Czytaj książkę: «Mercado de invierno»
Título original inglés: January Window.
© thynKER, 2014.
© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil y Víctor M. García de Isusi, 2015.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2015.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
REF.: OEBO787
ISBN: 978-84-9056-470-7
Composición digital: Àtona-Víctor Igual, S. L.
www.victorigual.com
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Índice
Nota del autor
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Nota
Este libro se presenta como una obra de ficción y los errores que contiene no pueden achacarse a mi representante secreto (por favor, no preguntéis). Debo añadir que cuenta con toda mi confianza y prometo no despedirlo aunque esta novela no gane nada.
PHILIP KERR
A PAUL SIDEY
1
ENERO DE 2014
Detesto la Navidad. Tengo casi cuarenta años y creo que la he odiado más de media vida. Antes jugaba al fútbol profesional y ahora entreno a otros para que hagan lo mismo, así que la Navidad es una época del año que asocio con un calendario de partidos tan abarrotado como la juguetería Hamleys. Esto conlleva entrenos a primera hora de la mañana en campos congelados, tendones maltrechos que no tienen tiempo para recuperarse adecuadamente, aficionados borrachos que esperan de su equipo mucho más de lo que se antojaría razonable —por no hablar de las elevadas expectativas que abriga un implacable propietario o presidente de club— y presuntos encuentros fáciles contra equipuchos de la parte baja de la tabla que pueden acabar dándote un susto.
Este año no es distinto. Nos enfrentamos al Chelsea el 26, lo cual significa que el día de Navidad a primera hora, cuando el noventa y nueve por ciento del país esté abriendo regalos, yendo a la iglesia, viendo la tele delante de una agradable hoguera o simplemente emborrachándose, nosotros estaremos en la ciudad deportiva de Hangman’s Wood, en Thurrock. Dos días después, el 28, tenemos otra salida a Newcastle, antes de un partido en casa contra el Tottenham Hotspur en Año Nuevo. Tres encuentros en siete días. Eso no es deporte, eso es un puto Ironman. Cuando la gente del mundo del fútbol profesional habla de lo bonito que es este deporte, normalmente no contempla las vacaciones navideñas. Y siempre que recuerdo esa historia de la revista Boy’s Own sobre un partido de fútbol amistoso disputado en tierra de nadie durante la Primera Guerra Mundial por soldados británicos y alemanes, pienso para mis adentros: «Sí, ya, quisiera yo verlos con un portero en baja forma y alineando a un centrocampista gilipollas y holgazán que espera fichar por otro club para duplicar su ficha ya de por sí astronómica en el mercado de invierno». El mercado de invierno es el periodo de cuatro semanas durante el cual la FIFA autoriza a los clubes europeos a fichar a un nuevo jugador a mitad de temporada. Francamente, la idea me parece una estupidez —lo cual es típico de la FIFA—, porque fomenta una mentalidad de mercadillo en el que los clubes intentan desprenderse de los trastos inútiles para pagar barbaridades por una estrella de turno que pueda brindarles la posibilidad de ganar algo o, simplemente, de permanecer en la categoría. Dicho esto, no cabe duda de que todos los entrenadores intentan comprar jugadores: un acuerdo acertado puede decidir el título de Liga o evitar que seas destituido. Basta con echar un vistazo a los jugadores que han sido adquiridos en mercados de invierno recientes para conocer el valor que tiene fichar a alguien a mitad de temporada: Luis Suárez, Daniel Sturridge, Philippe Coutinho, Patrice Evra y Nemanda Vidic llegaron a sus respectivos clubes en el mercado invernal. Si alguna vez habéis formado parte de una cadena de ventas inmobiliarias, en la que una serie de consumidores no pueden adquirir una nueva casa hasta que hayan vendido la antigua, entenderéis un poco la enervante complejidad de lo que sucede en enero. Personalmente, creo que las cosas iban mejor cuando el mercado estaba siempre abierto; pero soy de los que opinan que casi todo en este deporte era mejor antes de que Sky TV, las repeticiones instantáneas y el cambio de las reglas del fuera de juego impuesto por la IFAB en 2005 lo convirtieran en lo que es ahora.
