Czytaj książkę: «Conversaciones desde Las Gardenias»



Torres Castro, Ricardo Ernesto
Conversaciones desde Las Gardenias / Ricardo Ernesto Torres Castro y Julián De Zubiría Samper, autores; prologuista, Natalia Velásquez Ríos, Bogotá: Ediciones USTA, 2021.
133 páginas; fotografías a blanco y negro
Incluye referencias bibliográficas (páginas 131-133)
ISBN: 978-958-782-462-9
E-ISBN: 978-958-782-463-6
1. Madres de la Candelaria – Historia 2. Mujeres -- Relatos personales 3. Desaparición de personas -- Relatos personales – Colombia 4. Mujeres víctimas de la violencia – Colombia 5. Conflicto armado I. Universidad Santo Tomás (Colombia).
CDD 362.88CO-BoUST

© Ricardo Ernesto Torres Castro y Julián De Zubiría Samper, autores, 2021
© Natalia Velásquez Ríos, prologuista, 2021
© Universidad Santo Tomás, 2021
Ediciones USTA
Bogotá, D. C., Colombia
Carrera 9 n.˚ 51-11
Teléfono: (+571) 587 8797, ext. 2991
http://ediciones.usta.edu.co
Corrección de estilo: Edwin Daniel Algarra Suárez
Diagramación y diseño de cubierta: lacentraldediseno.com
Fotografías: Jair Muñoz Valencia
Impresión: DGP Editores S.A.S.
Conversión a ePub
Mákina Editorial
https://makinaeditorial.com/
Hecho el depósito que establece la ley
ISBN: 978-958-782-462-9
e-ISBN: 978-958-782-463-6
Primera edición, 2021
Esta obra tiene una versión de acceso abierto disponible en el Repositorio Institucional de la Universidad Santo Tomás: https://repository.usta.edu.co/
Universidad Santo Tomás
Vigilada Mineducación
Reconocimiento personería jurídica: Resolución 3645 del 6 de agosto de 1965, Minjusticia Acreditación Institucional de Alta Calidad Multicampus: Resolución 01456 del 29 de enero de 2016, 6 años, Mineducación.
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, sin la autorización expresa del titular de los derechos.
A mi madre, de quien aprendí el
hermoso arte de conversar
A las víctimas del conflicto armado en
Colombia.
“Somos un país de víctimas que ahora
se reconocen como sobrevivientes”.

Señor, has sido bueno con tu tierra,
has restaurado la suerte de Jacob,
has perdonado la culpa de tu pueblo
has sepultado todos sus pecados,
has reprimido tu cólera,
has frenado el incendio de tu ira.
Restáuranos, Dios Salvador nuestro;
cesa en tu rencor contra nosotros.
¿Vas a estar siempre enojado,
o a prolongar tu ira de edad en edad?
¿No vas a devolvernos la vida,
para que tu pueblo se alegre contigo?
Muéstranos, Señor, tu misericordia,
y danos tu salvación.
Voy a escuchar lo que dice el Señor:
“Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos
y a los que se convierten de corazón”.
La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra;
la misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;
La fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo;
el Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.
La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos.
Salmo 84

Contenido


AUXILIO DE MARÍA CASTRILLÓN
Prólogo
Cuando mi gran amigo Ricardo me llamó desde Colombia para pedirme que elaborara el prólogo de su libro, no entendía muy bien por qué me hacía esa solicitud. Yo me encontraba terminando mi doctorado sobre temas de paz y desarrollo, en un pequeño pueblo llamado Eichstätt, en la región bávara de Alemania. Con seis horas de diferencia y poco tiempo para conversar, lo único que me dijo es que hacía cuatro años había tenido la oportunidad de escuchar a varias víctimas del conflicto armado colombiano, y que era el momento de compartir con el mundo sus reflexiones y también dar la voz a aquellos que usualmente no la tienen.
Al escucharlo me alegré mucho por su invitación, pero a la vez me sorprendí, ya que no tenía ninguna trayectoria literaria y mis experiencias profesionales se centraban más en la producción académica y en la práctica. Yo le expresé mi sorpresa y, ante mi inquietud, su respuesta fue movilizadora y contundente: me dijo que era un libro escrito desde el corazón y que quería que quien hiciera el prólogo fuera alguien significativo, importante para él. Dado que el afecto y la admiración por el trabajo era recíproco, sin pensarlo dos veces acepté su propuesta y me di a la tarea de acercarme a su obra Conversaciones desde Las Gardenias.
