Czytaj książkę: «El tiempo recobrado»

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Título original francés: À la recherche du temps perdu VII. Le temps retrouvé.

© de la traducción: Carlos Manzano, 1999, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO639

ISBN: 978-84-9056-194-2

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

El tiempo recobrado

Notas

En aquella morada un poco demasiado de campo, que tan sólo parecía un lugar para la siesta entre dos paseos o durante un aguacero (una de esas moradas en las que cada uno de sus salones parece una pérgola y en los papeles pintados de cuyas habitaciones las rosas del jardín —en una— y los pájaros de los árboles —en la otra— nos han dado la bienvenida y nos hacen compañía o al menos nos mantienen aislados, pues se trataba de papeles viejos en los que cada uno de los pájaros y las rosas estaba lo bastante separado para que se pudiera —si hubiesen estado vivos— arrancar —las rosas— y —los pájaros— enjaular y domesticar, sin ninguna de esas grandes decoraciones de las alcobas actuales, en las que, sobre un fondo plateado, todos los manzanos de Normandía han ido a perfilarse con estilo japonés para alucinar las horas que permanecemos en la cama), pasaba yo todo el día, en mi cuarto, que daba a la hermosa vegetación del parque y las lilas de la entrada, a las verdes hojas de los grandes árboles al borde del agua, brillantes de sol, y al bosque de Méséglise. En una palabra, miraba todo aquello con gusto simplemente porque pensaba: «Es bonito tener tanta vegetación en la ventana de mi alcoba», hasta el momento en que en el vasto panorama verdoso reconocí —pintado, al contrario, de azul obscuro, simplemente porque quedaba más lejos— el campanario de la iglesia de Combray. No se trataba de una representación de aquel campanario, sino del campanario mismo, que, al poner así ante mi vista la distancia de los lugares y los años, había ido —en medio de la luminosa vegetación y con un tono muy distinto, tan obscuro, que casi parecía sólo dibujado— a inscribirse en el vano de mi ventana, y, si salía un momento de mi habitación, al final del pasillo, columbraba —por estar orientado de otro modo, como una faja de escarlata— el papel pintado de un saloncito que era una simple muselina, pero roja y lista para incendiarse, si la bañaba un rayo de sol.

Durante aquellos paseos, Gilberte me hablaba de Robert, quien se alejaba de ella, pero para acercarse a otras mujeres, y es cierto que había muchas en su vida y —como ciertas camaraderías masculinas para los hombres que gustan de las mujeres— con ese carácter de defensa en vano ofrecida y de lugar en vano usurpado que tienen en la mayoría de las casas los objetos que no pueden servir para nada. Vino varias veces a Tansonville, estando yo allí. Era muy diferente de cómo lo había conocido yo. Su vida no lo había ensanchado ni entorpecido, como al Sr. de Charlus, sino todo lo contrario, pues, al hacerle experimentar un cambio inverso, le había dado el desenvuelto aspecto de un oficial de caballería —y pese a que había presentado su dimisión en el momento de su boda— hasta un punto que nunca había tenido. A medida que el Sr. de Charlus se había ido entorpeciendo, Robert (y sin duda era infinitamente más joven, pero se tenía la sensación de que no dejaría de acercarse cada vez más a ese ideal con la edad, como ciertas mujeres que sacrifican, resueltas, su rostro a su talla y a partir de determinado momento ya no salen de Marienbad, por pensar que, al no poder conservar a la vez varias juventudes, la del tipo será una vez más la que más podrá representar las otras) se había vuelto más esbelto, más rápido, efecto contrario de un mismo vicio. Por lo demás, aquella velocidad tenía diversas razones psicológicas: el miedo a ser visto, el deseo de no parecer sentirlo, la febrilidad que nace del descontento de uno mismo y del hastío. Tenía la costumbre de acudir a ciertos lugares mal vistos, en los que, como no le gustaba que lo vieran entrar ni salir, se precipitaba para ofrecer a las miradas malévolas de hipotéticos transeúntes la menor superficie posible, como quien se lanza al asalto, y había conservado ese paso de ventolera. Tal vez esquematizara también éste la aparente intrepidez de quien quiere mostrar que carece de miedo y no quiere dejarse tiempo para pensar. Para que no falte nada, deberíamos tener en cuenta el deseo —cuanto más envejecía— de parecer joven e incluso la impaciencia de esos hombres siempre aburridos, siempre hastiados, que son demasiado inteligentes para la vida relativamente ociosa que llevan y en la que no se realizan sus facultades. Seguramente su propia ociosidad puede ser la causa de su dejadez, pero, sobre todo desde que el ejercicio físico goza de favor, la ociosidad ha cobrado una forma deportiva, aun fuera de las horas dedicadas al, deporte, y que se manifiesta en una vivacidad febril, supuestamente encaminada a no dejar tiempo ni lugar para que se desarrolle el aburrimiento, y ya no en dejadez.

Mi memoria —la propia memoria involuntaria— había perdido el amor de Albertine, pero parece existir una memoria involuntaria de los miembros, pálida y estéril imitación de la otra, que vive más tiempo, así como ciertos animales o vegetales ininteligentes viven más tiempo que el hombre. Las piernas y los brazos están llenos de recuerdos embotados. En cierta ocasión en que me había separado de Gilberte bastante temprano, me desperté en plena noche en la habitación de Tansonville y, medio dormido aún, llamé: «Albertine». No es que hubiera pensado en ella ni soñado con ella ni que la confundiese con Gilberte: es que una reminiscencia procedente de mi brazo me había hecho buscar a mi espalda el timbre, como en mi habitación de París, y, al no encontrarlo, había llamado: «¡Albertine!», creyendo que mi difunta amiga estaba acostada junto a mí, como hacía con frecuencia por las noches y nos quedábamos dormidos juntos y, al despertar, calculaba yo el tiempo que Françoise tardaría en llegar para que Albertine pudiera —sin imprudencia— llamar con el timbre, que yo no encontraba.

Al haberse vuelto Robert—al menos durante aquella fase enojosa— mucho más seco, ya no daba casi muestras para con sus amigos —por ejemplo, para conmigo— de la menor sensibilidad, y, en cambio, tenía con Gilberte apariencias de sensiblería que rayaban en la comedia y desagradaban. No era que, en realidad, Gilberte le resultara indiferente. No, la amaba, pero le mentía todo el tiempo; su índole de duplicidad —ya que no el fondo mismo de sus mentiras— quedaba perpetuamente al descubierto, conque sólo creía poder salir airoso exagerando hasta proporciones ridículas la tristeza real que sentía al hacer sufrir a Gilberte. Llegaba a Tansonville, obligado, según decía, a volver a marcharse la mañana siguiente para tratar un asunto con cierto señor del país que supuestamente iba a esperarlo en París y que, al ser visto precisamente aquella noche cerca de Combray, revelaba involuntariamente la mentira de la que Robert no lo había avisado, al decir que había acudido a descansar durante un mes y no volvería a París hasta entonces. Robert enrojecía, veía la sonrisa melancólica y orgullosa de Gilberte, se salía por la tangente insultándolo por metepatas, volvía a casa antes que su mujer, encargaba que le entregaran una nota desesperada en la que le decía que había dicho esa mentira para no apenarla, para que, al verlo volver a marcharse por una razón que no podía decirle, no creyera que no la amaba (y todo ello, aunque lo describiese como una mentira, era, en una palabra, verdad), después mandaba preguntar si podía entrar en la casa de ella y allí —a medias por tristeza real, a medias por exasperación ante aquella vida y a medias simulación cada día más audaz— sollozaba, se sumergía en agua fría, hablaba de su próxima muerte, a veces se tiraba al suelo, como si se encontrara mal. Gilberte no sabía en qué medida debía creerlo, lo suponía mentiroso en cada caso particular, pero de forma general se sentía amada y se preocupaba por aquel presentimiento de una muerte próxima, al pensar que tal vez tuviera una enfermedad de la que ella no estaba enterada y, por esa razón, no se atrevía a contrariarlo y pedirle que renunciara a sus viajes.

Por lo demás, yo comprendía con tanta menor razón a qué se debía que Morel fuese recibido como el hijo de la casa, junto con Bergotte, dondequiera que estuviesen los Saint-Loup: en París, en Tansonville. Morel imitaba a Bergotte de maravilla. Al cabo de un tiempo, ni siquiera fue necesario pedirle que hiciese una imitación. Como esos histéricos a los que ya no es necesario dormir para que se vuelvan tal o cual persona, entraba por sí solo de repente en el personaje.

