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Czcionka:

a Vale

a Oli

En las imágenes lo íntimo

reemplaza lo monumental.

Álvaro Bisama

Museo

Ayudados por mi hermana menor, mi padre y madre llenaron bolsas y cajas con ropa. Mientras desocupaban la casa que había sido suya, mi familia observó el vacío progresivo sobre los muros, el reverso de los años al retirar aquello acumulado durante tanto tiempo. Descolgaron adornos y descubrieron manchas en las paredes que los habían visto envejecer. Cuando colocaron en la basura lo que no se mudaría con ellos, imaginaron el mismo espacio habitado por otros: cómo se pintaría la casa para borrar el uso, qué adornaría los muros.

Entre esas paredes viví durante veintitrés años, hasta que me mudé a Puebla y después a la Ciudad de México. Regresar algunos días era sentirme en un espacio que podía recorrer con los ojos cerrados sin que la sensación de seguridad me abandonara. No volví a entrar; sólo pude imaginar, como Tanizaki, que las marcas de uso son bellas porque vuelven a los objetos extensiones de la vida: aquella construcción vacía, antes de ser entregada a los nuevos propietarios, la imaginé hermosa, como un bello museo, como un museo al que desearía ingresar.

Visité a mi familia tras su mudanza; mi madre estaba tranquila, mi padre era silencio. Mi hermana me recibió con un abrazo y me contó los detalles. Nunca volví a entrar a esa casa.

Tjentište

Las pérdidas reclaman con fuerza al futuro. Un monumento deteriorándose comienza a hacer visibles las grietas que lo forman desde su interior. Cuando la República Federativa Socialista de Yugoslavia se desintegró, muchos de sus monumentos fueron abandonados. Esas construcciones materializaron el proyecto de futuro de su gobierno. Así ocurrió con el Memorial de Guerra de Tjentište: dos obeliscos de granito y contornos futuristas que se inclinan hasta dejar entre ellos un pasaje, un hueco entre dos paredes de roca que buscan encontrarse sin lograrlo. El monumento fue construido en los años setenta para recordar a quienes defendieron de los nazis el pasaje montañés. Siete mil personas murieron. Hoy en día es más bien un monumento dedicado a la república de naciones que gracias a esa defensa se pudo consolidar y después se fracturó. Dos obeliscos agrietados con un paisaje de niebla en medio que enmarca el recuerdo de muertos sin nacionalidad única. Los muertos son la nación de sus vivos. Aquella que miramos enternecidamente, como si no diera pena nuestro porvenir, como si intuyéramos la soledad a la que deberemos enfrentarnos y el miedo que heredamos junto a nuestra historia personal. En algún punto el memorial será parte del paisaje: más un accidente, una cicatriz que se irá desvaneciendo, que una ausencia que invite a imaginar un orden anterior. Una grieta dentro de otra grieta en la memoria.

Arte plumario

Mi bisabuelo era médico de gallos. Un día recibió en su casa un gallo de pelea prácticamente muerto; le dijeron que si lo curaba era suyo. Le cosió el cuello, sanó sus heridas, le dio de comer en la boca carne molida durante semanas. Poco a poco el gallo recobró su plumaje. Peleó una última vez y ganó. Mi bisabuelo amaba a ese gallo. Pasó el tiempo y el gallo giro murió, mi bisabuelo murió. Más tarde, mi abuelo, que me contaba esta historia con la voz entrecortada, perdió contra el tumor de próstata. Ya nadie en mi familia sabe de gallos.

Hauntología

La certidumbre de que todo está escrito nos anula o nos afantasma.

Jorge Luis Borges

Nunca me aterraron los fantasmas; no hasta que mi abuelo murió y a través de mí varios familiares vieron rasgos y muecas propias de él.

Ahora, sólo en ocasiones se ven golondrinas en la casa de mi abuelo; los murciélagos las reemplazaron como habitantes de los techos. Los antiguos nidos son contornos oscuros en las vigas, y se pudren como el resto de la construcción. Desde los cimientos hasta las tejas, los signos del abandono se propagan.

