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El enigma Moreno
Leonardo Killian
Colección Imaginerías
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Leonardo Killian
El enigma Moreno
E-Book
ISBN 978-987-86-5288-7
© 2020, Al Fondo a la Derecha Ediciones
José Cubas 3471 (C1419), Buenos Aires, Argentina.
www.alfondoaladerecha.com.ar
© 2020, Leonardo Killian
Diseño de tapa e interior:
Al Fondo a la Derecha Ediciones
Imagen de tapa:
Andrés Fernando Negroni
Reservados todos los derechos.
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Contratapa
La “alta cocina” transforma los ingredientes para crear nuevos sabores, la cocina campesina los combina no para esconderlos, sino para que unos subrayen a los otros. Los ingredientes de la receta de El enigma de Moreno son, entre otros, Arthur Conan Doyle —a quien el reino otorgara el título de Sir—, Sherlock Holmes, Bartolomé Mitre, Julio Argentino Roca y los Beatles. Leonardo Killian los amasó y horneó con el arte del orfebre y el narrador. El lector decidirá si este exquisito plato corresponde a una u otra cocina.
Pero El enigma de Moreno no es solo un divertimento culinario. La historia, se ha dicho con razón, no es lo que pasó sino lo que creemos que pasó. Es así porque no hay nada, absolutamente nada, más presente que el pasado, y el presente es —siempre— endemoniadamente confuso. Mariano Moreno y el Plan de Operaciones encendieron la hoguera de los debates historiográficos porque importó a todos los sucesivos presentes que los sobrevivieron. Killian plantea una hipótesis sobre la muerte de Mariano Moreno, que sea cierta o no es irrelevante… O no.
A la memoria de mi padre,
Leonardo Virgilio Killian
A Sahia y Ulises
A Susy, siempre
El enigma
Con más curiosidad que cuidado, George Newnes abrió el sobre de papel madera.
Volvió a ajustarse los anteojos de lectura mientras acomodaba las hojas sobre la mesita donde humeaba su taza de té, y comenzó a leer.
Hacía tiempo que no recibía un cuento o, como en este caso, una novela corta del amigo sir Arthur y sin más trámite, se sumergió en la aventura.
221 B Baker Street
Holmes encendió el tabaco en su pipa Calabash y se acomodó en el sillón junto al fuego mientras desplegaba sobre la pequeña mesa las cartas que le habían llegado esa mañana. La tediosa tarea de traducción de los originales en castellano la había hecho su buen amigo, el clérigo español José Muñoz de Sotomayor quien, convertido al protestantismo, hacía muchos años que se había refugiado en Londres.
Acostumbrado a bucear en las oscuridades del alma humana, Holmes no pudo dejar de estremecerse ante la lectura.
Mi querido y estimado dueño de mi corazón:
Me alegraré que lo pases bien y que al recibo de ésta estés ya en tu gran casa con comodidad y que Dios te dé acierto en tus empresas; tu hijo y toda tu familia quedan buenos pero yo con muchas fluctuaciones y el dolor en las costillas que no se me quita y cada vez va a más; estoy en cura, me asiste Argerich, se me aumentan mis males al verme sin vos y de pensar morirme sin verte y sin tu amable compañía; todo me entristece, las bromas de Micaela me enternecen porque tengo el corazón más para llorar que para reír, y así mi querido Moreno, si no te perjudicas procura venirte lo más pronto que puedas o si no hacerme llevar porque sin vos no puedo vivir, la casa me parece sin gente, no tengo gusto para nada de considerar que estés enfermo o triste sin tener tu mujer y tu hijo que te consuelen y participen de tus disgustos; ¿o quizás ya habrás encontrado alguna inglesa que ocupe mi lugar? No hagas eso, Moreno, cuando te tiente alguna inglesa acuérdate que tienes una mujer fiel a quien ofendes después de Dios.
... y así, mi querido Moreno, esta y no más, porque Saavedra y los pícaros como él son los que se aprovechan y no la patria, pues a mi parecer lo que vos y los demás patriotas trabajaron está perdido porque éstos no tratan sino de su interés particular, lo que concluyas con la comisión arrastraremos con nuestros huesos donde no se metan con nosotros y gozaremos de la tranquilidad que antes gozábamos, pero lo mejor será que me hagas llevar porque no puedo vivir sola, y Moreno el Santo temor de Dios te encargo como Da Rita la Biña.
Amado Moreno de mi corazón: me alegraré que lo pases bien en compañía de Manuel, nosotras quedamos buenas y nuestro Marianito un poco mejorado, gracias a Dios.
Te escribí con fecha de 10 o 11 de éste, pero con todo vuelvo a escribirte porque no tengo día más bien empleado que el día que paso escribiéndote y quisiera tener talento y expresiones para poderte decir cuánto siente mi corazón, ay, Moreno de mi vida, qué trabajo me cuesta el vivir sin vos, todo lo que hago me parece mal hecho, hasta ahora mis pocas salidas se reducen a lo de tu madre.
No he pagado visita ninguna, las gentes, la casa, todo me parece triste, no tengo gusto para nada, van a hacer tres meses que te fuiste pero ya me parecen tres años; estas cosas que acaban de suceder con los vocales, me es un puñal en el corazón, porque veo que cada día se asegura más Saavedra en el mando, y tu partido se tira a cortar de raíz, pero te queda el de Dios, pues obrando por la razón y con virtud no puede desampararnos Dios; no ceso de encomendarte para que te conserve en su Gracia y nos vuelva a unir cuanto antes porque ya vos me conoces que no soy gente sino estando a tu lado.
Sólo Dios sabe la impresión y pesadumbre tan grande que me ha causado tu separación porque aun cuando me prevenías que pudiera ofrecérsete algún viaje, me parecía que nunca había de llegar este caso; al principio me pareció sueño y ahora me parece la misma muerte y la hubiera sufrido gustosa con tal de que no te vayas...”
Mi querido Moreno de mi corazón: me alegraré que ésta te halle con perfecta salud, como mi amor lo desea. Pero con la pesadumbre de no saber de vos en cinco meses que se cumplen mañana. Ya te puedes hacer cargo cómo estaré sin saber de vos en tantos meses que cada uno me parece un año, cada día te extraño más. Todas las noches sueño con vos, ah, mi querido Moreno. Cuántas veces sueño que te tengo abrazado, pero luego me despierto y me hallo sola en mi triste cama, Dios me perdone por lo que voy a decirte, pero hay noches en que siento fiebre y entonces mis manos te buscan y sin poderlas detener se hunden entre mis piernas. Moreno de mi corazón, te ruego que perdones lo que te digo, pero tratando de ahogar los gemidos con una, me doy placer con la otra hasta el desmayo. En nuestra cama es donde más te extraño y al despertar la riego con mis lágrimas, de verme sola, y que no sólo no te tengo a mi lado, sino que no sé si te volveré a ver, y quién sabe si mientras esta ausencia no nos moriremos alguno de los dos, pero en caso de que llegue la hora sea a mí, Dios mío, y no a mi Moreno, pero Dios no lo permita que muramos sin volvernos a ver.
María Guadalupe Moreno
Holmes nunca involucraba sus sentimientos en los casos que debía resolver, pero la lectura de estas cartas lo conmovía. Lo hacía sentir un odio irracional por este hombre a la vez que se rendía de admiración por esa mujer apasionada.
Lo odiaba y lo envidiaba en partes iguales.
Por otra parte, se preguntaba cómo habría sido esa mujer tan admirable, de una pasión tan incendiaria; “tan española”, capaz de confesar lo que ninguna dama confiesa, pensó.
En eso cavilaba cuando el sueño lo venció.
Saavedra
Si bien las cartas de su esposa le revelaban parte de esa compleja personalidad, la de su aparente enemigo Saavedra arrojaba alguna luz sobre esa relación política:
El finado doctor Moreno, aun después de haber plantado la semilla de la discordia en la despreciabilísima especie de mi coronación... después de haberle yo servido en cuanto quiso con motivo de su viaje a Londres, en la mañana del mismo día en que iba a embarcarse, tentó mi entereza... Dios le haya perdonado, y yo le perdono sus dañadas intenciones hacia mí, y los males que me ha ocasionado su mala voluntad.
Cuando de resultas de la despreciabilísima especie de mi coronación en el Cuartel de Patricios, el celoso Moreno después de haber arrojado espumas de ira, después de haber jurado asesinarme aquella misma noche, hablando a algunos oficiales que él creía adictos suyos, para que le acompañasen en tan heroico hecho, cuando vio frustradas sus ideas, por haberle vituperado el proyecto los citados oficiales, y su extrema cobardía no le permitía ejecutarlo por sí solo, se confabuló con la mayor parte de los vocales del gobierno para que rebajasen los honores decretados al Presidente de la Junta. Yo protector de su propia vida y la de su familia pese a saber que se trataba de un traidor a sueldo, tengo mi conciencia en paz. Nos hemos juramentado para que ni su mujer ni su familia ni nadie fuera de este círculo sepan jamás la verdad y cuyo secreto morirá con nosotros.
Sin duda, era larga la estela de odio y de rencores de nuestro doctor Moreno.
Holmes terminó la lectura y tomando papel y tinta, aprovechó para agradecerle al viejo clérigo su exquisito trabajo al tiempo que le enviaba una letra de pago junto al afectuoso saludo.
El tercer hombre
—Señor Holmes, un caballero llegado de Sudamérica desea verlo —dijo una sonriente Mrs. Hudson.
—Muchas gracias, lo estábamos esperando —dijo Sherlock.
Holmes y Watson se presentaron e inmediatamente lo invitaron a sentarse a la mesa donde había una masa de cartas y documentos ordenados y clasificados con esquelas escritas por el propio Holmes.
—“Señor José María Rodríguez Peña” —dijo Watson leyendo en voz alta la tarjeta del visitante— ¿Desea tomar un té con nosotros?
—Será un placer —respondió en un inglés perfecto. De no ser por una sutil inflexión que el entrenado oído del detective pudo percibir, el joven que visitaba el 221 B de Baker Street, bien podía ser confundido con un burgués londinense. Su impecable traje y su sombrero, su paraguas y sus lustrados zapatos; en fin, sus educados modales, nada harían pensar que este hombre fuera un argentino.
Mientras Watson servía el té en las tazas, Holmes tomó la palabra.
—Señor Rodríguez Peña, desde ya le agradezco la confianza depositada y quiero darle la bienvenida. Usted pertenece a una joven nación que desgraciadamente ha sido maltratada por un absurdo conflicto. Un mariscal y un comodoro ávidos de dinero y de fama han generado una enemistad durante mucho más tiempo que el que hubiésemos deseado.
”He leído con atención su carta y los documentos que me enviara oportunamente. El caso de la desdichada suerte del doctor Moreno y su inquietud por saber si se trató o no de un asesinato, por cierto, no podían dejar de interesarme.
”Señor José María, gracias a los servicios del señor Watson y sus buenas relaciones con el ejército y el almirantazgo, pudimos acceder a ciertos archivos y me temo que lo que le devele hoy aquí, cambiará radicalmente sus ideas al respecto.
”Si bien lo que usted me informa acerca de las ‘dolencias del doctor Mariano Moreno, sus ataques artríticos, su crónica enfermedad…’
Holmes se detuvo a leer:
—El reumatismo poli articular agudo, enfermedad de Bouillaud, originada por una angina y otras dolencias menores fueron verificadas, pero debo adelantarle que ninguna influencia tuvieron en los hechos que investigamos.
”Sin embargo, aquellas otras enfermedades del alma o del carácter, le aseguro, sí torcieron el rumbo de su vida. El doctor Moreno era una persona profundamente trastornada por unos nervios demasiado frágiles y, me atrevo a decir, de un carácter exaltado pero cobarde.
El argentino intentó hablar, pero Holmes lo detuvo con un ademán.
—Permítame continuar. Haré un repaso de los acontecimientos —siguió.
Holmes volvió a leer:
—“El 24 de enero de 1811 Mariano Moreno se embarcó en el puerto de Buenos Aires en la escuna de Su Majestad Británica Misletoe y el día 25 se trasbordó a la Fame con la que finalmente haría el viaje a nuestra isla. Moreno emprendía el viaje protegido por nuestro gobierno y bajo su entera responsabilidad”
Holmes dejó de leer y continuó:
—En los documentos que usted me hizo llegar, dice correctamente que junto a él viajaban su hermano Manuel Moreno y el señor Tomás Guido.
—Correcto —afirmó el joven.
—Pues bien, aquí comienza la fábula que usted, su pueblo y su gobierno han dado por verdad histórica. En sus documentos apenas si se hace referencia a una disputa legal que el doctor Moreno mantuvo con el señor Rivadavia.
—Bernardino Rivadavia —intervino el argentino.
—Así es. Se hace hincapié en el militar Saavedra, aunque ahora sabemos que éste fue, además de un patriota valiente, una persona incapaz de albergar deseos criminales contra Moreno e incluso quién lo protegía mientras viviera en Buenos Aires. Voy a leerle textualmente lo que Moreno opinaba sobre Rivadavia:
“Sírvase V. S. fijar la vista sobre la conducta pública de este joven: ya sostiene un estudio abierto, sin ser letrado; ya usurpa el aire de los sabios, sin haber frecuentado sus aulas; unas veces aparece de Regidor, que ha de durar pocos momentos; otras se presenta como un comerciante acaudalado, de vastas negociaciones, que ni entiende, ni tiene fondos suficientes para sostener; y todos estos papeles son triste efecto de la tenacidad con que afecta ser grande en todas las carreras, cuando en ninguna de ellas ha dado hasta ahora el primer paso.
”Aquí tenemos a su enemigo jurado, que no fue Saavedra precisamente.
”Tanto en las memorias de su hermano Manuel como en las de Tomas Guido se afirma que una dosis excesiva de emético dada a Moreno por el capitán del barco, habría sido la causa de su muerte. Pues bien, mi estimado amigo, debo confesarle que todo esto es una fábula, bien orquestada, por cierto. En el puerto de Ensenada, donde Moreno se embarca, ya lo esperaban su hermano, el señor Guido y…
Holmes hizo una pausa e hizo un gesto teatral.
—Un tercer hombre, que los papeles que usted me acercó, no nombran. El señor Tomas Borges, quien sería el perito encargado de supervisar el armamento que Moreno adquiriría por orden de la junta, era en realidad un sicario a sueldo de Rivadavia. Este Rivadavia unía a su encono personal una gran rivalidad política con Moreno a quien pensaba eliminar en pleno viaje o al llegar a Inglaterra.
”Borges sería, luego de eliminado Moreno, el que cerraría el negocio y que a su mandante le haría ganar no solo una fortuna por la comisión si no un gran crédito político.
”Rivadavia era un tonto redomado. Tanto nuestra cancillería como el almirantazgo, encargado de la seguridad en el viaje de Moreno, estaban al tanto del plan y, mi estimado amigo, ese señor Borges fue el que viajó al fondo del mar y no el señor Moreno.
Rodríguez Peña sonreía enigmáticamente cuando se levantó y caminó hacia la chimenea.
Tanto Watson como Holmes se acercaron y paternalmente lo invitaron a sentarse.
—Me imagino lo que siente— dijo Watson, que le acercó una copa de brandy.
El argentino la bebió de un trago y volvió a sentarse con la misma enigmática sonrisa.
—Señor Holmes, en realidad esto que usted me lee confirma nuestras sospechas, continúe por favor —le pidió.
—Si bien, el capitán fue el que dio la orden, tanto Moreno como su hermano Manuel y Tomas Guido estuvieron de acuerdo con que debía ejecutarse al traidor Borges. Es cierto que un cadáver fue echado al mar, pero no fue el del doctor Moreno.
—Finalmente —interrumpió el argentino —Entonces, señor Holmes, ¿qué pasó con Mariano Moreno? Porque ahora no me cabe duda que usted conoce perfectamente qué fue de su vida, y de su muerte.
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