Françoise, quien ya había visto todo lo que el Sr. de Charlus había hecho por Jupien y todo lo que Robert de Saint-Loup hacía por Morel, no sacaba la conclusión de que fuera un rasgo que reapareciese en ciertas generaciones entre los Guermantes, sino que, como Legrandin ayudaba mucho a Théodore, había acabado —ella, persona tan moral y tan cargada de prejuicios— creyendo que era una costumbre que su universalidad volvía respetable. Decía siempre de un joven, ya fuera Morel o Théodore: «Ha conocido a un señor que siempre se ha interesado por él y lo ha ayudado mucho». Y, como en semejantes casos los protectores son los que aman, los que sufren, los que perdonan, Françoise —entre ellos y los menores a los que corrompían— no vacilaba en atribuirles el papel más hermoso y un «corazón de oro». Censuraba a Théodore, que había hecho muchas faenas a Legrandin, y, sin embargo, parecía no poder abrigar dudas sobre la naturaleza de sus relaciones, pues añadía: «Entonces el joven ha comprendido que debía poner un poco de su parte y le ha dicho: “Lléveme consigo, lo querré mucho, lo mimaré mucho”, y la verdad es que ese señor tiene tan buen corazón, que Théodore puede estar seguro, desde luego, de encontrar junto a él tal vez mucho más de lo que merece, pues es una cabeza loca, pero ese señor es tan bueno, que con frecuencia he dicho a Jeannette (la novia de Théodore): “Mi niña, si alguna vez te encuentras en un apuro ve a ver a ese señor, que preferiría dormir en el suelo y cederte su cama. Ha querido demasiado al niño (Théodore) para ponerlo en la calle. Claro que no lo abandonará nunca”.».

Por cortesía, pregunté a su hermana el apellido de Théodore, que entonces vivía en el Mediodía. «Pero, ¡si fue él quien me escribió en relación con mi artículo para Le Figaro!», exclamé al enterarme de que se llamaba Sautton.

Asimismo, estimaba más a Saint-Loup que a Morel y consideraba que, pese a todas las faenas que el niño (Morel) había hecho, el marqués no lo dejaría nunca en un apuro, pues era un hombre que tenía demasiado buen corazón o, si no, sería porque le hubieran ocurrido a él mismo duros reveses.

Saint-Loup insistía para que yo me quedara en Tansonville y en cierta ocasión dejó escapar —aunque ya no procuraba visiblemente agradarme— que mi llegada había sido para su mujer una alegría tal, que, según le había dicho, había permanecido embargada de gozo toda una noche, una noche en que se sentía tan triste, que, al llegar de improviso, yo la había salvado milagrosamente de la desesperación, «y tal vez de algo peor», añadió. Me pedía que intentara convencerla de que él la amaba y me decía que pronto rompería con su amante de entonces, a quien amaba menos. «Y, sin embargo», añadía con tal fatuidad y tal necesidad de confianza, que a veces pensaba yo que el nombre de Charlie iba a «salir» —pese a Robert— como el número de una lotería, «tenía yo razones para sentirme orgulloso. Esa mujer que me da tantas pruebas de cariño y a quien voy a sacrificar por Gilberte, nunca había prestado atención a un hombre, se creía personalmente incapaz de enamorarse. Yo soy el primero. Yo sabía que se había resistido de tal modo a todo el mundo, que, cuando recibí la adorable carta en la que me decía que sólo conmigo podía haber felicidad para ella, yo no salía de mi asombro. Evidentemente, sería como para embriagarme, si no fuese porque la idea de ver a esa pobrecita de Gilberte anegada en llanto me resulta intolerable. ¿No crees que se parece un poco a Rachel?», me decía. Y, en efecto, me había llamado la atención un vago parecido que ahora se podía encontrar, si acaso, entre ellas. Tal vez se debiera a una similitud real de algunas facciones (debidas, por ejemplo, al origen hebraico, pese a ser tan poco marcado en Gilberte), por la cual Robert, cuando su familia había querido que se casara, se había sentido —en iguales condiciones de fortuna— más atraído por Gilberte. Se debía también a que Gilberte, por haber descubierto fotografías de Rachel, de la que hasta entonces ignoraba incluso el nombre, procuraba —para agradar a Robert— imitar ciertas costumbres caras a la actriz, como llevar siempre lazos rojos en el pelo o una cinta de terciopelo negro en el brazo y teñirse el pelo para parecer morena. Después, al tener la sensación de que sus penas le daban mala cara, intentaba remediarlo. A veces lo hacía desmesuradamente. Un día en que Robert iba a venir por la noche a pasar veinticuatro horas en Tansonville, me quedé estupefacto al verla acercarse a la mesa tan extrañamente distinta no sólo de como era en tiempos, sino también los días habituales, como si tuviese ante mí a una actriz, algo así como una Théodora. Tenía yo la sensación de mirarla demasiado fijamente, con mi curiosidad por saber en qué consistía el cambio. Por lo demás, no tardó ésta en quedar satisfecha, cuando se sonó la nariz y, pese a todas las precauciones con que lo hizo, vi —por todos los colores que quedaron en el pañuelo y que formaban una rica paleta— que estaba completamente pintada. A eso se debía su boca sangrante y que se esforzaba por presentar risueña, por creer que le sentaba bien, mientras que la proximidad de la llegada del tren, sin que Gilberte supiera si su marido se presentaría de verdad o si enviaría uno de esos telegramas cuyo modelo había fijado ingeniosamente el Sr. de Guermantes: «IMPOSIBLE IR. SIGUE MENTIRA», empalidecía sus mejillas bajo el sudor violeta del afeite y ponía un cerco a sus ojos.