El cuarto de mi abuelo fue cerrado con candado para evitar que familiares sacaran las pocas pertenencias que otros aún no se habían llevado; muchas lo caracterizaban: su chamarra verde olivo, suéteres de cuello redondo, varios pares de tenis blancos que mis tíos le mandaron hace años desde Estados Unidos, gorras de equipos de beisbol y una pipa que nunca usaba. Sobre su buró permanecen un reloj roto, su peine granate, el silbato de cuando era cartero en el pueblo, una fotografía de mi abuela joven donde se le ve muy seria, con la frente tensa y una sonrisa conciliadora. En el cajón de ese buró hay cartas de mi abuela; postales de cuando tres tíos, en momentos distintos, acababan de cruzar el desierto y escribían para decir que estaban bien, que allá en el norte todo era diferente, sí había trabajo, y en cuanto pudiesen mandarían un poco de dinero; fotografías de mis siete tíos y tías juntos antes de preocuparse por ayudar a la economía familiar yéndose de inmigrantes, antes de las peleas que sucedieron a la muerte de mi abuela en un accidente automovilístico, de cuando eran niños y sus rasgos se confundían. Hay una fotografía de cuando mis dos abuelos llegaron a Acuitzio sin nada más que una maleta —abrazados—, y otra donde está mi madre en el patio de esa casa y sonríe porque sostiene un guajolote en sus brazos y se puede intuir una alegría imprevista; de todo lo perdido ya, pero que nadie podrá robar porque los gestos y muecas son herencias que en su momento no reconocemos.

Cuando mi abuelo murió yo acompañé su cuerpo, en el coche fúnebre, de Morelia al pueblo para enterrarlo al lado de mi abuela. Lo velaron en esa misma casa donde la familia se reunía cada fin de año. Y donde varias veces, por falta de espacio, yo dormía en el mismo cuarto que él y lo escuchaba roncar y me provocaba insomnio. Por ello sé que las noches son más oscuras en los pueblos, pero también que las estrellas son más nítidas.

En el cuarto de mi abuelo hay una fotografía colgada donde se le ve trabajando en su máquina de escribir, detrás de un escritorio del Servicio Postal. Lleva lentes y una sonrisa a medio trazar, propia de cuando lo interrumpían. Desde hace años ésa es la imagen que me gusta evocar cuando me acuerdo de él; no la última que tuve de su cuerpo. Hace poco mi madre me envió por celular una fotografía que recién le había tomado uno de sus compañeros en el trabajo: ella sonríe complaciente, trabaja en una computadora y está sentada detrás de su escritorio en la agencia de viajes. Me sorprendí al ver esta imagen superpuesta a la fotografía de mi abuelo, no porque la estructura de las tomas fuera parecida —que sí lo era—, sino porque los dos tenían la misma expresión. Y ella diciéndome tantas veces que no se parecía en nada a su padre.

La anacronía de las fotografías transforma en fantasmas a aquellos que las observan. Por mi parte, aún no quiero saber qué fotografía vendrá a mi mente cuando recuerde a mi madre. Desconozco quién, en un futuro, nos mirará por separado y a través de nuestros rasgos y gestos descubrirá, a pesar de lo que alguna vez le dije, que sí nos parecíamos.

