivado por el cuello de una mujer. Ni por su trasero. Al parecer, él pensaba comprar la enorme finca que ella estaba fotografiando, pero la venta nunca se realizó. Caitlin se preguntaba si él la habría comprado si él no la hubiera conocido, o si su infidelidad le había dado cargo de conciencia y por eso había cambiado de opinión. Sin duda ella era la última persona con la que él desearía encontrarse. Caitlin puso una sonrisa de amargura. A menos que no solo hubiera tenido una aventura extramatrimonial con ella.

–Por supuesto que el trabajo no existe –dijo él, con frialdad–. Prepara a Cameron para salir mañana a primera hora. Una de mis asistentes irá a buscaros para acompañaros a Edimburgo –hizo una pausa–. ¿Qué vas a decirle, Caitlin? ¿Cómo vas a explicarle a mi hijo quién soy yo?

–Todavía no lo he decidido. Tengo que pensarlo.

–¿Sabe quién es su padre?

–No –negó con la cabeza–. Nunca lo ha preguntado.

–¿Estás segura?

–¡Sí! Lo prometo.

Caitlin vio que él suspiraba despacio.

–¿Cómo puedo creerte? ¡A pesar de que pongas la mano sobre tu corazón!

–Me creas o no, ¡es la verdad!

Él la miró con ojos entornados.

–Ven preparada para pasar varias noches.

–¿De veras es necesario?

Él soltó una carcajada.

–Ay, Caitlin, ¿de verdad eres tan corta de vista? Crees que estoy preparado para un encuentro corto? ¿Cómo si fuera una cita con el dentista? ¿Que me bastarían unas horas para conocer al niño que acabo de descubrir que existe?

Ella no había pensado en ello. Todo había sucedido tan deprisa que se sentía mareada. Y estaba más asustada que antes. Asustada por el poder de Kadir y su potencial para destrozar su vida, pero también por la manera en que él podía hacerla sentir. ¿Cómo era posible que después de todo ese tiempo, ella reaccionara ante él de una manera inadecuada? Su cuerpo había reaccionado bajo su mirada, de una manera que no había reaccionado desde la última vez que él la había mirado. Era como si sus sentidos hubiesen permanecido dormidos todo este tiempo, como los bulbos que permanecen bajo la tierra durante el invierno esperando a despertar bajo los rayos de primavera.

Él la miraba con arrogancia y posesividad y, al experimentar una ola de calor recorriendo todo su cuerpo, ella se percató de que estaba mirando a Kadir Al Marara como si nunca lo hubiera visto antes.

Se fijó en la sombra de su barba incipiente y se preguntó si se afeitaría a menudo. No lo sabía. Igual que no sabía qué le gustaba desayunar, o cómo pasaba los días. No sabía nada acerca de sus padres y muy poco acerca de su difunta esposa. Su esposa, recordó ella con amargura. La mujer con la que estaba casado el día que le bajó la ropa interior y se rio de placer al descubrir que tenía húmeda la entrepierna. El recuerdo provocó que se avergonzara por haberlo hecho y por seguir reaccionando al pensar en ello.

«Este hombre no es más que un desconocido», pensó. «Puede que tenga un hijo suyo, pero yo a él no lo conozco. Ni él a mí. Para él solo soy una mujer con la que se acostó en un pequeño pueblo escocés».

Una mujer que lo abrazó y murmuró contra su boca:

–Por favor… Por favor…

Caitlin se estremeció y deseó que aquel encuentro no hubiese sido más que una pesadilla.

Aunque no habría sido justo para Cameron, ¿no?

No podía continuar ocultándole la verdad sobre su padre, por mucho que ella deseara hacerlo. Ella se había criado sin padre y sabía muy bien el gran vacío que había tenido en su vida. ¿Deseaba lo mismo para su hijo?

Se preguntaba si sus pensamientos se estaban reflejando en su rostro y por eso Kadir le estaba dirigiendo esa gélida mirada.

–Hay algo más de lo que necesitamos hablar, Caitlin –añadió–. Por si acaso estabas planeando desaparecer, te aconsejo que no lo hagas. No solo sería una pérdida de tiempo, sino que me harías enfadar y eso nunca es buena idea. Además, vayas donde vayas con mi hijo, te aseguro que te encontraré.

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