Czytaj książkę: «El mapa de los instantes perfectos»


Para Sophie
Era 4 de agosto y supongo que ya llevaba ahí un rato. Para ser honesto, al principio ni siquiera me percaté del cambio. De cualquier forma, mi vida ya estaba entregada a estos sofocantes y pesados días de verano, uno tras otro, cada uno prácticamente idéntico al anterior. Tal vez alguien más atento y observador habría notado el cambio mucho antes.
Qué puedo decir. Era verano, hacía calor. Pero bueno, esto es lo que estaba pasando: el tiempo se había detenido.
O no se había detenido exactamente, pero se quedó atorado en un bucle.
Créeme si te digo que no es metáfora. No estoy diciendo que estuviera aburridísimo y que pareciera que el verano nunca acabaría ni nada por el estilo. Lo que digo es que en el verano, tras mi primer año de secundaria, el calendario llegó al 4 de agosto y se rindió: literalmente, todos los días después de ése fueron también 4 de agosto.
La cadena de la rueda del cosmos se había zafado. El gran iTunes del cielo estaba en Repetir 1.
Para ser un problema sobrenatural, no era muy original que digamos: eso es exactamente lo que le pasó a Bill Murray en El día de la marmota. De hecho, una de las primeras cosas que hice fue ver esa película ocho veces. Y sí, valoro su planteamiento irónico aunque tierno sobre las dificultades emocionales del amor romántico, pero como manual para soltarte de un estancamiento cronológico deja mucho que desear.
Y sí, también vi Al filo del mañana. Créeme: si me topara con un Omega Mimic sabría exactamente qué hacer. Pero nunca me topé con uno.
Quizás el principal contraste entre lo mío y El día de la marmota sea que, a diferencia de Bill Murray, a mí no es que me importara mucho, al menos al principio.
No estaba helando. No tenía que ir a trabajar. De todas formas soy algo solitario, así que lo vi sobre todo como la oportunidad para leer muchos libros y jugar una infame cantidad de videojuegos.
El único verdadero inconveniente es que nadie más sabía lo que estaba pasando, así que no tenía con quién hablarlo. Todos a mi alrededor pensaban estar viviendo el día de hoy por primera vez. Tenía que esforzarme mucho para fingir que no sabía lo que iba a pasar y aparentar sorpresa cuando sucedía.
Y además hacía un calor espantoso. De verdad, era como si todo el aire del mundo hubiera sido succionado y reemplazado por este ardiente jarabe viscoso y transparente. Casi todos los días, para cuando terminaba de desayunar, mi camiseta ya estaba toda sudada. Por cierto, todo esto pasaba en Lexington, Massachusetts, donde me encontraba atorado tanto en el espacio como en el tiempo, porque mis padres no quisieron pagar la segunda sesión del campamento de verano y mi trabajo temporal en el despacho contable de mi madre no empezaría sino hasta la siguiente semana.
Así, pues, ya estaba matando el tiempo, tal y como era.
Sólo que ahora, cuando mataba el tiempo, no se quedaba muerto. Se levantaba de la tumba y volvía a vivir. Me encontraba en el tiempo zombi.
Lexington es un suburbio de Boston y, como tal, está compuesto de mucho asfalto gris liso, muchos prados, muchos pinos, un montón de mansiones ostentosas de falso estilo colonial, y en el centro algunas tiendas lindas y respetables. También tiene algunos monumentos históricos, porque Lexington tuvo un papel memorable, si bien tácticamente insignificante, en la Guerra de Independencia, de modo que aquí hay mucha autenticidad histórica, según indican numerosas placas informativas muy útiles.
Después de la primera semana, ya tenía una rutina bastante consistente. Por la mañana dormía hasta que mi mamá se iba a trabajar. De camino llevaba a mi impresionante y perturbadoramente atlética hermanita a la cancha de futbol y yo me quedaba solo. Desayunaba Cheerios de miel y nuez; cualquiera pensaría que eso terminaría por aburrirme muy pronto, pero en realidad con el paso del tiempo me iban gustando cada vez más. Hay mucha sutileza en un Cheerio de miel y nuez: muchas capas que ir destapando.
Aprendí cuándo desaparecer. Encontré modos de ausentarme de la casa de 5:17 p.m. a 6:03 p.m., que es cuando mi hermana arruinaba la complicada sección rápida del tercer movimiento del Concierto para violín en la menor de Vivaldi diecisiete veces al hilo. Por lo general, me pasaba a retirar después de la cena mientras mis padres (se divorciaron hace un par de años, pero mi papá había venido por alguna razón, quizá para hablar de dinero) tenían un altercado más feo de lo habitual sobre si mi mamá debía o no llevar el auto al taller porque el tubo de escape traqueteaba al pasar los topes.
Eso ponía las cosas en perspectiva. Nota para mí: no pases la vida enojándote por cosas estúpidas.
En lo que respecta al resto del día, mis estrategias para entretenerme por toda la eternidad eran, sobre todo: (a) ir a la biblioteca y (b) ir a la alberca.
Por lo general, elegía la opción (a). La biblioteca era tal vez el lugar de Lexington donde más a gusto me sentía, incluso más que en mi propia casa, donde dormía por las noches. En la biblioteca había silencio, aire acondicionado, tranquilidad. Los libros no ensayan el violín ni tienen acaloradas discusiones sobre tubos de escape.
Además, huelen muy bien. Por esa razón no apoyo mucho que digamos la gloriosa revolución del libro digital. Los libros digitales no huelen a nada.
Con una cantidad de tiempo al parecer infinita a mi disposición, podía darme el lujo de ser ambicioso, y lo hice: decidí leer de principio a fin toda la sección de fantasía y ciencia ficción, un libro tras otro, en orden alfabético. En aquel entonces, aquello se acercaba bastante a mi definición de felicidad (esa definición estaba por cambiar, un cambio nada desdeñable, pero no adelantemos vísperas). En el momento en que esta historia empieza, llevaba un mes, poco más o menos, siendo 4 de agosto, y yo había llegado a Planilandia, escrita por un tipo que se llama Edwin Abbott Abbott (no es broma).
Planilandia se publicó en 1884 y se trata de las aventuras de un cuadrado y una esfera. La idea es que el cuadrado es una figura plana, bidimensional, y la esfera es una figura redonda, tridimensional, de modo que cuando se conocen, la esfera tiene que explicarle a ese cuadrado plano qué es la tercera dimensión. Por ejemplo, qué significa tener altura además de longitud y ancho. El cuadrado ha pasado toda la vida en un plano y nunca había levantado la mirada; ahora lo hace por primera vez y, sobra decir, su plana mentecita está alucinando.
Luego, la esfera y el cuadrado se ponen en marcha y visitan un mundo unidimensional, donde todo el mundo es una línea casi infinitamente delgada, y luego un mundo sin ninguna dimensión, habitado por un solo punto infinitamente pequeño que se queda ahí entonando canciones para sí mismo por siempre. No tiene la menor idea de que existe alguien o algo más.
Después de eso, intentan imaginar cómo sería la cuarta dimensión, pero en ese momento se me rompió el cerebro y decidí mejor ir a la alberca.
Aquí puedes intervenir y decir: “Hey, tú... [Me llamo Mark.] Muy bien, Mark. Si el mismo día se repite una y otra y otra vez, si cada mañana automáticamente regresa al principio, con todo exactamente igual que como era, básicamente puedes hacer lo que quieras, ¿cierto? Es decir, claro, podrías ir a la biblioteca, pero podrías ir desnudo a la biblioteca y ni siquiera importaría, porque al día siguiente todo se habría borrado, como cuando agitas un Telesketch. Podrías, qué sé yo, robar un banco, brincar de un tren de carga o decirles a todos lo que en realidad piensas de ellos. Podrías hacer cualquier cosa que quisieras”.
Y sí, teóricamente eso es cierto, pero, la verdad sea dicha, con tanto calor ¿quién tiene energía para eso? Lo que yo quería era apoltronarme en algún sitio con aire acondicionado y leer libros.
Además, ya sabes, siempre había la diminuta probabilidad de que un día no funcionara, que el hechizo se fuera tan súbita y misteriosamente como había llegado, y que yo me despertara el 5 de agosto y tuviera que lidiar con las consecuencias de cualquier locura que acabara yo de hacer.
Es decir, por el momento estaba viviendo sin consecuencias, pero no puedes retrasar las consecuencias para siempre.

Como te decía, fui a la alberca. Esto es importante porque ahí conocí a Margaret, y es significativo porque después de conocerla todo cambió.
La alberca de nuestro barrio se llama Paint Rock. Tiene una zona donde la gente puede sentarse y un área para niños y un tobogán que a veces sí funciona y un montón de tumbonas donde madres y padres se tienden a asolearse como morsas varadas (¿y por qué se dice asolearse y no asolarse? Es el tipo de cosas que me daba tiempo de pensar).
La alberca está hecha de un concreto viejo tan rugoso que, no es broma, te arranca toda la piel si caes en él.
En serio. Crecí aquí y he caído en ese concreto miles de veces. Esa porquería te despelleja.
Todo el sitio está resguardado por pinos enormes y, por lo tanto, salpicado de sus hojas y un polvo muy fino de polen de pino color amarillo canario, que si lo piensas, son pinos teniendo relaciones sexuales. Yo trato de no pensarlo.
Reparé en Margaret porque estaba fuera de lugar.
Es decir, primero me fijé en ella porque no se parecía a nadie. Casi toda la gente que va a Paint Rock son visitantes habituales del barrio, pero a ella nunca la había visto. Era alta, tanto como yo, de aproximadamente 1.78 metros, delgada y muy pálida, con cuello largo, carita redonda y mucho cabello negro rizado. Supongo que no era convencionalmente bonita, en el sentido de que nunca ves a alguien como ella en la tele o en el cine, pero ¿ves cómo hay cierta clase de personas (y con todos es diferente) con las que de repente el ojo se te queda ahí enganchado cuando las observas y no puedes dejar de hacerlo, y estás diez veces más despierto que unos momentos antes y es como si fueras la cuerda de un arpa y alguien acabara de puntearte?
Para mí, Margaret era esa clase de persona.
Y había algo más aparte de eso: estaba fuera de lugar.
La regla número uno del bucle temporal era que cada día todo mundo se conducía exactamente igual, a menos que yo interactuara con ellos y afectara su comportamiento. Todo mundo tomaba exactamente las mismas decisiones y decía y hacía exactamente las mismas cosas. Pasaba lo mismo con los objetos inanimados: todas las pelotas rebotaban, todas las gotas salpicaban, todas las monedas caían exactamente igual. Esto probablemente rompa alguna ley fundamental de la aleatoriedad cuántica, pero si eso muestran los resultados, qué le vamos a hacer.
Así, cada vez que me aparecía por la alberca a, digamos, las dos de la tarde, podía estar seguro de que todo mundo estaría exactamente en el mismo lugar, haciendo exactamente lo mismo, cada vez.
Eso me tranquilizaba, en un sentido. Nada de sorpresas. De hecho, incluso me hacía sentir poderoso: conocía el futuro, literalmente. Yo, dios emperador del reino del 4 de agosto, sabía exactamente qué iba a hacer la gente antes de que lo hiciera.
Y ésa es la razón por la que de todas formas habría reparado en Margaret, aunque no hubiera sido Margaret: ella nunca antes había estado ahí. Era un elemento nuevo. De hecho, la primera vez que la vi, me costó creerlo. Pensé que tal vez había yo hecho esa mañana algo que había activado alguna clase de acontecimientos de efecto mariposa que ocasionó que esa persona acudiera a una alberca a la que nunca había ido, pero no se me ocurría qué. No sabía si decirle algo o no, y para cuando decidí que sí, ya se había ido. Al día siguiente no fue, y al que le siguió tampoco.
Luego de un tiempo, la olvidé. Después de todo, tenía mi propia vida, cosas que hacer, mucho helado que comer sin engordar. También creía que, si tenía una cantidad infinita de tiempo para jugar, quizá podría encontrar una cura para el cáncer, aunque después de unos días empecé a pensar que quizá no tenía suficientes recursos para curar el cáncer, aunque dispusiera de una infinidad de tiempo.
Además, tendría que ser cien veces más listo de lo que soy. No importa, eso podía dejarlo para después.
Pero cuando Margaret volvió una segunda vez, ya no dejaría que se fuera. Para cuando llegó, ya había visto el mismo día representado en la alberca como veinte veces y se estaba poniendo un poco monótono. Inquieta está la cabeza que porta la corona del dios emperador. Estaba listo para algo inesperado. Hablar con chicas bonitas a las que no conozco no es algo en lo que me destaque especialmente, pero eso parecía importante. De todas formas, si decía algo estúpido, al día siguiente lo habría olvidado.
Primero, la observé un rato. Uno de los rasgos perennes del 4 de agosto en Paint Rock era que todos los días a las 2:37 uno de los niños que jugaban a atrapar una pelota de tenis la lanzaba con excesiva fuerza, de modo que no sólo era imposible de atrapar, sino que pasaba por encima de la cerca de atrás de la alberca, punto en el que ya era fundamentalmente irrecuperable, porque al otro lado de esa cerca había un barranco peligrosamente inclinado y rocoso, y, después de eso, la Ruta 128. Nada que pasara por encima de esa cerca volvía jamás. Pero no ese día, porque en eso llegó Margaret, así con toda tranquilidad y aire despreocupado, vestida con el top de un bikini, shorts de mezclilla y un sombrero de paja, y cuando el niño lanzó la bola, ella se paró de puntitas (enseñando su pálida axila rasurada) y desvió la bola con su largo y delgado brazo.
Ni siquiera la vio, sólo la bajó del aire, la desvió hacia la alberca y siguió caminando.
Era casi como si también ella supiera lo que iba a acontecer. El niño la vio alejarse.
—Gracias —le dijo, haciendo una extrañamente precisa imitación de Apu, de Los Simpson—, vuelva prontos.
Vi los labios de Margaret moverse mientras caminaba. Ella también lo dijo: “Gracias, vuelva prontos”, al mismo tiempo que él. Era como si estuviera leyéndolo del mismo guion. Se dejó caer en una tumbona, la reclinó hasta atrás, cambió de opinión y la subió de nuevo un nivel. Fui a sentarme a la tumbona al lado de la suya. Así de desenfadado soy.
—Hola.
Giró la cabeza, tapándose los ojos del sol que le daba directo. De cerca, era todavía más bonita y más hábil para puntear cuerdas de arpa de lo que había pensado, y tenía el puente nasal espolvoreado de pecas.
—¿Hola? —dijo.
—Hola. Soy Mark.
—Okey.
Como si estuviera concediéndomelo: está bien, te creo, bien puede ser que te llames Mark.
—Mira, no sé exactamente cómo decir esto, pero ¿de casualidad estás atrapada en una anomalía temporal? Ahora mismo, quiero decir. ¿Como si algo anduviera mal con el tiempo?
—Ya sé lo que es una anomalía temporal.
El sol se reflejó en el agua azul zafiro de la alberca. La gente gritaba.
—Lo que quiero decir es...
—Ya sé lo que quieres decir. Sí, también a mí me está pasando. Lo de los días que se repiten. Digo, el día.
—Dios mío —una inmensa oleada de alivio me recorrió. No me lo esperaba. Me recliné en la tumbona y cerré los ojos unos instantes. Creo que hasta me reí—. Dios mío. Dios mío. Dios mío.
Creo que hasta ese momento ni siquiera había entendido qué tan friqueado estaba, y lo solo que había estado con esa sensación. Digo, me la estaba pasando genial, pero también empezaba a pensar que me quedaría atrapado para siempre en el 4 de agosto y que nadie nunca lo sabría aparte de mí. ¿Quién iba a creerlo? Por lo menos, otra persona lo sabría ahora.
Eso sí, no parecía tan emocionada como yo, ni de cerca. Casi diría que se mostraba un poco displicente.
Recobré la compostura.
—Me llamo Mark —volví a decir, olvidando que ya me había presentado.
—Margaret.
Hasta le di la mano.
—Qué loco, ¿verdad? O sea, al principio no lo podía creer. ¿En serio, alguien podría creerlo? —balbuceé—. Qué desastre, ¿no? Es como magia o algo. En serio, no tiene ningún sentido.
Respiré hondo.
—¿Te has topado con alguien más que lo sepa? —pregunté.
—No.
—¿Tienes idea de por qué está pasando?
—¿Cómo podría saberlo?
—No sé, no sé. Perdón, pero es que estoy un poco atolondrado. Es que me alegra muchísimo que también tú estés en esto. O sea, no es que me alegre de que estés atrapada en el tiempo, pero, caramba, pensaba que yo era el único. Perdón. Voy a necesitar unos momentos —respiré hondo—. ¿Y tú qué has hecho todo este tiempo? Además de venir a la alberca...
—Sobre todo, ver películas. Y me estoy enseñando a manejar. Supongo que no importa si arruino el auto, porque en la mañana estará arreglado.
Me costaba trabajo interpretarla. Era raro. Concedo que yo estaba un poco histérico, pero ella, todo lo contrario: extrañamente tranquila. Era casi como si hubiera estado esperándome.
—¿Ya lo hiciste? —pregunté—. ¿Arruinar el auto?
—Sí, de hecho sí. También el buzón. Sigo siendo malísima con la reversa. A mi mamá le enojó mucho, pero el universo entero se reseteó esa noche y se le olvidó. ¿Y tú qué has hecho?
—Leer, más que nada.
Le hablé sobre mi proyecto en la biblioteca y sobre lo de curar el cáncer.
—Qué bien, eso no se me había ocurrido siquiera. Supongo que no he estado pensando a lo grande.
—No llegué muy lejos.
—No importa: puntos a tu favor por intentarlo.
—Tal vez debería verme más modesto y buscar más bien la cura para el pie de atleta o algo así.
—O la conjuntivitis.
—¡Eso está mejor!
Nos quedamos unos momentos en silencio. Ahí estábamos, el último chico y la última chica sobre la tierra, y no se me ocurría nada que decir. Sus largas piernas con esos shorts me estaban distrayendo. Tenía las uñas de las manos sin pintar pero las de los pies lucían un esmalte negro.
—Eres nueva en el barrio, ¿verdad? ¿Te acabas de mudar o algo así?
Darmowy fragment się skończył.