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Saúl Félix Salischiker

Des-aparecido



Salischiker, Saúl FélixDes-aparecido / Saúl Félix Salischiker. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2019.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-563-51. Narrativa Argentina. 2. Dictadura Militar. 3. Judaísmo. I. Título.CDD A863

Diseño de tapa: Eduardo Ruiz

©Libros del Zorzal, 2019

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la Ley 11.723

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“Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Golpes como del odio de dios.

(…) Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.”

Cesar Vallejo

Fragmentos del poema “Los Heraldos negros” (1918).

Dedicado a mis padres Juanita y Abraham.

Agradecimientos

A mi esposa Susi, por estar siempre conmigo, por ser la primera en apoyarme y corregir el material.

A Nati, Nico, Esteban y Sheila, por sus valiosas opiniones y consejos.

A Luis Miguel Arenillas, por hacerme volver al mundo de la literatura y la ficción.

A mis compañeros del taller literario, por haber colaborado todos con esta novela.

A mi maestro, Marcelo Birmajer, por haberme brindado sus enseñanzas y su apoyo total.

Índice

Agradecimientos | 6

Capítulo 1 El secuestro | 9

Capítulo 2 La Casita | 15

Capítulo 3 El escape | 21

Capítulo 4 El Campito | 28

Capítulo 5 Teresita | 33

Capítulo 6 La picana | 39

Capítulo 7 El cirujano | 46

Capítulo 8 La locura | 51

Capítulo 9 El baño | 55

Capítulo 10 Mario | 60

Capítulo 11 El domingo | 66

Capítulo 12 El amor | 71

Capítulo 13 La visita | 77

Capítulo 14 La confesión | 82

Capítulo 15 El viaje | 87

Capítulo 16 El amigo | 93

Capítulo 17 La fiesta | 99

Capítulo 18 La película | 104

Capítulo 19 El distinto | 108

Capítulo 20 La salida | 114

Capítulo 21 La partida | 120

Capítulo 1

El secuestro

Cuando estaba por humillar a alguien, el capitán Raúl Gómez Fuentealba tenía un rictus particular que consistía en un movimiento o temblor casi imperceptible en la comisura de los labios del lado izquierdo. El primer día nos dio una charla de bienvenida al grupo y nos dijo:

—Ustedes son médicos y odontólogos que eligieron pedir prórroga en el servicio militar obligatorio y ahora deben tener dos meses de instrucción antes de pasar a destino en la escuela de apoyo y combate Teniente General Lemos, orgullo del ejército. Cuando terminen el curso van a ser oficiales de reserva, pero tienen la desgracia de que esto no es un simple trámite, porque yo estoy a cargo del curso y, en mi opinión, todos ustedes son basura, menos que nada, porque eligieron postergar sus obligaciones ciudadanas. Cualquier falta de respeto o desobediencia será castigada muy duramente. Todos los días a las seis am, toque de diana. Este domingo nos vemos temprano todos en la capilla para la misa. Cuando yo diga “¡subordinación y valor!”, ustedes contestarán “para servir a la patria”. ¿Cómo contestarán?

—¡Para servir a la patria!

—Buenos días.

Al final de la charla, con cierta timidez, nos acercamos seis aor, y uno de nosotros, el más osado, preguntó respetuosamente:

—¿Los que somos judíos quedamos exceptuados de ir a misa?

En ese momento pude observar por primera vez el rictus en la comisura de los labios del capitán.

—Acá no hay judíos, budistas, ni nada. Acá todos somos católicos apostólicos romanos y no hay excepciones. ¡Todos a misa, carajo!

Me costaba creer lo que estaba escuchando, pero después de un tiempo me daría cuenta de que esa era sólo una mínima muestra del temperamento del capitán.

Días después estábamos en el campo, lejos de las barracas, haciendo ejercicios, muertos de sed. De pronto, como si fuera una alucinación, vimos acercarse a un muchacho que vendía bebidas. En el descanso le grité, desesperado:

—¡Gordo, gordito, vení que te compramos!

Apareció un cabo y me dijo:

—Usted llamó al joven irrespetuosamente. Acompáñeme con el capitán.

Llegamos a una carpa donde estaba el capitán sentado frente a un escritorio improvisado. Después de un rato sin mirarme, levantó la vista.

—Escucho.

—El conscripto presente llamó de una manera insultante al joven que vende gaseosas.

—Yo… Yo sólo tenía sed, y no fue mi inten…

—No sale el fin de semana, queda arrestado.

