Czytaj książkę: «Bajo cielos rojos»
KAROLINE KAN
BAJO CIELOS ROJOS
Una milenial retrata tres generaciones
de mujeres en China
Traducción de ANA ISABEL SÁNCHEZ

Nota de la autora: estas memorias se han reconstruido con la ayuda de entradas de diarios, fotografías, entrevistas con familiares y otras investigaciones. La mayoría de los nombres y características identificativas se han cambiado para que esas personas no resulten reconocibles. El tiempo se ha comprimido. Los diálogos se han aproximado y, en algunos casos, se han confeccionado uniendo distintos elementos. He puesto gran cuidado en contar mis verdades. Esta es mi historia, tal como yo la recuerdo.
Título original inglés:
Under Red Skies: The Life and Times of a Chinese Millennial.
Autora: Karoline Kan.
© Karoline Kan, 2019.
© de la traducción: Ana Isabel Sánchez Díez, 2019.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.
Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
www.rbalibros.com
Primera edición: octubre de 2019.
REF.: ODBO606
ISBN: 9788491874911
GRAFIME • COMPOSICIÓN DIGITAL
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A MI FAMILIA
CONTENIDO
1 Nota de la autora
2 Cronología histórica
3 PRIMERA PARTE PRIMERA Y SEGUNDA GENERACIÓN 1. La segunda en nacer 2. La promesa de una hija 3. Una casa propia 4. Nosotros, los migrantes en la ciudad 5. La joven patriota 6. Los dioses vs. los fantasmas 7. La chica de los pies grandes
4 SEGUNDA PARTE TERCERA GENERACIÓN 8. Chunting se echa novio 9. Zapatos de seda roja y un vestido blanco 10. Hijos de Tiananmén 11. Un bar de cócteles en Pekín 12. Un tren de sueños 13. Territorio extranjero 14. «Una mujer sobrante» 15. Diez horas por ochenta yuanes 16. Rojo para siempre 17. Un pueblo sin raíces 18. Volver a casa
5 Agradecimientos
NOTA DE LA AUTORA
Mis padres siempre decían que yo fui una niña «rara». En la década de 1990 y a principios de los 2000, cuando era pequeña, lo que más me gustaba hacer después del colegio era seguir a las adultas por todas partes como un perrito faldero y escucharlas contar historias. Me llamaban genpichong o «escarabajo del culo», una forma de llamarme «mosca cojonera», porque me pegaba a ellas como una lapa.
Daba igual que estuvieran hablando conmigo o entre ellas, que fueran mi abuela, mi madre, mi tía o la esposa del vecino, yo siempre me sentaba en silencio a su lado, aguzaba el oído y dejaba que mi mente vagara por el cautivador mundo de sus historias. Estas mujeres tenían poca educación formal, pero su modo de hablar era colorido, cálido, y captaba el momento con delicadeza. Hablaban en la cocina en penumbra de mi abuela, bajo un sauce en nuestro jardín o en el huerto de coles de mi vecino, con las manos constantemente ocupadas en interminables tareas como remendar, hacer sopa o recoger la mesa.
Algunas de las historias eran misteriosas, como sacadas de un libro de cuentos de hadas. Las comadrejas bailaban e imitaban a los humanos cantando en el templo del pueblo. Los fantasmas del río tentaban a los aldeanos para que buscaran la muerte saltando al arroyo. Los espíritus de las escobas sostenían faroles para iluminarles el camino a los que viajaban en plena noche. Las mujeres mayores recurrían a los espíritus y a los fantasmas para explicar las cosas que no entendían.
Luego estaban las historias reales, que eran igual de fascinantes.
Mi bisabuelo confesó los supuestos «delitos» que había cometido durante la Revolución Cultural, como, por ejemplo, leer y poseer libros escritos por Confucio o escuchar la ópera de Pekín, que durante esa época fue tachada de elitista y de contraria al espíritu revolucionario de los comunistas, que pretendían luchar contra las viejas costumbres propias del feudalismo y la burguesía.
Mi abuelo utilizó su sombrero para esconder el arroz que había robado en las cocinas públicas para evitar que sus hijos murieran de hambre durante la Gran Hambruna.
Mis tíos, como guardias rojos, habían destruido casas y tumbas de distintas personas bajo el régimen del presidente Mao Tse-Tung. Escuché historias acerca de un pariente que había huido a Taiwán después de la guerra civil y que no pudo regresar a su país durante más de medio siglo, y acerca de los cambios políticos que habían impedido que mi padre asistiera a la universidad, hecho que se convirtió en el mayor pesar de su vida.
Estas fueron las primeras —y mejores— lecciones de historia que recibí. Y a partir de estos relatos orales, entiendo la conexión de mi historia con la de China.
Con la historia de China, he aprendido que las vidas ordinarias pueden sufrir transformaciones drásticas debido a los asuntos políticos de una nación. Aprendí que los cambios pequeños, cuando se acumulan, son capaces de alterar el curso completo del futuro de un país.
Escribir sobre las personas que conocía y amaba y contar sus historias, así como las mías propias, libre de la censura del gobierno y del relato del Partido Comunista, se convirtió en mi sueño. Creo que estas historias merecen ser narradas, y me considero afortunada por disponer de una plataforma desde la que hacerlo; muchos chinos jamás tienen la oportunidad de hacerse oír.
Durante años, mantuve ese plan enterrado en lo más profundo de mi pecho. Casi todas las memorias publicadas en chino que leía hablaban de gente famosa. Nadie que formara parte de mi vida había escrito un libro jamás, y mucho menos en inglés. Cuando intentaba que los miembros de mi familia se sentaran para someterlos a una entrevista formal, se zafaban de mí. «No hay nada que decir —protestaban—. Todo el mundo tiene una historia de este tipo».
No querían revisitar el pasado; lo correcto era centrarse en el futuro. Tenían miedo de decir algo equivocado o que les causara problemas, en parte a consecuencia de décadas de censura.
Así que, en lugar de abordarlos como periodista, los escuché como hija, nieta, sobrina y amiga. Vivíamos juntos, y sus historias surgían en los chismes y discusiones cotidianos, en las rutinas de la vida familiar diaria. Tuve que ser paciente y dejar que las historias fluyeran hacia mí por sí solas, sin dejar de hacer preguntas, hasta que llegué a comprender la verdad.
Las historias se acumulaban en mi diario, eran notas sin un propósito claro. Entonces, antes de que pudiera darme cuenta, se convirtieron en parte de mí. Ahora, años después, todavía veo, huelo, oigo y siento los días y las noches en que aprendí y viví estas historias: la fragancia ligera de las flores de la sófora en las tardes de primavera, la luz naranja de la habitación de mis abuelos, las cigarras y las ranas que chillaban en las noches de verano. Escribía en mis clases de redacción, en casa y en el trabajo. Enviaba ensayos personales a periódicos y revistas extranjeras como The New York Times y seguía buscando el hogar adecuado para las historias almacenadas en mi interior.
Para mí, este libro significa algo más que compartir relatos sobre mi familia, sobre mí y sobre lo que significa ser una milenial china. Decenas de millones de historias como la nuestra conforman la complejidad de lo que es China en la actualidad. A través de estas narraciones, espero que los lectores de todo el mundo puedan vislumbrar cómo hemos llegado a ser y lo que nuestras familias han pasado para convertir China en el país que es hoy.
Como milenial china, quiero mostrar la humanidad que hay detrás de las frías cifras y los clasificadores económicos asociados a mi país, revelar las emociones, las decisiones y los compromisos, el valor, el amor y la esperanza que compartimos con la gente de todo el mundo. Al igual que nuestros coetáneos de otros lugares, desafiamos las descripciones de una sola palabra.
China tiene zonas de desarrollo rápido, pero también kilómetros de áreas atrasadas. No es solo una potencia mundial, sino también un lugar donde muchas personas siguen sufriendo una pobreza devastadora. Los avances tecnológicos del país ocupan titulares internacionales todos los días, pero las escuelas rurales siguen careciendo de maestros cualificados; y aunque estamos comprometidos con el Partido Comunista, el pueblo chino espera con ansia el siguiente éxito de taquilla de Hollywood, como todos los demás. Para entender China y a los chinos, tienes que imaginarte allí, pensar en qué harías si te encontraras en las circunstancias que experimentan las familias de este libro o si hubieras vivido ciertas tradiciones políticas y culturales que aquí se relatan. Es más fácil culpar a China que comprenderla; es más fácil juzgar a los chinos que conocerlos. Pero creo que las recompensas por empeñarse en hacerlo son tan grandes como los riesgos de no intentarlo.
Mientras escribía este libro, a menudo me preguntaba: «¿Por qué iban a interesarle mis historias sobre la vida en China al resto del mundo?». Algunas de las razones son obvias: China es la segunda economía más grande del planeta y es el primer socio comercial de muchos países. China desempeña un papel protagonista en los asuntos exteriores.
El motivo más sutil es que las vidas de los jóvenes chinos se superponen cada vez más con las de sus iguales de todo el mundo. Los jóvenes operarios de las fábricas chinas producen mercancías que compran los consumidores de Estados Unidos, Canadá y Europa. Las calles de Washington D. C., Berlín o Vancouver repletas de mujeres reivindicando sus derechos sirven de inspiración a los estudiantes universitarios de China. Nos alzamos juntos para rechazar lo que la sociedad nos dice que está «bien» o «mal».
La verdadera China no es solo lo que se ve en los telediarios.
En los últimos años, se han escrito varios libros sobre los mileniales chinos, pero la mayoría son de autores extranjeros. Respeto muchas de esas obras porque me han inspirado a la hora de escribir la mía. Sin embargo, las voces de los jóvenes chinos, y sobre todo las de las jóvenes chinas, suelen quedar desatendidas.
Puede que haya nacido y me haya criado en China, pero nunca paro de aprender cosas nuevas sobre mi país. Esta es mi historia y la de mi familia. Es una historia de China, y es un honor para mí compartir mi país contigo… dondequiera que estés.
CRONOLOGÍA HISTÓRICA
1945-1949La guerra civil china enfrenta al Partido Nacionalista de Chiang Kai-shek (Kuomintang o KMT) y el Partido Comunista Chino (PCCh) de Mao Tse-Tung. El conflicto comienza con despliegues y choques militares mientras ambas partes tratan de posicionarse para controlar el norte de China y China Nororiental (Manchuria).1949El presidente Mao declara la fundación de la República Popular China (RPC). Desde entonces, el gobierno y el ejército de China han estado bajo control exclusivo del Partido Comunista.1958-1960Poco después de la fundación de la República Popular China, el presidente Mao se propone superar rápidamente la prosperidad del Reino Unido y de Estados Unidos con el Gran Salto Adelante. El partido señala objetivos de producción poco realistas —también para la agricultura y la industria—, exige la participación de todos los campesinos y establece la colectivización.1959-1961Se estima que entre veinte y cuarenta y tres millones de personas mueren de hambre durante la Gran Hambruna provocada por la sequía, el mal tiempo y algunas medidas del presidente Mao, como la eliminación de las cuatro plagas —ratas, moscas, mosquitos y gorriones—, que alteraron el equilibrio ecológico.1966Comienza la Revolución Cultural. Para volver a consolidar su poder dentro del partido y hacer retroceder los valores capitalistas y burgueses, el presidente Mao apela a la juventud del país, los «guardias rojos», para que purguen los elementos «impuros» de la sociedad china y resuciten el espíritu revolucionario. Los guardias rojos atacan, encarcelan, torturan y matan a decenas de millones de personas, entre ellas líderes políticos, intelectuales, artistas y antiguos terratenientes.1976Muere el presidente Mao y termina la Revolución Cultural.1978Inicio de la «reforma y apertura»: el sucesor de Mao, Deng Xiaoping, cree que China necesita una reforma económica y comerciar con Occidente. A los agricultores se les conceden contratos de explotación de la tierra y se les autoriza a trabajar en las parcelas de forma individual, en lugar de colectiva. La economía capitalista reemplaza en gran medida a la marxista y se permite que las empresas privadas operen por primera vez desde la toma del poder por parte de los comunistas.1980Se implanta la política del hijo único para controlar el aumento de las tasas de natalidad. Más tarde, a las familias se les permite tener dos hijos si el primero es una niña. La política se mantiene hasta 2015.1983La Comuna Popular fracasa en gran parte debido al auge de la agricultura individual y de la empresa privada.El gobierno chino lanza una campaña de «mano dura». Los líderes del partido creen que la reforma y apertura ha provocado el caos e ideas equivocadas, y que el Ministerio de Justicia ha sido demasiado blando con los delitos. En tres años, más de un millón de personas son arrestadas y juzgadas, a menudo recurriendo a pruebas débiles o inventadas. Los delitos menores reciben castigos severos. Hoy en día, siguen descubriéndose muchas injusticias y revocándose fallos.1989Se produce la masacre de Tiananmén (también conocida como «el incidente del 4 de junio»). Los jóvenes universitarios se manifiestan en la plaza de Tiananmén de Pekín a favor de una reforma política. Quieren democracia y libertad de expresión, entre otros derechos. El 4 de junio, el gobierno envía tanques del ejército para detener a los manifestantes. Se calcula que mataron a unas dos mil personas.1992Comienza el movimiento de Falun Gong, que se extiende por todo el país. En 1999, el gobierno chino lo califica como secta y lo prohíbe. Decenas de miles de seguidores son arrestados o encarcelados sin juicio.1997Se devuelve Hong Kong al gobierno chino, acción que pone fin a más de ciento cincuenta años de colonización británica.1999Tropas de la OTAN dirigidas por Estados Unidos bombardean la embajada china en Belgrado durante la guerra de Kosovo y matan a tres periodistas chinos.2002El síndrome respiratorio agudo grave o SARS (por sus siglas en inglés), un brote epidémico que se propaga por toda China, mata a cientos de personas.2012Xi Jinping se convierte en secretario general del Partido Comunista y presidente de la Comisión Militar Central.2013El Congreso Nacional Popular elige presidente a Xi Jinping. Hoy sigue siendo el comandante en jefe. En marzo de 2018 se eliminó el límite constitucional de dos mandatos presidenciales.
PRIMERA PARTE PRIMERA Y SEGUNDA GENERACIÓN
1 LA SEGUNDA EN NACER
CHAOYANG, 1988
Durante el verano de 1988, las cigarras del sauce que había junto a la carretera principal del pueblo no dejaban de chirriar. Un día en concreto, mi madre, Shumin, abandonó antes de lo debido el trabajo en el arrozal de la familia. Se tumbó en la cama, profundamente preocupada, consciente de que su suegro se enfadaría por que hubiese regresado a casa antes de tiempo, pero también de que eso no sería nada en comparación con cómo reaccionaría cuando descubriera el secreto que llevaba ocultándole más de un mes: estaba embarazada de un segundo hijo. Era el único delito que había cometido en sus treinta y dos años de vida.
Mientras permanecía tendida planteándose su siguiente movimiento, veía desde su ventana los carteles pintados con amenazadores caracteres rojos en las paredes blancas de la casa de su vecino:
DAR A LUZ A MENOS NIÑOS Y MÁS SANOS
RESULTARÁ EN UNA VIDA MÁS FELIZ
Aquellos letreros ridículos eran recordatorios de la política china del hijo único. Pero mi madre dudaba de la promesa del cartel: solo tenía un hijo, su familia trabajaba muchísimo y, aun así, no tenían ni dinero ni felicidad.
Mi madre y mi baba, Chengtai, llevaban el típico estilo de vida chino: vivían con los padres de mi padre y sus tres hermanos solteros. En la década de los ochenta, la mayoría de las parejas jóvenes vivían con sus parientes. Su casa también era típica: estaba hecha de ladrillo y orientada hacia el sur, tenía tres habitaciones y una pequeña cabaña en el patio. En esa época, los ladrillos de color rojo quemado eran novedosos, modernos, y una señal de riqueza. Antes, las casas se construían con adobe hecho a mano —una mezcla de barro y paja que se secaba al sol en forma de ladrillos—, que era mucho más barato, pero no tan resistente. Mi abuela, o nainai, la madre de baba, había rodeado el patio con varas de bambú para cercar el huerto. Las gallinas y los conejos merodeaban bajo los dos sauces. Una vez al mes, nainai vendía los huevos y los conejos en el mercado agrícola.
Así es como vivían. Y todo era… normal y corriente.
Mi madre no le había contado a nadie, salvo a baba, lo del embarazo. No podía; ya había demasiada tensión con sus suegros en casa. Si mi madre no se levantaba lo bastante temprano para trabajar, nainai ponía mala cara y les decía a los vecinos que era una vaga. «Las jóvenes casadas de hoy en día no se parecen en nada a cómo éramos nosotras», se quejaba.
Su pueblo, Chaoyang, era una comunidad bastante nueva en el condado de Ninghe. Lo reconstruyeron después del gran terremoto de Tangshan, en 1976, que causó doscientas cuarenta mil muertes. Tras el terremoto, los supervivientes erigieron Chaoyang, que significa «hacia el sol», con la esperanza de un futuro mejor.
No se sabe cuándo empezó a asentarse la gente en el condado de Ninghe, porque no se conservan registros. Los ancianos, con sus largas perillas blancas, decían que nuestros antepasados se habían establecido allí durante la dinastía Qing (1644-1912) para escapar de una hambruna. Siempre me encantó escuchar a los ancianos hablar de la historia del pueblo mientras mantenían los ojos cerrados y se acariciaban la barba con una mano. Permanecían acuclillados en la sombra durante horas, charlando. Eran los griots y los narradores modernos.
Mi madre se había criado en un pueblo distinto, pero se adaptó con facilidad a Chaoyang. Como su aldea natal, era pequeña y todo el mundo se conocía. Todas las mujeres procedían de otros lugares —esa era la costumbre—, así que dependíamos de los hombres para que nos contaran las mejores historias de nuestro pueblo.
En un lugar tan pequeño, los rumores no podían contenerse durante más de un día. Eso también preocupaba a mi madre aquella mañana. Había unas quinientas personas en Chaoyang, distribuidas solo en tres calles, una pavimentada con asfalto y las otras dos con ladrillos rojos. A los residentes que vivían en las casas de la carretera asfaltada se les consideraba afortunados. Era la calle más llana, de aspecto más moderno, y en los días de lluvia no se formaban pocitos de agua como los que se acumulaban en las calles adoquinadas. El jefe de la aldea tenía una carretera asfaltada delante de su despacho, buen símbolo de su estatus. Los que habitaban casas como la nuestra, en el camino de ladrillo, construían edificios más altos y grandiosos, como para compensar un sentimiento de inferioridad.
Mi familia, los Kan, trabajaban juntos en más de diez mu —más de 0,6 hectáreas— de tierras de cultivo. En aquellos días, el clima era lo bastante húmedo como para animar a los aldeanos a plantar arroz. Ninghe era famoso por su arroz, los juncos y los peces. A principios del siglo XX, cuando mis abuelos eran jóvenes, en Ninghe todo el mundo dependía de esos recursos para ganarse la vida. Antes de que se construyera el primer puente del condado, los aldeanos cruzaban el río en botes de madera. En la orilla, una pantalla de juncos altos se extendía como un mar verde surcado de olas. Pero cuando yo era niña, a mediados de la década de 1990, Ninghe comenzó a padecer sequías, y los peces murieron debido a la contaminación del agua. El maíz y el algodón —que requerían menos irrigación— no tardaron en reemplazar la exuberancia del arroz.
Administrar la granja demandaba mucho trabajo por parte de toda la familia. Se marchaban a trabajar a primera hora de la mañana, cuando el agua del arrozal aún estaba fría. Vestidos con sus prendas de campesinos —pantalones de perneras anchas y amplias camisas grises— parecían hormigas uniformadas.
Mi madre era una mujer hermosa según los estándares chinos, con los ojos grandes y ahumados y la nariz pequeña. Se recogía la larga melena con un pañuelo y la dejaba colgar para protegerse el cuello del sol. Tenía la piel más clara que la mayoría de las mujeres del pueblo, y unas cuantas pecas. Se decía que las mujeres con pecas poseen un espíritu salvaje. También era una campesina resistente. Caminaba descalza por el campo durante horas, surco tras surco. Era pequeña pero robusta, atenta y rápida. Mientras que otras mujeres descansaban en la linde del campo para beber agua, mi madre seguía pisando los campos.
Pero para consternación de sus suegros, solo trabajaba en el campo los fines de semana. De lunes a viernes, acudía a un puesto que le encantaba, un lugar donde podía ponerse sus camisas y vestidos con estampados florales hechos de suave tejido de poliéster. Era maestra de la escuela primaria de la aldea de sus padres, Caiyuan. Iba incluso a principios de verano, una época crucial para la agricultura. Por eso le colgaron la etiqueta de testaruda.
La familia tenía que trabajar rápido y con ahínco si quería obtener una buena cosecha, y resultaba difícil satisfacer a mi abuelo paterno, Wengui. En ese momento, los campesinos no tenían acceso a muchas máquinas y solo había unos cuantos caballos, de modo que el trabajo era principalmente manual.
En 1982, China emprendió una importante reforma agraria. Mientras que hasta entonces los pueblos trabajaban la tierra juntos, de manera colectiva, este nuevo sistema alquilaba la tierra a unidades familiares individuales. Por lo tanto, cuanto más tiempo consagrara un agricultor a su tierra, más probabilidades tendría de que la cosecha fuera buena en otoño y mayores serían los ingresos que su familia podría acumular. Esta idea convirtió al abuelo Wengui en el sargento de instrucción de la familia —necesitaba que todo el mundo fuera rápido y estuviese disponible—, por lo que le suponía un gran problema que mi madre hubiera decidido dedicar parte de su tiempo a otras cosas.
La reforma agraria desembocó en el colapso de la Comuna Popular, la cooperativa agrícola iniciada en 1960 durante el Gran Salto Adelante. Esta campaña, dirigida por el presidente Mao, fijó objetivos de producción inalcanzables con el simple propósito de superar a los países occidentales al cabo de pocos años. El gobierno decretó que la producción de acero en 1959 debía ser cuatro veces mayor que la de 1957, y que la producción de cereales tenía que duplicarse en dos años. La misión estaba clara.
Mi madre era una niña en aquel entonces. Me contó que un día el jefe de la aldea había ido a su casa para anunciar que, desde aquel momento, podrían comer ternera y patatas todos los días. Todos se quedaron asombrados; los aldeanos no podían pensar en tener acceso a una comida mejor que esa. No les importó tener que compartirla. Mi abuela preparaba los mejores platos de carne. Sus hermanos y ella estaban eufóricos. Sin embargo, un día volvió a casa y se encontró a su madre llorando en silencio. Varios funcionarios locales habían ido a llevarse la mesa del comedor de la familia y su único wok de hierro, una posesión muy preciada en la mayoría de los hogares chinos. «Ya no los necesitas —le había dicho el jefe de la aldea con severidad—. Todos comeréis juntos en la cantina pública. —Se sacó un cuaderno del bolsillo del pecho del uniforme Mao azul (un traje oscuro de dos piezas con los pantalones holgados y una chaqueta sin cuello y con cuatro bolsillos)—. Es hora de decirle adiós a esa antigua forma de vida en la que solo te preocupas por ti misma y por tu familia. En la Comuna Popular nos apoyaremos los unos a los otros».
No obstante, las comidas en la cantina duraron poco. El primer mes, hubo ternera y patatas; el segundo mes, solo arroz y verduras hervidas. En el último mes, los cocineros no disponían de cereales suficientes para suministrar tres comidas al día. Al cabo de tres años, a pesar de que los aldeanos habían seguido trabajando las tierras de cultivo de manera colectiva, se cerraron las cantinas. Más tarde, el gobierno anunció que los comedores públicos eran un «gran experimento revolucionario proletario» y se autorizó a los aldeanos a regresar a sus propias cocinas. Habían sido reducidos a ratas de laboratorio.
Aunque la productividad era baja, los funcionarios de las aldeas de toda China declaraban una producción de cereales varias veces mayor de la que obtenían en realidad. El objetivo era impresionar a los superiores. Cuando se registraban esas cifras exageradas, el gobierno central recolectaba una cantidad desproporcionada de cereales y dejaba cantidades muy pequeñas para las localidades. Esto contribuyó a la Gran Hambruna, que se prolongó desde 1959 hasta 1961, cuando decenas de millones de personas murieron de inanición. Mi madre recuerda con gran claridad ir caminando con su padre hasta las tumbas de los antepasados de nuestra familia, donde solían crecer hierbas que recogían para la cena. En aquel entonces, mi madre tenía cuatro años, y eso era lo único que tenían para comer.
Los comunistas esperaban que la reforma agraria de los años ochenta, que permitió que los campesinos trabajaran tierras que eran propiedad de su familia, reavivara la fe del pueblo en el socialismo. Sin embargo, algunos aldeanos como el abuelo Wengui tenían sus dudas. Si algo había aprendido de la guerra con Japón, de la guerra civil y de la Revolución Cultural, era que debías aferrarte a cualquier fortuna que pudieras amasar en tiempos de paz, antes de que el caos regresara y de que cosas como la comida volvieran a escasear. Igual que el resto de los aldeanos, el abuelo Wengui dejó de quejarse e invirtió todo su tiempo en su tierra.
Mi madre sabía que mis abuelos intentarían obligarla a abortar. La necesitaban para trabajar. Además, tener un segundo hijo era ilegal. Si el bebé nacía, se enfrentaría a una importante multa del gobierno. Pero ella quería otro hijo, y le prometió a Buda que, si la ayudaba, caminaría hasta el templo de Dule, situado a más de ciento cincuenta kilómetros de distancia, como muestra de agradecimiento. Mi padre y ella albergaban la esperanza de poder pedir un préstamo para la multa y de que mi madre siguiera trabajando durante todo el embarazo para ahorrar.
Wengui no entendía por qué para mi madre era tan importante enseñar a los hijos de otras personas, en vez de quedarse en casa con el suyo.
—¿Cómo puedes ser tan egoísta? Abandonas a tu hijo todo el día. ¿Qué clase de madre eres? —le dijo Wengui una tarde mientras ambos estaban sentados en el suelo de la habitación delantera tejiendo una estera de caña.
—No gano mucho, pero que sea capaz de pagar mi propia comida es una ayuda —respondió ella sin levantar la vista de la estera.
Wengui tiró al suelo con brusquedad el martillo con el que estaba aplastando el borde de la estera.
—¿Pagar tu comida? La familia Kan te alimentará mientras sigas siendo nuestra nuera. ¿Por qué tienes que ir por ahí como una mujer que paotou-loumian?
Wengui enfatizó la expresión «paotou-loumian», que significa «salir para ser visto en público» y que suele utilizarse para referirse a las mujeres de forma negativa.
Tradicionalmente, a las mujeres se les exigía que se quedaran en casa y evitaran el contacto con todos los hombres que no fueran familiares cercanos. El paotou-loumian se hizo común después de la revolución de Mao, cuando se fomentó muchísimo que las mujeres trabajaran fuera del hogar, pero aun así pervivió el concepto tradicional.
Wengui creía en los valores antiguos: una esposa era propiedad de su marido y de la familia de este. Y baba no le resultaba de gran ayuda. Era un primogénito obediente. Un hombre delgado y peludo cuya mirada siempre se clavaba en el suelo cuando hablaba con su padre: un signo de respeto y mansa devoción filial. El abuelo Wengui le daba miedo, pero además le importaba demasiado lo que la gente opinara de él. Defender a su esposa, o mostrar afecto hacia ella o su hijo, podía dañar la reputación de un hombre, y baba no quería ser el hazmerreír de nadie.
Baba tenía muy buena memoria y le había ido bien en el colegio. En 1977, una prestigiosa universidad de Medicina lo aceptó para que se especializara en cirugía, pero Wengui se negó a dejarlo marchar alegando que podía conseguir algo mejor que ser médico, pues a los ojos de mi abuelo eso no era más que ser el criado de un paciente. Así que mi padre rechazó la oferta y volvió a presentarse al examen al año siguiente. Pero aunque lo aprobó por segunda vez, la administración local de educación lo inhabilitó para ingresar en la universidad y lo reprendió por «malgastar los recursos educativos del año anterior». Desesperado y dolido, baba regresó a la granja y siguió los pasos de su padre.
Pero en privado baba escuchaba a mi madre más de lo que su familia pensaba. Fue idea de mamá que se comprara un tractor para poder transportar ladrillos desde la fábrica de una provincia vecina a un precio más bajo y luego venderlos en las aldeas cercanas. Esto aportaba ingresos adicionales a la familia.