Czytaj książkę: «La nueva Rusia»
Título original: Nothing is True and Everything is Possible
© Peter Pomerantsev, 2015.
© de la traducción: Ana Isabel Sánchez, 2017.
© de esta edición digital: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO092
ISBN: 9788490568705
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Dedicatoria
Acto I. Reality show Rusia
Acto II. Grietas en el mátrix del Kremlin
Acto III. Formas de delirio
Agradecimientos
Bibliografía
Notas
PARA MI ESPOSA, MIS PADRES, MIS HIJOS, LA TÍA SASHA Y PAUL
ACTO I
UNA CIUDAD QUE VIVE EN FAST-FORWARD
Cuando vuelas de noche sobre Moscú, se ve que la silueta de la ciudad está formada por una serie de circunvalaciones concéntricas con el pequeño anillo del Kremlin en el centro. A finales del siglo XX la luz de las carreteras brillaba con un amarillo apagado, sucio. Moscú era un triste satélite que irradiaba los rescoldos del imperio soviético en el límite de Europa. Luego, en el siglo XXI, sucedió algo: el dinero. Nunca había penetrado tal flujo de dinero en un lugar tan pequeño y en un período de tiempo tan corto. El sistema orbital se alteró. Por encima de la ciudad, los anillos concéntricos comenzaron a relumbrar con las luces de los nuevos rascacielos, los neones y los coches de lujo que circulaban a gran velocidad por las carreteras, unas luces que giraban cada vez más rápido, con una aguda e hipnótica luminosidad de parque de atracciones. Los rusos eran la nueva jet set: los más ricos, los más enérgicos, los más peligrosos. Eran los que tenían más petróleo, las mujeres más bellas y las mejores fiestas. Pasaron de estar dispuestos a vender cualquier cosa a estar dispuestos a comprar cualquier cosa: clubes de fútbol en Londres y clubes de baloncesto en Nueva York; colecciones de arte, periódicos británicos y empresas energéticas europeas. Nadie era capaz de entenderlos. Eran lascivos y refinados a un tiempo, astutos e ingenuos. Solo encajaban en Moscú, una ciudad que vivía en fast-forward, que cambiaba con tal velocidad que desafiaba cualquier sentido de la realidad y donde los jóvenes se hacían millonarios en un abrir y cerrar de ojos.
«Performance» era la palabra de moda en la ciudad, un mundo en el que los mafiosos se convierten en artistas, las cazafortunas citan a Pushkin y los Ángeles del Infierno alucinan teniéndose por santos. Rusia había visto pasar ante sus ojos, y a una velocidad tan frenética, tal cantidad de mundos —desde el comunismo a la perestroika, la terapia de choque, la penuria, la oligarquía, el estado mafioso y la megarriqueza— que sus nuevos héroes tenían la sensación de que la vida no es más que una mascarada rutilante donde todo papel y cualquier posición o creencia es mutable. «Quiero probarme todos y cada uno de los personajes que el mundo haya conocido», me diría Vladik Mamishev-Monroe. Era artista de performances y la mascota de la ciudad, el invitado inevitable en las fiestas a las que asistían los inevitables magnates y supermodelos, que llegaba vestido de Gorbachov, de faquir, de Tutankamón, del presidente de Rusia. Cuando aterricé por primera vez en Moscú, pensé que aquellas transformaciones infinitas eran la expresión de un país liberado que se ponía diferentes disfraces en un frenesí de libertad, que forzaba al máximo los límites de la personalidad hasta lo que el visir del presidente llamaría «las alturas de la creación». Solo años más tarde empecé a ver aquellas eternas mutaciones no como libertad, sino como formas de delirio en las que terroríficas marionetas y místicos de pesadilla se convencen de que son casi reales y marchan hacia lo que el visir del presidente procedería a llamar «la quinta guerra mundial, la primera guerra no lineal de todos contra todos».
Pero me estoy adelantando a los acontecimientos.
Trabajo en televisión. En televisión de no ficción. En entretenimiento de no ficción, para ser exactos. En 2006 viajé a Moscú porque allí la industria de la televisión, igual que todo lo demás, estaba en auge. Ya conocía el país: desde 2001, el año después de graduarme en la universidad, había vivido allí durante la mayor parte del tiempo trabajando en diferentes comités de expertos y como consultor de muy poca importancia en proyectos de la Unión Europea destinados a contribuir al «desarrollo» ruso. Después trabajé en una escuela de cine y finalmente como ayudante de documentales para cadenas occidentales. Mis padres habían emigrado desde la Unión Soviética a Inglaterra en la década de los setenta como exiliados políticos, y yo crecí hablando una especie de ruso emigrado demótico. Pero siempre había mirado con interés hacia Rusia. Quería acercarme a ella: Londres me parecía demasiado comedido, demasiado predecible; la América en la que vivía el resto de mi familia emigrada me resultaba demasiado satisfecha de sí misma; por el contrario, los rusos de verdad me daban la impresión de estar realmente vivos, como si tuvieran la sensación de que cualquier cosa era posible. Lo que en realidad quería hacer era cine. Apretar el botón de grabar, enfocar y filmar. Cogí mi cámara, una Sony Z1 destartalada y lo bastante pequeña para llevarla siempre en mi cartera. Durante gran parte del tiempo tan solo grababa para no dejar que este mundo escapara; filmaba a ciegas, consciente de que nunca volvería a contar con un reparto como aquel. Y en Moscú estaba muy solicitado por la simple razón de que podía pronunciar las palabras mágicas «Soy de Londres». Funcionaban como un «Ábrete, Sésamo». Los rusos están convencidos de que los londinenses conocen el secreto alquímico de la televisión de éxito, que son capaces de destilar el siguiente reality o talent show de moda. Daba igual que nunca hubiera sido más que un ayudante de tercera en proyectos de otras personas; con solo susurrar «Soy de Londres», podía conseguir reunirme con quien quisiera. Era un polizón en la gran armada de la civilización occidental, formada por los banqueros, abogados, consultores de desarrollo internacional, contables y arquitectos que se habían hecho a la mar buscando fortuna en las aventuras de la globalización.
Pero, en Rusia, trabajar en televisión es algo más que ser cámara, un mero observador. En un país que cubre nueve zonas horarias, que es un sexto de la masa continental del mundo, que se extiende desde el Pacífico hasta el Báltico, desde el Ártico a los desiertos del Asia Central, desde aldeas casi medievales donde la gente aún extrae el agua a mano de pozos de madera, pasando por ciudades construidas en torno a una fábrica, y de nuevo hasta los rascacielos de cristal azul y acero de la nueva Moscú, la televisión es la única fuerza que puede unificar, gobernar y amarrar esta nación. Y como productor de televisión, me precipitaría directamente al centro de su maquinaria.
Mi primera reunión me llevó al último piso de la torre Ostankino, el centro televisivo del tamaño de cinco campos de fútbol que es el ariete de la propaganda del Kremlin. En ese último piso, al final de una serie de pasillos negro mate, hay una larga sala de conferencias. En ella se celebraban todas las semanas las sesiones de lluvia de ideas donde las mentes más brillantes de Moscú decidían qué emitiría Ostankino. Un simpático publicista ruso me llevó a una de ellas. Debido a mi apellido ruso, nadie se había percatado aún de que era británico; mantuve la boca cerrada. Éramos más de veinte personas en la sala: presentadores bronceados con camisas de seda blanca, profesores de ciencias políticas con barbas sudadas y respiraciones pesadas, y ejecutivos de cuentas con deportivas. Ni una sola mujer. Todo el mundo fumaba. Había tanto humo que me picaba la piel.
Al final de la mesa se sentaba uno de los presentadores de programas de política más famosos del país. Es bajo y habla rápido, con una voz áspera a consecuencia del humo del tabaco:
Todos sabemos que no habrá política de verdad. Pero aun así tenemos que transmitirles a nuestros espectadores la sensación de que está sucediendo algo. Necesitan que los mantengamos entretenidos. Así que, ¿con qué deberíamos jugar? ¿Atacamos a los oligarcas? ¿Quién es el enemigo esta semana? La política tiene que parecer... ¡una película!
Lo primero que había hecho el presidente al llegar al poder en 2000 fue hacerse con el control de la televisión. A través de la televisión, el Kremlin decidía qué políticos «permitiría» que se convirtieran en su oposición de juguete, cuáles deberían ser la historia, los miedos y la conciencia del país. Y el nuevo Kremlin no cometería el mismo error que la vieja Unión Soviética: jamás dejaría que la televisión se volviera aburrida. La tarea es sintetizar el control soviético con el entretenimiento occidental. El Ostankino del siglo XXI mezcla el negocio del espectáculo y la propaganda, las audiencias con el autoritarismo. Y en el centro del gran show se encuentra el mismísimo presidente, creado desde la nada, una masa gris gracias al poder de la televisión, de manera que muta tan rápido como un artista de performance entre sus papeles de soldado, amante, cazador a pecho descubierto, hombre de negocios, espía, zar, superhombre... «Las noticias son el incienso mediante el cual bendecimos las acciones de Putin, lo convertimos en el presidente», les gustaba decir a los productores de televisión y los tecnólogos políticos. Sentado en aquella sala llena de humo, tuve la sensación de que la realidad era en cierto modo maleable, de que estaba con unos Prósperos que podían proyectar sobre la Rusia postsoviética cualquier existencia que desearan. Pero con cada año que pasaba trabajando en Rusia, y a medida que el Kremlin iba volviéndose más paranoico, las estrategias de Ostankino se tornaban cada vez más retorcidas, la necesidad de provocar pánico y miedo cada vez más urgente; la racionalidad se desconectó y se programó en horario de máxima audiencia a simpatizantes fanáticos del Kremlin y a agitadores para mantener a la nación embelesada, distraída, mientras llegaban más mercenarios extranjeros que nunca para ayudar al Kremlin y expandir su visión hacia el mundo.
Pero aunque mi camino terminaría regresando a Ostankino, mi papel inicial en el vasto reality show guionizado de la nueva Rusia consistía en ayudar a hacer que pareciera y sonara occidental. La cadena de televisión para la que trabajé en un principio fue la TNT, que está localizada en un nuevo centro de oficinas llamado Bizancio. En la planta baja hay un spa decorado con un estilo romano falso, con columnas y ruinas dóricas de yeso, frecuentado por chicas lánguidas de piernas largas que van a intensificar bronceados ya intensos y a hacerse manicuras y pedicuras interminables. Las manicuras son elaboradas: con los colores del arcoíris, con varias capas, con dibujos cubiertos de brillantina de corazoncitos y flores, mucho más brillantes que los ojos aburridos de las chicas, como si vertieran todas sus utopías en la minúscula superficie de sus uñas.
La cadena de televisión ocupa varias plantas del edificio situadas más arriba. Cuando se abre la puerta del ascensor, te saluda el logo de la TNT, diseñado con rosas cegadoramente brillantes y chillonamente felices, azules resplandecientes y dorado. Sobre el logo está escrito el eslogan de la cadena: «¡Siente nuestro amor!». Esta es la nueva y desesperadamente feliz Rusia, y esta es la imagen de Rusia que proyecta la TNT: un país joven, bullicioso y lustroso. La cadena envía un haz de amarillos y rosas hiperactivos a los lóbregos pisos de la gente.
Las oficinas son un espacio abierto, lleno de jovencitos resplandecientes y felices que corren de un lado a otro, que salpican su ruso de anglicismos, que silban las melodías de los éxitos del pop británico. La TNT hace televisión «gamberra», y la joven plantilla vibra con la emoción de la revolución cultural. Para ellos, la TNT es una pieza de pop art subversivo, una forma de inmiscuirse en la psique de la nación y reprogramarla desde dentro. Fue la cadena que introdujo los reality shows en Rusia: un espectáculo obsceno —para enorme regocijo de los productores de televisión— es tachado de inmoral por los comunistas de cierta edad. La TNT fue la pionera de las comedias de situación rusas y de los programas de entrevistas basura a lo Jerry Springer. La cadena engulle conceptos occidentales uno detrás de otro y pasa por más formatos en un año de los que Occidente puede inventar en una década. Muchas de las personas más brillantes de la ciudad están desertando a los canales de entretenimiento y las revistas de papel cuché; allí no les forzarán a hacer propaganda, los animarán a ser subversivos. En esos medios no se puede hacer política de verdad, es una zona «libre de noticias». Muchos de ellos se sienten satisfechos con el trueque: total libertad a cambio de completo silencio.
—Queremos averiguar lo que realmente piensan los miembros de la nueva generación. Piiiitrrrr.
—Lo que les emociona, Piiiitrrrr.
—Queremos ver a gente real en la pantalla. A los auténticos héroes, Piiiitrrrr.
«Piiiitrrrr». Así es como me llaman las productoras de la TNT. Tres mujeres, todas menores de treinta. Una con el pelo negro, otra con el pelo rizado y la tercera con el pelo liso, y todas se terminan las frases entre ellas. Podrían referirse a mí utilizando la versión rusa de mi nombre, «Piotr». Pero prefieren utilizar «Piiiitrrrr», que hace que parezca más inglés. Soy su escaparate occidental, que les ayuda a crear una sociedad occidental fingida. Y yo, por mi parte, finjo ser un productor mucho más importante de lo que soy. Comenzamos por lanzar la primera serie documental de la TNT. Me cuesta solo treinta minutos conseguir mi primera comisión: Cómo casarse con un millonario (Guía para cazafortunas). Creo que habría podido conseguir tres películas si me hubiera esforzado un poco. En Londres o en Nueva York habría pasado meses intentando hacer despegar un proyecto. Pero la TNT está patrocinada por la compañía de gas más grande del mundo. De hecho, tacha esto último. Es la compañía más grande del mundo, punto.
SIN COMPLEJOS
—La teoría de los negocios nos enseña una importante lección —dice la instructora—. Investigad siempre en profundidad los deseos del consumidor. Aplicad este principio cuando busquéis un hombre rico. En una primera cita hay una regla fundamental: nunca habléis de vosotras mismas. Escuchadlo. Encontradlo fascinante. Descubrid sus deseos. Estudiad sus aficiones; después, cambiad de acuerdo con todo ello.
Academia de Cazafortunas. Un grupo de chicas rubias y serias tomando notas con mucha atención. Encontrar un viejo forrado de pasta que te consienta es un oficio, una profesión. La academia tiene pasillos de mármol falso, largos espejos y detalles pintados en dorado. La puerta de al lado es un spa y salón de belleza. Vas a tus clases de cazafortunas y luego vas a que te depilen y a broncearte. La profesora es una pelirroja de cuarenta y pico con una licenciatura en Psicología, un MBA y una risa estridente. Tiene la voz aguda y cursi, una señorita remilgada con minifalda:
—Nunca llevéis joyas en una primera cita, el hombre debe pensar que sois pobres. Haced que quiera compraros joyas. Llegad en un coche destartalado: haced que quiera compraros uno más elegante.
Las alumnas toman notas con caligrafía clara. Han pagado unas seiscientas libras por cada semana del curso. Hay docenas de «academias» de ese tipo en Moscú y San Petersburgo, con nombres como «Escuela de Geishas» o «Cómo ser una mujer de verdad».
—Id a una zona cara de la ciudad —continúa la instructora—. Consultad un mapa y fingid que estáis perdidas. Un hombre rico podría acercarse a ayudaros.
—Yo quiero un hombre que sea capaz de mantenerse firme en sus ideas. Que me haga sentir tan segura como detrás de una muralla de piedra —dice Oliona, una reciente graduada, empleando el lenguaje paralelo de las cazafortunas (a lo que se refiere es a que quiere un hombre con dinero).
Por lo general a Oliona ni siquiera se le pasaría por la cabeza dirigirme la palabra, es una de esas chicas inaccesibles que se desharía de mí con un batir de pestañas. Pero voy a sacarla en televisión, y eso lo cambia todo. El programa va a llamarse Cómo casarse con un millonario. Creía que sería difícil conseguir que Oliona hablara, que se mostraría reservada sobre su vida. Todo lo contrario: se muere de impaciencia por contárselo al mundo; la forma de vida de las cazafortunas se ha convertido en uno de los mitos favoritos del país. Las librerías están atestadas de libros de autoayuda que explican a las chicas cómo cazar a un millonario. Peter Listerman, un proxeneta regordete, es una celebridad de la televisión. No se define a sí mismo como proxeneta (eso sería ilegal), sino como «alcahuete». Las chicas le pagan para que les presente a hombres ricos. Los hombres ricos le pagan para que les presente a chicas. Sus agentes, chicos gais y adolescentes, buscan en las estaciones de tren a jovencitas de piernas largas y ágiles que hayan llegado a Moscú persiguiendo cierto tipo de vida. Listerman llama a las chicas sus «polluelas»; posa para las fotos con asadores de kebab con pequeños pollos ensartados: «Acude a mí si buscas polluelas», dicen sus anuncios.
Oliona vive en un piso nuevo, pequeño y luminoso con su nervioso perrillo. El piso está en una de las calles principales que llevan a la zona de los multimillonarios, Rublevka. Los hombres ricos colocan allí a sus queridas para poder parar un momento a visitarlas de camino a casa. Llegó a Moscú desde Donbas, una región minera ucraniana dominada por los jefes de la mafia desde la década de los noventa. Su madre era peluquera. Oliona estudió el mismo oficio, pero el pequeño establecimiento de su madre se fue al traste. Oliona llegó a Moscú prácticamente sin nada cuando tenía veinte años y comenzó como bailarina de striptease en uno de los casinos, el Golden Girls. Bailaba bien, y así fue como conoció a su amante rico. Ahora gana la tarifa básica de querida de Moscú: el piso, 2.500 libras al mes, un coche y unas vacaciones de una semana de duración en Turquía o Egipto dos veces al año. A cambio, su amante rico obtiene su cuerpo flexible y bronceado siempre que quiere, de día o de noche, siempre alegre y dispuesto para la acción.
—Deberías ver cómo me miran las chicas de mi pueblo. Se mueren de celos —comenta Oliona—. «Vaya, cómo te ha cambiado el acento, ahora hablas como los moscovitas», dicen. Pues muy bien, que se jodan: me siento orgullosa de ello.
—¿Serías capaz de regresar allí alguna vez?
—Nunca. Eso significaría que he fracasado. Que vuelvo a las faldas de mi mamá.
Pero su amante rico le prometió un coche nuevo hace tres meses y aún no ha cumplido su palabra; le preocupa que vaya a dejarla.
—Todo lo que ves en este piso es suyo. Yo no soy dueña de nada —reconoce Oliona mientras examina su propio piso como si no fuera más que un plató de televisión, como si fuese otra persona la que vive allí.
Y en cuanto su amante rico se aburra de ella, se quedará sin nada. De nuevo en la calle con su nervioso perrillo y una docena de vestidos de lentejuelas. Así que Oliona está buscando otro amante rico (aquí no se llaman «amantes ricos» sino «patrocinadores»). De ahí la Academia de Cazafortunas, una especie de escuela para adultos.
—Pero ¿cómo puedes quedar con otros hombres? —le pregunto—. ¿No te vigila tu actual patrocinador?
—Sí, claro, tengo que ser cuidadosa; hace que uno de sus guardaespaldas venga a controlarme. Pero lo hace de una manera agradable; el guardaespaldas se presenta con la compra hecha. Pero sé que en realidad está comprobando que no ha habido hombres aquí. Intenta ser sutil. Creo que es un detalle. Otras chicas lo tienen mucho peor. Cámaras. Detectives privados.
Los campos de juego de Oliona son una constelación de clubes y restaurantes diseñados casi exclusivamente para el propósito de que los patrocinadores busquen chicas y las chicas busquen patrocinadores. A los hombres se los conoce como «Los Forbes» (por la lista de millonarios Forbes); a las chicas como «tiolki», «ganado». Es un mercado favorable al comprador: hay docenas, no, cientos, de «cabezas de ganado» por cada «Forbes».
Comenzamos la velada en el Galeria. Enfrente hay un monasterio de ladrillo rojo que se inclina como un transatlántico en la nieve. En la puerta del restaurante, los coches negros aparcan de cualquier manera encima de la acera estrecha y sobre el bulevar; los guardaespaldas de cejo fruncido, fumando, esperan a sus señores, que están sentados dentro. El Galeria fue creado por Arkadi Novikov: sus restaurantes son los lugares de moda de Moscú (también es el encargado de hacer el catering del Kremlin). Cada restaurante tiene una temática nueva: Oriente Medio, Asia. No se trata tanto de pastiches imitativos como de insinuaciones astutas al estilo de otra persona. El Galeria es un collage de citas: columnas, mesas negras de cromo, paneles con tejido de cachemir británico. Las mesas están iluminadas con focos de cine. La distribución de los asientos está hecha de tal manera que puedes ver a la gente de otros rincones. Y los principales sujetos de exposición son mujeres. Se sientan junto a la barra y toman la precaución de no pedir más que un agua mineral para provocar así que un Forbes las invite a una copa.
—Ja, qué ingenuas son —comenta Oliona—. A estas alturas todo el mundo se sabe ya ese truco.
Ella pide un cóctel y sushi:
—Siempre finjo que no necesito nada de los hombres. Eso los atrae.
A medianoche, Oliona se dirige al club de moda. Lentas cabalgatas de Bentleys y Mercedes negros (siempre negros) y blindados avanzan despacio hacia la entrada. Cerca de la puerta, miles de tacones de aguja resbalan y se arrastran sobre el hielo negro y, de algún modo, siempre consiguen mantener su inmaculado equilibrio. (¡Oh, nación de bailarines de ballet!) Miles de melenas rubio platino rozan espaldas desnudas y artificialmente bronceadas, mojadas a causa de la nieve. Los gritos que brotan de miles de labios hinchados rasgan el aire invernal cuando suplican que los dejen entrar. Esto no tiene nada que ver con estar a la moda, con ser guay; es trabajo. Esta noche es la oportunidad de las chicas para bailar y echar un vistazo sobre las barreras habitualmente infranqueables del dinero, los ejércitos privados, las vallas de seguridad. Una noche a la semana, la ciudad más dividida del hemisferio norte, donde los megarricos viven separados, en una civilización vallada y sedosa, abre una pequeña y estrecha compuerta al paraíso. Y las chicas se amontonan, empujan y arrastran por esa minúscula rendija, perfectamente conscientes de que solo estará abierta durante una noche antes de que vuelva a expulsarlas y dejarlas a la intemperie en un Moscú mezquino.
Oliona camina con ligereza hasta el inicio de la cola. Ella está en la lista vip. A principios de todos los años, le paga al gorila varios miles de dólares para asegurarse de que siempre la dejen entrar, un tributo necesario para su profesión.
Dentro, el club está construido como un teatro barroco, con una pista de baile en el centro e hileras de logias en las paredes. Los Forbes se sientan en las galerías en penumbra (pagan decenas de miles de dólares por tener ese placer) mientras Oliona y otros cientos de chicas bailan en la pista, lanzando miradas estudiadas hacia las logias con la esperanza de que las inviten a subir. Las galerías están a oscuras. Las chicas no tienen ni idea de quién está sentado en ellas con exactitud; flirtean con las sombras.
—Hay muchísimas chicas de dieciocho años —dice Oliona— que vienen pisando fuerte.
Ella solo tiene veintidós años, pero eso ya se acerca al final de la carrera de una querida de Moscú.
—Sé que pronto tendré que empezar a reducir mis estándares —me comenta más divertida que horrorizada.
Ahora que Oliona ha cogido confianza conmigo, descubro que no es en absoluto como yo pensaba que sería. No es dura, sino burbujeante como un refresco. Con ella todo es un juego. Ese debe de ser el secreto de su éxito: la habitación parece más efervescente cuando Oliona está en ella.
—Por supuesto, aún tengo la esperanza de conseguir un verdadero Forbes —dice—, pero en el peor de los casos me conformaré con algún zoquete millonario que venga de provincias o con uno de esos expatriados aburridos. O con un viejo verde.
Pero nadie sabe lo que el futuro le deparará en realidad a una cazafortunas; esta es la primera generación que ha tratado este tipo de vida como una profesión. Oliona tiene a sus espaldas una ciudad minera de la mafia y, por delante, solo Dios lo sabe. Ríe y baila sobre un abismo.
De vuelta en la academia, las clases continúan.
—Hoy aprenderemos el algoritmo para recibir los regalos —anuncia la instructora a sus alumnas—. Cuando deseéis conseguir un regalo de un hombre, situaos a su lado izquierdo, el irracional y emocional. El derecho es su lado racional: os colocaréis a su derecha si estáis discutiendo proyectos empresariales. Pero si lo que queréis es un regalo, posicionaos a su izquierda. Si está sentado en una silla, acuclillaos para que se sienta más alto, como si fuerais niñas. Contraed los músculos vaginales. Sí, los músculos vaginales. Eso hará que vuestras pupilas se dilaten y que resultéis más atractivas. Cuando diga algo, asentid; ese gesto lo inducirá a mostrarse de acuerdo con vosotras. Y, finalmente, cuando le pidáis vuestro coche, vuestro vestido, lo que sea que queráis, acariciadle la mano. Con suavidad. Ahora repetid: ¡Mirar! ¡Asentir! ¡Acariciar!
Las chicas recitan al unísono: «Mirar, asentir, acariciar... Mirar, asentir, acariciar».
(«Creen que han ganado algo cuando nos sacan un vestido —me comenta un millonario que conozco, cuando le hablo de las clases de la academia—. A veces las dejo ganar. Pero, vamos: ¿qué podrían quitarnos realmente si nosotros no se lo permitiéramos?» «¿Sabes cómo las llamo yo? —me dice otro—. Las llamo gaviotas, como las que sobrevuelan los vertederos. Y además suenan igual que las gaviotas, ya sabes, cuando se sientan juntas en un bar a cotillear. “¡Kar-kar! ¡Kar-kar!” ¡Gaviotas! ¿A que es divertido?».)
Mientras me documento para el programa, conozco a más graduadas de las academias. Natasha habla un alemán decente. Trabaja como traductora para hombres de negocios que visitan el país. La agencia de traducción se anuncia solo para chicas «sin complejos»: clave que quiere decir que deben estar preparadas para acostarse con el cliente. Por todas partes se ven anuncios para secretarias o asistentes personales con las palabras «sin complejos» impresas en pequeño al final. De algún modo, esa frase transforma la humillación en un acto de liberación personal. Natasha está trabajando para un magnate de la energía alemán. Tiene la esperanza de que se la lleve con él a Múnich.
—Los hombres rusos tienen mucho donde elegir; los occidentales son mucho más fáciles —asegura con seriedad, como alguien que estuviera llevando a cabo una investigación de mercado—. Pero el problema de los occidentales es que no te compran regalos, nunca te invitan a cenar. Mi tipo alemán me va a llevar algo de trabajo.
Lena quiere ser una estrella del pop. En Moscú se las conoce como «bragas cantantes»: chicas sin ningún talento pero con un patrocinador rico. Lena es perfectamente consciente de que no sabe cantar, pero también sabe que eso da igual.
—No entiendo todo ese rollo de trabajar veinticuatro horas al día siete días a la semana en una oficina. Es humillante tener que trabajar así. Un hombre es como un ascensor que te lleva a lo más alto, y yo pienso tomarlo.
La instructora pelirroja con el MBA le da la razón:
—El feminismo se equivoca. ¿Por qué tendría que matarse a trabajar una mujer? Ese es el papel del hombre. Depende de nosotras perfeccionarnos como mujeres.
—Pero ¿qué hay de ti? —le pregunto cuando las alumnas han abandonado el aula—. Tú trabajas; la academia te da dinero.
La instructora esboza una pequeña sonrisa y cambia de tema:
—Lo siguiente que abriré será una clínica que ayudará a detener el envejecimiento. ¿Te gustaría venir a grabar eso también?
La clase continúa. La instructora dibuja un gráfico circular sobre una pizarra blanca. Lo divide en tres.
—Hay tres tipos de hombres —explica a las alumnas—. Los creativos. Los analíticos. Esos dos no nos interesan. Queremos a «los poseedores» —y entonces repite la frase reveladora y casi carcelaria—: un hombre detrás del cual os sintáis como detrás de una muralla de piedra. Todas sabemos cómo distinguirlos. Los hombres fuertes y silenciosos. Llevan trajes oscuros. Tienen voces profundas. No hablan por hablar. A esos hombres les interesa el control. No quieren una mujer enérgica. Ya tienen bastante de eso. Quieren una chica que sea una flor hermosa.
¿Acaso es necesario que mencione que Oliona creció sin padre? Al igual que Lena, Natasha y todas las cazafortunas que conocí. Todas sin padre. Una generación de chicas huérfanas con tacones altos que buscan tanto un padre como un amante rico. Y eso es lo curioso de Oliona y las demás alumnas: su astucia viene acompañada con cuentos de hadas sobre el zar que hoy, mañana o pasado mañana las llevará volando a su majestuoso reino de coches de lujo. Y, por supuesto, es el presidente quien encapsula esa imagen. Todas las fotos sin camiseta cazando tigres y arponeando ballenas son cartas de amor para las interminables colas de chicas huérfanas de padre. El presidente como el amante rico definitivo, el protector definitivo con quien puedes estar como «detrás de una muralla de piedra».