Czytaj książkę: «Historia de la conquista de América»

HISTORIA DE LA
CONQUISTA DE
AMÉRICA
Evangelización y violencia
Luis N. Rivera Pagán

| Editorial CLIE C/ Ferrocarril, 8 08232 VILADECAVALLS (Barcelona) ESPAÑA E-mail: clie@clie.es http://www.clie.es | © 2021 por Luis N. Rivera Pagán «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917 021 970 / 932 720 447)». © 2021 por Editorial CLIE |
Historia de la conquista de América. Evangelización y violencia
ISBN: 978-84-18204-51-7
eISBN: 978-84-18204-52-4
Historia cristiana
Historia
NOTA SOBRE EL AUTOR
Luis N. Rivera Pagán obtuvo un doctorado en filosofía, con concentración en estudios religiosos, en la Universidad de Yale (1970) e hizo estudios posdoctorales en la Universidad de Tubinga (Alemania). Es catedrático jubilado de la Universidad de Puerto Rico, profesor emérito del Seminario Teológico de Princeton y catedrático emérito del Seminario Evangélico de Puerto Rico.
Ha escrito y editado varios libros, entre ellos: A la sombra del armagedón: reflexiones críticas sobre el desafío nuclear (1988), Senderos teológicos: el pensamiento evangélico puertorriqueño (1989), A Violent Evangelism: The Political and Religious Conquest of the Americas (1992), Los sueños del ciervo: Perspectivas teológicas desde el Caribe (1995), Entre el oro y la fe: El dilema de América (1995), Mito exilio y demonios: literatura y teología en América Latina (1996), La evangelización de los pueblos americanos: algunas reflexiones históricas (1997), Diálogos y polifonías: perspectivas y reseñas (1999), Fe y cultura en Puerto Rico (2002), Essays From the Diaspora (2002), God, in your Grace... Official Report of the Ninth Assembly of the World Council of Churches (2007, editor), Teología y cultura en América Latina (2009), Peregrinajes teológicos y literarios (2013), Ensayos teológicos desde el Caribe (2013), Essays from the Margins (2014), Voces teológicas en diálogo con la cultura (2017, editor), Evocaciones literarias y sociales (2018) y Historia de la conquista de América. Evangelización y violencia (2021).
Dedicatoria
A la memoria de mis padres,
Luis N. Rivera Pérez y Ana L. Pagán Colón,
de quienes aprendí el valor de la fe y la honestidad.
Contenido
Prólogo por Leopoldo Cervantes-Ortiz
Introducción
Primera parte Descubrimiento, conquista y evangelización
1.Descubrimiento de América: mito y realidad
La mitología del descubrimiento
El descubrimiento como posesión
Del encuentro a la dominación
Elegía a la hispanidad
De la celebración a la reflexión crítica
2.Cristianización del Nuevo Mundo
Las bulas alejandrinas
El Requerimiento: conversión o guerra
3.Providencialismo y mesianismo nacional
La corona española y la evangelización
Conquista y cristianización
Providencialismo y mesianismo
4.El imperio cristiano: reflexiones sobre Las Casas y Vitoria
El imperio cristiano y la autodeterminación indiana
Derecho internacional e imperio cristiano
Segunda parte Libertad y servidumbre en la conquista de América
5.Libertad y servidumbre: la esclavitud del indígena
La servidumbre del infiel
Cristóbal Colón y la esclavitud de los nativos
Los caribes y la antropofagia
Esclavitud por rebeldía
Servidumbre por compra
La libertad personal como principio jurídico
6.Libertad y servidumbre: la encomienda
El origen de la encomienda
Libertad y existencia del indígena encomendado
La disputa en la Nueva España
El debate sobre la perpetuidad
7.¿Criaturas racionales o bruta animalia?
La bestialidad indígena
Racionalidad indígena y trabajo servil
“Todas las naciones del mundo son hombres”
Aristóteles y los “bárbaros”
La victoria menoscabada
La educación de los indígenas
8.La lucha de los dioses
La idolatría demoníaca
La destrucción de los ídolos
9.Holocausto indígena
Una catástrofe demográfica
El derecho a la existencia humana
10.La esclavitud negra
Una “nueva esclavitud”
La esclavitud africana y la conciencia cristiana
Tercera parte Hacia una crítica teológica de la conquista
11.El debate teológico-jurídico
Teoría y realidad
La cruz y la espada
12.Evangelización y violencia
¿Acción misionera o conquista evangelizadora?
Lo político del bautismo
13.Profecía y opresión
Hermenéutica bíblica y palabra profética
El pecado de los conquistadores
La ira de Dios y el sacramento de la penitencia
Profetismo y patriotismo
14.El Dios de los conquistadores
¿Cristo o Mammón?
El surgimiento de una teología de liberación
La visión de los vencidos
Desafío a la reflexión
Prólogo
Hoy la teología supera la excesiva concentración epistemológica, dependiente de las tradiciones filosóficas occidentales, típica de los debates clásicos. La empresa teológica se refiere más bien a algo de mayor arraigo: la plenitud existencial del ser humano. Versa, en diálogo continuo con las diversas ciencias humanas, históricas y sociales, sobre conjuntos complejos e históricos de convicciones, símbolos, tradiciones, valores, rituales y lenguajes litúrgicos cruciales para configurar la identidad de toda persona y su comunidad.
L.R.P., “La teología en los albores del siglo veintiuno”
El Dr. Luis N. Rivera Pagán es, desde hace varias décadas, parte central de la vanguardia teológica del protestantismo caribeño y latinoamericano, y de manera amplia, de la teología que se produce en el subcontinente. Desde los años 70 del siglo pasado, su pluma ha enriquecido el ambiente eclesial con aportaciones que abarcan la preocupación por la hecatombe nuclear en los años de la “guerra fría”, la lucha por la liberación, sin olvidar el análisis teológico de la literatura de la región. El arco cronológico de su producción, que inició con A la sombra del Armagedón (1988, su “primer libro grande”) y ha llegado hasta Voz profética y teología liberadora (2020), demuestra cómo ha sabido articular teología, historia y crítica sociorreligioso. Su magnífica caracterización de la producción teológica puertorriqueña, así como la atención que ha prestado a la cultura latinoamericana, complementan el panorama de su labor. Particular interés le ha generado la poesía de León Felipe, sobre quien ha escrito páginas luminosas.
En esta oportunidad, su trabajo escritural ha cruzado los mares y, gracias a los buenos oficios de CLIE, aparece una de sus obras más representativas y agudas, que incluso podría decirse, por causa de sus derivaciones cronológicas, es quizá la que con mayor intensidad y pasión ha trabajado. Con el título definitivo y contundente, Evangelización y violencia. La conquista de América, que ha permanecido, lo que comenzó alrededor de 1992 ha alcanzado su plenitud gracias a la incorporación de nuevos capítulos, hasta un total de 14. Sus acercamientos sucesivos y cada vez más penetrantes a la figura de fray Bartolomé de las Casas han conseguido una mayor percepción de las realidades latinoamericanas en su devenir complejo y hasta frustrante. Los elementos liberadores, auténticos hitos presentes en los momentos más complejos, han sido expuestos en otros abordajes concisos y directos con un fuerte énfasis profético: Entre el oro y la fe: el dilema de América (1995) y La evangelización de los pueblos americanos: algunas reflexiones históricas (1997).
Las tres partes de este volumen manifiestan la solidez del análisis: Descubrimiento, conquista y evangelización; Libertad y servidumbre en la conquista de América; y Hacia una crítica teológica de la conquista. Esa apasionada revisión histórico-teológica le permite llegar a conclusiones dignas de destacarse para comprender lo sucedido: “La reflexión escrupulosa sobre esta historia es de mayor provecho que celebrar la conquista armada de unos poderosos sobre unos débiles. Lo propio, para cristianos fieles al crucificado, es develar la sangre de Cristo derramada en los cuerpos de los americanos nativos y de los negros maltratados y sufridos, sacrificados en el altar dorado de Mammón”. Con ello puede advertirse la enorme pertinencia de su perspectiva teológica para las necesidades de nuestro tiempo.
Bienvenida sea esta aportación fundamental a la lectura histórica de la presencia cristiana en América Latina.
Leopoldo Cervantes-Ortiz Teólogo y escritor Comunidad Teológica de México Oaxaca, junio de 2021
Introducción
La Conquista no acaba, pero tampoco el dolor de los muertos. La historia no ilumina a nadie si no toma en cuenta sus gritos y silencios.
Eduardo Lalo
Este libro se concibió y nació en medio de los intensos debates sobre el quinto centenario del “descubrimiento de América”, a conmemorarse en octubre de 1992. Esos debates estimularon y fertilizaron la investigación histórica sobre el surgimiento de los pueblos americanos. Algunos se enmarcaron dentro de la tradicional elegía a la epopeya ibérica de “civilizar” y “cristianizar” un vasto y hasta entonces ignoto continente. Otros se encarrilaron en la estéril línea de lo que Edmundo O’Gorman aptamente ha llamado “bizantinismo monográfico”, que gira sobre detalles de relativa poca importancia para elucidar la significación histórica de los eventos en cuestión. O’Gorman, nunca reservado en la mordacidad de su pluma, tilda esta historiografía de “miopía microscópica”.
Sin embargo, también se propició la edición y publicación de los grandes textos sobre el descubrimiento y la conquista, algunos inéditos durante varios siglos, a la vez que provocó la recuperación crítica de los debates fundamentales que por innumerables años sacudieron la conciencia ética de España: la justicia de la toma de posesión armada de pueblos y tierras; la equidad de la servidumbre impuesta sobre los pobladores precolombinos del Nuevo Mundo; su racionalidad o “bestialidad”; la cristianización, pacífica o forzada, de los indígenas; y, finalmente, las causas de su trágico colapso demográfico, que incluyó la extinción de diversos grupos étnicos nacionales. Sin olvidar la temprana presencia del esclavo africano, importado en manadas para sustituir al aborigen cuya quebrantada existencia oscilaba entre su libertad teórica y su avasallamiento concreto.
Los debates ibéricos del siglo dieciséis tuvieron una particularidad que el historiador debe respetar, so pena de distorsionarlos. Se expresaron mayoritariamente en terminologías y conceptualizaciones religiosas y teológicas. Quizá el defecto principal de muchos estudios modernos sobre esas disputas estriba en no reconocer la primacía del discurso religioso y teológico en la producción ideológica del siglo dieciséis. El presente trabajo nació como un intento académico de repensar el descubrimiento y la conquista de América en su contexto ideológico propio, sin imponer esquemas foráneos.
A eso se debe la sustancial cantidad de citas y referencias directas. Los protagonistas de los debates exhibieron inusitada claridad al articular sus distintas, y no pocas veces antagónicas, comprensiones de los problemas implícitos en la conjunción histórica de la expansión europea y la globalización del cristianismo. No creo decir nada novedoso al indicar que no existe paralelo histórico a la rigurosa manera en que la conciencia cristiana debatió el destino de las tierras descubiertas y los pueblos conquistados. Por ello, al grado máximo de lo posible, permito a los interlocutores expresarse mediante sus acentos y matices propios.
No se trata, ciertamente, de un esfuerzo intelectual moralmente aséptico. ¡Todo lo contrario! Las páginas que siguen son un tributo de respeto y honor a unos pueblos conquistados y diezmados, martirizados ante el altar de un peculiar providencialismo imperial que unió la conciencia mesiánica religiosa y el culto a Mammón. También a aquellos europeos que compartieron su amargo via crucis. Solo que para ello no me parece necesario imponer principios morales ajenos a los debates mismos. Indeleble honor cabe a España por haber producido ella misma los más severos y rigurosos críticos de sus hazañas imperiales. ¿Podría acaso un Frantz Fanon enseñar algo nuevo y distinto sobre la devastadora violencia imperial a un Bartolomé de Las Casas?
El libro se divide en tres partes, a manera de tres círculos concéntricos alrededor de la gran epopeya que marcó el inicio de la cultura hispanoamericana. La primera parte —Descubrimiento, conquista y evangelización— relata los hechos desde una perspectiva crítica, ante la cual se devela el vínculo íntimo entre el descubrimiento y la conquista, como una toma de posesión de tierras y personas, legitimada por conceptos, imágenes y símbolos bíblicos y evangélicos. La segunda —Libertad y servidumbre en la conquista de América— analiza los elementos centrales de la gran porfía teórica de la conquista: la licitud de la abrogación de la autonomía de los pueblos y naciones aborígenes y los sistemas de trabajo forzoso —esclavitud y encomienda— que se les impuso, tanto a ellos como a las comunidades africanas que se importaban en gran número, como seres desprovistos de libertad política y autonomía personal. La tercera —Hacia una crítica teológica de la conquista— intenta desarrollar justamente lo que su título sugiere: una evaluación no panegírica de la conquista a la luz de los conceptos, imágenes y símbolos evangélicos que ella misma enarboló como su paradigma de legitimidad.
De ese proyecto nació este libro, el cual disfrutó inicialmente de tres ediciones en años corridos (1990, 1991 y 1992). También se tradujo y publicó en inglés.1 Ahora se vuelve a publicar, tras una intensa relectura y revisión. A mi esposa Anaida Pascual Morán debo, además de innumerables sugerencias editoriales, el apoyo en la lectura cuidadosa de las diversas versiones de este libro, tanto en su nacimiento original como en esta, su resurrección.
Luis N. Rivera Pagán
Profesor Emérito
Seminario Teológico de Princeton

1. A Violent Evangelism: The Political and Religious Conquest of the Americas. Louisville: Westminster/John Knox Press, 1992.
PRIMERA PARTE
Descubrimiento, conquista y evangelización
1
Descubrimiento de América: mito y realidad
En treinta y tres días pasé a las Indias con la armada que los ilustrísimos Rey e Reina, Nuestros Señores, me dieron, donde yo fallé muy muchas islas pobladas con gente sin número, y de ellas todas he tomado posesión por sus Altezas con pregón y bandera real extendida.
Cristóbal Colón
Es lícito llamarlo un nuevo mundo. Ninguna de estas regiones fue conocida por nuestros antecesores, y para todos los que se enteren será algo novísimo... Mi último viaje lo ha demostrado, pues he encontrado un continente en esa parte meridional, más habitado de poblaciones y animales que Europa, Asia o África.
Américo Vespucio
La mitología del descubrimiento
España e Hispanoamérica celebraron en 1992 el quinto centenario del “descubrimiento” de América. Eso motivó un intenso debate.2 Dos preguntas se reiteraron de diversas maneras. ¿Se puede hablar propiamente de un “descubrimiento”? ¿Hay algo que realmente se deba “celebrar”?
¿Se trató realmente de un descubrimiento? Solo si adoptamos la perspectiva provincial de la cristiandad, enclaustrada en el continente europeo, a fines del siglo decimoquinto. En esencia, sin embargo, la propiedad de este concepto es harto problemática. Los territorios a los que arribaron los españoles habían sido descubiertos, encontrados y poblados muchos siglos antes, por quienes moraban en ellos (sin aludir a los enigmáticos viajes de los normandos en el siglo once). Las naves que arribaron, el 12 de octubre de 1492, a Guanahaní no encontraron una isla desierta. Hablar de descubrimiento, en sentido absoluto y trascendental, supondría la inexistencia previa de historia humana y cultural en las tierras encontradas, algo absurdo que revelaría un arraigado y anacrónico etnocentrismo.
Además, todo el proceso está matizado por la sublime ironía de que Cristóbal Colón no alcanzó lo que realmente buscaba y llegó a donde no pretendía. Jamás el Almirante entendió la naturaleza de su famoso “descubrimiento”. Hasta el fin de sus días, en 1506, se aferró obsesivamente a la noción, para entonces ya obsoleta, del carácter asiático de sus hallazgos.3 Colón “muere creyendo haber alcanzado su sueño... navegar de Europa a la India”4.
Su intención es descrita así por fray Bartolomé de Las Casas:
Lo que se ofrecía a hacer es lo siguiente: Que por la vía del Poniente, hacia el Austro o el Mediodía, descubriría grandes tierras, islas y tierra firme, felicísimas, riquísimas de oro y plata y perlas y piedras preciosas y gentes infinitas; y que por aquel camino entendía toparse con tierra de la India, y con la gran isla de Cipango [Japón] y los reinos del Gran Khan5.
Es absurdo celebrar un evento que en la mente de su principal protagonista revistió un significado sustancialmente diferente de lo ocurrido. Se desembocaría en la extraña condición de festejar una colosal incoherencia entre evento y conciencia, realidad e interpretación, lo que Consuelo Varela ha catalogado de “claro desajuste entre la capacidad cognoscitiva [de Colón] y el mundo circundante [americano]”6.
Esa disparidad entre lo encontrado y la percepción colombina aumentó con el tiempo, como lo demuestran su posterior teoría de encontrarse muy cerca del paraíso terrenal del Génesis bíblico (en el lugar por él nominado “Isla de Gracia”)7; su febril carta de julio de 1503, perdido en Jamaica, cuando tras reiterar su convicción de la cercanía del Edén, asevera también estar próximo a las legendarias minas del rey Salomón, de donde se obtuvo el oro para edificar el templo a Dios8; y su obstinada insistencia en el carácter peninsular, y, por tanto, de tierra firme asiática, de Cuba.9
Colón parece haberse mantenido inmerso en la medieval concepción del carácter triádico del orbe terrestre, el orbis terrarum. Esta noción es, en realidad, de carácter más teológico que cosmográfico. Pertenece a la larga lista de reflejos o imágenes de la trinidad divina, que ocupó a tantos teólogos medievales.
Edmundo O’Gorman ha desarrollado brillantemente una aguda crítica a la idea del “descubrimiento de América”10. Puede aprobarse esta mordaz crítica sin necesidad de aceptar la posterior tesis de O’Gorman, inmersa en arraigado etnocentrismo occidental, de que la “invención de América”, junto al desarrollo del hemisferio septentrional de esta, sea “el doble paso, decisivo e irreversible, en el cumplimiento del programa ecuménico de la Cultura de Occidente... único con verdadera posibilidad de congregar a los pueblos de la Tierra bajo el signo de la libertad”11.
Monumento indeleble a la incoherencia de la tesis del “descubrimiento” colombino es el hecho de que las tierras supuestamente descubiertas por Colón se nominaron no en honor a su supuesto primer encontrador, sino a quien por primera vez las concibió como mundus novus o Nuevo Mundo: Américo Vespucio. Lo que dice Vespucio, en carta fechada en 1503, es lo siguiente:
Es lícito llamarlo un nuevo mundo [novum mundum]. Ninguna de estas regiones fue conocida por nuestros antecesores, y para todos los que se enteren será algo novísimo. La opinión de la mayoría de los antiguos era que allende la línea equinoccial y hacia el meridiano no había tierra, sino mar, que llamaban Atlántico; y si alguno afirmaba haber ahí algún continente, argumentaba con diversas razones que debía estar inhabitado. Pero esta opinión es falsa y opuesta a la verdad. Mi último viaje lo ha demostrado, pues he encontrado un continente en esa parte meridional, más poblado y lleno de animales que Europa, Asia o África12.
Fue esta la primera vez que se identificaron las tierras encontradas como un Nuevo Mundo, un cuarto continente distinto a los tres ya conocidos. En 1507, la cartografía de Martín Hylacomilus Waldseemüller, incluida en el texto científico titulado Cosmographiae introductio, que también reproduce correspondencia de Vespucio, consigna, a manera de sugerencia, por primera vez el nombre de América para las tierras encontradas: “Et quarta orbis pars, quam, quia Americus invenit, Amerigam quasi americi terram sive Americam nuncupare licet” (“Y la cuarta parte del mundo, ya que Américo la ha descubierto, sería lícito llamarla Amériga o América”)13. Por su parte, Colón nunca tuvo una idea clara y cierta de lo que había encontrado. Las tierras halladas por el Almirante, y sus habitantes, se mezclaron confusamente con sus fantasías, mitos, utopías, ambiciones y su febril providencialismo mesiánico.
La carta Mundus Novus se hizo extremadamente popular y se editó y tradujo repetidamente. De ella escribe el historiador Stefan Zweig varias líneas que ameritan extensa cita:
[Tuvo] una influencia histórica mucho más trascendental que la de todas las demás relaciones, incluso la de Colón; pero la verdadera celebridad y la verdadera trascendencia del diminuto folleto no se deben a su contenido... El suceso propiamente dicho de esa carta es —cosa extraña—, no la carta misma, sino su título, las dos palabras, las cuatro sílabas, que produjeron una revolución sin precedentes en el modo de considerar el cosmos... Estas palabras, pocas pero decisivas, hacen del Mundus Novus un documento memorable de la humanidad; constituyen la primera proclamación de la independencia de América, formulada doscientos setenta años antes que la otra. Colón, que hasta la hora de su muerte vive en la ilusión de haber llegado a las Indias al poner el pie en Guanahaní y en Cuba, hace, mirándolo bien, que el cosmos se presente más estrecho a sus contemporáneos, a causa de esa ilusión suya; Vespucio, que invalida la hipótesis de que el nuevo continente sea la India, afirmando categóricamente que es un nuevo mundo, es el que introduce el concepto nuevo y válido hasta nuestros días14.
A los cronistas y juristas españoles les hizo poca gracia la rápida popularidad del nombre América, que se adoptó inicialmente por los países no hispanos y por siglos fue resistido por los castellanos. Incluso Bartolomé de Las Casas truena contra el hábito creciente de llamar América a las “Indias”15. “Se le usurpó lo que era suyo, al Almirante D. Cristóbal Colón... cómo le pertenecía más a él, que se llamara la dicha [tierra] firme Columba, de Colón, o Columbo que la descubrió... que no de Américo denominarla América”. No parece darse cuenta de que el elemento crucial no fue quién llegó primero, sino quién la concibió inicialmente como un continente distinto al medieval triádico orbis terrarum Europa-África-Asia16.
El descubrimiento como posesión
No hubo, además, de parte de Colón, ni de sus sucesores, acto alguno de “descubrir nuevas tierras” que no estuviese acompañado de otro distinto, de significativa naturaleza jurídica: su toma de posesión. “En treinta y tres días pasé a las Indias con la armada que los ilustrísimos Rey e Reina, Nuestros Señores, me dieron, donde yo hallé muy muchas islas pobladas con gente sin número, y de ellas todas he tomado posesión por sus Altezas con pregón y bandera real extendida”17.
En su diario, Colón describe la toma de posesión de la primera isla encontrada, Guanahaní/San Salvador. A dos escribanos que lo acompañaron “dijo que le diesen por fe y testimonio cómo él ante todos tomaba, como de hecho tomó, posesión de la dicha isla por el Rey e por la Reina sus señores”18. No fue un acto particular. Expresa la voluntad del Almirante de tomar posesión de las tierras que encontrase. “Mi voluntad era de no pasar por ninguna isla de que no tomase posesión”19.
“Descubrir” y “tomar posesión” se convierten en actos concurrentes. La historiografía tradicional destaca lo acontecido el 12 de octubre de 1492 como un “descubrimiento”, eludiendo lo central en él. El encuentro entre europeos y pobladores de las tierras halladas es, en realidad, un ejercicio de extremo poder de parte de los primeros. Es un evento en que los primeros se a-poder-an de los segundos, sus tierras y personas. Francisco de Vitoria lo expresa así, al iniciar su famosa relección De indis: “Toda esta controversia... ha sido tomada por causa de esos bárbaros del Nuevo Mundo, vulgarmente llamados indios, que... hace cuarenta años han venido a poder de los españoles”20. La toma de posesión, como acto formal y jurídico, fue la incuestionada premisa de los interlocutores en el intenso debate sobre la naturaleza de la relación imperial entre castellanos e indígenas. Solo el iconoclasta Bartolomé de Las Casas la cuestionó radicalmente e insistió en su nulidad jurídica, sobre todo en su tardía —y por casi cuatro siglos inédita— obra, De los tesoros del Perú21.
El acto, pleno de simbolismo, pero de naturaleza estrictamente jurídica, que realiza Colón —”de ellas todas he tomado posesión por sus Altezas con pregón y bandera real extendida”— no lo entienden inicialmente los moradores de las islas antillanas. Eso no resulta problemático para el Almirante; en realidad, no se dirige a ellos. La toma de posesión, como acto público y registrado oficialmente ante un escribano, tiene como posibles legítimos interlocutores a los otros príncipes cristianos europeos. Se trata de dejar sentado que las tierras han adquirido dueño y que ningún otro soberano occidental tiene derecho de reclamarlas. Al añadir Colón, a la cita antes referida, la expresión “y non me fue contradicho”, no se refiere a los caudillos indígenas (que no tenían la menor idea de lo que sucedía), sino a probables competidores europeos.
Como símbolo de la toma de posesión, Colón va poniendo cruces en lugares estratégicos de las islas que visita. “Y en todas las tierras adonde los navíos de Vuestras Altezas van y en todo cabo mando plantar una alta cruz”22. La cruz tiene una doble referencia: el territorio así marcado pertenece, desde entonces, a la cristiandad y es propiedad, específicamente, de los Reyes Católicos. En La Española, por ejemplo: “Puso una gran cruz a la entrada del puerto... en un alto muy vistoso, en señal que Vuestras Altezas tienen la tierra por suya, y principalmente por señal de Jesucristo Nuestro Señor y honra de la cristiandad”23. Colón aclara la condición de la toma de posesión: “Porque hasta allí no tiene ninguna posesión príncipe cristiano de tierra ni de isla”24.
Francisco Morales Padrón, uno de los pocos historiadores en reconocer la importancia central de la toma de posesión como “fenómeno que está íntimamente ligado al descubrimiento, un acto que seguía inmediatamente al hallazgo”, lo dice de forma algo distinta. “La toma de posesión se realizaba porque las Indias se consideraban ‘res nullius’ y Colón las gana e incorpora ‘non per bellum’, sino ‘per adquisitionem’, tomando posesión en nombre de los Reyes Católicos para que ningún otro pueblo cristiano se aposentase en ellas, puesto que ‘vacabant dominia universali jurisdictio non posesse in paganis’ y por esta razón el que tomase posesión de ellas sería su señor”25.
Si los nativos estuviesen dispuestos a cuestionar la toma de posesión “per adquisitionem”, Colón y los castellanos no tendrían, debe aclararse, como nunca lo tuvieron, ningún escrúpulo en ratificarla “per bellum”. Tras la cruz evangelizadora se oculta, no muy velada, la espada conquistadora.
Décadas más tarde, esta premisa de la incapacidad de los infieles de ser sujetos de la facultad universal de dominio y jurisdicción sería cuestionada, sobre todo por teólogos dominicos (Cayetano, Las Casas y Vitoria). Pero inicialmente, en la mentalidad prevaleciente del orbis christianus, la soberanía territorial se concibe atributo exclusivo de los seguidores de quien paradójicamente había afirmado su pobreza radical, aun en comparación con los zorros y las palomas, poseedores de cuevas o nidos. Las tierras de los infieles son miradas, por el contrario, como “res nullius”, propiedad de nadie. La hostil dicotomía medieval entre cristianos e infieles asoma su perfil de cruzada en el centro mismo del descubrimiento y el apoderamiento de América.
La toma de posesión no es un acto arbitrario individual de Colón. Se erige sobre las instrucciones que recibe de los Reyes Católicos. El 30 de abril de 1492, desde Granada, expiden Isabel y Fernando un documento que amplía y aclara las anteriores Capitulaciones de Santa Fe (17 de abril). En él, todas las veces que aparece el verbo “descubrir” (7 ocasiones), se acompaña de otro vocablo: “Ganar”. “Por cuanto vos Cristóbal Colón vades por nuestro mandado á descobrir é ganar... ciertas Islas, é Tierra-firme en la dicha mar Océana... despues que hayades descubierto, é ganáredes... así descubriéredes é ganáredes”.
© 2021 por Luis N. Rivera Pagán «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917 021 970 / 932 720 447)». © 2021 por Editorial CLIE