Czytaj książkę: «Los años del mar»

Czcionka:

Oscar Liberman

Los años del mar


A Ana

Noa

Mónica

“No hay una cuestión que no conduzca al mar.

Tan solo así de noche puede uno descansar.”

LUIS ALBERTO SPINETTA, “La bengala perdida”

“—Hasta mañana, tortuga centrífuga.

—Hasta mañana, tortuga centrífugo.”

1. Kanji de Kempen

Desde que recuerdo, el Nocturno en mi bemol de Chopin me estremece. Pienso en ello y llueve copiosamente en mi corazón. Debe ser algo que está dentro de mí, una impronta en las células de mi alma, transmitidas desde no sé dónde, ni hacia qué remoto o cercano lugar, presente como un sello de agua, un kanji personal. Seguramente es eso y no la obra musical en sí misma lo que me conmociona.

Tiene que ser así. Cuando logro escucharla en su totalidad, me pierdo en el camino y olvido la opresión original licuando mi emoción en algo difuso.

Solo retorno a la sensibilidad primigenia cuando los trinos, cuidadosamente ubicados en la partitura, me traen nuevamente a la realidad y todo vuelve a comenzar, como una rueda en mi bemol, como una pena errante que retorna ante su presencia, como la noria de la vida. Todo está ahí, en las notas iniciales. Basta escuchar el “si, sol…” y la angustia se apodera de mí, crece, me paraliza, me eleva y me abandona a la deriva en un océano de tristeza.

Es un secreto, uno de mis secretos.

Observo sus cabellos al viento y creo oír las notas del nocturno en el viento marino frío y salado. Los veo quebrar el paisaje gris de mar y tarde nublada, aunque no terminan de escaparse. En un punto se integran al amarillo, trazos que el otoño dibuja en la espartina, aún visible, antes de la pleamar. Las ondas suaves del mar sincronizan su movimiento con la cabellera al viento.

El velero se hamaca levemente con el viento en la aleta. Las olas, sutilmente más rápidas que el barco, mecen la embarcación. Acunan el momento atemporal sobre el lecho de agua, nodriza de mar. En el gris concentro la mirada. Intento mantener el rumbo correctamente, desenfocándome del amarillo. Sortear las trampas ondeantes y evitar vararme, en la espartina y en ella. Algo logra emocionarme, y ese debe ser un cifrado que no termino de dilucidar. Decido entonces refugiarme en otros secretos y vuelvo al horizonte en busca del viento.

Aspiro profundamente el aire frío y salado. Mis fosas nasales reciben con avidez el flujo intenso, tan puro que adquiere mayor densidad tornándose casi líquido. Me cuesta inspirar con energía pero percibo cómo el cosquilleo del viento del mar se mete en mis pulmones trasladándose hacia las terminales de mis venas, a la yema de mis dedos, a lugares conocidos que no logro recordar.

Ese es otro de mis secretos, el retorno a la permanencia cuando respiro la brisa del mar y percibo el canal que me une a la vida, aún en la tristeza, a la melancolía.

—No voy a poder, me conozco —le escucho decir, sin poder precisar si fue en ese instante o hace ya un rato.

—Vos entendés, creo que entendés —le digo tratando de sostener el vínculo impreciso.

—Sí.

—Si te molesta, me callo… Creo que te estoy molestando diciéndote estas cosas.

—No, no me molesta… —detiene sus palabras. Siempre hace eso, y se queda pensativa, a veces se traga su respuesta, otras las dice—. Para nada… sabés guardar tu lugar.

—¿Guardar mi lugar sería que no me abalanzo encima tuyo? —bromeo a medias.

—Claro.

—Nunca obligué a nadie a nada —trato de continuar con el tono chistoso.

—Estoy segura de eso.

Gira la cabeza y me mira detenidamente. Sus ojos parecen llorar —siempre lo parecen, aun cuando ríe—, esboza una semisonrisa. Sus cabellos ahora flotan en el viento hacia estribor, perpendiculares a las velas. Quiero acercarme y sé que no debo. Necesito imperativamente generar algo con este vínculo pero presiento que no hay solución. Convencerla sería apostar todo y vararme en ella, luego arrastrarla en mi zozobra y estropear lo que queda, también su vida. En el fondo de mi ser subyace la convicción de que no es así, pero no tiene mayor importancia. Creo que ella lo siente así, y eso la hace alejarme. Estoy seguro. Parece leer mis pensamientos y vuelve a orientar su mirada hacia el horizonte. No alcanza a darme totalmente la espalda, veo su nuca y parte del perfil. Como el viento que entra por la aleta al barco, enfoco mi visión hacia todo lo que puedo ver de su figura olvidando el gris, la espartina, el mar. Solo dejo el viento junto a ella, creo que ya son una misma cosa. Desciendo por su perfil observando la curva de su frente, su nariz, sus labios. A la altura del cuello mis deseos de abandonar la rueda del timón y perderme en sus besos resultan incontenibles. Vuelvo a inspirar profundamente, solo el viento del mar puede quitarme de ahí.

Me siento paralizado, se lo he dicho y esto parece alegrarla, o al menos tranquilizarla.

Hay cierta formalidad en el diálogo. Luego silencio y más silencio. Viento.

Viento que se lleva mis pensamientos enredándolos en la espuma de las olas que pasan, introduciéndolos en los picos de las gaviotas cangrejeras que buscan en la restinga su alimento, volviendo a partir a través de sus graznidos, viajando hacia los pensamientos de un mundo sin oídos, sin movimiento en la luz violeta que intenta romper el gris al atardecer.

Viento que se la lleva a ella sin lograr que yo pueda alcanzarla, siendo capaz de tenerla de todas las formas posibles menos de la deseada, llevando a sus oídos el certero secreto de mis palabras no pronunciadas pero por ella conocidas.

Viento que se esparce en gotas horizontales, el agua que pretendo retener en mis manos y se escapa entre mis dedos y la lleva a ella poseedora del secreto. “Nadie jamás me conocerá como vos, lo sé. Por eso digo no.”

Viento que empuja el barco y el mar en un contrapunto que semeja estar a destiempo pero trae a mis oídos dos notas del nocturno, un trino que no es pájaro, una belleza que necesito, por eso se escapa.

Viento que se lleva mi vida al tiempo que trae los secretos no confesados de saber que esto es así y nada más, que es verdad inmodificable: es verdad y no razón.

Viento en todas partes.

Todo es viento.

Alguna vez me escuché decir que paso por la vida de los demás como el viento, y no fue un cumplido. Entonces me integro a él, decido formar parte de sus orígenes mismos, refugiarme en la propia nariz del buscador para evitar que me encuentre. Refugiarme de mí mismo en mis propias manos, que ahora se ocupan de maniobrar.

Siento los cabos deslizarse entre mis dedos. Tenso, cazo, hago firme. En un momento decido dejarle el timón, en espera de que traslade eso al resto de la situación.

—¿Manejaste algún auto?

—Sí, claro… Tengo carnet de conducir… —responde casi vulnerada por mi pregunta bastante estúpida.

—Okay. No lo decía porque dude sino para dejarte el timón.

—Una cosa es tener carnet, pero de ahí a timonear un barco… Nunca timoneé.

—Es lo mismo. Con viento en popa o con motor es igual que un auto. Vení detrás de la rueda —luego continúo bromeando—. No estuve muy astuto, creo que ese era el momento de hacerte venir y abrazarte tramposamente, como cuando se enseña guitarra o golf, o a pescar… “Vení, tontita…” —remato con voz de campo.

Ríe y se afirma a la rueda del timón. Desde un costado —creo que nunca lo hice tan alejado— le indico virar un poco a babor y a estribor para que tantee la sensibilidad al rumbo y le señalo la “cabeza de turco” donde se encuentra el centro de la rueda para alinearlo a crujía. Inmediatamente desaparezco en el interior de la cabina sin siquiera mirar una vez hacia ella.

Me concentro en las tareas previas al retorno al puerto. Cierro exclusas, adujo, limpio el mate, su taza de té. Cuando subo a cubierta la observo. Alcanzo a imaginar su presencia como un viento quieto, fijo en un lugar; un viento que no pasa. Siento en mi interior que ella siempre debió estar ahí, como una presencia que culmina un ergódico rompecabezas. Como alguien capaz de cerrar un punto de Gödel.

Vuelvo a enfocarme en arriar velas y encender el motor. Entonces me cede el timón y esta vez es ella quien se introduce en el interior del barco, saliendo de mí. Llego a puerto solo en la cubierta. Mecánicamente tomo el bichero para recuperar los cabos de amarre en la planchada, amarro, luego nos vamos, pero ella, mi “ella”, queda en el velero.

Vienen días secos, confusos. Seguramente eso venía de antes y ahora reaparece, pero hay una peca en la arena de mi vida, algo microscópico, puntual y a la vez esparcido en mis sentimientos como el polvo de una constelación, que no quiero dejar ir. Me incomoda saber que esa diminuta intención de algo deambula por ahí como un fantasma pero no puedo hacer nada con ello.

Los días secos me llevan a tratar de llenar las horas con algo que, finalmente, parece nunca transcurrir. Busco un libro en la biblioteca, quiero releer “El amenazado” de Borges muchas veces. Retiro un libro del estante y verifico que no era en este en el cual se encontraba el poema. Al intentar retornarlo a su lugar hago caer el libro apilado a su lado. Las enseñanzas de don Juan. Sonrío. Quizás el mensaje es que debo convertirme nuevamente en el guerrero que fui y convocar a mis fuerzas interiores, como Castaneda enseñaba… Pasaron muchos años de todo eso y la sonrisa se me transforma en algo más. Me vienen ideas desordenadas a la cabeza, un galope de especies varias que compiten por llegar en primer lugar. “Si querés ganar una mujer imposible, apuntales a las amigas… es como apretar un granito.” Escucho en mi memoria mi propia voz haciendo comentarios estúpidos y mi sonrisa se congela en un rictus. A lo mejor podría decir, “Si estás buscando algo en un libro y no sabés qué, tomá el que se encuentra al lado del que buscás”. Por lo pronto, de esa línea de pensamiento solo salen dos conexiones. Viajar con espíritu guerrero y movilizar sus labios hacia mi boca; o recordar el concepto de “impecabilidad” utilizado por Castaneda y que en algún momento en el barco vino a mi mente. Vuelvo a colocar el libro en su lugar sin siquiera leer un renglón.

Escucho el viento norte en la ventana, esta vez feroz. “Nortazo”, pienso, se lleva todo durante un par de días. Observo el cielo. Indudablemente es un frente de esos que soplarán fuerte y parejo, más allá de lo deseable, aun para navegar.

Entonces vuelvo al velero, esta vez solo.

Me aferro a la idea del viento que se lleva todo, lucha en mí esa intención diminuta y persistente. Ahora la vislumbro entre las olas y las nubes. Se llama “ganas”. Sentí ganas. Ese día sentí ganas y creo que, aún dentro de mí, la cosquilla fantasmagórica que puja por hacerse presencia es eso. Ganas de algo, de alguien, en medio del páramo delimitado por un infinito “todo da igual”.

El viento trae ahora a mis oídos viejos recuerdos. Amado Nervo, al que leí cuando ella no existía, y ella leyó cuando yo lo había olvidado.

Ha muchos años que busco el yermo,

ha muchos años que vivo triste,

ha muchos años que estoy enfermo,

¡y es por el libro que tú escribiste!

¡Oh Kempis, antes de leerte amaba

la luz, las vegas, el mar Océano;

mas tú dijiste que todo acaba,

que todo muere, que todo es vano!

El viento castiga, a veces como la vida cuando las ganas tienen sabor a utopía, a aquello que subsiste donde no existe. Besos no correspondidos, secretos que no encuentran oídos, palabras que mueren sin haber conocido su propio sonido, viento que no encuentra un mar sobre el cual soplar.

Viento que se lleve mis ganas aún sin desearlo, o las deje furiosas, atrapadas en mi interior. Una existencia de anhelo.

Suelto amarras, izo una vela pequeña y me entrego a la ferocidad del “nortazo” en el viento y en las olas.

Que sea navegar o el fin de todo.

Navego.

2. Mar y anhelo

Todo está oscuro, reina una clara oscuridad, una clara y húmeda penumbra. El mundo parece moverse plantado sobre una realidad inestable. Mi estómago se siente cada vez más flojo, al tiempo que los músculos abdominales se contraen hasta el límite. Siento agitarse mi respiración pero, a pesar de tomar conciencia de esa alteración, no tengo control sobre las reacciones involuntarias de mi cuerpo. De pronto, el cabo Ramírez se me abalanza. Estoy arrodillado aunque me siento acostado boca arriba. No logro verle el rostro, hay una potente luz, un reflejo difuso a sus espaldas. Sólo veo su sombra casi encima de mí pero sé que es él.

Transpiro, caliente en el cuerpo, frío en la nuca.

Toma la pistola y la apoya en mi frente. Dice algo como que me despida. No llego a distinguir las palabras, se confunden con la explosión negada, con la voz de mi padre que intenta decirme algo que no comprendo en el momento en que el torbellino de la mañana me absorbe y me hace caer en él arrancándome de la pesadilla.

Mientras asciendo vertiginosamente hacia el despertar, alcanzo a escuchar un grito ahogado, parece ser mi propia voz. Trato de enfocarme, me cuesta salir del angustioso sueño, algunas cosas continúan, a pesar de despertarme, tengo dudas acerca de dónde estoy, y me convierto en un habitante involuntario de ese extraño espacio de intersección entre la percepción racional y el sueño. Mi respiración sigue agitada, reina la humedad, estoy transpirado, el suelo se mueve y hay un resplandor frente a mí. Me encuentro acostado y el cabo Ramírez no está. Mi padre tampoco.

Y estoy vivo.

Estoy en el velero.

A medida que voy haciendo pie en la realidad tangible las cosas comienzan a tener sentido. El resplandor de los rayos del sol del tardío amanecer otoñal me da directamente en el rostro. Hay mucha humedad. No logro erradicar completamente de la cabina los vestigios del sueño. Algunas presencias permanecen invisibles, como trazas de opresión, esperando por mí en el interior del velero. De alguna manera mi inconsciente parece ubicarlas en lugares a los que no me acercaré: la esquina del sillón de enfrente que estoy utilizando como litera, el camarote de proa, el fondo de la conejera de popa. Evito pensar en cuál de ellos se ubica Ramírez, en cuál mi padre, en cuál ella.

Me incorporo, voy hasta el baño, regreso nuevamente a la dinette y observo el mar y el amanecer a través de las ventanas de babor. Luce levemente arrugado. Debe estar helado, se lo percibe suave.

De pronto una oleada de ganas de sumergirme en él me asalta. Trato de enfocarme en la realidad concreta y abandonar finalmente la pesadilla. Comienzo a desandar el camino de mi memoria reciente.

Ayer había tormenta.

Una imagen gris se dibuja ahora en mis ojos mirando la nada. No es el gris original, es gris sobre gris. Gris violento sobre el gris pacífico y triste.

Ayer había olas muy altas. Venían de todas partes mientras la marea, casi en la pleamar, se peleaba con el fuerte nortazo que soplaba, y yo me embarcaba, izando una pequeña vela, al atardecer, en una lucha terminal entre el cese del todo y la navegación. Me estaba escapando de ella. En realidad era ella la que se había escapado de mí, entonces yo me escapaba de mí mismo, de mis ganas. Me escapaba de su escape.

Enciendo la hornalla, lleno la pava y la pongo sobre el fuego a calentar. Cargo el mate con yerba y regreso nuevamente al baño a afeitarme mientras espero que el agua esté a punto. Eso es bueno: afeitarme, desayunar, pararme sobre cosas cotidianas.

Eso haría, tiraría anclas sobre el tiempo real.

Regreso afeitado alertado por el silbido de la pava sobre el fuego. Me siento limpio, paulatinamente más activo. Mis músculos recuperan tensión a medida que salen del adormecimiento y la laxitud de la noche húmeda de pesadilla. El aire caliente del calefactor, la humedad y el suave mecer del barco tiran de mi espalda y frenan mi recuperación. Abro la puerta y subo a cubierta, sin vestirme, con el mate en la mano.

El aire gélido y salado inunda y quema mis pulmones. Chupo de la bombilla la infusión caliente, inspiro nuevamente el aire helado.

La sangre late caliente, el mar impasible invita a sucumbir en el extraño encanto final de la muerte imprevista. La brisa se lleva todo, introduce microscópicos cristales de sal mis huesos, sumerge mi cuerpo completo en un vibrar de súbitos tiritares. Dejo el mate apoyado en una bancada y bajo a vestirme urgido por el precipitado frío que me inunda.

Me recibe el aire caliente. Por un instante dirijo involuntariamente la vista a uno de los rincones prohibidos. Siento que el clima pesado del interior me devuelve a la pesadilla.

Apago el calefactor. Me visto y salgo a cubierta. Llevo en mis manos pan, queso y un puñado de almendras tostadas. Antes de salir abro los tambuchos para ventilar: que la brisa fresca de la mañana se lleve lejos los vestigios de la pesadilla, las presencias y el adormecimiento hipnótico de la huida.

Desayuno despacio, alterno cada bocado con un mate caliente. El mar tiene esas cosas: siempre cala hondo. El frío en las coyunturas de los huesos, los sabores en la multiplicación de la percepción. Todo es lento, intenso, íntimo.

El barco flota aproado al norte. El viento disminuyó considerablemente desde mi partida. No le creo a esta inusual calma que recuerda la pausa de los amantes en medio de una noche de pasión. Sé que vendrá más viento, nuevo viento, el mismo viento renovado. El velero cabecea con levedad, atravesado al canal en el que me encuentro fondeado. La proa apunta a las lomas de la playa de la isla que se encuentra al norte. La popa se orienta a la isla de barrancas y arbustos del sur.

Si se observan ambos paisajes por separado, parecen pertenecer a diferentes geografías. El contraste entre ellos se reproduce en el viento y la corriente. La cadena de fondeo cuelga laxa, mientras el mar intenta llevar al barco hacia el noroeste y el viento, al sudeste.

El barco navega lento y sumamente acotado por los límites del fondeo. Me quedo parado en la popa observando el paisaje. Viento y marea, paisaje del norte y paisaje del sur, ella y yo, pasado y futuro, pesadilla y vigilia. La secuencia de dicotomías origina un leve pero molesto sabor ácido en mi interior. Alejo de mí esas sensaciones y me quedo solo con ella en mis pensamientos. La imagino observando la costa del sur, su mirada transparente, sutilmente llorosa. Fijo mi vista en la orilla hasta que me duelen los ojos, hasta que la brisa fría y salada arranca lágrimas de cansancio en mi visión. En un momento veo a través de sus ojos y de los míos. Percibo la mirada compartida fija en la intensidad del desolado paisaje y por un instante me siento menos solo. Pronto la marea subirá y cubrirá la mayoría de lo que ahora tengo frente a mí. Un temor de otra parte se apodera de mis sensaciones. Me afano en observar todo antes de que desaparezca.

Estoy en un canal lateral del brazo norte en la bifurcación del Tres Brazas. Los navegantes bautizaron a este lugar “El Dormidero” por su comodidad y seguridad para pasar la noche fondeados al borneo. Durante un tiempo, el breve lapso que dura el romance entre navegantes deportivos, pescadores y otras especies del agua, se formó un consejo para desarrollar en las islas alguna actividad recreativa. De esos días quedaron los restos de un refugio de chapa con una parrilla, un mástil que resiste estoicamente los fuertes vientos del sur, un muelle de hierro derruido y el Róbalo: un viejo barco que fue llevado hasta esas costas con la idea de construir una especie de hostería.

El proyecto fracasó y todo se fue oxidando, como los lazos entre esos navegantes, como el romance jamás correspondido entre la costa del norte y la del sur.

Fijo mi vista en la esquina alejada hacia el este, donde se yergue la baliza que señala el acceso desde el brazo norte. El paisaje a partir de allí muta hacia formas tan variadas que parece imposible que pertenezca a la misma isla en sólo una milla de recorrido. Daría la impresión de que alguna fuerza extraña tomó cosas de diferentes épocas y fue arrojándolas sobre la costa.

Comienzo a recorrer con la mirada el paisaje de esa isla desde la baliza clavada en el acceso. La playa es de arena oscura, firme. Tengo poco más de dos años, no dejo dormir a mi hermano mayor, que se queja. Mi padre decide escarmentarme, me encierra en el living a oscuras, pero no termino de atemorizarme. La sombra de su figura tras el vidrio opaco que comunica al pasillo iluminado delata su presencia. Entonces busco un autito de colección y me pongo a jugar, para no claudicar en la derrota de lo que considero un injusto escarmiento.

La playa se extiende por unos cien metros. Los recorro con la vista hasta que el suelo comienza a transformarse en la blanda calidez del barro marino, sutil transformación que el color no delata. Mamá toma mi mano y caminamos todas las siestas hasta la plaza central a comprar un chocolatín Crembar. Mi hermano mayor está en el jardín de infantes, los más pequeños aún no nacieron. Me siento inmensamente feliz en ese breve instante en el que soy hijo único. El pecho se me ensancha en la caminata mientras juego a la libertad y la protección soltando por momentos la mano de mamá y corriendo unos metros para luego esperarla en la esquina, tomar nuevamente su mano y cruzar juntos la calle. No tengo la menor idea de lo que puede significar la felicidad pero la siento como algo infinito, como una bocanada de aire puro al que mis pulmones les resultan pequeños.

En el barro, un poco más al oeste, crece la espartina, siempre presente, mitad del día bajo el mar, mitad del día meciéndose por la brisa bajo el sol. El otoño la pinceló con gruesos trazos amarillos. Seguramente por estar más expuesta al desapacible clima de mar adentro, la espartina que crece en estas islas retiene menos el verde que la del puerto. La felicidad debió encontrar refugio en mis sueños. Soy un chico tímido, demasiado estudioso, demasiado responsable, condenado al montón o a las burlas en la escuela. Por eso sueño, por eso estudio música, imaginando éxitos, riquezas y aceptaciones. Sobre el final de estos días ella, la inalcanzable, me regala un viaje inicial hacia el romance. Comienzo a creer verdaderamente que el futuro puede parecerse a mis sueños.

La espartina encuentra un duro límite que le impide crecer más allá. La costa comienza a tener forma de barranca con la marea baja, y el suelo se vuelve duro, salitroso, todo rajado, como el de los desiertos del norte. Desde lejos, parece un piso embaldosado con lajas blancuzcas. Un nuevo terreno donde hacerse firme. El colegio secundario es todo opresión: desde el brigadier nombrado como rector por el gobierno militar, hasta el clima de prohibición a pensar. Me siento un resistente. La situación económica de mi familia mejora, toco música en una banda, navego en el mar de los romances, la realidad comienza a parecerse al futuro deseado pero yo me endurezco de a poco, extraño al niño torpe y bueno.

La barranca toma altura, más de cinco metros desde la línea de marea baja, sin embargo el suelo casi no es visible, la vegetación cubre todo. Parece irreal ver el monte pampeano desparramado en medio del mar. Chañares, molles, jumes, zampas, palos azules forman un conjunto achaparrado casi sin senderos posibles. Ninguna especie supera los dos metros de altura. La hostilidad del ambiente impide el desarrollo de las plantas más allá de lo mínimo.

La imagen es difícil de procesar: mar, barro, barranca, piso duro y bosque petiso y cerrado de un color verde gastado, como la lona de una carpa de campaña. Todo llegó de golpe, un brutal revés de la vida, sin aviso. El final del primer amor, la música abandonada, las responsabilidades militares y el cabo Ramírez y su pistola. Sobrevivir y reconstruir mi existencia, sentir que eso, seguramente, no será posible.

En medio del monte asoman los restos herrumbrados del refugio y en la costa, fuertemente escorado sobre babor, el Róbalo, varado en el barro, completamente oxidado, perfectamente visible con la marea baja. No ha quedado nada que no sea hierro corroído, a excepción de la cubierta y el techo que rodea y cubre el puente de mando. Ahí se alcanza a ver la madera de teca de un color gris seco. Ni el clima ni los pescadores pudieron quitarla de su lugar, como una piel de supervivencia. Pienso en las concesiones que hice con la vida para sobrevivir al cabo Ramírez, a la tristeza continua, a la sucesión de días iguales.

Alejo mi mirada de ese paisaje y giro mi rostro para observar hasta el final del canal sus playas de barro y arena mezcladas, carentes de vegetación. De vez en cuando algún chulengo o un grupo de guanacos se asoma en ese sector. Sobre el final del canal, ambas costas, las del sur y la del norte, se tornan iguales. Tikún olam, la reparación universal. Vuelvo a perder la vista en una mirada difusa que funde el paisaje con la imagen de ella. Siento que mi escape encuentra un límite.

Pronto la marea cubrirá todo y quedará muy poco a la vista. Es mucho mayor el conjunto de realidad que deberá ser imaginada que la visible. Me aflojo, siento el peso de mi huida sobre los hombros. La presencia de ella perdura en el barco, a las otras las llevó el viento. Es como la marea, se acerca, se aleja, me busca para escaparse. No quiero pensar en eso, que decida la marea si la lleva o no, no puedo hacer nada bien, perturbado por esa ansia. Alcanzo a imaginar la sensación de vacío que deben sentir los cangrejos caminando en la orilla cada vez que el agua se retira. Me concentro en otras cosas. Amarinar el barco, prepararme un almuerzo.

El sol brilla casi arriba, el azimut otoñal reduce su máximo esplendor a un destello bastante lateral que entibia las cosas frías como el agua y la sal y extiende la sensación de calor fuera de mí. Luego de una breve comida me dejo arrastrar por la atracción de la litera de babor. Me recuesto boca arriba, los rayos del sol atraviesan lateralmente mi visión hacia el techo.

Tres farolitos de vela, un par de medallas y un amuleto que penden, se bambolean con un movimiento hipnótico. El fuerte reflejo de la luz solar encandila mi visión acentuando el adormecimiento. Me despego de los restos de la pesadilla reciente. Todo es claro por encima y oscuro debajo de mar. Una oscuridad que no se parece en nada a la noche anterior. Me remite a conexiones primitivas que vinculan ese lugar del mar con otros tantos océanos, con una mano invisible, oscura y cálida que llega hasta donde se quiera; un ancestral monstruo marino que permanece oculto custodiando el puro mar y el amor primigenio.

Me duermo con esa imagen en la cabeza.

—… soy Ramón —la voz se cuela en mis sueños y me arrastra a la repentina vigilia.

Deduzco el mensaje hacia atrás, distingo la voz de Ramón y reconozco que un instante antes, en mis sueños, lo escuché pronunciar mi nombre.

—Adelante, Ramón —carraspeo con voz ronca a través de la radio—, cambio.

—¿Cómo estás?, cambio.

—¡Qué bonito! ¿Aún no aprendiste a comunicarte correctamente por radio? Tenés que nombrar tres veces al barco…

—Hace quince minutos que te estoy llamando, probé con el nombre del barco, el tuyo… creo que me faltó acordarme de tu madre.

—¿Quince minutos…? No puede ser.

Trato de pensar rápidamente. Un temor breve e intenso se apodera de mí. Me precio de ser un buen capitán, de estar siempre en estado de alerta escuchando cualquier cosa importante, aún dormido. Antes de continuar la conversación visualizo brevemente las últimas imágenes de mi sueño: algo puro, delicado, profundo, casi imposible de sujetar con las manos. El viento fresco que ingresa por la puerta abierta se lleva su mirada dulce de mi memoria, veo pasar su larga cabellera dorada que se escapa con los rayos del sol de la tarde.

—Vamos uno arriba —le indico a Ramón refiriéndome a la frecuencia para evitar ocupar el canal público con una conversación que imagino social.

—Okay.

—Acá estoy —me avisa verificando que nos encontramos en la misma frecuencia. Ya abandonamos por completo los protocolos de radiocomunicación.

—Perfecto, ¿pasó algo?

—Nada. Vi que el barco no estaba desde ayer en la amarra, quería saber si andaba todo bien.

—Sí.

—¿Sí? ¿Seguro? —me insiste—. Mirá que vos por allá, en medio de la semana… Salvo que no estés solo… ¿Estás solo?

—Sí, estoy solo —interrumpo—. Está todo bien, necesitaba un poco de paz del mundo —“o furia del mar”, pienso.

—Bueno, no te molesto más —percibe mi pocas ganas de conversar—. Te mando un abrazo, cambio y fuera.

—Chau, Ramón, gracias por comunicarte. Cambio y fuera.

Sintonizo nuevamente la radio en el canal setenta y uno, cuelgo el micrófono y me asomo a cubierta. El sol ha teñido sus destellos de anaranjado, sopla un viento norte intenso que agita el agua marina en pequeñas olas, de las cuales brota una espuma que parece flotar en el aire. Sabía que el nortazo no se iría tan pronto. La conversación con Ramón sirvió para traerme a la realidad otra vez. Salgo a cubierta, doy una vuelta completa, observo el estado de las cosas alrededor. Reflejos iridiscentes no me permiten fijar la vista en la mitad del recorrido. Al llegar mis ojos hacia el Róbalo veo en los restos de su mástil a la hembra de la pareja de jotes que lo habita, posada expectante, a la espera del regreso del macho. No puedo evitar una sonrisa, ingenua a medias, al pensar en esas parejas de zopilotes. Cada uno de los barcos abandonados, embicados en las costas de estas islas, es habitado por una pareja similar.

Después hablan de lo distintos que somos los humanos, que sentimos y pensamos a diferencia de los animales… Imposible no imaginar amor en esas parejitas conviviendo en estos desolados rincones.

Vuelvo a recordar al monstruo marino que ocupaba mi imaginación antes de dormirme mientras observo un ostrero en la costa, caminando apresurado sobre el barro, como si fuese firme, hundiendo de vez en cuando el rojo y largo pico en busca de alimento. Pienso en volver.

34,66 zł
Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
22 października 2025
Objętość:
161 str. 3 ilustracji
ISBN:
9789874188502
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania: