Czytaj książkę: «La naturaleza»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 316


Asesores para la sección latina: JOSÉ JAVIER ISO y JOSÉ LUIS MORALEJO .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por FRANCISO PEJENATURE RUBIO .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2003.

www.editorialgredos.com

Este trabajo se incluye en el Proyecto de Investigación «Liber» (BFF2000-0366) de la Dirección General de Investigación del Ministerio de Ciencia y Tecnología.

REF. GEBO397

ISBN 9788424936938.

INTRODUCCIÓN
1. El tiempo de Lucrecio

Nacido en el primer decenio del s. I a. C. y muerto hacia mediados de la centuria 1 , el poeta Tito Lucrecio Caro vive en unos tiempos de violenta inestabilidad y fuertes disensiones civiles 2 que habrían de cambiar la faz de Roma y el Mediterráneo. Nos han llegado pocos datos e inseguros sobre su vida, que parece llevada según aquella regla de su maestro Epicuro (Samos 341-Atenas 270 a. C.) que aconsejaba vivir a escondidas 3 .

Desconocemos el lugar de su nacimiento 4 . Algunos lo han querido situar en la Campania, territorio por donde deambulan simpatizantes del epicureísmo 5 , otros en la Galia Cisalpina, patria de Catulo y Virgilio 6 , pero lo único probable es que residiera largos años en Roma según dejan ver muchos detalles de su poema 7 : los entrenamientos militares en el Campo de Marte, las procesiones orgiásticas de Cibeles, los espectáculos teatrales y escenografías palaciegas 8 .

Sobre la clase social a la que perteneció sólo es posible hacer conjeturas. Hay quien ha defendido que era de familia noble, pues los Lucretii aparecen en los Fastos como detentadores de magistraturas 9 . Pero, aunque la gens Lucretia era ilustre y antigua, tenía también ramas plebeyas. Otros reparan en cambio en su cognomen Caro (Carus) , que, acaso de estirpe celta, era frecuente en esclavos, y suponen por ahí que fue un liberto 10 . Un apoyo para encuadrarlo en la clase de los clientes modestos parece prestarlo la dedicatoria del poema a un rico y poderoso Memio (I 26). Pero el tono que usa Lucrecio en sus palabras es más bien de amistad juvenil, e incluso parece hablar con cierta autoridad de preceptor y ofrecer a su discípulo algo más valioso que lo que podría obtener de él 11 .

Es del todo inseguro que hiciera un viaje de formación por tierras helénicas, a pesar de que «su cognomen , Caro, reaparece en medio de un grupo de epicúreos asentados en la isla de Rodas, de los que hace mención una carta anónima adjuntada por vía epigráfica entre los textos fragmentarios de Diógenes de Enoanda» 12 . Este Diógenes fue un apóstol tan entusiasta del epicureísmo que grabó en un muro de su ciudad, en tierras de Anatolia, pasajes de tratados, cartas y aforismos de la secta , que se han ido rescatando desde el año 1884 13 .

Que en unos versos del poema Lucrecio aparezca como quien está familiarizado con peleas matrimoniales y prácticas favorables a la fecundidad de «nuestras esposas», como dice literalmente (IV 1277), no es ninguna prueba de que estuviera casado.

Y al referirnos a su muerte topamos con una historia que rueda por los siglos como leyenda infamante desde que San Jerónimo, en escueta nota, afirmara que el poeta se había intoxicado con un filtro amoroso y había enloquecido, si bien pudo escribir su poema (que luego corregiría Cicerón) en intervalos de lucidez antes de acabar suicidándose 14 . Todo esto acaso no sea más que una fábula tipificadora como tantas que se han adherido a las biografías de los antiguos filósofos (las vidas de Sócrates o Diógenes el Cínico están hechas de ellas y casi de nada más), o el resultado de una serie de vagas alusiones que cuajan en un persistente malentendido 15 . El caso es que el cuento prende y forma parte ya de la memoria de los siglos. Sobrevuela o impregna cualquier juicio que se haga sobre el poeta. Los editores renacentistas, que con una suerte de horror al vacío aprovechan todo para confeccionar sus «Vidas» de Lucrecio, lo recogen y amplifican 16 . Los estudiosos modernos oscilan entre una aceptación llena de suspicacia 17 y el rechazo o menosprecio más decidido de la noticia 18 . Unos la consideran perjudicial pero operante 19 , otros la despejan como niebla que impide ver al verdadero poeta 20 , alguno 21 ni siquiera la toma en cuenta (pues la calumnia, ya se sabe, medra con su refutación). Hay en toda la historieta, es evidente, una intención de desacreditar a Lucrecio. La pretendida locura anularía cada verso del poema (pues el autor no sabe lo que dice), mientras que el acto final, el suicidio, refuta por vía práctica el mensaje de una doctrina que se proclama gozosa pero que no sabe mantener al que la enseña en la felicidad mínima de seguir vivo 22 .

2. Título, fecha y dedicatoria

De rerum natura (‘Sobre la naturaleza’) es sin duda un calco del título griego Perì phýseōs. Ya ahí se le planteó a Lucrecio un problema de adaptación por culpa de la exigüidad del vocabulario filosófico latino, que él llama «pobreza de la lengua» (I 832). Y no hay equivalencia exacta: mientras el término griego phýsis habla de ‘producción’ o ‘brote’, el latino suena más de la cuenta a ‘nacimiento’ 23 .

Sólo podemos dar una fecha aproximada de la publicación del poema. La única noticia datable que contiene es muy imprecisa: dice el poeta que tanto a él como a su lector y destinatario Memio les es difícil trabajar y concentrarse en tiempos de zozobra para la patria (I 41). Se detecta en la expresión una indudable ansiedad que puede corresponder a muchos momentos de la agitada vida de Roma 24 . Pero tenemos de otra parte una referencia contenida en una carta de Cicerón a su hermano Quinto (II 9, 3) fechada en febrero del 54. La nota es preciosa y no podemos pasar sin ocuparnos de sus detalles. Cicerón habla del poema lucreciano dando a entender que tanto él como Quinto lo han leído: «Los poemas de Lucrecio, tal como escribes, así son: con muchos deslumbres de talento y sin embargo de mucho artificio. Pero ya veremos cuando vengas …» 25 . La mayoría de los estudiosos se inclina a pensar que cuando la carta se expide no sólo la ejecución de la obra había concluido, sino que además el poeta había muerto 26 .

El poema, ya lo hemos señalado, tiene un destinatario al que se interpela en varios pasajes como Memio o Memíada, esto es, alguien perteneciente a la familia nobilísima de los Memmii que, según la Eneida 27 , remontaba su origen al héroe troyano Menesteo. El aludido suele identificarse con Gayo Memio, un inquieto y ambicioso aristócrata casado con Fausta, hija del dictador Sila. Su biografía está más llena de noticias que la de Lucrecio. Memio había combatido a las órdenes de Pompeyo en Hispania (77 a. C.). Como tribuno en el año 66, logró el aplazamiento del desfile triunfal de L. Luculo y, como pretor en el 58, se enfrentó a propuestas legales de César y tuvo mando sobre tropas 28 . Ejerció como gobernador de Bitinia en Asia Menor el año 57. En su viaje a la provincia llevó con él a los poetas Helvio Cinna y Catulo 29 (que, con camaradería tabernaria, lo moteja de cicatero con los amigos y perdulario) 30 . Es casi seguro que los patrocinaba 31 . Por culpa de ciertas ilegalidades confesadas no logró el consulado del año 54 para el que gozaba del apoyo de Julio César. Dos años más tarde, acusado de ambitu (irregularidades electorales), marcha desterrado a Atenas. Allí lo vemos metido en un asunto que lo pone en relación, aunque sea de modo externo y material, con la secta de los epicúreos. En efecto, Cicerón le aconseja por carta 32 , obrando según dice a instancias de su amigo el epicúreo Ático 33 , renunciar al derecho, validado por el Areópago, de construir sobre el solar y las ruinas de la casa y el jardín de Epicuro situados en los suburbios de Atenas. Aparte de este lance, poco parece que debió de interesarse el ambicioso Memio en una doctrina como la epicúrea, que predicaba la renuncia de las glorias políticas y militares 34 . Pero, eso sí, tuvo barruntos de orador y poeta, y fue sin duda hombre de buen gusto y aficionado a las letras. Ovidio 35 nos informa de que escribió poesía amatoria con desparpajo. Memio, pues, habría estado más interesado en la literatura como ornato que en la filosofía como forma de vida. Su muerte ocurre probablemente antes del 46. Lucrecio no alaba ni directa ni indirectamente (como imponen los usos) a su dedicatario. Acaso Memio no merecía alabanzas y Lucrecio lo escogió como interlocutor precisamente por eso, por sustentar como ninguno una mentalidad que obstaculiza y desafía al maestro y consejero 36 . Y como paradigma de una clase dirigente tan descarriada como refractaria a cualquier remedio moral, Memio metía de rondón el poema en su desapacible contexto histórico 37 . Es un cuadro social de guerras civiles, aspiraciones encontradas, acumulación de riquezas, luchas de clase, corrupción sin freno 38 . Las ideas de decadencia lleva en último término a la sensación de acabamiento y derrumbe del mundo 39 . El poema es espejo de la penuria moral de su época, a la que diagnostica, juzga y a su modo propone remedio. Es como si en un trasfondo de violencia y locura valiera la excepción que puso Epicuro a su consejo de abstenerse de intervenir en los negocios públicos 40 .

3. Enseñanza a través de la poesía

Una larga tradición de poesía didáctica prepara y dispone la obra de Lucrecio. Estaban los ejemplos venerables de Hesíodo y los filósofos anteriores a Sócrates que expusieron sus doctrinas en verso. Pero a lo largo de su desarrollo histórico, sobre todo en la edad llamada alejandrina, la poesía didáctica osciló entre temas elevados 41 y triviales 42 . Surge igualmente en esta edad, saturada de libros y literatura, el metaphrastḗs , versificador profesional que se limita a retocar el vocabulario o remover el orden de la prosa de un tratado cualquiera para sacar un mediocre producto poético. Pero el De rerum natura va en serio, no es ni trivial en su contenido ni pedestre en su lenguaje. Pretende ser el receptáculo de un mensaje que provoque en el ciudadano un profundo cambio de mentalidad y conducta. No se corresponde, que sepamos, con ningún tratado epicúreo que le sirva de pauta; nada de eso, sino que el propio autor de algún modo reanuda con sus lectores la tarea entusiasta de iluminación y liberación que en su momento desempeñó con él el Maestro. No oculta su pedagogía sino que desvela el truco supremo de endulzar con versos la amarga prosa. Su intención declarada es quitarle así al razonamiento la aspereza que sin poderlo remediar le acompaña: rationemdulci contingere melle 43 .

Sin embargo, en lo hondo de su actividad poética, Lucrecio no concibe la poesía como mero excipiente del medicamento filosófico; no faltan en él alusiones más o menos secularizadas a las raíces misteriosas o sagradas de la inspiración 44 . Tampoco es que compusiera, como a veces se dice con anacrónica admiración, una epopeya de la ciencia (entendida al menos según nuestra moderna concepción servil o tecnológica) sino que se limitó, como él mismo expone, a dar brillo en versos latinos a los ocultos hallazgos de los griegos (I 136-137) y a publicar un canto luminoso sobre un tema descolorido, poniendo en todo un toque de gracia inspirada (IV 8-9). Será docto como piden las convenciones de su tiempo, pero huirá de todo culteranismo caprichoso o exhibicionista, pues sólo los estúpidos admiran lo que se encubre con expresiones torcidas (I 642). «Huye, bendito, de todo tipo de cultura al iniciar la singladura de tu bajel» 45 , había ordenado Epicuro. Lucrecio procuró por ello resolver la paradoja que suponía el que la doctrina de su Maestro se transmitiera en un poema tachonado de inevitables referencias cultas 46 . Porque es que los filósofos, y Platón el primero 47 , habían recelado siempre de los poetas. Epicuro vio en la poesía una actividad inútil y un daño para la verdad, que se desfigura con el uso traslaticio y ambiguo del lenguaje; la consideró un peligro para el alma, toda vez que suscita en ella pasiones y fantasmas 48 . El sabio, según él, estará capacitado para opinar sobre poesía pero «en la práctica, no compondrá poemas» 49 . Lucrecio desobedece al Maestro 50 . Y no fue el primero en hacerlo. Tenemos el caso del contemporáneo Filodemo de Gádara (110-35 a. C.), epicúreo asentado en Italia, abierto y erudito, que compuso refinados epigramas 51 . Comoquiera que sea, Lucrecio se consideró venturosamente libre y dispensado del duro veto de Epicuro.

4. Modelos y fuentes

Ante todo, hay que establecer las relaciones del De rerum natura con los textos epicúreos. El autor deja claro desde los primeros versos que él es un propagandista fiel de Epicuro. Su entusiasmo por el Maestro es evidente, pero resulta muy difícil sin embargo medir el grado de fidelidad con que trasmitió sus doctrinas. Más todavía si tenemos en cuenta que ninguna obra importante de Epicuro nos ha llegado completa. Diógenes Laercio, un erudito tardío, incluyó en su biografía de Epicuro (X 139-154) unas breves «Opiniones principales» (Kýriai dóxai) y tres importantes cartas pedagógicas: una dirigida a Heródoto (X 35-83) sobre tema físico (que se corresponde con los libros I, II y V de Lucrecio); otra dirigida a Pitocles (X 84-116) sobre tema meteorológico (como el libro VI); una tercera dirigida a Meneceo (X 122-134) sobre ética (materia que se halla disuelta en el poema latino). Aparte, el llamado Gnomologio Vaticano , descubierto en 1888, recupera unas ochenta y una sentencias (algunas de las cuales coinciden con las «Opiniones principales». El Perì phýseōs , un prolijo tratado en treinta y siete libros, de los que calcinados papiros nos restituyen extensos fragmentos, aporta el título y la ordenación general del De rerum natura 52 . La adaptación lucreciana no se atiene, pues, a ninguna obra conocida de Epicuro. Porque Lucrecio, según él mismo reconoce, quiso libar como abeja en los escritos de Epicuro para condensar y rehacer lo mejor de sus palabras (omnia nos itidem depascimur aurea dicta , III 12). El poema es así un conjunto orgánico y original de doctrinas epicúreas con un sesgo o punto de vista peculiar. Tiene presente ante todo la realidad física donde está encerrado el hombre y en la que, como una parte suya, despliega su conocimiento y sensaciones, sus posibilidades y garantías de felicidad.

No poca importancia tiene que Lucrecio siguiera el ejemplo de los poetas filósofos que precedieron a Sócrates y se ocuparon ante todo del tema de la naturaleza. En hexámetros expusieron su doctrina Jenófanes, Parménides y Empédocles. El atomismo, punto central de la física epicúrea, al depender casi por completo de los venerables Leucipo y Demócrito, facilitó a Lucrecio la tarea de fundir epicureísmo y tradición presocrática. Pero su mentor ideal fue sin duda Empédocles. Empédocles (493-433 a. C.) compuso un poema Sobre la naturaleza del que se conservan trescientos cincuenta versos, lo suficiente para colegir que pretendía explicar el mundo a partir de unos pocos principios básicos cuyo comportamiento aclara su estado presente y sobre todo la complejidad de los seres vivos. Un Salustio, que acaso es el mismo que el historiador, compuso unas Empedoclea , endebles a decir de Cicerón, pero que pudieron despertar la admiración de Lucrecio por el filósofo poeta. Lo cierto es que en su poema Empédocles se muestra seguro de sí mismo hasta la fanfarronería (Lucrecio en sus prólogos aparece lleno de confianza y entusiasmo); en el prólogo habla de la brevedad de la vida, las limitaciones del conocimiento humano y los riesgos de la presunción (Lucrecio advierte constantemente sobre los límites y dificultades del conocimiento); invoca a la Musa de blancos brazos pidiéndole «tal conocimiento como es lícito oír a criaturas de un día» 53 (también Lucrecio alude a las Musas). Hay en el poema griego un destinatario llamado Pausanias y una alabanza de Pitágoras (Memio y Epicuro hacen el mismo papel en el De rerum natura). El filósofo griego exalta la felicidad del sabio 54 (como hace el latino una y otra vez). Incluso la adaptación alegorizante de la estampa homérica de los amores entre Venus y Marte puede que la intentara Empédocles antes que Lucrecio 55 .

Para que el poema didáctico de Lucrecio no fuera un monumento aislado no faltaban tampoco ejemplos ambiciosos dentro de la propia literatura latina. Ya hemos mencionado los Empedoclea de Salustio. Poco sabemos del carmen Pythagoreum de Apio Claudio (censor en el 312 a. C.), si tenía una temática (la amistad) o simplemente se trataba de un acopio de aforismos. Ennio (239-169 a. C.), el padre de la literatura latina, publicó un Epicharmus , traducción de un poema sentencioso sobre la naturaleza falsamente atribuido a Epicarmo de Sicilia. Macrobio (VI 5, 12) menciona a un tal Egnacio como autor de un De rerum natura y trasmite dos hexámetros que suenan dentro de los modos refinados de los poetae noui pero también con visos lucrecianos: roscida noctiuagis astris labentibu’ Phoebe (frag. 2 Morel). Plutarco, en la vida de Pompeyo (cap. X) habla de un Quinto Valerio Sorano (muerto el 82 de C.), poeta de intereses filosóficos, que había compuesto un poema místico-filosófico inspirado en el panteísmo estoico 56 y que empezaba con una invocación a Júpiter muy similar al arranque del De rerum natura: Iuppiter omnipotens regum rerumque deumque / progenitor genetrixque (frag. 4 Morel).

Lucrecio no fue un ingenio lego. En su poema se refleja una vasta cultura literaria que no es exclusivamente filosófica. En el contexto del poema la entonación didáctica, fría y objetiva, se ve interrumpida, a veces muy bruscamente con otras de carácter épico, trágico o satírico. Revela por ahí el poeta doctus que conocía a Homero, Hesíodo, Eurípides (sacrificio de Ifigenia) y Tucídides (peste de Atenas), a los líricos arcaicos (síntomas corporales de la pasión) 57 , a Calímaco y a algunos autores de epigramas y poetas helenísticos. No sorprende entonces que presente a Epicuro levantándose como un sol que borra con su luz la de los otros astros (III 1044), tal como el epigramista Leónidas de Tarento había presentado a Homero (Antol. Palat. IX 24).

Lucrecio se asoma desde su escuela a otras: «Algunos de los cuadros más celebrados de Lucrecio», observa A. Dalzell, «derivan de la tradición filosófica: los átomos en el rayo de sol se remontan por lo menos a Demócrito (Aristóteles, De anima 404a 1-6); la carrera de antorchas y la famosa imagen de la miel en el borde de la copa están anticipadas por Platón en las Leyes (776b y 659e); el ejemplo del anillo 58 fue usado por Meliso de Samos (DK 1, 274; B8, 3), y la importante comparación de los átomos con las letras del alfabeto aparece en dos pasajes de Aristóteles, que tratan de la teoría de los átomos de Leucipo y Demócrito (Metaf. 985b 15-19 y Sobre la generación y la corrupción 315b 9-15)» 59 .

Se atribuye al cínico y populachero Bión de Borístenes (s. III a. C.) el ejercicio de la prédica filosófica que utiliza módulos expresivos familiares y formas dialogadas (patentes en el comienzo del libro II y los finales de los libros III y IV de Lucrecio). Pero los epicúreos, y Lucrecio con ellos, eran más serios y formales y se acercan más a los tonos fríos y especulativos.

El De rerum natura encierra sus propias complicaciones, pero en cuanto a temas y procedimientos está firmemente enraizado en el medio intelectual y artístico de la tardía República. La influencia de la literatura es más notoria, claro es, en los proemios, digresiones y finales 60 . Hay en Lucrecio idéntico regusto arcaico en el léxico, afán moralizador y pesimismo en sus propuestas que en el historiador Salustio. Muestra una hipersensibilidad erótica tan acusada como la de Catulo (aunque el amor es pasión que el poeta filosófico denuncia y reprueba, mientras el poeta lírico sin más documenta). La tensión entre arcaísmo clasicista (bajo el patronazgo de Ennio) y helenismo culterano (traído por el movimiento innovador de los poetae noui) se resuelve en cierto predominio de la primera tendencia. No se adhiere a la escuela de poetas filohelénicos, pero algunas de sus maneras son parecidas: la rica doctrina, el uso de la mitología, la precisión en el vocabulario 61 .

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