Czytaj książkę: «Corazones en llamas»

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28001 Madrid
© 2000 Marie Rydzynski-Ferrarella
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Corazones en llamas, n.º 1144- enero 2021
Título original: Tall, Strong & Cool Under Fire
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-098-9
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
ERES bombero?
La voz de niña lo tomó por sorpresa. Bryce Walker se volvió del recién lavado camión cisterna y la vio. Era completamente adorable y estaba igual de completamente fuera de lugar.
De todas formas, la sonrió.
La pequeña, vestida con un mono rosa con flores blancas, estaba de pie en la entrada del cuartelillo de bomberos. Tenía las manos en los bolsillos, como alguien que no tuviera nada mejor que hacer esa mañana. Lo miraba como esperando una respuesta.
—Sí, lo soy.
Bryce se acercó a ella y puso una rodilla en tierra para que no hubiera tanta diferencia de altura entre ellos. Miró a su alrededor por si veía a alguien con aspecto de padre o persona mayor a cargo de la niña.
Pero no había nadie. Estaba claro que la niña estaba sola y no tenía miedo de nada.
En ocasiones, Bryce había dado charlas sobre seguridad en los colegios de la localidad. La pequeña parecía demasiado joven como para ir al colegio. Debía tener unos cuatro o cinco años. La inteligencia se reflejaba en sus ojos azules.
Por la forma en que lo estaba mirando, estaba muy claro que lo consideraba su igual en todo. Entonces la niña miró el camión.
—¿Te dejan conducir el camión?
La esperanza que se oía en la voz de la niña lo hizo sonreír. Contuvo la risa cuando pensó en Alex. Un bombero veterano que siempre actuaba como si el camión fue de su propiedad privada y que antes caminaría sobre brasas que permitiría que alguien se pusiera tras el volante.
—No, me temo que no.
La pequeña asintió.
—Mi mamá tampoco me dejaría conducirlo a mí.
Esa le pareció a Bryce la oportunidad perfecta para tratar de averiguar algo de la niña.
—¿Y dónde está tu mamá?
La pequeña no respondió y se acercó al camión. Lo hizo con mucho cuidado, como si fuera un ser vivo que fuera a salir corriendo si no tenía mucho cuidado.
—En casa.
A Bryce le dio la impresión de que su pequeña visitante iba a dar unos cuantos problemas a alguien cuando fuera un poco más mayor. Le deseó suerte a cualquier hombre que se enamorara de ella en el futuro. La iba a necesitar.
—¿Y dónde está tu casa?
La niña se detuvo y lo miró por encima del hombro, tristemente.
—Ya no en Dallas.
La niña suspiró con ganas y luego dio la vuelta al camión, inspeccionándolo con más atención que el jefe de bomberos.
—Nos hemos mudado.
Ella era demasiado joven como para ser una embaucadora, ya que esa habría sido la palabra que él habría utilizado si fuera una adolescente, pero aun así, empezó a sentirse atrapado.
—¿A dónde?
La niña pasó la mano por el capot del camión y a él le dio la impresión de que lo estuviera acariciando.
—Aquí.
—¿Aquí? ¿En mi cuartelillo de bomberos?
La niña se rio de una forma tan contagiosa que a él le costó no acompañarla.
—No, tonto. En Bedford.
—¿Y sabes dónde en Bedford?
La niña se lo pensó.
—En nuestra casa, por supuesto. Mamá, la abuela y yo. Mamá dice que es de las tres. A partes iguales.
Bryce se dio cuenta de que no había mencionado a un padre y se preguntó si la madre de la niña sería divorciada. O viuda. O si no se habría casado. Pero no creía que la niña no supiera su situación. Él mismo conocía adultos que eran menos conscientes de lo que pasaba a su alrededor que esa niña.
—¿Sabes tu dirección? —insistió.
Esta vez la niña lo miró frustrada.
—No, es nueva.
Pareció preocupada por no poder recordarlo. Bueno, si la madre no aparecía pronto, él tenía amigos en la policía que podían ayudarle a encontrarla.
Le dio la mano y se alejaron del camión.
—A veces, lo nuevo es difícil de recordar —dijo—. ¿Sabes cómo te llamas?
La niña lo miró como si fuera idiota.
—Claro que sí. Mi nombre no es nuevo. Es tan viejo como yo.
—Ya veo. Yo me llamo Bryce Walker, ¿y tú?
La niña agitó la cabeza, moviendo el cabello rubio.
—CeCe Billings. Me llamaron así por mi abuela. La primera parte.
—La primera parte…
—Sí. CeCe. Pero ella se llama realmente Cecilia. Yo también, pero mi mamá me llama CeCe para no confundirnos.
—Ya veo. ¿Y cómo te llama tu papá?
—Nada —dijo la niña tranquilamente—. Yo no tengo papá. Mamá nos dice que nos va muy bien sin uno.
—Vaya… Bueno, no creo que ahora ella esté sintiéndose bien. Seguramente que te esté buscando.
La niña agitó la cabeza.
—No creo. Mamá está ocupada.
—¿Haciendo qué?
Bryce no tuvo muy buena opinión de una madre que estuviera demasiado ocupada como para darse cuenta de que su hija se había perdido.
CeCe continuó inspeccionando el camión.
—Les está diciendo qué hacer a todos esos hombres. Están todos muy confundidos.
Y no eran los únicos, pensó él.
—¿Qué hombres?
—Los que la están ayudando. No me estás escuchando. Mamá siempre le está diciendo a la abuela que los hombres no escucháis.
—¿Sí?
Estaba muy claro que la madre de esa niña no tenía muy buena opinión de los hombres. Lo que los ponía al mismo nivel, ya que él no tenía muy buena opinión de las mujeres que descuidan a sus hijos.
Pero en ausencia de una madre histérica, a él no le quedaba más remedio que mantener ocupada a la niña. Le dio un golpecito en el hombro y, cuando ella lo miró, le ofreció la mano.
—¿Quieres que te enseñe el cuartelillo mientras tratamos de ver cómo encontramos a tu madre?
CeCe tomó su mano, pero lo miró de nuevo como si fuera tonto.
—¿Por qué? Mi madre no se ha perdido.
Él sonrió a la niña. Si no hubiera querido otra cosa para sí mismo, le hubiera gustado tener una hija como CeCe. Pero eso era como agua bajo un puente que él había querido dejar atrás hacía ya mucho tiempo.
—No, pero tú sí lo estás.
—No, no lo estoy —dijo CeCe sonriendo—. Estoy aquí. Contigo.
A él le pareció muy difícil discutir eso, así que ni lo intentó.
Lisa Billings estaba agotada. Durante los últimos meses había estado volando entre su antiguo hogar en Dallas y la ciudad donde había decidido instalarse de nuevo con su familia, tratando de encontrar el lugar perfecto tanto para su casa como para el almacén. Una nueva casa donde pretendía llevar una vida nueva para ella y su hija. La llamada de un nuevo comienzo era muy fuerte.
No pedía mucho, pero lo que pedía no era negociable. Quería un lugar limpio, luminoso y seguro, con buenos colegios que satisficieran a una niña tan ansiosa por aprender como lo era CeCe. Por fin, eso la había llevado a Bedford, en California, un lugar que le había parecido casi perfecto.
Mirando atrás, en los últimos seis meses, no podía recordar un momento en que no hubiera estado ocupada. Pero eso no la había dejado pensar, lo que era una suerte.
Pero lo cierto era que había estado tan ocupada que había perdido de vista a lo más importante de todo. CeCe. CeCe, la razón por la que se había dedicado a llevar una tienda de juguetes, su razón de vivir.
De alguna manera, entre el lío del montaje de la tienda, había perdido de vista a su hija.
En un momento la niña estaba jugando en el jardín delantero y al siguiente había desaparecido. No estaba por ninguna parte. Estaba claro que CeCe se había ido de exploración.
Trató de no dejarse llevar por el pánico y la volvió a buscar por toda la zona.
La búsqueda resultó tan infructuosa como la anterior. Con quien se encontró fue con su madre, que estaba dirigiendo a los de la mudanza con aires de mariscal de campo. A Cecilia Dombrowski le bastó una mirada a su hija para darse cuenta de que algo no iba bien.
—¿Qué pasa? —le preguntó.
—No la encuentro por ninguna parte, madre. No encuentro a CeCe.
Cecilia levantó las manos llamando la atención de los hombres de la mudanza.
—Mi nieta se ha perdido. Todos saben cómo es. Por favor, dejen lo que están haciendo y vayan a buscarla. ¡Ya!
Los hombres, cuatro hombretones, se miraron entre sí confundidos.
—¡Ya! —repitió Cecilia—. Llamen a todas las puertas. Pregunten. Estaba aquí hace unos minutos y tiene las piernas cortas. Sus piernas son mucho más largas, así que pueden cubrir más distancia. Por favor.
Eso último pareció más una orden que un ruego.
Los hombres hicieron lo que se les pedía. Los muebles podían esperar.
Cecilia suspiró y se dirigió a su hija, poniéndole las manos en los hombros.
—Tú haz lo mismo. Ve a buscarla. La encontraremos. Sabes que sí.
Había veces que Lisa creía que Dios no se atrevería a discutir con su madre y, ella no lo iba a hacer. Solo con oír sus palabras se sentía mejor.
—Sí —dijo—. La encontraremos.
—Muy bien. Yo me quedaré aquí por si vuelve. Ya sabes como es —dijo Cecilia sonriendo.
Lisa pensó que su hija era demasiado inteligente como para haberse alejado demasiado.
¿Pero dónde estaría?
Salió a la calle, donde la luz le hizo daño en los ojos. Hizo pantalla con la mano y entonces fue cuando lo vio.
El cuartelillo de bomberos de la esquina de la calle. Solo le había prestado una atención marginal cuando llegaron.
Pero ahora se daba cuenta de todo su significado.
No era como si fuera fácilmente accesible, ya que entre él y la casa había una calle de tres carriles y con una pequeña isla enmedio para los peatones que no hubieran podido pasar con el semáforo.
A CeCe le encantaban los camiones de bomberos.
Rogó para que estuviera allí.
Cruzó con el semáforo en verde y llegó a la isla antes de que se pusiera en rojo.
Él no supo exactamente lo que lo hizo mirar entonces. Tal vez se hubiera medio esperado la aparición de una madre frenética, tal vez fue solo por casualidad por lo que miró por la ventana que daba a la calle. Por lo que fuera, se quedó pasmado por la visión de esa mujer corriendo.
Se movía como una gacela.
Se movía como lo haría el viento si tomara la forma de una mujer joven y esbelta con un cabello del color del sol después del amanecer. Iba vestida con unos pantalones cortos blancos y un top rojo que le marcaba los senos. Era toda una visión. Le sorprendió que ninguno de los otros bomberos se asomara a piropearla.
Bryce se tranquilizó cuando se dio cuenta de que debía ser la madre de CeCe.
—Chica —le dijo sin soltarla de la mano—. Creo que acabo de ver a tu madre. Y creo que está enfadada.
Llevó a la niña a la puerta justo cuando la alcanzaba la mujer.
—Perdone —dijo Lisa en cuanto lo vio—, ¿ha visto a una niña…? ¡CeCe!
La niña se sorprendió al ver lágrimas en el rostro de su madre. No lloraba muy a menudo, pero cuando lo hacía, CeCe siempre creía que debía hacer algo que la hiciera feliz de nuevo.
Sonrió brillantemente. A su madre siempre le gustaba cuando sonreía.
—Hola, mamá. ¿Estás bien?
—Ahora sí.
En la vida de Lisa había habido muy pocos momentos en los que tuviera ganas de reír y llorar al mismo tiempo. Y ese fue uno de ellos.
Ignorando por completo al hombre que estaba con su hija, se arrodilló y la abrazó.
Solo cuando se hubo asegurado de que su hija era real y que estaba bien, le dijo:
—Oh, CeCe, ¿cómo me has podido hacer esto? ¿Cómo te has podido marchar así?
La respuesta le pareció completamente lógica a la pequeña.
—Él tiene un camión de bomberos. Uno de verdad —dijo señalando al camión que tenía detrás.
Pero Lisa no miró al camión.
De repente fue consciente de que estaba de rodillas delante de un hombre muy alto y rubio, vestido de bombero. Y lo que era más, estaba de rodillas delante de un hombre que la estaba mirando como si estuviera hambriento y ella fuera su plato favorito.
Capítulo 2
MIRA, mamá! Es como el camión de bomberos que tienes en la tienda —dijo la niña impacientemente, cuando su madre no miró al objeto de su atención.
Lisa miró a su hija, tratando de ignorar el hecho de que se sentía como si estuviera siendo medida lentamente por el hombre que tenía delante.
Tomó a su hija por los hombros y la miró a los ojos.
—Ahora escúchame, jovencita. No me importa si has visto toda una flota de camiones de bomberos. Ya sabes que no puedes marcharte sin decirnos a la abuela o a mí a dónde vas. Y también sabes otra cosa, ¿no?
CeCe suspiró.
—Que no tengo que hablar con desconocidos.
Mientras decía eso, la niña se agarró con más fuerza de la mano de Bryce.
—Él no es un desconocido, mamá. Sé cómo se llama. Bryce Walker y es mi nuevo mejor amigo. Y es bombero. Eso es como ser policía. Y tú me dijiste que si me perdía alguna vez, solo tenía que hablar con un policía. ¿Recuerdas? Bueno, pues no pude encontrar un policía, pero lo encontré a él.
Lisa cerró los ojos. No había manera de discutir con su hija. En eso había salido a su abuela.
Cuando los volvió a abrir, se encontró con que el bombero la estaba mirando y supuso que le debía una disculpa.
—Lo siento si le ha causado algún problema…
—¿CeCe? No, no ha causado ningún problema. Estaba a punto de enseñarle el cuartelillo a su hija —dijo él sonriendo—. Estoy seguro de que se puede añadir usted también si le interesa.
—Gracias, pero no.
Cuando Lisa vio lo triste que se ponía su hija, se sintió culpable. Siempre le pasaba cada vez que le negaba algo.
—Pero mamá…
Lisa permaneció firme.
—Estamos en medio de una mudanza y todo está hecho un lío. No puedo perder tiempo ahora. Y además… Tengo a los de la mudanza peinando los alrededores buscándote.
La niña pareció confusa.
—¿Y por qué los están peinando, mamá?
Bryce se rio.
—Es solo una expresión —dijo soltando la mano—. Podemos dejar la visita para otra ocasión, si quieres. Todo el mundo debería conocer el cuartelillo de bomberos del vecindario. Ya no solo nos ocupamos de los fuegos y, a veces, ofrecemos servicios de niñera, bueno, para cuidar niñas grandes —añadió cuando vio la cara de enfado de la niña.
CeCe Billings era lo que su abuelo hubiera llamado una bomba. Deseó que el viejo la hubiera podido conocer. Aunque, si lo pensaba mejor, seguramente habría intentado algo con la madre de la niña. El hombre fue un pícaro hasta el día en que murió con noventa y tres años.
Bryce esperaba que eso fuera hereditario y que él tuviera la mitad de su espíritu cuando llegara a su edad.
Y Lisa deseó llevar encima algo más que los pantalones cortos y el top, pero tuvo la sensación de que ese hombre la seguiría mirando así aunque fuera vestida con un saco de esparto.
—Me alegro de saberlo, pero estoy segura de que no lo volveremos a molestar, señor…
—Walker —dijo él ofreciéndole la mano—. Bryce Walker.
—Ya te lo había dicho yo, mamá.
Lisa dudó un momento, pero por fin, aceptó esa mano. Una mano firme, dura y cálida. Y los ojos de ese hombre le recordaban el tiempo que había pasado desde la última vez en que miró a un hombre de otra forma que como cliente.
—Yo soy Lisa Billings. Gracias por cuidar a CeCe.
—Ha sido un placer.
Él le seguía sujetando la mano. Y su atención. Por fin, ella se soltó. Cuando fue a marcharse, se dio cuenta de que él la seguía.
—CeCe dice que son nuevas en la ciudad.
—Y lo somos.
—Y en el estado.
—También.
Lisa miró a su hija preguntándose cuántas más cosas le habría contado sobre ellas a ese hombre.
Bryce estaba de servicio hasta esa tarde, así que no tenía mucho tiempo para salir con ella, aunque era eso precisamente lo que más le apetecía.
—Bueno, dado que parece que soy yo uno de los primeros ciudadanos de Bedford que han conocido, y que seguramente esté demasiado cansada para cocinar después de la mudanza, tal vez le apetezca cenar.
—Seguro que cenaré —dijo Lisa.
—Quiero decir conmigo.
Ella lo miró sin dejar de caminar.
—No quiero molestarle.
—No me molestará.
Pero ella ya se alejaba apresuradamente, agarrándole la mano a la niña.
Bryce se quedó frustrado. Aquello no le sucedía a menudo.
—Siempre hay una primera vez para todo, ¿eh Walker?
Creía que estaba solo en la planta baja, que los demás estaban arriba, jugando al póker. Se volvió y vio a Jack Riley sonriendo. Riley y él eran amigos desde antes de perder los dientes de leche.
Debería haber sabido que aquello le haría gracia a Riley.
—Lo cierto es que nunca pensé que vería el día en que te rechazara una mujer —dijo Jack—. Demonios, hasta mi madre saldría contigo si pusieras un poco de interés.
Bryce se metió los dedos en el cinturón mientras seguía viendo alejarse a Lisa y CeCe.
—No te lo tomes a mal, pero no tengo ningún interés en que tu padre me arranque la cabeza.
Riley se acercó también a la puerta.
—No parece tu tipo habitual.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, tiene una hija. ¿Cómo sabes que no está casada?
CeCe se volvió cuando alcanzaron la isleta y se despidió con la mano. Bryce le devolvió el gesto.
—Su hija no ha dicho nada de un padre.
Riley se encogió de hombros.
—Eso no significa que no exista, Walker. Tal vez solo esté enfadada con él.
—Tenías que haberla oído.
—Lamento no haber estado presente. Bonito trasero.
Bryce supo que Riley no había querido molestarlo con ese comentario, pero aun así, no pudo evitar decirle:
—¿Tú besas a tu madre con esa boca?
Riley sonrió.
—Solo cuando ella se empeña. ¿No detecto una nota caballerosa en esas palabras?
Bryce vio que otra mujer se acercaba apresuradamente a Lisa y abrazaba a CeCe. Pensó que esa debía ser la abuela.
—No más de lo habitual.
—Oh, pero esa es distinta de lo habitual. Como he dicho, no parece de tu tipo.
—¿Y cuál es mi tipo?
—Sin ataduras. Por si no te has dado cuenta, esa parece llena de ataduras.
Bryce se rio.
—No te pases, Riley. Como has dejado claro tan delicadamente, esa chica ni siquiera ha querido salir a cenar conmigo.
—¿Detecto la llamada del reto en tu voz?
Ya era hora de cambiar de conversación, pensó Bryce.
—No, pero ya me puedo imaginar a diez bomberos hambrientos estrangulándote por no haber hecho la cena cuando es tu turno de cocinar.
Riley se pasó la mano por la cabeza.
—Vaya, lo había olvidado. ¿Sigue vacío el frigorífico?
Bryce lo miró inocentemente, como si no supiera lo que iba a continuación.
—La última vez que miré, sí.
—¿No querrías cambiarme el turno, verdad?
—Ya te lo cambié la última vez. Y la anterior. Los chicos están empezando a pensar que no sabes cocinar.
Riley suspiró. Conocía muy bien sus limitaciones.
—Y tienen razón.
La madre de Riley llevaba un restaurante muy famoso por su cocina. Bryce no entendía cómo era que su talento no se le había pegado a Riley, pero su amigo era un perfecto inútil en la cocina.
—Ningún momento mejor que el presente para aprender —afirmó Bryce.
Riley lo miró seriamente.
—No es eso lo que dices cuando te llevan al hospital con el estómago perforado.
—Te diré lo que vamos a hacer, iré a comprar algunas cosas, pero tú tendrás que hacer la comida.
—Compra algo fácil.
—Me has leído la mente.
Mientras su amigo se alejaba, Riley lo vio alejarse y dijo:
—Solo una parte, Walker, solo una parte.
Bryce sujetó mejor el libro bajo el brazo.
No era muy propio en él ir a donde no era deseado, ni estaba nada seguro de lo que estaba haciendo allí, en la puerta de la casa de Lisa Billings, llamando con un ramo de flores en una mano, una bolsa con pan en la otra y un libro de ilustraciones bajo el brazo. También había dejado una escoba apoyada en la pared.
Tenía un montón de excusas listas para ofrecer cuando ella le preguntara, pero no estaba seguro de poder hacerlo.
No era como si le faltara compañía femenina habitualmente, de hecho tenía más que suficiente. Él pensaba que era por el uniforme. Lo cierto era que él no quería compromisos de ninguna clase, ya estaba comprometido con su trabajo y cualquier mujer que saliera con él sabía que no era de los que se casan. No por querer permanecer libre ni nada así, sino por una razón muy humana. Tenía trece años cuando su padre, también bombero, murió cumpliendo con su deber mientras trataba de salvar de las llamas a dos niños. Y luego él había visto día tras día lo que el sacrificio le había hecho a su madre. Había dejado de sonreír y, por un tiempo, estuvo sumida en una profunda depresión.
Nunca fue la misma tras la muerte de su padre.
Para él, el matrimonio era una relación en la cual dos personas se comprometían a vivir juntos el resto de sus vidas. Era natural que diera por hecho que la vida fuera tan larga como resultara posible. Eso no significaba meterse en edificios en llamas de forma habitual, lo cual era su forma de vida. Un bombero arriesga la vida todos los días, se juega cada día la felicidad de los que ama. Y, a veces, pierde. Como había perdido su padre.
Las lágrimas que él había visto en los ojos de su madre durante todo un año cuando su padre murió con treinta y cuatro años, lo hicieron jurarse a sí mismo que nunca haría pasar eso mismo a nadie.
Dado que siempre había querido ser bombero, Bryce supo que solo tenía una opción. Podía tener un hogar y una familia o trabajar de bombero, pero no las dos cosas a la vez. Así que dejó un sueño para seguir otro. La mayoría de las veces le parecía un trato justo.
Pero demasiado a menudo se encontraba a sí mismo preguntándose cómo sería si hubiera seguido el otro camino. Si se hubiera dedicado a hacer casas en vez de salvarlas, a dominar a la naturaleza en vez de luchar contra ella.
Hablar con CeCe había hecho que se lo volviera a preguntar. Pero se dijo a sí mismo que solo era algo pasajero y que, ir allí esa tarde, después de terminar el servicio, lo hacía solo por ser un buen vecino.
Llamó a la puerta y esperó. No se oyó nada dentro. Tal vez hubieran salido a comer algo, pensó. Ya no estaba el camión de mudanzas.
Fue a hacer un último intento cuando la puerta se abrió repentinamente. En vez de a Lisa, se encontró mirando a una mujer que podía haber sido confundida por una versión mayor de ella.
En vez de pantalones cortos, llevaba un vestido de verano y el corto cabello rubio tenía algunas hebras grises.
Lo miró con los mismos ojos azules de Lisa y CeCe.
—¿Sí?
—No estoy seguro de que sea la casa que busco, ¿pero viven aquí Lisa Billings y su hija CeCe?
Cecilia miró detalladamente al joven atractivo que tenía delante. Tomó una decisión rápidamente. En su vida nunca había habido demasiado tiempo para pensar.
Le gustó su boca. Las arrugas de las comisuras indicaban que debía reír frecuentemente. Era una buena señal. Y sus ojos eran amables. Se puede saber mucho de un hombre por sus ojos. Su marido había tenido los ojos amables. El padre de CeCe, no. Pero entonces le había resultado difícil convencer a Lisa. Ella era de las que creía que había que dejar que los hijos cometieran sus propios errores, por doloroso que resultara verlos cometerlos.
—Sí —dijo Cecilia mirando la escoba apoyada en la pared.
Ese joven parecía haber ido con un montón de cosas. Llevaba flores en una mano, un libro bajo el brazo y alguna otra cosa más en la bolsa.
—¿Vende escobas tal vez?
—No, yo…
Lisa sintió curiosidad por ver con quién estaba hablando su madre.
—¿Quién es, madre? ¡Oh, Cielos, es usted!
Intrigada, Cecilia permitió la entrada al joven.
—¿Lo conoces?
La verdad era que ella no se había esperado que apareciera.
—Es el bombero que te dije, el que estaba con CeCe cuando la encontré.
El interés se transformó en algo parecido al placer en el rostro de Cecilia. Sonrió y lo agarró por la muñeca para hacerlo entrar en la casa.
—Ah, pase por favor.
La respuesta inmediata de Lisa fue no, pero ya era demasiado tarde. Su madre estaba cerrando la puerta después de hacer pasar al bombero.
Darmowy fragment się skończył.