—Pero, señor, no hice nada…

—¡Queda arrestado dos fines de semana por hablar sin autorización de su superior!

Me quedé en silencio.

—¿Y no quiere decir nada en su defensa? Después no diga que los militares no les damos oportunidades, después no se victimice por judío.

Más silencio.

—Bueno, pueden retirarse.

Pasó un mes de instrucción, para algunos, bastante difícil. Una madrugada, cuando la oscuridad llegaba a su mínima expresión y Campo de Mayo parecía un lugar armónico y pacífico, tres de nosotros (David, odontólogo, Jaime y yo, médicos) recibimos la orden de presentarnos en la oficina del sargento Morales. Detrás de su asiento colgaba enmarcado un retrato del Führer. Los tres nos quedamos parados mientras el sargento, de pelo corto y bigotes anchos, tamborileaba los dedos sobre su escritorio.

—Miren, ustedes no nos han defraudado. Con el capitán sabíamos que eran tres parásitos y es nuestro deber evitar que contaminen al resto. Por eso debemos expulsarlos. No es un asunto personal de odio, es sólo preservación de la raza. De todas formas, ustedes siempre caen parados: los judíos son como las cucarachas, bichos asquerosos a los que nadie quiere, pero que siempre sobreviven. Tomen sus cosas y diríjanse al distrito militar de Palermo mañana a las ocho am. Por el momento están suspendidos por quince días, hasta que se decida qué destino les adjudican. ¿Entendieron?

En ese momento tuve grandes deseos de tirarme un pedo, pero no era el momento propicio.

—¿Entendieron?

— Sí, mi sargento.

—Retírense, no quiero verlos cerca de este lugar.

El 24 de febrero de 1977 era un día nublado pero caluroso. Salimos los tres del distrito militar de Palermo, con los documentos en la mano y dos semanas de vacaciones por delante.

Traté de no preocuparme y de no interpretar con profundidad la realidad que vivíamos. Recordé una frase de Winston Churchill: “Me pasé la mitad de mi vida preocupado por cosas que nunca ocurrieron”. Pero la verdad es que éramos una pequeña excepción en la milicia, lo cual producía una dificultad en el mecanismo que rige las leyes militares inamovibles. No podíamos ser aor (porque habíamos sido expulsados del curso), pero tampoco conscriptos rasos (porque éramos profesionales). ¿En qué lugar estábamos?

De todos modos, no era nuestro problema. Salimos los tres juntos, pero cada cual muy pronto se encaminó hacia su casa. David se fue para la avenida Bullrich y Jaime me dijo:

—Caminemos por Cerviño para estirar las piernas —y agregó—: ¿Y si nos vamos unos días a Gesell? Tomar un poco de sol nos haría bárbaro.

Mientras conversábamos, frenó bruscamente una camioneta cubierta. Al principio pensé que se trataba de un accidente, hasta que vi bajar a dos hombres de pelo muy corto, armados. En un segundo me metieron a empujones violentos en la camioneta.

No pude reaccionar, me sentí mareado. Me ataron las manos, me encapucharon, me golpearon. Así, dejé de resistirme y pasé a ser una sumisa oveja.

Me quedé sentado, quieto. Dentro del tenso silencio que dejaba la violencia extrema, me vino a la cabeza la imagen del cuento de Job de la Biblia. Después, temblor, una gota que me bajaba por la frente sin saber si era transpiración o sangre y la sensación de que a mi lado había otra persona, a quien imaginé encapuchada también. Seguro que era Jaime; nos habían agarrado a los dos juntos.

Hacía un ratito estábamos por ir a Gesell y ahora estábamos por morir.


Capítulo 2 La Casita

El piso era rugoso, de cemento pero sin alisar. Yo estaba sentado y apoyado contra una pared. Las irregularidades del piso me generaban una constante molestia en el culo, que me obligaba a moverme y cambiar de posición todo el tiempo. La capucha se me pegaba en la cara por la transpiración y las manos atadas atrás se me adormecían. Lo único bueno en ese momento fue descubrir que, girando un poco la cabeza, lograba tener algo de visión por los orificios hechos para respirar.

Hice un paneo por el cuarto; era modesto, con paredes grises manchadas de humedad y una ventana con cortinas gastadas. Por ellas pasaban reflejos de luz, reflejos de vida.

Como macabra paradoja, sentía cerca de mí una presencia humana, que respiraba agitada, pero mi campo visual no me permitía ver quién era. ¡Tal vez era Jaime!

Sentía un ardor que me subía de los pies a la cabeza, por debajo de la piel, y una opresión en el pecho; estaba al borde del llanto. Me mantuve en silencio bastante tiempo hasta que lentamente fue oscureciendo.

Escuché que afuera había música, bullicio y olor a asado. Observé toda la habitación por el pequeño orificio que me contactaba con el exterior y no vi a nadie. Sólo entonces me animé a susurrar:

—Jaime, Jaime, ¿sos vos?

Luego de un breve silencio escuché un susurro aún más bajo.

—No, soy David.

—¿David? Yo soy Saúl, ¿no te habías ido caminando por Bullrich?

—Sí, primero me agarraron a mí y después fueron por ustedes.

—Entonces Jaime se escapó, debe haber avisado a nuestras familias.

—Puede ser, ojalá.

—¿Y quién es esta gente?

—Son milicos, boludo, paramilitares. Nos secuestraron.

—¿Pero por qué a nosotros?

—No sé. Tal vez el capitán nazi hizo una denuncia falsa de que somos subversivos.

—Pero cuando se den cuenta de que no tenemos nada que ver, no les va a quedar otra que dejarnos ir.

—¿Y cómo pensás que se van a dar cuenta? Nos van a torturar y, ante la duda, nos van a limpiar igual, Saúl… Ya somos boleta.

Se le quebró la voz y escuché un llanto extraño, contenido. De pronto se abrió la puerta y entró un hombre. Alcancé a ver que era corpulento, con barba oscura y manos grandes. Enseguida impregnó el ambiente con olor a vino.

—¿Y cómo están, zurditos? Pueden sentirse cómodos, están en la Casita. Esta es una casa segura, acá van a estar hasta que los trasladen a un centro de detención. Aún no tenemos confirmado el traslado. Todos los centros están repletos. Pero no se preocupen, todos los días se liberan lugares. Ja, ja, ja. Después les traigo algo de tomar y de comer para que no digan que somos bestias. Ja, ja, ja.

Le puse de nombre “Risitas”, para identificarlo.

Pensé en decir algo para tratar de tranquilizar a David, pero me di cuenta de que no servía de nada. Preferí callarme. Era como si tuviésemos cada uno un contrato personal con el destino.

Dentro de mi estado de irrealidad total, sonreí y recordé en ese instante una poesía de César Vallejo que amaba: “Me moriré un día en París con aguacero, un día del cual tengo yo el recuerdo”, y pensé: “Me moriré en una casa húmeda en Buenos Aires, un día en el que fui secuestrado”.

No sé si la muerte tiene algún sentido, pero en aquel momento estaba convencido de que la mía era totalmente al pedo.

De nuevo se abrió la puerta, esta vez con violencia. Entró un hombre con voz gruesa, que gritaba todo el tiempo.

—¡Guerrilleros de mierda, a cuántos milicos habrán matado! ¡Zurdos de mierda! —y comenzó a patearme.

Yo sólo atiné a hacerme un ovillo y protegerme como podía, pero las patadas eran cada vez más fuertes. Recién pude respirar cuando comenzó a patear a David. Entre golpe y golpe, lo escuché decir:

—Yo no soy mal tipo. Les pego para que aprendan y para que den la información correcta. Me tendrían que agradecer por prepararlos para cuando vayan al Campito. No mientan, tienen que ser claros y sinceros si quieren sobrevivir. ¿Entendieron?

Recordé al capitán Gómez Fuente Alba.

—Sí, señor.

—Sí, señor.

—Bueno, así está mejor. Los zurdos me sacan, me sacan… —Se fue farfullando; observé que tenía la cara como picada de viruela y le puse de apodo “Gruyere”.

Quedé tirado, todo retorcido, sin saber qué parte del cuerpo me dolía más. Comprendí que David y yo éramos como dos piedritas en una gran montaña de escombros: nuestros familiares podían buscarnos toda la vida y no encontrarnos. No había ni pistas ni indicios, y no podíamos hacer nada para que se supiera dónde nos hallábamos. Nos estábamos transformando en espectros.

Me pregunté cómo habrían reaccionado mis padres, mi hermana, mis amigos ante mi ausencia. Y así de golpe, sin aviso, mi cuerpo comenzó a agitarse convulsivamente, un temblor intenso cortó mis pensamientos e irrumpió un llanto descontrolado, un verdadero torrente. Ni siquiera podía secarme las lágrimas. Dentro de ese caos mental, sólo una idea subsistía firme en mi mente: “¡Tengo que escaparme!”.



Capítulo 3 El escape

Me dejé caer en el asiento del inodoro. La suciedad del baño ya no me importaba, se había incorporado en poco tiempo a mi vida.

En mi mente se repetían, como proyectados en una pantalla de televisión, los acontecimientos de los últimos días. Traté de ordenarlos, pero todo parecía irreal. Me saqué la capucha y me miré en el espejo partido. Me costó reconocer mi propia cara: tenía moretones de distintos colores y ojeras violáceas. Dentro de lo caótico de la situación, el clima del lugar ahora era más calmo. Los tres guardianes, “Risitas”, “Gruyere” y “Peludo”, que tenía pelos hasta en las orejas, hablaban con nosotros y nos trataban mejor. Una vez por día nos daban de comer y podíamos ir al baño del patio, siempre acompañados.

Las horas pasaban lentamente, encerrados todo el tiempo en el cuartito, con dos colchonetas en el piso, las manos desatadas durante el día y la capucha siempre puesta; ya nos habían advertido que sacarse la capucha significaba morir. Yo anotaba en mi mente todos los movimientos de nuestros guardianes, la disposición de la Casita y todo aquello que me parecía que podía ser útil para mi proyecto de escape.

Pasábamos la mayor parte del tiempo en silencio, prestando atención a las charlas que podíamos pescar de los guardianes: la anécdota de cuando un tipo se resistió a que lo arrojaran de un avión, la de cuando robaron objetos valiosos en un “allanamiento”, o cuando mataron a una chica que se quiso escapar.

También hablaban de temas personales. Una de las conversaciones que se grabó en mi memoria fue un viaje que le relató “Risitas” al “Peludo”:

—Estaba de viaje por Perú, porque allá tiene familia mi vieja. Llegué a un pueblo de mala muerte cerca de Arequipa. Me hospedé en un hotel pedorro y me dieron una pieza para compartir con un yanqui y un ecuatoriano. Viste que los yanquis son muy raros. Bueno, resulta que a la noche el yanqui estaba alzado, quería acción, entonces me pidió en un español defectuoso: “Mí querer coger”, ja, ja, ja, para que yo le averiguara si había putas en el pueblo. El dueño del hotel me indicó una dirección y allá fuimos con el yanqui y el ecuatoriano, que se unió al grupo. Caminamos varias cuadras por calles de piedra hasta llegar a una casa humilde de ladrillos; me llamó la atención que en la entrada hubiera un cochecito de bebé. Tocamos la puerta y salió un tipo con un nene en brazos; pensamos que nos habíamos equivocado, pero el tipo nos dijo que si buscábamos mujeres podíamos pasar, que esperáramos un ratito porque la mujer le estaba dando la teta al bebé. ¡Te imaginás qué situación! La casa tenía olor a meo de criaturas. A mí me dio asco estar con una puta en un lugar lleno de pibes. Dije que me sentía descompuesto, y el ecuatoriano me acompañó al hotel. A las dos o tres horas, apareció el yanqui contento, feliz, cantando, y nos contó que fue algo fuera de lo común, algo espectacular, que le chupó las tetas a la puta y se tomó la leche que le quedaba. Te imaginás qué asco, ¡ja, ja, ja! Son muy raros los yanquis, muy raros.

—Pero de qué te asombrás, si vos me contaste que te violaste a una guerrillera embarazada…

—¡Nada que ver con esto! Esa mina estaba embarazada de pocos meses, ni se le notaba que tenía un pibe. Los yanquis son distintos, son perversos, son degenerados, ¿no viste que comen la carne casi cruda y a todo le ponen kétchup, que parece sangre? Son muy raros, ja, ja, ja.

Todas estas conversaciones ocupaban parte de mi tiempo; me acostumbré a escucharlas y a veces hasta me hacían sonreír. Pero después trataba de concentrarme en mi plan de escape, que era el siguiente: en mitad de la noche, cuando todos estuviesen durmiendo, me desataría de a poco las manos, me sacaría la capucha de mierda y, en el máximo silencio, saldría por la ventana del cuarto que daba al patio, que no era muy grande y ya conocía porque lo cruzábamos cuando íbamos al baño. Tenía paredes de unos dos metros de alto. La única dificultad que tenía el plan era que, hasta desatarme las manos, tendría la capucha puesta y no podría ver si alguien me observaba. De muy chico pensaba que, si me tapaba todo y no veía, los demás tampoco me veían, como algo mágico. Pero ahora era distinto y dependía exclusivamente del sentido auditivo para tener éxito. De todas formas, había llegado a la conclusión de que era mejor morir de un tiro en la espalda escapando que de un tiro en la nuca encapuchado. Recordaba los relatos de mi abuelo, de los judíos subiendo como ovejas a los trenes de la muerte. No iba a esperar que me trasladaran a ningún lado.

La noche en que decidí escaparme se me hizo eterna. Escuchaba los ronquidos de David, pero aún sentía ruidos en el cuarto de al lado. Como un animal que desea regresar a su cueva, tenía unas ganas enormes de volver a mi casa, abrazar a mi familia y contarle todo mi calvario, pero esos pensamientos aumentaban mi ansiedad.

Vinieron a mi memoria los exámenes de la Facultad de Medicina. Yo sostenía la teoría de que, si uno se encuentra muy ansioso, la capacidad de retención disminuye de un treinta a un cuarenta por ciento, y si yo estudiaba para un siete, no me alcanzaría para aprobar: por eso, la ansiedad frente al examen era un lujo que se podían dar solamente los que estudiaban para diez. Acá era igual: si no me tranquilizaba, mis posibilidades de escapar se reducirían. Claro que no era lo mismo reprobar un examen que recibir un tiro.

Comencé a respirar de forma pausada para relajarme. Un profesor me había explicado que lo ideal era realizar tres inspiraciones por la nariz, cortas y seguidas, y luego una espiración larga y profunda por la boca. De esa manera, los pulmones se oxigenaban; eso explicaba el llanto de congoja de los bebés.

Calculé que habían pasado varias horas. El silencio de la noche se asentó sobre la casa. Ya me faltaba muy poco para lograr desatar mis manos. Finalmente lo logré y, cuando estaba a punto de sacarme la capucha, escuché un chistido que me paralizó y sentí un caño duro apoyarse en mi cabeza.

—Así que te querés escapar, ja, ja, ja —era “Risitas”—. ¿No te gusta nuestra hospitalidad? Ja, ja, ja. ¿Sabés por qué estamos despiertos? Porque en una hora salimos para el Campito. Ya les reservaron lugar, ¿justo te querés escapar la noche que te conseguimos un cinco estrellas? ¡Sos un pelotudo! —Después, sin aviso, vino un golpe seco y la oscuridad, la nada.

Un rato después escuché, medio dormido, la voz de “Gruyere” que me decía:

—Despertate, gil, ya llegamos al hotel.

Vi que era de día. Me dolía la cabeza y me bajaron trastabillando. Pude oír que el guardián decía:

—Mi teniente, le entregamos los dos paquetes enteros.

Luego, otra voz gruesa preguntó:

—Veo en el informe que ustedes estaban como aor, ¿quién es el médico? —levanté la mano—. O sea que entonces vos sos el odontólogo —agregó, dirigiéndose a David—. Bien, les voy a dar un pequeño instructivo: ustedes se encuentran en el centro de detención el Campito para ser interrogados, o sea que no están en ningún lado, no existen. Sus vidas valen menos que la de un insecto. La única posibilidad que tienen para volver al mundanal ruido es colaborar. Repitan, ¿cuál es la única posibilidad?

—Colaborar.

—Colaborar.

—Perfecto, entendieron. Si logramos recoger la información que buscamos, puede ser que vivan. Desde el momento en que fueron “chupados”, la única manera de sobrevivir… ¿cuál es?

Silencio.

—¿Cuál es?

—Colaborar.

—Colaborar.

—¡Bravo! ¿Ven que es fácil? Yo soy el teniente y, como somos amables, les vamos a servir un cóctel de bienvenida. ¡Sargento, proceda!

Sentí que comenzaban a golpear brutalmente a David y escuché sus quejidos hasta que quedó inmóvil en el suelo. Luego el teniente dijo:

—Ahora es tu turno del brindis. ¿Querés lo mismo que tu compañero o algo más suave?

No contesté nada, sólo apreté los dientes y esperé el primer golpe.


Capítulo 4 El Campito

El eco de una corneta y el ladrido de unos perros a lo lejos me despertaron. Unos instantes después, medio dormido, mareado, me puse de pie. Aún tenía la capucha puesta, pero algo podía ver por los orificios. Escuché la voz gruesa del teniente:

—Para los nuevos, a las seis, diana; se levantan todos al instante, acomodan la colchoneta, hacen treinta minutos de ejercicios, después la oración “Gracias Dios mío por darnos la comida”, después mate cocido y pan. ¿Entendieron?

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
24 marca 2025
Objętość:
96 str. 27 ilustracji
ISBN:
9789875995635
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

Podobne książki