Czytaj książkę: «A la sombra de las muchachas en flor»

Czcionka:

Título original francés: À la recherche du temps perdu II. À l’ombre des jeunes filles en fleurs.

© de la traducción: Carlos Manzano, 1999, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO627

ISBN: 978-84-9056-182-9

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

Primera parte: a propósito de la sra. Swann

Segunda parte: Nombres de países. El nombre

Dedico este trabajo a la memoria de Luis Martín Santos, Alejo Carpentier y José Lezama Lima y a Rafael Sánchez Ferlosio y Agustín García Calvo, mis maestros en el arte de la prosa clásico-barroca castellana contemporánea, prácticamente inexistente, por lo demás, salvo en sus obras o fracasada —puramente imitativa de cierto modelo extranjero— en las de un Juan Benet qualunque.

EL TRADUCTOR

PRIMERA PARTE

A PROPÓSITO DE LA SRA. SWANN

Como —cuando se habló de invitar por primera vez a cenar al Sr. de Norpois— mi madre se lamentó de que el profesor Cottard estuviese de viaje y ella misma hubiera cesado por completo de frecuentar a Swann, pues uno y otro habrían interesado seguramente al antiguo embajador, mi padre respondió que un comensal eminente, un sabio ilustre, como Cottard, nunca podía quedar mal en una cena, pero que Swann, con su ostentación, su forma de pregonar a voz en grito hasta sus menores relaciones, era un vulgar fanfarrón a quien el marqués de Norpois habría considerado seguramente «hediondo», como él decía. Ahora bien, esa respuesta de mi padre requiere unas palabras de explicación, pues algunos recordarán tal vez a un Cottard muy mediocre y a un Swann que llevaba hasta la más extrema delicadeza —en materia mundana— la modestia y la discreción, pero, por lo que a éste se refiere, había sucedido que el antiguo amigo de mis padres había sumado —a la de «Swann hijo» y también a la del Swann del Jockey— una personalidad nueva y que no iba a ser la última: la de marido de Odette. Adaptando a las humildes ambiciones de esa mujer el instinto, el deseo, la industria que siempre había tenido, se las había ingeniado para construirse —muy por debajo de la antigua— una posición nueva y apropiada a la compañera que la ocuparía junto con él. Ahora bien, en ella se mostraba como otro hombre. Puesto que —sin dejar de frecuentar él solo a sus amigos íntimos, a quienes no quería imponer la presencia de Odette, cuando no le expresaban espontáneamente su deseo de conocerla— comenzaba una segunda vida, en común con su mujer, entre personas nuevas, se podría haber entendido que, para calibrar su rango y, por consiguiente, la satisfacción del amor propio que podía experimentar al recibirlas, no hubiera utilizado, como punto de comparación, a los miembros más brillantes de su sociedad anterior a su matrimonio, sino relaciones anteriores de Odette, pero, aun sabiendo que con quien deseaba codearse era con inelegantes funcionarios, con mujeres taradas, ornato de los bailes de ministerios, asombraba oírlo —a él, que en el pasado e incluso ahora disimulaba tan elegantemente una invitación de Twickenham o de Buckingham Palace— recalcar bien alto que la esposa de un director general había ido a visitar a la Sra. Swann. El motivo era —se dirá tal vez— que la sencillez del Swann elegante no había sido en él sino una forma más refinada de la vanidad y que, como algunos judíos, el antiguo amigo de mis padres había podido presentar los estados sucesivos por los que habían pasado los de su raza: desde el esnobismo más ingenuo y la zafiedad más grosera hasta la cortesía más fina. Pero la razón principal —y aplicable a la Humanidad en general— era la de que nuestras propias virtudes no son algo libre, que flote y esté permanentemente a nuestra disposición; acaban asociándose tan estrechamente en nuestra alma con las acciones en relación con las cuales nos hemos impuesto el deber de ejercerlas, que, si se nos presenta una actividad de otra clase, nos pilla por sorpresa y sin que se nos ocurra siquiera la idea de que podría entrañar la aplicación de esas mismas virtudes. El Swann solícito con aquellas nuevas relaciones, a las que citaba orgulloso, era como esos grandes artistas modestos o generosos que, si al final de su vida se dedican a la cocina o a la jardinería, ostentan una satisfacción ingenua por los elogios dedicados a sus platos o a sus arriates, en relación con los cuales no admiten la crítica que aceptan gustosos para sus obras maestras o que, si bien son capaces de regalar una de sus telas, no pueden perder cuatro cuartos al dominó sin malhumorarse.

En cuanto al profesor Cottard, volveremos a verlo por extenso mucho más adelante, en casa de la Señora, en el castillo de la Raspelière. Baste ahora observar, ante todo, esto: en el caso de Swann el cambio puede sorprender, si acaso, porque ya se había producido y yo no lo sospechaba cuando veía al padre de Gilberte en los Campos Elíseos, donde —como, por lo demás, no me dirigía la palabra— no podía hacer alarde delante de mí de sus relaciones políticas: cierto es que, si lo hubiera hecho, tal vez yo no habría advertido al instante su vanidad, pues la idea que durante mucho tiempo nos hemos hecho de una persona ciega ojos y oídos; tampoco mi madre distinguió, durante tres años, los afeites que una de sus sobrinas se ponía en los labios, como si hubieran estado invisiblemente disueltos en un líquido, hasta el día en que una partícula suplementaria o cualquier otra causa originó el fenómeno denominado supersaturación, todos los afeites no distinguidos cristalizaron y mi madre —ante aquel repentino exceso de colores— declaró, como habrían hecho en Combray, que era una vergüenza y cesó casi por completo las relaciones con su sobrina, pero, en cambio, en el caso de Cottard la época en que lo hemos visto asistir a los comienzos de Swann en casa de los Verdurin estaba ya bastante lejana; ahora bien, los honores, los títulos oficiales, llegan con los años. En segundo lugar, se puede ser inculto, hacer retruécanos estúpidos y contar con un don que ninguna cultura general puede substituir, como el de un gran estratega o un gran clínico. En efecto, sus colegas no consideraban a Cottard tan sólo un facultativo obscuro que, con el tiempo, había llegado a ser una celebridad europea. Los más inteligentes de los médicos jóvenes declaraban —al menos durante algunos años, pues las modas, por haber nacido, a su vez, de la necesidad de cambio, cambian— que, si alguna vez caían enfermos, Cottard sería el único maestro al que confiarían su piel. Seguramente preferían el trato con ciertos jefes más letrados, más artistas, con quienes podían hablar de Nietzsche, de Wagner. Cuando había música en casa de la Sra. Cottard, en las veladas en que ésta recibía —con la esperanza de que llegara algún día a ser decano de la Facultad— a los colegas y a los alumnos de su marido, éste, en lugar de escuchar, prefería jugar a las cartas en un salón contiguo, pero alababan la prontitud, la profundidad, la seguridad, de su ojo clínico, de su diagnóstico. En tercer lugar, por lo que se refiere a los modales desplegados por el profesor Cottard con un hombre como mi padre, hemos de observar que el que revelamos en la segunda parte de nuestra vida no siempre es —aunque lo sea con frecuencia— nuestro primer carácter desarrollado o debilitado, amplificado o atenuado; a veces es un carácter inverso, un auténtico traje vuelto del revés. Salvo en casa de los Verdurin, que se habían encaprichado con él, la expresión vacilante de Cottard, su timidez y amabilidad excesivas lo habían hecho, en su juventud, objeto de perpetua chacota. ¿Qué amigo caritativo le habría aconsejado adoptar expresión glacial? La importancia de su situación se lo facilitó. Por doquier, salvo en casa de los Verdurin, donde volvía a ser instintivamente él mismo, se volvió frío, silencioso, perentorio —cuando no le quedaba más remedio que hablar— y no olvidaba decir cosas desagradables. Pudo ensayar aquella nueva actitud delante de clientes que —por no conocerlo— no estaban en condiciones de comparar y a quienes habría asombrado mucho saber que no era un hombre de una rudeza natural. Sobre todo se esforzaba por adoptar una actitud impasible e incluso en su servicio del hospital, cuando soltaba algunos de sus retruécanos, que hacían reír a todo el mundo, desde el director de la clínica al externo más reciente, lo hacía siempre sin que se moviera un solo músculo en su rostro, irreconocible, por lo demás, desde que se había afeitado la barba y el bigote.

Para acabar, digamos quién era el marqués de Norpois. Había sido ministro plenipotenciario antes de la guerra y embajador cuando los acontecimientos del 16 de mayo y, aun así, más adelante gabinetes radicales a los que un simple burgués reaccionario se habría negado a servir y que —por su pasado, sus relaciones, sus opiniones— deberían haberlo considerado sospechoso le habían encargado varias veces —cosa que constituyó un gran motivo de asombro para muchos— representar a Francia en misiones extraordinarias, incluso en la de interventor de la deuda en Egipto, donde gracias a sus grandes capacidades financieras había prestado servicios importantes, pero aquellos ministros avanzados parecían darse cuenta de que con semejante designación mostraban su amplitud de miras en lo relativo a los intereses superiores de Francia y resultaban incomparables con los políticos, al merecer que el propio Journal des débats los calificara de estadistas, y, por último, se beneficiaban del prestigio que entraña un apellido aristocrático y del interés que despierta la sorpresa de una elección inesperada y también sabían que, recurriendo al Sr. de Norpois, podían obtener esas ventajas sin tener motivos para temer una falta de lealtad política por su parte, contra la que la cuna del marqués no debía ponerlos en guardia, sino darles garantías, y en eso el Gobierno de la República no se equivocaba. En primer lugar, porque cierta aristocracia, educada desde la infancia para considerar su apellido una ventaja interior de la que nada puede privarla —y cuyo valor conocen sus pares o quienes son de condición aún más alta— sabe que puede evitarse —pues nada le pueden brindar— los esfuerzos que sin resultado ulterior apreciable hacen tantos burgueses para profesar opiniones exclusivamente respetables y frecuentar tan sólo a personas de bien. En cambio, esa aristocracia, deseosa de engrandecerse ante familias principescas o ducales por debajo de las cuales se encuentra inmediatamente situada, sabe que sólo puede lograrlo sumando a su apellido algo de lo que carecía, algo que, en igualdad de condiciones, la hará prevalecer: una influencia política, una reputación literaria o artística, una gran fortuna. Y prodigará —a los políticos, aunque sean masones, que pueden hacer llegar a las embajadas o patrocinar en las elecciones a los artistas o los científicos cuyo apoyo ayuda a «abrirse camino» en el sector en el que sobresalen, y a todos aquellos, por último, que están en condiciones de conferir una nueva ilustración o propiciar el matrimonio con un buen partido— los gastos de que se dispensa con el inútil hidalgüelo solicitado por los burgueses y cuya estéril amistad no le agradecería un príncipe.

