Czytaj książkę: «Edad oscura»

Título original inglés: Dark Age.
Esta es una obra de ficción. Los nombres, lugares y hechos narrados
son productos de la imaginación del autor o se usan de manera ficticia.
Cualquier parecido con sucesos reales, lugares o personas, vivas o muertas,
es completamente fortuito.
© Pierce Brown, 2019.
© del mapa: Joel Daniel Phillips, 2019.
Todos los derechos reservados.
© de la traducción: Ana Isabel Sánchez Díez, 2020.
Diseño de la cubierta: Faceout Studio/Charles Brock.
© de las ilustraciones de la cubierta: Shutterstock/Joel Phillips.
Diseño de interior: Lookatcia.com.
© de esta edición: RBA Libros, S. A., 2020.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: abril de 2020.
RBA MOLINO
REF.: ODBO709
ISBN: 978-84-272-2234-2
REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL • EL TALLER DEL LLIBRE, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito
del editor cualquier forma de reproducción, distribución,
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A LILY


DRAMATIS PERSONAE
LA REPÚBLICA SOLAR
DARROW DE LICO/SEGADOR: archiemperador de la República, marido de Virginia, rojo.
VIRGINIA AU AUGUSTO/MUSTANG: soberana reinante de la República Solar, esposa de Darrow, primus de la Casa de Augusto, hermana del Chacal de Marte, dorada.
PAX: hijo de Darrow y Virginia, dorado.
KIERAN DE LICO: hermano de Darrow, Aullador, rojo.
RHONNA: sobrina de Darrow, hija de Kieran, lancera, Cachorro Dos, roja.
DEANNA: madre de Darrow, roja.
SEVRO AU BARCA/TRASGO: emperador de la República, esposo de Victra, Aullador, dorado.
VICTRA AU BARCA: esposa de Sevro, Victra au Julii de soltera, dorada.
ELECTRA AU BARCA: hija de Sevro y Victra, dorada.
DANCER/SENADOR O’FARAN: senador, antiguo teniente de los Hijos de Ares, esposo de Deanna, tribuno del bloque rojo, rojo.
KAVAX AU TELEMANUS: primus de la Casa de Telemanus, cliente de la Casa de Augusto, dorado.
NÍOBE AU TELEMANUS: esposa de Kavax, cliente de la Casa de Augusto, dorada.
DAXO AU TELEMANUS: heredero de la Casa de Telemanus, hijo de Kavax y Níobe, senador, tribuno del bloque dorado, dorado.
THRAXA AU TELEMANUS: pretor de las Legiones Libres, hija de Kavax y Níobe, Aulladora, dorada.
ALEXANDAR AU ARCOS: nieto mayor de Lorn au Arcos, heredero de la Casa de Arcos, aliado de la Casa de Augusto, lancero, Cachorro Uno, dorado.
CADO HÁRNASO: emperador de la República, segundo al mando de las Legiones Libres, naranja.
ORIÓN XE AQUARII: navarca de la República, emperadora de la Flota Blanca, azul.
COLLOWAY XE CHAR: piloto, actual campeón asesino de la Armada de la República, Aullador, azul.
GLIRASTES, EL MAESTRO HACEDOR: arquitecto e inventor, naranja.
HOLIDAY TI NAKAMURA: dux de la Guardia del León de Virginia, hermana de Trigg, cliente de la Casa de Augusto, centurión de la Legión Pegaso, gris.
QUICKSILVER/REGULUS AG SOL: el hombre más rico de la República, presidente de Industrias Sol, plateado.
PUBLIO CU CARAVAL: tribuno del bloque cobre, senador, cobre.
TEODORA: jefa de los operadores Esquirla, clienta de la Casa de Augusto, rosácea.
ZAN: archiemperadora de la República tras la destitución de Darrow, comandante de la flota defensiva de la Luna, azul.
PAYASO: Aullador, cliente de la Casa de Barca, dorado.
GUIJARRO: Aulladora, cliente de la Casa de Barca, dorada.