Hay también otro motivo, este más triste, por el cual no me gusta demasiado la Navidad. El 23 de diciembre de 2004 fui hallado culpable de violación y condenado a ocho años de cárcel, y no hace falta ser el fantasma del maldito Jacob Marley dickensiano para imaginarse el efecto negativo que eso tendría en las Navidades de cualquiera, ya sean pasadas, presentes o futuras.
Ya volveré sobre eso más adelante.
Me llamo Scott Manson y soy el segundo entrenador del London City. Puesto que siempre me entreno con los muchachos, me gusta dar ejemplo, lo cual significa nada de alcohol desde el 22 de diciembre hasta la noche de Año Nuevo. Es como ser testigo de Jehová en esas bodas lujosas que aparecen en la revista Hello! entre una novia lerda y un futbolista. Nada de alcohol, nada de acostarse tarde, una dieta sensata y, por supuesto, nada de fumar; Dios no quiera que yo —o, más bien, Maurice McShane, el negociador extraoficial del club— vea en una revista a uno de mis jugadores al volante tras salir de una discoteca en Nochebuena con un Silk Cut en la mano. He llegado a soltar un rapapolvo a un delantero centro por tatuarse un dragón —un regalo navideño de su mujer, que tiene encefalograma plano— el día antes de un derbi en Año Nuevo. Por si no lo sabíais, los tatuajes duelen la hostia, y las tintas y los pigmentos pueden estar contaminados y en ocasiones provocan náuseas, granulomas, afecciones pulmonares, infecciones en las articulaciones y problemas oculares. ¿Habéis oído hablar de un pasaje bíblico que asegura que nuestro cuerpo es un templo? Esto es especialmente cierto en el caso de los futbolistas, y ya puedes ir rezando para no cargarte el tuyo si quieres seguir cobrando cien mil libras a la semana. Hablo en serio. ¿Queréis regalarle algo bonito a un futbolista por Navidad? Compradle una colección de DVD y una botella de Acqua di Parma. No le compréis un vale para cubrir su templo de grafitis, al menos hasta que terminen los partidos de Navidades y principios de enero.
A la postre, el London City empató a cero con el Manchester United, perdió por 4-2 con el Newcastle y se impuso por 2-1 al Tottenham —esto nos situó novenos en la Premier League—, y volvió a empatar a cero con el West Ham en la primera eliminatoria de la Capital One Cup. Pero nada de eso parecía tener importancia —al menos para mí—, porque en el minuto nueve del partido en Silvertown Dock contra el Tottenham, Didier Cassell, nuestro portero titular, sufrió una lesión grave en la cabeza tras chocar con el poste en un intento por detener un potente chute en parábola de Alex Pritchard.
Las imágenes del impacto son estremecedoras; al principio todo el mundo pensó que el sonido captado por el micrófono situado junto a la portería era el de la pelota chocando contra una valla publicitaria, y hasta que Sky Sports mostró el incidente varias veces a cámara lenta —cosa que debió de encantar a la familia de Didier— la gente no se dio cuenta de que, en realidad, el ruido sordo era el cráneo del guardameta fracturándose contra la madera. No sé si estaban más preocupados nuestros chicos o los del Tottenham.
Cuando el personal médico se llevó a Cassell del terreno de juego aún no había recobrado el conocimiento. Cuatro días después seguía inconsciente en el hospital. Nadie utiliza la palabra «coma» —nadie excepto los periódicos, por supuesto, que ya lo sitúan defendiendo la portería del equipo de Dios—, pero, con una tercera ronda de la FA Cup contra el Leeds United programada para el fin de semana, estamos pensando en fichar a un portero del que fuera el club de mi padre, el Heart of Midlothian, cuyos acreedores consideran que saldar sus deudas es más importante que no conceder goles. Kenny Traynor es una ganga por nueve millones, casi dos tercios de lo que, al parecer, deben los del Heart a los bancos.
João Gonzales Zarco, nuestro flamante primer entrenador, habló de Didier Cassell con su habitual aire enigmático ante las cámaras de televisión y los periodistas apostados frente al Royal London Hospital cuando ambos fuimos a visitarlo:
—No quiero hablar de sustitución de porteros. Por favor, no me hagáis esa clase de preguntas. En este momento, nuestros pensamientos están con Didier y con su familia. Obviamente, le deseamos una pronta recuperación. Lo único que puedo decir sobre lo ocurrido es que, por muchos planes que hagas o por mucho que controles a tu equipo, la vida siempre manda la pelota al fondo de la red.
Zarco, un hombre a menudo emocional, se enjugó una lágrima y añadió:
—Mirad, en el fútbol no se puede jugar bajo los focos sin que haya sombras. Tomad nota. Todo jugador, todo entrenador de nuestra Liga, sabe qué es jugar a veces bajo una sombra. Sin embargo, también me gustaría añadir, y me dirijo a quienes han escrito o dicho cosas que no deberían decirse jamás cuando un joven valiente está luchando por su vida, que soy como un elefante. No me olvido de quién dice qué y cuándo. Yo no olvido. Así que, cuando todo esto haya terminado, os pienso aplastar, me limpiaré el culo con vuestras palabras y luego me mearé en vuestras cabezas. El resto debéis recordar siempre que el London City es una familia unida. Uno de nuestros hijos predilectos está enfermo, sí, pero lo superaremos. Os prometo que este club volverá a caminar bajo las luces. Y Didier Cassell también lo hará.
Yo no lo habría expresado mejor. Me gustó especialmente el momento en que João Zarco dijo que se limpiaría el culo con las palabras de ciertos periodistas y que se mearía en sus cabezas. Así que yo también lo haría, ¿no? No tengo ningún motivo para que me guste ningún periódico. Muchos de los periodistas que conozco son agitadores, aunque ellos lo llaman «conseguir una noticia», como si eso lo justificara todo. Pues no. Para mí, no.
Por supuesto, en aquel momento todavía no lo sabíamos, pero nuestros problemas en la Corona de Espinas no habían hecho más que empezar.
2
La Corona de Espinas es el apodo que han otorgado los vecinos al estadio de fútbol del City en Silvertown Dock, una zona del East End londinense, aunque la expresión fue acuñada por la escultora Maggi Hambling, que ejerció de asesora artística de Bellew & Hammerstein, los arquitectos del edificio. Me gusta mucho su trabajo y poseo varias marinas espléndidas que pintó ella misma. Sí, el mar. Suena como si fueran una mierda, lo sé, pero si vierais los cuadros, os daríais cuenta de que son algo muy especial.
Con sus dos estructuras independientes —una gradería de cemento naranja (el naranja es el color de la franja de la equipación del City cuando juega en casa) y un marco exterior de acero que verdaderamente recuerda a una corona de espinas—, el diseño del estadio no dista mucho del Nido de Pájaro que fue utilizado en los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008. Es el edificio más llamativo de todo el este de Londres, y levantarlo costó quinientos millones de libras, así que es de agradecer que el club sea propiedad de un multimillonario ucraniano al que le deben salir billetes por las orejas. Según la revista Forbes, Viktor Yevegenovich Sokolnikov posee una fortuna de veinte mil millones de dólares, lo cual lo sitúa en el puesto cincuenta de los hombres más ricos del mundo. No me preguntéis cómo amasó esa montaña de dinero del tamaño del Matterhorn. Francamente, en ese aspecto prefiero vivir en la ignorancia. Lo único que sé es lo que me contó el propio señor Sokolnikov: que su padre trabajaba en una fábrica de película fotográfica en una pequeña ciudad ucraniana llamada Shostka y que ganó su primer millón comerciando con carbón y madera, con el que luego hizo algunas inversiones arriesgadas que dieron sus dividendos. Y tampoco me preguntéis cómo convenció a la Asociación del Fútbol y al alcalde de Londres de que le permitieran sufragar la deuda de cuatro clubes veteranos del este de Londres que habían sido intervenidos para poder relanzarlos en la Segunda División bajo el nombre de London City. Supongo que el dinero —a montones— quizá tuvo algo que ver con ello. Sokolnikov ha dilapidado una fortuna regenerando Silvertown Dock y Thames Gateway, y el club de fútbol —que ascendió a la Premier League después de solo cinco años— actualmente cuenta con más de cuatrocientos empleados, por no hablar del dinero que inyecta en una parte de Londres en la que la palabra «inversión» en su día era considerada un insulto. Además del estadio, Sokolnikov ha prometido que su empresa, Shostka Solutions AG, construirá el nuevo puente de Thames Gateway, que fue desestimado por Boris Johnson en 2008 porque resultaba demasiado caro; o al menos lo hará cuando los capullos laboristas de planificación urbanística despierten y bajen de la nube. Ahora mismo, el proyecto está asediado por las objeciones.
