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Manos frías
Leire Fernández Bravo
ISBN: 978-84-19042-95-8
2ª edición, noviembre de 2021.
Ilustración portada: Laura Fernández de Castro Cambrón
Editorial Autografía
Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona
www.autografia.es
Reservados todos los derechos.
Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.
Sumário
capítulo i
capítulo ii
capítulo iii
capítulo iv
capítulo v
capítulo vi
capítulo vii
capítulo viii
capítulo ix
capítulo x
capítulo xi
capítulo xii
capítulo xiii
capítulo xiv
capítulo xv
capítulo xvi
capítulo xvii
capítulo xviii
capítulo xix
capítulo xx
capítulo xxi
capítulo xxii
capítulo xxiii
capítulo xxiv
capítulo xxv
epílogo
al lector
¡Mira, mama!
capítulo i
Eran las nueve menos cuarto del último sábado de octubre, y yo estaba frente al espejo, arreglándome. Me había recogido el pelo con un coletero y al menos medio millón de horquillas, y todavía se me desprendían algunos mechones. En ese instante estaba tirando de la piel del rabillo del ojo izquierdo con el índice derecho, rasgando así el de color verde y delineando el borde de las pestañas con el minúsculo pincel del eye liner, adoptando una expresión facial ridícula que me deformaba el rostro. Después me pinté los labios de rojo, examiné mi escandaloso uniforme de trabajo en el espejo y apagué la luz. Había estado quince malditos minutos gastando electricidad. Odiaba los meses fríos: poca luz y poco calor significaban un gasto energético imposible de asumir para mi precario bolsillo.
Me puse el abrigo, comprado el invierno pasado en una tienda de segunda mano (una ganga: me salvó de tener que seguir yendo helada por las calles con un simple chubasquero) y cerré la puerta con llave. Al bajar las escaleras ni siquiera me molesté en pulsar el interruptor con el que iluminaría el rellano. Ya conocía cada uno de esos peldaños gastados y resbaladizos.
Me senté en la marquesina que funcionaba como parada de autobús. La noche era fría: el invierno estaba abalanzándose precozmente sobre un otoño ínfimo. Aun así, no me permití tiritar. En el cartel iluminado que hacía de pared del tejadillo había una fotografía de un hombre atractivo, musculado y pertinentemente retocado anunciando calzoncillos. ¿Sexy? Tal vez, pero nada coherente con esta humedad que me mordía la punta de la nariz.
Recorrí la avenida con la mirada. El tráfico era escaso, pero el flujo de gente era incesante. Como cada sábado, sólo había dos tipos de persona pululando por las calles. Los muchos, jóvenes como Gabriel o como yo, iban en grupos numerosos, gritando estupideces y riéndose de obscenidades. Se veían muchas bolsas de plástico, unas con botellas de fanta y otras con vodka barato. Una borrachera fácil, una noche por delante, un vacío resacoso en la memoria al mediodía siguiente y un puzle que reconstruir con versiones ajenas y fotografías deplorables de aquella noche.
Yo no pertenecía a este grupo. Yo era de los que se apresuraban para ir a un trabajo de mierda.
Había pasado media hora y todo parecía indicar que el conductor del autobús se había quedado dormido al volante, así que tomé la infame decisión de recurrir al método más sencillo para llegar a mi turno: me abrí el chaquetón, me arremangué un poco más la falda y, dando zancadas sobre los viejos tacones de aguja, me acerqué a la carretera. Un coche negro, conducido por un amable cincuentón medio calvo, tuvo la generosidad de ser mi vehículo hacia mi destino.
Así que me subí.
El conductor me miró, por este orden, al escote y a los ojos, y esbozó una sonrisa entre bobalicona y lasciva, embelesado ante mi camisa parcialmente abierta.
–¿Adónde vas?
Le pedí que me dejara en una de las calles próximas al bar.
–¿Qué haces por la calle a estas horas, chiquilla? –me preguntó.
<<¿Qué haces tú llamándome “chiquilla” cuando no dejas de lanzar miradas furtivas a mi busto, imbécil?>>.
–Voy a trabajar.
–¿Dónde?
–Soy niñera–improvisé.
Noté que aminoraba la velocidad del coche. Ya. A cuidar críos llevando una microfalda y un escote vertiginoso. Muy hábil, Diana. Ahora te preguntará cuánto cobras.
–Y, eh… ¿No ofreces otro servicio?
–Bueno–me revolví ligeramente en el asiento–, si se refiere a eso, también soy niñera diurna.
–No, lo que yo quería decir…–me miró los pechos, ya sin disimulo.
–No soy una de esas–aclaré estúpidamente–. No soy puta.
–Ya–se rio socarronamente.
Estábamos en la calle Thomas Edison. Podía llegar al bar desde ahí.
No le dejé continuar.
–Bueno, puede dejarme aquí–abrí la puerta antes de que él pudiera decir nada más–. Gracias.
–Llegas tarde–me dijo el encargado cuando entré.
–No llegaba el autobús y…
–Ya. ¿Y no podías hacer autoestop? –señaló mis tetas.
Gruñí.
–Desabróchate un botón más. No se te ve el sujetador. Y suéltate el pelo.
–Pero es que para fregar…
–Cállate y hazlo–me cortó secamente.
Obedecí y ocupé mi lugar tras la barra. El local se empezaba a llenar, pero aún no había empezado el espectáculo. Me puse a lavar copas con pose sugerente. Es difícil frotar vasos de chupito con un estropajo y parecer sexualmente atractiva al mismo tiempo, pero después de tanto tiempo de práctica ya me salía. Más o menos.
Mi primer cliente me pidió un gin tonic. Serví unas cuantas bebidas más (todas, sin excepción, alcohólicas) antes de que las luces bajaran de intensidad y un foco enfocara al escenario. El encargado se plantó frente al público, hizo las mismas bromas de cada noche y presentó a Paulita, que salió a escena sentándose en una silla, vestida con medias de rejilla, unas bragas de encaje y cinta adhesiva negra tapándole los pezones. Se puso a hablar con voz grave y sensual sobre las virguerías que su amante ficticio era capaz de hacerle en la cama, paseando sus manos por su torso desnudo y su cabello largo, negro, rizado y sedoso. Me sabía el parlamento de memoria: llevaba ya un mes explicando lo mismo. Sin embargo, seguía excitando al público. No era una chica que me gustase, pero tenía que reconocer que aquello se le daba bien.
Cuando empezaron las acrobacias en la barra y las exhibiciones sexuales, la clientela ya estaba ebria. Las parejas empezaban a darle más pasión a sus roces “casuales”, la gente jaleaba a las bailarinas y las idas y venidas a la barra eran constantes. Yo ya no daba más de mí: estaba saturada de trabajo sirviendo a una multitud sedienta de pecado. Dawn’s Strip Club era así en sábado. Todos querían olvidar el estrés y la frustración sexual acumulada durante la semana laboral, y era fácil. Chicas guapas y chicos muy sexis. En fin de semana, y a pesar de lo cutre que era, el club rebasaba el aforo máximo.
La verdad, yo no sabía cómo había podido conseguir empleo allí. Mi silueta, lejos de voluptuosa, era modesta, y yo no era una cara bonita: bastaba con fijarse en mi heterocromía para saber que Diana es un bicho raro. Sospechaba que había sido un error del encargado, que iría bebido al contratarme. Lo que no me explico es cómo me amplió el horario laboral cuando me emancipé. Tal vez se dio cuenta de que podía tenerme de camarera por sólo quinientos euros porque se me notaba la desesperación económica. Yo, sin formación completa, joven, viviendo en un barrio de los bajos fondos, aceptaría cualquier condición por algo de liquidez monetaria. Y así fue. Quinientos euros mensuales eran el precio de mi dignidad. Lo necesitaba para seguir malviviendo, porque yo nunca me echaba atrás. El encargado era un cabrón explotador, pero era listo.
Cuando al fin llegó la hora del cierre, me tuve que quedar a hacer caja. Ese día yo cerraba el local. Ni siquiera nadie se quedaba a supervisar. “Hacer caja” quería decir, además, limpiar las mesas, fregar el suelo y tirar los tangas que había olvidados entre los cojines de los sillones. A veces me encontraba un billete de cinco euros bajo una silla, y entonces me alegraba.
Eran casi las seis de la mañana y yo aún estaba esperando a que se secase el piso. Decidí desayunar allí. Me hice un café y me comí una naranja. Antes de proceder a limpiar los inodoros, intenté alegrarme escuchando ABBA. Puse el CD de sus grandes éxitos (todavía no sé qué hacía ese álbum allí si no pegaba en absoluto) y empezó a sonar Dancing Queen. Sólo cuando me quedaba sola allí podía escuchar música. ABBA era la banda sonora de mi infancia. Los domingos en que mamá no arrastraba las copas del sábado, ponía esta canción mientras preparaba tostadas para desayunar. Hoy era domingo. En lugar de estar manchándome la boca con mermelada, yo estaba bailando con la escobilla del váter al son de los suecos. Era todo tan grotesco que casi me puse a llorar.
Empezó a sonar Money, Money, Money, retratando mis últimos tres años. ¿Por qué no podría yo tener un sueldo decente? El dinero siempre me ha deprimido. Yo estaba asfixiada por las facturas y el alquiler, pero ni tan sólo contemplaba la opción de probar fortuna en el casino. Detesto el juego. Si quisiera un poco más de dinero por un par de meses siempre podría vender aquello que no uso… Pero no. Yo la pagué. Es mía. El instrumento de mi sueño. Si me muero, que me entierren con ella.
ABBA no me estaba ayudando nada. Mejor dejar la música. Eso es algo que sólo la gente alegre puede disfrutar.
Tres cuartos de hora más tarde, al fin había adecentado los lavabos, e incluso me había acordado de poner rollos de papel higiénico nuevos. Ahora iba por la calle, arrastrando mi alma y una bolsa de basura mastodóntica. Arrojé ambas al container y esprinté hacia el autobús, que casi se escapó sin mí. En mi carrera me torcí los dos tobillos como siete veces, pero llegué, jadeante, justo a tiempo. Sólo estábamos el conductor y yo. Miré por la ventana: aún era noche cerrada. Suspiré y me dejé caer en el primer asiento que encontré.
–Despiérteme en seis paradas–murmuré.
Ni siquiera me dormí.
Al bajar no podía pensar en nada más que en descalzarme. Me arrastré hacia casa, completamente agotada. Abriría las persianas seis horas más tarde, después de darle un manotazo al despertador y de remolonear veinte minutos más en la cama. Dormir, sólo eso.
La calle estaba desierta, compartida por mi alargada sombra bajo la luz amarillenta de las farolas y por mí. Estaba pensando en el show de anoche. Tantos cuerpos desnudos contoneándose ante mil ojos babeantes me hacían despreciar la sensualidad. Tan artificial, tan frío era todo… Yo ya asumía que se me había olvidado cómo besar.
Al alcanzar mi portería estos pensamientos se disolvieron cuando, al descalzarme, sentí un dolor punzante en los talones. El borde de los zapatos me había hecho roce, y con razón me había torcido los tobillos: se me había roto un tacón. Mierda. Zapatos nuevos no era precisamente lo que mejor le iba a mi limitadísimo capital. Iba a masajearme los doloridos dedos, pero me di cuenta de que había alguien forcejeando con la cerradura. Estaba claro que no tenía ni idea de cómo se abría, o tal vez iba tan bebido que no atinaba.
Recordé haber visto un nombre nuevo en los buzones. Éste debía de ser el inquilino.
Carraspeé levemente para recuperar mi voz acallada.
–Buenos días.
capítulo ii
Cuando abrí los ojos eran las doce. La habitación estaba a oscuras. Me revolví entre las mantas y me incorporé pesadamente. Me acerqué a la pared y tanteé el marco de la ventana hasta dar con la cinta de la persiana. El día era tan nublado que me cegó, pero aun así, me quedé unos segundos contemplando el cielo lechoso, antes de que la proximidad al vidrio frío hiciera que me recorrieran escalofríos. Enrollé a mi alrededor la manta más gruesa y me acerqué a la cocina, si es que un par de fogones y armarios, un grifo y una mesa podían llamarse así. Con parsimonia, calenté agua y volqué unas cucharadas de café fuerte y otra de azúcar en la taza. Abrí la ventana, que daba a la escalera de emergencia del patio de luces, y me quedé sentada en una esquina, sintiendo el frío en mis pies y el calor del café entre mis manos temblorosas para recordarme a mí misma que seguía viviendo. De repente me acordé de que el día anterior se me había caído por la escalera metálica el carné de la biblioteca, y emprendí el descenso. Estaba justo bajo la ventana del piso de abajo. La ventana de ese desgraciado.
Aquella madrugada, él estaba intentando abrir la puerta del portal, sin éxito. A pesar de mi cansancio y del maldito tacón roto, me esforcé en sonreír y en darle los buenos días. Ni siquiera se giró, sólo emitió una especie de gruñido, y siguió con la ardua tarea de acertar con qué llave abrir la cerradura. Tosí para llamarle la atención, pero no se inmutó. Estaba ahí, simple y llanamente ignorándome. Llevaba ya tres minutos intentando inútilmente abrir cuando le pregunté si quería que le ayudase, pero se negó, así que saqué de mi desastrado bolso mi manojo de llaves y empecé a juguetear con él, haciéndolo tintinear. No iba a dejar pasar la ocasión de provocarle después de su evidente falta de respeto hacia mí. Entonces, al escuchar el ruidito metálico del llavero, se dignó a mirarme y, para mi sorpresa, fijó su vista en mis ojos. Luego me escaneó de arriba abajo y supongo que llegaría a la misma conclusión que mi chófer cincuentón. Los ojos nigérrimos de mi nuevo vecino eran extrañamente magnéticos. No tenía que decir nada. Sus ojos hablaban por él y me insultaban. Sentí que tenía que quedarme con la vista fija en esas pupilas que me desafiaban, pero aparté la mirada. Arqueé una ceja y me aproximé a la puerta. Sin decir nada, él sacó la llave de la cerradura y maniobré yo, que de un gesto abrí a la primera.
–El truco está en no meter la llave hasta el fondo–intenté otra vez ser simpática, pero él sólo murmuró una pulla y pude oír perfectamente la palabra mascullada: “zorra”.
Apreté los labios y lo fulminé de un vistazo. Entré por delante de él, sin molestarme en sujetarle la puerta, y subí las escaleras con los zapatos en la mano y con el paso más ligero que mi agotamiento me permitía. Tarado.
Y ahora estaba delante de su ventana, ya con mi carné de biblioteca guardado y envuelta en la manta. Apoyé los dedos en el porticón y empujé suavemente. Estaba abierto. Sopesé por un segundo si no respetar su privacidad violaba mi código ético, decidí que no y me colé. Al entrar no tuve que esperar a que mis pies llegaran al suelo. Había bajo la ventana un sofá viejo pero bastante mullido que me dio la bienvenida. Hacía tanto frío dentro del piso como fuera. Como en mi casa.
Su apartamento era más grande que el mío, con un dormitorio y la cocina separada de la sala principal. Fui a la nevera y la abrí: unas cervezas, tres huevos y poco más moraban el refrigerador. Yo también tenía que hacer la compra. Era primeros de mes, pero me quedaban sólo cien euros. Pasaría hambre. La encimera estaba grasienta. Seguí curioseando para olvidar mis penurias. En el lavabo había espuma de afeitar, un par de cuchillas y jabón. Igual era él tan pobre como yo.
La puerta del dormitorio estaba cerrada. La abrí con sigilo y vi su cuerpo sepultado bajo un edredón. Sólo asomaban sus cejas pobladas. La habitación estaba bastante desastrada. Vi su cartera en el suelo. Entré y le eché un vistazo. Sólo había su carné de identidad y cinco euros que, por lástima, no robé. Óscar Arcos Cruz, rezaba el DNI. Tenía veintiún años, dos más que yo. Óscar… Ahora que lo pensaba, no podía tener otro nombre. No tenía cara de nada más.
Bueno, sí. Tenía cara de capullo.
Me fijé en un libro que había tirado por ahí. Saramago. Lo quería leer. Arranqué una hoja de la libreta que tenía al lado del colchón y le escribí una nota.
“Estimado Óscar Arcos:
Te cojo prestado el libro que tenías abandonado en el suelo. Eres un maltratador de novelas.
Atentamente,
La Zorra de Arriba
P.D.: Aprende a cerrar las ventanas”.
Y, tal y como me había colado, me volví a casa.
Calenté caldo de brick y, a falta de fideos, eché macarrones. Mientras la sopa se enfriaba, hice la lista de la compra mentalmente. Todo en pack ahorro. Y unos zapatos nuevos. Putos zapatos.
Decidí ducharme para quitarme las angustias económicas de encima. Me desenredé el pelo frente al espejo y observé mi lastimero reflejo. Mi cuerpo estaba limpio de moratones, pero seguía pareciendo una perra apaleada, y no hay ni duchas ni pastillas capaces de borrar la memoria de la violencia.
Me metí bajo el chorro de agua, resistiéndome a graduar la temperatura. Lavarme en invierno era una tortura, así que procuraba hacerlo fugazmente. El agua, congelada, erizaba cada centímetro de mi piel. Me enjaboné el pelo: también tenía que comprar champú. ¿Algo más?
Me puse unos pantalones viejos y un jersey de hombre que había comprado por un precio irrisorio. Antes de envolverlo en la toalla, observé mi pelo largo y casi rubio. Era suave y no estaba muy dañado. Era chocante que hubiera algo que no estuviera mal en mí. Tal vez me pagarían bien por la melena.
El sonido del timbre me despertó de la siesta. Eran las siete de la tarde. Me había quedado dormida con la ropa puesta. Tenía una terrible migraña y me sentí absurdamente malhumorada.
Volvieron a llamar.
–¡Voy!
Abrí la puerta y encontré a Óscar Arcos Cruz ante mí. Me pareció más alto que la noche anterior.
–Vaya, qué alegría verte–ironicé.
–Quiero mi libro.
–Déjame–empecé a cerrar la puerta, pero puso el pie en medio de la trayectoria y volvió a abrir.
–Mi libro.
–No–traté de cerrar de nuevo, pero se deslizó al interior–. ¡Fuera! –le grité–¿Quién coño te crees que eres para entrar así en mi casa?
–¿Y tú? –touchée.
–Yo soy una zorra que sabe abrir puertas–escupí.
–Muy lista–me dijo, y se giró para escudriñar el piso en busca de Saramago.
Se detuvo al ver la minúscula habitación donde vivía. Dio un par de pasos, en silencio.
–¿Qué? ¿Te vas o no? –insistí, nerviosa.
Asintió.
–Puedes quedarte el libro–murmuró.
Se creería un santo haciendo una buena acción, el muy imbécil.
–¿¡Qué?! –me indigné– ¡No necesito tu caridad! ¡Tengo carné de la biblioteca! ¡Coge tu puñetero libro y no vuelvas más! –cerré en sus narices–¡Gilipollas! –grité para que me oyera.
Entonces me di cuenta de que el libro seguía en mi casa, así que volví a abrir y se lo tiré a la cara. Lo cogió al vuelo.
–¡Fuera! –di un portazo.
¿Para eso me había despertado?
Los domingos libraba. Fue lo único que me atreví a pedirle al encargado cuando mi contrato en negro pasó a ser de festivos a semanal. Quise los domingos de fiesta para sentirme normal un día de cada siete, porque antes de irme de casa ya solía pasarme el día en pijama. Muchas veces, cerca de las nueve de la noche, me sentaba con Gabriel a hojear los folletos de comida a domicilio y escogíamos la cena.
Ínfimos placeres que ahora eran de cuento para mí.
Hoy sólo me quedaban los restos de la comida para cenar.
capítulo iii
Me desperté sobresaltada. Otra vez el mismo sueño. La noche era absoluta y sólo unas velas a los lados del camino alumbraban mi objetivo. Yo no llevaba ropa, pero mi cabello, largo hasta las rodillas, me cubría. El lomo de mi yegua respiraba entre mis piernas, sin silla ni mantas. También sus crines eran largas. Saqué del carcaj una flecha de plata, alcé mi arco y de un ligero golpe en el costado hice a mi yegua trotar, galopar. En la distancia, entre velas, amarrado a un poste estaba Iván. El sucio, asqueroso, inhumano Iván. Y me sonreía, como siempre. El recuerdo de su aliento en mi pelo me preparó para disparar, y la flecha, siempre certera, se escapó de entre mis dedos. Su sexo rasgado, inutilizado para siempre, atravesado de parte a parte con mi saeta de plata, y la sangre insuficiente. Aún al galope, me incliné hacia el fuego de la senda, perdí una nueva flecha y disparé entre ceja y ceja, y al soltarla oí el grito de mi madre, y el mío todavía más alto. Y el cadáver de Iván sonriendo para siempre.
Y, de vuelta a la realidad, aún sentía mis armas en las manos y a mi yegua cabalgando.
Abrí las persianas. Hoy hacía sol.
Me di una breve ducha y me senté en el colchón. Pensé en la noche anterior: había habido pelea en el bar. Un cliente se propasó con Paulita y el encargado salió en su defensa, y acabó él con el labio partido y un chichón y el otro cojeando y con dos dientes partidos. Me asusté mucho, pero me quedé sorprendida con la actitud del encargado. Yo siempre lo había considerado un cobarde, pero todo era lógico. Los animales protegen a sus cachorros, y Paulita era su sobrina.
Salí por la ventana a la escalera de emergencia con el café entre las manos y palpé la ropa tendida. No distinguí si estaba mojada o sólo fría, así que la dejé donde estaba, pero se escaparon de las pinzas unas braguitas con la imborrable mancha menstrual y cayeron al patio de luces.
–Mierda–mascullé, y bajé los peldaños metálicos a todo correr para rescatarlas.
Emprendí la subida con más calma. Había hecho temblar las escaleras con mi carrera, provocando un innecesario estruendo. Cuando llegué al rellanito del primer piso, se abrieron las ventanas y la señora Paquita se asomó.
–¡Várgame! ¡Menúo ejcándalo has armao’ en un momento, shiquilla!
–Lo siento, señora Paquita. Iba a destender y ya sabe que la ropa casi siempre acaba en el patio de luces.
–Te vi a regalá unah pinsah que t’aguanten–bromeó–. Hasía musho que no te veía. ¿’tas bien, niña?
–Sí, sí. ¿Qué tal usted?
–¡Uy! Poh ya que me preguntah, te vi a desí que vi a volvé a sé agüela.
–¿De verdad? ¡Qué alegría!
–Sí, mi Antoñito… ¡Qué ilusión me hace! Pero güeno, no te quiero aburrí con cosah de vieja… ¿Hah vihto ar nuevo vesino?
–¿El de aquí arriba?
–¡Ese! Tiene una pinta un poco rara, pero, oye, el otro día me ayudó con lah borsah de la compra, ¡y eso que eran sinco y una garrafa!
–Pues sí que parece educado.
–Musho. Se ve que tuvo problemah con la gente de su pueblo, ¿sae? Asín que se vino p’acá pa’stá máh a su aire.
–No tenía ni idea. Yo sólo me lo he cruzado.
–Poh sí. ¿Y tú, qué? ¿Cómo te van loh novioh?
–Pues no van. Sola estoy más tranquila.
–Eso tá bien, que luego t’ajuntas con un dehgrasiao’ y ya tieneh jaleo. Pero te digo qu’el vesino… Yo creo que, aunque no lo parehca, eh buen partío, ¿m’entiendeh?
–¡No me haga reír!
–Güeno, niña, yo sólo te lo digo. Anda, vete pa’ casa, que te vah a quedá tiesa con ehte frío. ¡Avísame si tieneh farta de argo!
–Sin duda. ¡Avíseme usted de las novedades del nieto! –me despedí y seguí subiendo.
Al llegar a mi ventana, me encontré la novela de Saramago apoyada en el alféizar. <<Cabrón>>, pensé, pero estuve enfrascada en la lectura hasta la hora de ir a trabajar.
–Pero, ¿¡cómo coño vienes así?! –me espetó el encargado al verme–¿¡Qué cara es esa?!
–¿Qué?
–¿Estás tonta? ¡Cualquiera diría que empleo menores! –se indignó. Como si no fuera cierto–¡Píntate, coño!
–Lo siento. Estaba leyendo y ya se me echaba el tiempo encima y se me ha olvidado…
–¡A ver! ¿Estudias o trabajas, cariño? Los libros, para empollones. Tienes cinco minutos para pintarte y ponerte a fregar, ¿me oyes? –agradecí que el local no estuviera muy lleno por ahorrarme la humillación–¡Cinco minutos! No sé ni cómo cojones te contraté…–masculló– ¡Va!
Fui al baño, aguantándome las ganas de darle un bofetón. Paulita salió del cubículo y me miró.
–¿En serio vienes sin pintar? Parece que tengas quince años–se mofó.
Sacó su delineador de ojos del bolso y me lo tiró, pero no fui lo suficientemente rápida para cogerlo y cayó al suelo. Seguro que se había partido la mina. Sentí cómo Paulita ponía los ojos en blanco a mi espalda.
–Quédatelo. El pintalabios se lo pides a otra–espetó, y se fue.
Serían las tres de la mañana cuando aquel hombre vino a la barra.
–Un mojito, guapa–pidió mirándome el escote.
Le serví la bebida y, al primer trago, puso cara de asco.
–¡Qué mierda!
–¿Disculpe? –me tragué la incredulidad.
–Espero que haya cosas que hagas mejor–dijo con sorna.
–Usted no sabe lo que dice–intenté contestar con suavidad. “El cliente siempre tiene la razón”.
–Me llamo Gabriel Pérez–me extendió una tarjeta que rezaba “Venus’ Lapdance” –. Llámame cuando te echen.
–No sé bailar…–comencé a protestar.
–Ni hacer mojitos–se acercó a mí–. Pero a todo se aprende–puso una sonrisa repugnante y me agarró del pecho.
Le tiré la bebida a la cara, presa de la ira, y él me agarró del cuello de la camisa y yo chillé. El encargado me oyó y corrió hacia la barra. Nos separó de un tirón y, para mi estupor, me cogió de los hombros y me estampó contra la máquina de hacer café.
–¡Haz lo que te dice el cliente y punto, ¿entiendes?! ¡Sólo tienes que servir!
–¡Me ha tocado! –le grité, señalando al agresor.
–¡Y a mí qué! –contestó zarandeándome–¿Quién te crees que eres? Yo no defiendo a zorras, ¿está claro? Tú haces lo que te dicen y te callas como las putas–me soltó.
Se giró hacia aquel cerdo.
–Disculpe, señor Pérez. Ésta no ha sido domesticada todavía, ¿verdad? –rieron–Pero, mírela. Por lo menos sirve para fregar los vasos, y tampoco está tan mal.
–Menos por los ojos.
–Bueno, nos ha salido rara… Es lo que hay. Hay a los que les gusta, ¿sabe?
–Tan raros como ella.
–Aún ha de aprender. Tiene diecinueve. Igual con un par de polvos se portaría mejor.
–No lo dudo–más risas.
–Sois deleznables–susurré al borde del llanto.
–¿Delequé? ¿Has aprendido la palabrita en el libro? –se burló el encargado–¿Sabes qué? Tienes el resto de la noche libre.
–No, déjala–dijo el otro–. Tiene algo que me gusta–me estremecí de asco.
–¡No serán los ojos!
–No me pague la jornada. Me voy–atajé.
–Muy bien–se encogió de hombros–. Pero no te columpies mucho o…–hizo un gesto hacia la puerta–. Ya se lo he dicho, señor Pérez. Una perrita sin domesticar.
Seguí llorando cuando llegué a casa. Lloré porque me sentía basura, lloré porque me habían tratado como a la mierda, lloré porque aún sentía sus dedos tocándome el pecho y me daban arcadas, lloré porque ese capullo no merecía llamarse Gabriel y lloré porque había perdido el sueldo de una noche, y lloré porque recordé mi sueño y eché de menos una mamá y mi casa, y lloré porque tendría que estar al borde de la muerte para llamar a la mía otra vez, y lloré porque no podía perdonar.
Vi el amanecer. Me vino a la memoria mi primer proyecto con mi primera cámara: fotografiar las auroras de cada sábado del año para ver la paleta de colores entera. No alcancé mi objetivo porque me quedaba dormida muchas mañanas, pero guardaba con celo las fotos que tenía. A nadie le pareció mal ese álbum. Aquella vez, el cielo tiñó las nubes de un rosa como un abrazo y de un naranja como una caricia, y volví a llorar como una boba porque estaba tremendamente sensible.
Lavé la angustia con lejía haciendo la colada que me había dejado el último día, a mano, porque no tenía lavadora, y tendí. Otra vez, unos calcetines cayeron al patio de luces. Estaba hasta los cojones de esas pinzas de mierda. Antes de ir a recogerlos, sin embargo, cogí el libro de Saramago y lo dejé junto a la ventana del segundo piso. “Sigo sin querer tu caridad”, escribí en la misma nota que le había dejado la primera vez.
Darmowy fragment się skończył.