MIN-MIN: Aulladora, francotiradora y experta en municiones, cliente de la Casa de Barca, roja.
MUECAS: Aullador, cliente de la Casa de Augusto, dorado.
CANICAS: Aullador, hacker, verde.
DESLENGUADO: exprisionero de la Fondoprisión, obsidiano.
FÉLIX AU DAAN: guardaespaldas de Darrow, cliente de la Casa de Augusto, dorado.
LA SOCIEDAD
ATALANTIA AU GRIMMUS: dictadora de la Sociedad, hija del Señor de la Ceniza (Magnus au Grimmus), hermana de Aja y Moira, antigua cliente de la Casa de Lune, dorada.
LISANDRO AU LUNE: nieto de Octavia (la anterior soberana), heredero de la Casa de Lune, excliente de la Casa de Grimmus, dorado.
ATLAS AU RAA/CABALLERO DEL MIEDO: hermano de Rómulo au Raa, legado de la Legión Cero («las Gorgonas»), antiguo pupilo de Casa de Lune, cliente de la Casa de Grimmus, dorado.
ÁYAX/CABALLERO DE LA TORMENTA: hijo de Aja au Grimmus y Atlas au Raa, heredero de la Casa de Grimmus, legado de los Leopardos de Hierro, dorado.
KALINDORA AU SAN/CABALLERA DEL AMOR: Caballera Olímpica, tía de Alexandar au Arcos, cliente de la Casa de Grimmus, dorada.
JULIA AU BELONA: madre distante de Casio y enemiga de Darrow, primus de lo que queda de la Casa de Belona, dorada.
ESCORPIO AU VOTUM: primus de la Casa de Votum (magnates de la minería metálica y constructores de Mercurio), dorado.
CICERÓN AU VOTUM: heredero de la Casa de Votum, hijo de Escorpio, legado de la Legión Escorpión, dorado.
ASMODEO AU CARTHII: primus de la Casa de Carthii (los constructores navales de Venus), dorado.
RHONE TI FLAVINIO: subpretor de la Luna, antiguo segundo oficial de la XIII Guardia Pretoriana de los Dracones bajo el mando de Aja, gris.
SÉNECA AU CERN: dux de Áyax, centurión de los Leopardos de Hierro, dorado.
MAGNUS AU GRIMMUS/SEÑOR DE LA CENIZA: antiguo archiemperador de Octavia au Lune, incendiario de Rea, dorado, asesinado por los Aulladores y Apolonio au Valii-Rath.
OCTAVIA AU LUNE: anterior soberana de la Sociedad, abuela de Lisandro, dorada, asesinada por Darrow.
AJA AU GRIMMUS: hija del Señor de la Ceniza, Magnus au Grimmus, dorada, asesinada por Sevro.
MOIRA AU GRIMMUS: hija del Señor de la Ceniza, Magnus au Grimmus, dorada, asesinada por Ragnar.
EL DOMINIO DEL CONFÍN
DIDO AU RAA: cocónsul del Dominio del Confín, esposa del anterior soberano del Dominio del Confín, Rómulo au Raa, Dido au Saud de soltera, dorada.
DIOMEDES AU RAA/CABALLERO DE LA TORMENTA: hijo de Rómulo y Dido, taxiarca de la falange del Relámpago, dorado.
SERAFINA AU RAA: hija de Rómulo y Dido, lochagos de los Undécimos Caminantes del Polvo, dorada.
HELIOS AU LUX: cocónsul del Dominio del Confín junto con Dido, dorado.
RÓMULO AU RAA/SEÑOR DEL POLVO: antiguo primus de la Casa de Raa, anterior soberano del Dominio del Confín, dorado, muerto en suicidio ceremonial.
LOS OBSIDIANOS
SEFI LA SILENCIOSA: reina de los obsidianos, lideresa de los valquirios, hermana de Ragnar Volarus, obsidiana.
VALDIR EL INTONSO: caudillo y concubino real de Sefi, obsidiano.
OZGARD: chamán de los Quemahuesos, obsidiano.
