Czytaj książkę: «La satisfacción de haberlo logrado»
Miguel Bornaschella
LA SATISFACCIÓN DE HABERLO LOGRADO
PRIMERA EDICIÓN
NARRATIVA
Agradecimientos
Muy a riesgo de precipitarme a lugares comunes tengo ciertas gratitudes para manifestar, no por el solo hecho del cumplido o por recordarles lo mucho que ha valido su colaboración, sino para reservarles por siempre un lugar en mi corazón.
En principio a mis queridos hijos. Su constante compañía, su cariño y su comprensión han sido para mí el sostén de mi vida. Así como también mi objetivo constante de velar por su bienestar. Como todo padre debo haber fallado en algunos casos y más allá de que terminen siendo muchas o pocas veces, siempre conservo en mi alma la sensación de tener que hacer algo más. Pero siempre he hecho todo lo que pude aunque prometo seguir haciendo aún más. En todos los hechos cotidianos que puedo intento resarcir todas aquellas cuestiones por las que he dejado algunas heridas y, aunque muchas hayan resultado inevitables, el sentimiento de culpa también lo es.
Seguramente no han sido solo ellos los que en el camino han quedado con alguna herida. Con todos me disculpo con mi más sincero arrepentimiento. Sucede que por elección o por naturaleza, los hechos de la vida han sido tan vertiginosos que a menudo no dejan tiempo para suavizar una por una todas las incomodidades que cada decisión conlleva.
A mis padres no solo les agradezco su presencia constante y su enseñanza ilimitada. Educación a la que nunca le han reservado un lugar fijo, ni un horario determinado, ni la han ejecutado ante una situación especial. Su tarea ha sido tan sin ningún preaviso y con tanta claridad que sus beneficios se han prolongado por siempre al punto que han ocupado muchas de estas páginas. Por eso también les agradezco el hecho de que su legado perdurará en mayor o menor medida en las siguientes generaciones de mi familia y de la de muchos de los que me conocen.
A mis nietos les auguro la misma felicidad que les deseo a mis hijos y que mantengan sus oídos, sus ojos y sus corazones bien abiertos para aprender tanto o más que sus padres.
A Marcela, compañera y amiga. Con ella, para cuando ocurrió la publicación de la primera edición, los sentimientos eran más estrechos, pero a menudo la vida tuerce los ánimos para un lado y para el otro convirtiendo unos sentimientos en otros, luego de los cuales han quedado unos buenos gratos recuerdos. Ha sido testigo de litigios de distinta índole, algunos de los cuales relato en estas páginas. En todos me ha sabido interpretar y comprender y en todos los casos también me ha acompañado con su buen corazón. En particular he de agradecerle su don de buena persona y su calidad humana y, por si fuera poco, la predisposición y entusiasmo que ha puesto en su traducción al inglés de este libro.
A mi hermana Livia no puedo dejarla de corresponder con mi afecto por todas las atenciones que desde siempre ha tenido conmigo y darle las gracias por el reparo que con gran predisposición ha hecho sobre cada uno de los huecos y los saltos en el tiempo que se me produjeron a lo largo de todo el relato.
A Alberto Miramontes mi gratitud por su predisposición para escucharme, para volverme a preguntar sobre cada cosa y para interpretarme con la fidelidad que era necesaria para volcar al papel todo lo que andaba suelto en la memoria.
Por último a todos aquellos que desean un país mejor, desde el fondo de mi alma los convoco a participar con su trabajo constante, exhaustivamente constante, sin pausa y honrado para que nuestro país sea un campo infinito de oportunidades en la que la emigración de nuestros hijos y la de nosotros mismos deje de ser una opción.
Hasta siempre.
Miguel Bornaschella
Palabras del escribiente…
Tiempo después de emprender esta aventura, Miguel me sugirió que reservara un espacio y un tiempo para transcribir mi experiencia. Durante un tiempo me he debatido sobre qué aspecto resaltar. En algún punto me resultaba incómodo acudir a comentar su persona. La cuestión es que me comprenden, como quien dice, “las generales de la ley”. No solo soy quien ha colaborado para expresarse, si no que por el resto de los días soy su empleado. La cuestión es que por una tarea o por la otra no tengo más que agradecerle.
Al emprender la tarea que hoy concluye he tenido la suerte de viajar de su mano por una historia tan nutrida y elocuente que frecuentemente me ha emocionado. Conocí a Miguel hace veinte años y desde siempre ha sido un gran contador de anécdotas. Casi todas están transcriptas aquí. De manera que por aquella vía y ésta, por la necesaria para escribir estas páginas, me he ilustrado sin lugar a dudas de una historia francamente emocionante.
Pero así las cosas, la vida me tenía reservada su confianza para llevar a cabo este relato. No solo eso, sino la oportunidad para repreguntar, el espacio necesario que me ha dado para poder inmiscuirme en sus sentimientos y poder conocer no solo lo necesario sino todo lo que la curiosidad demandaba para completar el panorama. Gracias a unas y otras he podido situar ante mis ojos una historia tan emocionante que no creo que la pluma tenga la habilidad de detallar con la fidelidad necesaria.
Podría ahora mismo llenar de elogios a Miguel, ponderar sus virtudes o también destacar otros aspectos, pero sin ahondar ni en uno ni en otros me gustaría concluir en que es un hombre distinto. Podría destacar logros, podría rememorar fracasos y frustraciones pero, en mi consideración nada lo describe tanto ni con tanta precisión como la frase que ha elegido él para titular este libro.
Por haberme dado la posibilidad de compartir la experiencia de este libro le estoy agradecido. Por todo eso y por estos veinte años en los que me ha honrado con su amistad.
Alberto Miramontes

Miguel y Alberto en la última etapa de la redacción de este libro.
Prólogo
Antes de que los huecos de la memoria se sigan pronunciando y terminen desbaratando la idea inicial, he decidido dar testimonio. Tengo esa intención desde hace algún tiempo, pero la he precipitado por distintas razones y ahora se me ha hecho imperativo responder a ese mandato interno.
Cuando la idea apenas florecía parecían ser apenas una acumulación de vivencias que se perdían y se volvían a encontrar a través del largo camino transitado. Por entonces apenas eran una colección de anécdotas que fui contando cuando me parecía apropiado y cuando ocurría algún suceso que mandaba oportunamente a la superficie la moraleja de la anécdota. Los hechos cotidianos traían los recuerdos de allí para acá de manera que no era ningún esfuerzo volver a contarlas, repetirlas, inclusive alguna vez a las mismas personas –aun cuando me interrumpían para advertírmelo– y así transmitir la moraleja correspondiente, graficar la vivencia a mis hijos, mis nietos, a mis amigos a los que fueron y son mis empleados y también a sus familias. ¿Será jactancioso tratar de enseñar? No es mi propósito. Tampoco creo ser jactancioso cuando he dicho que me gustaría dejar un testimonio.
Mi historia es otra historia más, tan sencilla y delicada como la de cualquier otro inmigrante italiano. Pero con tantas ansias de superación que es lo que termina por diferenciar a unos de otros y con la satisfacción de haberlo logrado. No por el reconocimiento público, ni por la superación al semejante, sino por la superación a sí mismo. Me daré por satisfecho si puedo dejar en claro que me he superado porque así lo siento cada mañana y cada noche y sigo intentando hacerlo día a día.
Volviendo a las partículas que fueron el germen de esta historia, las anécdotas se han ido precipitando y acumulando en el tiempo con la misma dinámica y con la misma inconsciencia que se han juntado los años. Mi padre me contaba muchas historias, suyas, de sus familiares y de sus amigos. Yo lo escuchaba con mucha atención, y con mucho asombro por la cantidad. Siempre tenía alguna para contar. En una ocasión le hablé de mi asombro por ello y él me respondió que yo mismo tendría muchas cosas para contar, que lo presumía por mi manera de ser, y que iba a ocurrir ni bien juntara apropiadamente los años necesarios.
Ahora se me ocurre que ya no es el momento de recopilar anécdotas. Viendo todo desde aquí y hacia atrás advierto con claridad el hilo conductor y me imagino la historia armada. Pondré todo el empeño para mantener el orden cronológico y ser gradual al momento de volcar las emociones. Pero no puedo garantizarlo.
Afortunadamente he viajado en el tiempo conectando el sufrimiento de aprender con el momento de aplicar lo experimentado. De manera que, ante todo, el testimonio me lo estaré dando a mí mismo.
