Czytaj książkę: «Explotación, colonialismo y lucha por la democracia en América Latina»
Akal / Inter Pares
Pablo González Casanova
Obras escogidas, vol. I: Explotación, colonialismo y lucha por la democracia en América Latina
Selección y prólogo: Marcos Roitman Rosenmann

“Su obra expresa el quehacer de un humanista comprometido con su tiempo y el de un maestro forjador de conciencias rebeldes”, así describe Marcos Roitman Rosenmann a Don Pablo, cuyo trabajo le ha ganado el respeto académico que mantiene en diversas disciplinas. Son casi cincuenta los años que separan a este volumen de la primera edición de La democracia en México, el texto que formaría escuela, y aún el tiempo no desgasta sus aportes; el potente análisis y la claridad discursiva se mantienen como ejemplo en la sociología aunque, tristemente, sus señalamientos se mantienen vigentes.
Fragmentos de éste y otros trabajos con la misma importancia intelectual conforman esta obra que hoy refrenda el compromiso de la colección Inter Pares: tender un puente de diálogo entre generaciones y autores de distintas latitudes, importantes para conformar el corpus del pensamiento crítico latinoamericano. Este volumen tiene como eje de selección los conceptos democracia, explotación, colonialismo interno y global, medulares en la obra de González Casanova, además de recopilar sus planteamientos para enfrentar los nuevos retos en las ciencias sociales.
Pablo González Casanova (Toluca, 1922) es licenciado en Derecho, historiador, sociólogo, docente, politólogo, investigador y prolífico escritor mexicano. Sus obras, especialmente La democracia en México (1965) y Sociología de la explotación (1969), se han consolidado como piezas fundamentales del pensamiento crítico en América Latina. Instancias internacionales como la UNESCO, la Universidad Nacional Autónoma de México y El Colegio de México le han otorgado diversos reconocimientos y doctorados honoris causa. Es miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, fue profesor de la Universidad de Cambridge y a principios de la década de 1970 ocupó la rectoría de la UNAM, en uno de los periodos más recordados en la historia de dicha institución. Actualmente se desempeña como investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales (UNAM) y, como activista, aún trabaja por el reconocimiento y la autonomía de los pueblos indígenas. Ha acompañado puntualmente las actividades del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) desde 1994 al día de hoy.
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RAG
Director
Marcos Roitman Rosenmann
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© 2017, Pablo González Casanova
Marcos Roitman Rosenmann, por la selección y prólogo
Luis Hernández Navarro, por el epílogo
D. R. © 2018, Edicionesakal México, S. A. de C. V.
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ISBN: 978-84-460-4968-5
PRÓLOGO
Pablo González Casanova en la sociología latinoamericana: La ética del compromiso
MARCOS ROITMAN ROSENMANN
PABLO GONZÁLEZ CASANOVA: MAESTRO ARTESANO DE CONCIENCIAS REBELDES
Hacer sociología no es fácil. Son muchos los que han tomado el camino vulgar, que hace de una ciencia social un conjunto de categorías y conceptos alejados de la realidad. En ocasiones, un lenguaje alambicado y oscuro ha sido el arma utilizada para dar cuenta de una erudición autocomplaciente, lejana a los problemas que aluden a la explotación, el colonialismo interno, la democracia, la justicia social y la dominación política.
Hoy las ciencias sociales sufren el ataque directo del neoliberalismo; las nuevas formas culturales del capitalismo corporativo y transnacional sugieren la emergencia de un individuo desprovisto de la capacidad crítica para pensar. Y no sólo hablamos de la manera en que conoce el mundo, sino del modo en el que vive y se acopla a sus propuestas conductuales. Pragmáticos, emprendedores, socialconformistas, sumisos, flexibles y empoderados, así conocemos e identificamos a los individuos. Pragmáticos para no tener que evaluar las consecuencias de las acciones acometidas; emprendedores con el fin de construir metas personales y autoexplotarse hasta la extenuación; socialconformistas, sumisos y flexibles cuando se trata de ser complacientes con el poder, de abandonar los principios éticos o de anular la conciencia y, por último, empoderados, nuevo fetiche de la acción individualista asentada en el interés particular, recubierto de una acción fundada en el bien común. En su conjunto, bajo estas tipologías, sus acólitos son portadores materiales de un rechazo al pensamiento crítico, a las formas de pensar y actuar, donde la capacidad para seleccionar y fijar conocimientos se permuta por un conjunto de datos azarosos, desordenados y faltos de coherencia interna.