Horqueta

En medio de un pueblo helado vivía mi abuelo. Los fines de semana que lo visitábamos mis primos y yo, salíamos a caminar. Buscábamos entre los árboles el crecimiento equilibrado de dos ramas. Ninguna rama se forma igual, nos decía él. Y cada uno elegía un crecimiento distinto. Cortábamos la horqueta con un machete, la tallábamos con un cuchillo y la tostábamos un poco en un comal. Amarrábamos con ligas los dos extremos del resorte a ambos postes de la resortera. Esas formas duplicadas nos representaban a cada uno. A través de aquel equilibrio apuntábamos. Tirábamos a lagartijas, fallábamos y en su lugar las sustituíamos con botellas vacías de cristal. Dianas de cristal que explotaban en concursos antes de volver a casa de mi abuelo para desayunar. No había trofeo, sólo la satisfacción de haber dado en el blanco, un estruendo, algunas palmadas en la espalda. Las piedras, al atinar su blanco, lo destrozan. Tirar con la resortera era una forma de entender la fragilidad de las cosas, aceptarlas. Aquellas formas únicas en armonía, diferentes entre sí, nos unieron con nuestro abuelo, nos volvieron cómplices en esas trayectorias aéreas. Eso fue la infancia. Un ojo cerrado, la tensión al apuntar, la precisión al disparar, el sonido de lo que se rompe, el ataúd de nuestro abuelo en medio de un cementerio y la agitación el día de su entierro en un pueblo helado.

Exyugoslavia

La primera vez que escuché su nombre, Yugoslavia había comenzado a desaparecer. Su bandera azul, blanca y roja, su estrella en medio, la recuerdo de alguna Olimpiada que vi de niño. Ahora que no existe más, aquella bandera me hace pensar en esa época, que no viví, en la que se creyó en la integración de distintos pueblos bajo tres colores. Algunos de los países que surgieron tras la prolongada división política del antiguo país mantienen uno o varios de esos colores en banderas y en los uniformes que sus delegaciones usan con cierto orgullo y yo reconozco con cierta nostalgia. En la antigua bandera yugoslava se materializa una ausencia nacida de cada crisis social y política, cada guerra y cada separación del que fue uno de los últimos países socialistas. Nací en una época a la que el futuro nunca llegaría, donde el pasado era apenas un préstamo. No lo sabía, pero la desintegración de Yugoslavia acompañó al paralelo mi crecimiento, mis propias fracturas, mis separaciones de amigos, familiares, algunas mudanzas, y auguró mi fascinación por aquellos reflejos afantasmados de mi educación sentimental que suelo encontrar en las pequeñas cosas y que me fascinan tanto como me atormentan.

Una afirmación tan contundente

Mi primer recuerdo es una imagen que podría ser un sueño: alguien me lleva en brazos, tengo dos o tres años, hay algunas ruinas prehispánicas al fondo de una pradera verde y de familiares que no distingo, alguien más carga un chivo blanco y pequeño; quienes nos llevan en brazos se acercan entre sí, yo me estiro lo más posible para tocar la cara del chivo, éste se inclina hacia atrás y berra. No recuerdo quiénes eran las personas que estaban ahí pero presiento que, entre otros, estaban mis padres, y los padres de mi madre.

De mi abuela sólo recuerdo ese sueño, en donde ella es más intuición que imagen. Existe una fotografía en la que mi abuela me baña recién nacido. Otra en la que me lleva en brazos y estamos en la antigua casa de mis padres. Y otra en blanco y negro de mi abuela joven; esa fotografía siempre la coloca mi madre en la cocina.

Escribió Amélie Nothomb: Una afirmación tan contundente —lo recuerdo todo— no tiene ninguna posibilidad de ser creída por nadie. No importa. Tratándose de un enunciado de tan difícil comprobación, no tengo ningún interés en que nadie me crea. Me cuenta mi madre que su madre era excelente repostera, que hacía buñuelos, frutas en almíbar, pasteles, gelatinas, galletas, pays, flanes, que le encantaban las frutas y que una vez, mientras limpiaba y preparaba un gran postre, se comió cien duraznos, y yo le creo.

Me permitiré imaginar: quien carga al chivo es mi madre y quien me lleva a mí es mi abuela. Así mi primer recuerdo será la imagen de madre e hija una mañana en que fueron a un paseo para que yo me enterara de que ninguna ruina es inútil si es parte de un acto de cariño.

Las cosas hermosas no necesitan atención

Cada presencia existe para justificar la ausencia, para orientarse en ella.

Pablo Fidalgo Lareo

Hubiese querido que mis padres me dijeran: Puedes borrarlo todo. Lo que te hiere, si deseas, bórralo. Lo que te fragmenta desde ahora, y con los años te mantendrá roto, olvídalo. Desde ahora comenzaremos desde cero. Sólo seremos nosotros tres.

Puede que los hubiese querido borrar, a ellos y a la hermana mayor que nunca conocí, para crearme una historia propia. Una vida sin referentes, donde caminara solo y todos los rostros y todas las casas estuvieran a punto de desaparecer.

Nacer con una historia puede ser un privilegio, aunque todas las historias vengan precedidas de otras, hasta un pasado donde sólo existe el miedo.

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Quién podría decirle a su hijo mayor: Antes de ti, tuvimos otra hija. O: Incluso los hijos pueden ser enterrados por sus padres y nunca haber sido conocidos por sus hermanos.

Para nosotros no estás solo, ni eres el único en quien pensamos, me dijeron mis padres cuando comencé a leer: la primera vez que fuimos al panteón

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Antes de suicidarse, Walter Benjamin fue fotografiado a orillas del Mediterráneo, de espalda al puesto fronterizo que le negó la entrada a España. Su perfil era oscuro. Él creía que, en el culto al recuerdo de los seres queridos, lejanos o difuntos, el retrato es último refugio.

He conocido a mis muertos por sus fotografías y por las historias que cuentan de ellos, por los fragmentos de su vida que reconozco en rasgos familiares y espejos.

A los muertos que carecen de historias, de imágenes, como mi hermana mayor, no es posible tacharlos. El rostro de mi hermana permanece invisible.

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De la materialidad de las fotografías se desprende cierta noción de archivo —personal, público, burocrático— dada por la posibilidad de preservación y una particular resistencia al tiempo. Acorde a la técnica y al material en el que se imprime, corresponde un cuidado específico.

Mi madre solía resguardar en álbumes momentos que consideraba significativos. Instantes a los cuales regresar. Creaba montajes donde personas separadas, momentos apartados, se juntaban. Sin embargo, no la recuerdo mirando aquellos álbumes. La recuerdo tomando fotografías y sonriendo detrás de la cámara.

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No son pocas las fotografías que existen de Kafka. Su archivo registra su infancia, la mutación de su crecimiento y su eventual desesperación.

Existe una imagen donde se le ve con un ajustado y algo humillante traje infantil recargado de pasamanería, en medio de una especie de paisaje de invernadero. Abanicos de palmeras acechan al fondo. Y, como si valiera la pena hacer aún más pegajosos y opresivos estos tópicos acolchados, el modelo sostiene en la mano izquierda un sombrero desmesurado de ala ancha, tipo español. Unos ojos inconmensurablemente tristes dominan el paisaje que les está destinado. Imagino que ese espacio invisible es su obra, o es la mirada de su padre que lo vigila impaciente detrás de la cámara.

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Para mi madre las fotografías son prescindibles: tiene mayor resonancia el recuerdo que albergan; como objeto, únicamente sirven de catalizador.

Una fotografía no debería limitar el recuerdo a su imagen.

Esos álbumes que armó mi madre con el material impreso al que dio orden e incluso acompañó de textos cortos, descriptivos, a manera de comentario, no los hojea ella, no los hojea nadie: permanecen guardados en algún rincón de la casa donde vive mi familia. El proceso de seleccionar y recordar la hacía feliz. Sintetizar la vida en pocas instantáneas y narrarla aludiendo a lo que quedó fuera del marco fue su trabajo de arqueología para nuestro futuro.

Mi madre nunca me enseñó a voltear el rostro. Siempre mira de frente, me repetía. Su dulzura al mirar el objetivo rayaba en la tristeza.

¿Qué futuro imaginaría al crear los montajes de nuestras vidas en aquellos álbumes? ¿Quiénes creyó que los consultarían? ¿Quién es parte de ese nosotros?

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Cuando tenía diez años, mientras cenábamos en un restorán, tiré accidentalmente una bebida color rojo sobre la mesa y el vestido de mi madre. Nunca volvió a ponerse aquel vestido; la mancha se aferró por más detergente y jabón, por más que talló la prenda. Mi hermana mayor hubiera tenido doce años esa noche.