Cuando volví del hospital a mi piso de Manresa Road, en Chelsea, Sonja, mi novia, salió a la puerta con los ojos abiertos como platos y voz contenida.
—Matt está aquí —dijo.
—¿Matt?
—Matt Drennan.
—Dios, ¿qué quiere?
—Creo que no lo sabe ni él —respondió Sonja—. Me parece que va borracho y su estado es lamentable.
—Menuda sorpresa.
—Lleva una hora aquí, Scott. Y tengo que decirte que me ha costado sangre, sudor y lágrimas que no se acerque a la bandeja de bebidas.
—No me cabe la menor duda.
Besé su fría mejilla y sobé su trasero simultáneamente. Sabía que no le caía bien Drennan y lo entendía; nunca había conocido al Matt Drennan que yo conocí en el pasado.
—Scott, no le dejarás que se quede, ¿verdad? No pasará la noche aquí... Me da miedo cuando va bebido.
—Es inofensivo, cariño.
—No, no lo es, Scott. Es una zona catastrófica con patas.
—Déjamelo a mí, amor. Vete y... haz algo. Ya has cumplido tu parte. A partir de ahora yo me ocupo de él.
Drennan estaba de pie —más o menos— en medio del comedor, contemplando uno de los cuadros de Hambling: una ola enorme, una especie de tsunami, a punto de romper en una playa de Suffolk, cerca de donde vivía y trabajaba la artista. Me situé un momento junto a mi antiguo compañero de equipo y le puse la mano en el hombro para que dejara de tambalearse. En el breve intervalo transcurrido desde que Sonja se ausentó hasta que yo entré se había servido un vaso de whisky, y tenía la esperanza de poder arrebatárselo si en algún momento lo soltaba. Llevaba la camisa rasgada y no demasiado limpia, y en el lóbulo de la oreja, donde en su día lucía un diamante, se apreciaba una gran costra de sangre.
—Así es exactamente como me siento —dijo Drennan.
Le olía el aliento a contenedor para vidrio.
—No vas a vomitar, ¿verdad, Matt? Porque la alfombra es nueva.
Drennan se echó a reír.
—No. Para hacer eso tendría que haber comido algo antes —repuso.
—Si quieres podemos ir a buscar un kebab. Y luego puedo llevarte a casa.
Hacía mucho tiempo que no visitaba el Kebab Kid de Parsons Green; últimamente me entusiasmaba más el sushi, pero estaba dispuesto a ir si eso significaba hacer feliz a Drenno.
—No tengo hambre —dijo.
—¿Qué estás haciendo aquí? Pensaba que pasarías el Año Nuevo con Tiffany.
Drennan me miró con aire somnoliento.
—He venido a preguntarte cómo se encuentra el muchacho francés. El que se abrió la cabeza. He ido al hospital, pero me han echado de allí por ir muy borracho.
—Me sorprende que no te hayan ofrecido una cama. Mírate, Matt. ¿Te echaron antes de estar en este estado o la sanidad pública realmente es tan mala como dicen?
—He tenido una trifulca con Tiff. —Era algo que ya le había oído decir antes, pero no tenía ni idea de que había sido mucho más que una riña ni de que Tiff se encontraba en el mismo hospital que Didier Cassell, lo cual probablemente era el verdadero motivo por el que Matt Drennan se había presentado en mi casa—. Me tiró una puta bota de montar. —Se echó a reír de nuevo—. Como Fergie. Nos habría venido bien en el vestuario de Highbury, ¿eh? En serio, Scott, esa mujer escupe fuego por la boca, no como esa princesita tuya. Sandra se llama ¿verdad? Es un bombón. ¿A qué dijiste que se dedicaba?
—Es psiquiatra, Matt. Y se llama Sonja.
—Ah sí, es verdad. Una loquera. Ya decía yo que su manera de mirarme me resultaba familiar. Me observaba como si fuera un puto chiflado.
—Eres un puto chiflado, Matt. Todo el mundo lo sabe.
Drennan sonrió y sacudió la cabeza con un gesto entrañable, cosa que él era —casi siempre—, y luego se la rascó con fuerza.
—¿Ha vuelto a echarte?
—Sí. Ella es así. Pero hemos pasado por cosas peores. Supongo que todo saldrá bien. Ella me arrancará la oreja de un mordisco y yo tendré que dormir en el garaje.
—Por lo visto ya te la ha arrancado —señalé—. Tienes sangre en la oreja. Puedo ponerte algo si quieres. Una tirita o una pomada antiséptica. O un fotógrafo de The Sun.
—No pasa nada. Estoy bien. Tiff me ha atizado con una bota de montar, eso es todo.
—Normal, entonces.
—Bastante normal, sí.
Con sobrepeso y medio calvo, Matt Drennan proyectaba una imagen de desolación. Era escocés, igual que yo, pero ahí terminaban las similitudes; bueno, casi. Observándolo ahora me costaba creer que aún no hubieran pasado diez años desde que ambos militáramos en el Arsenal. Una pierna rota había acabado con la carrera de Drenno cuando solo tenía veintinueve años, no sin que antes anotara más de cien goles para los Gunners y se convirtiera en un ídolo en Highbury. Aún hoy podía personarse en el Emirates y el público al completo le aclamaba en cuanto pisaba el césped. Era más de lo que aquellos cabrones habían hecho nunca por mí. Parecía caerles bien incluso a los seguidores de los Spurs, lo cual no es poca cosa. No obstante, desde que dejó el fútbol, su vida se había convertido en un catálogo de cagadas anunciadas a bombo y platillo: alcohol, depresión, adicción a la cocaína y el Nurofen, tres meses en la cárcel por conducir ebrio y seis meses por atacar a un agente de policía —eso no puedo recriminárselo—, escarceos con la cienciología, una breve e ignominiosa carrera en Hollywood, bancarrota, un escándalo de apuestas, un traumático divorcio de su primera esposa y, presuntamente, un segundo matrimonio que hacía aguas. La última vez que supe de él había vuelto a ingresar por su propio pie en la clínica Priory para intentar volver a estar limpio. Nadie daba un penique por sus posibilidades de éxito. Era de todos sabido que Matt Drennan se había quedado seco más veces que una toalla de baño de un Holiday Inn. Por todos esos motivos, era el único futbolista que yo conociera cuya autobiografía resultaba fascinante, y eso incluye mi lamentable libro. A su lado, Syd Barrett parecía el moderador de la Iglesia de Escocia. Pero lo quiero como si fuera... Bueno, mi hermana no, porque no hablo mucho con ella últimamente, pero sí como a alguien importante en mi vida.
—¿Y cómo está? No me lo has dicho.
—¿Didier Cassell? No está bien. No está nada bien. Estará de baja el resto de la temporada, eso seguro. Y ahora mismo diría que tú tienes más posibilidades de volver a jugar que él.
Drennan pestañeó como si pensara que aquello era una posibilidad real.
—Dios mío, daría cualquier cosa por volver a jugar una temporada entera.
—Todos lo haríamos, colega.
—O una final de la FA Cup un día soleado de mayo. Abide with Me. Nosotros contra un equipo decente como el Tottenham o el Liverpool. El ambiente de Wembley. Tal como era antes de que la Premier League, los extranjeros y la televisión lo convirtieran en una puñetera barraca de feria.
—Lo sé. Yo pienso igual que tú.
—De hecho, tengo la intención de realizar una última aparición estelar en Wembley y dejarlo.
—Claro, Matt, claro. Puedes hacer de director del coro del barrio.
—En serio.
Drennan se llevó el whisky a los labios, pero antes de que lo tocara, agarré el vaso con firmeza y lo puse fuera de peligro.
—Vámonos. Tengo el coche fuera. Te dejaría dormir aquí, pero te beberías todo el alcohol y tendría que darte un tirón de orejas, así que será mejor que te lleve a casa ahora mismo. O aún mejor, ¿por qué no te llevo directamente al Priory? Podemos estar allí en menos de media hora. Mira lo que te digo: pagaré yo la primera semana. Un regalo navideño con retraso de tu compañero de vestuario.
—Iría de buena gana, pero allí no te permiten leer, y ya sabes cómo soy con los libros. Me aburro mucho si no tengo algo para leer.
Como si pretendiera demostrar tal afirmación o comprobar que seguía allí, miró un libro que llevaba enrollado en el bolsillo de la chaqueta.
—¿Y por qué hacen eso? ¿Por qué no te dejan tener libros?
—Esos gilipollas creen que si lees no sales del caparazón y no hablas de tus putos problemas. Como si con eso mejorara algo. Estoy intentando alejarme de los problemas, no chocar con ellos de frente. Además, tengo que ir a casa, aunque solo sea para recuperar el pendiente de diamante. Se me cayó de la oreja cuando Tiff me pegó y el dichoso perro pensó que era un caramelo de menta y se lo tragó. Le gustan mucho los caramelos de menta. Así que encerré al cabrón en el cobertizo para que la naturaleza siguiera su curso. Espero que nadie lo haya sacado a pasear. Ese pendiente me costó seis de los grandes.
Me eché a reír.
—Y yo que pensaba que me encomendaban todos los trabajos de mierda en el London City.
—Exacto —Drennan sonrió y eructó sonoramente—. Me gusta —dijo señalando el cuadro, y después escrutó la sala y asintió con aprobación—. Me gusta todo. Tu casa. Tu novia. Te lo has montado bien, cabronazo. Te envidio, Scott. Pero me alegro por ti después de todo lo que has pasado, ya sabes.
—Venga, idiota de los cojones. Te llevaré a casa.
—No —dijo Drennan—. Iré andando hasta King’s Road y cogeré un taxi. Con un poco de suerte, el conductor me reconocerá y me llevará gratis. Suele ocurrirme.
—Y así es como acabas en los periódicos por conseguir que el dueño de otro pub te eche a la calle. —Lo cogí del brazo—. Te llevo yo y no hay más que hablar.
Drennan logró zafarse con unos dedos sorprendentemente fuertes y meneó la cabeza.
—Tú quédate aquí con ese bomboncito tuyo. Cogeré un taxi.
—Directo a casa.
—Te lo prometo.
—Al menos déjame acompañarte un trozo —dije.
Fui con Drennan hasta King’s Road y paré un taxi. Pagué por anticipado al conductor y, mientras ayudaba a Drennan a subirse, deslicé doscientas libras en el bolsillo de su abrigo. Cuando estaba a punto de cerrar la puerta del coche, se dio la vuelta, me cogió la mano y la sostuvo con fuerza. En sus ojos azul claro asomaban lágrimas.
—Gracias, amigo.
—¿Por qué?
—Por ser un amigo, supongo. ¿Qué nos queda a gente como tú y como yo?
—No tienes que darme las gracias por eso. Precisamente tú, Matt.
—Gracias de todos modos.
—Ahora lárgate a casa antes de que me ponga sentimental.
Había un hombre sentado en la acera delante del cajero. Le di un billete de veinte, aunque, sinceramente, habría sido mejor darle los doscientos. Al menos estaba sobrio. En cuanto le hube metido el dinero en el bolsillo a Drenno supe que era un error, igual que sabía que era un error no llevarlo yo mismo a casa, pero así son las cosas a veces; te olvidas de cómo es tratar con borrachos, de lo autodestructivos que pueden llegar a ser. Sobre todo un borracho como Drenno.