Czytaj książkę: «La peste en la colmena»

Luis Chiozza
La peste
en la colmena
Utopías y distopías en la red

| Chiozza, Luis AntonioLa peste en la colmena : utopías y distopías en la red / Luis Antonio Chiozza. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-710-31. Crisis Social. 2. Redes Sociales. 3. Pandemias. I. Título.CDD 303.485 |
Diseño de tapa: Silvana Chiozza.
© 2020. Libros del Zorzal
Buenos Aires, Argentina
<www.delzorzal.com>
Comentarios y sugerencias: info@delzorzal.com.ar
Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio o procedimiento, sin la autorización previa de la editorial o de los titulares de los derechos.
Impreso en Argentina / Printed in Argentina
Hecho el depósito que marca la ley 11723
A Enrique Obstfeld,
por todo lo que juntos logramos construir
Índice
Prólogo
Primera parte
1. Acerca del ser humano | 13
Nuestro lugar en el cosmos | 13
La trama de la vida en el planeta | 16
El lugar en que el alma reside | 22
¿Qué significa “yo”? | 24
2. El mundo en que vivimos | 28
Los tres mundos que integran la consciencia | 28
Los desequilibrios en la relación con los tres mundos | 31
Acerca de una mutación de la consciencia humana | 33
3. Hacia una nueva concepción del mundo | 38
El espacio y el tiempo | 38
Las representaciones visual y auditiva | 41
Materia e idea | 44
Segunda parte
4. Complejidad | 51
Entre causas y efectos | 51
Cualquier todo es mucho más que la suma de sus partes | 54
La geometría de la naturaleza | 58
5. Entre el caos y el orden | 62
La entropía y la paradoja de la vida | 62
Los cambios extraños del caos al orden | 66
Bucles recursivos y autodeterminación de las redes | 69
6. La integración en red | 72
El descubrimiento de un mundo | 72
Algunas propiedades emergentes | 76
Una tela sin araña | 79
Tercera parte
7. Acerca de las redes sociales | 85
El dilema de las redes sociales | 85
Los ignorados e incontrolables perjuicios | 88
¿Por culpa de quién? | 96
8. El planeta prohibido | 99
El misterio del planeta prohibido | 99
Del paraíso al infierno | 101
El encuentro con la bestia y la contaminación del planeta | 103
9. La máquina y yo | 108
La vida inconsciente y la peste de Tebas | 108
La encrucijada de los caminos de Tebas | 112
Deus ex maquina | 117
Adenda | 124
Textos publicados en Instagram | 125
¿Debemos, podemos, queremos? | 125
Cuando la mar es muy dura, el objetivo es flotar | 125
El puerto de destino es una conjetura | 126
Hay que estimar la derrota y volver a trazar el rumbo cada día | 127
Las dos pandemias | 129
La población de riesgo | 130
No sólo de pan vive el hombre | 132
Evitar la muerte | 133
Y yo… ¿qué? | 134
¿Qué sentido tiene? | 135
Amistad | 136
El huevo y la gallina | 138
Contacto, conmoción y trascendencia | 139
El amor “verdadero” | 140
El odio “verdadero” | 141
Tres edades de la vida | 142
Huyendo de la muerte | 144
Lo que se dice, lo que se siente y lo que se hace | 145
Sólo se puede ser siendo con otros | 147
Percibir lo esencial | 148
La multiplicidad del sentido y el malentendido | 149
La costumbre no siempre nos ayuda | 151
Esto no es vida | 152
Un espíritu gemelo | 153
Usar la vida | 155
Una carencia oscura | 156
Influencers | 157
Tener razón | 159
Un hombre con el dolor en un brazo | 160
Bibliografía | 162
“Mi padre, cuando yo era un niño, me explicó una vez, mientras disfrutábamos los tres de una caja de dátiles,
que tanto gustaban a mi madre, que el que siembra dátiles, a menos que sea joven, no llegará a comerlos. Esto me debe haber impresionado, porque nunca más lo olvidé.
Hay ideas que son como los dátiles, tardan tanto en crecer
que el que las siembra no verá sus frutos.
Pero los dátiles existen, y los sembramos mientras comemos
los que otros sembraron”.
Psicoanálisis: presente y futuro.
Qué y cómo psicoanalizar. Ni psiquis ni soma (1983)
Prólogo
Este libro surgió como producto de una cuarentena que introdujo un cambio muy profundo en mi vida. Un grado de iluminación y resonancia que sólo se alcanza con dolor. Encerrado en lo que inevitablemente sentí como una prisión domiciliaria (una cosa es no querer salir y otra muy distinta es saber que está prohibido), la primera sorpresa que me conmovió fue la fuerza emocional con la que me impactó la enormidad de la distancia entre el dicho y el hecho.
Conocía el proverbio, “entre el dicho y el hecho hay mucho trecho”, pero ¡qué diferente era vivirlo! Esa distancia emocional, en distintos “bucles recursivos”, me llegó de muchos lados. Me di cuenta, lentamente, de que dejé de disfrutar la soledad que me permitía regocijarme en la lectura, reflexionar de modo libre y espontáneo y “enfrascarme” en la escritura. Comprendí que, en mi trabajo, la presencia constante de mis pacientes, de mis colegas, y, por fuera del trabajo, esos pocos encuentros personales con algunos amigos, eran lo que se llama un mundo. Un mundo que me otorgaba una parte importante de ese entorno afectivo que, como tantas veces sucede, sólo cuando se pierde se descubre cuánto vale.
Mientras a mi alrededor, el temor, el desasosiego, la ansiedad, la tristeza, la desmoralización, el desánimo y el desaliento crecían, muchas veces encubiertos por la idea de que la solución consiste en esperar que todo vuelva a la normalidad, y, casi siempre, atribuidos a motivos que se alejan de su auténtico origen, descubrí, esta vez con la fuerza de los hechos, que “sólo se puede ser siendo con otros”, y que es difícil vivir con alegría cuando todo el mundo está triste. Siempre “supe” reconocer la diferencia entre razonar y racionalizar, pero nunca me había enfrentado, de manera tan ubicua, con un mundo en donde la razón que se esgrime es la sinrazón del rival.
En el medio de ese desconcierto, me dediqué a escribir unas pocas notas escuetas, publicadas en Instagram, algunas de las cuales agrego como una adenda, al final de este libro, porque trasmiten, de manera vivencial, cuál ha sido el clima, en realidad el drama, que le ha dado origen. Luego, hace apenas dos meses, impulsado por el filme El dilema de las redes sociales, escribí los capítulos que integran el corazón de este texto, que quise terminar, ignoro por qué, unos días antes de cumplir 90 años.
Fui, como siempre que escribo me sucede, su primer destinatario; lo escribí tratando de entender, pero también es cierto que siempre sentí, conscientemente, la necesidad imperiosa de compartir lo que vivo, porque siempre sentí que la vida de uno no alcanza para que uno le dedique, por completo, su vida.
Las páginas que siguen nacieron, así, como una especie de guía que, en principio, busca juntar distintas cosas que van hacia lo mismo, mostrando la enormidad de un cambio que sólo en parte entendemos, mientras se agiganta, en paralelo, de ese modo, la potencia y la impotencia de nuestra civilización actual. Se trata, entonces, de entender, sí, pero en ese intento, es necesario entender, sin miedo, sin reproches y sin culpa, que siempre se comienza por entender que no se entiende. Por eso sólo desarrollo, de manera escueta, los temas que aquí expongo, y es una buena idea ampliarlos recurriendo a las fuentes citadas, sabiendo, de antemano, que el insólito objetivo que orienta lo que escribo radica en que nos conformemos con entender a medias.
También es por eso que se pasa, muy rápidamente, desde un tema al otro, dado que la intención principal, más que profundizar en ellos, consiste en trasmitir que, recíprocamente, se iluminan. Tal vez su lectura pueda ser más agradable, para los lectores impacientes, leyendo primero su parte tercera, para completarla luego con las dos primeras, que otorgan fundamento a lo que el conjunto entero intenta trasmitir.
El diseño de la tapa, realizado por mi hija, Silvana Chiozza, nos muestra, en el gigantesco edificio que es uno de los tantos miles que se multiplican en las grandes ciudades, y que aparece “manchado” por la peste, la representación simbólica del enjambre que, conviviendo, constituimos. Una “colmena humana” cuyos designios, determinados por una existencia colectiva dotada de una inteligencia que trasciende a la que pueden alcanzar sus integrantes, permanentemente ignoramos.
Sólo me resta añadir que me alienta la esperanza de que el lector encuentre, en las preguntas que aquí se despiertan, algunas de las que, a veces, en los días infaustos, él mismo se formula, y que en este libro divise, conmigo, una pequeña luz en el fondo del túnel.
Noviembre de 2020
Primera parte
1. Acerca del ser humano
Nuestro lugar en el cosmos
La luz visible para nuestros ojos humanos comprende las longitudes de onda entre 400 y 700 nanómetros (mil millonésimas partes de un metro), un infinitesimal campo de radiaciones electromagnéticas que dentro de un espectro (que no vemos, pero que llega de todos modos a nuestro cuerpo) va desde las ondas gama, tres mil millones de veces más cortas, hasta las ondas de radio, tres mil millones de veces más largas. Más allá de los 400 nanómetros, las mariposas que polinizan las flores ven en colores ultravioletas, en los pétalos que nosotros vemos uniformemente blancos o amarillos, las marcas que les indican el acceso a las fuentes de néctar.
Mientras nuestro rango de ondas audibles recorre un espectro que va desde 20 hasta 20.000 hertz (ciclos de compresión de aire por segundo), los murciélagos, por ejemplo, sintonizan pulsos ultrasónicos para el oído humano y “escuchan” mediante el eco la localización de los insectos que atrapan con toda precisión. Otros organismos, como es el caso de algunos peces, viven en un mundo de electricidad galvánica con electrorreceptores que les permiten percibir medidas, formas y movimientos en el agua oscura.
Construyendo, mediante el pensamiento, instrumentos que amplifican la capacidad de nuestros sentidos, nos movemos en un espectro racionalmente construido, que abarca desde la trayectoria de una partícula subatómica hasta el nacimiento de las estrellas a miles de años luz en distantes galaxias. El orden de magnitud que separa estas dos “percepciones” de la consciencia humana corresponde a un 1 seguido de 37 ceros.
Cuando nos damos cuenta de que nuestra existencia sólo es posible dentro de una trama por obra de la cual únicamente se puede ser siendo con otros, surge de forma inevitable preguntarse acerca de cómo funciona el género humano en ese megaorganismo variopinto constituido por la vida que habita en la corteza del planeta desde unos 8.000 metros en las profundidades del océano hasta unos pocos más en lo alto del cielo. Cuando nos referimos al hecho de que somos conviviendo, solemos recurrir a los ejemplos de la hormiga y de la célula que integra un organismo pluricelular, y a pesar de que la biología moderna nos ha descubierto un mundo complejísimo y fascinante en cada uno de esos dos ejemplos, no podemos dejar de pensar que un ser humano es mucho más que una hormiga y que una célula.
¿Pero sobre qué tipo de valores podríamos sustentar la superioridad de nuestra condición humana como forma de vida? No es fácil establecer a ciencia cierta un criterio indiscutible. ¿Dónde encontraríamos una supuesta superioridad? ¿En las cianobacterias anaerobias que ocuparon la Tierra durante los primeros dos tercios del tiempo de existencia de la vida y que continúan viviendo también en las células de los vegetales? ¿En los virus que cambian permanentemente de residencia usurpando la máquina celular de otros seres complejos y que ponen en crisis nuestros conceptos acerca de la vida? ¿En los líquenes que sobreviven, en lugares increíbles, a las peores inclemencias? ¿En los insectos que hoy pueblan el planeta con millones de especies diferentes? ¿En las sequoias milenarias o en la asombrosa y equilibrada combinatoria de capacidades distintas que nos muestra el delfín?
Dejando de lado las formulaciones antropocéntricas que conducen a ver al hombre como el rey de la creación y al resto de la naturaleza como recursos de los cuales puede disponer desaprensivamente (y que muestran indudables semejanzas con la imagen geocéntrica anterior a Copérnico), cabe preguntarse: ¿sobre qué parámetros podría trazarse el contorno de la dimensión humana en el ecosistema? Suelen aducirse tres cualidades como distintivos categóricos de los seres humanos: el pensamiento racional, la consciencia de sí mismo y la capacidad para simbolizar. Sin embargo, cuando examinamos lo que pensamos acerca de cada una de ellas, descubrimos que (tal como lo planteamos en El interés en la vida) no constituyen un exclusivo patrimonio de la condición humana.
No cabe duda de que tanto la riqueza de nuestro lenguaje y de nuestras expresiones simbólicas como las complejas construcciones de nuestra ingeniería nos conducen a pensar que la evolución de la cultura desarrollada por el Homo sapiens alcanza una magnitud incomparable. ¿No solemos acaso asumir, con demasiada frecuencia, que nos hemos apoderado del planeta? Pero tampoco cabe duda de que los parámetros que nos conducen a valorar esos logros nos pertenecen por entero.
Consignemos, por último, en este apartado, que un grupo de científicos insignes sostienen enfáticamente, como consecuencia de importantes investigaciones (Las edades de Gaia, James Lovelock; Animate Earth, Stephan Harding), que nuestro planeta constituye un organismo vivo integrado por el conjunto de las especies que coformamos la biosfera.
La trama de la vida en el planeta
Tal como surge de lo que señala Adolf Portmann (en Los cambios en el pensamiento biológico), la necesidad de sobrevivir no alcanza para explicar la existencia de la vida ni cuáles son los principios que orientan sus fines. En otras palabras, que la cola del pavo real se explique por la necesidad de seducir a la hembra no explica por qué la seduce semejante belleza. Konrad Lorenz (en La otra cara del espejo) dirá que o bien intentamos comprender a partir de lo que sensiblemente intuimos, o bien deberemos resignarnos a que nada podremos comprender. Katya Mandoki (en El indispensable exceso de la estética), explorando la sensibilidad estética desde las formas biológicas primigenias, nos conduce a coincidir con Portmann en que sólo el lenguaje del arte nos aproxima a comprender las manifestaciones de la vida en sus formas complejas.
Las teorías actuales acerca de la complejidad, que nos llevan a considerar que el conjunto de la vida en el planeta constituye una biosfera que funciona como un megaorganismo, ponen en crisis ideas tradicionales profundamente arraigadas. No sólo porque nos permiten comprender que, más allá de vivir indisolublemente ligados con otros miembros de la misma especie, sobrevivimos como integrantes de organismos “mayores”, sino también porque nos conducen a contemplarnos como seres compuestos “internamente” por la interrelación de otros seres vivientes.
La inmensa mayoría de los microbios que existen no son enemigos malignos. Las células sin núcleo (procariotas) que constituyen las organelas (mitocondrias, cloroplastos y undulipodios) de las células nucleadas (eucariotas) que integran un organismo complejo son bacterias que se unen para vivir en simbiosis. Cada uno de los óvulos que una mujer genera contiene, por ejemplo, unas cien mil mitocondrias. Cada uno de nuestros órganos es un continente “geográfico” dentro del cual conviven diferentes pueblos celulares, que se dedican a distintas “industrias”, en un permanente intercambio con los productos que provienen de los diversos continentes que integran el ecosistema interno de un ejemplar de nuestra especie humana. Lo que decimos se comprueba cuando reparamos en que un corazón o un hígado trasplantados pueden sobrevivir en otro organismo cuando el huésped lo acepta. Somos, entonces, una población de los microbios que nos constituyen desde el momento evolutivo en que aceptaron convivir en una sociedad pluricelular.
Fred Hoyle y N. C. Wickramasinghe (en La evolución de la vida desde el espacio exterior) señala: “Hablamos como si nosotros fuéramos los que digerimos nuestros alimentos. Es mentira: son las bacterias las que descomponen nuestra comida en sus sustancias más elementales, que nuestros organismos sí pueden absorber y aprovechar. Buena parte de nuestra digestión corre a cargo de nuestras bacterias. Nuestro papel se reduce a crear las condiciones para que ellas vivan en nuestro interior”.
Lewis Thomas, el insigne presidente del Memorial Sloan Kettering Cancer Center y miembro de la Academia de Medicina, en Nueva York, sostiene (en Las vidas de la célula) que, cuando va a pasear por el bosque, es imposible decidir si él ha sacado a respirar a sus mitocondrias o si son ellas quienes, con idéntico fin, lo han llevado a caminar por el bosque. Cuando un hombre se traslada, los billones de seres que forman sus órganos se trasladan con él. Cuando respira, una nube de microorganismos, que constituye una “biota” tan prototípica como lo son sus huellas digitales, “lo envuelve”. Muchos de los seres que, mientras vive, emana “viajan” hacia otra persona, y a veces se quedan para vivir allí.
Lo que habitualmente llamamos “individuo”, se trate de un ser humano, de una jirafa, de un árbol o de una ballena, es el producto de un “convenio constituyente”, simbiótico, de bacterias y de células que aceptan un “estatuto de procedimientos” para convivir integrando a los organismos pluricelulares. Una enorme cantidad de tales organismos pluricelulares, constituidos en especies, que conforman otros tantos órganos del ecosistema del planeta, se reproducirán a través de un microscópico plasma germinal que contiene la simiente de un organismo semejante.
Utilizamos la palabra individuo para referirnos a una realidad existente que si se divide cambia su manera de ser. Cuando usamos la palabra para referirnos, por ejemplo, a una persona, ese sentido estricto, de acuerdo con el cual sus células y las bacterias que las constituyen, en sí mismas, también son individuos, permanece implícito. Lynn Margulis y Dorian Sagan (en Microcosmos, por ejemplo) consignan que nuestro cuerpo humano está compuesto por cien mil billones de bacterias procariotas que integran los mil billones de células que nos constituyen.
Hoy sabemos que la abeja reina no gobierna la colmena, y que las agrupaciones de algunos insectos que hasta ayer llamábamos “sociales” constituyen en realidad superorganismos con una “inteligencia propia”, como sucede con las muchedumbres que denominamos “colmena” y “hormiguero”.
Pensábamos que una colonia de bacterias funcionaba, simplemente, como una agrupación de microbios, pero (tal como lo exponen con elocuencia Eshel Ben-Jacob, Yoash Shapira y Alfred Tauber en “Smart Bacteria”) en una pequeña mancha de muy pocos centímetros, una cantidad de bacterias (mayor que el número de seres humanos que habitan la Tierra) se constituye como un verdadero organismo “superbacteriano”, sensible en su relación con el entorno. Se trata de un organismo cuyos integrantes procariotas se comunican entre sí y desempeñan las distintas funciones que lo conforman.
Sabemos también que en los organismos más complejos una enorme cantidad de neuronas se interrelacionan para formar un cerebro en el que no existe una “neurona presidente”. Un bosque es un sistema ecológico, y la biosfera entera constituye una trama que se integra en el ecosistema del planeta configurando una complejísima red. Los seres humanos convivimos en ciudades de una manera similar y compleja. Nuestras comunicaciones han ido creciendo hasta “construir” una internet cuyo ejercicio funcional, tal como sucede en un cerebro, es “presidido” alternativamente por distintos conjuntos de sus integrantes, por distintos “nodos”, que adquieren preminencias transitorias.
Una multitud de fenómenos conocidos desde antiguo, que no pueden explicarse por obra de una selección natural, como, por ejemplo, la fecundación de algunas flores con la “interesada” colaboración de ciertos insectos o de pájaros, conducía hacia una interpretación, en términos de una inteligencia ecosistémica, que desde la ciencia no nos sentíamos en condiciones de asumir.
Agreguemos, por ejemplo, que Robert Sapolsky, profesor de Ciencias Biológicas y de Neurología en la Stanford Medical School, señala (en Mind, Life and Universe, de Lynn Margulis y Eduardo Punset) que no debe ser casual que el virus de la rabia, cuando infecta al perro, lo conduzca a morder, ya que el virus se acumula en la saliva, desde donde se propaga cuando es inoculado mediante la mordedura. Abonando la idea de que no se trata de un fenómeno casual ni de un episodio aislado, cita también el caso de la toxoplasmosis, cuyo agente, el toxoplasma, tiene por objetivo trasladarse desde el lugar en que habita transitoriamente, dentro de la rata, hasta el estómago del gato. Es bien conocido que a las ratas les desagrada fuertemente el olor del gato y cuando lo huelen se alejan, pero, cuando el toxoplasma afecta su cerebro, súbitamente aman ese olor, abandonan su fobia y se aproximan a él. El resto de las funciones de la rata no son afectadas por el toxoplasma invasor; sólo “reajusta” el cerebro del roedor para facilitar que el gato se lo coma, ya que de ese modo el parásito logrará su objetivo.
Hace unos años, en El interés en la vida, escribimos que el problema del “misterioso salto” entre el cuerpo y el alma ya no nos tortura tanto, y no porque lo hayamos comprendido en su totalidad, sino porque, desde que pensamos que lo que llamamos somático y lo que llamamos psíquico son como dos caras de una misma moneda, ya no es necesario encontrar un “mecanismo” o un lugar a través de los cuales podamos “saltar” de un lado al otro. Somos, siempre, un organismo unitario que se manifiesta, a la contemplación humana, con distintas cualidades, y lo único que “salta” es la mirada.
Decíamos, entonces, que lo que nos urge, en cambio, ahora, es comprender la crisis en la cual nos precipita un anacrónico concepto de “individuo” o, mejor dicho, de persona, que, como hemos visto (y tal como lo hemos expresado en La enfermedad. De un órgano, de una persona, de una familia y de un pueblo) en la biología de hoy, ya no se sostiene. Es una tarea de nuestro horizonte actual, tan difícil, como fue, otrora, aclarar el problema, mal planteado, del misterioso salto entre el cuerpo y el alma, cuando nuestras arraigadas intuiciones lo dificultaban.
Señalemos que, antes de que se consolidara la noción de lo que posteriormente se llamó derechos individuales, cuando los humanos vivían en comunidades como la tribu, y en un mundo mágico, las particularidades de cada uno tendían a quedar subsumidas en las normas de una convivencia colectiva. Por eso, no cabe duda de que el progreso en la noción de un derecho individual (que ocurrió íntimamente vinculado con el desarrollo del pensamiento lógico) constituyó un escalón enorme en la evolución de la humanidad. Pero tampoco cabe duda de que ese progreso ha dejado atrás su punto óptimo y ha ingresado en una exageración malsana que afecta nuestra convivencia de una forma grave.
El lugar en que el alma reside
Reparemos en que Erwin Schrödinger, que ha recibido el Premio Nobel de Física por su descubrimiento de las ecuaciones de onda en la mecánica cuántica, afirma (en Mente y materia) que la mente no ha podido abordar la gigantesca tarea de “construir” un mundo “exterior”, objetivo, sin el recurso simplificador de excluirse a sí misma, de omitirse en su creación conceptual. Pero que, a pesar de eso, no podemos sostener a ultranza el modelo conceptual que nos conduce a un universo unilateralmente material, porque, si la palabra “universo” designa al conjunto entero de todo lo que existe, es verdad que en el universo también existe la consciencia.
Sin embargo, una cosa es admitir que, tal como señala Weizsaecker (en Patosofía), un ser humano es un objeto que “contiene” un sujeto, y otra cosa es establecer en dónde reside su consciencia. No cabe duda de que, más allá de una simplificación que habitualmente asumimos, la música que escuchamos “no está” en el pendrive que la registra, ni en el parlante del cual, según parece, emana. Es un producto complejo que “proviene” del pendrive, pero también del lector electrónico y de la energía que lo mueve, de la voluntad del que lo enciende y, además, de la actitud de escucharlo.
El alma que “emana” del cuerpo está sujeta a condiciones similares. La sinfonía que el receptor de radio transmite le llega desde un campo impregnado por esa información. Los pensamientos que un ser humano procesa y expresa, y que “resuenan” en él como producto de un continuo intercambio inconsciente con su entorno, no permanecen físicamente en su interior.
Funcionamos como antenas que “detectan” un período (capacidad que Freud, en su Proyecto de una psicología para neurólogos, atribuía a la consciencia) “sintonizando” las ideas, los afectos y las conductas que flotan en el ambiente en que vivimos. Algunas de esas ideas, afectos y conductas que nos atraviesan se quedan con nosotros, porque producen un cambio perdurable en nuestra estructura física, en nuestras funciones, en nuestros sentimientos o en nuestros hábitos. Tal como dice Antonio Porchia en Voces: “Me hicieron de cien años unos minutos que se quedaron conmigo, no cien años”. Gregory Bateson lo expresa cuando señala (en Pasos para una ecología de la mente): “Las ideas que hoy son yo mañana pueden ser usted”.
Platón (en su Timeo) se refiere a la parte del alma que habita en torno al hígado. Sin embargo, del mismo modo en que la música no “está” en el violín, la envidia no “habita” en el hígado, los recuerdos no están en las venas ni los sentimientos en el corazón. La voluntad no está en el hígado ni en los músculos. Los pensamientos, los sentimientos y los deseos no están en el cerebro. Todos esos órganos, que intervienen en esos procesos, se prestan para representarlos adecuadamente, pero eso no significa que los procesos representados residan allí.
Reparemos en que el alma de una persona existe “más allá de su piel” y es una parte inseparable del alma colectiva que constituye el espíritu de una comunidad. Reparemos también en que las intenciones que, como motivos, pueblan su mente ya se manifiestan en las funciones de sus células. Aunque a primera vista puede parecer osado afirmar que una ameba, cuando distingue entre un alimento y un tóxico, establece un juicio, resulta obvio si reparamos en que establecer una diferencia es, precisamente, otra manera, equivalente, de definir el juicio, que se caracteriza por afirmar, o negar, una cualidad de un sustantivo. Lo mismo ocurre cuando un linfocito reconoce un antígeno.
Una vez admitida la íntima trabazón anímica implícita en el espíritu de una comunidad, se comprende que los cambios evolutivos (o involutivos) del espíritu de un ecosistema influyan en el desarrollo y en la generación de la forma (morfogénesis) de sus integrantes.
¿Qué significa “yo”?
Podemos afirmar, junto con los neognósticos de Princeton (Raymond Ruyer, La Gnosis de Princeton), que la consciencia es un singular cuyo plural se desconoce. En la autorreferencia, cuando digo o pienso “yo”, el yo pasa a ser objeto, pasa a ser ello (como mis manos, mi inteligencia, mi memoria, la tierra de mi país que piso o la enfermedad por la cual sufro) y depende de acontecimientos que escapan a mi dominio.
Ello (“fuera” de mí en el espacio o en el tiempo) contiene innumerables entidades a las cuales atribuyo el conjunto de características que denominamos “yo” (que puede ser un “tú”, un “él”, un “ella” o sus equivalentes plurales). La proyección en el mundo, fuera de los límites del yo, de algo que alguna vez hemos caracterizado como una laberíntica galería de espejos establece el significado de los vínculos y de las personas “construyéndolos” mediante la transferencia que acompaña a las numerosas “especulaciones”. Más allá de las interesantes cuestiones que plantean Hofstadter y Dennett (en Mind’s I. Fantasies and Reflections on Self and Soul) acerca del yo de la mente, la cualidad esencial a la que nos referimos cuando utilizamos el pronombre personal que designamos “yo” es esa consciencia, de la propia existencia, que denominamos “sentimiento de sí”.
Frente al mundo que constituye el “no yo” que configura un ello, la automovilidad que constituye lo que denominamos intención (reparemos que “animado”, dotado de alma, también significa “que se mueve”) y la autorreferencia que configura el “sentimiento de sí” (como una adquisición de lo que denominamos consciencia) integran las características que conforman un ego.
Experiencias ya registradas en textos antiguos (Upanishads) conducen a dos formas de manifestación de la consciencia. Una, “primaria”, en la cual la consciencia de “sí mismo” (self) permanece en la penumbra. Se manifiesta como una amalgama de sensación y percepción que “motiva” (gatilla), sin desasosiego, el impulso que tiende hacia la satisfacción de una carencia leve que la vida genera. (Es así como, sentado, puedo cruzar una pierna casi sin darme cuenta y sin necesidad alguna de “pensar en mí”). Otra, “secundaria”, en la cual la dificultad arrecia y el apremio de la vida conduce hacia la disociación que genera, de manera más nítida, la interfaz (consciencia “de”) que separa, en un acto de consciencia, al yo y su circunstancia y que se manifiesta, muchas veces, como esa condición dramática de la existencia humana que inicia la filosofía y de la que tanto se ha ocupado José Ortega y Gasset.
Darmowy fragment się skończył.