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Джулс Хониг
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Глава

UN BESO EN LA OSCURIDAD

Nivel de español: B1-B2

Capítulo 1. El pueblo más silencioso de América

Vocabulario del capítulo

la mudanza — переезд

el duelo — траур, скорбь

extrañar — скучать (по кому-то)

la niebla — туман

el silencio — тишина

desconfiar — не доверять

el ataúd — гроб

superar (una pérdida) — пережить (потерю)

la caja — коробка

rodeado de — окружённый

el vecindario — район, соседство

acostumbrarse — привыкать

el recuerdo — воспоминание

la carretera — шоссе, дорога

desempacar — распаковывать

el luto — траур

aferrarse — цепляться

El coche avanzaba despacio por una carretera rodeada de árboles tan altos que apenas dejaban pasar la luz del sol. Sofía Reyes iba sentada en el asiento trasero, con la frente apoyada contra la ventanilla fría, mirando cómo el paisaje se volvía cada vez más verde y cada vez más silencioso. Llevaban tres horas de viaje y, durante casi todo el trayecto, nadie había dicho una palabra.

Su madre, Claudia, conducía con las manos firmes sobre el volante y los ojos cansados fijos en la carretera. En el asiento del copiloto, Lucía, la hermana pequeña de Sofía, dormía con la cabeza apoyada contra la puerta, abrazando un peluche gastado que había pertenecido a su padre. Sofía observaba el pequeño oso de peluche y sentía que algo se le encogía en el pecho cada vez que lo miraba, porque aquel objeto raído era, en cierto modo, uno de los últimos vínculos físicos que les quedaban con él.

Hacía apenas cuatro meses que su padre había muerto. Un accidente de tráfico, una noche de lluvia, una llamada de teléfono que cambió todo. Sofía recordaba cada detalle de aquella noche con una claridad dolorosa: el sonido del teléfono sonando a las once y media, la voz temblorosa de su madre al otro lado de la puerta de su habitación, el trayecto en coche hasta el hospital durante el cual nadie se atrevió a decir en voz alta lo que todos ya intuían.

El funeral había sido un borrón de caras conocidas, flores blancas y palabras de consuelo que no consolaban nada. Sofía recordaba haberse quedado de pie frente al ataúd, incapaz de llorar, incapaz de sentir nada excepto un vacío enorme que no sabía cómo llenar. Las lágrimas llegaron después, semanas más tarde, en los momentos más inesperados: mientras se lavaba los dientes, mientras esperaba el autobús, mientras escuchaba una canción que a él le gustaba.

Desde entonces, la casa donde habían vivido durante quince años se había convertido en un lugar imposible de habitar: cada rincón guardaba un recuerdo, cada silla vacía dolía como una herida abierta. El sillón donde su padre solía leer el periódico los domingos, el garaje donde guardaba sus herramientas, el jardín que él mismo había plantado años atrás; todo en aquella casa gritaba su ausencia con una fuerza que ninguna de las tres sabía cómo soportar.

Por eso su madre había decidido, casi de un día para otro, vender la casa y mudarse a un pueblo pequeño llamado Ravenwood, donde vivía una tía lejana que les había ofrecido ayuda. Claudia había explicado la decisión con voz firme, casi ensayada, hablando de nuevos comienzos y de la importancia de no quedarse atrapadas en el dolor, pero Sofía sabía que, en el fondo, su madre simplemente ya no podía soportar despertarse cada mañana en la misma cama donde había dormido junto a su marido durante veinte años.

Sofía no había querido irse. Tenía veinte años, estudiaba Literatura en la universidad, tenía amigas, tenía una vida entera construida en aquella ciudad. Había protestado, había discutido, había incluso llorado, pero al final había comprendido que no tenía sentido pelear contra una decisión que ya estaba tomada. También entendía que su madre necesitaba escapar de los recuerdos, y que Lucía, con solo diez años, necesitaba un lugar donde pudiera volver a sonreír sin que cada objeto de la casa le recordara lo que había perdido.

—Ya casi llegamos —dijo Claudia, rompiendo el silencio—. El pueblo está a quince minutos.

