Czytaj książkę: «Del Panteón a Buenos Aires»

RENÉ GOSCINNY
Del panteón
a Buenos Aires
crónicas ilustradas
Traducción
Laura Fólica

| Goscinny, RenéDel Panteón a Buenos Aires / René Goscinny. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineTraducción de: Laura Fólica.ISBN 978-987-599-506-21. Narrativa Humorística Argentina. I. Fólica, Laura, trad. II. Título.CDD A867 |
© De las fotografías: Archives Anne Goscinny. Libros del Zorzal agradece a Anne Goscinny su autorización para la reproducción de las fotografías que acompañan el presente volumen.
René Goscinny
Del Panteón a Buenos Aires. Crónicas ilustradas
Du Panthéon à Buenos Aires – Chroniques illustrées
© 2007 IMAV éditions
contact@imaveditions.com
© Libros del Zorzal, 2018
Buenos Aires, Argentina
Hecho el depósito que previene la ley 11.723
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Índice
Prefacio | 8
Del Panteón a Buenos Aires | 11
Ilustrado por Frank Margerin
Solo, sin amigos, sin un peso | 17
Ilustrado por Zep
Ardor, una heroína deslumbrante | 21
Ilustrado por Gérard Lauzier
La polémica ha muerto | 25
Ilustrado por Nicolas Barral
Los precursores olvidados | 29
Soy un comprendido | 34
Ilustrado por Mourier
Sigan al guía | 37
Ilustrado por Philippe Druillet y Ilustrado por Tebo
Un director general en la fruta | 41
Dibujos de Cabu
El amigo soltero | 45
Ilustrado por Philippe Bertrand
Todos malos | 49
Ilustrado por François Boucq
Cállese: estoy comiendo | 52
Ilustrado por Florence Cestac
Rumores | 56
Ilustrado por André Juillard
Las candilejas | 59
Dieta total | 63
Ilustrado por Achdé
Previsión y frijoles | 68
Ilustrado por Tibet
Estoy listo | 71
Ilustrado por Jean-Claude Mézières
Biografía de René GoscinnyVis comica | 76
Del álbum familiar | 79
Bibliografía deRené Goscinny | 93
A Gilberte, la mujer de su vida.

Prefacio
Descubrir estos textos. Reír o, mejor aún, sonreír. La sonrisa deja una huella en la que se refugia la memoria cuando busca olvidar el resto. Cuestión de supervivencia. He aquí dieciséis textos publicados entre 1964 y 1976 en Pilote, l’Os à Mœlle, Le Figaro Littéraire, Paris Match…1 Mi padre animó universos dándoles, más que un decorado, un alma. Hacer que lugares o épocas, si bien ya míticos en ese entonces, pasaran de la realidad a la leyenda representaba un desafío. El Far West y los galos serán asociados por siempre a mi padre. Porque al revisitar esas épocas, al obsequiarles aunque más no fuera a Rantanplán o a Idefix, las volvió ineludibles.
Las crónicas que leerán a continuación ciertamente son el reflejo de una época –algo inherente a la propia noción de crónica–, pero sobre todo son el reflejo de una mirada. Y esa mirada es tanto más brillante cuando se detiene sobre aquello que no hubiéramos notado a simple vista.
Al leer estos textos, no pude dejar de pensar que a nuestra época le falta su sonrisa, pero sobre todo la atención que él le prestaba a la gente y a las cosas. Estudiar y restituir el tenor del objeto observado está al alcance de todos. Para que el detalle se transforme en el protagonista de un texto y para otorgar al fragmento la suerte de convertirse en lo esencial durante el breve tiempo que dura una crónica, sin embargo, hay que ser dotado, muy dotado.
Mi padre, lejos de ser cándido, se divertía con los defectos de sus contemporáneos, pero sin juzgarlos jamás. Y precisamente es esta ausencia, no de un ojo crítico, sino de agresividad, lo que da sabor a los textos que ustedes leerán. Resulta fácil hacer reír señalando con el dedo al otro, descrito como nuestra antítesis, nuestro opuesto. En cambio, es difícil lograrlo sin hacer humor con lo que podría significar sufrimiento precisamente para el más débil de la historia. Allí radica el genio de mi padre.
Dudo al emplear palabras que podrían parecer incongruentes o fuera de lugar aquí, pero me place, no obstante, hablar de mi emoción al descubrir los dibujos que ilustran estos textos escritos, en algunos casos, hace más de cuarenta años.
Parece paradójico que, para saludar los treinta años de la desaparición física de mi padre, se publique este libro, puesto que, sin borrar el tiempo, estas ilustraciones realizadas hoy reducen esa ausencia, la comprimen, e incluso llegan a negarla.
¿Treinta años de ausencia? Al hojear este libro, y luego simplemente al leerlo, no es la ausencia, tampoco la falta lo que nos conmueve, sino, al contrario, la presencia cada vez más viva de este hombre que ha marcado su siglo navegando desde el Far West hasta Lutecia con una única consigna: hacer reír.
“¿Ya treinta años?”, dicen algunos. Como si tocáramos con las manos el milagro de la inmortalidad.
Es verdad que la obra de René Goscinny sigue viva. Es verdad que invita al placer. Pero por sobre todo inspira, crea, en quienes la frecuentan de cerca, la vocación. Vocación de escritura, vocación sobre todo de contar historias. O, mejor aún, vocación para convocar con vivo deseo ese filtro: observar y restituir los hechos y actitudes de nuestros prójimos sin modificar la realidad, tan sólo cuidando los detalles, lanzando una mirada tierna hacia las miguitas que dejan por ahí quienes no las ven. Miguitas que, sumadas unas a otras, transforman el pan en brioche, sin traicionarlo.
Del Panteón a Buenos Aires. Es el título del primer relato, pero sobre todo es el último trayecto fantaseado; desde su origen (nació en el distrito V de París) hasta sus primeros años de vida adulta. Como si la continuación se derivara naturalmente de este viaje que se revelará, en más de un modo, iniciático. Me gusta inventar a mi padre y encontrar en él a Borges y a Cortázar.
De Buenos Aires al Panteón habría sido más acorde con la realidad, aunque, como cantaba Brassens:
Es un error,
pero quien toca el acordeón
jamás termina en el Panteón.
En el Panteón de los personajes, los héroes de mi padre se codearían con Cosette y Javert.2 Imagino a Hugo molesto, obligado a interrumpir su relato porque Javert ríe a carcajadas por un juego de palabras de Iznogud, o a Dumas perplejo al descubrir que Edmond Dantès comparte un jabalí, en su celda del castillo de If, con Obelix.3
En este divertido libro, ustedes se cruzarán con vidas mezcladas. Quizá broten lágrimas de risa. ¿Pero cuál de las dos, lágrima o risa, nació primero?
Anne Goscinny
Del Panteón a Buenos Aires
El 14 de agosto de 1926, mi hermano mayor dejó de ser hijo único. Nunca me lo perdonó. Nací en el distrito V de París, no muy lejos del Panteón, ¡súper práctico! “A los Grandes Hombres, la Patria agradecida”, es poco frecuente que se lo digan a uno ya desde el nacimiento.
Me fui de Francia en 1928, llevando a mis padres conmigo, y me quedé en Argentina hasta 1945. Nuestra llegada fue maravillosa: nos esperaban con guirnaldas, un desfile militar y fuegos de artificio. Sí que sabían recibir bien a los que arribaban. Mucho después me enteré de que habíamos llegado el día de una celebración patria.
Hice la escuela en español y también en francés: la primaria era obligatorio hacerla en español, y al mismo tiempo la cursé en francés. Luego entré en el liceo francés de Buenos Aires. Es gracias a eso que hoy puedo decir así, con facilidad y sin dudar, que “dos más dos son quatre”.
Ya en ese tiempo hubiera hecho cualquier cosa para hacer reír a mis compañeros. Y para hacerlos reír a esos había que hacer cualquier cosa. Era un niño tímido y, ahora, soy un adulto tímido. Era muy buen alumno, porque me habían dicho que se estilaba. Creía que un mejor alumno se aburría menos. Es un error común: el primero de la clase se aburre tanto como el último. Yo era un niño absolutamente no deportista y nunca me peleaba. Más bien me pegaban. Aunque no muy seguido, porque nunca me quedaba demasiado tiempo cuando la cosa se ponía fea.
Sí, por supuesto, yo hacía dibujitos en los márgenes de mis cuadernos. Tenía un amigo que, en cambio, llenaba sus márgenes con números. Ahora es editor. ¡Ah, sí!, en clase, hice un periódico del que era el único compaginador e ilustrador. También era su único lector.
Aún hoy me pregunto qué fui a hacer a Estados Unidos. Uno de mis tíos, que vivía allí, me había escrito: “Tienes que venir a los States”. Y yo, cuando me dicen las cosas con cierta energía, me pongo en marcha. En síntesis, fui con mi madre y, al poner los pies sobre el suelo de Estados Unidos, comencé a preguntarme qué hacía allí. Como los estadounidenses se hacían la misma pregunta…


Muy pronto me dieron una razón de ser: me convocaron a su ejército. A mí no me parecía gran cosa y además tenía ganas de volver a Francia. Fui al consulado francés para preguntar si no existía un modo de zafar. Me dijeron que fuera a ver al agregado militar. Este último, naftalínico en extremo, me dijo: “¿Alistarse en el ejército francés? ¡Pero usted está loco! En el ejército estadounidense, estará mucho mejor: ¡comerá huevos todas las mañanas!”.
Yo, que nunca como por la mañana, quedé asqueado, y dije no, no, quiero alistarme en el ejército francés. Me dieron un uniforme, una misión para cumplir (díganme si no es serio), y me embarqué en el Île de France. Todos los días langostas. Se soportaba. En Francia, cuando llegué, me preguntaron qué sabía hacer. Dije que hablaba tres lenguas, que escribía a máquina, que dibujaba un poco, que tenía algunas nociones comerciales y que había hecho algo de periodismo. Entonces, me mandaron a la infantería alpina, del lado de Marsella.
Al llegar allí, lo primero que me pidieron mis camaradas fue “¡pan!”. No comíamos nada. Perdí veinte kilos en tres meses. Con decirles que me cambiaron el uniforme basta. Y cuando en el ejército francés hacen eso es porque verdaderamente se trata de un caso extremo. Hay que aclarar que yo daba media vuelta, y el uniforme no se movía. Estaban hartos de ver a un muchacho con la corbata en la espalda. Todos me decían: “¿Pero para qué viniste acá? Parece que en el ejército estadounidense ¡comen huevos todas las mañanas!”.
Al cabo de un año, me enviaron de regreso a casa. Como recuerdo me quedaron el grado de sargento, una red forrajera, la insignia de mi batallón y un par de medias de lana que no estaban nada mal.

Una vez de regreso a Estados Unidos, me ocupé en ser un desocupado. Quería animarme a probar esos oficios que me trabajaban la cabeza. Los oficios sí que trabajan, en cambio yo, desafortunadamente…
Y entré en un estudio donde encontré al equipo que fundó la revista Mad: Harvey Kurtzman, Willy Elder y hasta Jack Davis. En ese momento conocí a Jijé y a Morris. Trabajé para un editor de libros infantiles que pronto se declaró en quiebra. Y fue entonces cuando decidí dejar de hacerme el payaso, abandonar Estados Unidos e ir a trabajar a Francia…

Solo, sin amigos, sin un peso
Los grandes éxitos financieros son fascinantes. Los magnates, los self-made men lo saben bien, ya que, muy a menudo, ceden a la tentación de escribir sus autobiografías para relatar su espectacular ascenso. Todos esos libros tienen algo en común: el autor comienza sin nada; pero habría que ponerse de acuerdo en lo que ese “nada” quiere decir. Debo confesar, como lector apasionado de esas obras, que ciertos pequeños detalles me dejan estupefacto; en general tienen que ver con los primeros peldaños del éxito. Júzguenlos ustedes mismos:
“Solo, sin amigos, sin un peso, prácticamente de rodillas, había tocado el fondo de la desesperación. Fue entonces cuando tomé una decisión que iba a pesar mucho en mi vida: compré mi primer edificio…”
“Pateaba con mis suelas agujereadas los hostiles adoquines de París. Solo, sin amigos, sin un peso, pero, y esto es lo importante, sépanlo, jóvenes lectores, no me desanimaba. Concerté una cita con el director del Banco de Francia, que me recibió en su inmenso despacho revestido con madera. Confieso que me sentía intimidado; pónganse en mi lugar…”
“Luego de la brutal muerte de mis padres, de pronto me quedé solo, sin amigos, sin un peso. Mi única fortuna era lo que mi pobre padre naviero me había dejado, a saber: una flota de catorce viejos transatlánticos…”

“Solo, sin amigos, sin un peso, había sido recogido por una buena mujer, pariente lejana de mi madre, que se ganaba la vida humildemente, ejecutando a domicilio no sé qué tipo de trabajo con agujas. Ella me había alquilado una habitación minúscula donde dejaba que me librara a mis pequeños experimentos. Un día golpean a la puerta, abro, y me encuentro en presencia de un hombre mayor, corpulento, de apariencia adinerada. Era Léon Bragadet, propietario de la fábrica de productos químicos más importante de aquel tiempo. Léon Bragadet apoyó su sombrero de copa sobre la mesa, se sentó con precaución en mi angosta cama cuyos resortes rechinaron y, sin más preámbulos, me declaró:
–La Señora Leleu me hizo saber que usted se interesa en la química…”
“Solo, sin amigos, sin un peso, un día que almorzaba en un pequeño restaurante con el presidente del Consejo…”
“Ya no tenía nada más que hacer en París: estaba solo, sin amigos, sin un peso, lo que se dice sin un peso. Entonces, decidí partir rumbo a Australia. Al llegar a Sidney, me instalé en una modesta oficina de tres habitaciones y contraté a dos secretarias. Fue entonces cuando todo comenzó…”
“En Hollywood nadie me conocía. ¿Quién podía conocerme, por otra parte, en lo que entonces era la Meca del cine? Yo no era más que un pobre y pequeño europeo sin experiencia, solo, sin amigos, sin un peso. Logré, sin embargo, que Gary Cooper y Marilyn Monroe se interesaran en mi proyecto. Cuando Samuel Goldwyn aceptó coproducir mi película…”
¡Y es así…! En el fondo, me mofo, me burlo, pero es por amargura. Creo que mi drama es que nunca logré estar solo, sin amigos, sin un peso. Cuando estoy solo y sin amigos, tengo pesos, y cuando doy mis pesos, me hago amigos y ya no estoy más solo. Esto podría ser el tema de un libro, pero me pregunto si alguien lo leería. Tal vez mis amigos, los que tienen mis pesos…
Darmowy fragment się skończył.