FREIHILD: guerrera de los espíritus skuggi, obsidiana.
GUDKIND: guerrero de los espíritus skuggi, obsidiano.
JENOFÓN: asesore de Sefi, logos blanque.
RAGNAR VOLARUS: antiguo líder de los obsidianos, Aullador, obsidiano, asesinado por Aja.
OTROS PERSONAJES
EFRAÍN TI HORN: trabajador por cuenta propia, antiguo miembro de los Hijos de Ares, esposo de Trigg ti Nakamura, gris.
VOLGA FJORGAN: trabajadora por cuenta propia, colega de Efraín, obsidiana.
APOLONIO AU VALII-RATH/MINOTAURO: heredero de la Casa de Valii-Rath, verboso, dorado.
EL DUQUE DE MANOS: agente del Sindicato, maestro ladrón, rosáceo.
LIRIA DE LAGALOS: gamma de Marte, clienta de la Casa de Telemanus, roja.
LIAM: sobrino de Liria, cliente de la Casa de Telemanus, rojo.
HARMONY: lideresa de la Mano Roja, antigua teniente de los Hijos de Ares, roja.
PITA: piloto, compañera de Casio y Lisandro, azul.
IMAGINACIÓN: trabajadora por cuenta propia, marrón.
FITCHNER AU BARCA/ARES: antiguo líder de los Hijos de Ares, dorado, asesinado por Casio au Belona.
LA SOBERANA
—Ciudadanos de la República Solar, soy vuestra soberana. —Medio cegada, clavo la mirada en un pelotón de fusilamiento de cámaras con las lentes como ojos de mosca. Al otro lado del ventanal, detrás de mi escenario, las estaciones de batalla y las naves de guerra flotan más allá de la atmósfera superior de la Luna. Ocho mil millones de ojos sobre mí—. El pasado viernes por la noche, el tercer día del mensis Martius, recibí un informe que indicaba que la Sociedad estaba llevando a cabo una operación militar a gran escala en la órbita de Mercurio. La más importante en cuanto a equipamiento bélico y número de soldados desde la batalla de Marte, hace cinco largos años.
»Nosotros somos los responsables de esta crisis. Cautivados por las falsas promesas de un enemigo plenipotenciario, hemos permitido que nuestra determinación se debilite. Nos hemos permitido tener fe en las mejores virtudes de nuestro enemigo y en que la paz con los tiranos es posible.
»Esa mentira, por muy seductora que fuera, ha demostrado ser una cruel maquinación del arte de gobernar diseñada, perpetrada y ejecutada por la recientemente designada dictadora de la Sociedad Remanente, Atalantia au Grimmus, hija del Señor de la Ceniza. Bajo su hechizo, nos comprometimos con los agentes de la tiranía. Le dimos la espalda a nuestro general más excelso, a la espada que rompió las cadenas de la esclavitud, y le exigimos que aceptara una paz que él sabía falsa.
»Cuando se negó, le gritamos «¡Traidor! ¡Tirano! ¡Belicista!». Por temor a él, trajimos de vuelta a los efectivos de la Guardia Doméstica de la Flota Blanca desde Mercurio hasta la Luna. Dejamos a la emperadora Aquarii despojada de la mitad de sus fuerzas, expuesta, vulnerable. Ahora, su flota, la flota que liberó todos nuestros hogares, está suspendida en el espacio convertida en despojos. Doscientas de vuestras naves de guerra destruidas. Miles de vuestros marineros asesinados. Millones de vuestros hermanos y hermanas abandonados en una esfera hostil. Miles de billones de vuestras riquezas desperdiciados. Y no en virtud de las armas enemigas, sino por las peleas de vuestro Senado.
»A lo largo de estos últimos meses, en los pasillos del Nuevo Foro, en las calles de Hiperión, en los canales de noticias de toda nuestra República, he oído decir que deberíamos abandonar a estos hijos e hijas de la libertad, a estas Legiones Libres. He oído que se referían a ellas, en público, sin vergüenza, como las «Legiones Perdidas». Las habéis dado por perdidas a pesar de la valentía de la que han hecho gala, de la resistencia que han mostrado, de los horrores que han sufrido por vosotros. Las habéis dado por perdidas porque tememos que renunciar a nuestras naves provoque la invasión de nuestros mundos natales. Porque tememos volver a ver el hierro de la Sociedad sobre nuestros cielos. Porque tememos arriesgar las comodidades y libertades que los hombres y mujeres de las Legiones Libres ganaron para nosotros con su sangre...
»Os diré lo que temo yo. ¡Temo que el tiempo haya diluido nuestro sueño! ¡Temo que, rodeados de comodidades, creamos que la libertad está garantizada por su propia naturaleza! —Me inclino hacia delante—. Temo que la mansedumbre de nuestra determinación, las disputas y las murmuraciones de las que tan decadentemente nos hemos atiborrado, nos priven de la voluntad unitaria que hizo avanzar el mundo hacia un lugar más ecuánime, en el que el respeto a la justicia y a la libertad ha encontrado un punto de apoyo por primera vez en un milenio.
»Temo que en esta desunión nos hundamos de nuevo en la terrible época de la que escapamos, y que la nueva edad oscura sea más cruel, más siniestra y más prolongada por causa de la malicia que hemos despertado en nuestros enemigos.
»Os conmino, pueblo de la República, a permanecer unidos. A que les supliquéis a vuestros senadores que rechacen el miedo. A que rechacéis este letargo de interés propio. A que no tembléis con miedo primario ante la idea de una invasión, a que no dejéis que vuestros senadores acaparen vuestras riquezas para sí y se escondan detrás de vuestras naves de guerra, sino a que convoquéis a los ángeles más iracundos de sus espíritus y enviéis todo el poderío de la República a derribar los motores de la tiranía y de la opresión del cielo de Mercurio y a rescatar a nuestras Legiones Libres.
En ese momento, a trescientos ochenta y cuatro mil kilómetros de mi corazón, en órbita a unos mil kilómetros por encima del rebelde continente de Pacífica del Sur, los proyectiles envueltos en el polímero antidetección de Industrias Sol se lanzan al vacío a trescientos veinte mil kilómetros por hora hacia Mercurio, cargados no de muerte, sino de suministros, de medicamentos para la radiación, de máquinas de guerra y, si mi esposo está vivo, de un mensaje de esperanza.
«No te hemos abandonado. Iré por ti.
»Hasta entonces, aguanta, mi amor. Aguanta».
PRÓLOGO
Dos meses antes
DARROW
Rojo sangre
Un cementerio de barcos de guerra de la República flota a la sombra de Mercurio.
De la triunfante Flota Blanca que liberó la Luna, la Tierra y Marte no quedan más que fragmentos retorcidos y oquedades ennegrecidas. Destruidas por la potencia de la Armada de la Ceniza, las naves rotas giran en órbita alrededor del planeta que liberaron hace solo unos meses. Ya no están llenas de marineros de Marte y legionarios leales al sueño de Eo, sino que sus salas frías están desnudas por completo y pobladas únicamente por los muertos.
Esta es la última carcajada del Señor de la Ceniza, y el debut de su heredera.
Cuando Apolonio, Sevro y yo asesinamos al caudillo quemándolo en su cama de Venus, su hija Atalantia salió de debajo de la sombra del viejo para asumir su cargo de dictador. Consiguió llevarse a la mayor parte de su armada lejos de Venus y utilizó la distorsión de los sensores que provocaba la radiación del sol para emboscar a la Flota Blanca en la órbita de Mercurio.
Orión, la comandante de mi flota y la mejor estratega naval de la República, ni siquiera los vio venir. Fue una masacre, y llegué tres semanas tarde para detenerla. Las frenéticas llamadas de socorro de mis amigos me torturaron mientras cruzaba el vacío, alejándome cada vez más de mi hijo y de mi esposa, en dirección al caos.
