Czytaj książkę: «Camino al colapso»

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¿Qué significó el año 2001 para la Argentina? ¿Cómo se desató ese gigantesco vendaval? Estas son algunas de las preguntas centrales que se intentan responder en Camino al colapso, una radiografía exhaustiva de la mayor crisis argentina de la historia.

Este libro analiza los diferentes conflictos sociopolíticos ocurridos durante los últimos años de la convertibilidad. Estudia cómo operaron las disputas entre actores, agentes e instituciones. Indaga sobre las dinámicas partidarias y los liderazgos al interior del peronismo, el Frepaso, el radicalismo y la Alianza. Repasa las luchas de las clases populares, concentrando la atención especialmente en los grupos piqueteros. Y evalúa las contradicciones económicas del “uno a uno”, que culminaron en el antagonismo dolarización/devaluación. En suma, se trata de una tesis sobre un orden social en decadencia, que hizo del país una “sociedad estallada”.

Camino al colapso es, entonces, el trabajo más completo sobre la crisis del 2001, al combinar un abordaje histórico, económico, político y sociológico. Y, como tal, va camino a convertirse en un clásico.


Julián Zícari (1982) es Doctor en Ciencias Sociales, Magíster y Especialista en Historia Económica. Licenciado en las carreras de Economía, Historia y Psicología por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Se encuentra finalizando su licenciatura en Filosofía también en la UBA, donde además es profesor. Becario postdoctoral del Conicet. Se especializa en el estudio de los conflictos sociopolíticos argentinos de la historia reciente, los problemas de la historia económica argentina y la filosofía política. Publica sobre estos temas en revistas nacionales e internacionales. Este es su primer libro.

Julián Zícari

Camino al colapso Cómo llegamos los argentinos al 2001


Índice

  Cubierta

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  Biografía del autor

  Portada

  Dedicatoria

  Introducción. La pregunta por el año 2001

  Primera parte. La década de 1990 y la gestación de la crisis. Capítulo 1. Partidos políticos y neoliberalismo El primer gobierno de Menem (1989-1995) El caos hiperinflacionario y el reordenamiento de los actores sociopolíticos Los partidos de oposición frente al neoliberalismo menemista Capítulo 2. De Menem a la Alianza I. El segundo gobierno de Menem (1995-1999) Quiebres en el menemismo y el nacimiento de la Alianza (1995-1997) El camino hacia la elección presidencial (1997-1999) II. La Alianza en el gobierno y su lenta desintegración (de diciembre de 1999 a febrero de 2001) Primeros meses de gobierno: ajustes estatales, tensiones internas, triunfos electorales Sospechas de sobornos en el Senado y la renuncia de Álvarez La calma que antecede al huracán (de octubre a febrero) Capítulo 3. La convertibilidad como solución y como problema I. El primer gobierno de Menem y las transformaciones económicas Un nuevo orden socioeconómico Ciclos y dinámicas: la institucionalización del orden económico y el “efecto Tequila” de 1995 II. De la consolidación de la convertibilidad a su progresivo deterioro Las nubes de la tormenta: el delicado contexto internacional Las grietas de la convertibilidad Capítulo 4. Devenir y formación de otros actores sociopolíticos I. La genealogía del movimiento piquetero Desindicalización y estallidos sociales en las provincias. La etapa fundacional El gobierno de la Alianza y la etapa organizacional. Crecimiento de las protestas y nuevas mutaciones internas II. La evolución de las relaciones en el bloque del capital concentrado Una nueva comunidad de negocios De la unidad a la ruptura: la devaluación brasilera, el gobierno de la Alianza y el esbozo de dos proyectos en pugna (devaluadores y dolarizadores)

  Segunda parte. La crisis de 2001. Capítulo 5. De marzo a julio I. De la promesa de renovación institucional a la salvación de la economía López Murphy: cambio de alianzas y radicalización de la apuesta fiscal El gobierno se ata a Cavallo II. La crisis frente a un equilibrio político imposible La fragmentación de la Alianza y del peronismo El ascenso de la unidad piquetera y de los conflictos sociales La ley de déficit cero y sus consecuencias Capítulo 6. De agosto a octubre I. Las estrategias de los actores sociopolíticos De la fuerza de la unidad piquetera a su quiebre El gobierno, la oposición y las alternativas frente al panorama electoral II. Tiempo de definiciones La economía se desmorona y el futuro colapsa La muerte inexorable: el resultado electoral. Capítulo 7. Noviembre y diciembre I. Noviembre: desmoronamiento final Los realineamientos sociopolíticos La última corrida bancaria y la instauración del “corralito” II. Diciembre: la explosión La oposición y el gobierno frente a la debacle Insurgencia, saqueos y rebelión popular III. El peronismo asume el gobierno El Frente Federal y la semana presidencial de Rodríguez Saá Duhalde, una solución parlamentaria frente a la crisis

  Conclusión. Deconstrucción del estallido I. Las miradas sobre el vendaval Las explicaciones centradas en el terreno económico Las explicaciones sociopolíticas de la crisis II. La crisis del 2001 y los conflictos sociopolíticos El centramiento dislocado de los conflictos Éxito y derrumbe de un orden. La convertibilidad, sus protagonistas y sus preguntas

  Agradecimientos

  Bibliografía

  Créditos

  Otros títulos de esta editorial

A Loli, por ser mi José Larralde

INTRODUCCIÓN
La pregunta por el año 2001

¿Qué fue el año 2001 para la Argentina? ¿Cómo se desató un vendaval tan gigantesco? Algunos de los sucesos del año 2001 en nuestro país fueron sumamente inéditos, espeluznantes para la historia argentina y probablemente nunca se olviden: se produjo una rebelión popular que terminó por poner fin a un gobierno que fue elegido de forma democrática y libre apenas dos años antes; se desató un grito de guerra popular contra la clase política bajo la consigna “Que se vayan todos”; hubo una sucesión caótica de cinco presidente en solo dos semanas; el vicepresidente del país, que era uno de los líderes de la coalición gobernante, renunció a los diez meses de asumir; se crearon asambleas populares por todo el país; existieron elecciones en las que se impuso en varios distritos el voto en blanco y nulo, conocido como “voto bronca”; la moneda estatal estuvo a punto de desaparecer y proliferaron cuasimonedas por las distintas provincias; se declaró el default más grande de la historia mundial; fue un periodo de ascenso de la lucha de los desocupados y grupos piqueteros; hubo un pedido de juicio político al presidente; se realizaron saqueos y protestas en decenas de municipios y en varias provincias; fueron creados miles de clubes de trueque que fueron la fuente de subsistencia de seis millones de personas por la falta de moneda; la economía cayó un 20%; un expresidente estuvo preso varios meses; existieron conflictos entre los grupos empresariales de elite por lograr imponer un nuevo modelo económico; se multiplicaron las fabricas recuperadas; políticos validados por el voto popular golpearon las puertas de los cuarteles para que se restableciera el orden por medio de la acción militar; el candidato que salió segundo en las elecciones presidenciales devino sin votos presidente del país; hubo corridas bancarias y una restricción al retiro de los depósitos bancarios que secó de pesos a toda la economía; en muy pocos meses un ministro de Economía fue recibido como “salvador” y terminó repudiado como culpable de todos los males. La lista de temas de vital importancia de los sucesos que abarcó la crisis del 2001 seguramente podría extenderse. El pensador francés Cornelio Castoriadis se preguntó alguna vez qué era lo que mantenía unida a una sociedad, buscando entender cómo era posible que millones de personas estuvieran relacionadas y conviviendo entre sí en un mismo espacio. La respuesta que él dio fue simple: eran las instituciones las que le permitían a los grupos humanos estar entrelazados. Si retomamos el listado de temas por los cuales atravesó la crisis de 2001 es fácil notar que muchos de esos temas representaron la debilidad de las instituciones más básicas por las cuales se sostiene una sociedad: el Estado, la moneda, el sistema de representación política, la disciplina social, el derecho de propiedad, la confianza y la economía. Es decir, si se sigue a Castoriadis parece desprenderse que durante el 2001 se pusieron en cuestión los fundamentos mismos de aquellos puntos que articulan el cemento social y que permiten mantener unida a una sociedad.

En este sentido, este trabajo tratará de abordar el modo en que se estructuraron y desenvolvieron los conflictos sociopolíticos que configuraron la crisis de 2001 en la Argentina. Para ello se dará lugar a la definición de Althusser (1976) sobre lo que son las crisis, asumiendo que las crisis no deben ser entendidas simplemente como la decadencia de los caracteres que definen un marco sociohistórico, sino como la tendencia de esos elementos hacia hacer estallar los límites del conjunto que los contiene. Para el caso de este escrito, se buscará señalar que como respuesta a la violenta crisis hiperinflacionaria de 1989-1990 Carlos Menem logró edificar un exitoso dispositivo sociopolítico, el cual contó con un alto consenso social, basado principalmente en el sistema de convertibilidad y la ideología neoliberal. La sociedad argentina, entonces, tuvo un nuevo ordenamiento que le permitió garantizar la democracia, el sistema de partidos, que la economía creciera y que fuera ratificado dicho proyecto de poder reiteradamente en las urnas. Es decir, se logró solidificar un marco sociopolítico de consenso y acuerdo con el cual regular y producir las relaciones normativas entre los distintos actores, procesos e instituciones, aún cuando estos mantuvieran intereses contrapuestos y en disputa. Sin embargo, las distintas coyunturas y ciclos del devenir histórico fueron modificando hasta resquebrajar los cimientos del orden establecido, para ir desarrollándose de manera creciente conflictos sociopolíticos cada vez más abiertos e indóciles en diversos planos hacia el final de la década de 1990. Por lo que, los diferentes actores, luego de sufrir diversas reconfiguraciones, acentuaron sus formas de intervención y lucha para llevar a cabo sus objetivos en un terreno progresivamente conflictivo e irreconciliable especialmente una vez que la Alianza asumiera en 1999, poniendo en crisis el orden sociopolítico logrado y al sistema de representación en su conjunto, haciendo implosionar a este junto al gobierno de la Alianza y la convertibilidad en 2001. En síntesis, se generó una crisis en el sentido de Althusser arriba señalado.

El tipo de investigación que se propone realizar este trabajo es histórica, en la medida en que se buscará hacer un abordaje reconstructivo y articulado de los conflictos sociopolíticos, especialmente a través de intentar entrelazar cuatro campos problemáticos o dimensiones analíticas entre sí. De este modo, una de dichas dimensiones será la referida a centrar el abordaje sociohistórico en los conflictos partidarios, como son la crisis de los liderazgos políticos y del sistema de representación. Una segunda dimensión serán los problemas y tensiones económicas: cómo se estructuró el sistema de convertibilidad, sus crisis, dinámicas y –especialmente– las principales debilidades que representó al finalizar la década de 1990 y el comienzo de la siguiente. En tercer lugar, habrá una dimensión referida a los conflictos crecientes de las clases subalternas, sobre todo de los grupos piqueteros, provocados por una situación social cada vez más deteriorada por el aumento del desempleo, la pobreza y los bajos salarios. Por último, se dará lugar a la dimensión referida a los conflictos, disputas y quiebres entre los grupos y asociaciones del capital concentrado. La investigación utilizará diversos tipos de fuentes, siendo el tipo más destacado los archivos periodísticos de tres diarios nacionales (Clarín, La Nación, Página 12), aunque habrá también otros tipos de fuentes como son los datos electorales publicados por el Ministerio del Interior de la Nación, discursos y libros de memorias de muchos de los protagonistas, información provista por entes esencialmente económicos (como el Ministerio de Economía de la Nación, el Banco Central, el INDEC, el FMI y demás organismos públicos), archivos judiciales, indicadores construidos por otros investigadores, documentos institucionales, así como la bibliografía especializada en cada uno de los temas.

A pesar del hito fundamental de 2001 no parece haber acuerdos, aunque sea mínimos, sobre cómo debemos entender ese año. Por ejemplo, para algunos el 2001 fue el final del ciclo abierto en 1976 por la dictadura militar y el modelo neoliberal de la valorización financiera que desde allí se implantó. Otros afirman que fue el germen de una revolución que no pudo completarse, trazando analogías en las cuales el “diciembre argentino” de 2001 no fue diferente del “febrero ruso” de 1917 y de la revolución democrático burguesa que allí emergió. Algunas miradas simplemente hacen hincapié en una pésima combinación de problemas coyunturales mientras que otras afirman que fue la explosión de causas profundas y estructurales de larga data. Es decir, si diciembre de 2001 fue un verdadero quiebre y una crisis sin precedentes, no está claro para las distintas visiones no solo cuáles fueron las causas de lo que pasó, sino incluso el objeto mismo de estudio a explicar: hay interpretaciones que solo enfatizan el final de la convertibilidad y remiten el problema a estudiar las causas económicas, donde otras en cambio sostienen que lo fundamental fue la política; mientras algunos se detienen en las marcas “objetivas” otros destacan las “subjetivas”; si por un lado se señala que lo que estallaron fueron las instituciones, de igual modo se afirma que fueron –justamente– las instituciones las que sirvieron de red para evitar un colapso mayúsculo; así, mientras se señala que el 2001 fue un tiempo de quiebre de las elites y que debemos mirar “hacia arriba” de la pirámide social para entenderlo, también se reclama lo contrario, proponiendo que el quiebre vino “desde abajo” o –incluso– “del medio”; si se afirma que las causas vinieron “de afuera”, con la misma convicción se indica que la lógica de lo sucedido fue endógena y “desde adentro”. Por ello mismo, y teniendo en cuenta la pluralidad de temáticas que implica el periodo, la presunción básica de este trabajo será considerar al año 2001 argentino como un amplio campo de problemas y conflictos sociopolíticos de distinto tipo. En consecuencia, los procedimientos de investigación para cada una de las cuatro dimensiones utilizarán diferentes tipos de metodologías, fuentes y formas de análisis (realizando estudios cualitativos como cuantitativos según cada caso), para reconstruir las diversas parcialidades de una misma secuencia histórica total y cómo dichas parcialidades –“nivel tras nivel”, “coyuntura tras coyuntura”– articularon un campo sociopolítico con tendencias a implosionar. El objetivo del tipo de abordaje propuesto entonces, y en el que residirá la originalidad, es señalar que la crisis 2001 se fue construyendo en diferentes niveles, ya que cada campo tuvo lógicas y formas de desenvolvimiento propias. Sin embargo, a medida que los conflictos fueran ganando en intensidad, volverían al contexto de interacción crecientemente irreconciliable. Por lo cual, las luchas y conflictos al multiplicarse y afectarse mutuamente, produjeron dinámicas y pautas de resolución no anticipables a ellas, sino al contrario: el año 2001 fue un momento de ruptura y de irrupción de nuevos procesos sociohistóricos sumamente complejos.

El plan de la obra cuenta con dos partes. En una primera se buscará reconstruir la secuencia sociohistórica de las cuatro dimensiones señaladas durante la década de 1990, respetando en las cuatro dimensiones la misma secuencia lógica: en los capítulos del 1 al 4 primero se dará cuenta de cómo se logró edificar en cada una de ellas un alto consenso para luego abordar la progresiva destrucción de este. Es decir, se utilizará una secuencia lógica en esta primera parte en la cual se entenderá al año 2001 a partir de las tendencias de los diversos elementos con una incompatibilidad tal entre sí que llegarán a hacer estallar el conjunto que los contiene. La segunda parte del trabajo tomará el año 2001 de lleno, abordando detenidamente los diferentes conflictos sociopolíticos suscitados y la dinámica que fueron generando. La separación de estos capítulos será temporal y estará dada por los cortes y epicentros sociopolíticos de los distintos meses de 2001. Así, el capítulo 5 abarcará desde marzo a julio de dicho año en función de dos hechos fundamentales: por un lado, la redefinición de los esquemas de funcionamiento de la Alianza, primero con López Murphy y luego con Cavallo, y que sería la última oportunidad para salvar el equilibrio sociopolítico perdido en marzo, para que, por otro lado, el consenso político finalmente terminara por estallar con la sanción de la ley de “déficit cero” en julio. El capítulo 6 irá de ese modo desde agosto a octubre, buscando señalar las reacciones de los diferentes actores al quiebre que representó la ley de déficit cero, especialmente cuando las respuestas se reorganicen y finalmente condensen en un resultado electoral devastador para el gobierno, expresado en los comicios de octubre. El capítulo 7 tomará los meses de noviembre y diciembre, con tres subperiodos claros: el primero es el que abarcará el mes de noviembre y los distintos tipos de posicionamientos luego del resultado electoral de octubre hasta la llegada del corralito, un segundo subperiodo es el que irá desde el corralito hasta la renuncia de Fernando De la Rúa y, finalmente, un tercer subperiodo que es el que se ocupará de la sucesión presidencial hasta la llegada de Duhalde al gobierno. Dada la intensidad de los conflictos, los diferentes capítulos, como se ve, abordarán secuencias temporales cada vez más acotadas, puesto que la densidad y lo espeso del tiempo marcaron pautas muy distintas en la experiencia política. Por último, en las conclusiones se dará lugar al estado de la cuestión y al planteo general del trabajo.

Primera parte La década de 1990 y la gestación de la crisis

CAPÍTULO 1
Partidos políticos y neoliberalismo
El primer gobierno de Menem (1989-1995)
El caos hiperinflacionario y el reordenamiento de los actores sociopolíticos

Las nuevas autoridades asumieron el 8 de julio de 1989. A pesar de su claro triunfo electoral en los meses previos a su toma del gobierno era más bien lícito echar una mirada sin embargo sombría sobre su Argentina, ya que tenían frente de sí a un país en llamas. En ningún escenario de la vida social parecían poder pisar suelo firme. En las calles había represión, violencia y estallidos sociales; la impronta de los saqueos estaba presente y sobrevolaba como una amenaza impredecible. La pobreza había alcanzado a 18 millones de personas. El Estado estaba sometido a un ahogo financiero inédito, se hallaba sin recursos y no tenía capacidad de hacer frente a sus compromisos básicos, como pagar sueldos, jubilaciones o sostener las actividades imprescindibles. Cientos de hospitales estaban funcionando sin recursos y los empleados estatales desde hacía varios meses que no cobraban sus salarios. En algunas provincias del país la policía estaba en huelga y se hallaba acuartelada como señal de protesta. El partido político con el cual Menem había llegado a la presidencia –el Justicialismo– estaba en manos de Antonio Cafiero, quien era de la línea política opositora a Menem, y que era el gobernador de la provincia de Buenos Aires –el distrito más grande y populoso del país– en el cual le restaban por lo menos dos años más de gobierno, y donde estaba comenzando a hacer preparativos para pelear su reelección como gobernador allí. Por su parte, si bien muchos grupos sindicales habían apoyado a Menem para llegar al gobierno, ninguno le respondía totalmente, y tenía enemigos declarados dentro del ámbito gremial peronista. Es decir, puertas adentro del partido lo que había sido su principal virtud durante la campaña (sumar apoyos frágiles y sin compromisos firmes), se podía convertir en su mayor flaqueza a la hora de gobernar, ya que la falta de apoyos sólidos y orgánicos si bien le podría aportar mayor plasticidad y menores condicionamientos, también le restaba respaldos seguros a la hora de tomar un curso de acción.

Por supuesto, los problemas de Menem no terminaban allí. La cuestión militar seguía siendo un tema candente del cual no era sencillo predecir un futuro y del que tampoco era posible tener ningún tipo de garantías. El movimiento carapintada continuaba vivo y en las Fuerzas Armadas no estaban del todo purgados los grupos que no se resignaban a ver en la corporación militar a un actor político decisivo, el cual podría irrumpir –según sus propias pretensiones– con pleno derecho cuando lo desease. Así, a poco de asumir Menem se hicieron oír advertencias sobre “disgregación nacional”, “guerra civil”, golpes de Estado y nuevos levantamientos armados.

El frente externo no ofrecía un panorama mejor. El país había entrado en cesación de pagos y los principales acreedores de la deuda, poderosos bancos privados, estaban decididos a llevar sus acciones hasta las últimas consecuencias para cobrar sus deudas; y proyectaban realizar presiones aleccionadoras que pudieran ser vistas por otros países del continente que se encontraban en una situación similar. La postura de las nuevas autoridades en los Estados Unidos se había vuelto más rígida y menos permisiva con respecto a los países subdesarrollados, su cambio de enfoque sobre la deuda del tercer mundo dejó de ser considerado como un simple “problema de liquidez” (coyuntural) para pasar a ser entendido como un “problema de solvencia” (de largo plazo); suponiendo esto que serían necesarios cambios estructurales y profundos para modificar la situación. De esta manera, ahora no bastaría con aplicar tan solo un par de ajustes o equilibrar las cuentas para obtener ayuda. Es por ello que los organismos de crédito internacionales –Fondo Monetario Internacional (FMI), Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID)– endurecieron más sus políticas y no realizarían nuevos desembolsos hasta no ver cambios fundamentales, que de acuerdo a los tiempos que corrían, no podrían ser otros más que exigir la apertura de la economía, desregular mercados y privatizar el sector público. Por su parte, el bloque soviético había comenzado a dar indicios indisimulables sobre su disolución final y virtual colapso; y con el derrumbe del “socialismo real” se comenzaba a ratificar un éxito arrollador del capitalismo a escala global, lo cual sentaba las condiciones para pensar hacia al futuro un mundo inevitablemente unipolar y sin la posibilidad de alternativas –por lo menos para contrabalancear– el poder y la influencia norteamericana. Por su parte, ningún país o socio latinoamericano se encontraba en condiciones de ofrecer su ayuda. El horizonte para un país periférico como la Argentina no era alentador ni fácil.

Por último, al escenario caótico y sumamente precario sobre el cual le tocaba asumir a Menem debemos agregarle el factor más evidente y claramente indócil: el descontrol que representaba la economía. En efecto, la situación económica parecía ser el mayor desafío a enfrentar desde el primer momento. Tan solo en julio, el mes de asunción de las nuevas autoridades, la inflación fue de 196,6%. Como ya se dijo, el Estado estaba prácticamente quebrado. El sector externo era un ahogo para el cual no era fácil hallar una salida, sobre todo en lo referido al agobiante problema de la deuda externa. El dólar no paraba de trepar en su cotización y los servicios públicos estaban al borde del colapso total. A su vez, la fórmula elegida para llegar a la presidencia no había sido la que mayores simpatías recogiera entre los sectores concentrados del poder económico.

Bajo este escenario más de una voz apostaba a que el nuevo gobierno no podría durar mucho. Más aún, era muy difícil pensar que se pudieran completar los seis años de gobierno que se tenían por delante. Anteriormente a su asunción, Menem no había dado muestras muy claras sobre comprender cabalmente el clima desesperante sobre el cual le tocaba gobernar. A los ojos de la mayoría, Menem era un caudillo populista del interior que había podido administrar La Rioja, una provincia periférica, pobre y atrasada, gracias a tener el 50% de la población como empleados públicos, sin brindar señales o un plan de gobierno acorde a una crisis mucho más profunda de lo primeramente atisbado. Habiendo ganado como un claro candidato antisistema, lleno de consignas incendiarias, dando discursos con un poncho rojo y patillas largas para homenajear al indómito caudillo federal Facundo Quiroga, prometió durante su campaña nacionalizar el sistema financiero, recuperar las Islas Malvinas a sangre y fuego’, como establecer una moratoria unilateral frente a los acreedores, donde se burlaba de los “doctorcitos” del FMI y del peronismo “de saco y corbata”, llamando a combatir al imperialismo financiero. Su propuesta litúrgica de festines populares o sus recorridos a bordo del “menemmóvil” tras la consigna mesiánica del “síganme” no ayudaba a la situación, en la cual apelaba a un discurso milagrero para revivir el peronismo más plebeyo y combativo tras prometer una ambigua “revolución productiva”. Más allá de su carisma y de alguna que otra astucia política, parecía estar hundido en la más absoluta soledad. Su mismo triunfo electoral había sido, por lo menos, deslucido. El peronismo solo había obtenido un resultado electoral peor cuando fue vencido en 1983. Su elocuente propuesta de “salariazo” tuvo sabor a poco frente a la digna cosecha del radical Eduardo Angeloz y su promesa de utilizar un impiadoso “lápiz rojo” en las cuentas públicas, con la cual sacó casi el 37% de las preferencias, siendo este el candidato oficialista de un gobierno que terminó de forma calamitosa, pero que le bastó para imponerse en distritos claves como la Capital Federal y Córdoba –así como en Salta y Jujuy–. Hasta la tradicional y siempre minoritaria Unión de Centro Democrática (UCeDé) tuvo la mejor elección de su historia al superar el millón de votos encabezados por el liberalismo vernáculo de Álvaro Alsogaray. Sin embargo, a pesar de este panorama, un profundo viraje pudo ponerse en marcha, y realizar una transformación gigantesca en la sociedad argentina a partir de allí.

En un panorama incierto, los primeros pasos que se dieron fueron tratar de sumar aliados estratégicos, sobre todo en el mundo empresarial. Porque se consideraba que esta área sería clave para estabilizar la situación y poner en orden las principales variables. Ya durante la campaña presidencial Menem había tenido varios acercamientos con grupos económicos locales. Al dejar la economía en manos de ellos se apostó a que esto sea visto como la primera señal de que el gobierno sería benigno con el mundo de los negocios. Así designó en el ministerio de Economía a un gerente del grupo económico Bunge y Born. Esta designación sería una de las muestras más claras de los tiempos que comenzaban a correr. Era tan solo una figuración del tiempo por venir; una fuerte ruptura con el pasado.

En efecto, durante su primer gobierno Perón había designado al frente del aérea económica a Julio Miranda, un empresario criollo nacido al calor de la industrialización de los años 30. Luego de la caída del peronismo, el hombre fuerte en la economía al interior del peronismo fue José Ber Gelbard, líder de la Confederación General Económica (CGE), institución que nucleaba a las pequeñas y medianas empresas del país con un marcado perfil mercadointernista, era representativo de un proyecto de nación en desarrollo que soñaba con convertirse en una potencia industrial sin resignar las banderas de lo nacional y popular. Con el fin del tercer gobierno peronista, la economía había recaído sobre los hombres del partido, cuadros que toda su vida habían militado al interior el justicialismo. Sin embargo, con la conducción económica en las manos del poderoso, concentrado y multinacional holding Bunge y Born, Menem comenzaba a dejar expuesto cómo consideraba al horizonte social y a la correlación de fuerzas de ese momento. El empresario mercadointernista, el sindicalismo tradicional y el Estado de Bienestar, que fueron los actores sociopolíticos centrales del modelo peronista clásico, estaban en una situación de gran debilidad como para ser considerados una salvaguarda lo suficientemente fuerte para otorgar una solución rápida y sólida. Menem atisbaba un recorrido en otra dirección a las anteriormente esbozadas.

Sin embargo, los cambios en las banderas no terminaron allí. Si bien Bunge y Born había estado señalado en el libro de Perón Los vendepatrias como uno de los principales responsables de la sumisión nacional, no dejaban de ser menos anecdóticos otros gestos realizados por Menem. Krieger Vasena –ministro de Economía de la “Revolución Argentina” y una de las principales figuras contra las que se realizó el “Cordobazo”– pasó a incorporarse como asesor tributario a principios de noviembre. El mismísimo Álvaro Alsogaray, representante del anti-peronismo acérrimo, se encargaría de parte de las negociaciones de la deuda externa y quedaría como asesor personal del presidente1, convocando a su hija –María Julia– como polifuncionaria del gobierno, como a otros tantos cuadros de la ultraliberal UCeDé. Poco después Menem se daría un abrazo histórico con Isaac Rojas, uno de los máximos responsables del golpe contra Perón en el 55, y decretaría en poco tiempo un indulto para dejar en libertad a Martínez de Hoz. Además, no serían pocos los funcionarios de la última dictadura que se sumarían al nuevo gobierno.

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899 str. 50 ilustracji
ISBN:
9789507546419
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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