Se me ocurre graficar la vida del inmigrante y tal vez en mayor medida el que ha inmigrado a la Argentina como una vida partida al medio. Al momento de emigrar llena su corazón con la alegría de sostener una esperanza, pero la nostalgia tampoco le da tregua. Y entre ambas cosas ha de debatirse todo el resto de su vida. Es una historia de viajes circulares. Mi inmigración (o mi emigración, según de cuál lado del océano lo estén leyendo), como la de tantos otros, se ha visto continuada con la emigración de algunos de sus hijos. Pero aun si eso no ocurriera, la vida del inmigrante está partida en dos. Aun cuando, como en mi caso, se produzca a corta edad. Un pedazo de la vida queda del otro lado del océano, preguntándose qué hubiese ocurrido de no haber ocurrido ese destierro, esperando el momento de los reencuentros, preguntándose, como seguramente lo ha hecho mi padre, si la decisión fue la correcta o, como ha afirmado mi madre, sin temor a equivocarse, que definitivamente no lo era. Si allá o aquí hubiese sido más fácil o más difícil.
En definitiva, la vida ha sido y continúa siendo redonda. Accidentada por crecer y perder, recuperarse y volver a perder, tomar aire y continuar y sufrir una fatiga interminable, decaer, no deprimirse, llorar lo suficiente como para aprender, reír lo necesario como para continuar y ser optimista por naturaleza aceptando el sinsabor con naturalidad, como una circunstancia irremediable.
En esta aventura interminable por ahora, he quedado a la vista de todos, por insufribles que hayan sido las consecuencias, nunca me he escondido, ni para reír ni para llorar cuestiones que se han producido casi por igual.
En esas vueltas de la vida hay muchos espectadores. Amigos fieles y otros que desconfían y otros que subestiman, unos que se alegran por el resurgir y otros que esperan la nueva caída y dejan de ser espectadores para estar expectantes, algunos para volver a ayudar y otros para disfrutar del infortunio.
Hacer es muy difícil. Proponerse los objetivos, manteniendo un cierto orden y acotando las metas es bastante sencillo, pero a poco de comenzar los obstáculos crecen con una naturalidad que terminan pareciendo una burla del destino. En el plano más terrenal y un poco más mezquino, la política económica siempre mete sus pezuñas y la política en general hace unos estragos cuyas consecuencias sufrimos día por día en tanto nuestra participación, la de la gente común no se haga cada vez más masiva, natural y efectiva. Ese también es parte de mi testimonio. La participación indispensable para cambiar nuestro destino y culminar siendo lo que realmente nos merecemos. Si otras gentes en otras latitudes lo logran, por qué no lo hemos de lograr nosotros. En aquellas latitudes, con otros climas, otros suelos y otras suertes existen seres iguales que nosotros, con la misma sangre, con el mismo sudor, las mismas lágrimas, que se superan cotidianamente, naturalmente, sin gritos y sin estridencias y generalmente lo logran. ¿Lo lograremos nosotros? Cada uno se responderá en su momento, en la intimidad de su alma, desde su lugar, pero lo que no deberá dejar de ser es sincero consigo mismo. Desde mi lugar no podré obligar a nadie a pensar lo que no quiera. Lo único que puedo hacer es poner en palabras mi experiencia y lo que he aprendido de ella.
Espero poder dejarlo lo más claro posible.
I
Montaquilla, el pueblo natal
Casi setenta años después sigo repitiendo la misma frase para ubicar mi origen: “Entre Nápoles y Roma, entre el Adriático y el Mediterráneo”. De esa forma ubico en el mundo y en Italia a Montaquilla.
Montaquilla es una ciudad de la Provincia de Isernia, en la región del Molisse, distante a veintiún kilómetros de la capital de la provincia y a 464 metros por encima del nivel del mar, al oriente de la cadena montañosa del Mainardi y al sur del monte de la Meta. Debe existir desde que sopla el viento, pero el primer registro de la intervención del hombre se encuentra en algunos documentos allá por el año 778. Allí se pueden leer algunas primeras aproximaciones a su nombre Montem Aquilam, Montis Aquili en 1150, o Mons Aquilus en 1168. Algunos lo traducen como Monte dell’Aquilone, haciendo referencia al viento del norte. Por otra parte terminaron dándose por válidas algunas constancias que indican que estas tierras formaban parte del vasto Monasterio de San Vincenzo de Volturno. Luego, por obra de distintas ventas y otras tantas donaciones las tierras han ido cambiando de dueños y de herederos. Entre ellos Andrea d’Isernia, Giovanni Caracciolo y sus hermanos y Ugo di Rocca y los hermanos de éste. Se supone que hacia el año 1305 Andrea d’Isernia logra comprar todos los territorios de Montaquilla unificando la propiedad que luego heredara Landolfo, el menor de sus hijos que logra ser el último titular entre los años 1316 y 1325, año en el que muere. La descendencia de Landolfo es incierta, pero tiende a suponerse que en la segunda mitad del siglo XIV Montaquilla era un feudo de una familia que termina adoptando este apellido para sí. Se estima que podría ser la misma familia d’Isernia y que asumiera ese nombre tanto como para adoptar el título nobiliario como para diferenciarse de ramas genealógicas colaterales de la familia d’Isernia.
Las primeras anotaciones de censos de población datan del año 1561, donde se contaban “fuochi”, hogares a leña y no personas y eran 53 en aquel año, 50 en el 1608, 55 en el 1669. En el año 1795 se cuentan 590 habitantes, 790 en 1848, 1271 en 1861, 1706 en 1907, 1857 en 1911, siendo la población actual de 2600 habitantes, más o menos la misma cantidad que cuando Dios me trajo al mundo el 5 de febrero de 1948.
Como era natural en aquel tiempo nací en la propia casa de mis padres, que era la que mi madre había heredado de su familia. Fui el último de los hijos que Giovanni Bornaschella y Filomena Ricci habían decidido traer a este mundo. Aunque según mi madre me contó ya en mi plena adultez y con la naturalidad que siempre la caracterizó, sin ponerle a la frase ningún agregado innecesario, mi llegada no había estado, por decirlo de alguna manera, exactamente planificada. Pero bueno, una vez aquí presente en este mundo, ya estaban mis tres hermanos, Ángel de once años, Livia de seis y Josefa de tres.
Nuestra casa estaba y está más firme que nunca más de setenta años después en Vía Piano 4 en el pueblo que se ha ido construyendo en torno a la montaña. Se deduce que ha sido una planificación bien estratégica. Apuntaba a la defensa de los habitantes ya que desde lo alto se tenía la visión de los que desde abajo pretendían invadir en tiempos remotos. Más aún, el pueblo tenía un portón enorme, que guardaba dentro a todos sus hijos cuando se cerraba por la noche, y ya nadie entraba ni salía, hasta que en la mañana siguiente comenzaban lo que eran las tareas habituales, básicamente cultivar la tierra y criar a los animales.
En Montaquilla no había desocupación. Todo el mundo tenía cosas para hacer todo el tiempo. Y siempre había algo más para hacer. Allí no había ni hay industrias. La mayoría y casi todas las cosas que se podían conseguir para vivir provenían de la tierra y de los animales. El valle sobre el río Volturno era la tierra más fértil. A lo largo de él cada cual, incluida mi familia, tenían sus pequeñas parcelas de tierra, que con un tanto de astucia y otro tanto de inteligencia hacían rendir lo suficiente. Los frutos de la tierra se comerciaban con sencillez y afecto entre todos los vecinos. Se trocaban unas cosas por otras y las que no, se llevaban a vender a pueblos vecinos con distinta suerte. Los valores de cada especie estaban fijados desde generaciones remotas, por una decisión desconocida e invisible, pero que nadie se atrevía a discutir y a nadie se le ocurría que fuera necesario cambiar de reglas: una unidad de esta especie era igual a dos de la otra y así, todas las cosas para comer tenían su precio y se comerciaban tranquilamente. El dinero era un bien escaso que se atesoraba de a pequeñas cantidades para ciertas ocasiones, y hasta la atención del médico podía ser pagada con una cesta de verduras o con otras cosas y servicios, sin necesidad de que interviniera el dinero. El trigo cosechado se llevaba al molino, allí se dejaba una parte y se retiraba la harina como contraparte de la cosecha. Lo que le faltaba a uno lo tenía el otro y luego a nadie le faltaba nada de lo necesario. Inclusive se intercambiaban los jornales de trabajo cuando uno iba a trabajar al campo del otro. Y todo se gestionaba en un estado de orden y hermandad, y la disputa que surgiera tenía un corto recorrido porque la justicia actuaba, aún apareciendo con gestos informales, y ya entonces no se discutía más.
Durante todo un año las familias criaban su animal para obtener la carne de cerdo. Se cortaba en porciones, bastante pequeñas, y se conservaba hasta el año siguiente en unas grandes tinajas de piedra que llamábamos “pila”, cubiertas por grasa que se guardaban en los ambientes que en las casas de cada cual se destinaba a las conservas. Entre otras cosas allí se almacenaban los tomates disecados o en botellas ya procesados después del ritual de la cosecha. El ritual era una suerte de fiesta vecinal en donde cada uno ayudaba al otro a procesar lo suyo, y la única contraprestación era que luego fueran a colaborar con el que había colaborado antes, logrando así el intercambio de jornales. Participaban todos los miembros de la familia y eran uno de los divertimentos de la época. Donde no solo se procesaban los tomates, se pelaba el maíz y el choclo o se cosechaban legumbres. Terminado el trabajo, algunos tocaban música y otros la bailaban también. Mi padre participaba activamente y en todos los aspectos de la faena. Era muy trabajador, incansable pero también era bien reconocido en el pueblo por su habilidad para tocar la “verdulera” de dos bajos. Mi madre no festejaba mucho esa habilidad. Al tiempo que estaba embarazada de este servidor, el escenario se hacía complicado para que pudiera intervenir con su instrumento. Mi padre y sus amigos creyeron ser originales y montaron una comedia en las que unos lo iban a buscar y él se negaría tratando de ser lo más convincente posible. La comedia se desarrolló caída la noche con unos desde la calle y mi padre desde adentro intercambiándose mentiras desordenadamente. Mi madre los dejó actuar un tiempo hasta que la paciencia se lo permitió y a su tiempo le dio la venia para concurrir, haciéndole creer, como a menudo lo hacía, que la había convencido. Pero la noche se hizo un poco larga y papá no volvía a casa. El tiempo de la venia se agotó y mamá fue a buscarlo, imaginando sin equivocarse lo que estaba sucediendo: aquella frase que dice que “el que toca nunca baila” no se cumplió en esta ocasión. De manera que rápidamente la verdulera, mamá y papá volvieron a casa. Y la verdulera tardó un buen tiempo en volver a salir de casa.
Con los frutos de la tierra cosechados y los animales sacrificados, con los trueques correspondientes, con la labor de manufactura agregada, y con el poder de racionalizar y administrar lo que había, entonces se comía. La distribución que mi madre hacía a la hora de almorzar o cenar tenía la misma equidad y justicia que la utilizada por el pueblo para canjear sus bienes. Aquí se aplicaba la proporción de acuerdo al trabajo realizado por cada cual. Nadie tenía el derecho a discutir esa distribución, porque la única perjudicada en el reparto era doña Filomena, última en servirse y con la porción más pequeña. Las consecuencias de aquella dieta quedaron estampadas para siempre en su esmirriada y pequeña figura, aunque en general siempre fue muy sana. De no ser por los deterioros lógicos producidos por el avance de la edad, nunca la vi enferma, ni en cama, ni haciendo reposo, ni quejándose, ni jactándose de dirigir las decisiones de la casa, ni en Italia ni en la Argentina. Nunca se enfermó porque ella misma tomaba la decisión de no hacerlo. El hecho de enfermarse era como quitarse los engranajes del reloj. Los resfríos le pasaban, las gripes, los dolores en los huesos. Todas esas cuestiones le sucedían como a cualquiera, pero a ella no la enfermaban porque continuaba con lo suyo sin quejarse de nada. En la última etapa de su vida decía que todo el mundo la veía bien, que la halagaban por eso: “Claro está que ustedes me ven bien”, les repetía, “la cuestión es que yo nunca me quejo, no cambio nada con quejarme”.
Trabajó a la par de mi padre. Bien temprano ordeñaba la vaca y procesaba la leche para preparar la ricota y el queso. Administraba el desayuno a los hijos, enfriaba mi leche pasándola de taza en taza casi todos los días, y luego enviaba a mis hermanos a la escuela. Otras de las ocupaciones comunes de todos los días era ir a la fontana, portando la tina de cobre y recorrer trescientos metros para recoger el agua que seguía el recorrido desde lo alto de la montaña a través de un entramado de tuberías para llegar al centro del pueblo.
En los meses de invierno y mientras el deshielo era muy lento y paulatino el agua salía lánguidamente por la canilla al final del recorrido en un chorrito que no hacía más que demorar la actividad del pueblo. Así se formaban largas colas llenas de paciencia y no tanto. Visto desde el lado positivo se lograba integrar un vínculo social, que incluía el pretexto perfecto para que las jovencitas dieran esperanzas a los jóvenes y germinaran noviazgos. Pero no todas las relaciones eran tan amigables. Las pocas familias que podían les pagaban a otros vecinos para que hicieran todo este trabajo de trasladar el agua. Los problemas no tardaban en aparecer de tanto en tanto y cuando algunas tinas se adelantaban sin derecho a otras por obra de sus dueños comenzaban unas buenas reyertas con tinas pateadas y abolladas. Al fin y al cabo, mamá volvía a casa con los veinte litros de agua en la tina, portada sobre la cabeza, amortiguada adecuadamente con la base de un trapo enroscado formando una corona. Mamá no era ajena a aquellas reyertas. Su tina portaba también las abolladuras correspondientes. Con una destreza inigualable y un pulso determinante no perdía una sola gota y el agua llegaba a casa y de ahí nos servíamos para asearnos o cocinar.
La ropa se lavaba en el río y con el jabón que, como no podía ser de otra manera, también elaboraba mi madre cocinando grasa de cerdo y soda cáustica. La rutina continuaba con la preparación del almuerzo que luego llevaba hasta la parcela donde mi padre trabajaba. Mientras él almorzaba ella continuaba con las labores del campo y cuando terminaba de almorzar seguía trabajando. Volvía a la casa para la cena, esperar a mi padre, y si fuera el caso, y a su debido momento cumplir con los compromisos del amor, a los cuales, según le contaba a mi hija Lorena, muchos años después, era inimaginable negarse. De ninguna de estas cosas tampoco jamás se quejó. La naturaleza de su espíritu era la del sacrificio con naturalidad y en tantas otras cuestiones, absorber el sufrimiento sin recriminarle a nadie por su destino.
A este pueblo, como a tantos otros de Italia y Europa, la guerra lo atravesó dejando unos recuerdos que se transmitían de generación en generación porque el dolor de la acumulación de las heridas hacía que fuera imposible mantenerlo en silencio. El relato que en principio era muy natural, en la visión de los hijos y los nietos tomaba nuevamente la dimensión de la tragedia, que no por obvia fue sencilla de sobrellevar. El lugar común de decir que fue un sufrimiento brutal, no alcanza para denunciar su verdadera dimensión, su estructura escénica, su duración en el tiempo, sus consecuencias irremediables. Tratar de relatarlas es una tarea que no se concluye nunca.
En la Primera Guerra Mundial mi padre perdió al suyo cuando tenía apenas 6 años. No hace mucho tiempo pude recuperar esos datos con precisión. Obtuve la copia de un acta en la que constaba su nombre: Ángelo Bornaschella, que murió el 19 de octubre de 1918, apenas unos meses antes que la guerra terminara y a causa de una bronquitis que derivó en una infección generalizada. Murió en el Hospital de Campo Número 56, en Gubbio, región montañosa de Zangolo. También supe que su número de matrícula era el 20562, y había prestado servicio en la segunda compañía de la Brigada de Messina.
Algún tiempo después la madre de mi padre se casó con el hermano del abuelo Ángelo. Por aquel entonces esas formas de reorganizar la familia era algo natural. Entre otras muchas intenciones naturales, llevaba la intención de proteger a la mujer y ocuparse de sus hijos y mantener armado el hogar. Al amparo de esta nueva unión y de este amor renovado, mi padre tuvo cuatro hermanos más. Pero no todas las reorganizaciones familiares tenían el mismo destino.
En varios hogares se escuchaban historias fatalmente reales con epílogos de difícil relato. El que partía a la guerra, en la primera o en la segunda, abandonaba su voluntad a las conveniencias y caprichos del destino. En su hogar se terminaba por perder las esperanzas de sus noticias y su paradero terminaba pareciéndose al viento que pasaba sin saber por dónde y sin saber para cuál lugar. Podía ser prisionero y trabajar en esa condición en otros países, o a un muerto sin lápida, o perder la memoria o no saber cómo volver. Pero sucedía que, si por la gracia de Dios encaminaba su suerte y después de haber dejado de estar por años suspendido en el olvido de su mujer y de sus hijos, lograba retornar a su hogar, su casa ya no era su casa, sus hijos compartían la mesa con otros hijos nuevos de su mujer, y su mujer ya no era la suya porque él ya no existía más y era mujer de otro hombre que hasta podía haber sido su vecino antes que el desamparo de la guerra los pusiera en el mismo escalón de la tragedia.
Los recuerdos de mi madre también aportaron los detalles para comprender de cuál forma y a cuál extremo la resignación de la gente se le integraba al espíritu. Durante una de las avanzadas de los alemanes un tío de mi padre junto a otros vecinos del pueblo, trataron de repelerlos a puros piedrazos desde lo alto de la montaña. Los repelidos resultaron ser ellos a pura ráfaga de ametralladoras. Las esquirlas hirieron al hombre que con una modesta curación y con la pierna ensangrentada regresó a los refugios improvisados en los bosques y las montañas, hasta que días después la Cruz Roja se lo llevó para asistirlo en mejores condiciones dada la avanzada infección. La ausencia del tío en el refugio también fue resignación y así fue durante los siete meses que duró, y tampoco hubo sorpresa, ni sobresaltos, ni contraste entre su ausencia y su presencia. El tío abuelo volvió y la vida en el refugio y su propia vida continuó como si el hueco en la historia nunca hubiera existido, pero no por la indiferencia o el desamor sino por el puro sentimiento de desamparo y dolor de todos.
Cuando los alemanes decidían bombardear, el pueblo quedaba en carne viva sumido en el miedo y corriendo de aquí para allá buscando refugio entre huecos y cavernas de la montaña. En una de esas corridas mi hermano Ángel le avisó a mi padre que había perdido su zapato izquierdo. Mi padre quiso recuperarlo, pero hubiese sido mejor si mi hermano denunciaba el hecho ni bien ocurrido, tres kilómetros atrás. La misión de recuperarlo era suicida e inútil, de manera que el pobre Ángel vivió los siguientes seis meses con un pedazo de tela atado con cuerdas al pie y al tobillo reemplazando el calzado extraviado.
Finalizada la segunda guerra mundial, además de las heridas que se veían, y las que no se veían, quedaron otras consecuencias más palpables y menos dolorosas. A causa del avance de las tropas hacia el norte, por la prisa necesaria o por buscar protegerse, en su retirada las tropas dejaban distintas cosas en el camino. Cuando sobrevino la calma y el pueblo y sus alrededores dejaron de estar ocupadas por las tropas de uno y otro bando, se podían encontrar restos de sus pertenencias tiradas por todas partes. Era muy común encontrar borceguíes, camisas sucias, proyectiles en cantidades que asombraban guardados en bolsas de arpillera, cubiertas en desuso, restos de los jeeps y camiones de las tropas y hasta un tanque de guerra. Las partes de hierro se recuperaban y vendían como chatarra en distintos lugares del país con lo que se conseguía paliar un poco la economía de cada cual. Con las cubiertas se fabricaban un calzado casero que se dio en llamar scarponi. Eran unos verdaderos certificados de pobreza, pero a falta de lo necesario resultaban de gran utilidad. Las piernas se cubrían desde los pies y hasta debajo de las rodillas con un trapo de lino. Luego se colocaban, convenientemente recortadas, las cubiertas a la medida del pie con un borde a cada lado con algunos agujeros. Por allí se pasaban unas cuerdas de cuero con lo cual se terminaba la operación: se cruzaban emulando los cordones de la “edad moderna” y con la misma idea se continuaba por la pierna hasta llegar debajo de la rodilla. Mucho más afortunado era el que encontraba neumáticos de moto que por ser más angostos se adaptaban “anatómicamente” al pie. Además, unos u otros daban la ventaja de no andar pensando en nimiedades tales como lustrarlos o diferenciar cuál era derecho o izquierdo.