Inicié la lectura en medio de una de las últimas tardes invernales de ese año, pero que poco a poco se fue volviendo cálida, emocional, nostálgica, esperanzadora, gracias a la riqueza y profundidad de las palabras que me iba encontrando en el relato. Los primeros párrafos reflejaban sin duda el espíritu de mi querido amigo, un hombre transparente y humano, siempre dispuesto a servir, con un corazón grande como su corpulenta presencia, con brazos largos para abrazar, con una sonrisa que calma toda tormenta y con una capacidad de soñar que hace posible lo imposible.
Así es Ricardo —o Fray Ricardo como le dicen algunos—. Nuestros caminos se habían cruzado casi 14 años atrás en las oficinas de la Cáritas Colombiana, cuando yo era encargada de la oficina de proyectos y él un fraile dominico voluntario, que llegaba con las ganas de aportar, de servir. Sin pensarlo, y desde ese momento, comenzó también una historia de amistad y de apoyo mutuo, siendo yo testigo del amor, la esperanza y la capacidad de solidaridad que mi amigo —y, ahora, rector Ricardo— ha tenido como apuesta de vida.
Sin importar el lugar que ocupara, como voluntario, como apoyo en la Pastoral, como director de una ONG, o ahora como rector de la Universidad Santo Tomás en Medellín, Ricardo siempre ha sido el mismo: un facilitador de procesos, un soñador de vida, un motor de cambio, siempre con ganas de servir, y eso lo ha llevado a escenarios inimaginables, así como cuando llegó en el 2016 al barrio Las Gardenias en Barranquilla, Colombia, uno de los barrios más peligrosos de la ciudad caribeña, en donde su amigo Nelson, el párroco de la zona, lo llevó por primera vez a conocer el sector, sin imaginar que ese primer acercamiento se constituiría en un viaje maravilloso, dejando además un bello legado: Conversaciones desde Las Gardenias.
Continuando con la lectura del libro para hacer el prólogo, los párrafos subsiguientes evocaban mis más profundos sentidos y percepciones de mi querida Colombia. Así como Ricardo, pertenezco a una generación de la guerra, que no conoce el lenguaje de la paz. En sus palabras —las de Ricardo—, “somos una generación de la desesperanza y la indiferencia, la generación que camina sobre las innumerables fosas que este conflicto nos ha dejado”. Al leer sus reflexiones, entendí por qué me pidió que hiciera el prólogo de su libro; entendí por qué tanto cariño, lealtad y admiración recíproca pese al tiempo, a los miles de kilómetros que nos separaban y a las opciones de vida tan distintas que habíamos tenido. Ricardo y yo, aunque diferentes, tenemos algo en común que nos une, que nos moviliza, que nos quita el sueño, y es tratar de aportar desde nuestro pequeño lugar a la transformación de nuestro país, a esa paz tan anhelada y a ese desarrollo tan merecido. La diferencia es que mi querido amigo había encontrado desde su libro un medio, un lugar que le permitía “relatar” y “relatarnos”, “narrar” y “narrarnos”, generando un diálogo reflexivo, a partir de cuatro historias de vida, que infortunadamente reflejan la historia de muchas colombianas y colombianos; historias que, en medio de la tristeza, el dolor, la tragedia, también reflejan la esperanza, nuestra capacidad resiliente y la fuerza del amor, que todo lo transforma y que nos ayuda a resignificar los momentos más difíciles de la vida.
Pese a la diferencia de los relatos de la profe Carmen, Marcos, María Petra y Roberto, y Margarita María, encontramos el retrato de lo que somos como sociedad con sus sombras y luces. En las sombras, podemos identificar la violencia cíclica y sistémica que afrontan estas víctimas durante toda su vida, que incluye la generada por el conflicto armado (pero no únicamente); la estigmatización y exclusión social por su condición o por su opción de vida, que ha generado nuevas revictimizaciones; el desarraigo generacional producto del desplazamiento forzado y la necesidad de una construcción de identidad que aún continúa; el silencio como forma de afrontamiento del dolor y la tragedia; la legitimación de la violencia como mecanismo para tramitar los conflictos. Pareciera ser que, como colombianos, nos hemos acostumbrado a vivir en medio de la crisis, en donde la violencia, la pobreza y la desigualdad se han convertido en parte del paisaje, en medio de un contexto complejo en el que hemos aprendido a sobrevivir. Algunos han encontrado caminos equívocos, quizá más tortuosos, quizá más intensos. Lo cierto es que cada quien con sus herramientas ha ido reconstruyendo un sendero, se ha ido abriendo camino. Es como si fuéramos arrieros de este tiempo, abriendo trochas para andar, movilizados por el dolor, por el miedo, por el deseo de vivir, por la necesidad de la esperanza.
Pese a estas sombras, también encontramos la fuerza del amor como un motor de cambio y de resistencia; encontramos en la escucha una energía liberadora y transformadora; hallamos la inquietud sobre la comprensión de la paz y el actuar hacia esa dirección, pese al dolor y al hecho victimizante, y el anhelo por un cambio y por un futuro mejor, incluso para las próximas generaciones.
Desde el relato de estas cuatro víctimas, lo que Ricardo quería era “rescatar esa voz”, “relatar esa verdad” que, en muchas ocasiones, supera la ficción. La profe Carmen, Marcos, María Petra y Roberto, y Margarita María son los reales protagonistas de su obra; Ricardo es solamente un facilitador de estas voces. Este libro también es su forma de protesta y de reivindicación. Consciente del rol de esta generación, de la corresponsabilidad para aportar a la transformación del país, de la necesidad de hacer el tránsito de la generación de la guerra hacia la generación de la paz, Ricardo sabe que es necesaria una construcción de escenarios futuros que, entre muchas cosas, implica el reconocimiento de la verdad, el tejer la memoria, el visibilizar la voz de aquellos que siempre han sido acallados.
En medio de los relatos, el lugar y la importancia de la memoria se constituyen quizá en la mayor reflexión y aporte de Conversaciones desde Las Gardenias:
El rescate de ella —la memoria— y su preservación les permite a nuestras víctimas narrar su historia, reconstruirla y reconciliarse con ella. Es de tal valor y profundidad que ella misma comporta el eje de la reparación y el principio sobre el cual nuestra sociedad tiene que lanzarse al desafío de reconstruirse en torno a ese ambicioso e invaluable deseo que llamamos paz. (página 46)
La memoria, vista también como lugar de esperanza, debe construirse desde un diálogo de saberes que también implica la teoría y la práctica.
En tal sentido, aproximarse a Conversaciones desde Las Gardenias es, sin duda alguna, una oportunidad para acercarse desde otro lugar a esa Colombia profunda. Este libro se constituye en un punto de entrada interesante para comenzar a dialogar, pues nos ofrece unos mínimos comunes que, de ser abordados, nos permitirían dar pequeños pasos hacia la transformación y la tan anhelada construcción de la paz en Colombia. Gracias a la profe Carmen, Marcos, María Petra y Roberto, y Margarita María por compartir sus historias con nosotros, por enseñarnos tanto; gracias a mi querido amigo Ricardo por querer amplificar sus voces, por hacer el llamado a la corresponsabilidad generacional y a nuestro aporte colectivo.
¡¡¡Todo lo demás está en nuestras manos!!!
Natalia Velásquez Ríos
Doctora en Paz y Desarrollo por la Universidad Católica de
Eichstätt-Ingolstadt, Alemania
Eichstätt, Alemania, 6 de abril de 2021


EMMA ECHAVARRÍA Y ARNULFO DE JESÚS HERNÁNDEZ
Introducción
Un ejercicio de empatía
Uno de los problemas más graves de Colombia es la falta de empatía. No hemos aprehendido a escucharnos, a dialogar, a ponernos en los zapatos de los otros, a sentir sus tristezas y gozar con sus alegrías. No somos empáticos con las tragedias o las condiciones en las que viven millones de personas. Tampoco empatizamos con sus triunfos y alegrías.
Esto es algo que podemos apreciar de diversas maneras en la vida cotidiana: en el transporte público, en las calles, en las redes, entre vecinos, en el trabajo o en la vida política, entre otros. Con frecuencia, los diálogos se tornan monólogos y las celebraciones, en varias ocasiones, terminan en tensiones, riñas y confrontaciones. Es muy triste decirlo, pero los días con mayor número de homicidios y muertes en nuestro país suelen ser el Día de la Madre y las fiestas navideñas. Estas son fiestas que, con alguna periodicidad, terminan en riñas y confrontaciones. La mezcla de licor, baja empatía e intolerancia puede ser muy explosiva y peligrosa para la convivencia. Esta situación también puede verse en las calles. Una leve tensión entre conductores de dos vehículos puede culminar en una tragedia; uno de ellos se detiene rápido, el otro tiene que frenar muy fuerte, insulta, saca una cruceta y se baja a golpear al carro contrario, cuando no a la persona que lo está manejando o a su acompañante. Estanislao Zuleta decía que “una sociedad mejor es una sociedad capaz de tener mejores conflictos” (Zuleta 1991, 111). Tenía toda la razón. A los colombianos, por el contrario, nos cuesta tramitar nuestras diferencias y fácilmente escalan y terminan en conflictos mayores.
La Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo, en su informe marco de evaluación del estudio internacional de educación cívica y ciudadanía (Schulz et al., 2016), indica algo muy preocupante al respecto. Cuando se les pregunta a los jóvenes de 14 años de Suecia y China en cuántas personas confían, estos responden que en setenta de cada cien conocidos. Pero cuando se les hace la misma pregunta a jóvenes de la misma edad en Colombia, estos responden que en cuatro. La diferencia es abismal. En China y Suecia, sus jóvenes en general confían en las personas que conocen, en tanto los jóvenes colombianos confían en una parte demasiado pequeña: el 4 %. Esa actitud permanece a lo largo de la vida: no confiamos en los vecinos, en quienes trabajan con nosotros, en nuestros familiares, en quienes nos atienden cuando requerimos algún servicio, en quienes nos venden productos, en nuestras instituciones o en nuestros gobernantes. Confiamos en muy pocas personas a lo largo de la vida. En Colombia, la larga y cruenta guerra destruyó por completo el tejido social, la savia que une nuestros lazos como sociedad, cuyo alimento principal es la confianza y sus frutos son el trabajo en equipo y los proyectos y sueños colectivos. Sin confianza, no es posible que trabajemos por los mismos fines y, por eso, tampoco lo son los proyectos y sueños conjuntos.
El problema es más grave de lo que podría pensarse a primera vista. En realidad, sin confianza no es posible la vida en común. Un país sin tejido social no tiene futuro como nación. ¿Quién podría integrarlo para un fin común? ¿Quién podría allí trabajar en equipo en las empresas, los barrios o las instituciones? No sobra recordar la famosa expresión de Takeuchi, maestro de matemáticas de la Universidad Nacional: “Un colombiano es más inteligente que un japonés, pero dos japoneses son más inteligentes que dos colombianos”. No hemos aprehendido a trabajar en equipo.
Otro caso que muestra la baja empatía es la indiferencia con la que se trata a los niños en nuestro país y el desinterés que mostramos como sociedad y como gobierno para defenderlos. Durante 2020, en Colombia fueron asesinados 579 menores. La mayoría de los victimarios fueron los propios padres. Aun así, pocos lo saben, y a quienes lo saben no parece importarles demasiado. Salvo casos coyunturales, la población no se moviliza por estas causas esenciales, no sale en su defensa y no pide investigación y castigo.
Es muy diciente al respecto que la Presidencia y el Congreso hayan preferido ponerse a favor de la industria del azúcar y de quienes engañan con avisos falsos sobre la comida chatarra que a favor de los niños y niñas. Asimismo, hasta hace muy poco el Congreso de la República se había negado a apoyar una ley que prohibiera humillar, maltratar y violentar a hijos e hijas. Finalmente, y después de varios intentos fallidos, el proyecto de ley fue aprobado. El problema que intenta enfrentar es más generalizado de lo que se piensa. Estudios de la Universidad de La Sabana concluyeron en 2019 que, en el país, el 47 % de los padres y madres golpeaba a sus hijos con un objeto externo como un palo, el cable de la plancha, el cinturón o una chancleta. La mayoría de los niños y niñas eran golpeados “para que no siguieran llorando”. Es difícil mayor paradoja y contradicción: ¡los padres les pegan a sus hijos para que dejen de llorar, como si esa fuera una manera pertinente para hacerlo! Cuando se les preguntaba a los maltratadores por qué lo hacían, por qué maltrataban a quien decían querer, ellos justificaban los atropellos a sus hijos con sus propias historias. “A mí de pequeño me dieron correa y palo y vea que no tengo ningún trauma”. Esa frase la suelen decir precisamente los padres que siguen creyendo que acosando a sus hijas y golpeando a sus hijos forman jóvenes más berracos para enfrentar las dificultades del mañana (De Zubiría Samper 2021).
Otro caso en el que es evidente la falta de empatía de los colombianos lo constituye el creciente número de masacres y el asesinato de líderes sociales, ante la pasmosa indiferencia del Gobierno y de la sociedad. Según el seguimiento llevado a cabo por Indepaz (2021), durante el 2020 se perpetraron en Colombia 91 masacres. Llevamos 33 durante los cuatro primeros meses de 2021. El gobierno pareciera tener las respuestas pregrabadas, sin siquiera escuchar las preguntas de los periodistas: “Los asesinatos son producto del narcotráfico”. Sin duda, el narcotráfico ha sido un elemento central en las últimas décadas en el país y sus impactos económicos, sociales, culturales y en vidas humanas han sido devastadores. Pero reducir todos los conflictos al narcotráfico es una peligrosa simplificación de la realidad (De Zubiría Samper 2021). Eso es lo que hace quien cree en explicaciones únicas. Por el contrario, estamos ante la explosión de múltiples tipos de violencia de naturaleza diversa.
Es por lo anterior que hemos visto en años recientes desplazamientos forzados en Antioquia y Norte de Santander, incursiones paramilitares en Tibú y la zona rural de Cúcuta y acciones de las disidencias de las FARC en el Cauca y Putumayo. En varios momentos las bandas delincuenciales parecen ser quienes gobiernan en Buenaventura. También ha sido visible la tensión entre erradicadores manuales enfrentados a quienes controlan la producción de coca en las regiones y a un Gobierno obsesionado con iniciar la fumigación aérea para complacer intereses externos. Pese a todas las advertencias de la ciencia y del mundo, el Gobierno se comprometió a utilizar el glifosato. En muy poco tiempo aspira a dispersarlo a lo largo y ancho del país.
El asesinato de líderes ambientales y de firmantes de la paz pone en evidencia la incapacidad del Gobierno para proteger la vida en estas regiones, así como el control que ejercen las diversas actividades ilegales (de Zubiría Samper 2021). Igualmente, la negativa a ratificar los Acuerdos de Escazú indica que, ante la vida y la actividad económica, el Gobierno no ha privilegiado lo esencial. Tan solo Brasil y Colombia, los dos países con más asesinatos de ambientalistas en la región, se han opuesto a la ratificación del Acuerdo.
La sociedad no se moviliza ante las masacres. Pasó lo peor: nos acostumbramos a la muerte. La larga guerra nos insensibilizó. Ya nos parece que así ha sido siempre y que así tiene que ser. Actuamos de manera indiferente ante el dolor y el crimen. Es como si la guerra nos hubiera anestesiado ante los asesinatos. Es así como, durante los primeros cuatro meses del 2021, 22 firmantes de la paz y 52 líderes sociales han sido asesinados. Esta es una verdadera tragedia humana que se volvió parte de nuestra vida cotidiana, ante la indiferencia del Gobierno y de la sociedad: el primero porque repite una y otra vez que “es culpa del narcotráfico”; el segundo porque se insensibilizó, se acostumbró a vivir en medio de masacres, muertes y asesinatos.
Muchos creímos que los acuerdos de paz firmados en diciembre del 2016 entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo (FARC-EP) y el Estado colombiano iniciarían un nuevo escenario para la convivencia en Colombia. Creímos que comenzábamos a tramitar nuestros conflictos sin recurrir a las balas, al machete y a las humillaciones. Sin duda, muchas cosas cambiaron: disminuyeron de manera sensible los enfrentamientos, así como los actos terroristas contra la naturaleza, las estaciones de energía y los oleoductos. También se redujeron los asesinatos, los secuestros y las masacres. La población volvió a marchar y a tomarse las calles. Disminuyó el miedo. ¡Esas son cosas especialmente valiosas para una sociedad! Según las Naciones Unidas, las masacres en Colombia cayeron de manera sensible y constante entre 2011 y 2017. Este último fue el año con el menor número de asesinatos simultáneos de más de tres personas durante la década, con once casos. A partir de este momento aumentaron y, para 2020, volvió a presentarse un número similar al de 2012. Como puede verse, la paz, la alegría y la esperanza se enfrentaron nuevamente a quienes quieren condenarnos a una guerra eterna. ¿Por qué?
El gobierno del presidente Duque no implementó de manera integral los acuerdos de paz; le puso todas las trabas posibles a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y no ha logrado crear un clima propicio en defensa de la vida, la paz y la convivencia. No ocupó los espacios dejados por los exguerrilleros. En ese contexto, los grupos ilegales sintieron que podían expandir su dominio y seguir con las actividades ilícitas relacionadas con la minería, la expropiación de tierras y el narcotráfico (de Zubiría Samper 2021). A estas confrontaciones fortalecidas se sumaron las disidencias y unas negociaciones con el Ejército de Liberación Nacional (ELN). que estuvieron cerca de llegar a feliz término al final del gobierno de Juan Manuel Santos, pero que se suspendieron cuando algunos de sus grupos también decidieron “bombardear” la paz, instalando un gigantesco explosivo en la Escuela de Cadetes de la Policía Nacional en el sur de Bogotá.
Viejas y nuevas confrontaciones nos muestran que la paz es más difícil de alcanzar en nuestro medio. Afortunadamente, el respaldo internacional sigue siendo total y, en Colombia, diversos grupos sociales y políticos, así como los jóvenes, han salido mil veces en su defensa. Que el proceso sea lento y complejo no quiere decir que no sea posible o que no estemos en el camino correcto, es tan solo que se demorará un poco más. Como decía el exministro de educación Jaime Niño Díez, “si es necesario, tiene que ser posible”. Y la paz sigue siendo muy necesaria en nuestro país.
En este contexto, se escribe el libro que el lector tiene entre sus manos, el de un país que, como diría Zuleta, “todavía no está maduro para el conflicto [y], por tanto, no está maduro para la paz” (El Tiempo 2015). Siguen triunfando quienes se benefician política y económicamente con la continuidad de la guerra. Pese a los esfuerzos y diversos intentos, siguen saliendo victoriosos los que aprendieron a convertir el odio en votos y los que se enriquecen en medio de la confrontación porque venden armas, trafican con drogas y oro, o porque roban las tierras de los miles y miles de campesinos que tienen que dejarlas abandonadas cuando la confrontación arrecia. Según las cifras de las Naciones Unidas (2021), al final del 2020 Colombia era el país con el mayor número de desplazados internos en el mundo: ocho millones. La cifra era superior a la del Congo (cinco millones), Yemen (3.6 millones), Somalia (2.6 millones) y Afganistán (2.6 millones). Una tragedia humana de proporciones inimaginables.
Si ocho millones de personas abandonaron sus hogares y pasaron a deambular por el país, ¿en manos de quién quedaron sus tierras? Sin comprender esto no se puede entender por qué permanece la guerra en Colombia. Hay móviles económicos muy importantes. Uno de ellos, y es esencial, es el de quienes acaparan tierras a la par que los campesinos van siendo desplazados. No por casualidad todas las historias que nos trae Ricardo Torres con sus valiosos testimonios corresponden a personas que fueron desplazadas de un lugar a otro por el país. Mientras eso pasaba, iban dejando atrás a sus familiares muertos y abandonadas sus tierras, ranchos y enseres. Dejaban atrás una parte esencial de su historia, sus sueños y esperanzas. Dejaban atrás una parte de sí mismos.
Las guerras se alimentan del odio, la ira, la sed de venganza y la intolerancia. Por eso, quienes se benefician políticamente de ellas recurren a sembrar miedo y terror en la población civil y a descalificar y estigmatizar al adversario. Con sus actos quieren hacer ver a sus contrincantes como psicópatas enfermos, ya que eso termina por justificar ante la población los crímenes que ellos mismos cometen. De allí que los países en guerra necesariamente convivan con muy altos niveles de miedo e intolerancia. Estos crecen de manera exponencial cuando las guerras se prolongan por décadas y se diversifican los actores, y cuando sectores del Estado, en lugar de acabarlas, se convierten en sus promotores.
El ejercicio que nos propone Ricardo Torres es un ejercicio de empatía. Se trata de ponernos en el lugar de los otros, sentir su tristeza, llorar sus pérdidas y afligirnos por lo dura que ha resultado la vida para algunos en nuestro país, en especial para aquellos a quienes la violencia ha perseguido y desplazado. Nos invita a escuchar cuatro historias de personas que viven en Las Gardenias, al sur de Barranquilla. Son las historias de Carmen, Marcos, María Petra y Margarita María. Se trata de que conversemos con ellos a fuego lento, que conozcamos sus historias y nos pongamos en su lugar.
Se trata de ponernos en el lugar de Carmen, una profesora barranquillera que siendo joven se trasladó a Arauca, donde vivió 14 años. Allí tuvo a su hijo, y al padre de él lo asesinó el Ejército en uno de los hechos más tristes y trágicos de nuestra guerra, desconocido en otras confrontaciones en el mundo: el asesinato de civiles indefensos por parte de algunos miembros del ejército con el único fin de mostrar resultados efectivos al hacerlos pasar por guerrilleros. Un asesinato al que la prensa denomina eufemísticamente como un “falso positivo”. Según la JEP, ya han sido comprobados 6402 “falsos positivos”. Seguramente, faltan por verificar cientos o miles más. El esposo de la profe Carmen fue uno de ellos.
Se trata de ponernos en el lugar de Marcos, un joven homosexual perteneciente a las barras bravas, desplazado por la violencia desde el municipio de Nueva Venecia, en el departamento del Magdalena, luego de que fueran asesinadas en una tarde más de 50 personas por los paramilitares. A la par con el desplazamiento que lograban, se iban apoderando de las tierras desocupadas. Una tragedia que parece no detenerse nunca en nuestro país y que ayuda a que la guerra siga invadiendo nuestras vidas.
Se trata de ponernos en el lugar de María Petra, una mujer a quien le cayó encima una pared y la dejó parapléjica; de comprender sus dramas, sus profundas angustias y la fortaleza que tuvo que sacar de donde no tenía para seguir viviendo. Ella fue desplazada por los hombres de Jorge 40 en Sitio Nuevo, municipio del departamento del Magdalena. En palabras de Ricardo: “El desplazamiento armado en nuestro país tiene muchas formas y maneras. La de Roberto —su compañero de viaje— y María Petra tuvo como consecuencia más pobreza y la continuación de su peregrinar, un peregrinar sin destino”.
Se trata de ponernos en el lugar de Margarita María, una mujer de Corozal, Sucre, quien también tuvo que vivir el desplazamiento desde los Montes de María. Pero como ella misma dice: “Uno se vino de una violencia para entrar prácticamente a otra”. Ricardo lo dice de una manera muy clara: “Ninguna guerra es humana y quienes afirman que esta se puede humanizar han perdido lo esencial, la profundidad de la vida”.
Sin embargo, todavía tenemos pendiente la tarea de encontrar la manera de fortalecer la empatía para consolidar una paz más estable y duradera. Conocer nuestra historia es una condición para ello, pero muy especialmente la historia en la que las víctimas recuperan su voz. Este libro que usted tiene en sus manos le va a permitir escuchar la voz de las víctimas. Solo con la reconstrucción de la verdad, el perdón y la paz podremos dejar atrás esta historia de violencia, asesinatos, masacres y desplazamientos. Falta trecho por recorrer, pero sin duda es mucho lo que hemos recorrido. La lectura de este libro le ayudará a valorar lo que hemos avanzado y lo que todavía nos falta, porque también, en medio de lo duro y triste de las cuatro historias que tiene en frente, es un texto para fortalecer la esperanza. Nuevas narrativas y nuevas esperanzas nos siguen faltando en el país. El libro Conversaciones desde Las Gardenias ayuda a llenar este vacío.
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