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En el cementerio de Morelia conocí el nombre completo de mi abuelo paterno y el de Ella. Murieron separados por un tiempo breve. Él pasando los sesenta, de un ataque al corazón; mi hermana mayor, a los pocos días de haber nacido.

De mi abuelo se tienen recuerdos importantes: canciones que lo rememoran, su carácter, su gusto por el whisky, el tipo de sombrero que usaba, una determinación de su cabello por envejecer aprisa, sus cejas. La única imagen que conozco de Ella es la de su nombre, que no puedo borrar como podría hacerlo con una fotografía, ni quemar como una prenda de ropa.

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Algunas personas, incluyendo mis padres, crecieron usando las prendas que heredaban de sus hermanos o hermanas mayores. Leyendo sus libros, escuchando su música, compartiendo películas y series de televisión. Solapando sus errores, sus huidas. Aprendiendo de sus aciertos.

A veces las células incubadas durante nueve meses se convierten sólo en palabras, forman un nombre y toda la vida que nunca fueron se concentra en éste. Una denominación potencial que es imposible llenar, que nunca concordará con un cuerpo debido a su carácter espectral.

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Se escribe de lo consumado: para cambiar algo o retenerle, para corregir o postergar su disipación, para iluminarle.

Nos podríamos apartar de aquellos que hemos conocido, de quienes conocimos y nos reconocieron, de los que nos definieron en algún tiempo. Pero cuánto se requiere para percatarnos de que tenemos miedo a dejar atrás esas caras.

Deleuze opinaba que la obra de Kafka en un solo movimiento trató de separarse de su tradición literaria y de la sombra paterna. Durante años quise desmarcarme del fantasma de mi hermana mayor; siempre quise anular su historia.

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Imagino la alegría de mis padres cuando supieron que tendrían una hija. Los cuidados en el embarazo. La posibilidad de dar un nombre a otra persona.

Me gustaría que llevara el primer nombre de mi madre y el tuyo, imagino diciéndole mi padre a mi madre. Años después, cuando nací, me llamaron como a él. Y a mi hermana menor la bautizaron con el segundo nombre de nuestra abuela materna.

En mi familia es recurrente volver sobre las mismas nominaciones. Imagino que hay un gusto por recordar y homenajear, de alguna forma, a los muertos. Para hacerlos presentes y hacer un obsequio de su nombre. Por guardarlos en nuestra lengua y conformar un léxico familiar.

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De mi hermana mayor no existen imágenes; su nombre es su fotografía.

Mi madre y padre prefirieron la palabra al recuerdo. Prefirieron guardar su nombre aunque éste tuviese su propia densidad, un peso variable sobre quienes llegamos después.

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Si me concentro lo suficiente y cierro los ojos puedo ver el rostro de mi madre. Pero mi memoria no alcanza a recordarla cuando yo tenía diez años y su vestido estaba arruinado; los detalles de ese recuerdo se han desvanecido.

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Mi hermana mayor pudo haber sido la médico de la familia. Haciendo así lo que ningún nieto de mi familia paterna hizo: tomar esa carrera que sólo el hermano mayor de mi padre había cursado. Tal vez por eso mismo nadie estudió medicina después de su muerte: el espacio permaneció espectral, reservado para Ella, y así continuó hasta que mi hermana menor tomó su lugar al inscribirse a Medicina.

Su fantasma es un tipo de escritura que resiste la intemperie de la mente. Que se reescribe sobre los vivos. Que se puede leer hasta la muerte.

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Al comienzo de Tu rostro mañana, Javier Marías escribe que uno no debería contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la Tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido.

Pero no. Tal vez escribir debería ser precisamente contarlo todo, aportar recuerdos, unir historias, imaginar todas las vidas posibles en la Tierra, recordar que ningún olvido es definitivo. Escribir como un ensayo indefinido para preservar las vidas que deseamos que nos acompañen. No voy a pedir perdón por traerla de vuelta.

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Ser hermano mayor, pienso, es volverse el recuerdo anticipado en la mente de los que vienen.

Los sueños que pudo haber tenido Ella los repartió entre los que vivimos; entre nosotros, los que seríamos sus futuros hermano y hermana.

Poco a poco la diferencia de edad con mi hermana menor se vuelve más salvable. Nuestras edades se confunden; nos acercamos más a Ella. Crecimos conscientes: antes murió alguien y nuestros padres tuvieron miedo a la vida y al futuro.

Puede que volverse adulto sea salvar la distancia con los muertos, sea aprender a convivir con sus fantasmas.

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No sé qué piensan mi padre y mi madre al abrazar a mi hermana menor. Imagino que abrazan a dos hijas. Que su cariño se multiplica. Que cada uno, con sus brazos, la abriga completamente. Besan a dos cuando se despiden de ella. Se preocupan y aman el doble.

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Regularmente se deja de lado que Charlotte, Emily y Anne Brontë tuvieron dos hermanas mayores que murieron cuando ellas tenían ocho, seis y cuatro años.

¿Cómo será la escritura de los fantasmas?

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Olvidar requiere una insistencia para tallar la memoria, a pesar de que ciertas manchas resisten su lastimoso desvanecimiento.

Si existe algo de la memoria vinculado a objetos e imágenes, es necesario deshacerse de ello. No frecuentar ciertos lugares. No recrear determinadas rutinas que evoquen e impidan borrar. Olvidar también es un tipo de insistencia.

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Algunas veces, al tratar de explicarme por qué soy con mi hermana como soy, me digo que si hubiera tenido una hermana más grande me hubiera gustado que así fuera conmigo: que en lo posible me escuchara, que me enseñara a lidiar con nuestros padres, con los familiares, que me enseñara póker, que compartiéramos películas, que cubriera mis salidas y errores, y me dijera que las cosas no son en verdad importantes, y, sobre todo, que me dejara equivocar. Así imagino a mi hermana mayor cuando me reconozco el de en medio.

Otras ocasiones pido consejo a mi hermana menor, su apoyo, porque sé que ella conoce aspectos que ignoro, porque ella es más fuerte y, ciertamente, más valiente; entonces me siento pequeño, como el menor de tres. En esos momentos ella toma el lugar de la mayor. Y sus logros son las marcas en las que me quisiera proyectar. Y admiro su figura porque ha roto más barreras con nuestra madre y padre y los ha sabido sostener cuando lo han necesitado.

Soy el hermano mayor. Pero también soy el menor y el hermano intermedio.

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Somos dos, hermana y hermano, pero un fantasma hace que nuestro papel en la familia fluctúe. Vive en ella y en mí. Nos multiplica, nos hace cambiar de lugar. Dos y un vacío que se duplica. Nos vuelve tres.

Somos tres.

Un triángulo es una estructura fuerte, me repitieron desde la primaria. Una base que busca altura. Tres aristas que pueden estar en equitativa distancia o yacer en completa diferencia. Dos aristas pueden permanecer estáticas y la otra esperar lejos.

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La escritura es un regalo de presencia; un espacio para acompañarnos de fantasmas. Es la manera de encontrarme con mi hermana mayor.

Al escribir uno se comporta como hijo único, dice Alejandro Zambra. Con cierta arrogancia y con el peso que ello implica. Como si siempre se hubiera estado solo, como siempre se estará con relación a los padres y a los otros hijos: buscando orientarse entre ausencias. Desde esa soledad imagino a mi hermana.

Hubiese querido que mi hermana mayor me dijera: Ahora borraré todo. Lo que te hirió, está borrado. Lo que te fragmentó, y con los años te mantuvo roto, no lo olvidaremos, nos repondremos. Comenzaremos desde aquí. Sólo seremos nosotros cinco y quien desee acompañarnos, pero sigue tallando el dolor hasta que salga. Pero sigue escribiendo.

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94 str. 7 ilustracji
ISBN:
9786078646913
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