Puede que la Flota Blanca haya desaparecido, pero las Legiones Libres que enviaron a Mercurio no han muerto todavía. Pronto me uniré a ellas en la superficie del planeta, pero antes tengo trabajo que hacer.
Sería más fácil con Sevro a mi lado. Todo lo violento lo es.
Oigo mi respiración rasposa en el interior de mi traje resistente al vacío mientras cruzo el cementerio. Aterrizo posándome con sigilo sobre el espinazo roto de un acorazado de la República, gracias a mis botas magnéticas, y me asomo a la gran fisura del casco para comprobar el progreso de mi lancero. La herida del casco tiene treinta cubiertas de profundidad. Los desechos flotan en la oscuridad: pedazos de metal, colchones, cafeteras, globos congelados de los fluidos de las máquinas y extremidades cortadas. Ni rastro de Alexandar.
El cadáver rígido de un marinero pertrechado con un equipo de mecánico se eleva con los pies por delante. Tiene las piernas solidificadas en un solo muñón retorcido debido al calor de una explosión de partículas. La boca se le ha quedado encajada en un grito silencioso, como si quisiera preguntarme: «¿Dónde estabas cuando llegó el enemigo? ¿Dónde estaba el Segador al que juré seguir?».
Le mintieron sus enemigos, sus aliados, él mismo.
Mientras el Senado de la República se engañaba creyendo que podía alcanzar la paz con los señores de la guerra fascistas, yo fingía que matar al Señor de la Ceniza pondría fin a la guerra en nuestro tiempo. Que tenía la llave para abrir un futuro en el que podría dejar el falce y regresar con mi hijo y mi esposa para ser padre y marido. Mi desesperación me llevó a creerme esa mentira. La ingenuidad del Senado los llevó a creer a Atalantia. Pero ahora sé la verdad.
La guerra es nuestro tiempo. Sevro pensó que podría escapar de ella. Yo pensé que podría finiquitarla. Pero nuestro enemigo es como la Hidra: si le cortas una cabeza, surgen dos más. No reclamarán la paz. No se rendirán. Debemos extirparles el corazón, machacar su voluntad de luchar hasta convertirla en un polvo finísimo.
Solo entonces habrá paz.
Unas luces parpadean en el abismo que se abre bajo mis pies. Unos minutos más tarde, un dorado ataviado con un evacutraje se propulsa hacia arriba y aterriza a mi lado en el casco. Por miedo a los sensores enemigos, pega su protector facial al mío para proporcionarles un medio a sus ondas sonoras.
—El reactor está preparado y a punto para la necromancia.
—Bien hecho, Alexandar.
Asiente con estoicismo.
El joven soldado ya no es el chico bisoño e inseguro que entró a mi servicio como lancero hace cuatro años. Tras la guerra, la mayoría de los hombres se empequeñecen. Algunos por el desgarro de la carne. Otros por la pérdida de compañeros. Hay quienes por la pérdida de autonomía. Pero la mayoría por la vergüenza de descubrir su propia impotencia. Confrontados con el horror, sus sueños sobre el destino se derrumban. Solo unos cuantos malditos disfrutan de la oscura emoción de descubrir que son asesinos por naturaleza.
Alexandar es un asesino. Ha demostrado ser el digno heredero del legado de su abuelo, Lorn au Arcos. Y yo he empezado a preguntarme si heredará mi carga. Él solo detuvo la marea sobre lo alto de la aguja del Señor de la Ceniza cuando a Thraxa, a Sevro y a mí nos tenían arrodillados. Aquello despertó su hambre. Ahora ansía vengarse de Atalantia por la masacre de nuestra flota.
Echo de menos tener un propósito tan puro.
¿Cómo era aquello que dijo Lorn una vez? «Los viejos se enfurecen de maneras más frías, porque solo ellos deciden cómo prescindir de los jóvenes».
¿De cuántos más debo prescindir? ¿Cuánto vale la vida de Alexandar? ¿Cuánto vale la mía? Como si buscara la respuesta, miro a mi derecha. Más allá del casco del acorazado que flota a la deriva, el confín oriental de Mercurio palpita como una guadaña fundida.
El planeta es poco más grande que la Luna, pero visto tan de cerca parece un gigante. Las sombras de un dragaminas de la Sociedad pasan proyectándose sobre su superficie. Está buscando las minas atómicas que Orión sembró en la órbita para cubrir la frenética retirada de nuestro ejército tras la emboscada de Atalantia. Quedan pocas. Y cuando desaparezcan, solo los escudos troposféricos que resguardan el preciado continente de Helios impedirán la ira de la Armada de la Ceniza. Las naves negras merodean alrededor del cementerio, fuera del alcance de los cañones de tierra de la República, esperando para lanzar una Lluvia de Hierro contra mi ejército abandonado.
Cuando los escudos caigan, también lo hará el planeta.
Diez millones de mis hermanos y hermanas se enfrentarán a la aniquilación.
Por eso ha venido Atalantia. Para destruir a la Flota Blanca. Para matar a las Legiones Libres. Para recuperar Mercurio y alimentar con sus metales y fábricas la máquina de guerra de los dorados en Venus, para prepararse para un único e irresistible embate hacia el corazón de la República.
Un láser diminuto titila contra el casco entre los pies de Alexandar. Pego mi casco al suyo otra vez.
—La están moviendo —le digo. Se le endurece la mirada—. Hora de marcharse.
Juntos, nos impulsamos desde el acorazado y volvemos a flotar por el cementerio. Atravesamos mares de cadáveres congelados y de alas ligeras destrozados hasta aterrizar a dos kilómetros de nuestro punto de partida, en el fuselaje roto de una nave antorcha reventada. Avanzamos dando saltitos por su superficie y llegamos a un hangar oscuro. Dentro hay un prototipo de lanzadera negra, la Nigromante, la lanzadera interplanetaria personal del Señor de la Ceniza. La robé de su fortaleza y navegué en ella desde Venus hasta Mercurio. Hoy la obligaré a hacer honor a su nombre.
—Oso Hormiguero a Tango Oscuro, ¿me recibes?
La voz del Caballero del Miedo es fría e inteligente cuando resuena por los altavoces de la zona de carga de la Nigromante. La voz se corresponde con el hombre. Atlas au Raa, el mariscal de campo más eficaz de Atalantia, está a años luz de su honorable hermano, Rómulo. Implantado en la superficie con sus guerrilleros de la Legión Cero, Atlas siembra el caos detrás de nuestras líneas y es el responsable de que haya tardado tanto en reunirme con mi ejército. Mis hombres ni siquiera saben que estoy aquí. Pero el enemigo tampoco.
La Armada de la Ceniza tenía bloqueado el planeta cuando llegué a Mercurio hace tres semanas. Por suerte, las capacidades de ocultación de la Nigromante son las más avanzadas de la armada de la Sociedad, y el campo de escombros veló nuestra aproximación.
Escondido en el cementerio, me he servido del software de descifrado de la Nigromante para espiar la correspondencia del Caballero del Miedo. Da parte de sus horrores, de sus empalamientos, de sus mutilaciones, con el desapego de un médico que administra medicamentos a un paciente. Hoy comenta un asunto diferente:
—Aquí Tango Oscuro, adelante Oso Hormiguero.
Una fina voz de cobre responde por Atalantia. Algún siniestro administrador de operaciones encubiertas desde la nave Annihilo.
—Esclavo Dos está empaquetado y listo para la entrega —dice Atlas despacio—. Medusa de Sangre a punto. La pista de baile parece abarrotada, confirmad la llegada de acompañantes y la doble guardia de la carabina.
—Recalada confirmada. Acompañantes: Amor, Muerte y Tormenta entregados en tiza, menos veinte. Tiempo estimado de llegada al apretón de manos cuarenta minutos. Doble guardia de la carabina preparada. Solicito confirmación del apretón de manos de acompañantes. Entrega activada a la espera de su orden.
—Recibido. Confirmaré el apretón de manos. Oso Hormiguero finaliza la comunicación.
El audio se desactiva.
Esclavo Dos es como llaman a mi amiga. Desde el día en que Sevro y yo secuestramos la nave de Orión en nuestra huida sobre la Luna, la azul ha sido mi confidente, mi fiel aliada, mi gracia salvadora contra la increíble sofisticación de los pretores navales dorados. Ahora ella es su prisionera.
«Esclavo Dos». Qué hijos de puta.
Antes de que llegáramos, el Caballero del Miedo secuestró a Orión en su cuartel general de Tyche, la capital de Mercurio. Masacraron a su guardia personal y dejaron sus dedos sobre su cama para burlarse de las Legiones Libres.
A pesar de no poder ponerla en órbita, el Caballero del Miedo se las ingenió para mantenerse un paso por delante de los rastreadores que mis comandantes enviaron tras ella. Escuché los informes en los que ese cabrón explicaba que había desollado vivos a varios de ellos y las torturas que se le estaban infligiendo a Orión en sus bases escondidas en las montañas. Hoy pretende trasladarla a la órbita para que se enfrente a las arcanas psicotécnicas de Atalantia. Será una extracción neural, una ciencia en la que solo mi esposa la iguala. Puede que Orión haya resistido a la tortura, pero cuando Atalantia descascare una por una las capas de su mente, la arquitectura de defensa planetaria de la República quedará al descubierto.
No puedo permitir que eso suceda.
—Capullos fascistas —murmura Rhonna, mi sobrina, y señala con sus guantes sinápticos en dirección a Alexandar.
—Fueron los campesinos rojos chamuscados quienes entregaron a Orión. No los dorados —dice Alexandar mientras talla con su filo un halcón de guerra en la gigantesca cabeza de Thraxa au Telemanus.
Es igual que el mío. Thraxa lo admira en el reflejo de su martillo de guerra labrado: Muchachita.
—Todo el planeta está lleno de capullos —replica Rhonna—. Deberías plantearte comprarte una villa aquí, princesa.
Él le lanza un beso a modo de respuesta.
—Al menos Atalantia tiene algo de estilo —dice Colloway en tono perezoso. Nunca ha sido de los que malgastan esfuerzos, así que el mejor piloto de combate de la República está tumbado encima de un baúl de armaduras de pulsos mientras se fuma un cisco. Sus esbeltas extremidades se desparraman en todas direcciones mientras, con aire distraído, contempla las volutas de humo con sus ojos de color azul pálido—. ¿Os acordáis de Martillo de Miedo y Flagelo de Luz? Por Júpiter, el tufo al Señor de la Ceniza te irritaba la nariz. Apuesto a que él no la llamaba nariz. Seguro que la llamaba Devoradora de Aire o Consumidora de Gas Vital...
La Muchachita de Thraxa golpea la cubierta y deja dos socavones en el suelo.
Todo el mundo guarda silencio.
Mi asesina más destacada tiene ansias de batalla. Thraxa lleva la cara pintada de naranja. Tiene el cuello, del grosor de un muslo, echado hacia delante como el de un semental de sangre solar en el cajón de salida del hipódromo. Mientras que yo me arrepiento de mi gusto por la violencia a causa del típico sentimiento de culpa de los rojos, la dorada de sangre antigua se regodea en su furor. No en la gloria que Casio amaba, ni en la noble lucha que persigue Alexandar, ni en la venganza catártica que Sevro necesita, sino en la esencia primordial de la propia batalla. Thraxa nunca está más viva que después de treinta días en el campo, llena de llagas costrosas de la silla de montar y de sudor, cazando a hombres que nunca han sido presas.
«Me gusta matar a la gente que no me gusta —dijo una vez cuando Pax le preguntó por qué me sigue—. Y tu papá los atrae como moscas».
Inspecciono al resto de mis escasas fuerzas. Todos excepto Colloway llevan el halcón de guerra que Sevro hizo famoso. Alexandar, Colloway y Thraxa están listos. ¿Y Rhonna y Deslenguado? El viejo obsidiano está sentado en el suelo con las piernas cruzadas.
Tras pasar de guardia de prisión a prisionero y después a un insólito activo, Deslenguado demostró su valía en la isla del Señor de la Ceniza. Es un verdadero patriota de la República, pero me da miedo que no esté preparado para lo que se aproxima. Me da miedo que no lo estemos. Sin el compañero de Sefi, Valdir, y sus obsidianos; sin Sevro, Victra, Guijarro, Payaso y Holiday, la compañía parece más pequeña de lo que debería. Me faltan mis mejores armas y amigos.
—El enemigo está en movimiento —digo—. El Caballero del Miedo intentará entregar a Orión en el Annihilo dentro de menos de una hora. Si podemos rescatarla, lo haremos. Si no, liquidamos. No obtendrán esa información. —Los miro uno por uno a los ojos para valorar su voluntad—. Ya conocéis el plan. Todos disponéis de autorización para matar. Recordad por qué estamos aquí. Nuestra misión no es salvarnos a nosotros mismos. Es proteger la República a cualquier precio.
Asienten con la cabeza, pero me pregunto si entienden hasta qué punto espero que defiendan ese principio. Habrá algunos que serán engañados por sus conciencias para que den prioridad a otros.
Necesito un núcleo en el que pueda confiar.
—Los datos sugieren que nos encontraremos con al menos tres Caballeros Olímpicos y con agentes de las Gorgonas. —Las Gorgonas conforman la legión de operaciones encubiertas del Caballero del Miedo. Sus filas están compuestas por dorados deshonrados en los Institutos y por grises y obsidianos con tendencias antisociales consideradas corrosivas para el espíritu de lucha de las legiones normales—. Nadie se enfrentará a un Olímpico a menos que esté conmigo.
—¿Estará allí el propio Miedo? —pregunta Thraxa.
—Se llama Atlas —respondo—. Es muy posible, pero dudo que Atalantia renuncie a su mejor agente en tierra antes de la Lluvia. Pero enviará a Áyax.
Alexandar y Thraxa se tensan.
—¿Tenemos confirmación de Muecas? —pregunta Rhonna.
—Muecas sigue callado —contesto. Mi sobrina baja la mirada, temerosa de que el hombre esté muerto. Es probable, ya que nuestro único topo en el Annihilo no nos advirtió de la emboscada de Atalantia—. ¿Alguna otra pregunta? —Ninguna. Un innovador cambio de escenario—. Bien. A vuestros puestos. Recuperemos a nuestra chica.
Rhonna coge su saco de vacío, choca el puño con Char y con Deslenguado y se desliza por la escalera hacia el hangar de los caparazones estelares. Siento una punzada de culpa. Le dije a mi hermano que la mantendría a salvo. Si no estuviera tan falto de personal, me inventaría una razón para que no saliera de la Nigromante. Pero por Orión merece la pena arriesgar incluso a mi sobrina, sobre todo teniendo en cuenta que es posible que su papel de hoy sea aún más importante que el mío.
Agarro a Alexandar del brazo mientras los demás van saliendo y señalo el sello de pintura de Thraxa. Le pido que haga los honores.
—Sé que estabas unido a Kalindora —le digo mientras coge el artilugio.
Él asiente con la cabeza cuando menciono a la Caballera del Amor, la hermana menor de su madre, y comienza a trastear con las opciones del sello de pintura.
—Pasaba todos los veranos con nosotros en el Elíseo, siempre rogándole al abuelo que la entrenara. Pero era la mejor amiga de Atalantia y Anastasia, y Lorn no quería proporcionarle otra arma a Octavia. —Alexandar levanta la mirada—. Cuando mi abuelo se llevó la casa a Europa, ella eligió a su soberana por encima de su familia. Kalindora ya no es de mi sangre. —Me apunta a la cara con la pistola de pintura—. ¿Qué va a ser? Negro Trasgo, azul valquirio, púrpura Minotauro, jade Julii...
—Rojo sangre.
Otra vez en el tubo escupidor.