Czytaj książkę: «El guardián de la heredera - Las leyes de la atracción - Ocurrió en una isla»
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 511 - noviembre 2020
© 2013 Margaret Way, Pty., Ltd
El guardián de la heredera
Título original: Guardian to the Heiress
© 2011 Trish Wylie
Las leyes de la atracción
Título original: The Inconvenient Laws of Attraction
© 2014 Marion Lennox
Ocurrió en una isla
Título original: Nine Months to Change His Life
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2013 y 2014
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-940-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
El guardián de la heredera
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Epílogo
Las leyes de la atracción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Ocurrió en una isla
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
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Prólogo
SELWYN Chancellor no estaba pasando por uno de sus mejores momentos. Se encontraba en su habitación, en la enorme cama de caoba, semiinconsciente, asaltado por los recuerdos. Sus fragmentados sueños acompañados de un agudo dolor que la morfina apenas atenuaba.
Sabía que se estaba muriendo. No le importaba. La muerte le resultaba un alivio, a pesar de haber sido un hombre que siempre se había negado a enfrentarse al hecho de que algún día moriría como todo el mundo. Porque él no era como todo el mundo. Él era Selwyn Chancellor, multimillonario, un hombre de un gran poder, inmensamente rico. Era presidente de Chancellor Group, un conglomerado de empresas que incluían comercio mercantil, inmobiliaria, industria, servicios y transportes y seguros, con filiales por todo el mundo.
Su padre, sir Edwin Chancellor, al que había adorado, siempre le había instado a destacar en todo. Su padre, en las puertas de la muerte, había profetizado un brillante futuro para él: «Sé que puedo contar contigo, Selwyn. Sé que dejo Chancellor Group en buenas manos».
Por aquel entonces, las palabras de su padre habían sido de suma importancia para él. Pero ahora eso ya no contaba. Al final de sus días, se veía obligado a reconocer que apenas había contado con momentos felices en su vida. Era consciente de que algunos sinceramente sentirían su muerte, pero también sabía que, en el momento en que el médico le declarara muerto, los «buitres» atacarían.
Los «buitres», así llamaba a los miembros de su familia. Su reservada mujer, Elaine, le había dado un hijo, Maurice. La mujer de su hijo, Dallas, se había estropeado mucho con los años. Al menos a su mujer, a Elaine, no le había pasado eso; sin embargo, Elaine, por su temperamento, no había sabido estar nunca a la altura de las circunstancias como esposa de un hombre sumamente poderoso. Y no le había ayudado la prematura muerte de su primogénito, Adam. Al final, Elaine se había quitado la vida, aunque oficialmente se había declarado muerte por accidente.
Pero él sabía que no había sido así. La tragedia nunca le había abandonado. Quizá fuera él mismo el responsable.
Era Adam quien debiera haberle sucedido, Adam quien había tenido los conocimientos y el carácter necesarios para ocupar su puesto. Maurice, por el contrario, se había criado a la sombra de Adam, siempre ineficaz, indolente y demasiado avaro. Y lo mismo podía decirse del hijo de Maurice, Troy, el que más placer sentía por verle morir, a pesar de disimularlo con gran maestría. Troy siempre necesitaba más dinero.
En un momento de extraordinaria claridad, vio a la rolliza enfermera apartarse de la ventana y mirar el reloj. Otra inyección. Esa mujer era una obsesa de la puntualidad. La vio colocar la bandeja en la mesilla de noche y luego agarrar una jeringuilla.
–Déjelo, enfermera. Déjeme. Váyase.
La enfermera abrió la boca y la cerró, tragándose lo que iba a decir.
–Vamos, dígame, ¿a qué está esperando? –gruñó él al ver que la enfermera no se había movido.
–El doctor McDowell vendrá a eso de las dos –respondió la enfermera en tono de reproche.
–¿Y eso tiene que hacerme sentir mejor?
Un brillo hostil asomó a los ojos de ella.
–Necesita otra inyección antes de que venga el médico, señor.
–No me venga con impertinencias. Márchese. Y como deje que algún miembro de mi familia entre en esta habitación, quedará despedida al instante.
Unas gotas de sudor aparecieron en la frente de la enfermera. Estaba sumamente bien pagada, residía ahí esos días y comía a la carta. Nadie quería cuidar al viejo.
–¿Necesita algo antes de que me vaya?
–No. Váyase ya.
La enfermera, con expresión de agravio, se marchó.
Selwyn escuchó su propia respiración. ¿Encontraría la libertad al morir? Ojalá. Ojalá pudiera reunirse con la gente a la que había querido y que había perdido. ¿Y si iban a buscarle? La idea le hizo sonreír. Y, mientras sonreía, tuvo otra visión…
–Toma, son para ti, Poppy –una hermosa niña de cinco años y rizos cobrizos le dio un ramo de flores silvestres.
–¡Son preciosas, cielo! –exclamó él, hundiendo la nariz entre las flores, consciente del riesgo de un ataque de estornudos–. Muchísimas gracias.
–Te quiero, Poppy –le dijo la niña dando saltos a su alrededor.
Carol nunca estaba quieta. La pequeña Carol, la única persona en el mundo que le quería sin reservas.
–Yo también te quiero, cielo –respondió él con absoluta sinceridad.
Él estaba sentado en la terraza de la parte posterior de la casa tomándose un café antes de irse a la oficina. Tras vaciar la taza de café, se puso en pie y tomó la mano de la niña.
–¿Qué vas a hacer hoy? –preguntó a la pequeña.
Era sábado y sabía que la madre de Carol, Roxanne, no se iba a molestar en llevar a la niña a ninguna parte. Roxanne era una madre pésima, pero él había contratado a una excelente niñera, una mujer encantadora de mediana edad y con gran experiencia con niños. La niñera y Carol se llevaban de maravilla.
–¿Por qué papá y tú no os quedáis conmigo en casa hoy, Poppy? –preguntó la niña en tono de ruego.
–No es posible, cielo –respondió él acariciándole los rizos–. Tu padre y yo tenemos trabajo. Un trabajo muy importante.
–¿No puede esperar? –dijo ella con impaciencia.
–Me temo que no. ¿Qué te parece si lo dejamos para mañana? Mañana podríamos ir a Beaumont. ¿De acuerdo?
Tendría que hacer un hueco en su apretado calendario, pero su nieta se lo merecía.
Carol se puso a aplaudir, mirándole con brillantes ojos azules.
–¡Estupendo! Eres el mejor abuelo del mundo –declaró Carol agarrando su gran mano para besársela.
Selwyn no pudo contener un sollozo. Los ojos se le llenaron de lágrimas. No hacía tanto tiempo que su querida nieta había desaparecido, al igual que su hijo Adam. Aunque había seguido al corriente de la vida de su nieta, a pesar de la distancia. La traicionera Roxanne se había vuelto a casar, con Jeff Emmett, un banquero, apenas dieciocho meses después de la muerte de Adam; no obstante, él había seguido encargándose de cubrir todos los gastos referentes a Carol. Había seguido todos los pasos de su nieta. La había observado a distancia, desde el asiento posterior de su Rolls. Y había contratado a su mejor y más discreto investigador privado para que no perdiera de vista a su nieta, y para que le tuviera informado sobre la madre de Carol y su padrastro.
Un año atrás, cuando se enteró de que tenía cáncer, había llamado a su abogado. Pero no a Marcus Bradfield, de Bradfield Douglass, sino a uno de los jóvenes abogados del despacho, Damon Hunter, el hombre que le había dado nuevas ideas para ahorrar dinero a sus empresas. Era Hunter quien se había encargado del nuevo testamento.
Tras investigar a fondo al joven abogado, sus dudas se habían disipado por completo. Hunter era un profesional y un hombre extraordinario, y por eso le había encargado que cuidara del dinero de Carol y velara por sus intereses hasta que su nieta cumpliera los veintiún años el próximo agosto. Sí, a pesar de su juventud, Hunter era su hombre.
Carol era la única de la familia a quien realmente quería. Carol era la hija de Adam.
En sus últimos momentos, Selwyn Chancellor conjuró otra imagen de su nieta, la imagen de la última vez que la había visto: Carol había dirigido la mirada al otro lado de la calle y habría notado el lujoso coche de no ser por haber estado entretenida charlando con una de sus amigas, una de sus compañeras de universidad con quien la había visto en algunas ocasiones. Carol estaba guapa y llena de vida, y verla así le tranquilizó enormemente. Estaba seguro de que Damon Hunter velaría por los intereses de Carol, y eso que él no era proclive a fiarse de nadie.
Debía de estar teniendo alucinaciones porque le pareció que su preciosa Elaine se había detenido a los pies de su cama.
–¿Eres tú, Elaine? –susurró Selwyn tratando de incorporarse.
Ella no habló, pero se le acercó más, como un espíritu listo para encargarse de su alma.
La imagen se hizo más clara. Sí, era Elaine, resplandeciente.
Y Selwyn no tuvo miedo, sino que quiso irse con ella.
Selwyn Chancellor extendió la mano para tomar la de su esposa.
Y se fue con ella.
Capítulo 1
DAMON Hunter estaba metiendo unos papeles en la cartera cuando Marcus Bradfield entró en el despacho con expresión solemne. Marcus Bradfield tenía un bonito rostro de mediana edad al que el exceso de grasa en las mejillas le confería un aire angelical.
–Malas noticias.
Damon dejó lo que estaba haciendo y miró a su jefe a los ojos.
–No me lo digas, Selwyn Chancellor ha muerto.
–Eso es –Bradfield se dejó caer en uno de los sillones delante del escritorio de Damon.
Bradfield era un hombre acaudalado, de familia rica, respetado, un miembro de la élite de la ciudad. Su abuelo, Patrick Bradfield, había sido uno de los fundadores de Bradfield Douglass.
–Maurice me ha telefoneado –una leve sonrisa cruzó el rostro de Bradfield–. Ha fingido estar muy dolido, pero no le ha salido bien del todo.
–No me extraña que le haya costado, teniendo en cuenta lo contento que debe estar –comentó Damon. No aguantaba a Maurice Chancellor ni a su hijo, Troy–. ¿Por qué no me ha llamado a mí también? Al fin y al cabo, soy yo el encargado del testamento.
–Maurice prefiere hablar con los altos cargos, Damon –contestó Bradfield con una sonrisa cínica–. Selwyn Chancellor llevaba años como cliente de este despacho de abogados. Yo soy socio del despacho. Tú aún eres un empleado. ¿No es así?
–Y, sin duda, se me ofrecerá ser socio de la empresa en el futuro –comentó Damon, consciente de que era verdad. Había conseguido clientes para la empresa. De hecho, su nombre se estaba haciendo conocido en el mundo de los negocios–. En cualquier caso, sigo pensando que, después de hablar contigo, debería haberme llamado. Habría sido lo correcto.
–El pobre estaba destrozado –dijo Bradfield con una sonrisa irónica–. Le dije que te lo diría.
–¡Sigue sin parecerme bien! ¿Te ha dicho si se ha puesto en contacto con Carol Emmett, su sobrina? Aunque lleven años sin ponerse en contacto, hay que informarle de la muerte de su abuelo.
–No ha mencionado a Carol –Bradfield hizo un gesto con la mano de no darle importancia–. Además, ¿por qué iba a hacerlo? Hace años que ni se hablan. Y, hablando de Carol, vaya chica guapa. E indomable, por lo que he oído.
–Simplemente joven –declaró Damon–. Y hay que decírselo.
–¿Me equivoco al suponer que el viejo no se ha olvidado de ella en el testamento? –preguntó Bradfield mirando a Damon fijamente a los ojos.
–No, no se ha olvidado de ella –respondió Damon con expresión neutral–. Era su nieta.
–¡Nunca le hizo caso! –exclamó Bradfield con un brillo acusatorio en sus ojos azules. Marcus era un hombre de familia con tres hijas en edad de casarse.
–Eso tú no lo sabes.
Marcus le miró fija y prolongadamente.
–Damon, sabes tan bien como yo que la familia prácticamente la abandonó, a ella y también a su madre. Y hablando de Roxanne… ¡esa sí que es de cuidado! Bastante ligera de cascos, nadie le tenía mucho aprecio. Deberías oír lo que dice mi mujer. Ah, y otra cosa, chico…
–No soy un chico, Marcus.
–Y otra cosa… Maurice no quiere que nadie se entere de la muerte de su padre hasta mañana, momento en el que informará a los medios de comunicación. Selwyn Chancellor era un hombre muy importante. Puede incluso que el primer ministro quiera un funeral de Estado.
–¿En contra de la voluntad de Selwyn Chancellor? –Damon sacudió la cabeza–. Dejó claro que quería un funeral discreto, con su familia y los amigos más cercanos, nada más. Dejó estipulado que se le enterrara en el jardín de su casa de campo, Beaumont, donde supongo que ha muerto. Y dejó claro que quería que Carol asistiera al funeral.
–¿Pero no Jeff ni Roxanne? –preguntó Bradfield, como si se hubieran violado las reglas sociales.
–No, ellos no. Puede que Jeff Emmett sea uno de tus amigos de juventud, pero dejó claro que ni él ni Roxanne aparecieran en el funeral.
–Así que nunca llegó a olvidar, ¿eh? Todo el mundo sabe que Selwyn y su mujer… ¿cómo se llamaba?
–Elaine –respondió Damon.
–Bien, que Selwyn y Elaine culparon a Roxanne por la muerte de Adam, su heredero. Aunque admito que su muerte fue algo sospechosa: mientras navegaban, Adam se da un golpe en la cabeza con la botavara y se cae por la borda, Roxanne trata de lanzarle boyas, pero están atadas; le echa los cojines que tiene a mano, cualquier cosa que flote. Entretanto, el barco sigue navegando a unos ocho nudos por hora.
–Roxanne no sabía nadar, eso es verdad. Y la creyeron.
–No todo el mundo –Bradfield suspiró–. Mi mujer, por ejemplo, nunca la creyó. El viejo Selwyn tampoco, y Elaine mucho menos. Elaine nunca aceptó lo de la muerte por accidente. Los dos somos aficionados a la vela, por lo tanto, sabemos que pueden ocurrir muchas cosas mientras se navega. Pero los padres de Adam Chancellor siempre consideraron a su nuera una homicida.
–Quizá con razón –sugirió Damon–. Es innegable que se comportó de forma muy extraña justo después del accidente: ni una lágrima, siempre impecablemente vestida. Por supuesto, eso no la convierte en una asesina. Pero todo fue muy extraño, por lo que he visto después de leer todo lo que se escribió al respecto.
Bradfield se miró las manos, como si en ellas pudiera encontrar la respuesta.
–Lo único que podemos hacer es especular, y eso no nos conducirá a ninguna parte. Además, aquello pasó hace años, todo el mundo lo ha olvidado.
–Eso no es verdad, Marcus.
–No entiendo a qué viene tanto interés –dijo Bradfield, que quería olvidar el asunto–. El veredicto es lo que cuenta. Jeff Emmett hizo lo correcto: adoptó a la hija de Roxanne al poco tiempo de casarse con ella.
–Estoy convencido de que Roxanne le obligó a ello –Damon agarró su cartera–. Bueno, creo que me voy ya. Ha sido un día de mucho trabajo.
Hacía ya un tiempo que Damon era el primero en llegar a la oficina y el último en marcharse.
Marcus se puso en pie trabajosamente. Había engordado mucho los últimos años.
–Sí, yo también. En fin, ponte en contacto con tu cliente lo antes posible.
Damon se encaminó hacia la puerta.
–Eso pensaba hacer.
Bradfield le puso una mano en el hombro, haciéndole detenerse.
–¿Vas a venir el sábado por la noche?
–No me lo perdería por nada del mundo –respondió Damon aparentando más entusiasmo del que sentía. En realidad, no tenía ninguna gana de ir a la fiesta de cumpleaños de Julie Bradfield, que cumplía treinta.
–No hago más que rezar para que mi Julie encuentre un buen marido –le confió Marcus.
Damon sabía que Marcus le tenía echado el ojo a él.
–Estoy seguro de que lo encontrará –Damon dedicó a su jefe una sonrisa.
«Siempre y cuando no sea yo».
* * *
Sabía su dirección, en las afueras. Se había marchado de la casa de su madre y su padrastro al entrar en la universidad. También sabía que estudiaba Derecho, que era buena estudiante y que podía ser mejor si se aplicaba. Y lo sabía porque contaba con buenas fuentes de información en la facultad donde se había graduado con sobresalientes. Las mismas fuentes le habían contado que Carol Emmett era muy «famosa». No había fiesta a la que asistiera sin que la persiguieran los paparazzi. Por las fotos en la prensa, sabía que era increíblemente bonita, aunque diminuta, con una gloriosa cabellera de rizos rojizos, piel de porcelana y ojos azules.
Y, por su trabajo, debía encontrarla lo antes posible.
El piso que Carol Emmett compartía con dos amigas se encontraba en un edificio con una veintena de apartamentos alquilados en su mayoría por estudiantes universitarios. El edificio estaba en buenas condiciones, en una zona principalmente residencial y con un pequeño parque al lado.
Damon se detuvo delante de la puerta número ocho e iba a pulsar el timbre cuando dos chicas salieron del ascensor. A juzgar por su indumentaria, y una de ellas llevaba una minifalda que mostraba bastante más que sus rollizas rodillas, iban de fiesta.
Las chicas, entre risas, le miraron de arriba abajo. Nada de extrañar, ya que era un hombre de un metro ochenta y ocho de estatura, guapo y próspero.
–¿A quién buscas, guapo? –le preguntó la más descarada de las dos, la de las rodillas rollizas.
–A Carol Emmett –respondió él con tranquilidad, pero con autoridad.
–¡No es posible que seas policía! –la atrevida se fijó en su traje de corte italiano, en la camisa, en la corbata e incluso en los zapatos.
–No, claro que no. Mis intenciones son amistosas.
–¡Vaya suerte que tiene Caro! –la chica lanzó un silbido–. Un poco mayor para ella, ¿no? Los chicos con los que sale Caro son de nuestra edad.
¿Treinta años era ser viejo? Deprimente.
–¿La conocéis?
–Claro –respondió la otra chica, de aspecto normal y corriente, con un mechón de cabello teñido de rosa, sin duda para desviar la atención de su pronunciada nariz–. Es nuestra compañera de piso. Pero no está en casa, ha salido a buscar a Trace.
–¿Y quién es Trace?
–Una amiga –respondió la más atrevida–. Trace siempre está metida en líos y Caro se encarga de ayudarla a salir de apuros.
–¿Tenéis idea de adónde ha ido? Necesito hablar con ella urgentemente. Es muy importante.
Las dos chicas se miraron antes de decidir si se merecía una contestación.
–Supongo que en el agujero en el que vive Trace –contestó la atrevida–. No vive aquí, no puede permitírselo. Ni nosotras, de no ser por Caro. Caro nos ayuda económicamente. No se ha metido en un lío, ¿verdad? –de repente, las dos chicas parecieron preocupadas.
–No, en absoluto. Es solo que tengo que hablar con ella. ¿Dónde… vive Trace?
La atrevida le dio una dirección, en una de las zonas poco recomendables de la ciudad.
* * *
Damon aparcó detrás de un coche con matrícula personalizada que, poco más o menos, anunciaba a Carol Emmett. Las sospechas de sus compañeras de piso se veían confirmadas, Carol estaba en casa de Trace. Y a él no le gustó. A pesar de haber adoptado el apellido de su padrastro, todo el mundo sabía que era la nieta de Selwyn Chancellor. A las puertas de la muerte, su abuelo había expresado el deseo de que adoptara de nuevo el apellido de su padre. De ahora en adelante, Carol Chancellor necesitaría un guardaespaldas.
Damon salió del coche, lo cerró y miró hacia la casa victoriana dividida en apartamentos. Debía de haber sido impresionante en sus buenos tiempos; aún lo era, a pesar de estar tan descuidada. No había ningún tipo de seguridad, la puerta delantera incluso estaba entreabierta. La empujó suavemente, se adentró en el vestíbulo y leyó los nombres de los inquilinos listados en un panel en la pared: a pesar de no ser necesario, las chicas le habían dicho que Trace vivía en el apartamento número seis con su novio. Por cómo habían hablado de él, no creía que a las chicas les gustara el novio de Trace, que no era estudiante universitario.
–Dice que es chef –le había dicho la avispada con un bufido–, y trabaja en un bar de bocadillos.
–Era chef, Amanda, pero le despidieron –había explicado la otra.
Damon estaba subiendo las escaleras cuando oyó gritos y palabras malsonantes. Subió el resto de las escaleras rápidamente, se acercó a la puerta de la que procedía el ruido y llamó con los nudillos.
Le abrió un joven de unos veinticinco o veintiséis años, musculoso y no muy alto. Llevaba camiseta.
–¿Qué quieres?
–Quiero hablar con la señorita Emmett. Está aquí, ¿verdad?
–¿Y si ella no quiere hablar contigo? –al joven se le hincharon las venas del cuello.
–¿Y usted… cómo se llama? –preguntó Damon en tono seco.
–¿Y a ti qué te importa?
Damon le miró de arriba abajo.
–Apártese, por favor. Quiero ver a la señorita Emmett y a su amiga, Tracey. ¿Es usted el novio de Tracey?
–Márchate ahora mismo –gritó el joven–. Tú no eres policía.
El joven fue a cerrar la puerta, pero Damon le dio un empujón y abrió la puerta del todo. Fue entonces cuando vio a una joven de cabello oscuro en una silla, tenía el pómulo amoratado y un ojo casi cerrado.
Damon no soportaba la violencia de género. El daño era tanto físico como moral. Algunas víctimas se consideraban culpables.
Otra joven, que tenía que ser Carol Emmett, apareció con una bolsa de hielo en las manos. Era infinitamente más guapa que en las fotos: una melena preciosa de rizos rojos, piel resplandeciente y unos ojos azul brillante. Llevaba un vestido corto de seda que dejaba ver unas bonitas piernas delgadas. Tenía el cuerpo de una bailarina de ballet.
–¿Qué pasa aquí? –preguntó ella en tono imperioso con voz clara, a pesar de su poca estatura: como mucho, un metro cincuenta y ocho o cincuenta y nueve–. ¿Quién es usted?
Damon casi se echó a reír. Fue entonces cuando el joven aprovechó la oportunidad y, tras agarrar las llaves de la puerta, cerró el puño y se abalanzó hacia él.
En ese momento, Carol Emmett lanzó la bolsa con hielo a la cabeza del novio, aunque no consiguió atinar porque él había logrado pararle y, con una llave, le tenía de rodillas.
–Estás acabado, amigo –le amenazó el novio tratando de liberarse.
–Vaya, qué miedo me das –contestó Damon antes de poner en pie al novio, llevarle a una silla, que la señorita Emmett había levantado del suelo, y hacerle sentarse.
–A esto se le llama trabajo de equipo –ella le miró, su encantadora boca sonriente.
–A propósito, soy su nuevo abogado. Y estoy dispuesto a representar también a Tracey. ¿Es este el tipo que la ha atacado?
–¡Por favor! –exclamó el novio al instante–. Apenas la he tocado. Y a ella le gusta.
Tracey no dijo nada, pero Carol Emmett estalló:
–¡Menos mal que he llegado a tiempo! –exclamó mirando directamente a Damon–. Si no, no sé qué podría haber pasado. Y no es la primera vez, ¿verdad, Tarik?
–Tú no eres amiga de Tracey –gritó el novio–. ¡Tú tienes la culpa! Deberías dejar de meterte donde no te llaman. Lo vas a pagar caro, de eso puedes estar segura.
Enfadado por la amenaza, Damon, que seguía teniéndole agarrado, apretó.
–Eh, me vas a romper el brazo –protestó Tarik.
–Es posible –respondió Damon con voz fría–. Carol, llame a la policía.
Damon miró a Carol, no estaba seguro del todo de que ella no fuera a agarrar el pisapapeles de cristal que tenía a mano y fuera a tirárselo a la cabeza del novio.
–¡No, no! –gritó Tracey, que por fin parecía haber recuperado la voz.
El tono de voz de Tracey le provocó un escalofrío. ¿Cuántas veces había oído esa clase de tono de voz?
Carol, con expresión de no dar crédito, se acercó a su amiga.
–¿Qué demonios te pasa, Trace? ¿Es que no te das cuenta de lo que es capaz este hombre?
–¿Por qué no se sienta, señorita Emmett? –le aconsejó Damon, tratando de calmar la situación–. Deje que yo haga las preguntas.
Carol arqueó las cejas.
–Adelante –dijo Carol con voz seca–. Usted es mi nuevo abogado, ¿no? Aunque eso es una novedad, ya que yo no tengo abogado.
El novio de Tracey lanzó una carcajada desdeñosa.
–¡Te han pillado, amigo!
–Bradfield Douglass –Damon le dio su tarjeta de visita a Carol Emmett–. Damon Hunter a su servicio. Y también al de esta joven, ya que es evidente que necesita ayuda.
En ese momento, Tracey se enderezó y volvió la cabeza, y fue cuando Damon pudo ver el alcance de las lesiones, que incluía magulladuras alrededor del cuello.
–¡Dios mío! –exclamó él en tono bajo–. Carol, haga lo que le he dicho. Llame a la policía.
–Ahora mismo –se acercó al teléfono del piso sin mirar a su amiga.
Después de que Carol hiciera la llamada, Tracey pareció salir de su trance.
–¡Menos mal! –Tracey suspiró, tenía la voz ronca por las lesiones del cuello–. He sido una estúpida.
–¡Y que lo digas! –contestó Carol–. Pero no te preocupes, Trace, saldremos de esta. Voy a meter tus cosas en una bolsa y luego te llevaré a casa. Aquí ya no puedes seguir.
Entonces, mirando a Damon, añadió:
–Puede conseguir una orden de alejamiento contra él, ¿verdad? Es imperativo que Tarik no pueda acercarse a ella.
Damon asintió.
–Me encargaré de ello.
Entonces se oyeron fuertes pisadas en las escaleras y todos volvieron la cabeza.
–Debe de ser la policía –anunció Carol con una mezcla de alivio y satisfacción.
Tarik lanzó un gruñido.
–Voy a denunciarte por agresión –dijo Tarik a Damon.
Damon lanzó una carcajada.
–Adelante.
–Tengo testigos.
Carol lanzó un silbido.
–No digas estupideces, Tarik. Eres tú quien ha agredido a Tracey.
–Policía –anunció una voz delante de la puerta.
Carol Emmett sonrió ampliamente.
–¡Vaya, qué rapidez!
Al final, después de que les tomaran sus declaraciones, Damon siguió a Carol, en su pequeño coche plateado, hasta la casa de ella. Tracey, tras negarse a ir al hospital para que la examinaran, iba en el asiento posterior del vehículo.
–¡Estoy bien! –había insistido Tracey, como si tuviera miedo de ir al hospital.
–¿Y eso cómo lo sabes? –le había preguntado Carol.
–Lo sé.
Fin de la discusión.
Casi una hora más tarde, después de una ducha, ropa limpia y analgésicos, Tracey se dejó acompañar a la cama de Carol, donde se acostó. Carol le había asegurado que no le importaba pasar la noche en el sofá del cuarto de estar.
Cuando Carol, por fin, volvió al cuarto de estar, encontró a Damon mirando unas fotos con las que ella había hecho un collage, lo había enmarcado y lo había colgado de la pared.
El piso de tres dormitorios, cuarto de estar y cocina americana había sorprendido a Damon por el buen gusto con que estaba decorado. El tresillo de cuero color crema era muy bonito, lo mismo que la mesa de cristal de comedor con cuatro sillas de caña. Había una estantería de madera en un rincón con libros variopintos. Una pintura abstracta china colgaba de la pared encima de una consola también china. Unas cortinas amarillas adornaban las puertas de cristal que daban a una pequeña terraza en la que se veían cuatro maceteros amarillos cada uno con un ave del paraíso.
–Parece interesarle mucho –dijo ella con un tono casi burlón.
–Apreciaba el gusto en la decoración. Me encanta la consola china.
–Sí, a mí también. En cuanto a la decoración… merece la pena hacer un poco de esfuerzo. Y costearla.
–Estoy seguro de que sus amigas se lo agradecen.
–Bueno… –Carol dejó pasar el comentario–. ¿Le apetece un café? ¿Una copa de vino? ¿Una ensalada? Podría cenar conmigo, llevo el día entero sin probar bocado.