Estos nuevos personajes pululan por el mundo declamando el fin de las alternativas, las izquierdas y las derechas y, por ende, de los principios éticos. Se sienten cómodos en un orden social que les brinda un lenguaje para comunicarse sin verse, sin conocerse, sin verificar sus relatos; actúan desde y entre las redes sociales: Facebook, Twitter o Whatsapp; son parte de esa realidad virtual que oprime y se articula a través de los modelos tecnocientíficos de realidad virtual que Pablo González Casanova subraya “corresponden a lo que de veras parece real y no es real, a lo que potencialmente es real y a la hora de la verdad resulta no ser real... El fenómeno se da en la deuda externa, en la deuda pública y en la deuda hipotecaria, todas impagables, pero que permiten crear auges económicos ficticios, poseer propiedades que de antemano se van a perder y hacer negocios y política a corporaciones y complejos. El fenómeno también se repite en las guerras virtuales contra el terrorismo y el narcotráfico, que distraen la atención de las guerras reales de globalización y recolonización. En sus versiones político-militares corresponde a modelos de corrupción y cooptación de individuos, grupos y colectividades, víctimas hambrientas. En las guerras y políticas virtuales por ‘la libertad’, los escenarios virtuales han sido ampliamente aplicados. Se han aplicado también en los procesos de globalización, primero con las técnicas contrainsurgentes, después con las técnicas de colonización y recolonización urbano-rural”.[1]
Las tecnociencias, donde sobresalen la cibernética, la informática y la teoría de juegos, se complementan con las ciencias de la complejidad, de análisis de riesgo, de la organización no lineal y la comunicación. Dichos conocimientos, en manos del capitalismo corporativo y transnacional, constituyen una pieza clave para crear un individuo sobrecargado de inmediatez. Lo dicho supone asestar un duro golpe a la acción de reflexionar, construir teoría, elaborar pensamiento propio y alternativo. En su defecto aparece un robot alegre, afincado en el mundo del aquí y ahora, sin tiempo para detenerse a observar y meditar las consecuencias de sus acciones. Egocéntricos e incapaces de ir más allá de sus intereses, son presa fácil del neoliberalismo. Sin defensas para cuestionar el discurso dominante y convencidos de vivir en el único mundo posible, acaban por aceptar sus premisas sin importarles que tras de sí el futuro del planeta y la vida estén en peligro de extinción y al borde del colapso. Es aquí donde emerge con fuerza el pensamiento de González Casanova:
El sistema no piensa en su propia muerte o la pospone a un futuro milenario sin historia. Desconoce, descalifica, debilita, confunde, enajena a su opositor; lo anula como sistema. Y así como los sabios del rey por buena educación no hablan al rey de su muerte y menos de la muerte de la casa real, así los científicos al servicio de un sistema de dominación y acumulación que se encuentra en situación terminal y que coloca en situación terminal a todos sus vasallos, ni pensar pueden en esa posibilidad, y a su silencio se suman las fiestas y fanfarrias de quienes anuncian que el sistema tiene asegurada la vida, al menos, por un milenio.[2]
En estas circunstancias, la capacidad de pensar y el saber acumulativo son sustituidos por un cúmulo de anécdotas y afirmaciones alejadas de cualquier principio de explicación causal. El ataque concéntrico a la conciencia social, la memoria histórica y la facultad de pensar terminan entonces por reducir las opciones de una existencia fundada en la ciudadanía plena y democrática.
Bajo la acción intemporal de vivir el presente, la capacidad de juicio para evaluar y fijar los elementos del sano sentido común cede paso al nihilismo de un sistema social que elimina del campo de posibilidades las alternativas a su existencia. El neoliberalismo acompasa su quehacer con una construcción utilitaria del tiempo, de las ciencias y del conocimiento fuerte, inhabilitando a este último como una herramienta para la explicación causal de hechos y acontecimientos históricos y políticos. Su nueva arma para luchar contra la memoria histórica y la conciencia crítica es la dictadura del big data.
Por otro lado, el emergente sistema global, bajo el paraguas de la economía de mercado y el neoliberalismo, hace desaparecer la posibilidad de solucionar problemas estructurales afincados en la lógica del capitalismo. Contra esta manera de pensar y actuar, González Casanova se muestra beligerante:
pocas hipótesis tienen tantas posibilidades de ser confirmadas como ésta: la solución a los problemas sociales como problemas científicos y como problemas reales es imposible con el actual sistema de dominación y acumulación capitalista y con la lógica que en él impera. En relación al mismo ya no sólo se plantean las alternativas anteriores de reforma o revolución. Hay otras más que surgen tanto de los nuevos movimientos sociales como de los modelos matemáticos sobre sistemas en transición al caos y en transición del caos a un orden llamado emergente o alternativo. Tanto en los movimientos como en los modelos aparecen lo que en estos últimos se llaman atractores y bifurcaciones en que parecería optarse por uno de ellos, así como fractales y formaciones parecidas que se forjan a las más distintas escalas. La atención a la construcción de alternativas en los movimientos sociales y en los modelos de sistemas habrá de dar cabida a las nuevas estructuraciones de la libertad, la democracia y la justicia social. Con una y otras será fundamental estudiar cuáles son las alternativas que no sólo permitan construir el “buen vivir”, sino preservar la vida.[3]
Bajo un tiempo de oscuridad que atisba el fin de las alternativas, emerge el quehacer teórico y político de González Casanova. Sus reflexiones se convierten en un manifiesto ético-político contra el capitalismo corporativo y depredador; provee de herramientas, argumentos, da sentido y configura una explicación global en la que se perfilan las bases de un pensamiento fuerte, de firmes convicciones democráticas. Es un maestro artesano del pensamiento crítico. Sabe esculpir y manejar las palabras para dotar de sentido político las propuestas liberadoras sin caer en las majaderías y esquematismos vulgares. Defensor del rigor académico, no se deja avasallar por las modas ni cede ante el poder. Así, su obra no tiene fisuras, pero está llena de preguntas, reformulaciones, críticas y, sobre todo, de honestidad. No ha dejado de señalar la amenaza que representa el capitalismo corporativo y sus gobiernos para la construcción de un mundo democrático, apunta los obstáculos del neoliberalismo y señala la necesidad de “precisar y construir nuevos conceptos y lenguajes sobre una democracia plural y universal que aborde la solución a los problemas sociales y ecológicos y que, de hecho, contribuya a la construcción de nuevas formas de comunicación y vida capaces de asegurar la supervivencia del planeta en situaciones menos amenazadoras e inhumanas”.[4]
Por estos motivos, la obra de Pablo González Casanova es patrimonio de la humanidad. Su vocación humanista lo llevan desde la sociología a la ciencia política o a la economía, de la historia a la antropología, las ciencias de la vida, la materia o las llamadas ciencias de la complejidad; por esta razón una antología de su obra se antoja multidisciplinaria. Dado que este primer volumen busca acercar su obra al lector, la selección de trabajos se ha realizado con una perspectiva transversal, cubriendo lo más significativo de su pensamiento en más de medio siglo de labor. Igualmente, se han respetado los tiempos de elaboración categorial y conceptual. En esta perspectiva se busca la comprensión de las coordenadas histórico-sociales y políticas en las que han sido concebidos los textos, con el objetivo de facilitar una lectura epistemológica y sin dejar de lado los problemas y las coyunturas que han obligado al autor a desarrollar nuevas vertientes de conocimiento, adentrándose de lleno en la lucha teórica como parte de la creación de alternativas al neoliberalismo y al capitalismo corporativo.
Las relaciones sociales de explotación, las estructuras del colonialismo interno, así como la lucha por la democracia y el desarrollo, son pilares sobre los cuales descansa toda su obra. En su condición como ciudadano y científico social, asume la responsabilidad ético-política del hombre comprometido con su tiempo y contexto: se enfrenta al poder desde los valores y principios democráticos. En palabras de Wright Mills, González Casanova:
Imputa, a los que tienen poder y lo saben, grados variables de responsabilidad por las consecuencias estructurales que descubre en su trabajo, las cuales están decisivamente influidas por sus decisiones o por sus omisiones. A aquellos cuyas acciones tienen esas consecuencias, pero que parecen no saberlo, les atribuye lo que ha descubierto. Intenta educar y después, de nuevo, imputa responsabilidad. A quienes regularmente carecen de tal poder y cuyo conocimiento se limita a su ambiente cotidiano, les revela con su trabajo el sentido de las tendencias y decisiones estructurales en relación con dicho ambiente y los modos en que las inquietudes personales están conectadas con los problemas públicos; en el curso de estos esfuerzos dice lo que ha descubierto, concerniente a los más poderosos. Éstas son sus principales tareas educativas y son sus principales tareas públicas cuando habla a grandes auditorios.[5]
Toma posición y hace suyo el rigor metódico que debe acompañar al trabajo intelectual donde los sujetos sociales forman parte de proyectos, políticas y decisiones que afectan su vida y su futuro. El compromiso ético-político confecciona su agenda, lo enfrenta a sus pares y obliga a considerar sus postulados como parte de una propuesta democrática, abierta a la crítica y al debate. Es por ello que no se enamora de sus ideas las desarrolla como parte del trabajo intelectual; evolucionan y están al servicio de una ciencia comprometida con los valores de la liberación, la democracia y el socialismo. La necesidad de un mundo alternativo al neoliberalismo obliga a construir un conocimiento donde el saber democrático suponga repensar las tecnociencias y las ciencias de la complejidad. Para comprender los cambios de finales del siglo XX, González Casanova descifra el código sobre el cual se edifica el colonialismo global del siglo XXI:
las nuevas ciencias aumentaron las posibilidades de operaciones defensivas y ofensivas de los grandes complejos y corporaciones y de las grandes potencias. El triunfo global del capitalismo es, en gran medida, atribuible al desarrollo de las tecnociencias y de las ciencias de la complejidad. Ambas permitieron a las clases dominantes una nueva forma de imperio mundial y de colonias regionales y empresariales conocidos como “neoliberalismo”, “globalización” y como “neocolonialismo” o “poscolonialismo”.[6]
Para nuestro autor, la posibilidad de una alternativa democrática donde se recoja la experiencia liberadora de la condición humana, eje para romper la explotación y articular proyectos emancipadores, estriba en la
necesidad de conocer las nuevas ciencias y tecnociencias no sólo para realizar un estudio del papel que estas últimas cumplen en la redefinición del sistema de dominación y acumulación capitalista, ni sólo para formular la crítica a las mismas por su carácter ideológico, particularista y enajenante, sino también, como conjunto de conocimientos que pueden ser útiles a las fuerzas alternativas para defenderse del sistema dominante y construir el poder alternativo que sirva para alcanzar sus propias metas de democracia con justicia social, con capacidad de decisión de los pueblos, las ciudades, los trabajadores, y para implantar políticas alternativas de acumulación, distribución, seguridad, educación, salud, medio ambiente, pluralismo religioso, ideológico, político, en que pueblos, trabajadores, ciudadanos —con respeto a sus autonomías y a sus soberanías—, redefinan los valores universales y particulares. Las nuevas ciencias formarán parte del nuevo proyecto alternativo emergente. Someterlas a una crítica rigurosa es necesario pero insuficiente. Se requiere dominar su lógica y su técnica para defenderse de ellas, o para utilizarlas y adaptarlas al proyecto liberador.[7]
La evolución de sus conceptos construye una sólida argumentación cuyas bases son inmunes al desánimo y al conformismo teórico. Coherencia, principios éticos, valores democráticos y consecuencia política son los baluartes del pensamiento liberador y anticapitalista de Pablo González Casanova. Patrimonio universal y latinoamericano reflejan un compromiso permanente con la defensa de los valores ético-políticos y la lucha sobre las cuales fundar un proyecto democrático con nuevas formas de pensar y hacer.
CUATRO ETAPAS EN LA FORMACIÓN DE SU PENSAMIENTO
Pablo González Casanova nace en Toluca el 11 de febrero de 1922. Su primera etapa de formación intelectual la podemos acotar entre su pronta licenciatura en derecho, su estancia en El Colegio de México —donde ingresa al Centro de Estudios Históricos, dirigido por Silvio Zavala, y recibe el grado de maestro en ciencias históricas en 1947 con magna cum laude— y su residencia en la Sorbona de París, donde recibió el grado de doctor en sociología con la tesis Introduction à la sociologie de la connaissance de l’Amérique espagnole à travers les donnes de l’historiographie française, con la máxima nota —Très honorable—, en 1950, siendo su asesor de tesis Fernand Braudel. En esta obra podemos encontrar una primera visión de los estudios que hoy permanecen bajo el rubro colonialidad del saber, en el cual se estudian los enfoques y las ideas que las historiografías francesa y europea utilizan para explicar la realidad hispanoamericana de los siglos XVI y XVIII. González Casanova analiza cómo la América hispana ve alterada su percepción en función de las ideologías, las utopías y creencias culturales europeas, con lo cual demuestra que la identidad y la historia de esta región no eran explicadas a partir de su propia realidad, sino que se extrapolaban las ideas de las sociedades francesa y europea. El resultado era una visión errónea, llena de prejuicios y falta de análisis críticos inducidos por los historiógrafos franceses.
En este periodo se implica también en el estudio sistemático del método en la historia, en las técnicas de investigación, en el papel ético y político del científico social y en las formas de interpretación de la historia colonial y la relación entre la sociología y la historia. De esta etapa nacen sus primeros escritos: El misoneísmo y la modernidad cristiana en el siglo XVIII, Una utopía de América, Sátira anónima del siglo XVIII y La literatura perseguida en la crisis de la Colonia. También inicia el estudio de nuevas problemáticas y autores; es el tiempo para la lectura de Hegel y Gramsci, y de este último descubre un “nuevo concepto de democracia”, como dirá en su “autopercepción” expuesta en esta antología. Su objetivo era llegar a Marx sin dogmatismos. Luego, de regreso a México, se convirtió en el primer doctor en ciencias sociales.
La segunda etapa puede ubicarse entre 1950 y 1969. Es momento de la primera Guerra Fría, del triunfo de la Revolución cubana y la matanza de Tlatelolco, en octubre de 1968. En estos años se asienta su compromiso antiimperialista, toma cuerpo su pensamiento y el marco referencial de sus categorías analíticas; además, en cuanto al debate central de la sociología empírica y el uso de métodos estadísticos aplicados a la investigación social, su posición es clara: es necesario aplicar trabajo de campo, encuestas, cuestionarios y entrevistas bajo una perspectiva dónde tamizar el conocimiento proveniente de la escuela empirista norteamericana. No descarta el estructural funcionalismo. Desde sus límites, dirá, es posible recuperar parte de su arsenal metodológico. Asimismo dirá que para explicar el proceso social se debe recurrir igualmente al materialismo histórico, concepción que aporta un conocimiento profundo de la realidad social concreta. En un señero trabajo sobre México, La ideología norteamericana sobre inversiones extranjeras (1955), despliega esta visión de las ciencias sociales, que más adelante se plasma en El don, las inversiones extranjeras y la teoría social (1957) y en Sobre la situación política de México y el desarrollo económico (1958). Su postura se sintetiza en Estudios de técnica social, editado por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1958, en donde plantea el problema ideológico del uso de las técnicas y reivindica el conocimiento sociológico como instrumento para transformar el orden social en busca de un mayor desarrollo político, económico y social de las grandes mayorías. El compromiso se ata con la lucha contra la explotación y al servicio de la democracia. Igualmente, reivindica la apropiación del conocimiento y el uso de las técnicas como lucha política entre clases sociales.
En estas condiciones la ciencia social se permea necesariamente de la cultura particular de los pueblos y las culturas nacionales, es reflejo ideológico de las clases y grupos que la constituyen y, sobre todo, sigue dando lugar, necesariamente, a que en nombre de ella un grupo particular o hasta un individuo que ejerza el poder empleen la técnica de la justificación para salvaguardar sus propias ideas y acciones y restar fuerza a las ideas y acciones de los miembros de su propio grupo que no siguen la “línea”, la categoría o la táctica dominantes en él, y a todos los demás hombres y grupos con los que está en lucha velada o franca.[8]
Bajo esta perspectiva publica Las categorías del desarrollo económico y la investigación en ciencias sociales (1967), haciendo una crítica a la manipulación de indicadores del desarrollo económico tanto de marxistas vulgares como de estructural-funcionalistas. Es un llamado al vínculo existente entre las categorías analíticas por las que opta el investigador y su concepción de desarrollo. El científico social debe ser consciente de este hecho, evitar hacer la apología política y mantener el rigor. Para impedir la corrupción de los conceptos, es imprescindible transparentar los significados con los cuales el investigador trabaja para controlar y manejar todo el proceso de investigación. Es la respuesta a la manipulación.
Destacan en este periodo La democracia en México (1965) y Sociología de la explotación (1969), obras que transformaron la sociología latinoamericana y mundial. Algunas de las tesis de La democracia en México ya habían sido planteadas en artículos como “Sociedad plural y desarrollo: el caso de México” (1962), “Sociedad plural, colonialismo interno y desarrollo” (1963) y “México, desarrollo y subdesarrollo” (1963); no obstante, en el libro se aplican todas las técnicas de investigación empíricas: cuantitativas, cualitativas, el marxismo y el estructural-funcionalismo. El resultado no es un sincretismo teórico, sino una explicación causal de las contradicciones que aquejan al sistema político mexicano: se constata la falta de democracia real, de participación y representación del pueblo en la política. El uso con rigor de las técnicas de investigación y su declarada postura crítica para tener un mejor conocimiento de la realidad social (sin descartar el uso del estructural funcionalismo) es de por sí una herejía para el marxismo vulgar y un punto de inflexión en las ciencias sociales; tanto por el método, como por sus conclusiones. Desde la lucha contra el colonialismo interno —retomado en Sociología de la explotación— hasta la necesidad de recuperar los valores revolucionarios para transformar y configurar una verdadera democracia social, política y económica, González Casanova apuesta por un socialismo en México que converja con la tradición humanista e ilustrada del XVIII y la democracia liberal, que se defienda de las opresiones extranjeras imperialistas y fomente una democracia donde todos los ciudadanos (con independencia de su clase, color o etnia) sean partícipes por igual del desarrollo de la nación.
En cuanto a Sociología de la explotación, forma parte de un ejercicio reflexivo cuyo eje central se engloba bajo el siguiente postulado: la explotación, fundamento del orden capitalista, es incompatible con un sistema político democrático donde se respete la soberanía de los pueblos de América Latina y con ello, la justa redistribución de los recursos. Aquí reaparecen el rigor y el método. El análisis de la explotación se efectúa al reagrupar su estudio a las categorías de los valores, la riqueza y el poder. Lo dicho supone incorporar la razón identificativa de la relación de explotación marxiana: p/v. Como principio, la despliega para explicar el desarrollo de la estructura social, económica y política de las sociedades capitalistas, donde demuestra el carácter asimétrico de las estructuras de poder y explotación en el que el capitalismo construye su dominio en América Latina. Pero también, la sociología de la explotación se propone como un recurso frente al marxismo vulgar y el empirismo neoliberal.
En cualquier forma, la posibilidad de una sociología de la explotación tiene hoy menos posibilidades de ser contemplada con escepticismo por los sociólogos de los países socialistas que por los marxistas vulgares más cuidadosos de mantener las tradicionales técnicas de la escuela y los problemas originales del marxismo. En el terreno opuesto, el de la sociología empírica y neoliberal, las reservas frente a la posibilidad de una sociología de la explotación serían esencialmente contrarias a las anteriores. Si para la mayoría de los marxistas ortodoxos lo que no es científico es la sociología, para la mayoría de los empiristas lo que no es científico es la explotación.[9]
Durante este periodo, González Casanova se erige como un baluarte de las ciencias sociales y del pensamiento crítico en México y América Latina. Es nombrado director de la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales y coordinador del Centro de Estudios del Desarrollo de la UNAM. Al ejercer la dirección, diseña un nuevo plan de estudios y cambia el sistema de becas para sus estudiantes en el extranjero. Logra la profesionalización de la sociología en México. Igualmente fue elegido director del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y presidente de la Asociación Latinoamericana de Sociología. También ejerció como directivo de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), institución de la que años más tarde sería presidente.
El tercer momento comprende de 1969 a 1989, que fueron años convulsos. En ellos reformula las categorías explotación, democracia, colonialismo interno y desarrollo. De igual forma plantea otras, como hegemonía del pueblo, soldado transnacional, y consolida sus estudios históricos acerca de la dominación imperialista y las luchas por la liberación nacional en América Latina. Surge su crítica a un socialismo burocrático, donde analiza los fracasos de la izquierda latinoamericana y establece una defensa desde los principios del marxismo científico, con lo cual cuestiona el uso de las prácticas autoritarias, que nada tienen que ver con la filosofía original de los valores centrales de la liberación y la doctrina socialista. Esto se expone en La nueva metafísica y el socialismo (1982). En el texto hace un llamado a la izquierda latinoamericana para reflexionar sobre su falta de capacidad crítica y superar las debilidades teóricas. Ofrece alternativas, contraataca y reivindica el socialismo científico para reinterpretar la realidad social. Igualmente rescata la categoría explotación, abandonada y despreciada por una gran parte de la intelectualidad de izquierda.
Este periodo constituyó para nuestro autor una experiencia rica en su quehacer institucional. Asumió la rectoría de la UNAM (1970-1972) y su talante democrático supuso un vuelco en la vida académica de dicha casa de estudios. Durante su administración se convocó por primera vez a toda la comunidad universitaria —estudiantes, profesores y personal administrativo— a discutir y solucionar los problemas: todos serían escuchados y todos tomarían las decisiones. La democracia se generalizó en la UNAM. Los cambios se formularon desde su primer año en la rectoría; se modernizaron las instalaciones, mejoraron los servicios y aumentó la plantilla de docentes e investigadores. Fueron creados el Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) y los centros de investigación, aumentó el número de unidades académicas dentro y fuera de la ciudad de México y se planteó el sistema abierto universitario. Sin embargo, en su segundo año como rector, una huelga charra acabó con su administración de forma espuria. Ante la opción de violentar la autonomía universitaria y permitir la entrada de las fuerzas policiales, ofreció su renuncia: otra muestra de su entereza e integridad. Hoy su administración es reconocida como una de las más fructíferas y, luego de ésta, reemprendió su labor académica.