Czytaj książkę: «El hombre del balcón»

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Título original: Mannen på balkongen

© Maj Sjöwall y Per Wahlöö, 1967.

© de la traducción: Martin Lexell y Manuel Abella, 2008.

© de esta edición digital: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2016.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

CODI SAP: OEBO264

ISBN: 9788490067154

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

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1

El sol salió a las tres menos cuarto.

Hora y media antes, el tráfico se había ido reduciendo hasta cesar por completo. Simultáneamente, se fue acallando el rumor de los últimos clientes de los restaurantes, en su camino de vuelta a casa. Los camiones de la limpieza habían pasado barriendo las calles, dejando tras de sí oscuras manchas de humedad en el asfalto. Una ambulancia atravesó aullando la larga calle recta. En silencio, pasó despacio un coche negro con los guardabarros blancos, una antena en el techo y la palabra POLICÍA cruzada sobre las puertas laterales, en mayúsculas. Cinco minutos más tarde pudo oírse un frágil tintineo mientras alguien rompía el cristal de un escaparate con la mano enguantada; poco después, un ruido de pasos correteando y un motor que arrancaba en una calle lateral.

El hombre del balcón había observado todo esto. El balcón era de tipo ordinario, con barandillas tubulares de hierro y piezas laterales de chapa corrugada. De pie, con los brazos apoyados en la barandilla, la brasa de su cigarrillo se vislumbraba como un pequeño punto rojizo en la oscuridad. A intervalos regulares, apagaba su cigarrillo, con cuidado sacaba de la boquilla de madera una colilla de apenas un centímetro de largo y la colocaba junto a las demás. Ya había diez colillas pulcramente alineadas a lo largo del borde del platillo, sobre la pequeña mesa de jardín.

Ahora reinaba el silencio, si cabe hablar de silencio en una noche tibia de comienzos de verano en una ciudad relativamente grande. Faltaba todavía un par de horas para que aparecieran los vendedores de periódicos, arrastrando sus cochecitos infantiles remodelados, y la primera mujer de la limpieza, camino del trabajo.

La media luz fría y gris del amanecer se dispersaba despacio; los primeros resplandores del sol, todavía vacilantes, iban escalando los bloques de cinco o seis plantas, reflejándose en las antenas de televisión y las cilíndricas chimeneas sobre los tejados del otro lado de la calle. Luego, el campo de luz cayó sobre los propios tejados de chapa y se desplazó rápidamente hacia abajo, deslizándose por los canalones y a lo largo de las paredes de ladrillo enlucido, cubiertas con hileras de ventanas cerradas, la mayoría de ellas, con estores bajados o persianas venecianas.

El hombre del balcón se inclinó hacia delante para observar a lo largo de la calle. Esta se extendía de norte a sur, larga y recta, lo que le permitía abarcar con la mirada una extensión de más de dos mil metros. En el momento de su construcción había sido una de las calles más elegantes, orgullo y gala de la ciudad, pero de esto hacía ya cuarenta años. La calle tenía más o menos la misma edad que el hombre del balcón.

Aguzando la vista, pudo divisar una sola figura, muy a lo lejos. Quizás, un agente de policía. Por primera vez en muchas horas entró en el piso, cruzó la única estancia y pasó a la cocina. Había tanta claridad que no hacía falta encender la luz eléctrica. A decir verdad, no la usaba mucho, tampoco durante el invierno. Abrió el armario de la cocina, sacó una cafetera esmaltada, midió una taza y media de agua y dos cucharadas de café poco molido. Puso la cafetera en el fogón, prendió fuego a una cerilla y encendió la llama de gas. Tocó la punta de la cerilla con las yemas de los dedos para asegurarse de que se había enfriado, luego abrió el armario del cubo de la basura y echó la cerilla quemada a la bolsa. Permaneció junto a la cocina hasta que hirvió el café, luego apagó el gas y se fue al baño a orinar, mientras esperaba a que bajaran los posos del café. No tiró de la cadena para no despertar a los vecinos. Volvió a la cocina, vertió cuidadosamente el café en la taza, cogió un terrón de azúcar del paquete medio vacío que había en el fregadero y una cuchara del cajón. Luego se llevó la taza al balcón, la dejó sobre la mesa de madera barnizada y se sentó en la silla plegable. El sol estaba ya bastante alto e iluminaba las fachadas del otro lado de la calle, hasta las plantas más bajas. Sacó del bolsillo una cajita niquelada de rapé, desmenuzó las colillas una tras otra, dejando que las pavesas de tabaco se filtraran entre sus dedos hasta la cajita redonda, estrujó las papelinas en pelotitas del tamaño de un guisante y las puso en el platillo de porcelana desconchado. Removió el café y lo sorbió muy despacio. Una vez más, se oyeron las sirenas a lo lejos. Se levantó y siguió la ambulancia con la mirada, mientras el aullido crecía y luego volvía a debilitarse. Transcurrido un minuto, la ambulancia era ya solo un pequeño rectángulo blanco, que giró a la izquierda en el extremo norte de la calle, desapareciendo de su campo visual. Volvió a sentarse en la silla plegable y se puso a remover distraídamente el café, que se había enfriado. Permaneció quieto, escuchando cómo despertaba la ciudad a su alrededor, en un primer momento, de manera indecisa y desganada.

El hombre del balcón era de estatura mediana y constitución normal. Tenía un rostro corriente y vestía una camisa blanca sin corbata, pantalones de gabardina marrones sin planchar, calcetines grises y zapatos negros. El pelo ralo, peinado hacia atrás; la nariz, prominente y los ojos, azul grisáceos.

Eran las cinco y media de la mañana del 2 de junio de 1967. En la ciudad de Estocolmo.

El hombre del balcón no tenía la sospecha de estar siendo observado. A decir verdad, no tenía impresión alguna. Pensó que más tarde se prepararía unas gachas de avena.

La calle empezaba a llenarse de vida. El tráfico se intensificaba y la fila de coches que esperaba ante el semáforo en rojo se iba haciendo cada vez más larga. La furgoneta de una panadería pitó con crispación a un ciclista que, sin hacer caso, había irrumpido en el centro de la calzada. Dos coches que venían detrás tuvieron que frenar en seco.

El hombre se levantó, apoyó los brazos en la barandilla y bajó la mirada a la calle. El ciclista reculaba nervioso hacia el borde de la acera, fingiendo no oír los insultos que le dirigía el repartidor del pan.

Por las aceras, los escasos transeúntes caminaban apresurados. Bajo el balcón, un par de mujeres con vestidos claros de verano charlaba al lado de la gasolinera. Junto a un árbol situado un poco más allá había un hombre paseando a un perro. Tiraba de la correa con impaciencia, pero el perro salchicha continuaba olisqueando en torno al árbol, haciendo caso omiso.

El hombre del balcón se incorporó, se pasó la mano por el pelo ralo y metió las manos en los bolsillos. Eran ahora las ocho menos veinte y el sol ya estaba en lo alto. Alzó la vista al cielo, donde un avión trazaba una estría de lana blanca, formando un arco por encima de los tejados. Luego volvió a fijarla en la calle, mientras observaba a una señora mayor de pelo blanco, vestida con un abrigo azul claro, que estaba ante la panadería de la casa de enfrente. Rebuscó en su bolso durante un buen rato, hasta que consiguió encontrar la llave que abría la puerta. Vio cómo la mujer la extraía, volvía a introducirla en la cerradura, esta vez por el lado de dentro del local, y cerraba la puerta tras de sí. Un estor blanco permanecía bajado tras el cristal de la puerta, con el texto de CERRADO.

Al mismo tiempo que la puerta se cerraba, se abrió el portal contiguo a la panadería y salió al sol una niña pequeña. El hombre del balcón dio un paso hacia atrás, sacó las manos de los bolsillos y se quedó completamente quieto, con la mirada clavada en la niña que se encontraba abajo, en la calle.

Aparentaba tener unos ocho o nueve años y llevaba una cartera roja a cuadros. Vestía una falda corta de igual color, jersey a rayas y una rebeca también roja, de mangas demasiado cortas. Calzaba zuecos negros, que hacían que sus largas y delgadas piernas parecieran aún más largas y delgadas. Al salir a la acera, torció a la izquierda y echó a andar lentamente, con la cabeza gacha.

El hombre del balcón la siguió con la mirada. Tras recorrer unos veinte metros la niña se detuvo, levantó la mano contra el pecho y permaneció un rato en esa posición. Luego abrió la cartera y empezó a rebuscar en ella; dio media vuelta y volvió sobre sus pasos. Acto seguido echó a correr y entró apresurada en el portal, sin cerrar la cartera.

El hombre del balcón se quedó inmóvil viendo cómo el portal se cerraba tras la niña. Pasaron varios minutos hasta que nuevamente volvió a abrirse y la chiquilla salió. Ahora llevaba la cartera cerrada y caminaba con pasos más apresurados. Su pelo rubio estaba recogido en una coleta, que oscilaba contra su espalda. Al llegar al final de la manzana, dobló la esquina y desapareció.

Eran las ocho menos tres minutos. El hombre se dio la vuelta, entró en el piso y pasó a la cocina. Bebió un vaso de agua, limpió el vaso, lo puso en el escurreplatos y regresó al balcón.

Se sentó en la silla plegable y apoyó el brazo izquierdo sobre la barandilla. Encendió un cigarrillo y, mientras fumaba, dirigió la mirada a la calle.

2

El reloj de pared eléctrico marcaba las once menos cinco. Según el calendario que había en la mesa de Gunvald Larsson, era viernes, 2 de junio de 1967.

Martin Beck estaba en el despacho por casualidad. Acababa de entrar y dejó su maleta en el suelo, al lado de la puerta. Luego saludó, puso el sombrero junto a la garrafa, encima del archivador, tomó un vaso de la bandeja y, tras llenarlo de agua, apoyó el codo en el archivador mientras se disponía a beber. El hombre sentado al otro lado de la mesa lo miraba descontento y le dijo:

—¿También ellos te han enviado aquí? ¿Qué hemos hecho mal esta vez?

Martin Beck tomó un trago de agua. Luego dijo:

—Supongo que nada. No te preocupes, solo he subido a ver a Melander. Le he pedido un favor. ¿Dónde está?

—En el váter, como siempre.

Esta peculiar capacidad de Melander de hallarse constantemente en el retrete era una vieja broma que solían gastarle. Pese a todo, y aunque quizá contuviera un punto de verdad, Martin Beck, por alguna razón, se sentía molesto.

Sin embargo, como solía hacer la mayoría de las veces, se guardó la irritación para sí. Contempló tranquilamente al hombre de la mesa con mirada inquisitiva y luego le preguntó:

—¿Qué te ocurre?

—¿Tú qué crees? ¡Los robos, qué va a ser! Anoche hubo otro en Vanadislunden.

—Ya me he enterado.

—Un jubilado que paseaba al perro. Fue golpeado por detrás. Llevaba en la cartera ciento cuarenta coronas. Sufre una conmoción cerebral. Sigue ingresado en el hospital de Sabbatsberg. No vio ni oyó nada.

Martin Beck no hizo comentario alguno.

—Es la octava vez en quince días. Ese tipo acabará matando a alguien.

Martin Beck apuró el vaso y lo dejó.

—Si alguien no lo coge pronto —añadió Gunvald Larsson.

—¿Qué quieres decir con «alguien»?

—Joder, la policía. Nosotros. Quien sea. Una patrulla civil de la Sección de Protección del noveno distrito estuvo por allí diez minutos antes.

—¿Y dónde se encontraban cuando sucedió?

—Tomando café en la comisaría. Siempre la misma historia. Si ponemos un policía detrás de cada seto en Vanadislunden, actúa en Vasaparken; y si los ponemos detrás de todos los arbustos de Vanadislunden y Vasaparken, entonces aparece en Ugglevikskällan.

—¿Y si hubiera un policía detrás de cada mata allí también...?

—Entonces, los manifestantes destrozarían el US Trade Center y prenderían fuego a la embajada norteamericana. No tiene gracia, ¿sabes? —dijo Gunvald Larsson con acritud.

Martin Beck lo miró fijamente y contestó:

—No pretendía ser gracioso. Preguntaba solo por curiosidad.

—Ese hombre sabe lo que hace. Es como si tuviera un radar. Nunca hay un policía cerca cuando actúa.

Martin Beck se frotó el puente de la nariz con el pulgar y el índice.

—Envía...

El otro lo interrumpió enseguida.

—¿Enviar? ¿A quién? ¿A qué? ¿El furgón de los perros? ¿Para que los malditos chuchos maten a mordiscos a la patrulla civil? Por cierto, el viejo de anoche tenía un perro. ¿De qué le sirvió?

—¿Qué tipo de perro?

—¿Cómo demonios quieres que lo sepa? ¿Acaso debo interrogar al perro? ¿O prefieres que lo traiga hasta aquí para luego mandarlo al retrete, a que lo interrogue Melander?

Gunvald Larsson dijo todo esto en un tono muy serio. Golpeó la mesa con la palma de la mano y añadió con énfasis:

—¡Tenemos a un loco suelto por los parques, asaltando a la gente a golpes, y tú vienes aquí a hablar de perros!

—La verdad es que no fui yo quien...

Gunvald Larsson lo interrumpió enseguida.

—Además, insisto en que ese tipo sabe lo que se trae entre manos. Solo ataca a la gente que no puede defenderse, viejos y viejas... Y siempre por detrás. ¿Cómo dijo uno la semana pasada...? ¡Ah, sí!, que salió de entre las matas como una pantera.

—Solo hay una manera —le señaló Martin Beck suavemente.

—¿De qué se trata?

—Tendrás que salir tú mismo. Disfrazado de persona indefensa.

El hombre de la mesa volvió la cabeza y clavó la mirada en él.

Gunvald Larsson medía un metro con noventa y dos centímetros, y pesaba noventa y ocho kilos. Tenía hombros de boxeador profesional y unas manos enormes, densamente cubiertas por un vello claro. Era rubio, con el pelo peinado hacia atrás, y sus ojos, de un azul celeste, manifestaban descontento. Kollberg solía completar la descripción añadiendo que tenía la misma expresión de un motero.

En este momento, su mirada celeste permanecía fija en Martin Beck como muestra de un descontento mayor de lo habitual.

Martin Beck se encogió de hombros y dijo:

—Hablando en serio...

Gunvald Larsson lo interrumpió enseguida.

—Hablando en serio, no le veo la gracia a todo esto. Estoy metido en uno de los peores casos de robo de mi vida y tú te pones a soltar un montón de comentarios graciosos sobre perros y no sé qué más.

Martin Beck advirtió que el otro, seguramente de forma involuntaria, estaba a punto de lograr algo que muy pocas personas conseguían: irritarlo hasta hacerle perder los estribos. Y aunque era consciente de la situación, no pudo evitar levantar el brazo que tenía apoyado en el archivador y decir:

—¡Ya está bien!

Por fortuna, en ese preciso instante Melander entró por la puerta lateral que daba al despacho contiguo. Iba en mangas de camisa, con la pipa en la boca y una guía telefónica abierta entre las manos.

—Hola —saludó.

—Hola —contestó Martin Beck.

—Recordé el nombre nada más colgar —continuó Melander—. Arvid Larsson. También lo he encontrado en la guía telefónica. Pero no merece la pena llamar. Murió en abril. Por un derrame cerebral. Siguió en el mismo oficio hasta el final. Regentaba un almacén de trastos viejos al sur de la ciudad. Ahora está cerrado.

Martin Beck cogió el listín, echó un vistazo y asintió con la cabeza. Melander sacó una caja de cerillas del bolsillo del pantalón y se puso a encender la pipa con gran ceremonia. Martin Beck avanzó unos pasos y dejó la guía telefónica sobre la mesa. Luego volvió al archivador.

—¿Qué os traéis entre manos? —preguntó Gunvald Larsson con suspicacia.

—Nada especial —respondió Melander—. A Martin se le había olvidado el nombre de un perista al que intentamos atrapar hace doce años.

—¿Lo cogisteis?

—No.

—¿Pero te acordabas?

—Sí.

Gunvald Larsson se acercó el listín. Tras hojearlo, dijo:

—Me pregunto cómo diablos se puede recordar durante doce años el nombre de alguien llamado Larsson.

—Es fácil —replicó Melander seriamente.

Sonó el teléfono.

—Sección primera, oficial de guardia.

—Perdón, ¿qué dice usted, señora?

—¿Cómo?

—¿Que si soy detective? Al habla el oficial de guardia de la primera sección, el subinspector Larsson, de la policía criminal.

—Disculpe, ¿cómo se llama usted?

Gunvald Larsson cogió el bolígrafo del bolsillo de la camisa y anotó una palabra. Luego se sentó con el bolígrafo aún en el aire.

—¿Y de qué se trata?

—Perdón, no la he entendido bien...

—¿Cómo? ¿Un qué?

—¿Un lirón?

—¿Dice usted que hay un lirón en el balcón...?

—¡Ah, un mirón!

—Entonces ¿hay un mirón en su balcón?

Gunvald Larsson apartó la guía telefónica y echó mano del cuaderno. Acercó el bolígrafo al papel. Apuntó unas palabras.

—Sí, entiendo. ¿Qué aspecto dice que tiene?

—Sí, la estoy escuchando. Pelo ralo peinado hacia atrás. Nariz prominente. Vale. Camisa blanca. Estatura mediana, de acuerdo. Pantalones marrones. Sin abotonar. ¿Qué? Ah, sí, la camisa, claro. Ojos azules grisáceos.

—Un momento, señora. Vamos a ver si aclaramos esto. ¿O sea, dice usted que está en su balcón?

Gunvald Larsson miró a Melander y luego a Martin Beck y se encogió de hombros. Mientras seguía escuchando, se hurgaba la oreja con el bolígrafo.

—Perdóneme, señora. Si la he entendido bien, este hombre está en su balcón, el de usted. ¿La ha molestado?

—Ah, no. ¿Qué? ¿Al otro lado de la calle, enfrente? ¿En su balcón, el de él?

—Entonces ¿cómo puede saber que tiene los ojos azules? ¡Muy estrecha ha de ser la calle!

—¿Qué? ¿Usted hace qué?

—Bueno, un momento, señora. Lo único que ha hecho este hombre es estar en su propio balcón. ¿Qué más hace?

—¿Mira a la calle? ¿Y qué pasa en la calle?

—¿Nada? ¿Qué dice? ¿Coches? ¿Niños que juegan?

—¿Por la noche también? ¿Los niños juegan por la noche también?

—Ah, no. ¿Pero está por la noche también? ¿Y qué quiere que hagamos? ¿Enviar a los perros?

—Mire, señora, no hay ninguna ley que prohíba a la gente estar en su balcón.

—¿Informar de un suceso, dice? Dios mío, señora, si todo el mundo informara acerca de esa clase de hechos, necesitaríamos a tres policías por cada ciudadano.

—¿Darle las gracias? ¡Que deberíamos darle las gracias!

—¿Maleducado? ¿Yo he sido maleducado? No, escúcheme, señora...

Gunvald Larsson guardó silencio y se quedó sentado con el teléfono a unos diez centímetros del oído.

—¡Me ha colgado! —exclamó, asombrado.

Al cabo de tres segundos colgó de golpe.

—¡Vete a la mierda, maldita bruja!

Arrancó el papel de los apuntes y limpió cuidadosamente el cerumen del bolígrafo.

—¡La gente está loca! —dijo—. No me extraña que no nos dé tiempo de hacer nada. ¿Por qué no filtran este tipo de llamadas en la centralita? Deberíamos tener línea directa con el manicomio.

—Tendrás que irte acostumbrando —comentó Melander.

Impasible, cogió su listín telefónico, lo cerró y se lo llevó al despacho contiguo.

Acabada la limpieza del bolígrafo, Gunvald Larsson estrujó el papel y lo tiró a la papelera. Echó una mirada malhumorada a la maleta que había junto a la puerta y preguntó:

—¿Te vas de viaje?

—Solo a Motala, un par de días —respondió Martin Beck—. Tengo una cosa que ver por allí.

—¿Ah, sí?

—Como mucho, pasaré fuera una semana. Pero Kollberg regresa hoy. A partir de mañana estará de servicio. Así que no tienes por qué preocuparte.

—No me preocupo.

—En cuanto a los robos...

—¿Sí?

—No, nada.

—Si vuelve a hacerlo dos veces más, le cogeremos —intervino Melander desde el otro despacho.

—Eso es —asintió Martin Beck—. Hasta luego.

—Hasta luego —dijo Gunvald Larsson.