Pero, en el caso del Sr. de Norpois, lo que influía sobre todo era que, en un largo ejercicio de la diplomacia, se había imbuido de ese espíritu negativo, rutinario, conservador, llamado «mentalidad de gobierno» y que es, en efecto, la de todos los gobiernos y, en particular, la de todas sus cancillerías. Había adquirido en la Carrera la aversión, el temor y el desdén a los procedimientos más o menos revolucionarios —y, como mínimo, incorrectos— de la oposición. Salvo en algunos iletrados del pueblo y de la alta sociedad, para quienes la diferencia de géneros es letra muerta, lo que aproxima no es la comunidad de opiniones, sino la consanguineidad de mentalidades. Un académico del tipo de Legouvé, quien sería partidario de los clásicos, habría aplaudido de mejor grado el elogio dedicado a Victor Hugo por Maxime Du Camp o Mézières que el de Claudel a Boileau. Un mismo nacionalismo basta para acercar a Barrès a sus electores, quienes no deben de distinguir demasiado entre el Sr. Georges Berry y él, pero no a aquellos de sus colegas de la Academia que, por tener —pese a sus afinidades políticas— otra clase de mentalidad, preferirán incluso a adversarios como los Sres. Ribot y Deschanel, de quienes monárquicos fieles se sienten, a su vez, mucho más próximos, que a Maurras y a Léon Daudet, pese a que éstos también desean el regreso del Rey. El Sr. de Norpois —parco en palabras no sólo por hábito profesional de prudencia y reserva, sino también porque aquéllas tienen más valor, ofrecen más matices a hombres cuyos esfuerzos durante diez años para reconciliar a dos países se resumen, se plasman, dentro de un discurso, de un protocolo, en un simple adjetivo, en el que, pese a ser trivial, ven todo un mundo— tenía fama de muy frío en la Comisión en la que se sentaba junto a mi padre y en la que todo el mundo felicitaba a éste por la amistad de que le daba muestras el antiguo embajador. El primer asombrado de ello fue mi padre, pues, como solía ser poco amable, se había acostumbrado a no estar solicitado fuera del círculo de sus íntimos y lo reconocía con naturalidad. Tenía conciencia de que en las atenciones del diplomático había un efecto de ese punto de vista totalmente individual que cada cual adopta para decidir sus simpatías y según el cual todas las cualidades intelectuales o la sensibilidad de una persona no serán —para uno de nosotros, a quien aburre o irrita— una recomendación tan buena como la franqueza y alegría de otra que a muchos parecería una nulidad vacía y frívola. «De Norpois ha vuelto a invitarme a cenar: es extraordinario; en la Comisión, donde no tiene relaciones particulares con nadie, todos están estupefactos. Estoy seguro de que va a contarme más cosas emocionantes sobre la guerra del 70». Mi padre sabía que tal vez hubiera sido el Sr. de Norpois el único en avisar al Emperador del poder en aumento y de las belicosas intenciones de Prusia y de que Bismarck apreciaba su inteligencia muy en particular. Últimamente, en la Ópera, durante la gala ofrecida al rey Teodosio, los periódicos habían señalado la prolongada conversación que el soberano había concedido al Sr. de Norpois. «Tengo que enterarme de si esa visita del Rey tiene de verdad importancia», nos dijo mi padre, quien se interesaba mucho por la política exterior. «Sé que Norpois es muy cerrado, pero conmigo se abre muy amigablemente».

En cuanto a mi madre, el embajador tal vez no tuviera en sí mismo el tipo de inteligencia por el que se sentía más atraída y debo decir que la conversación del Sr. de Norpois era un repertorio tan completo de las formas caducas del lenguaje propias de una carrera, una clase y una época que para esa carrera y esa clase podría muy bien no estar totalmente abolida, que a veces lamento no haber conservado pura y simplemente en la memoria las palabras que lo oí pronunciar. Así, habría logrado un efecto de estilo anticuado con la misma facilidad y del mismo modo que aquel actor del Palais-Royal que, cuando le preguntaban dónde podía encontrar sus sorprendentes sombreros, respondía: «No los encuentro. Los guardo». En una palabra, creo que mi madre consideraba al Sr. de Norpois un poco «chapado a la antigua», cosa que distaba de parecerle desagradable desde el punto de vista de los modales, pero le encantaba menos en la esfera —ya que no de las ideas, pues las del Sr. de Norpois eran muy modernas— de las expresiones. Ahora bien, notaba que hablarle con admiración del diplomático que le daba muestras de una predilección tan poco común era halagar delicadamente a su marido. Al fortalecer en mi padre la buena opinión que tenía del Sr. de Norpois y, con ello, moverlo a abrigarla también de sí mismo, tenía conciencia de cumplir con aquel de sus deberes consistente en hacer agradable la vida a su esposo, como hacía cuando velaba por que la cocina fuese primorosa y el servicio silencioso, y, como era incapaz de mentir a mi padre, se entrenaba por sí misma en la admiración del embajador para poder alabarlo con sinceridad. Por lo demás, apreciaba con naturalidad su expresión de bondad, su cortesía un poco anticuada —y tan ceremoniosa, que, cuando iba caminando con su alto talle erguido y divisaba a mi madre, quien pasaba en coche, antes de descubrirse para saludarla, arrojaba lejos un puro recién comenzado—, su conversación tan mesurada, en la que hablaba de sí mismo lo menos posible y tenía siempre en cuenta lo que podía ser agradable para el interlocutor, su puntualidad tan sorprendente al responder a una carta, que, cuando mi padre acababa de enviarle una y reconocía su escritura en un sobre, lo primero que se le ocurría era que por mala suerte su correspondencia se había cruzado: parecía que en Correos hubiese recogidas suplementarias y de lujo para él. Mi madre se maravillaba de que fuese, pese a sus muchas ocupaciones, tan puntual y, pese a sus muchas relaciones, tan amable, sin pensar en que los «pese a» son siempre «porque» desconocidos y en que —así como los viejos asombran para su edad, los reyes resultan tan sencillos y los provincianos están al corriente de todo— los propios hábitos eran los que permitían al Sr. de Norpois atender a tantas ocupaciones y ser tan ordenado en sus respuestas, agradar en la alta sociedad y ser amable con nosotros. Además, el error de mi madre, como el de todas las personas demasiado modestas, estribaba en tener siempre en menos —y, por consiguiente, aparte de los demás— todo lo que le atañía. Separaba de la numerosa correspondencia diaria del amigo de mi padre la respuesta que —tan meritoriamente, en su opinión: escribiendo, como escribía, tantas cartas al día— nos había enviado con tanta rapidez, sin pensar en que se trataba de una más; tampoco se paraba a pensar en que una cena en nuestra casa era para el Sr. de Norpois uno de los innumerables actos de su vida social ni en que en otro tiempo la diplomacia había acostumbrado al embajador a considerar las cenas en la ciudad como parte de sus funciones y a mostrar un encanto inveterado, por lo que pedirle que se abstuviera de ello precisamente cuando venía a nuestra casa habría sido demasiado.

La primera cena del Sr. de Norpois en casa, un año en que yo jugaba aún en los Campos Elíseos, se me quedó grabada en la memoria, porque aquel mismo día por la tarde iba yo a ir por fin a ver a la Berma en Fedra y también porque, al platicar con el Sr. de Norpois, me di cuenta de repente y de forma nueva de hasta qué punto los sentimientos despertados en mí por todo lo relativo a Gilberte Swann y sus padres diferían de los que esa misma familia inspiraba a cualquier otra persona.

Seguramente al advertir el abatimiento en que me sumía la proximidad de las vacaciones de Navidad, durante las cuales no iba a poder —como me había anunciado ella misma— ver a Gilberte, un día mi madre, para distraerme, me dijo: «Si aún sigues deseando tanto ver a la Berma, creo que tu padre tal vez te permitiría ir al teatro: podría acompañarte la abuela».

Pero mi padre, hasta entonces tan hostil a que fuese a perder el tiempo y me expusiera a caer enfermo por algo que consideraba —para profundo escándalo de mi abuela— inútil, estaba próximo a considerar aquella velada recomendada por el embajador parte de un impreciso conjunto de recetas preciosas para el logro de una carrera brillante, porque el Sr. de Norpois le había dicho que debía dejarme ir a ver a la Berma, que era un recuerdo digno de conservar para un muchacho. Mi abuela —quien, al renunciar al provecho que, en su opinión, habría entrañado para mí ver a la Berma, había hecho un gran sacrificio en pro de mi salud— se asombró de que, por una simple propuesta del Sr. de Norpois, se pudiera dejar de protegerla. Como tenía puestas sus invencibles esperanzas de racionalista en el régimen —basado en la exposición al aire libre y el acostar temprano— que me había prescrito, deploraba como un desastre esa infracción que yo iba a cometer y decía en tono afligido: «¡Qué poco serio eres!», a mi padre, quien respondía, furioso: «¡Cómo! ¡Ahora es usted quien no quiere que vaya! ¡Hay que ver! ¡Usted, que nos repetía sin cesar que podía venirle bien!».

Pero el Sr. de Norpois había cambiado en un sentido mucho más importante para mí las intenciones de mi padre. Éste había deseado siempre que yo fuera diplomático y yo no podía soportar la idea de que, aunque estuviese algún tiempo destinado en el ministerio, corriera el riesgo de ser enviado algún día como embajador a capitales en las que Gilberte no viviría. Habría preferido volver a los proyectos literarios que en otro tiempo había concebido y abandonado en mis paseos por la parte de Guermantes, pero mi padre se había opuesto constantemente a que optara por la carrera de las letras —muy inferior, a su juicio, a la diplomacia e indigna incluso del título de carrera— hasta el día en que el Sr. de Norpois, quien no apreciaba precisamente a los agentes diplomáticos de las nuevas hornadas, le había asegurado que con la literatura podía granjearme tanta consideración, ejercer tanta influencia y conservar más independencia que en las embajadas.

«¡Pues vaya! Nunca lo habría creído: Norpois no se opone lo más mínimo a que te dediques a la literatura», me dijo mi padre. Y, como él mismo era bastante influyente y creía que nada había que no se arreglara, no encontrase solución apropiada, en la conversación de las personas importantes, añadió: «Voy a traerlo a cenar una noche de éstas, al salir de la Comisión. Hablarás un poco con él para que pueda evaluarte. Escribe algo bueno para que puedas enseñárselo; es muy amigo del director de La Revue des Deux Mondes y con lo astuto que es, conseguirá que te admitan, eso por descontado; y, fíjate, parece opinar que la diplomacia hoy...».

La felicidad que me daría no verme separado de Gilberte me infundía el deseo —pero no la capacidad— de escribir algo hermoso que pudiera enseñar al Sr. de Norpois. Tras algunas páginas preliminares, del aburrimiento se me caía la pluma de las manos, lloraba de rabia al pensar que nunca tendría talento, que no estaba dotado y ni siquiera podría aprovechar la suerte que la próxima visita del Sr. de Norpois me brindaba de permanecer siempre en París. Lo único que me distraía de mi pena era la idea de que iban a dejarme oír a la Berma, pero, así como sólo deseaba ver tormentas en las costas en que eran más violentas, tampoco habría querido oír a la gran actriz sino en uno de esos papeles clásicos en los que, según me había dicho Swann, rayaba en lo sublime, pues, cuando con la esperanza de un descubrimiento precioso deseamos recibir ciertas impresiones de la naturaleza o del arte, sentimos cierta aprensión a la hora de dejar a nuestra alma acoger en su lugar impresiones inferiores, que podrían confundirnos sobre el valor exacto de la belleza. En Andrómaca, en Los caprichos de Marianne, en Fedra, la Berma era una de esas cosas famosas que mi imaginación tanto había deseado. Si llegaba a oír algún día a la Berma recitar estos versos:

Dicen que una pronta partida os alejará de nosotros,

Señor, etc.,

iba a sentir el mismo arrobo que el día en que una góndola me llevara al pie del Tiziano de los Frari o de los Carpaccio de San Giorgio dei Schiavoni. Los conocía por su simple reproducción en blanco y negro en las ediciones impresas, pero, cuando pensaba —como en la realización de un viaje— en que los vería por fin inmersos en la atmósfera y la insolación de la voz dorada, sentía palpitaciones: un Carpaccio en Venecia, la Berma en Fedra, obras maestras del arte pictórico o dramático que el prestigio de que iban acompañadas volvía tan vivaces, es decir, tan indivisibles, que, si hubiera ido a ver cuadros de Carpaccio en una sala del Louvre o a la Berma en una obra de la que nunca hubiese oído hablar, ya no habría experimentado el mismo asombro delicioso por tener al fin los ojos abiertos ante el objeto inconcebible y único de tantos millares de mis sueños. Además, como esperaba del arte de la Berma revelaciones sobre ciertos aspectos de la nobleza, del dolor, me parecía que su grandeza, su realidad, en aquel papel debía de ser mayor, si la actriz lo superponía a una obra de un valor auténtico, en lugar de borrar, en una palabra, verdad y belleza en una trama mediocre y vulgar.

Por último, si iba a oír a la Berma en una obra nueva, no me resultaría fácil juzgar su arte, su dicción, pues no podría distinguir entre un texto que no conocería de antemano y lo que le añadirían las entonaciones y los gestos que me parecerían inseparables de él, mientras que las obras antiguas que me sabía de memoria me parecían vastos espacios reservados y listos, en los que podría apreciar con toda libertad las invenciones gracias a las cuales la Berma los cubriría, como en una pintura al fresco, con perpetuos hallazgos de su inspiración. Por desgracia, llevaba años —desde que había abandonado los grandes escenarios y brindaba el éxito a un teatro de vodevil cuya estrella era— sin interpretar obras clásicas y en vano consultaba yo las carteleras: siempre anunciaban obras muy recientes, compuestas expresamente para ella por autores de moda, cuando una mañana, al buscar en la columna de los teatros las sesiones de tarde de la semana de Año Nuevo, vi por primera vez —como final de función, después de una obra introductoria probablemente insignificante y cuyo título me pareció opaco, porque anunciaba todos los detalles de una acción que yo ignoraba— dos actos de Fedra, con la Sra. Berma, y en las tardes siguientes El mundo galante, Los caprichos de Marianne, nombres que, como el de Fedra, eran para mí —de tanto como me conocía la obra— transparentes, colmados de pura claridad, iluminados hasta el fondo por una sonrisa artística. Me parecieron infundir nobleza a la propia Sra. Berma, cuando leí en los periódicos, después del programa de esas funciones, que había sido ella quien había decidido mostrarse de nuevo ante el público en algunas de sus antiguas creaciones. Así, pues, la artista sabía que ciertos papeles tienen un interés que sobrevive al carácter de su aparición o al éxito de su reposición, las consideraba —interpretadas por ella— obras maestras de museo que podía resultar instructivo volver a mostrar ante los ojos de la generación que la había admirado en ellas o de la que no la había visto. Al anunciar así —entre obras exclusivamente destinadas a hacer pasar el tiempo de una velada— Fedra, cuyo título no era más largo que los suyos y no estaba impreso en caracteres diferentes, añadía como el sobreentendido de una señora de su casa que, al presentarnos a sus comensales en el momento de sentarse a la mesa, nos dice entre nombres de invitados que son simples invitados y con el tono con que ha citado a los otros: el Sr. Anatole France.

El médico que me atendía —el que me había prohibido viajar— desaconsejó a mis padres que me dejaran ir al teatro: volvería enfermo, tal vez para mucho tiempo, y, a fin de cuentas, me daría más sufrimiento que placer. Ese temor habría podido disuadirme, si lo que hubiera esperado de semejante representación hubiese sido tan sólo un placer que un sufrimiento posterior puede, en una palabra, anular por compensación, pero lo que yo pedía a esa sesión de tarde era —como al viaje a Balbec, al viaje a Venecia, que tanto había deseado— algo muy distinto de un placer: verdades pertenecientes a un mundo más real que aquel en el que vivía y de cuya adquisición, una vez lograda, no podrían privarme accidentes insignificantes —aunque fueran dolorosos para mi cuerpo— de mi ociosa existencia. Como máximo, el placer que me brindara la función me parecía la forma tal vez necesaria de la percepción de dichas verdades y era suficiente para que desease que las indisposiciones predichas no comenzaran hasta después de concluida la representación a fin de que no la comprometieran ni falseasen. Imploré a mis padres, que, después de la visita del médico, ya no querían dejarme ir a ver Fedra. Me recitaba sin cesar este parlamento:

Dicen que una pronta partida os alejará de nosotros...

buscando todas las entonaciones con las que se podía pronunciar para calibrar mejor lo inesperado en aquella con la que la Berma acertara. La divina Belleza que debía revelarme el arte de la Berma —escondida, como el sanctasanctórum, tras el telón que me la ocultaba, por lo que yo le atribuía a cada momento un aspecto nuevo, según las palabras de Bergotte, en el opúsculo recuperado por Gilberte, que me venían a la mente: «nobleza plástica, cilicio cristiano, palidez jansenista, princesa de Trézène y de Clèves, drama micénico, símbolo délfico, mito solar»— reinaba, noche y día, en un altar perpetuamente iluminado en el fondo de mi alma, sobre la cual mis padres, severos y livianos, iban a decidir si encerraría o no, y para siempre, las perfecciones de la Diosa revelada en aquel mismo lugar en que se alzaba su forma invisible y, con los ojos clavados en la imagen inconcebible, luchaba de la mañana a la noche contra los obstáculos que mi familia me oponía, pero, cuando éstos hubieron caído, cuando mi madre —aunque aquella sesión de tarde coincidiera precisamente con el día de la sesión de la Comisión después de la cual mi padre iba a traer al Sr. de Norpois a cenar— me hubo dicho: «Bueno, mira, no queremos apenarte: si crees que te dará tanto placer, tendrás que ir», cuando aquel día de teatro, hasta entonces prohibido, ya sólo dependió de mí, me pregunté por primera vez —al no tener ya que ocuparme de que dejara de ser imposible— si era deseable, si no deberían haberme hecho renunciar a ella otras razones distintas de la prohibición de mis padres. Primero, tras haber detestado su crueldad, su consentimiento me los volvía tan queridos, que la idea de causarles pena me la causaba a mí mismo, con lo que ya no me parecía objetivo de la vida la verdad, sino el cariño y aquélla ya no me parecía buena o mala sino en la medida en que mis padres fueran felices o desgraciados. «Si va a afligiros, preferiría no ir», dije a mi madre, quien, al contrario, se esforzaba por disiparme ese recelo de que pudiera entristecerla, pues, según ella, me amargaría el placer que me daría Fedra y por consideración del cual mi padre y ella habían decidido revocar la prohibición, pero entonces esa como obligación de sentir placer me parecía muy gravosa, y, además, si volvía enfermo, ¿me curaría lo bastante aprisa para poder ir a los Campos Elíseos, una vez acabadas las vacaciones, en cuanto volviera a ellos Gilberte? Con todas aquellas razones confrontaba yo —para decidir lo que debía primar— la idea —invisible tras su velo— de la perfección de la Berma. Yo colocaba en uno de los platillos de la balanza «notar a mamá triste, correr el riesgo de no poder ir a los Campos Elíseos» y en el otro «palidez jansenista, mito solar», pero esas propias palabras acababan desdibujándose en mi mente, no me decían ya nada, perdían todo peso; mis vacilaciones se iban volviendo poco a poco tan dolorosas, que, si entonces hubiera optado por el teatro, ya sólo habría sido para hacer que cesaran y verme liberado de ellas de una vez por todas. Para abreviar mi sufrimiento y ya no con la esperanza de un provecho intelectual y cediendo al atractivo de la perfección, no me habría dejado conducir hasta la Diosa de la Sabiduría, sino hasta la implacable divinidad sin rostro y sin nombre con la que la habían substituido subrepticiamente bajo su velo, pero de pronto todo cambió: mi deseo de ir a ver a la Berma recibió un nuevo latigazo que me permitió esperar con impaciencia y alborozo aquella «sesión de tarde»; tras haber ido a hacer ante la columna de los teatros mi parada cotidiana —desde hacía poco tan cruel— de estilita, había visto —húmedo aún— el cartel detallado de Fedra que acababan de pegar por primera vez (y en el que, a decir verdad, el resto del reparto no me aportaba ningún atractivo nuevo que pudiera hacerme decidir). Ahora bien, daba a uno de los fines entre los cuales oscilaba mi indecisión una forma más concreta y —como el cartel no llevaba la fecha del día en que yo lo leí, sino la de aquel en que se celebraría la representación y de la hora incluso a la que se alzaría el telón— más inminente, ya en vías de realización, hasta el punto de hacerme saltar de alegría ante la columna al pensar que aquel día, exactamente a aquella hora, estaría listo para oír a la Berma, sentado en mi butaca y, por miedo a que mis padres no tuvieran ya tiempo de encontrar dos buenas localidades para mi abuela y para mí, volví a casa a todo correr, espoleado por aquellas palabras mágicas que habían substituido en mi pensamiento a «palidez jansenista» y «mito solar»: «Las señoras no serán admitidas en el patio de butacas con sombrero; a las dos de la tarde se cerrarán las puertas».

Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
14 sierpnia 2024
Objętość:
760 str. 1 ilustracja
ISBN:
9788490561829
Wydawca:
Tłumacz:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania: