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SEIS ROJOS MESES EN RUSIA
LOUISE BRYANT

| Bryant, Louise Seis rojos meses en Rusia / Louise Bryant ; coordinación general de Maximiliano Lionel Thibaut. - 1a ed . - Ituzaingó : Cienflores , 2020. Libro digital, EPUB Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-4039-42-2 1. Revolución Rusa. 2. Crónica de Viajes. I. Thibaut, Maximiliano Lionel, coord. II. Título. CDD 947.0841 |
© Louise Bryant.
© Editorial Cienflores, 2018.
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Director editorial: Maximiliano Thibaut
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Por decisión del autor y los editores cualquier parte de esta obra puede ser utilizada y reproducida para fines de enseñanza e investigación. Cualquier otra forma de reproducción queda sujeta a la autorización de los mismos.
Índice
RUMBO A RUSIA
DE LA FRONTERA A PETROGRADO
PETROGRADO
SMOLNY
UNA EXPLICACIÓN DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS
EL CONGRESO DEMOCRÁTICO
EL PRE-PARLAMENTO Y EL SOVIET DE LA REPÚBLICA RUSA
LA CAÍDA DEL PALACIO DE INVIERNO
LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE
CATALINA BRESHKOVSKI
KERENSKI
DOS MINISTRAS DEL BIENESTAR SOCIAL: PANINA Y KOLLONTAY
LENIN Y TROTSKI
UN TRIUNVIRATO
MARÍA SPIRIDONOVA
DE UN EJÉRCITO A OTRO
GUARDIAS ROJOS Y COSACOS
EL ENTIERRO ROJO
EL TRIBUNAL REVOLUCIONARIO
EL MINISTERIO DE ASUNTOS EXTERIORES
MUJERES SOLDADOS
LIBERTAD DE EXPRESIÓN
COMBATES CALLEJEROS
HOMBRES DE HONOR
LA PROPAGANDA ALEMANA
NIÑOS RUSOS
EL OCASO DE LA IGLESIA
FRAGMENTOS DE REVOLUCIÓN
UNA CHARLA CON EL ENEMIGO
DE COMPRAS EN ALEMANIA
MIS AVENTURAS COMO CORREO BOLCHEVIQUE
“Cuando las noticias de la revolución rusa se desplegaron por las primeras páginas de los periódicos del mundo, decidí ir a Rusia. Lo hice de repente, sin pensarlo. Por la fuerza del hábito puse diez centavos en el puesto de periódicos que estaba en la esquina y el voceador me entregó un periódico de la tarde. Ahí, con la ciudad rugiendo en torno mío, leí el primer recuento, una cálida sensación de profunda felicidad se esparció sobre mí”.
Louise Bryant
“El mundo en que vivimos está tan lleno de variedad y color que apenas puedo contenerme para no imaginar las espléndidas y terribles posibilidades de los tiempos que han de venir”.
John Reed
RUMBO A RUSIA
Cuando las noticias de la Revolución rusa iluminaron las primeras planas de todos los periódicos del mundo, decidí marcharme a Rusia. Fue una decisión repentina y totalmente espontánea. Como de costumbre dejé mis diez centavos en un puestecito de periódicos y el vendedor me dio un vespertino. Ahí, rodeada por el rugido de la gran ciudad, leí el primer recuento y me invadió un fuerte sentimiento de profunda felicidad.
Estaba caminando al lado de un joven ruso del East Side; me volteé para hablar con él pero se quedó mirando fijamente las grandes letras negras, como loco, con los ojos desorbitados. De repente, me arrancó el periódico y se puso a correr locamente por la calle. Tres días más tarde me lo encontré y todavía estaba abrazando a todo el mundo, llorando y comunicando las buenas noticias. Había pasado tres años en Siberia...
En los primeros días de agosto me fui de Estados Unidos en el vapor danés United States. Desde la altura de la cubierta de primera clase, la primera noche en alta mar, pude oír a unos exiliados, que regresaban en tercera clase, cantar canciones revolucionarias. Durante los días siguientes pasé la mayor parte de mi tiempo allá abajo; eran las únicas personas en el barco que no se aburrían como ostras. Eran unos cien, en su mayoría judíos del ghetto. Perseguidos, explotados, maltratados de todas las maneras posibles antes de refugiarse en Estados Unidos, habían conservado de algún modo el amor más grande por su tierra natal. En aquel momento me fue imposible entenderlos. Ahora sí: Rusia ejerce una atracción fuerte, incluso en el afecto del visitante extranjero.
El camino de regreso era muy largo para estas personas. Nos quedamos toda una semana en Halifax a causa de ellos. Cada mañana oficiales británicos subían a bordo para examinar y reexaminar. Ocurrieron algunos incidentes penosos. Una anciana se aferraba histéricamente a algunas cartas de un hijo muerto. Las escondía en muchos lugares extraños y atrajo sospechas sobre sí. Un joven al que habían decidido arrestar se dejó caer boca abajo en la cubierta y sollozó ruidosamente como un niño. Todo el grupo se hallaba en un estado de terror nervioso; Rusia estaba tan cerca y no obstante tan lejos. Y tuvieron que sufrir nuevos retrasos en Cristiana, Estocolmo, Haparanda. Vi a uno de esos hombres en Petrogrado cinco meses más tarde. Acababa de llegar...
Después de salir de Estocolmo, mi propia curiosidad iba creciendo a cada hora. Mientras que el tren corría raudo a través de los amplios bosques vírgenes del norte de Suecia, apenas podía controlarme. ¡Muy pronto iba yo a ver cómo la democracia más grande y más joven estaba aprendiendo a caminar, a estirarse, a sentir su vigor, sin cadenas! Nosotros, personas comunes que estuvimos reunidas por unas cuantas horas, íbamos a presenciar con grandes emociones aquel intento valiente de la nueva República por establecerse.
El día en que alcanzamos la frontera, a primera hora todo el mundo en el tren se había levantado y se preparaba afanosamente para el cambio. La lluvia golpeaba tristemente los cristales del vagón, mientras comíamos nuestro desayuno frugal consistente en pan negro agrio y café aguado. La mayoría de nosotros tenía un mes de viajar y estaba agotada. Especulábamos vagamente acerca de lo que había sucedido en Rusia: ninguna noticia había trascendido a Suecia desde que nos enteramos de la historia apenas creíble a propósito del avance alemán sobre Riga.
El pequeño trasbordador que se deslizaba sobre las aguas oscuras y turbias entre Haparanda y Tornio, con el mismo grupo de pasajeros amontonados con su equipaje, nos dejó en la orilla de Finlandia en una triste mañana gris de septiembre. Una persistente llovizna aumentaba nuestra incomodidad. En el momento de bajar del barco vi por primera vez al ejército ruso: unos hombres gigantescos, en su mayoría obreros y campesinos, con viejos uniformes color terroso a los cuales habían quitado cuidadosamente las insignias de la época zarista. Botones de latón con el escudo imperial, charreteras de oro y plata, decoraciones, todo había sido remplazado por un simple brazalete o un pedacito de tela roja. Advertí que todos fumaban, que habían abandonado el saludo militar y que los centinelas, que se veían excesivamente raros, estaban sentados en unas sillas. El pulido militar parecía haberse desvanecido. ¿Qué había tomado su lugar?
Empezaron a ocurrir cosas tan pronto como desembarcamos. En su emoción, una mujer se puso a hablar en alemán. Se descubrió entonces que su pasaporte no tenía visado de Estocolmo y se le empujó bruscamente hacia el otro lado de la línea, mientras ella gritaba que no tenía dinero, que nadie le había dicho que necesitaba visado y que tenía tres niños desnutridos en Rusia. Su voz aguda e histérica se fue apagando poco a poco.
Un patriarca alto y con barba blanca, que regresaba después de una ausencia forzada de treinta años, corría de un soldado a otro.
—¿Cómo están, queridos? ¿De dónde eres? ¿Cuánto tiempo has estado aquí? Estoy feliz de regresar.
Así seguía sin esperar respuesta. Los soldados sonreían con indulgencia, aunque por alguna razón misteriosa estaban muy serios. Finalmente uno de ellos hizo un ademán de impaciencia.
—Oye, abuelito —dijo severa pero amablemente— ¿no te das cuenta de que hay otras cosas que considerar en Rusia ahora, aparte de las reuniones familiares?
El viejo captó algún sentido profundo detrás de estas palabras y pareció desconcertarse lastimosamente. Había vendido libros radicales durante muchos años en Londres, ocupación a la que se había entregado por completo. No estaba preparado para la acción; regresaba a una utopía para morir en paz en una Rusia libre, feliz y llena de alegría. De pronto una expresión de miedo nubló su viejo rostro. Agarró nerviosamente el brazo del soldado.
—¿Qué tienes que decirme? —gritó—, ¿Rusia no está libre? ¿Qué ocurre entonces con la felicidad y la paz?
—Ocurre que ahora hay que trabajar —exclamaron varios soldados—, ¡Ahora hay que luchar más y morir más! Ustedes los viejos nunca entenderán que de ninguna manera se acabó la lucha. ¿Acaso no hay enemigos fuera y traidores dentro...?
De repente el viejo exiliado pareció encogido y cansado.
—Dime —susurró—, ¿cuál es el problema?
Por toda respuesta señalaron un tablero sobre el que acababan de pegar un largo texto; formamos entonces un pequeño grupo agitado y leimos:
A la atención de todos
El 26 de agosto [8 de septiembre en nuestro calendario] el general Kornilov me envió al miembro de la Duma, V.N. Lvov, con la solicitud de cederle el poder supremo militar y civil, diciendo que él iba a formar un nuevo gobierno para administrar al país. Averigüé la investidura de este miembro de la Duma mediante una comunicación telefónica directa con el general Kornilov. Percibí en esta solicitud dirigida al Gobierno Provisional el deseo por parte de cierta clase del pueblo ruso de aprovechar la situación desesperada de nuestra nación para restablecer aquel orden social que contradice los avances de nuestra Revolución; por lo tanto, el Gobierno Provisional consideró necesario, para la salvación del país, de la libertad y del gobierno democrático, tomar las medidas para asegurar el orden en el país y suprimir a toda costa cualquier intento de usurpación del poder supremo en la Nación y la usurpación de los derechos ganados en la Revolución por nuestros ciudadanos. Ya di órdenes en este sentido e informaré más ampliamente a la nación al respecto. Al mismo tiempo di al general Kornilov la orden de ceder el mando al general Klembovski comandante en jefe de todos los ejércitos de Rusia. Por medio de este telegrama, se decreta la ley marcial en la ciudad y el distrito de Petrogrado. Llamo a todos los ciudadanos a mantener la paz y el orden tan necesarios para la salvación del país, y a todos los oficiales del ejército y la armada los llamo para que cumplan su deber y defiendan a la Nación contra el enemigo exterior.
Kerenski, Primer Ministro
¡Así que llegaba yo cuando culminaba una contrarrevolución! Kornilov estaba avanzando contra Petrogrado, que se encontraba en estado de sitio. En ese momento estaban cavando trincheras en las afueras de la ciudad. El telegrama de Kerenski había llegado dos días antes. ¿Qué había pasado desde entonces? Extravagantes rumores se sucedían uno tras otro. De hecho, hubo tal exageración que, a cada reporte inflado, el aspecto de todo el país cambiaba por completo. Fuertemente vigilados, caminábamos de un extremo a otro en la estación, como prisioneros...
Había una confusión total; revisaban varias veces los pasaportes y el equipaje. Fui escoltada hasta un cuartito frío y mal iluminado, guardado por seis soldados armados con bayonetas que parecían muy eficientes. En el cuarto había una rusa joven y fuerte. Me indicó que me quitara la ropa. Lo hice, perpleja. Una vez términado, me ordenó vestirme de nuevo, sin ningún examen. Yo tenía curiosidad. —Sólo se trata de un reglamento —dijo, sonriendo ante mi sorpresa.
Unos oficiales británicos me aconsejaron no ir más lejos. “Los alemanes han tomado Riga y ya están atravesando el Dvina; ¡en cuanto lleguen a Petrogrado, la van a hacer pedazos!” Con estas predicciones tenebrosas, me alejé del pueblo fronterizo en el tren que corría velozmente a través de la llana y monótona Finlandia...
DE LA FRONTERA A PETROGRADO
Nadie creía que nuestro tren iba a llegar realmente hasta Petrogrado. En caso de que lo detuvieran, había decidido caminar; por lo tanto, estaba extremadamente agradecida por cada kilómetro que recorríamos. Fue un viaje ridículo, más parecido a una obra de teatro extravagante que a cualquier cosa de la vida real.
En el compartimiento contiguo se encontraba un general, superrefinado, escrupulosamente bien arreglado, con el bigote engomado. Había varios monarquistas, un emisario diplomático, tres aviadores de opinión política incierta y, más adelante, un grupo de exiliados políticos que habían sido retrasados en Suecia durante un mes y que fueron los últimos en regresar a costa del nuevo gobierno. Unos soldados rudos, casi andrajosos, subían continuamente, nos observaban y salían. A menudo vacilaban delante de la puerta del general y lo miraban con sospechas, en ningún momento le hicieron el honor de la más pequeña cortesía militar. Seguía sentado él, rígido, y les devolvía fríamente la mirada. Todo el mundo estaba demasiado agitado como para quedar callado o aun ser discreto. En cada estación nos precipitábamos todos afuera para enterarnos de las noticias y comprar periódicos.
En algún lugar nos informaron de que los cosacos, así como la artillería, se habían unido a Kornilov; el pueblo estaba desamparado. Ante esas noticias alarmantes, los monarquistas empezaban a afirmarse. Me confiaron de qué manera precisa pensaban que se debía torturar en público a los líderes revolucionarios y finalmente sentenciarlos a muerte.
Según el rumor siguiente, se había asesinado a Kerenski y el pánico cundía en toda Rusia; en Petrogrado la sangre corría por las calles. Los exiliados que regresaban se veían pálidos y desdichados. ¡Este era su alegre regreso a casa! Suspiraban pero eran sumamente valientes. “¡Bueno, vamos a luchar nuevamente por todo!”, decían con maravillosa determinación. No hice comentarios. Experimentaba un curioso sentimiento de soledad: era una extranjera en un país ajeno.
En todas las estaciones, los soldados se agrupaban en pequeños grupos de seis o siete y conversaban, discutían, gesticulaban. Una vez, un mujik fuerte y barbudo metió su cabeza por la ventana de un vagón, señaló amenazante a un pasajero bien vestido y vociferó de manera interrogativa: “¡Burzhouee!” (burguesía). Se veía muy cómico, pero nadie se rió...
Todo eso nos había excitado tanto, que apenas podíamos permanecer en nuestros asientos. Nos amontonábamos en el angosto pasillo, nos asomábamos al campo desolado, leíamos nuestros periódicos y especulábamos...
Toda esa confusión parecía aguzarnos el apetito. En Helsingfors [Helsinki] vimos platos de comida apilados en el restaurante de la estación. Un muchacho en la puerta nos explicó el procedimiento: primero teníamos que comprar boletos y después podíamos comer tanto como quisiéramos. Para sorpresa nuestra, la cajera se negó a recibir el dinero ruso que habíamos cambiado con tanto cuidado antes de salir de Suecia.
¡Pero esto es ridículo! —le dije a la cajera—, ¡Finlandia forma parte de Rusia! ¿Por qué no acepta este dinero?
Sus ojos refulgieron. —¡No será mucho más tiempo parte de Rusia! —me regañó—, ¡Finlandia será una república! —esto planteaba una situación totalmente nueva. ¡Cuán pronto surgían las complicaciones!
Nos sentimos completamente perdidos y paseamos de un lado a otro quejándonos amargamente. Al percatarnos de que no podíamos comprar comida, el hambre creció de manera alarmante. Un pasajero de otro vagón nos salvó, pues tenía muchos marcos finlandeses y aceptó cambiar nuestros rublos.
En Vyborg sentimos que la tensión era profunda y siniestra. De pronto tuvimos miedo de preguntar las noticias a la muchedumbre en el andén. Había literalmente centenas de soldados, con sus caras demacradas en la media luz del anochecer. Los fragmentos de conversación que captábamos nos daban escalofríos.
“¡Habría que matar a todos los generales!” “¡Debemos quitarnos de encima a la burguesía!” “¡Esto no es lo correcto!” “¡No estoy en favor de esto!” “Cualquier matanza es algo malo...”
Un joven delgado y pálido, parado a mi lado, dejó escapar inesperadamente, en una especie de aparte: “Fue espantoso... ¡Oí sus gritos de agonía!”
Le pregunté angustiosamente: ¿De quiénes? ¿De quiénes?
“¡Los oficiales! ¡Los oficiales hermosos y brillantes! Les patearon la cara con sus pesadas botas, los arrastraron en el lodo... Los echaron en el canal”. Echó unas miradas miedosas en torno suyo y siguió hablando de manera entrecortada. “Acaban de terminar —dijo, siempre en voz baja—, mataron a cincuenta y oí sus gritos de agonía”.
Una vez en marcha el tren, juntamos nuestros fragmentos y reconstruimos la secuencia siguiente: unos mensajes de Kerenski habían llegado temprano la víspera, con la orden para los soldados de dirigirse hacia Petrogrado con el fin de defender la ciudad. Los oficiales habían recibido los mensajes pero se quedaron callados y no trasmitieron las órdenes. Los soldados empezaban a tener sospechas. Estuvieron murmurando y sus murmullos se convirtieron en rugido. Siguieron la sugerencia de alguien y formaron un grupo que se fue a buscar los mensajes. Los encontraron; vieron confirmadas sus peores sospechas. La ira y la venganza los sublevaron. No se detuvieron en distinguir a los culpables de los inocentes. ¡Los oficiales eran simpatizantes de Kornilov, eran aristócratas, enemigos de la Revolución! Con una cólera repentina y salvaje administraron un terrible castigo.
Los detalles de la matanza eran excesivamente feos, pero ninguna descripción mía es necesaria. Cualquier escritor ruso que haya escrito alguna vez acerca de la violencia colectiva ha descrito el horror brutal de aquellas escenas con una franqueza espantosa. Si aceptamos que de todas las disoluciones y rebeldías la más seria es un motín militar, nuestros corazones palpitaban ante las consecuencias indecibles...
Nuestras reflexiones se vieron interrumpidas por un lamento del emisario diplomático ruso que se encontraba ante un dilema curioso: —¿Qué voy a hacer? —nos preguntó miserablemente . He estado casi un mes en el mar y Dios sabe qué ha pasado en mi desafortunado país durante aquel tiempo. Dios sabe qué está pasando ahora. ¡Si entrego mis documentos a una facción equivocada, será fatal!
Después de la medianoche paramos en Beeloostrov. Era la penúltima estación. Habíamos estado todo el tiempo tan seguros de que nunca llegaríamos a Petrogrado, que no nos sorprendimos al ver ahora que unos soldados subían y nos ordenaban bajar. Muy pronto, sin embargo, nos dimos cuenta de que se trataba simplemente de otro examen fastidioso. Hacinados en un gran cuarto desnudo nos quedamos parados temblando nerviosamente mientras que tiraban en desorden nuestro equipaje en otro cuarto. A medida que nos llamaban, presentábamos nuestro pasaporte, respondíamos a las preguntas, inscribíamos nuestra nacionalidad, nuestra religión, nuestro propósito en Rusia y nos apresurábamos a abrir nuestros baúles para que los revisaran los soldados impacientes.
Nos sorprendió ver que los oficiales empezaban a confiscar toda clase de cosas ordinarias. Protestamos en la medida en que nos lo permitía nuestra osadía. Como explicación, contestaron que acababa de llegar una nueva orden que prohibía las medicinas, los cosméticos y cosas por el estilo.
Delante de mí en la fila se encontraba una princesa indignada, cuyo equipaje contenía muchos valiosos “utensilios para la belleza”, que los tímidos censores y oficiales aduaneros ya habían dejado pasar apresuradamente muchas veces antes. Pero aquella nueva orden poco razonable lo cambió todo: lápiz de labios, perfumes raros, polvos franceses, brillantina, tintas para el pelo, todo fue tirado brutalmente en una gran caja no pintada, una caja cuyo contenido crecía rápidamente cada vez más alto, una caja que tuvo el poder mágico de transformar lo que era arte dentro del bolso de una, en basura dentro de su estómago insaciable.
La princesa suplicó a los soldados, puso en práctica artimañas femeninas, prorrumpió en un llanto histérico. ¡Pobre, desdichada princesa, cuarentona, con un marido coqueto, guapo y de veintitrés años de edad! ¡La situación era demasiado sutil para esos toscos defensores de la revolución! Solamente un viejo monarquista se atrevió a mostrarse simpático, pero advertí que se cuidaba de hacerlo en inglés, un idioma que pocos de sus paisanos entienden.
—Señora —comentó con petulancia—, hay un fuerte elemento de moralidad estúpida en todo eso. ¡Debe usted recordar que la gente inculta considera que todos los utensilios de refinamiento son inmorales!
El marido ofreció un tardío consuelo: —Cálmate, querida, tendrás todo eso nuevamente —por desgracia es poco probable que haya podido cumplir con su promesa porque en aquellos días rudos del nuevo orden los cosméticos no se consideraban como algo importante y las damas rusas se veían forzadas a quedarse au naturel.
Llegamos a Petrogrado a las tres de la mañana, preparados para cualquier cosa menos al orden aparente y la calma profunda y envolvente que precede al amanecer. Mis amigos del tren se dispersaron muy pronto y se perdieron en la noche, y yo me quedé desconcertada, de pie en la gran estación con lo que subsistía de mi equipaje.
Pronto un joven soldado se acercó corriendo. “¿Aftmobile? —preguntó con voz melosa— ¿Aftmobile?” Asentí con la cabeza, sin saber qué otra cosa hacer, y en un momento nos encontramos afuera delante de un gran automóvil gris. En el auto estaba otro soldado, también joven y amable. Les di el nombre de un hotel que alguien me había recomendado: el Angleterre.
Arrancamos entonces y atravesamos a toda velocidad las calles desiertas. De vez en vez encontrábamos a centinelas que nos gritaban quién vive, recibían la contraseña correcta y nos dejaban pasar. Me consumía la curiosidad. Esos soldados no llevaban ni brazalete ni galones. No me fue posible saber quiénes o qué eran... Uno de ellos quiso entretenerme y se puso entonces a contarme los primeros diez días de la revolución, lo maravilloso que había sido.
—Al darse cuenta de que los cosacos se acercaban —dijo—, la muchedumbre cargó a un hombre sobre sus hombros. Y el hombre gritó: “Si venís para destruir la revolución, disparadme a mí primero”, y los cosacos respondieron: “No disparamos contra nuestros hermanos”. Algunos de los viejos que recordaban durante cuánto tiempo los cosacos habían sido nuestros enemigos, estaban casi a punto de volverse locos de alegría.
Dejó de hablar. Misteriosamente, desde la oscuridad las campanas de todas las iglesias empezaron a resonar sobre la ciudad dormida, en una especie de tango salvaje y bárbaro, algo que nunca había oído...