«¡Ah! Mira», me decía él con una expresión voluntariamente tierna, que tanto contrastaba con su ternura espontánea de otro tiempo, con una voz alcohólica y modulaciones de actor, «¡no hay nada que yo no diera por ver a Gilberte feliz! Ha hecho tanto por mí. No puedes ni imaginártelo». Lo más desagradable en todo aquello era una vez más el amor propio, pues se sentía halagado por el amor que le prodigaba Gilberte y, sin atreverse a decir que a quien amaba era a Charlie, daba detalles sobre el supuesto amor del violinista por él, que —como bien sabía Saint-Loup, a quien Charlie pedía cada día más dinero— eran exagerados, si no totalmente inventados, y, tras confiarme a Gilberte, volvía a marcharse a París.

Por lo demás —y por adelantar un poco, ya que estoy aún en Tansonville—, en cierta ocasión tuve la oportunidad de columbrarlo —y desde lejos— en una reunión de la alta sociedad, en la que su habla, viva y encantadora pese a todo, me permitía recuperar el pasado; me llamó la atención cuánto estaba cambiando. Se parecía cada vez más a su madre, la actitud de esbeltez altiva que había heredado de ella y que ella había perfeccionado, en su casa, gracias a la educación más consumada, se exageraba, se petrificaba: la penetración de la mirada, propia de los Guermantes, le daba apariencia de inspeccionar todos los lugares por los que pasaba, pero de forma casi inconsciente, mediante algo así como una costumbre y particularidad animal. Incluso inmóvil, el color que era más suyo que de todos los Guermantes y que —de un simple efecto del sol en un día de oro— se había vuelto sólido, le daba como un plumaje tan extraño, hacía de él una especie tan poco común, tan preciosa, que inspiraba el deseo de poseerlo para una colección ornitológica, pero, además, cuando esa luz convertida en ave se ponía en movimiento, en acción, cuando, por ejemplo, veía a Robert de Saint-Loup entrar en una velada en la que me encontraba yo, hacía unos movimientos de cabeza —tan sedosa y orgullosamente encopetada bajo el airón de oro de su pelo, un poco desplumado— y de cuello ágiles, orgullosos y coquetos, tan impropios de los seres humanos, que, ante la curiosidad, a medias mundana y a medias zoológica, que inspiraba, había que preguntarse si nos encontrábamos en el Faubourg Saint-Germain o en el Jardín Botánico y si lo que contemplábamos era un gran señor que cruzaba un salón o un ave que se paseaba por su jaula. Por lo demás, todo aquel regreso a la volátil elegancia de los Guermantes de pico puntiagudo y ojos acerados estaba ahora al servicio de su nuevo vicio, que lo utilizaba a él mismo para disimular. Cuanto más lo utilizaba, más parecía lo que Balzac llama «mariquita». A poco que se recurriera a una pizca de imaginación, el gorjeo no se prestaba menos a esa interpretación que el plumaje. Empezaba a decir frases que consideraba propias del Gran Siglo clásico y con ello imitaba los usos de Guermantes, pero una indefinible cosita de nada hacía que se volvieran al mismo tiempo los del Sr. de Charlus. «Te dejo por un instante», me dijo en aquella velada en la que la Sra. de Marsantes estaba un poco más lejos. «Voy a hacer la corte un poquito a mi madre».

En cuanto a aquel amor del que no cesaba de hablarme, no era, por lo demás, sólo el inspirado por Charlie, si bien éste era el único que contaba para él. Sea cual fuere la clase de amores de un hombre, siempre nos equivocamos sobre el número de personas con las que tiene relaciones, porque interpretamos erróneamente como tales las amistades, lo que constituye un error por añadidura, pero también porque creemos que una relación demostrada excluye otra, lo que constituye otra clase de error. Dos personas pueden decir: «A la amante de X... yo la conozco», pronunciar dos nombres diferentes y no equivocarse ni una ni la otra. Una mujer a la que amamos raras veces basta para todas nuestras necesidades y la engañamos con una mujer a la que no amamos. En cuanto a la clase de amores que Saint-Loup había heredado del Sr. de Charlus, un marido que siente esa inclinación suele hacer feliz a su mujer. Se trata de una regla general a la que los Guermantes encontraban el medio para constituir una excepción, porque quienes sentían esa inclinación querían hacer creer que tenían, al contrario, la de las mujeres. Se exhibían con una u otra y desesperaban a la suya. Los Courvoisier hacían un uso más prudente de ella. El joven vizconde de Courvoisier se creía el único en la Tierra y desde el origen del mundo en sentirse tentado por alguien de su mismo sexo. Por suponer que debía esa inclinación al diablo, luchó contra ella, se casó con una mujer arrebatadora y le hizo hijos. Después se enteró —gracias a uno de sus primos, quien tuvo la bondad de llevarlo incluso a lugares en los que podía satisfacerla— de que se trataba de una inclinación bastante extendida. No por ello dejó de amar aún más a su mujer el Sr. de Courvoisier e intensificó su celo prolífico, por lo que ella y él eran citados como el mejor matrimonio de París. No se decía lo mismo precisamente del de Saint-Loup, porque Robert, en lugar de contentarse con la inversión, hacía morir de celos a su mujer, al mantener, sin placer, a amantes.

Es posible que Morel, por ser excesivamente moreno, fuera necesario a Saint-Loup como la sombra lo es al rayo de sol. No cuesta el menor trabajo imaginar en esa familia tan antigua a un gran señor rubio dorado, inteligente, dotado de todos los prestigios y que oculta en el fondo de la bodega un gusto secreto, ignorado por todo el mundo, por los negros.

Por lo demás, Robert no dejaba nunca que la conversación versara sobre esa clase de amores suyos. Si yo decía una palabra al respecto: «¡Ah! No sé nada», respondía con una indiferencia tan profunda, que dejaba caer su monóculo, «no tengo la menor idea sobre esas cosas. Si deseas informaciones al respecto, querido, te aconsejo que te dirijas a otro. Yo soy un soldado y se acabó. Siento tanta indiferencia por esas cosas como pasión por la guerra de los Balcanes. En tiempos eso te interesaba: la etimología de las batallas. Entonces te decía yo que volveríamos a ver, incluso en las condiciones más diferentes, las batallas típicas: por ejemplo, el gran intento de envolvimiento por el ala, la batalla de Ulm. Pues, mira, por singulares que sean esas guerras de los Balcanes, la de Lule Burgas es una vez más como la de Ulm: el envolvimiento por el ala. Ésos son los temas de los que podemos hablar, pero esas cosas a las que te refieres son sánscrito para mí».

En cambio, Gilberte, hablando conmigo, abordaba con gusto esos asuntos que Robert desdeñaba así: no, desde luego, en relación con su marido, pues lo ignoraba o fingía ignorarlo todo, pero se extendía con gusto sobre ellos en relación con otras personas, ya fuera porque los considerase algo así como una excusa indirecta para Robert o porque éste, dividido, como su tío, entre un silencio severo para con esos asuntos y una necesidad de desahogarse y murmurar, la hubiera instruido en gran medida. De entre todos, el Sr. de Charlus no se salvaba; seguramente Robert, sin hablar de Charlie a Gilberte, no podía por menos de repetir a ésta, de una forma o de otra, lo que el violinista, quien perseguía a su antiguo benefactor con odio, le había contado. Esas conversaciones, a las que Gilberte era tan aficionada, me permitieron preguntarle si, en un género diferente, Albertine, cuyo nombre había oído yo por primera vez gracias a ella, cuando eran amigas del mismo curso, tenía esa inclinación. Gilberte no pudo darme esas informaciones. Por lo demás, ya hacía mucho que había dejado de ofrecer interés alguno para mí, pero yo seguía indagando maquinalmente al respecto, como un viejo que haya perdido la memoria y pregunte de vez en cuando por su hijo, ya fallecido.

Lo que es curioso —y sobre lo que no puedo extenderme— es hasta qué punto todas las personas a las que amaba Albertine, todas las que habrían podido hacer con ella lo que hubieran querido, hacia aquella época pidieron, imploraron, mendigaron —me atrevería a decir—, a falta de mi amistad, algún tipo de relación conmigo. Ya no habría sido necesario ofrecer dinero a la Sra. Bontemps para que me devolviera a Albertine. Aquel regreso de la vida, por producirse cuando ya no servía para nada, me entristecía profundamente, no por Albertine, a quien no me daba placer recibir, si me la hubieran devuelto —no ya de Turena, sino— del otro mundo, sino por una joven a la que yo amaba y a la que no conseguía llegar a ver. Pensaba yo que, si ella muriera o si yo dejase de amarla, todos los que habrían podido acercarme a ella aparecerían ante mis ojos. Entretanto, intentaba en vano influirles, por no haberme curado con la experiencia, gracias a la cual debería haber sabido yo —si es que alguna vez ésta enseñaba algo— que amar es una fatalidad, como las que se dan en los cuentos, contra la cual nada se puede hacer hasta que haya cesado el encantamiento.

«Precisamente el libro que tengo aquí habla de esas cosas», me dijo. (Hablé a Robert de aquel misterioso: «Nos habríamos entendido bien». Declaró no recordarlo y que, en cualquier caso, no había tenido sentido particular alguno.)

«Es un viejo Balzac que estoy estudiando para ponerme a la altura de mis tíos: La muchacha de los ojos de oro, pero es absurdo, inverosímil, una auténtica pesadilla. Por lo demás, una mujer tal vez pueda ser vigilada así por otra mujer, nunca por un hombre». «Te equivocas, yo conocí a una mujer a quien un hombre que la amaba había logrado de verdad secuestrar; nunca podía ver a nadie y sólo podía salir con servidores muy fieles».

«Pues bien, eso debería horrorizarte a ti, que eres tan bueno. Precisamente, Robert y yo, al hablar de eso, pensamos que deberías casarte. Tu mujer te curaría y tú la harías feliz». «No, porque tengo demasiado mal carácter». «¡Qué idea más absurda!». «¡Te lo aseguro! Por lo demás, estuve prometido, pero no pude decidirme a casarme (y ella misma renunció, por mi carácter indeciso y pendenciero)». En efecto, de esa forma demasiado simplista juzgaba yo mi aventura con Albertine, al verla ya sólo desde fuera.

Al volver a subir a mi habitación, me sentía triste por no haber ido una sola vez a ver de nuevo la iglesia de Combray, que parecía esperarme, en medio de la vegetación, en una ventana totalmente violácea. Yo pensaba: «Es igual, otro año lo haré, si no muero de aquí a entonces», al no ver otro obstáculo que mi muerte y no imaginar la de la iglesia, que me parecía haber de durar mucho tiempo después de ella, como lo había hecho mucho tiempo antes de mi nacimiento.

Sin embargo, un día hablé a Gilberte de Albertine y le pregunté si le gustaban las mujeres. «¡Oh! De ningún modo». «Pero en tiempos decías que tenía malas inclinaciones». «¿Qué yo dije eso? Debes de estar equivocado. En todo caso, si lo dije —pero te equivocas— me refería, al contrario, a amoríos con muchachos. Por lo demás, a aquella edad probablemente no llegara demasiado lejos». ¿Me diría Gilberte aquello para ocultarme que a ella misma le gustaban, según me había dicho Albertine, las mujeres y se había insinuado a Albertine? ¿O bien —pues los demás están con frecuencia mejor informados de lo que creemos sobre nuestra vida— sabría que yo había amado a Albertine y había estado celoso de ella y —como los demás pueden saber más verdades sobre nosotros de lo que creemos, pero extenderlas también demasiado lejos y caer en el error por suposiciones excesivas, mientras que nosotros los considerábamos equivocados por falta de suposición alguna— se imaginaría que yo seguía estándolo y me ponía sobre los ojos, por bondad, ese velo que siempre se tiene listo y a mano para los celosos? En todo caso, las palabras de Gilberte —desde «la mala inclinación» de otro tiempo hasta el certificado de buena conducta del presente— seguían una marcha inversa de las afirmaciones de Albertine, quien casi había acabado confesando relaciones a medias con Gilberte. Albertine me había asombrado a ese respecto, como sobre lo que me había dicho Andrée, pues lo primero que yo había creído sobre toda aquella pandilla, antes de conocerla, había sido sobre su perversidad; me había dado cuenta de mis falsas suposiciones, como con tanta frecuencia sucede cuando encontramos a una muchacha honesta y casi ignorante de las realidades del amor en el medio que habíamos creído erróneamente más depravado. Después, había yo recorrido de nuevo el camino en sentido contrario y había vuelto a considerar verdaderas mis suposiciones del comienzo, pero, ¿habría querido tal vez Albertine decirme aquello para parecer más experta de lo que era y para deslumbrarme en París con el prestigio de su perversidad, como la primera vez en Balbec con el de su virtud, y, cuando yo le había hablado de las mujeres a las que gustaban las mujeres, simplemente para no parecer ignorar de qué se trataba, así como en una conversación adoptamos apariencia de entendidos, si se habla de Fourier o de Tobolsk, aunque no sepamos lo que son? Tal vez hubiera vivido cerca de la amiga de la Srta. Vinteuil y de Andrée y separada por una mampara estanca de ellas, quienes creían que «no entendía»,[1] se hubiese informado después —así como una mujer que se casa con un hombre de letras intenta cultivarse— simplemente para complacerme volviéndose apta para responder a mis preguntas, hasta el día en que había comprendido que estaban inspiradas por los celos y había dado marcha atrás: a no ser que hubiera sido Gilberte quien me hubiese mentido. Se me ocurrió incluso la idea de que, por haberse enterado por ella, durante un coqueteo que hubiese orientado en el sentido en que le interesaba, de que no detestaba a las mujeres, era por lo que Robert la había desposado, con la esperanza de experimentar placeres que no había podido recibir en casa, puesto que iba a buscarlos fuera de ella. Ninguna de esas hipótesis era absurda, pues entre mujeres como la hija de Odette o las muchachas de la panda hay tal diversidad, tal cúmulo de gustos alternos, si es que no son simultáneos, que pasan con facilidad de una relación con una mujer a un gran amor a un hombre, por lo que resulta difícil determinar el gusto real y predominante.

No quise pedir prestado a Gilberte su Muchacha de los ojos de oro, puesto que estaba leyéndolo, pero me prestó —para leer antes de dormir aquella última noche que pasé en su casa— un libro que me causó una impresión bastante intensa y confusa, pero no duradera. Era un volumen del diario inédito de los Goncourt.

Y, cuando, antes de apagar la vela, leí el pasaje que transcribo más abajo, mi falta de disposiciones para las letras, presentida en tiempos por la parte de Guermantes y confirmada durante aquella estancia de la que aquella noche —noche de vísperas de partida en que, al cesar el embotamiento de las costumbres que van a acabar, intentamos juzgarnos— era la última, me pareció algo menos lamentable, como si la literatura no revelara una verdad profunda, y al mismo tiempo me resultaba triste que la literatura no fuera lo que yo había creído. Por otra parte, si las cosas bellas de las que hablan los libros no lo eran más de lo que yo había visto, menos lamentable me parecía el estado enfermizo que iba a confinarme en una casa de reposo, pero, como aquel libro hablaba de ellas, sentía —en virtud de una contradicción extraña— deseos de verlas. Éstas son las páginas que leí hasta que la fatiga me cerró los ojos:

43,40 zł
Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
10 października 2024
Objętość:
530 str. 1 ilustracja
ISBN:
9788490561942
Wydawca:
Tłumacz:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania: