Czytaj książkę: «El árbol de Judas»

manuel peyrou
el árbol
de judas
Edición al cuidado de Héctor M. Monacci

| Peyrou, ManuelEl árbol de Judas / Manuel Peyrou. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2020.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-650-21. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título.CDD A863 |
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© de dibujo en solapa, Gentileza Sucesión Hermenegildo Sábat
© de diseño de tapa, Osvaldo Gallese
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Impreso en Argentina / Printed in Argentina
Hecho el depósito que marca la ley 11723
Índice
Prólogo | 6
La Delfina | 12
Nada | 24
El matador | 40
De este lado del arroyo del Medio | 68
El árbol de Judas | 82
Sólo los amigos de la aventura pueden
comprender la grandeza del pasado..
Alfred N. Whitehead
Prólogo
Las vidas imaginarias no son nunca totalmente imaginarias y las biografías de personajes históricos no son nunca totalmente reales. Estas afirmaciones casi axiomáticas y, por lo mismo, triviales, me sirven, sin embargo, para encauzar este prólogo, que es la presentación de un personaje. Alguien dijo que no sabía si Plutarco fue historiador o novelista. Estos son los dos extremos entre los cuales se ubica la carrera profesional del biógrafo: a medida que el tiempo se convierte en historia le es más difícil rescatar los rasgos humanos del personaje descrito; pero si el autor elige un héroe que él mismo pudo conocer, por haberlo alcanzado en su infancia o adolescencia, o por tener de su vida referencias directas, puede resultarle más fácil intentar una biografía poética y dramática, hecha de detalles individuales, precisos, matizada de las manías y las inconsecuencias que perfilan el carácter de los hombres.
Cuando se trata de un lapso moderado, es irremediable anotar que, generalmente, para sus comentaristas, sean o no escritores, el pasado se convierte en algo digno de ser humedecido por la elegía; casi nunca se comenta un tiempo que fue peor que el presente: los precios siempre fueron más bajos; los hombres, más decentes; las mujeres, más bellas, lo que algunas veces no deja de ser verdad.
Pero también puede considerarse el pasado como un grupo de sucesos y una serie de circunstancias aptos para prefigurar, integrar y hasta definir esquemas del presente y del tiempo venidero. Si somos capaces de dar un salto hacia atrás, con animoso espíritu poético y no con exclusivo afán documental, quizá logremos volver de esa selva marchita con alguna flor temblorosa y olvidada, modelo de otra, que todavía no existe.
La introducción, en la literatura de intriga, de dos personajes, uno de los cuales sirve casi exclusivamente para poner en evidencia la perspicacia y la inteligencia del otro, ha sido atribuida a Edgar Poe. El talentoso y muy erudito Régis Messac, sin embargo, refiriéndose a Der Geisterseher (El alucinado), de Schiller, afirma: “Parece que es la primera vez que se encuentra, aplicado sistemáticamente, el procedimiento que consiste en presentar la explicación de una serie de hechos por medio de un diálogo entre personajes de ingenio desigual”. Agrega que el poeta alemán pudo inspirarse de una manera general en el empleo de los confidentes de la tragedia clásica, y también que es posible que Poe haya encontrado por su cuenta ese recurso.
Sabemos que los lectores se proyectan en sus héroes literarios y que buscan en el arte lo que no encuentran o lo que les atrae en la vida. Desde el punto de vista de la psicología, para que la proyección sea posible, el personaje tiene que parecerse de algún modo al lector medio, o bien presentarse desdibujado, para que cualquiera pueda proyectarse en él. Pero cuando, como en los casos aludidos, el autor presenta un admirador y un héroe, quizá la proyección se divida entre ambos, o el héroe menor actúe como conductor de la admiración del lector: una suerte de piloto de sus emociones. De este modo Flambeau, el ladrón redimido, pero una mente común, actúa de intermediario, por decirlo así, entre el lector y el Padre Brown, un cura fuera de lo común. También William Faulkner ha utilizado el procedimiento en los cuentos de Gambito de caballo y en la novela Intruso en el polvo. Allí el joven Charles Mallison admira y secunda a su tío, el abogado Stevens y, con la edad, progresa también mentalmente, asimila el estilo de Stevens y, en uno de los relatos, cuando éste, cincuentón, se casa, dice a la pareja: “Mi bendición, niños”. Es posible suponer que, a esta altura del cuento, el lector también ha progresado y respeta plenamente al abogado Stevens.
En Poe, el relator y admirador del caballero Dupin es anónimo; en Faulkner, el relato es hecho por el joven Mallison en forma directa o indirecta, a veces casi anónima, en los cuentos de Gambito de caballo y en la novela antes citada. A cada instante, sin embargo, aparecen rastros que parecerían sugerir algo trenzado y homogéneo, como si Charles o Stevens hubieran contado el asunto al autor, o Stevens, Charles y Faulkner fueran íntimos amigos, o Faulkner hubiera sido alguna vez Charles, lo que no tiene nada de extraño, porque este escritor es de los que logran dar la impresión de ser camaradas de sus personajes. Así leemos: “Él, su tío”, dijo tal cosa, o “Su tío tomó la pipa de marlo”. Es una suerte de punto intermedio entre la primera y la tercera persona del singular, mediante el cual los personajes están como señalándose y definiéndose mutuamente en todos los momentos, exhibiendo una condición moral que alcanza, por supuesto, también a los negros.
Yo también he utilizado a un joven que respeta y admira a un hombre de edad –don Pablo S. Laborde, su padrino–, pero lo he erigido narrador porque supongo que después de muchos años de fervor literario ha aprendido, o cree haber aprendido, a describir los sucesos, las personas y los lugares del pasado.
Los temas son todos imaginarios, con excepción del que motiva el relato titulado “De este lado del arroyo del Medio”, que no lo es tanto. Puedo decir que me ha sobrado material, porque mi imaginación y mis argumentos son menos competentes y seguros que mi nostalgia. Los lugares donde ocurren los hechos son Palermo, el Centro, las proximidades de Pueyrredón y Santa Fe, con la extinta confitería de Moglia –en la última de esas calles, entre Pueyrredón y Larrea, en la acera impar–; una ciudad de Cuyo, que puede ser Mendoza, y la ciudad de San Nicolás. En el relato que da su nombre al libro, la persona que abre la puerta de su casa al joven Juan Carlos, después de la aventura nocturna, es realmente mi madre. La veo por primera vez en mi memoria en una quinta de San Fernando, de traje negro, brillante, con el pelo trigueño peinado hacia arriba, los ojos claros y la nariz recta y fina; lleva un cuello de encaje blanco, sostenido con ballenas. Cruzamos un jardín en cuyos arriates florecen exangües margaritas y pensamientos de color lila, violeta y amarillo; por algún contratiempo –que no recuerdo– yo profiero una palabra cuyo eufemismo habitual era “miércoles”. (Ahora casi todo el mundo cree que “miércoles” es realmente un día de la semana.) Antes de extinguirse en el aire la resonancia de la letra a, que termina y corona triunfalmente la palabra, resuena en mi mejilla, con mayor fuerza, y más triunfalmente aún, la mano enguantada de mi madre. Con ese golpe ella utiliza avant la lettre, como casi todas las madres de entonces, las útiles consecuencias didácticas de los reflejos condicionados, que ahora se aplican para enseñar a los perros y que lamentablemente han sido ya olvidados por los progenitores actuales en la educación de sus niños. Quizá ese golpe fijó en mi memoria algunos otros detalles del lugar, como la casa baja y gris, los árboles, el jaguar que cuidaba la siesta de mi abuelo y que hubo que regalar al Zoológico cuando se volvió cariñoso en demasía, el mono inapetente que daba vuelta el plato de la comida y le ponía una piedra encima. De uno o dos años después es el recuerdo de los días en San Nicolás, en la calle Belgrano, y de un terreno baldío donde jugábamos a los exploradores, con un gato barcino que representaba aceptablemente el papel de tigre de Bengala. También es de San Nicolás la visión de una tarde en que sonó el timbre de la puerta de calle. Era una casa baja, con zaguán; en el zaguán había tres puertas: una hacia el escritorio, otra hacia la sala y la tercera, la cancel, hacia el patio. Acudí al llamado y vi un anciano bajito, de bigotes caídos y blancos; sostenía en cada mano una gallina mal envuelta en papel de diario: el habitual obsequio de la gente de campo. Eran los únicos seres que en los últimos tiempos había privado de la vida. Me preguntó: “¿Está el ‘dotor’?”. Repuse: “¿De parte de quién?”. Contestó con voz tranquila y grave: “De Guillermo Hoyo”. Creo que esa tarde se juntaron por primera vez en mi garganta el sofocón de la angustia y el áspero sabor de la aventura. He apuntado estos episodios, entre otros que guardo en mi memoria, para adelantar un boceto del fondo sobre el cual se desarrollan los cuentos de este libro.
Pero el pasado puede antojársenos paradójicamente espacial, sobre todo si nos alejamos de Buenos Aires; solemos entonces encontrar algo así como yacimientos de tiempo fósil, o de tiempo congelado y envasado, solo conocidos por los especialistas. Tuve esa sensación en el andén de la estación de Miramar, en el verano de 1961. Vi un anciano, bajito y delgado, de pelo canoso, bigote mustio y amarillento y ojos pequeños y vivos. Era casi don Pablo S. Laborde, salvo que algo no había andado bien en sus negocios y en su salud y se lo veía pobre y enjuto. Le pregunté algunas trivialidades, con el vacilante deseo y, al mismo tiempo, el supersticioso temor de que me respondiera con alguna voz antigua y familiar. Me repuso con la antigua voz criolla, y entre otras cosas me dijo con respeto, pero sin humildad, con digna cortesía: “Nací en la estancia ‘La Eufemia’, señor; he recorrido toda la provincia y en todas partes di mi nombre”. Esta naturalidad y hasta ingenuidad en el respeto de sí mismo, esta ruda pero tranquila franqueza, alimentaron de nuevo mi sospecha: en alguna parte, en algún momento, había yo visto un personaje así. Sin embargo, los que yo percibía no eran ni la vibración ni el acento que a la vez ansiaba y temía, aunque oyera flotar en su tono algún matiz quizá reconocible, vagamente familiar, y sintiera al advertirlo la desazón fugitiva del vértigo. De modo que me alegré de haber simplemente escuchado una voz y contemplado un rostro semejantes a otras voces, ya enmudecidas, y a otros rostros, ya borrosos, y no me pareció desdeñable recobrar alguna fracción del tiempo muerto con la ayuda de unos cuantos relatos de intriga.
En el tren, de vuelta a Buenos Aires, pensé por momentos en que el convoy no sólo de hora en hora descontaba kilómetros –pero no demasiados kilómetros, por cierto, porque ahora los ferrocarriles son nuestros–, sino que también multiplicaba años para desprenderse del pasado, y que caían, a los lados del terraplén, 1910, 1915, 1920, hasta que llegué después de unos días, a este instante en que declaro que don Pablo S. Laborde nunca existió, pero que bien pudo haber vivido. Porque está formado por rasgos físicos y morales de personas que conocí, especialmente de mi padre y de mis dos tíos maternos, cuyas frases, expresiones y anécdotas seguí con atención.
M.P.
La Delfina
Las radiantes guirnaldas de lamparitas, blancas, amarillas, azules, caían sobre la Avenida como enormes collares. Las banderas y los estandartes volaban en el viento arremolinado, el rumor de la multitud era como una bruma, en la que parecía flotar el espíritu de la conmemoración.
Habíamos recorrido la Avenida a todo lo largo; la victoria dio la vuelta a la plaza del Congreso y, desandando el camino, se detuvo finalmente en la esquina de Cerrito. Caminamos una cuadra y entramos en el café. Don Pablo empezó a liar un cigarrillo con su habitual parsimonia, y mientras vigilaba concienzudamente la operación, pidió una Llave. Los demás pidieron cerveza y yo solicité una horchata. Los dedos diestros de don Pablo conformaron el tabaco y luego, antes de pegar con saliva el papel de arroz, levantó la vista. Era curtido, aquilino, con un ralo bigote caído, entre amarillento y rojizo.
–Parece mentira –dijo calmosamente–. Esta mañana hemos enterrado a Solorza y ahora estamos aquí, tan divertidos…
Hubo un gruñido de aprobación, sordo y unánime; él miró entonces a uno y otro lado y encendió un fósforo, cuyo efímero pulso se reflejó en sus ojos, de modo que por un instante yo vi tres llamitas en vez de una, y aspiró lentamente el humo.
–Para mí la vida de Solorza fue un misterio –opinó Lagostini–. Mi padre decía que no hay mal que por bien no venga y que eso…
–Sí, eso decía –lo interrumpió don Pablo–. Que Solorza perdió su mujer, pero ganó un reino. Pero yo siempre malicié algo raro…
–Cuente, padrino –pedí con ansiedad.
–Está bueno esto, joven Juan Carlos… –me repuso con una falsa severidad que yo conocía de memoria–. Te dejan salir con la gente grande y encima querés que te entretengan.
Lagostini me apoyó:
–Esta mañana usted prometió decirme la verdad…
–La calle se llamaba entonces Ministro Inglés… –empezó don Pablo.
–Cómo –pregunté, con la secreta intención de provocar en mi padrino alguna de sus respuestas paradojales–. ¿Eso quiere decir que en todo el mundo no había más que un ministro inglés?
Me concedió unos segundos de atención y luego repuso:
–Bien observado… También puede ser que hubiera un ministro inglés tan conocido que no hiciera falta nombrarlo, o que viviera en Londres, o en cualquiera otra parte, un individuo tan original que se permitiera el lujo de ser inglés y ministro al mismo tiempo…
–¿Ser inglés es un lujo? –preguntó Lagostini, obtusamente–. Y ser criollo ¿qué es, entonces?
–Es una fatalidad –le contestó don Pablo, fulminándolo con la mirada.
El esplendor de esa noche quedó durante años grabado en mi corazón. La Avenida entera vibraba de rayos de luz y manchas de sombra y en ese aire, cuyos átomos parecían electrizados, giraba una multitud gesticulante y silenciosa, como las muchedumbres del cinematógrafo mudo. Porque hace mucho tiempo que olvidé los sonidos y las voces correspondientes a aquellos hechos, y sólo recuerdo las imágenes visuales. Veo de nuevo a mi padrino preparando su cigarrillo y mirándome por arriba de sus anteojos; a Lagostini, alto y delgado, de rostro melancólico, pálido y fino, y eterno traje oscuro, que nunca lograba tener razón frente a don Pablo, pero que le era fiel como un perro; y al otro, picado de viruela, de chambergo negro, cuyo nombre no recuerdo –o nunca supe–, que siempre estaba recostado en la puerta del comité de la calle Andes, y seguía a don Pablo a todas partes, a la respetuosa distancia de dos o tres metros. Vuelvo a verlos, envueltos en el humo del café Colón, y luego recuerdo que esa noche, de regreso a mi casa, copié con mi mejor letra –sin sospechar su posterior utilización literaria– algunas frases de don Pablo S. Laborde; esas notas me permiten ahora reconstruir el episodio. Aunque todo empezó y terminó para mí en una noche de fiesta patria, este relato no tiene nada que ver con la historia, sino con ese subproducto de la historia que son los compadritos.
En la calle Ministro Inglés, a pocos pasos de la esquina de Rivera, se levantaba antes del 90 una casa grande y baja, rodeada completamente de jardines y arboledas. Cinco o seis columnas esbeltas sostenían la galería del frente, de baldosas blancas y negras, en cuya parte central se veía la puerta, de madera oscura. En la galería había dos grandes sillones de paja, con almohadones floreados, en uno de los cuales el coronel Bafico tomaba mate y leía el diario opositor durante las mañanas del verano. El otro sillón fue ocupado aquella mañana por Juan Solorza, retirado del ejército, quien habló durante una hora con el coronel, su antiguo jefe de la Campaña del Desierto; pero lo que hablaron y resolvieron no se supo hasta veinte años más tarde.
Al salir, Juan Solorza pasó entre los cedros y las magnolias del jardín y se dirigió inmediatamente a la pensión del Francés, donde residía desde su retiro del servicio, y explicó que se mudaría a alguna casa más al norte. Don Arístedes Lepage le hizo la cuenta, le ayudó a preparar una valija ya bastante averiada y no supo más de él, hasta que la fama le devolvió su nombre, envuelto en un prestigio totalmente insospechado.
Solorza llegó a su nuevo destino, un bajo puesto administrativo en un corralón municipal, y pocos días después empezó a alternar con la gente del barrio. Era bajo, moreno, muy delgado, de ojos verdes. También era muy callado y respetuoso, pero don Pablo Laborde observó que en algunos momentos –en algunos raros instantes– hablaba demasiado de sí mismo y de sus cosas. Un tiempo después de llegar anunció que traería a su mujer de Rosario y que vivirían en una casa entre dos baldíos, cerca de la calle Thames y del arroyo.
Se acercaban las elecciones y Juan Solorza se presentó una tarde en el comité presidido por Romualdo Maidana, que defendía los intereses políticos del coronel Bafico.
–Le debo mi puesto al coronel –dijo, acercándose a la mesa desde donde lo miraba con cierta curiosidad burlona un hombre enorme, de cara ancha y joven, coronada por una incongruente melena plateada–; y aunque no me ha puesto ninguna condición para favorecerme, quiero colaborar con sus amigos.
Romualdo Maidana lo miró un instante con una condescendiente atención y luego le indicó una silla.
–El coronel no me ha dicho nada, pero aquí estamos todos para servirlo a él, y si usted arrima el hombro será bienvenido.
Luego lo presentó a los circunstantes, entre los que estaba mi padrino, Pablo Laborde. Juan Solorza ayudó por las noches en el comité durante seis meses, con desinterés y eficiencia. Don Pablo Laborde observó que con mayor eficiencia aún trabajaba Romualdo –ya desde tiempo atrás– de modo que poco a poco su figura se agrandaba frente a la del coronel Bafico. La gente necesitada no acudía ya al viejo caudillo. Las viudas en procura de pensión, las mujeres que querían sacar a sus maridos de la cárcel, los postulantes de empleos, se dirigían directamente a Romualdo. Solorza parecía observar los acontecimientos con indiferencia. Agradecido al coronel, se hubiera dicho que experimentaba el mismo sentimiento por su jefe inmediato. Era callado, tranquilo. Y aquí fue donde don Pablo observó una curiosa indiscreción en un hombre de las condiciones de Solorza. Cuando se hablaba de mujeres, siempre hacía una elogiosa referencia a la suya –a la Delfina–, a quien nadie conocía, pues desde su llegada de Rosario no había salido de esa casita alejada, sobre la calle Thames, de espaldas al arroyo.
–Ese mozo no es discreto –dijo don Pablo, la noche en que preparaba el banquete a Romualdo por su cumpleaños–. Romualdo se ha apuntado hasta ahora a todas las mujeres lindas del barrio. Elogiar a una delante de él es peligroso.
–Así es –le repuso Rogelio Campos–. Aunque más no sea que por curiosidad, el Gordo puede querer conocerla.
–O por vanidad –completó don Pablo.
Cuatro corderos habían pasado a nutrir a los circunstantes, que ahora jugaban a los naipes, mientras corrían la caña y el vino. Jugaban y hablaban, y el alcohol encendía la imaginación y la sangre. Romualdo, enorme y acalorado, tiró una carta y levantó los ojos. A través del zaguán había visto que un hombre desmontaba de un cebruno claro. El individuo avanzó sacándose el chambergo. Era delgado como una tabla, con una nariz picuda.
–De parte del coronel Bafico –dijo, respetuoso y jadeante–. Me encargó que lo felicite y que le pida que lo excuse. No puede venir porque está un poco resfriado.
–¡Quién te ha visto y quién te ve! –exclamó don Pablo, cuando el falcónido sujeto se alejó–. El coronel pidiéndote disculpas…
Una sonrisa de satisfacción se encendió en el rostro congestionado.
–Hace diez años que actúo por cuenta de otro –dijo–, pero esos años han trabajado en mi favor… Y creo que ya es el momento de independizarme…
Bajo la luz de la lámpara, Solorza lo miró con tranquilidad; luego puso una carta sobre la mesa.
Pasaron dos horas y Solorza arrojó las cartas. Había perdido. Sacó con mucho cuidado un rollo de billetes sucios y los tiró sobre la mesa. Ahí fue cuando don Pablo hizo la segunda observación de la noche, mientras Solorza se levantaba por un instante.
–Es raro –dijo mi padrino–. No podía tener peor juego y he ganado…
Maidana lo miró con sorpresa.
–¿Vos también? –preguntó–. Con las manos que se me dieron debí perder hasta la camisa. ¡Qué mal juego tiene que haber tenido Solorza para perder con nosotros!
La observación murió allí mismo. Un muchacho alto y desgreñado cruzó el segundo zaguán y vino hacia ellos.
–¡Fabián y Lucio van a hacer unos tiritos! –dijo, al llegar.
–Vamos –invitó Romualdo a Laborde.
Densa como una niebla dorada, la luz de la luna colmaba el último patio; en el piso de tierra crecían algunas pocas matas amarillentas y, en uno de los lados, un gran tronco seco y torcido había destruido parte del adobe; hacia el fondo, sobresalían las casuarinas de la quinta de Andrade. Apoyado en el árbol muerto, fumando, Solorza presenciaba ya el simulacro que muchas veces terminaba en sangre. Romualdo y Laborde se acercaron. Sólo se percibían, por momentos, el tañido del acero y la respiración agitada de los tiradores; luego los hombres gritaban, incitándose o burlándose. Los ojos de los espectadores estaban fijos en un punto, como fascinados por ese torbellino que afloraba en destellos, en el que las imágenes de los dos facones parecían multiplicarse por cien facones. Los pasos cortos, nerviosos, los saltos, los esguinces de los cuchilleros levantaban nubes fugaces de polvo, que se convertían en una ligera bruma iluminada, como la que producen los bailarines en un escenario. Hubo un rechinido y un cuchillo saltó en el aire, brillante como un pájaro de plata. El tiempo se detuvo; durante unos segundos sólo se percibió, como llegando desde otro mundo, la tenue música del viento en las casuarinas. Entonces, el hombre desarmado bajó la mano derecha, levantó el pie del mismo lado hacia atrás y tomó rápidamente la alpargata; un instante después, empuñándola como un facón, atajaba con ella los golpes del rival. Un coro de aprobación se alzó en la noche.
Maidana avanzó hacia el centro del patio, con amplio ademán pacificador.
–¡Basta, Lucio! –gritó a uno de los rivales. Luego, palmeando la espalda del otro, agregó–: ¡Este bataraz es de mi gallinero!
Luego, mirando a Solorza con una alegría casi infantil, le preguntó:
–¿No quiere probarse con uno de estos mozos?
El otro contestó suavemente:
–No, señor. Soy un servidor de usted y del coronel Bafico. Si uno de sus mozos me lastima quedaré inútil y no podré cumplir con mi deber…
Romualdo levantó una ceja.
–Si le parece… –dijo.
–Además –continuó Solorza–, esta noche tengo que ir a San Fernando. Me he quedado sin dinero y allí tengo un hermano que me va a ayudar…
–Si se trata de eso… –repuso Romualdo, generoso, introduciendo la mano en el bolsillo.
–Muchas gracias –contestó Solorza, con un ademán de rechazo–. Lo que le pido es que me preste un caballo, el zaino si es posible…
Romualdo asintió con la cabeza, mientras una ligera sonrisa se esbozaba en su rostro.
–¿Va a dejar a su linda mujer sola toda la noche? –preguntó Rogelio Campos a Solorza, que ya había empezado a caminar hacia la calle, y agregó, con falso asombro–: ¡Hay que tenerse fe!
–Para todo hay que tenerse fe… –repuso Juan Solorza.
Dos minutos después se sintió un galope que se alejaba. Hubo un instante de silencio; luego Romualdo bostezó ruidosamente y dijo que se iba a dormir. Todos estuvieron de acuerdo en que era muy tarde y se alejaron detrás de la figura imponente de su jefe. Mi padrino contó que se fue a dormir con un malestar extraño; algo había ocurrido esa noche que él no había entendido bien; algo que era como una cifra escrita en un papel que se pierde, o como el revés de una alfombra, o como un sueño angustioso recordado al despertar y en seguida olvidado. La verdad es que apenas durmió; de pronto lo despertó una mano que lo zamarreaba. Aturdido, entrevió la cara gesticulante de Rogelio Campos. Sólo después de un instante sus palabras cobraron sentido.
–¡Vamos! –le gritaba mientras lo sacudía–. Solorza encontró a Romualdo con su mujer. ¡Pelearon y Romualdo murió!
Entonces mi padrino dio un salto y se levantó. Se puso los pantalones caminando y en la puerta iba aún tratando de ajustar los tiradores. Cruzó el baldío a grandes trancos, tropezando con las matas duras y los yuyos crecidos. Rogelio lo seguía mientras explicaba los hechos, pero don Pablo no lo escuchaba. Ascendieron a la barranca y vieron las cañas hirsutas y los sauces del arroyo. A un lado estaba la casita de Solorza; en frente de ella, sobre la hierba húmeda, el cuerpo de Romualdo rodeado por unos cuantos hombres silenciosos. A unos pasos, liando un cigarrillo, en actitud de espera, estaba Solorza. Don Pablo avanzó, se inclinó y tocó el corazón de Romualdo. Cuando levantó la mano dos gotas negras cayeron sobre el pasto. Con la mano izquierda sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se limpió la sangre.
–¿Cuándo ocurrió esto? –preguntó.
–No hace cinco minutos –respondió Campos–. Sentí ruido, salí y alcancé a ver el final. Cuando cayó Romualdo, me parece que hizo temblar la tierra…
–¡Llévenlo al comité y no digan nada a nadie! –ordenó don Pablo–. El ministro le está tirando al coronel y esto puede ser pretexto para una cuestión. Mañana veremos cómo se arregla…
Entre cinco, apenas pudieron conducir el cuerpo. Don Pablo lo miró alejarse y luego se volvió a Solorza.
–¿Qué pasó? –preguntó con voz opaca.
–Sospeché algo. Volví y lo encontré con ella.
–Vamos a mi casa; trataremos de arreglar el asunto…
–Prefiero verlo mañana –repuso Solorza–. Ahora tengo que hacer algo.
A la mañana siguiente, en la casa de mi padrino, Solorza explicó los hechos con más detalles. Dijo que enfurecido por la traición apuñaló a su mujer, ante la impasibilidad o la sorpresa de Romualdo. Luego, como si su desgracia lo dominara ya irrevocablemente y hasta aumentara sus fuerzas, desafió y mató al seductor. Después, cuando don Pablo y los demás se retiraron, arrojó el cuerpo de Delfina al arroyo, profundo y correntoso en esos días.
Durante dos meses Solorza estuvo ausente. Una mañana regresó, investido por el coronel Bafico del cargo que antes detentara Romualdo. La gente lo recibió con respeto, y los cuchilleros más afamados se honraron con su amistad.
Yo conocía varios recursos de la técnica narrativa de mi padrino. Uno de ellos era el de llevar el relato hasta un punto determinado y luego callarse, dejando algún detalle sin aclarar. Entonces el interlocutor, intrigado, insistía en saber el final. Don Pablo fruncía los labios con ironía y les daba la conclusión, como reprochando a todos que no se hubieran dado cuenta.
–¡Pero Solorza mató a un hombre y a una mujer! –dije con asombro–. ¿No lo mandaron a la cárcel?
–No te olvidés que había matado por defender su honra –repuso.
–Usted dijo que siempre había maliciado algo raro –terció Lagostini.
–Sí; hubo varias cosas que no entendí en aquel asunto –repuso don Pablo–. Y otras que entendí. Por ejemplo, Maidana estaba desde hacía tiempo traicionando a su jefe, el coronel Bafico. Y si yo me daba cuenta, supongo que el coronel no era más lerdo que yo. ¿No les parece?
–Sí. Diga –insistí.
–Poco a poco. Otra cosa que comprendí fue que Solorza, ante un Don Juan como Maidana, cometía una indiscreción, una provocación, al hablar tanto de la belleza de su mujer. Y como Maidana tampoco era lerdo creo que debió ver la provocación y tuvo curiosidad por saber el motivo.
–¿Entonces Solorza quería matar a Maidana en duelo? –interrogó Lagostini, abriendo sus ojos grises.
–No te apurés. No quería matarlo. Debía matarlo –hizo una pausa y giró el rostro hacia la multitud que llenaba la vereda. Luego empezó la interminable operación de armar un cigarrillo y continuó–: Todo, o casi todo se aclaró anoche, antes de morir Juan. Me llamó y me dijo, como una disculpa después de veinte años: “No hice más que cumplir una orden, don Pablo. Traté de hacerlo lo mejor posible”.
–¿Eso dijo?
–Sí. Eso dijo. Y nada más.
–¿Y usted entendió?
–Me sirvió para atar cabos. Y creo que lo que ocurrió puede explicarse fácilmente. El coronel Bafico quería desembarazarse de Maidana, que se estaba agrandando mucho. Pero una vez que lo lograra necesitaba otro hombre de confianza, que cuidara sus intereses. Y ese hombre, probado durante años, era Solorza. Éste podía librarlo de Maidana, pero si a raíz del hecho iba a la cárcel, aunque fuera temporariamente, quedaba inútil para su jefe. Aparte de que podría encontrarse la conexión entre ambos y resultar perjudicado el nombre de Bafico. Entonces, yo pienso que el coronel le dijo a Juan más o menos esto: “Eliminalo, pero en forma de que quedés absuelto de culpa y cargo. Yo te necesito”. Solorza llegó, estudió la modalidad de Maidana y se dio cuenta de que lo más fácil era estimular sus arrestos de seductor… –don Pablo hizo una pausa, que aprovechó para aspirar profundamente el humo. Luego agregó–: Sí… eso es lo que ocurrió…
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