Czytaj książkę: «Sodoma y Gomorra»
Título original francés: À la recherche du temps perdu IV. Sodome et Gomorrhe.
© de la traducción: Carlos Manzano, 1999, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO629
ISBN: 978-84-9056-184-3
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Cita
Primera parte
Segunda parte
Capítulo primero
Capítulo segundo
Capítulo tercero
Capítulo cuarto
Nota
Primera aparición de los hombres-mujer, descendientes
de los habitantes de Sodoma que se libraron del fuego
del cielo.
Gomorra será de la mujer y Sodoma del hombre.
ALFRED DE VIGNY
PRIMERA PARTE
Sabido es que, antes de ir aquel día — aquel en que se celebraba la velada de la princesa de Guermantes— a hacer la visita al duque y la duquesa que acabo de contar, había yo espiado su regreso y, mientras acechaba, había hecho un descubrimiento, relativo en particular al Sr. de Charlus, pero tan importante en sí mismo, que he aplazado hasta ahora — hasta el momento de poder concederle el lugar y el espacio deseados— su relato. Como he dicho, había abandonado el maravilloso punto de observación, tan confortablemente acondicionado en lo alto de la casa, desde el que se abarcan las accidentadas pendientes por las que se sube hasta el palacete de Bréquigny, alegremente decoradas a la italiana por el rosado campanario del cobertizo perteneciente al marqués de Frécourt. Cuando había pensado que el duque y la duquesa estaban a punto de regresar, me había parecido más práctico apostarme en la escalera. Añoraba un poco mi estancia en las alturas, pero a aquella hora, la de después de almorzar, tenía menos motivos para ello, pues no habría visto, como por la mañana, los minúsculos personajes de cuadros en que se convertían con la distancia los lacayos del palacete de Bréquigny y de Tresmes, haciendo el lento ascenso de la abrupta cuesta, con un plumero en la mano, entre las amplias hojas de mica transparentes que tan gratas destacaban sobre los contrafuertes rojos. A falta de la contemplación del geólogo, tenía al menos la del botánico y miraba por los postigos de la escalera el pequeño arbusto de la duquesa y la preciosa planta expuestos en el patio con la insistencia con la que se hace salir a los jóvenes casaderos y me preguntaba si el improbable insecto vendría — gracias a un azar providencial— a visitar el pistilo ofrecido y desamparado. Como la curiosidad me animaba cada vez más, bajé hasta la ventana de la planta baja, abierta también y cuyos postigos estaban entornados. Oía claramente a Jupien, que se preparaba para marcharse y no podía descubrirme, inmóvil como permanecí detrás de mi persiana, hasta el momento en que me hice a un lado bruscamente para que no me viera el Sr. de Charlus, quien cruzaba despacio — camino de la casa de la Sra. de Villeparisis— el patio, barrigudo, envejecido por la luz del día, canoso. Había sido necesaria una indisposición de la Sra. de Villeparisis, consecuencia de la enfermedad del marqués de Fierbois, con quien estaba enemistado a muerte, para que el Sr. de Charlus hiciese una visita, quizá por primera vez en su vida, a aquella hora, pues con aquella singularidad de los Guermantes — quienes, en lugar de ajustarse a la vida mundana, la modificaban conforme a sus costumbres personales (no mundanas, creían ellos, y dignas, por consiguiente, de que se humillara delante de ellos esa cosa sin valor, la mundanidad: así, la Sra. de Marsantes no recibía un día determinado de la semana, sino todas las mañanas, a sus amigas de diez a doce)— el barón, que reservaba ese tiempo para la lectura, la búsqueda de figuritas antiguas, etcétera, siempre hacía las visitas entre las cuatro y las seis de la tarde. A las seis iba al Jockey o a pasearse por el Bois. Al cabo de un instante, hice un nuevo movimiento de retroceso para no ser visto por Jupien; faltaba poco para que éste se marchara a su oficina, de la que no volvía hasta la hora de cenar e incluso no siempre desde que su sobrina se había ido, hacía una semana, con sus aprendizas al campo, a casa de una clienta, para acabarle un vestido. Después, al darme cuenta de que nadie podía verme, decidí no preocuparme más por miedo a perderme — de producirse el milagro— la llegada casi imposible de esperar — con tantos obstáculos de distancia, riesgos contrarios, peligros— del insecto enviado desde tan lejos como embajador a la virgen, quien desde hacía tanto tiempo prolongaba su espera. Yo sabía que ésta no era más pasiva que en la flor macho, cuyos estambres se habían vuelto espontáneamente para que el insecto pudiera recibirla con mayor facilidad; del mismo modo, la flor hembra que estaba allí, arquearía, coqueta, sus «estilos» — si llegaba el insecto— y, para que pudiera penetrarla mejor, recorrería imperceptiblemente — como una jovencita hipócrita, pero ardiente— la mitad del camino. Las leyes del mundo vegetal están regidas, a su vez, por leyes más altas. La visita de un insecto — es decir, la aportación de la semilla de otra flor — suele ser necesaria para fecundar una flor, porque la autofecundación, la fecundación de la flor por sí misma, como los matrimonios repetidos dentro de una misma familia, entrañaría la degeneración y la esterilidad, mientras que el cruce llevado a cabo por los insectos da a las generaciones siguientes de la misma especie un vigor desconocido por sus antepasados. Sin embargo, esa expansión puede ser excesiva, la especie puede desarrollarse desmesuradamente; entonces, así como una antitoxina defiende contra la enfermedad, el tiroides regula nuestro peso, la derrota acude a castigar el orgullo y la fatiga el placer y así como el sueño descansa, a su vez, de la fatiga, así también un acto excepcional de autofecundación acude en el momento más oportuno a aplicar su vuelta de tuerca, su frenazo, hace volver a la norma la flor que se había salido exageradamente de ella. Mis reflexiones habían seguido una pendiente que más adelante describiré y ya había sacado de la aparente astucia de las flores una consecuencia sobre toda una parte inconsciente de la obra literaria, cuando vi al Sr. de Charlus volver a salir de casa de la marquesa. Sólo habían pasado unos minutos desde su entrada. Tal vez se hubiera enterado — por su vieja pariente misma o por un simple sirviente— de la gran mejora o, mejor dicho, de la curación completa de lo que había sido un simple malestar para la Sra. de Villeparisis. En aquel momento, en el que no se creía observado por nadie, con los párpados bajados para protegerse del sol, el Sr. de Charlus había relajado en su rostro la tensión, había amortiguado la vitalidad facticia que alimentaban en él la animación de la charla y la fuerza de la voluntad. Pálido como un mármol y de nariz grande como era, sus facciones finas ya no recibían con una mirada voluntaria un significado diferente que alterara la belleza de su modelado; ya era tan sólo un Guermantes, parecía ya esculpido — él, Palamède XV— en la capilla de Combray, pero aquellos rasgos generales de toda una familia cobraban en el rostro del Sr. de Charlus una finura más espiritualizada, más dulce sobre todo. Yo lamentaba por él que habitualmente adulterara con tantas violencias, extravagancias desagradables, chismorreos, dureza, susceptibilidad y arrogancia, ocultase bajo una brutalidad artificial la bondad que en el momento en que salía de la casa de la Sra. de Villeparisis veía yo desplegarse, tan ingenua, en su rostro. Con los ojos entornados para protegerse del sol, casi parecía sonreír y aprecié en su rostro — visto así, en reposo y como al natural— una expresión tan afectuosa, tan desarmada, que no pude por menos de pensar en lo mucho que se habría enfadado el Sr. de Charlus, si hubiese sabido que era observado, pues a lo que me recordaba aquel hombre — que tan prendado estaba y tanto presumía de su virilidad, a quien todo el mundo le parecía odiosamente afeminado— era — por tener pasajeramente sus facciones, su sonrisa— a una mujer.
Iba yo a moverme una vez más para que no pudiera verme, pero no tuve tiempo ni lo necesité. ¿Qué vi? Frente a frente, en aquel patio en el que no se habían encontrado, seguro, nunca, pues el Sr. de Charlus sólo acudía al palacete de Guermantes por la tarde, en las horas en que Jupien estaba en su oficina, el barón, tras haber abierto de par en par sus ojos entornados, miraba con una atención extraordinaria al antiguo chalequero en el umbral de su tienda, mientras éste, clavado de súbito al suelo delante del Sr. de Charlus, arraigado como una planta, contemplaba con expresión maravillada la opulencia del envejecido barón, pero, al haber cambiado la actitud del Sr. de Charlus, la de Jupien cobró — cosa más asombrosa aún— armonía, como conforme a las leyes de un arte secreto, con ella. El barón, quien ahora intentaba disimular la impresión que había sentido, pero, pese a su indiferencia afectada, parecía alejarse con pesar, iba, venía, ponía la mirada perdida del modo que, a su juicio, mejor hacía resaltar la belleza de sus pupilas, adoptaba una expresión fatua, descuidada, ridícula. Ahora bien, Jupien, tras perder al instante la expresión humilde y bondadosa que yo había visto siempre en él, había alzado — en perfecta simetría con el barón— la cabeza, infundía a su talla un porte favorecedor, se apoyaba con impertinencia grotesca el puño en la cadera, hacía sobresalir su trasero, adoptaba poses con la coquetería propia de la orquídea ante un abejorro que hubiera llegado providencialmente. No sabía yo que pudiera tener un aspecto tan antipático, pero también ignoraba que fuese capaz de desempeñar de improviso su papel en aquella escena como de los dos mudos, que parecía — pese a encontrarse por primera vez delante del Sr. de Charlus— haber ensayado mucho: sólo alcanzamos espontáneamente esa perfección cuando nos encontramos en el extranjero a un compatriota, con el cual el entendimiento es automático, pues el trujamán es idéntico, aun sin haberlo visto nunca.
Por lo demás, aquella escena no era positivamente cómica, estaba marcada por una rareza o, si se quiere, una naturalidad cuya belleza iba en aumento. En vano adoptaba el Sr. de Charlus una expresión indiferente, bajaba, discreto, los párpados, de vez en cuando volvía a alzarlos y lanzaba entonces a Jupien una mirada atenta, pero, siempre que el Sr. de Charlus miraba a Jupien (seguramente porque pensaba que semejante escena no podía prolongarse indefinidamente en aquel lugar, ya fuera por razones que se entenderán más adelante o por ese sentimiento de la brevedad de todas las cosas en virtud del cual queremos que todo disparo dé en el blanco y que vuelve tan emocionante el espectáculo de cualquier amor), se las arreglaba para que su mirada fuera acompañada de una palabra, por lo que resultaba infinitamente desemejante de las miradas habitualmente dirigidas a una persona conocida o que desconocemos; miraba a Jupien con la fijeza particular de quien va a decirnos: «Perdone mi indiscreción, pero lleva usted un largo hilo blanco colgando de la espalda», o: «No creo equivocarme, debe de ser usted también de Zúrich: me parece haberlo visto a menudo en el mercado de antigüedades». Tal parecía, cada dos minutos, la misma pregunta intensamente formulada a Jupien en la mirada del Sr. de Charlus, como esas frases interrogativas de Beethoven, indefinidamente repetidas, a intervalos iguales, y destinadas a introducir — con un lujo exagerado de preparaciones— un nuevo motivo, un cambio de tono, un «retorno», pero precisamente la belleza de las miradas del Sr. de Charlus y de Jupien se debía, al contrario, a que su fin no parecía ser, al menos provisionalmente, el de conducir a algo. Era la primera vez que yo veía manifestar aquella belleza al barón y a Jupien. En los ojos de uno y otro, el que acababa de alzarse no era el cielo de Zúrich, sino el de alguna ciudadela oriental, cuyo nombre no había yo adivinado aún. Fuera cual fuese el motivo que contuviera todavía al Sr. de Charlus y al chalequero, su acuerdo parecía hecho y aquellas miradas inútiles no ser sino preludios rituales, semejantes a las fiestas que se celebran antes de una boda ya decidida. Parecían, más cerca aún de la naturaleza — y la multiplicidad de esas comparaciones es, a su vez, tanto más natural cuanto que un mismo hombre, si lo examinamos durante unos minutos, parece sucesivamente un hombre, un hombre-pájaro o un hombre-insecto, etcétera— , dos pájaros, el macho y la hembra, el primero de los cuales intentaba aproximarse, mientras que la segunda — Jupien— ya no respondía con señal alguna a aquella maniobra, sino que miraba a su nuevo amigo sin asombro, con una fijeza distraída — considerada seguramente más turbadora y la única útil, en vista de que el macho había dado los primeros pasos— y se contentaba con alisarse las plumas. Al final, ya no pareció bastarle la indiferencia de Jupien; de aquella certidumbre de haber conquistado a hacerse perseguir y desear sólo había un paso y Jupien, tras decidirse a marcharse a su trabajo, salió por la puerta cochera. Sin embargo, hasta después de haber vuelto dos o tres veces la cabeza no se escapó a la calle, adonde el barón, temblando ante la posibilidad de perderle la pista ( silbando ligeramente con expresión fanfarrona, no sin gritar un «adiós» al portero, que, medio borracho y entretenido con unos invitados en su trascocina, ni siquiera lo oyó) , se lanzó con ímpetu para alcanzarlo. En el mismo instante en que el Sr. de Charlus había cruzado la puerta silbando como un gran abejorro, otro, uno de verdad, entraba en el patio. A saber si no sería el esperado desde hacía tanto por la orquídea, que acudía a llevarle el polen, tan escaso y sin el cual permanecería virgen, pero me distraje y dejé de seguir los retozos del insecto, pues, al cabo de unos minutos, Jupien, al volver — tal vez para coger un paquete que después se llevó consigo y que, con la emoción que le había causado la aparición del Sr. de Charlus, había olvidado, tal vez simplemente por una razón más natural— , seguido del barón, solicitó más mi atención. Éste, decidido a precipitar un desenlace, pidió fuego al chalequero, pero observó al instante: «Le pido fuego, pero veo que he olvidado los puros». Las leyes de la hospitalidad pudieron más que las normas de la coquetería. «Entre, se le dará todo lo que desee», dijo el chalequero, en cuyo rostro el desdén dejó paso a la alegría. La puerta de la tienda volvió a cerrarse tras ellos y ya no pude oír nada más. Había yo perdido de vista al abejorro, no sabía si era el insecto que necesitaba la orquídea, pero ya no dudaba de la milagrosa posibilidad — para un insecto muy escaso y una flor cautiva— de conjugarse, mientras que el Sr. de Charlus, que llevaba años acudiendo a aquella casa sólo a las horas en que Jupien no estaba en ella, se había encontrado — en virtud del azar de una indisposición de la Sra. de Villeparisis, simple comparación de los azares providenciales, sean cuales fueren, y sin la menor pretensión científica de equiparar ciertas leyes de la botánica con lo que a veces recibe el más que inadecuado nombre de homosexualidad— al chalequero y con él la buena fortuna reservada a los hombres del tipo del barón por una de esas personas que pueden ser incluso — como veremos— infinitamente más jóvenes que Jupien y más hermosas, el hombre predestinado para que aquéllos disfruten de la voluptuosidad que les corresponde en esta Tierra: aquel a quien sólo gustan los señores mayores.
Por lo demás, lo que acabo de decir aquí es lo que no iba yo a comprender hasta unos minutos después, pues esas propiedades de invisibilidad se adhieren con fuerza a la realidad hasta que una circunstancia la despoja de ellas. En todo caso, me sentía muy contrariado, de momento, por no haber oído la conversación del antiguo chalequero y el barón. Entonces me fijé en la tienda por alquilar, separada de la de Jupien sólo por un tabique extraordinariamente delgado. Para dirigirme a ella, me bastaba volver a subir a nuestro piso, ir a la cocina, bajar por la escalera de servicio hasta los sótanos, seguirlos por el interior durante toda la anchura del patio y — una vez que hubiera llegado al lugar del subsuelo en el que el ebanista guardaba, hacía sólo unos meses, sus artesonados y Jupien pensaba guardar el carbón— subir los escasos peldaños que conducían al interior de la tienda. Así haría todo mi camino a cubierto y nadie me vería. Era el medio más prudente. No fue el que adopté, sino que, bordeando las paredes, rodeé el patio al aire libre procurando no ser visto. Si no lo fui, creo que se lo debo más al azar que a mi prudencia y veo tres posibles razones, suponiendo que haya alguna, para adoptar aquella decisión tan imprudente, cuando el camino por el sótano era tan seguro: lo primero, mi impaciencia; después, un obscuro recuerdo de la escena de Montjouvain, que contemplé oculto delante de la ventana de la Srta. Vinteuil. En realidad, las cosas de esa clase que presencié tuvieron siempre, en su escenificación, el carácter más imprudente y menos verosímil, como si semejantes revelaciones debieran ser la recompensa tan sólo de un acto plagado de riesgos, aunque en parte clandestino. Por último, apenas me atrevo a confesar — por su carácter infantil— la tercera razón, que fue — creo yo— inconscientemente determinante. Desde que, para seguir — y ver desmentidos— los principios militares de Saint-Loup, había seguido con mucho detenimiento la guerra de los boers, me había sentido movido a releer relatos antiguos de exploraciones, de viajes. Dichos relatos me habían apasionado y los aplicaba en la vida corriente para infundirme más valor. Cuando los ataques me habían obligado a permanecer varios días y noches seguidos no sólo sin dormir, sino también sin tumbarme, sin beber y sin comer, en el momento en que la extenuación y el padecimiento llegaban a ser tales, que no me imaginaba librándome de ellos nunca, pensaba en determinado viajero, arrojado a la playa por el mar, envenenado por hierbas malsanas, temblando de fiebre con su ropa empapada por las aguas y que, sin embargo, se sentía mejor al cabo de dos días, volvía a ponerse en marcha sin rumbo fijo en busca de algunos habitantes que tal vez fueran antropófagos. Su ejemplo me tonificaba, me devolvía la esperanza y sentía vergüenza de haber tenido un momento de desánimo. Al pensar en los boers, quienes, teniendo enfrente ejércitos ingleses, no temían exponerse al momento en que, antes de encontrar otra espesura, debían atravesar zonas de campo liso, pensaba: «Estaría bonito que yo, que acabo de afrontar varios duelos sin miedo por el caso Dreyfus, fuera más pusilánime cuando el teatro de operaciones es simplemente nuestro propio patio y el único acero que debo temer es el de la mirada de los vecinos, atentos a sus otros quehaceres, en vez de mirar al patio».
Pero, cuando estuve en la tienda, procurando hacer crujir lo menos posible el suelo, al darme cuenta de que el más ligero ruido en la tienda de Jupien se oía desde la mía, pensé en lo imprudentes que habían sido Jupien y el Sr. de Charlus y en cómo les había sonreído la suerte.
No me atrevía a moverme. El palafrenero de los Guermantes, aprovechando su ausencia seguramente, había trasladado a la tienda en la que me encontraba una escalera guardada hasta entonces en la cochera y, si me hubiese subido a ella, habría podido abrir el tragaluz y oír, como si hubiese estado en la propia casa de Jupien, pero temía hacer ruido. Por lo demás, era inútil. No tuve siquiera que lamentar haber llegado al cabo de tan sólo unos minutos a mi tienda, pues, por lo que oí — simples sonidos inarticulados— en los primeros momentos en la de Jupien, supongo que pronunciaron pocas palabras. Cierto es que aquellos sonidos eran tan violentos, que, si no hubieran ido seguidos — siempre una octava más alta — por una queja paralela, habría podido creer que una persona degollaba a otra junto a mí y después el asesino y su víctima resucitada tomaban un baño para borrar las huellas del crimen. Más adelante saqué la conclusión de que tan ruidoso como el sufrimiento es el placer, sobre todo cuando se le suman — a falta del miedo a tener hijos, cosa que no podía suceder en aquel caso, pese al ejemplo poco convincente de la Leyenda dorada— preocupaciones inmediatas de limpieza. Por fin, al cabo de media hora más o menos — durante la cual me había alzado a paso de lobo por la escalera para ver por el tragaluz, que no abrí— , entablaron una conversación. Jupien rechazaba con firmeza el dinero que el Sr. de Charlus quería darle.
Después el Sr. de Charlus dio un paso fuera de la tienda.
«¿Por qué lleva la barbilla afeitada así?», preguntó Jupien en tono mimoso. «¡Queda tan bien una barba hermosa!». «¡Uf! ¡Es asqueroso!», respondió el barón. Sin embargo, se demoraba aún en el umbral y pedía a Jupien informaciones sobre el barrio. «¿Sabe usted algo del vendedor de castañas de la esquina, no el de la izquierda, que es un horror, sino por el lado de los pares, un mozo muy alto y muy moreno? Y el farmacéutico de enfrente tiene a un ciclista muy amable, que va a entregar sus medicamentos». Aquellas preguntas ofendieron seguramente a Jupien, pues, tras erguirse como una gran coqueta traicionada, respondió: «Ya veo que tiene usted un corazón de alcachofa». Aquel reproche, proferido en tono dolorido, glacial y amanerado, tocó seguramente alguna cuerda sensible del Sr. de Charlus, quien, para borrar la mala impresión que su curiosidad había causado, dirigió a Jupien, en voz demasiado baja para que yo distinguiera bien las palabras, un ruego que requería seguramente la prolongación de su estancia en la tienda y que emocionó lo bastante al chalequero para anular su dolor, pues contempló el rostro del barón, grueso y congestionado bajo el pelo gris, con la expresión de felicidad de alguien cuyo amor propio acaban de halagar profundamente y, tras decidirse a conceder al Sr. de Charlus lo que éste acababa de pedirle y hacer comentarios carentes de distinción, como: «¡Hay que ver qué trasero más grande tiene usted!», Jupien dijo al barón con expresión risueña, emocionada, agradecida y suficiente: «¡Sí, anda, chavalote!».
«Si insisto sobre lo del conductor del tranvía», prosiguió el Sr. de Charlus con tenacidad, «es porque, aparte de todo lo demás, podría presentar cierto interés para el regreso. En efecto, a veces, como el califa que recorría Bagdad con la apariencia de un simple mercader, condesciendo a seguir a alguna personita curiosa cuya silueta me haya agradado». En aquel momento pensé lo mismo que había pensado sobre Bergotte. Si alguna vez hubiera tenido que responder ante un tribunal, no habría empleado frases idóneas para convencer a los jueces, sino frases bergotescas que su temperamento literario particular le sugería naturalmente y cuyo empleo le daba placer. Paralelamente, el Sr. de Charlus utilizaba con el chalequero el mismo lenguaje que con personas mundanas de su círculo, exagerando incluso sus tics, ya fuera porque la timidez contra la que se esforzaba por luchar lo moviese a mostrar un orgullo excesivo o porque, al impedirle dominarse — pues ante alguien que no es de nuestro medio nos sentimos más azorados— , lo obligara a descubrir, a desnudar, su naturaleza, que era, en efecto, orgullosa y un poco loca, como decía la Sra. de Guermantes. «Para no perderle la pista», prosiguió, «monto como un profesorcillo, como un joven y apuesto médico, en el mismo tranvía que la personita, de la que hablamos en femenino simplemente para observar la regla (como cuando se dice refiriéndose a un príncipe: “¿Ya no está enfermo Su Alteza?”). Si cambia de tranvía, tomo, junto con los microbios de la peste tal vez, esa cosa increíble llamada “correspondencia”, un número, y que, aunque me lo entreguen a mí, ¡no siempre es el número uno! Cambio así hasta tres, cuatro veces, de “coche”. A veces acabo a las once de la noche en la estación de Orleáns, ¡y hay que volver! ¡Y si sólo fuera aún la estación de Orleáns! Pero una vez, por ejemplo, al no haber podido entablar conversación antes, fui hasta la propia Orleáns, en uno de esos horribles vagones en los que, entre triángulos de labores llamadas de “red”, la única vista es la fotografía de las principales obras maestras arquitectónicas del trayecto. Sólo había un sitio libre, tenía delante de mí, de monumento histórico, una “vista” de la catedral de Orleáns, la más fea de Francia, y tan cansina de contemplar así, contra mi voluntad, como si me hubieran obligado a mirar fijamente sus torres en la bola de cristal de esos portaplumas ópticos que dan oftalmías. Me apeé en Aubrais al mismo tiempo que mi personita, ¡a quien esperaba — ¡ay!— su familia (cuando yo le suponía todos los defectos, menos el de tener una familia) en el andén! El único consuelo que tuve, mientras esperaba el tren que me devolvería a París, fue la casa de Diana de Poitiers. Por mucho que encantara a uno de mis antepasados reales, habría yo preferido una belleza más viva. Por eso, para remediar el aburrimiento de esos regresos solo, me gustaría mucho conocer a un muchacho de los coches-cama, un conductor de ómnibus. Por lo demás, no debe chocarle a usted», concluyó el barón, «se trata de una cuestión de estilo. En el caso de los jóvenes de la alta sociedad, por ejemplo, no deseo posesión física alguna, pero no me quedo tranquilo hasta haberles tocado — no me refiero a hacerlo materialmente— la cuerda sensible. Una vez que, en lugar de dejar sin respuesta mis cartas, un joven no cesa ya de escribirme y está a mi disposición moral, me calmo o al menos me calmaría, si no me asaltara pronto el interés por otro. Es bastante curioso, ¿verdad? A propósito de jóvenes de la alta sociedad, ¿conoce usted a alguno, entre los que vienen aquí?». «No, nene. ¡Ah, sí! Uno moreno, muy alto, con monóculo, que no deja de reírse y volverse». «No sé a quién se refiere usted». Jupien completó el retrato, el Sr. de Charlus no lograba averiguar de quién se trataba, porque ignoraba que el antiguo chalequero era una de esas personas — más numerosas de lo que se cree— que no recuerdan el color del pelo de sus conocidos, pero, para mí, que conocía ese defecto de Jupien y substituí «moreno» por «rubio», el retrato me pareció corresponder exactamente al duque de Châtellerault. «Volviendo a las personas que no son de las clases populares», prosiguió el barón, «en este momento me tiene sorbido el seso un extraño hombrecillo, un pequeño burgués inteligente que muestra para conmigo una descortesía prodigiosa. No tiene la menor idea del prodigioso personaje que soy yo y del microscópico vibrión que representa él. Al fin y al cabo, ¿qué importa? Ese pobre asno puede rebuznar cuanto quiera ante mi augusta túnica de obispo». «¡Obispo!», exclamó Jupien, que no había entendido nada de las últimas frases que acababa de pronunciar el Sr. de Charlus, pero a quien la palabra «obispo» dejó estupefacto. «Pero eso no cuadra con la religión», dijo. «Tengo tres papas en mi familia», respondió el Sr. de Charlus, «y el derecho a revestirme de rojo en virtud de un título cardenalicio, pues la sobrina del cardenal, tío abuelo mío, aportó a mi abuelo el título de duque. Veo que las metáforas lo dejan a usted sordo y la historia de Francia indiferente. Por lo demás», añadió, tal vez menos a modo de conclusión que de advertencia, «esa atracción que ejercen sobre mí los jóvenes que me rehúyen — por miedo, claro está, pues sólo el respeto les cierra la boca para decirme que me quieren— les exige un rango social eminente. Aun así, su fingida indiferencia puede producir el efecto directamente contrario. Tontamente prolongada, me asquea. Por poner un ejemplo de una clase que le resultará más familiar: cuando repararon mi palacete, para no poner celosas a todas las duquesas que se disputaban el honor de poder decirme que me habían alojado, fui a pasar unos días en un “hotel”, como se suele decir. Uno de los camareros de piso era conocido mío, le indiqué a un curioso “botones” que cerraba las portezuelas y que se mostró refractario a mis propuestas. Al final, para demostrarle que mis intenciones eran puras, le ofrecí, exasperado, una suma ridículamente elevada por subir sólo cinco minutos a hablar conmigo en mi habitación. En vano lo esperé. Le cogí entonces tal asco, que salía por la puerta de servicio para no ver el palmito de aquel briboncillo despreciable. Después me enteré de que no había recibido ninguna de mis cartas, interceptadas por el camarero de piso, quien sentía envidia, la primera, por el portero de día, que era virtuoso, la segunda, por el portero de noche, al que gustaba el botones y se acostaba con él en el momento en que Diana se levantaba, la tercera. Ahora bien, no por ello dejó de persistir mi asco y, aunque me trajeran al botones como simple caza en un plato de plata, lo rechazaría con un vómito, pero lo malo es que hemos hablado de cosas serias y ahora se acabó entre nosotros lo que yo esperaba. Si bien podría usted prestarme grandes servicios, mediar, pero no, ya sólo de pensarlo, me vuelve en parte el vigor y siento que no es algo acabado».
Desde el comienzo de aquella escena, el Sr. de Charlus había experimentado una revolución — para mis ojos abiertos como platos— tan completa, tan inmediata, como si lo hubieran tocado con una varita mágica. Hasta entonces, como yo no había comprendido, no había visto. El vicio — se habla así por comodidad lingüística— de cada cual lo acompaña al modo de ese genio que era invisible para los hombres, mientras ignoraban su presencia. La bondad, la trapacería, el nombre, las relaciones mundanas no se dejan descubrir y se llevan ocultas. El propio Ulises no reconoció al principio a Atenea, pero los dioses son perceptibles de inmediato a los dioses, el semejante en seguida al semejante, así lo había sido aún el Sr. de Charlus a Jupien. Hasta entonces me había yo encontrado ante el Sr. de Charlus del mismo modo que un hombre distraído, quien, ante una mujer encinta cuyo talle agrandado no ha notado, se obstina, mientras ella le repite sonriendo: «Sí, estoy un poco cansada en este momento», en preguntarle indiscretamente: «¿Qué le ocurre?». Pero, si le dicen: «Está embarazada», advierte de pronto el vientre y ya no verá otra cosa. La razón es la que abre los ojos; un error disipado nos da un sentido más.