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Historia de la Revolución Rusa
Tomo I

León Trosky


Índice de contenido

Historia de la Revolución Rusa

Prólogo

A 100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA

PRÓLOGO

Capítulo I

Las características del desarrollo de Rusia

Capítulo II

La Rusia Zarista y la guerra

Capítulo III

El proletariado y los campesinos

Capítulo IV

El Zar y la Zarina

Capítulo V

La idea de la revolución palaciega

Capítulo VI

Agonía de la monarquía

Capítulo VII

Cinco días (23-27 de febrero de 1917)

Capítulo VIII

¿Quién dirigió la insurrección de febrero?

Capítulo IX

La paradoja de la revolución de febrero

Capítulo X

El nuevo poder

Capítulo XI

La dualidad de poderes

Capítulo XII

El comité ejecutivo

Capítulo XIII

El ejército y la guerra

Capítulo XIV

Los gobernantes y la guerra

Capítulo XIV

Los bolcheviques y Lenin

Capítulo XVI

Cambio de orientación del Partido Bolchevique

Capítulo XVII

Las jornadas de abril

Capítulo XVIII

La primer coalición

Capítulo XIX

La ofensiva

Capítulo XX

Los campesinos

Capítulo XXI

Las masas evolucionan

Capítulo XXII

El congreso de los Soviets y la manifestación de junio

Capítulo XXIII

Conclusión

Trotsky, León

Historia de la Revolución Rusa/León Trotsky. - 1a ed.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires: La Montaña, 2018.

v. 1, 464 p.; 23x15 cm.

ISBN 978-987-47672-4-0

1. Revolución Rusa. 2. Historia. I. Título.

CDD 947.0841

Copyright © 2018. La Montaña

Belgrano 615, 3o J (C.P. 1067) Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina

Tel.: (54 11) 4343-9902

edicionessocialistas@gmail.com

ISBN 978-987-47672-4-0

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso en Argentina

Primera edición: octubre 2019

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler,

la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma

o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias,

digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor.

Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

Prólogo
A 100 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN RUSA

La Revolución Rusa fue el acontecimiento político y social más importante del siglo XX; estableció los marcos geopolíticos mundiales dentro de los cuales transcurriría el resto del siglo. Hasta entonces, el ritmo de la sociedad venía marcado por la dinámica del capitalismo europeo en ascenso, por la ideología de su «deber civilizatorio» hacia el resto del mundo, y por su reparto colonialista del mismo, que terminó desembocando en la carnicería de la Primera Guerra Mundial. A partir de la revolución bolchevique, el rumbo de la humanidad se bifurcó. El capitalismo no sería más el único destino posible. El socialismo había surgido como modelo político, económico y social alternativo. Por el resto del siglo, todo, absolutamente todo, estaría cruzado por la disputa entre socialismo y capitalismo. El poder se disputó en revoluciones y guerras que recorrieron el mundo entero, la moral y los valores, los significados de la libertad y la democracia, los fines de la ciencia y la cultura, el propósito de la existencia humana, estuvieron en disputa entre esos dos paradigmas.

Para quienes luchan por un mundo más justo e igualitario, y especialmente para quienes lo hacemos desde la perspectiva marxista, la Revolución Rusa tiene un peso aún mayor. Materializó lo que era hasta entonces sólo un sueño esbozado por grandes visionarios y sostenido, de generación en generación, por una cofradía de revolucionarios perseguidos. En octubre de 1917, el sueño se hizo realidad. Los oprimidos se deshicieron de sus opresores, barrieron a un costado todo el aparato estatal represor, crearon sus propias instituciones de gobierno y tomaron el poder en sus manos. Aquello que decía Marx de que la revolución sería obra de los propios trabajadores, pegó un salto triunfal de la dimensión teórica al reino de lo tangible, de lo empíricamente observable.

Los primeros pasos del gobierno revolucionario destruyeron mito tras mito de lo que se consideraba imposible, infundieron de autoconfianza a los trabajadores del mundo y humillaron a los «posibilistas» de entonces. Se expropió a los grandes terratenientes y se repartió la tierra a los millones de campesinos que llevaban siglos sobreviviendo, de hambruna en hambruna. Se decretó el control obrero de la producción y la autodeterminación de las naciones oprimidas por el imperio ruso. Mientras en Inglaterra, Francia, Alemania y EEUU, las mujeres aún no tenían derecho a votar, en la Rusia obrera las mujeres conquistaron no solo el sufragio universal, sino también el acceso estatal y gratuito a los anticonceptivos y el aborto, y se inició la construcción de una red de guarderías, comedores y lavaderos comunitarios para facilitar la participación de las mujeres en el trabajo productivo y en la vida política y cultural.

Se erigió el régimen más democrático que la humanidad ha conocido. Obra de la creatividad de las masas movilizadas, los soviets, esos consejos de diputados-delegados elegidos en asambleas y permanentemente revocables, pusieron el poder, por primera y única vez en la historia, en manos de las masas trabajadoras, que pasaron a incidir directa y cotidianamente en las decisiones políticas, económicas y sociales.

Por todo esto la Revolución Rusa es, para los marxistas, el punto más alto al que ha llegado la humanidad en su historia y el modelo al que, incluso 100 años después, nos remontamos en busca de pistas que puedan ayudar a conquistar y construir la sociedad por la que luchamos.

Sin embargo, el efecto más profundo y extendido de la Revolución de Octubre fue el que actuó sobre la conciencia, y fue explosivo. En las cabezas de millones y millones en el mundo entero, la idea de una sociedad igualitaria, sin hambre ni miseria, que durante milenios había sido una utopía inalcanzable, dejó de serlo. En el imaginario social de los pueblos trabajadores, luchar para sacarse de encima a sus explotadores pasó a ser una posibilidad real, la revolución pasó a ser una opción viable para resolver los problemas del presente. Lamentablemente, la realidad que sustentaba ese imaginario duró poco. La Revolución Rusa fue estrangulada por una combinación de guerra civil, intervención imperialista, crisis económica y contrarrevolución interna. Pero no antes de dar una aguerrida y desesperada lucha por sobrevivir y expandirse por el mundo.

Al calor del triunfo bolchevique, una ola revolucionaria sin precedentes sacudió toda Europa y más allá:

«Asombra la lectura de los periódicos de esa época... Disturbios en París, disturbios en Lyon, revolución en Bélgica, revolución en Constantinopla, victoria de los soviets en Bulgaria, desórdenes en Copenhague. La verdad es que toda Europa se estremece de que existan soviets, clandestinos al menos, por todas partes —hasta en los mismos ejércitos aliados—, que todo es posible; todo». (Victor Serge, El año I de la Revolución Rusa).

Los bolcheviques no consideraban a la Revolución Rusa como un fenómeno nacional, sino como parte de una revolución mundial. Ataban el destino de la Rusia obrera a la expansión internacional de la revolución y no creían posible desarrollar el socialismo en su país atrasado, sin el triunfo del proletariado en los países más avanzados de Europa. De hecho, Lenin y Trotsky aseveraron que el mayor logro de la Revolución Rusa fue la fundación de la Tercera Internacional en 1919, herramienta con la que pretendían organizar la revolución mundial.

Ni bien asumieron el poder, los bolcheviques tuvieron que afrontar el colapso económico y la hambruna generados por la Primera Guerra Mundial; la pérdida de un extenso territorio, rico en tierra cultivable, minerales e industria, que debieron ceder a Alemania para acordar la paz; y una guerra civil provocada por los restos del régimen zarista depuesto y 400.000 tropas de 14 países capitalistas que invadieron para aplastar al insolente gobierno obrero. No obstante, los bolcheviques destinaron todos los recursos y los mejores cuadros de los que pudieron disponer a construir la Internacional y apuntalar las revoluciones en curso en Europa.

El gobierno soviético salió triunfante de la guerra civil, pero la revolución mundial fue derrotada. Tras el fracaso de la revolución alemana en 1923, la Rusia soviética quedó devastada y aislada, y en el año siguiente murió Lenin. Bajo esas circunstancias, Stalin encabezó la contrarrevolución burocrática que revirtió, una por una, todas las conquistas de Octubre y erigió un régimen totalitario que recreó todas las opresiones del viejo zarismo, pero manteniendo la fachada y el discurso del marxismo. Toda oposición fue sometida o reprimida y eventualmente eliminada. Trotsky, que había presidido el Soviet de Petrogrado, dirigido la insurrección de Octubre, creado y encabezado el Ejército Rojo que ganó la guerra civil, se puso a la cabeza de la Oposición de Izquierda que enfrentó, sin éxito, el ascenso de Stalin. La burocracia lo expulsó del Comité Central del partido en 1927, lo exilió a Almatý (Kazajistán) en 1928 y lo expulsó de la Unión Soviética en 1929.

Fue en su primer paradero de exilio, en la isla turca de Prinkipo, que Trotsky escribió su Historia de la Revolución Rusa. Por entonces comenzaba la campaña estalinista contra Trotsky. Para justificar su tiranía «socialista», Stalin reescribió la historia del Partido Bolchevique y de la Revolución Rusa e invirtió la teoría marxista de la revolución. El internacionalismo era reemplazado por la afirmación de que se podía construir el socialismo en un solo país, la independencia de clase del proletariado era abandonado a favor del Frente Popular con la burguesía y la revolución permanente por la revolución por etapas; el Partido Bolchevique era reinventado como un aparato monolítico conducido por un Lenin incuestionable e infalible. El papel modesto que jugó Stalin en la revolución tenía que ser agigantado para presentarlo como el heredero natural de Lenin, y el rol de Trotsky tenía que ser borrado o tergiversado. La teoría de la revolución permanente que había desarrollado Trotsky, que había sido adoptada por Lenin y reivindicada por la Revolución de Octubre, contradecía el modelo del socialismo en un país. La confluencia de Lenin y Trotsky en plena revolución contradecía el relato del partido monolítico. El estalinismo tenía que enterrar todo eso y comandaba una campaña mundial de infamia y calumnias inigualada en la historia, acusando a Trotsky de agente contrarrevolucionario.

Historia de la Revolución Rusa es, en primer lugar, una defensa de la verdadera historia del Partido Bolchevique y de la Revolución de Octubre. Es un arma pensada y forjada para la defensa del marxismo revolucionario que el estalinismo pretendía sepultar. En última instancia, la preservación y la transmisión a nuevas generaciones de las ideas, la experiencia y la estrategia revolucionaria del marxismo, es la causa a la que Trotsky se entregó —literalmente— hasta su último suspiro. Él mismo afirmaría que la tarea más importante que asumió en la vida fue la fundación de la Cuarta Internacional en 1938, ante la bancarrota de la burocratizada Tercera, que Stalin disolvería en 1943.

Historia es también una obra maestra de historia en sí. Entre las decenas de historias que se han publicado sobre la Revolución Rusa, la de Trotsky sobresale como la más integral e incisiva en sus análisis, tanto más por haber sido escrita por un protagonista de los hechos. Lejos de ofuscar la supuesta objetividad científica, el enfoque marxista y comprometido de Historia le brinda el filo y la profundidad que le faltan a otros relatos. Además, la obra goza de una irresistible narrativa emotiva y poética que permite leerla como una novela. La comprensión de la dinámica de la revolución la logra el autor, a menudo, con las descripciones más anecdóticas y detalladas de las experiencias de los personajes —tanto los líderes conocidos como los obreros, soldados y campesinos anónimos— que protagonizaron la revolución.

El biógrafo de Trotsky, Isaac Deutscher, describió este aspecto de Historia: «Nos hace palpar que aquí y ahora los hombres hacen su propia historia; y que la hacen de acuerdo a las “leyes de la historia”, pero también con acciones de su conciencia y su voluntad. De tales hombres, aunque sean analfabetos y toscos, tiene orgullo; y quiere que nosotros también les tengamos orgullo. La revolución es, para él, ese breve y valioso momento en el que los humildes oprimidos levantan su voz». (Isaac Deutscher, El profeta desterrado: Trotsky, 1920-1940)

La genialidad de Historia nace de su método dialéctico, de la habilidad con la que Trotsky relaciona los conflictos y contradicciones puntuales con el desarrollo general de la historia: la contradicción entre el atraso económico y la industria moderna, entre el gobierno provisional y los soviets; la presión de la guerra mundial sobre la burguesía, de los obreros y soldados sobre los soviets, de los campesinos sobre el gobierno provisional; la tensión entre la dirección del Partido Bolchevique y sus cuadros y militantes, entre unos dirigentes y otros; el autor teje cada trama en un mismo paño que revela el verdadero proceso revolucionario en movimiento.

El historiador y revolucionario argentino Milcíades Peña, aseveró que solo dos obras, para él, logran una íntegra comprensión dialéctica, «donde la realidad ha sido captada en su evolución, en sus contradicciones, en sus diversas fases cuantitativas y cualitativas. Esas obras son El capital de Marx e Historia de la Revolución Rusa de Trotsky». (Milcíades Peña, Introducción al pensamiento de Marx).

Historia contiene y afirma las fundamentales lecciones de la Revolución Rusa: que las revoluciones las hacen las masas trabajadoras, y que pueden triunfar únicamente si un partido revolucionario las logra dirigir hacia la conquista del poder.

Así lo ilustra Trotsky en el prólogo: «El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. (...) Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera».

Estas lecciones fueron secuestradas durante décadas por el aparato contrarrevolucionario mundial del estalinismo, tanto más desde que su sicario, Ramón Mercader, logró asesinar a Trotsky en 1940 en México. Generación tras generación, las masas, inspiradas en el Octubre bolchevique, hicieron revoluciones que llegaron a expropiar a la burguesía en un tercio del mundo el siglo pasado. Pero el estalinismo, en nombre del socialismo «realmente existente», cumplió su pacto de coexistencia pacífica con el capitalismo imperialista, y frenó, desvió, abortó o aplastó a cada una.

Ese aparato contrarrevolucionario se derrumbó entre 1989 y 1991, liberando de sus ataduras a las enormes fuerzas revolucionarias de los pueblos del mundo. Contradictoriamente, al no surgir nuevas direcciones revolucionarias en la ex Unión Soviética, no se restauró allí la democracia socialista, sino el mercado capitalista; y apareció un nuevo obstáculo para los revolucionarios del mundo. Aquella vívida inspiración que el triunfo bolchevique había grabado en el imaginario social de las masas oprimidas se desvaneció ante la ofensiva neoliberal del imperialismo, que logró convencer a millones de que la historia había terminado, que el socialismo había fracasado y que no había sistema posible más allá del capitalismo. Nuevos procesos revolucionarios recorrieron el mundo; en América Latina protagonizamos nuestro Argentinazo, nuestras revoluciones bolivarianas y andinas contra el amo del norte. Pero predominó la idea de que al capitalismo no había con qué darle, de que había que limitar las luchas a los cambios «posibles».

Todo eso cambió con la crisis sistémica en la que entró el capitalismo mundial desde 2008. A partir de entonces, cada vez más, lo que está en tela de juicio, lo que parece fracasar, es el capitalismo. Entramos en una nueva etapa de polarización y revoluciones. Hemos visto a la Primavera Árabe derrocar dictadores que llevaban décadas al mando; vemos a indignados e independentistas poner al régimen monárquico español contra las cuerdas; vemos a pueblos que llevaban largos años dormitando, tomar las calles en EEUU, Europa y Asia; vemos recorrer en el mundo una nueva ola feminista. Todo está cuestionado. Necesitamos un nuevo Octubre que se instale en las cabezas de millones como inspiración y ejemplo a seguir, como lo hizo el de hace 100 años en Rusia.

Historia de la Revolución Rusa de Trotsky, que durante todos estos años resguardó celosamente la experiencia y las conclusiones de aquella gesta, multiplica su valor en esta etapa de crisis que atravesamos. Para los que militamos hoy con la convicción de transormar la barbarie capitalista en un mundo que valga la pena ser vivido, es una lectura imprescindible. En ella encontraremos unas cuantas lecciones útiles para comprender, no solo el pasado de nuestros antecesores, sino también nuestra propia realidad actual.

Los editores

Noviembre de 2018

PRÓLOGO

En los dos primeros meses del año 1917 reinaba todavía en Rusia la dinastía de los Romanov. Ocho meses después estaban ya en el timón los bolcheviques, un partido ignorado por casi todo el mundo a principios de año y cuyos jefes, en el momento mismo de subir al poder, se hallaban aún acusados de alta traición. La historia no registra otro cambio de frente tan radical, sobre todo si se tiene en cuenta que estamos ante una nación de 150 millones de habitantes. Es evidente que los acontecimientos de 1917, sea cual fuere el juicio que merezcan, son dignos de ser investigados.

La historia de la revolución, como toda historia, debe, ante todo, relatar los hechos y su desarrollo. Mas esto no basta. Es menester que del relato se desprenda con claridad por qué las cosas sucedieron de ese modo y no de otro. Los sucesos históricos no pueden considerarse como una cadena de aventuras ocurridas al azar ni engarzarse en el hilo de una moral preconcebida, sino que deben someterse al criterio de las leyes que los gobiernan. El autor del presente libro entiende que su misión consiste precisamente en sacar a la luz esas leyes.

El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los burócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, éstas rompen las barreras que las separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos.

Cuando en una sociedad estalla la revolución, luchan unas clases contra otras y, sin embargo, es de una innegable evidencia que las modificaciones por las bases económicas de la sociedad y el sustrato social de las clases desde que comienza hasta que acaba no bastan, ni mucho menos, para explicar el curso de una revolución que en unos pocos meses derriba instituciones seculares y crea otras nuevas, para volver en seguida a derrumbarlas. La dinámica de los acontecimientos revolucionarios se halla directamente informada por los rápidos, tensos y violentos cambios que sufre la psicología de las clases formadas antes de la revolución.

La sociedad no cambia nunca sus instituciones a medida que lo necesita, como un operario cambia sus herramientas. Por el contrario, acepta prácticamente como algo definitivo las instituciones a que se encuentra sometida. Pasan largos años durante los cuales la obra de crítica de la oposición no es más que una válvula de seguridad para dar salida al descontento de las masas y una condición que garantiza la estabilidad del régimen social dominante; es, por ejemplo, la significación que tiene hoy la oposición socialdemócrata en ciertos países. Han de sobrevenir condiciones completamente excepcionales, independientes de la voluntad de los hombres o de los partidos, para arrancar al descontento las cadenas del conservadurismo y llevar a las masas a la insurrección.

Por tanto, esos cambios rápidos que experimentan las ideas y el estado de espíritu de las masas en las épocas revolucionarias no son producto de la elasticidad y movilidad de la psiquis humana, sino al revés, de su profundo conservadurismo. El rezagamiento crónico en que se hallan las ideas y relaciones humanas con respecto a las nuevas condiciones objetivas, hasta el momento mismo en que éstas se desploman catastróficamente, por decirlo así, sobre los hombres, es lo que en los períodos revolucionarios engendra ese movimiento exaltado de las ideas y las pasiones que a las mentalidades policíacas se les antoja fruto puro y simple de la actuación de los «demagogos».

Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja. Sólo el sector dirigente de cada clase tiene un programa político, programa que, sin embargo, necesita todavía ser sometido a la prueba de los acontecimientos y a la aprobación de las masas. El proceso político fundamental de una revolución consiste precisamente en que esa clase perciba los objetivos que se desprenden de la crisis social en que las masas se orientan de un modo activo por el método de las aproximaciones sucesivas. Las distintas etapas del proceso revolucionario, consolidadas por el desplazamiento de unos partidos por otros cada vez más extremos, señalan la presión creciente de las masas hacia la izquierda, hasta que el impulso adquirido por el movimiento tropieza con obstáculos objetivos. Entonces comienza la reacción: decepción de ciertos sectores de la clase revolucionaria, difusión del indeferentismo y consiguiente consolidación de las posiciones adquiridas por las fuerzas contrarrevolucionarias. Tal es, al menos, el esquema de las revoluciones tradicionales.

Sólo estudiando los procesos políticos sobre las propias masas se alcanza a comprender el papel de los partidos y los caudillos que en modo alguno queremos negar. Son un elemento, si no independiente, sí muy importante, de este proceso. Sin una organización dirigente, la energía de las masas se disiparía, como se disipa el vapor no contenido en una caldera. Pero sea como fuere, lo que impulsa el movimiento no es la caldera ni el pistón, sino el vapor.

Son evidentes las dificultades con que tropieza quien quiere estudiar los cambios experimentados por la conciencia de las masas en épocas de revolución. Las clases oprimidas crean la historia en las fábricas, en los cuarteles, en los campos, en las calles de la ciudad. Mas no acostumbran a ponerla por escrito. Los períodos de tensión máxima de las pasiones sociales dejan, en general, poco margen para la contemplación y el relato. Mientras dura la revolución, todas las musas, incluso esa musa plebeya del periodismo, tan robusta, lo pasan mal. A pesar de esto, la situación del historiador no es desesperada, ni mucho menos. Los apuntes escritos son incompletos, andan sueltos y desperdigados. Pero, puestos a la luz de los acontecimientos, estos testimonios fragmentarios permiten muchas veces adivinar la dirección y el ritmo del proceso histórico. Mal o bien, los partidos revolucionarios fundan su técnica en la observación de los cambios experimentados por la conciencia de las masas. La senda histórica del bolchevismo demuestra que esta observación, al menos en sus rasgos más salientes, es perfectamente factible. ¿Por qué lo accesible al político revolucionario en el torbellino de la lucha no ha de serlo también retrospectivamente al historiador?

Sin embargo, los procesos que se desarrollan en la conciencia de las masas no son nunca autóctonos ni independientes. Pese a los idealistas y a los eclécticos, la conciencia se halla determinada por la existencia. Los supuestos sobre los que surgen la Revolución de Febrero y su suplantación por la de Octubre tienen necesariamente que estar informados por las condiciones históricas en que se formó Rusia, por su economía, sus clases, su Estado, por las influencias ejercidas sobre ella por otros países. Y cuanto más enigmático nos parezca el hecho de que un país atrasado fuera el primero en exaltar al poder al proletariado, más tenemos que buscar la explicación de este hecho en las características de ese país, o sea en lo que le diferencia de los demás.

En los primeros capítulos del presente libro esbozamos rápidamente la evolución de la sociedad rusa y de sus fuerzas intrínsecas, acusando de este modo las peculiaridades históricas de Rusia y su peso específico. Confiamos en que el esquematismo de esas páginas no asustará al lector. Más adelante, conforme siga leyendo, verá a esas mismas fuerzas sociales vivir y actuar.

Este trabajo no está basado precisamente en los recuerdos personales de su autor. El hecho de que éste participara en los acontecimientos no le exime del deber de basar su estudio en documentos rigurosamente comprobados. El autor habla de sí mismo allí donde la marcha de los acontecimientos le obliga a hacerlo, pero siempre en tercera persona. Y no por razones de estilo simplemente, sino porque el tono subjetivo que en las autobiografías y en las memorias es inevitable, sería inadmisible en un trabajo de índole histórica.

Sin embargo, la circunstancia de haber intervenido personalmente en la lucha permite al autor, naturalmente, penetrar mejor, no sólo en la psicología de las fuerzas actuantes, las individuales y las colectivas, sino también en la concatenación interna de los acontecimientos. Mas para que esta ventaja dé resultados positivos, precisa observar una condición, a saber: no fiarse a los datos de la propia memoria, y esto no sólo en los detalles, sino también en lo que respecta a los motivos y a los estados de espíritu. El autor cree haber guardado este requisito en cuanto de él dependía.

Todavía hemos de decir dos palabras acerca de la posición política del autor, que en función de historiador, sigue adoptando el mismo punto de vista que adoptaba en función de militante ante los acontecimientos que relata. El lector no está obligado, naturalmente, a compartir las opiniones políticas del autor, que éste, por su parte, no tiene tampoco por qué ocultar. Pero sí tiene derecho a exigir de un trabajo histórico que no sea precisamente la apología de una posición política determinada, sino una exposición, internamente razonada, del proceso real y verdadero de la revolución. Un trabajo histórico sólo cumple del todo con su misión cuando en sus páginas los acontecimientos se desarrollan con toda su forzosa naturalidad.

¿Mas tiene esto algo que ver con la que llaman «imparcialidad» histórica? Nadie nos ha explicado todavía claramente en qué consiste esa imparcialidad. El tan citado dicho de Clemenceau de que las revoluciones hay que tomarlas o desecharlas en bloc es, en el mejor de los casos, un ingenioso subterfugio: ¿cómo es posible abrazar o repudiar como un todo orgánico aquello que tiene su esencia en la escisión? Ese aforismo se lo dicta a Clemenceau, por una parte, la perplejidad producida en éste por el excesivo arrojo de sus antepasados y, por otra, la confusión en que se halla el descendiente ante sus sombras.

Uno de los historiadores reaccionarios y, por tanto, más de moda en la Francia contemporánea, L. Madelein, que ha calumniado con palabras tan elegantes a la Gran Revolución, que vale tanto como decir a la progenitora de la nación francesa, afirma: «el historiador debe colocarse en lo alto de las murallas de la ciudad sitiada, abrazando con su mirada a sitiados y sitiadores»; es, según él, la única manera de conseguir una «justicia conmutativa». Sin embargo, los trabajos de este historiador demuestran que si él se subió a lo alto de las murallas que separan a los dos bandos, fue, pura y simplemente, para servir de espía a la reacción. Y menos mal que en este caso se trata de batallas pasadas, pues en épocas de revolución es un poco peligroso asomar la cabeza sobre las murallas. Claro está que, en los momentos peligrosos, estos sacerdotes de la «justicia conmutativa» suelen quedarse sentados en casa esperando a ver de qué parte se inclina la victoria.

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711 str. 20 ilustracji
ISBN:
9789874767240
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