—Genial —respondió Sofía, sin ningún entusiasmo en la voz.

—Podrías intentar tener una actitud un poco más positiva.

—Y tú podrías haberme preguntado si quería mudarme a un pueblo en medio de la nada.

Claudia no respondió. Sofía se arrepintió enseguida de sus palabras, pero el orgullo le impidió pedir perdón. Sabía que su madre también sufría, que también extrañaba la vida anterior, y que tomar decisiones difíciles era la única manera que había encontrado de seguir adelante. Aun así, la rabia y la tristeza seguían mezclándose dentro de ella como dos colores que no terminan de separarse, y a veces esa mezcla salía en forma de comentarios afilados que después la hacían sentirse culpable durante horas.

Miró por la ventana y pensó en todo lo que dejaba atrás: su habitación, pintada del color que ella misma había elegido a los quince años; el café al que iba con sus amigas los sábados por la mañana; el banco del parque donde su padre solía enseñarle a montar en bicicleta cuando era niña. Cada kilómetro que avanzaba el coche la alejaba un poco más de todo aquello, y comprendió, con una claridad nueva, lo que significaba de verdad la palabra desarraigo.

Cuando por fin entraron en Ravenwood, Sofía comprendió por qué su tía siempre describía el pueblo como un lugar tranquilo. Las calles eran estrechas y estaban bordeadas de casas de madera pintadas en colores suaves. Había una sola cafetería, un solo supermercado, una sola gasolinera y, más allá de las últimas casas, un bosque inmenso que parecía tragarse el horizonte.

No había semáforos. No había ruido de tráfico. No había nada que recordara, ni remotamente, a la ciudad que había dejado atrás. Todo en Ravenwood parecía detenido en el tiempo, envuelto en una calma que a Sofía, en lugar de tranquilizarla, la ponía nerviosa. Le pareció que el pueblo entero contenía la respiración, como si esperara algo, aunque no habría sabido explicar de dónde le venía esa sensación tan concreta.

—Es precioso, ¿verdad? —preguntó Claudia, mirando por el retrovisor.

—Es como si el tiempo se hubiera parado aquí en 1950.

—Dale una oportunidad, Sofía. Por favor.

En ese momento, Lucía se despertó, se frotó los ojos y miró por la ventana con curiosidad infantil, sin el peso de la nostalgia que arrastraba su hermana mayor.

—¿Ya llegamos? Hay muchos árboles.

—Sí, cariño, ya casi —respondió Claudia, con una sonrisa cansada pero sincera.

—¿Hay animales en el bosque?

—Seguro que hay muchos. Ciervos, zorros, ardillas.

—Qué guay —dijo Lucía, apretando el peluche contra su pecho—. A papá le habría gustado.

El comentario, dicho con la inocencia de una niña que todavía no sabía medir el peso de sus palabras, dejó a Sofía y a Claudia en silencio durante el resto del trayecto. No era un silencio incómodo, sino uno cargado de una tristeza compartida que no necesitaba palabras.

La casa que habían alquilado estaba al final de una calle tranquila, justo en el límite donde terminaba el pueblo y empezaba el bosque. Era una casa antigua, de dos plantas, con un porche de madera y ventanas grandes que dejaban entrar la luz verdosa que se filtraba entre los árboles. Desde la habitación que le habían asignado, en el segundo piso, Sofía podía ver directamente la línea oscura donde comenzaba el bosque.

Descargaron el coche entre las tres, ayudadas por su tía Rosa, una mujer de sesenta años con el pelo canoso recogido en una trenza y una energía sorprendente para su edad. Rosa las recibió con abrazos largos y palabras cálidas, y aunque Sofía apenas la conocía, agradeció en silencio la naturalidad con la que su tía asumía el papel de anfitriona sin hacer preguntas incómodas sobre el duelo que todas cargaban.

—Aquí estaréis bien —dijo Rosa, mientras dejaba una caja en el recibidor—. Ravenwood es un pueblo tranquilo. Nada malo pasa aquí, salvo el aburrimiento de los sábados por la noche.

—Suena emocionante —murmuró Sofía, más para sí misma que para su tía.

Rosa la miró de reojo, con una expresión que Sofía no supo interpretar del todo, entre la comprensión y algo parecido a la cautela, pero no dijo nada más al respecto y siguió ayudando con las cajas.

Pasó la tarde desempacando cajas en silencio. Cada objeto que sacaba, cada libro, cada fotografía, le recordaba algo de la vida que había dejado atrás. Encontró una foto de su padre sonriendo en la playa, con ella de niña sobre sus hombros, y tuvo que sentarse en el suelo durante varios minutos antes de poder seguir trabajando. Colocó la fotografía sobre la mesita de noche, junto a la lámpara, como si de alguna manera quisiera que él siguiera presente en aquel lugar desconocido.

Ordenó su ropa en el armario, colocó sus libros en una pequeña estantería que había traído desde casa y colgó en la pared un póster descolorido que llevaba consigo desde el instituto. Poco a poco, la habitación vacía empezó a parecer un poco más suya, aunque seguía sintiendo que aquel lugar, con sus paredes desconocidas y su olor a madera antigua, jamás llegaría a sentirse como un verdadero hogar.

Por la noche, cuando su madre y su hermana ya dormían, Sofía bajó a la cocina a buscar un vaso de agua. La casa estaba completamente en silencio, un silencio tan profundo que casi podía escucharse a sí misma respirar. Se acercó a la ventana y miró hacia el bosque, que a esa hora parecía todavía más grande, más oscuro, más lleno de secretos.

Se quedó allí varios minutos, con el vaso de agua entre las manos, observando cómo la luna dibujaba sombras alargadas entre los troncos de los árboles. Pensó en su padre, en cómo le habría gustado aquel paisaje, él que siempre había soñado con vivir cerca de la naturaleza, lejos del ruido de la ciudad. Por un instante, casi pudo imaginarlo a su lado, contemplando el mismo bosque, comentando algo sobre las estrellas.

Por un momento, le pareció ver una sombra entre los árboles, algo que se movía demasiado rápido para ser un animal cualquiera. Se quedó inmóvil, con el corazón latiendo con fuerza, hasta que la sombra desapareció y todo volvió a quedar en calma.

—Serán imaginaciones mías —se dijo en voz baja.

Pero, mientras subía de nuevo a su habitación, no pudo evitar pensar que aquel pueblo, tan tranquilo en apariencia, escondía algo que ella todavía no lograba entender. Se acostó en la cama, escuchando el viento mover las hojas de los árboles, y por primera vez en mucho tiempo se durmió pensando en algo distinto a su padre.

Aquella primera noche en Ravenwood, sus sueños no fueron sobre el funeral ni sobre la casa vacía que habían dejado atrás, sino sobre un bosque interminable, lleno de sombras que se movían entre los árboles con una elegancia extraña, casi humana. No supo, al despertar a la mañana siguiente con la luz tenue filtrándose entre las cortinas, que aquel sueño sería el primero de muchos, ni que el bosque que tanto la inquietaba acabaría convirtiéndose en el lugar donde su vida cambiaría para siempre.

A la mañana siguiente, Sofía se despertó temprano, todavía desorientada por la novedad de la habitación desconocida, por el silencio distinto que envolvía la casa nueva. Se quedó unos minutos tumbada, escuchando los sonidos extraños del pueblo: el canto de pájaros que no reconocía, el crujido de la madera vieja de la casa asentándose, el murmullo lejano de un tractor trabajando en algún campo cercano.

Bajó a la cocina y encontró a su tía Rosa preparando café, tarareando una canción que Sofía no conocía, con una tranquilidad que contrastaba enormemente con el nerviosismo que ella misma sentía ante aquel primer día completo en Ravenwood.

—Buenos días, dormilona —dijo Rosa, sirviéndole una taza sin preguntar—. ¿Qué tal la primera noche?

—Rara. Todo es tan silencioso aquí que casi no podía dormir.

—Te acostumbrarás. Al principio a mí también me costó, cuando me mudé desde la ciudad hace ya treinta años. Ahora no podría vivir en ningún otro sitio.

Rosa le habló, mientras desayunaban juntas, sobre la historia del pueblo, sobre las familias que llevaban generaciones instaladas allí, sobre las costumbres locales que a Sofía todavía le resultaban desconocidas. Le explicó que los domingos por la mañana se celebraba un pequeño mercado en la plaza central, que la única panadería del pueblo cerraba los lunes sin excepción, y que el bosque que rodeaba Ravenwood, aunque hermoso, merecía cierto respeto.

—¿Respeto? ¿Por qué lo dices así?

—Es solo una forma de hablar. Los bosques viejos guardan secretos, eso es todo. Nada de lo que preocuparse mientras seas prudente.

Sofía no le dio mayor importancia a aquel comentario en ese momento, aunque más tarde, cuando el bosque revelara todos sus secretos, recordaría aquellas palabras de su tía con una sonrisa irónica. Terminó el desayuno y salió al porche, contemplando ya, a plena luz del día, la línea verde y densa que marcaba el comienzo de los árboles, sin sospechar todavía cuánto llegaría a significar aquel lugar en su vida.

Antes de subir a deshacer las últimas cajas, Sofía se detuvo un momento en el pasillo del piso de arriba, frente a una vieja fotografía familiar que su tía Rosa había colgado allí hacía años: varias generaciones de la familia posando frente a la misma casa, con ropa de otra época, sonriendo a una cámara que debía de haber sido toda una novedad en su momento.

—Esa foto es de mis abuelos —le explicó Rosa, que había subido detrás de ella cargando una última caja—. La casa lleva en la familia casi cien años. Tu bisabuelo la construyó con sus propias manos.

—No sabía que teníamos tanta historia en este pueblo.

—Hay más historia de la que imaginas, cariño. Ravenwood guarda secretos de todo tipo, algunos más antiguos que la propia casa.

Sofía se rio ante aquel comentario, sin darle demasiada importancia en aquel momento, aunque más tarde, cuando descubriera hasta qué punto la afirmación de su tía era literal, recordaría aquella conversación con una sonrisa distinta, más consciente de todo lo que aquel pueblo pequeño y tranquilo escondía bajo su fachada apacible.

Aquella primera semana, Sofía también se dedicó a explorar el pequeño jardín trasero de la casa, descuidado tras meses sin nadie que lo cuidara. Encontró, entre la maleza, los restos de lo que debió de ser un huerto próspero, con hileras todavía visibles donde alguna vez habían crecido tomates y hierbas aromáticas.

—Podríamos replantarlo —le propuso a su madre una tarde, señalando el terreno abandonado—. A papá le encantaba la jardinería.

—Es una idea preciosa, Sofía. Podríamos hacerlo juntas, las tres.

Aquel pequeño proyecto compartido se convirtió, en las semanas siguientes, en una de las actividades favoritas de la familia, una manera silenciosa de honrar la memoria de su padre mientras construían, poco a poco, nuevas raíces en aquel pueblo desconocido.

Aquella misma tarde, mientras terminaba de colocar sus libros en la estantería, Sofía encontró entre sus cosas un pequeño diario que había empezado a llevar meses atrás, poco después del funeral, y que había abandonado casi de inmediato, incapaz de poner en palabras el dolor que sentía. Se sentó en el suelo de su nueva habitación y, por primera vez en mucho tiempo, escribió una entrada completa, describiendo el viaje, la casa nueva, el extraño silencio del pueblo, sin saber todavía que aquel cuaderno se convertiría, con el paso de las semanas, en testigo silencioso de la historia más extraordinaria de su vida.

Capítulo 2. El desconocido del bosque

Vocabulario del capítulo

el sendero — тропинка

atreverse — осмелиться

la advertencia — предупреждение

inmóvil — неподвижный

desafiante — дерзкий, вызывающий

la penumbra — полумрак

el escalofrío — мурашки, озноб

perderse — заблудиться

burlarse — насмехаться

retroceder — отступать

la ramita — веточка

desconocido/a — незнакомец/незнакомка

el musgo — мох

desaparecer — исчезать

la mirada — взгляд

internarse — углубляться (в лес)

el crepúsculo — сумерки

Los primeros días en Ravenwood transcurrieron entre cajas a medio desempacar y silencios incómodos durante la cena. Claudia había empezado a trabajar en la pequeña clínica del pueblo, y Lucía, aunque todavía tímida, ya había hecho una amiga en la escuela primaria. Sofía, en cambio, se sentía como una extraña en un lugar donde todos parecían conocerse desde siempre.

Las mañanas las dedicaba a organizar los últimos detalles de la casa y a rellenar el papeleo necesario para matricularse en la pequeña universidad comunitaria del pueblo, cuyas clases empezarían la semana siguiente. Las tardes, sin embargo, se le hacían eternas. No conocía a nadie de su edad, no tenía ninguna rutina que la mantuviera ocupada, y el peso del duelo parecía intensificarse en aquellas horas vacías en las que no sabía qué hacer consigo misma.

Por las tardes, mientras su madre preparaba la cena y su hermana hacía los deberes, Sofía salía a caminar. Había descubierto un sendero que empezaba justo detrás de la casa y se adentraba en el bosque, y aunque su madre le había advertido más de una vez que no se alejara demasiado, Sofía encontraba en esos paseos la única forma de escapar del peso de la casa nueva.

—No vayas muy lejos —le había dicho Claudia esa misma mañana—. No conocemos bien esta zona.

—Solo voy a caminar un poco, mamá. No me voy a perder.

—Eso mismo dijiste ayer, y volviste después del anochecer.

—Perdí la noción del tiempo. No volverá a pasar.

Claudia suspiró, sin muchas ganas de discutir, y le pidió que al menos llevara el teléfono cargado y avisara si iba a tardar. Sofía asintió sin mucha convicción, sabiendo que probablemente rompería la promesa igual que había hecho el día anterior.

Aquella tarde, sin embargo, Sofía caminó más de lo habitual. El bosque tenía algo hipnótico: los árboles eran tan altos que la luz llegaba filtrada en pequeños haces dorados, el musgo cubría las piedras como una alfombra verde, y el silencio, en lugar de resultarle inquietante, empezaba a parecerle extrañamente reconfortante. Era el único lugar donde podía pensar sin que nadie la observara con lástima, sin las miradas compasivas que había aprendido a detestar durante los últimos meses.

Caminaba despacio, observando los detalles que normalmente pasaban desapercibidos: una telaraña cubierta de gotas de rocío que brillaban como diminutos diamantes, un pájaro carpintero golpeando incansablemente el tronco de un árbol seco, pequeñas flores silvestres que crecían entre las raíces retorcidas. Desde la muerte de su padre, sintió por fin que su mente se calmaba, aunque fuera solo unos minutos, liberada del ciclo constante de recuerdos y preguntas sin respuesta.

Caminó durante casi una hora, siguiendo el sendero sin prestar demasiada atención a la distancia que iba recorriendo, hasta que se dio cuenta de que ya no reconocía el camino de vuelta. Los árboles se veían todos iguales, el sendero se había vuelto más estrecho y la luz empezaba a desaparecer entre las copas, tiñendo el bosque de un tono azulado que anunciaba el crepúsculo.

—Genial —murmuró para sí misma—. Cuatro días en el pueblo y ya me he perdido.

Sacó el teléfono del bolsillo con la intención de usar el mapa, pero descubrió, con creciente inquietud, que no tenía cobertura. Miró a su alrededor, intentando reconocer algún punto de referencia, pero todo el bosque parecía repetirse una y otra vez en un laberinto verde sin salida aparente. El corazón empezó a latirle más rápido, y una pequeña parte racional de su mente empezó a recordarle todas las advertencias de su madre sobre no alejarse demasiado.

Decidió seguir caminando en línea recta, confiando en que en algún momento encontraría la carretera o al menos alguna señal reconocible. Fue entonces cuando lo vio.

A unos veinte metros de distancia, entre dos árboles enormes, había un joven de pie, completamente inmóvil. Vestía una chaqueta oscura y la miraba fijamente, sin ningún gesto de sorpresa, como si llevara horas allí, esperando exactamente a que ella apareciera.

Sofía se detuvo en seco. Algo en la escena no encajaba: nadie se queda tan quieto, nadie mira de esa manera, tan directa, tan intensa, sin parpadear. Por un instante pensó en dar media vuelta y salir corriendo, pero el orgullo, esa parte de ella que nunca sabía retirarse a tiempo, ganó la partida.

—Hola —dijo, intentando sonar más segura de lo que en realidad se sentía—. ¿Sabes por dónde se sale del bosque?

El joven no respondió de inmediato. La observó durante unos segundos más, como si estuviera evaluando algo que ella no podía ver, y después dio un solo paso hacia adelante. Sofía notó, con una punzada de sorpresa, que aquel simple movimiento tenía algo extraño, una fluidez casi antinatural, como si su cuerpo no obedeciera del todo las leyes normales del movimiento humano.

—Deberías volver a casa —dijo finalmente. Su voz era grave, tranquila, con un tono que no admitía discusión—. Este bosque no es un lugar seguro por la noche.

—Todavía no es de noche.

—Lo será pronto.

Sofía cruzó los brazos, molesta por el tono autoritario del desconocido, y decidió que no iba a dejarse intimidar por un chico que ni siquiera se había presentado. Lo estudió con más atención: parecía tener veintipocos años, el pelo oscuro le caía sobre la frente de una manera casi descuidada, y sus ojos, de un color que en la penumbra parecía casi negro, la observaban con una intensidad que le resultaba incómoda y fascinante a partes iguales.

—¿Y tú quién eres? ¿La policía del bosque?

Algo, por fin, cambió en la expresión del joven. La comisura de sus labios se movió apenas, en lo que podría haber sido el principio de una sonrisa, aunque desapareció tan rápido como había llegado.

—Algo así —respondió—. El sendero que buscas está detrás de ti, a la izquierda. Camina en línea recta y en diez minutos llegarás a la carretera.

—¿Y cómo sabes tú hacia dónde tengo que ir? Ni siquiera sabes de dónde vengo.

—Conozco este bosque mejor que nadie.

—Eso suena a algo que diría un asesino en serie.

El comentario, dicho medio en broma medio en serio, pareció sorprender al joven, que la miró con una expresión difícil de descifrar, como si no estuviera acostumbrado a que le hablaran de aquella manera tan despreocupada.

—No tengo intención de hacerte daño.

—Eso también suena a algo que diría un asesino en serie.

Esta vez, la comisura de sus labios se elevó un poco más, aunque siguió sin llegar a formar una sonrisa completa. Sofía sintió una curiosidad extraña, una necesidad casi irracional de quedarse allí, de seguir hablando con aquel desconocido que le provocaba tanto recelo como fascinación.

—Deberías irte antes de que oscurezca del todo —dijo él, con un tono que sonaba más a preocupación genuina que a advertencia amenazante.

—Vale, vale. Ya me voy. Pero al menos dime tu nombre.

El joven dudó, como si aquella simple pregunta implicara mucho más de lo que Sofía podía imaginar. Finalmente, negó con la cabeza.

—No hay tiempo para eso. Vete, por favor.

Sofía miró hacia atrás, buscando el camino que él le indicaba, y cuando volvió a girarse para insistir en su pregunta, el joven ya no estaba. Había desaparecido sin hacer ningún ruido, sin dejar rastro entre los árboles, como si nunca hubiera estado allí.

Se quedó unos segundos mirando el lugar vacío, con un escalofrío recorriéndole la espalda, antes de decidir que lo mejor era seguir sus indicaciones y salir del bosque cuanto antes. Caminó rápido, casi corriendo, mirando de vez en cuando por encima del hombro, con la extraña sensación de que alguien la observaba desde la penumbra creciente entre los árboles.

En efecto, diez minutos después llegó a la carretera que la llevaría de vuelta a casa, exactamente como el desconocido le había indicado. Aquello, en lugar de tranquilizarla, aumentó todavía más su desconcierto: ¿cómo podía alguien conocer aquel bosque con tanta precisión sin ser de allí desde hacía años?

Aquella noche, mientras cenaban, Lucía habló sin parar sobre su nueva amiga y su madre sonrió por primera vez en días. Sofía, en cambio, apenas participó en la conversación. No podía dejar de pensar en el joven del bosque, en su forma de mirarla, en la manera en que había desaparecido, y sobre todo, en la extraña sensación de que, de alguna forma, ya lo conocía.

—Estás muy callada —comentó Claudia, mientras servía el postre—. ¿Todo bien?

—Sí, solo estoy cansada. Caminé bastante hoy.

—Ten cuidado con el bosque, Sofía. En serio.

—Lo tendré, mamá.

Aquella noche, tumbada en la cama, Sofía repasó una y otra vez cada detalle del encuentro, intentando encontrar una explicación lógica que no llegaba. Se durmió tarde, con la imagen de aquellos ojos oscuros grabada en la memoria, sin sospechar todavía hasta qué punto aquel encuentro casual cambiaría el rumbo de su vida en Ravenwood.

Aquella noche, antes de dormir, Sofía sacó un pequeño cuaderno que solía usar para anotar ideas sueltas y, sin pensarlo demasiado, escribió una breve descripción del joven del bosque: sus ojos oscuros, su forma extraña de moverse, la manera en que había desaparecido sin dejar rastro. No sabía muy bien por qué sentía la necesidad de dejar constancia de aquel encuentro, pero algo le decía que no sería la última vez que lo vería.

De camino a casa aquella tarde, Sofía se cruzó con un anciano que paseaba a su perro por la calle principal, uno de los pocos vecinos que ya había visto varias veces desde su llegada. El hombre la saludó con un gesto de cabeza cordial, pero su mirada se detuvo un instante de más en la dirección del bosque, como si supiera exactamente de dónde venía ella.

—Cuidado con la hora, jovencita —le dijo, con una voz áspera por los años—. El bosque cambia después del atardecer.

—Lo tendré en cuenta, gracias.

Sofía continuó caminando, algo desconcertada por aquel comentario tan directo, preguntándose cuántos habitantes de Ravenwood sabían, o al menos sospechaban, más de lo que decían abiertamente sobre lo que realmente habitaba entre aquellos árboles.

Al llegar a casa aquella tarde, Sofía encontró a Lucía sentada en el porche, dibujando con tizas de colores sobre las tablas de madera. Se sentó a su lado un momento, observando el dibujo infantil de un bosque lleno de árboles altos y, entre ellos, una pequeña figura con ojos enormes.

—¿Quién es ese? —preguntó Sofía, señalando la figura.

—No lo sé. Lo soñé anoche. Vivía en el bosque y me miraba desde lejos, pero no daba miedo.

Sofía sintió un escalofrío recorrerle la espalda ante aquel comentario tan inocente, preguntándose cuánto de lo extraordinario que habitaba en Ravenwood podían percibir, sin saberlo del todo, hasta los más pequeños.

Antes de encontrar el camino de vuelta gracias a las indicaciones de Adrian, Sofía había pasado varios minutos observando con atención las marcas extrañas talladas en la corteza de algunos árboles del sendero, símbolos antiguos que parecían formar parte de algún tipo de código olvidado, aunque en aquel momento no le dio mayor importancia, atribuyéndolo a travesuras de otros excursionistas.

—Esas marcas llevan ahí más tiempo del que imaginas —le dijo Adrian, notando hacia dónde miraba, justo antes de desaparecer aquella primera tarde—. Son límites territoriales, aunque no del tipo que sueles conocer.

Sofía no comprendió del todo aquel comentario en aquel momento, pero lo guardó en la memoria, otra pequeña pieza más del misterio que envolvía a aquel extraño desconocido del bosque.

Al llegar finalmente a la carretera aquella tarde, Sofía se permitió un momento para recuperar el aliento, mirando hacia atrás, hacia la espesura del bosque que acababa de abandonar, preguntándose cuántas otras sorpresas la esperarían entre aquellos árboles en las semanas venideras.

8,55 zł
Ograniczenie wiekowe:
18+
Data wydania na Litres:
08 września 2026
Data napisania:
2026
Objętość:
190 str. 1 ilustracja
Właściciel praw:
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