Czytaj książkę: «¿Volverá el peronismo?»
Ediciones Le Monde diplomatique “el Dipló”
Capital intelectual
Serie La media distancia
Serie La media distancia | 5
¿Volverá el peronismo?
Juan Carlos Torre
María Esperanza Casullo
Julieta Quirós
Prólogo
Felipe Solá
Índice
Presentación
¿Qué se puede hacer salvo hablar de peronismo?
José Natanson y Martín Rodríguez
Prólogo
El peronismo y el alma de los argentinos
Felipe Solá
Los huérfanos de la política de partidos revisited
Juan Carlos Torre
El perpetuo viaje hacia la barbarie
María Esperanza Casullo
La interna peronista del siglo XXI
Enseñanzas desde Córdoba, corazón de un drama nacional
Julieta Quirós
| ¿Volverá el peronismo? / Juan Carlos Torre...[et al.] ; coordinación general de Creusa Muñoz; dirigido por José Natanson ; editado por Martín Rodríguez. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Capital Intelectual, 2019.Libro digital, EPUB - (La media distancia)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-614-580-01. Peronismo. I. Torre, Juan Carlos. II. Muñoz, Creusa, coord. III. Natanson, José, dir. IV. Rodríguez, Martín, ed.CDD 320 |
© de la presente edición, Capital Intelectual S. A., 2018
Capital Intelectual S. A. edita, también, el periódico mensual Le Monde diplomatique, edición Cono Sur
Director: José Natanson
Coordinadora de la Colección Le Monde diplomatique: Creusa Muñoz
Director de la Serie La media distancia: Martín Rodríguez
Diseño de tapa: Cristina Melo
Diagramación de interior: Adriana Manfredi
Corrección: Alfredo Cortés
Comercialización y producción: Esteban Zabaljauregui
Paraguay 1535 (C1061ABC), Ciudad de Buenos Aires, Argentina.
Teléfono: (54-11) 4872-1300
www.editorialcapin.com.ar
Suscripciones: secretaria@eldiplo.org
Pedidos en Argentina: pedidos@capin.com.ar
Pedidos desde el exterior: exterior@capin.com.ar
Digitalización: Proyecto451
ISBN 978-987-614-580-0
Hecho el depósito que ordena la Ley 11.723
Libro de edición argentina.
Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin el permiso escrito de la editorial.
Presentación
José Natanson y Martín Rodríguez
¿Qué se puede hacer salvo hablar de peronismo?
¿Volverá el peronismo? ¿Sobrevivirá a esta nueva crisis? ¿Siempre habrá peronismo? En un programa político de televisión se fijó en la grilla una mesa-debate entre columnistas sobre las posibilidades del peronismo en el 2019. Diversas noticias fueron sucesivamente posponiendo esa mesa que sin embargo, semana a semana, se restablecía en la grilla, hasta que una noche finalmente se pudo hacer. Siempre estaba vigente, y la permanente vigencia del peronismo (que incluye la muletilla de “no darlo por muerto”) se ve en el síntoma de la absoluta naturalización con la que los profesionales del comentario político lo retoman como tema, como género, como interrogación. El ex senador bonaerense Juan Amondarain escribió en un intercambio en Twitter: “A veces me parece que más que un partido que gobierne bien y defienda sus ideas lo que queremos es un objeto de estudio”.
El formato de la serie de libros La media distancia presupone una mecánica: nos formulamos una pregunta que consideramos flotante en la atmósfera política, elegimos tres autores capaces de escribir al respecto, luego un prologuista, finalmente una introducción, y así tenemos un libro. En este caso, sin embargo, el libro sobre el peronismo no nació de una pregunta específica, sino de una necesidad y una convicción: no aceptar lo que “algunos”, desde el poder, quieren que nos preguntemos sobre el peronismo. No hay preguntas inocentes. Pero la pregunta flotante que el triunfo de Cambiemos en 2015 dejó fue la del fin del peronismo. Como con Raúl Alfonsín en 1983. Pues no.
En un mundo más gaseoso, donde el contagio retórico le quitó al pobre Zygmunt Bauman la palabra “líquido” para ponerla como adjetivo obligado en cualquier cosa, un mundo que vio caer el Muro de Berlín, las Torres Gemelas, Kadafi, que vio declinar a la Unión Europea, etc., cabe preguntarse si no habría llegado el momento de la “caída”, del ocaso definitivo del peronismo. Sin embargo, sigue habiendo razones concretas y específicas que nos despiertan la reflexión: la inconsistencia del programa de Cambiemos, el descascaramiento de la promesa meritocrática de un gobierno que dijo que necesitábamos pura economía y menos política, y la resiliencia objetiva del peronismo con su diversidad real. Ambas razones nos enfrentan a la lógica precisa de que el peronismo no sólo no ha muerto, sino que además es sensato creer que puede volver.
Como señala Juan Carlos Torre en su artículo, el 2001 golpeó las puertas de los comités radicales y de muchos partidos políticos que organizaban las preferencias del electorado argentino, pero dejó a salvo a las unidades básicas. El mérito –y con quien la historia debería alguna vez hacer justicia– de la presidencia de Eduardo Duhalde fue lograr, desde la estructura de poder que le quedaba, sostener la gobernabilidad argentina, y hacerlo en nombre del peronismo. Un peronismo que hacía un trabajo de maestranza mientras las luces se las llevaban las novedades participativas del momento (las asambleas barriales, la autogestión, Luis Zamora, los piqueteros; Rosendo Fraga decía en aquellos días que mientras la sociedad se deslumbraba por estos nuevos fenómenos Duhalde y Raúl Alfonsín se ocupaban por ejemplo de completar la Corte Suprema con la designación silenciosa de un nuevo juez: Juan Carlos Maqueda).
El kirchnerismo le agregó al peronismo como estructura de poder una estructura de sentimientos, una narrativa, una identidad juvenil. Pero el kirchnerismo nos quiso intensos antes que felices. Revivió a ese peronismo enclenque que habían dejado el menemismo y el duhaldismo, pero al precio de borrarle de su cultura una de sus contraseñas históricas (y discutibles): “Nunca hice política, siempre fui peronista”. Frase que patentó el novelista Osvaldo Soriano y que fue repetida hasta el hartazgo en el cine, el teatro y la televisión costumbristas (No habrá más penas ni olvidos, Gatica, el Mono). Y que sintoniza con otra frase, atribuida a Lorenzo Miguel: “El peronismo es como comer fideos los domingos con la vieja”. Es, en líneas generales, el peronismo de la generación de nuestros abuelos, tan sentimental y aparentemente contradictorio, al que la generación de nuestros padres quiso discutir y “precisar” ideológicamente hasta las últimas consecuencias. “El Viejo nos cagó”, era la frase familiar y a la vez fatal de una madre montonera durante la crianza de alguno de nosotros. Nunca estuvo claro si esta enunciación, si la idea de un peronismo subterráneo, que más que proclamarse se da por hecho, un peronismo axiomático, que no requiere más demostración que la evidencia de su existencia, se repetía como algo positivo o no, ya que era una condición que enunciaban tanto los peronistas como los gorilas para ilustrar su “irracionalidad”. Se trataba en todo caso de revelar la consistencia de un peronismo “natural”, de una memoria histórica afectiva que quiso ser barrida a sangre y fuego primero por las dictaduras y luego por los procesos políticos de la democracia.
El proceso político que comenzó en 1976 cambió la estructura social y rompió la antigua homogeneidad del proletariado argentino. Pero muchas veces la profundidad de este proceso de cambios no se refleja en la inmadurez de la “pregunta periodística” sobre el peronismo: preguntarse por el peronismo es preguntarse por las mutaciones de las clases sociales argentinas. ¿Sigue siendo razonable pensar que todos los humildes votan al peronismo? ¿Sigue siendo razonable, tras el kirchnerismo, pensar que todas las capas medias son antiperonistas?
Forzando un poco el razonamiento, hasta se podría decir que el macrismo (gran organizador de los sentimientos de la anti-política) irrumpió en la escena política argentina para partir al medio esa frase: quedarse con los que dicen “Nunca hice política” y regalarle al peronismo a los que solo son peronistas.
Al mismo tiempo, en contraposición al kirchnerismo fueron emergiendo una serie de alternativas peronistas que pretenden dotarlo de todo aquello que el kirchnerismo dejó afuera: el conservadurismo económico, la reivindicación de la gente común, las demandas del país pampeano y productivo, “la racionalidad”. La lógica de esa fractura de culturas políticas es el eje del artículo de Julieta Quirós sobre una comarca cordobesa. Quirós revive allí las negociaciones entre unos políticos cuyas identidades son inestables pero que a la vez –como el papa Juan Pablo II, que hablaba varios idiomas pero que cuando sufrió el atentado gritó en polaco– no dejan de hablar, en momentos extremos, su lengua madre. Aparece allí algo así como una “naturaleza política” del peronismo. Quirós ensaya el descenso a la práctica concreta del poder administrativo argentino: los caminos de la burocracia, la lucha por los recursos, las palabras al viento y las palabras de honor de esas negociaciones que persisten en el corazón de la política territorial. El modo en que los peronismos nombran lo singular. Sin fetichismos.
María Esperanza Casullo complementa esa mirada en un texto que gira en torno al modo en que históricamente se ha abordado el mundo popular desde las “ciudades del conocimiento”. Casullo reconstruye la filosofía de la historia ahí donde las ciencias (“sin querer”) reproducen la misma fractura social que abordan: el viaje para volver, mantener la “otredad”. En la relectura de una biblioteca básica del ensayo argentino Casullo sitúa los abordajes de frontera que, en el siglo XXI, revisan la vida del conurbano peronista. Sin idealizar ni romantizar las formas concretas de esa política de márgenes, deja ver la estela perenne de una ideología del conocimiento social que lo impregna todo. Incluso más: que impregna también la práctica política oficial de hoy. Su tema son los viejos y los nuevos desiertos de la Nación.
La pregunta es, entonces, la inevitabilidad de la supervivencia del peronismo. El politólogo radical Andrés Malamud discute con los best sellers antiperonistas a lo Fernando Iglesias: “El peronismo es como el clima: hay que aceptarlo o emigrar”. La virtud del artículo de Torre es pensar fríamente la escena temida del fin del peronismo a riesgo de equivocarse, en un margen de error tan autoconsciente que el propio autor se encarga de salvar. En el prólogo, Felipe Solá, penúltimo eslabón entre el peronismo tradicional y las clases medias, advierte sobre la esterilidad de pensar al peronismo como una parte constitutiva del alma argentina. El peronismo puede volver, dice, desea Solá, pero para eso tiene que construir una oferta. ¿Podrá hacerlo una vez más? Ya en ciertos cálculos de la politología, la economía y la sociología podríamos suponer que la profunda transformación de la estructura social que dio lugar al peronismo sugiere que hace rato están dadas las condiciones para su extinción. Pero esa pelota que siempre pega en el palo muestra no sólo la insuficiencia de los abordajes y la necesidad de repensarlo todo, sino también un “plus” argentino: ¿qué es eso que se niega a morir?
Prólogo
Felipe Solá
El peronismo y el alma de los argentinos
El libro que el lector tiene en sus manos es diverso en edad, en geografía, en género y en miradas. Y es sobre el peronismo. ¿Casualidad? Juan Carlos Torre, María Esperanza Casullo y Julieta Quirós construyen en tres registros completamente distintos las piezas de un rompecabezas, que resulta incompleto por dos razones: porque obviamente sus textos –potentes e inteligentes– no lo pueden completar, y porque se trata de un libro de cara al futuro. Y es en el futuro donde el peronismo seguirá escribiendo su historia. Así lo creemos. Así, muchos, lo queremos.
En las tres obras clásicas de literatura argentina que revisa María Esperanza Casullo (Facundo, El Matadero, Una excursión a los indios ranqueles), así como también en un pequeño pueblo de las sierras cordobesas que interpreta Julieta Quirós (sometido por el centralismo e invadido por una cultura urbana que lo obliga a hacer equilibrismo de corto plazo y contener una diversidad aún en lo pequeño), se elaboran tramas donde se articulan la geografía, la tierra, la tensión entre el centro y la periferia. El diálogo entre Casullo y Quirós, de fondo, es que ambas nombran, en el pasado y el presente, la actualidad de un problema argentino.
Es la geografía la que obliga a Juan Manuel de Rosas a transar con los gauchos, trabajadores por cuenta propia dueños de la tecnología de manejar vacunos en una pampa sin alambrados, y con la chusma, que domina la faena y el desposte de reses. La geografía es también el desafío argentino para un militar aristocrático que lo tiene todo menos el desierto. Y va por él, porque sabe que así acrecienta fama y poder. Pero además porque ama ese territorio con pasión: hablamos de Lucio V. Mansilla, el dandy más estudiado por los intelectuales locales.
Los textos de Casullo y Quirós, a su modo, con sus exploraciones (mitológicas, literarias, territoriales, concretas) bucean en un ámbito común: el de la fractura argentina. Y lo hacen en un libro que les encarga responderse en torno al presente del peronismo. Esa “Historia” que reponen hace presente la gran teatralidad del peronismo, que nació para representar el drama argentino.
El artículo de Juan Carlos Torre, en tanto, reconoce que el peronismo ha superado la descalificación política que se instaló en la Argentina post 2001, el “Que se vayan todos”. Una observación interesante que Torre transforma en hipótesis de trabajo: “La bronca popular –escribe– no resultó ser igual para todos porque el radicalismo perdió más de la mitad de sus votantes mientras que el peronismo sostuvo el 75% de ellos”.
El alma
Pero, ¿cómo leo estos textos potentes cuando creo íntimamente que el peronismo no tiene asegurado para siempre su lugar en el alma argentina?
Repitamos la idea: el peronismo ya no sabe si está asentado definitivamente en el alma argentina. Decir eso me implica, por supuesto, porque soy peronista, porque me defino como tal, pero es la descripción de una realidad que creo que vale la pena trabajar para cambiar. ¿Qué quiero decir al sostener que existe esta inseguridad? No es, en principio, que no pueda volver a estarlo. Su matriz o su mito se corporiza sólo si es asumido por aquellos que están en capacidad de construir una oferta. El peronismo hoy debería ser una oferta al pueblo argentino, y ese desafío está por verse. No es algo que surja de él, no es el resultado de una demanda política, aunque pueda ser la respuesta a la demanda social. Es casi una imposición de la historia, por lo que sus chances pasan por su capacidad de construir una esperanza de cambio, de cambio superador, que recoja lo que está en la calle y lo transforme en política. La calle no produce oferta, la calle impone cosas cuando ya no puede más. Algo de eso está ocurriendo en estos tiempos.
Salvo cuando las crisis se precipitan y entonces se vuelve rotundo, claro y contundente, el mensaje de la calle suele ser confuso. Por eso estamos en un momento de responsabilidades de lectura de ese mensaje que se concentran en ciertos círculos, círculos que comprenden una gran cantidad de gente y posiciones muy diferentes: empresariales, industriales, comerciales, sindicales, políticas e intelectuales. Somos todos interpretadores, constructores de una oferta en base a la interpretación.
Esta forma de pensar la actualidad del peronismo, abandonando la idea de que en el pueblo está el mito peronista, fortalece las chances y permite alumbrar un futuro. Recuerdo el 83, el día después de la derrota electoral frente a Raúl Alfonsín, y la percepción de que el carnet que sacábamos en toda discusión política, sea con la izquierda o los radicales –“El pueblo es peronista”– súbitamente había vencido. De un día para el otro, sin haberlo imaginado, estábamos atrapados en una “democracia de los segmentos”.
Sin embargo, pensar de este modo no significa aceptarlo. Los políticos somos por definición transformadores de la realidad. Ser político es incómodo, y así debe ser: significa colocarse en un lugar en el que estás obligado a decir que las cosas son de un modo, pero que pueden ser distintas. Hoy el mito peronista no tiene la potencia que supo tener en el pasado, pero los pueblos esperan. Se perciba o no, los pueblos esperan: hoy el pueblo argentino está esperando algo.
Pero cuando, como hoy, aparece en el poder una elite depredadora que pretende construir una economía basada en la renta de los recursos naturales, como la minería, el petróleo o la soja, de la intermediación financiera y de mercados cautivos concedidos por un Estado que asume los riesgos (servicios, energía); cuando, como hoy, el adversario es directamente enemigo de cualquier proceso de desarrollo autónomo, es el peronismo, ahora sin el Estado, el que puede recurrir a su discurso integrador y constituirse en el único lugar suturador de las heridas más profundas. Porque el peronismo puede construir una oposición superadora de las situaciones sociales previas y ofrecerse como una solución.
Juan Carlos Torre
Los huérfanos de la política de partidos revisited
Como ocurre con todo proyecto de investigación, aquel en el que me embarqué hace casi 15 años para escribir mi artículo “Los huérfanos de la política de partidos”, fue el producto de una insatisfacción (1). La insatisfacción que entonces me producía el modo en que se interpretaba un hecho por cierto extraordinario de la vida política del país: los porcentajes hasta entonces nunca alcanzados por los votos nulos, los votos en blanco y la abstención en las elecciones de octubre de 2001. Esa visión predominante consideraba esos datos electorales como la manifestación de un contundente repudio de los ciudadanos a los partidos. Ese repudio estaba simbólicamente capturado por la consigna “¡Que se vayan todos!” que se alcanzó a oír en medio del fragor de las jornadas de protesta con las que terminó el año 2001 y que sellaron la suerte del gobierno del presidente De la Rúa.
A mi juicio esa interpretación era errónea. Se había producido sí un contundente rechazo pero éste no había afectado a todos los partidos por igual. Los dos pilares de la alianza gobernante, la UCR y el Frepaso, perdieron el 60% de los votos obtenidos dos años antes; el partido Acción por la República del entonces ministro de Economía, Domingo Cavallo, perdió el 80%. Pero, por su parte, el Partido Justicialista soportó comparativamente mejor la revuelta anti-partido: perdió un 25% de votos, y finalmente pudo –es verdad, no sin tropiezos– dar una salida a la emergencia política provocada por la renuncia del presidente De la Rúa.
En resumen, pues, la formidable ola de desafección partidaria prácticamente pulverizó al polo no peronista; entre tanto el Partido Justicialista logró esquivar en gran parte el voto-bronca y consiguió victorias electorales en casi todos los distritos de la geografía política. La hecatombe electoral del 2001, importante como fue, se distinguió, a su vez, con respecto a experiencias traumáticas como las que, por esos años, llevaron al colapso del sistema de partidos en Perú y en Venezuela. A diferencia de esas experiencias, el desenlace de la crisis en Argentina no fue el ascenso político de líderes outsiders al cuadro partidario existente, como Alberto Fujimori en Perú o Hugo Chávez en Venezuela. Más bien, fue la reposición del Partido Justicialista en su condición de partido predominante y de ancla del sistema de partidos argentino.
Para caracterizar a la masa de electores que quedaron a la intemperie con la diáspora de los simpatizantes de la UCR y la desaparición del Frepaso y de Acción por la República utilicé la expresión “Los huérfanos del sistema de partidos” y me pregunté enseguida: ¿hacia dónde habrían de canalizar sus preferencias políticas en el futuro? Para responder a esta pregunta introduje una diferenciación dentro del universo de “Los huérfanos de la política de partidos”: hacia un lado aquellos cuyas preferencias políticas los inclinaban hacia el centro-derecha, como era el caso de los votantes del partido de Cavallo, y hacia otro, aquellos cuyas preferencias políticas los inclinaban hacia el centro-izquierda, como era el caso de los votantes del Frepaso y los desertores de la UCR.
Con los datos que tenía en el momento de escribir mi artículo sostuve que la canalización de esa masa electoral se orientaba hacia dos nuevas agrupaciones creadas por figuras disidentes de la UCR, Ricardo López Murphy hacia el centro-derecha y Elisa Carrió hacia el centro-izquierda. Con la información que tenemos hoy sabemos que, al cabo de casi 15 años, la peregrinación electoral desatada por el cimbronazo del polo no peronista encontró para muchos un refugio: el que ofrece en la actualidad la convergencia del PRO, la UCR y la Coalición Cívica dentro de “Cambiemos.”
Cuán sólido y estable es ese refugio los años por venir nos lo dirán. Al respecto, esto es, acerca de la solidez y estabilidad de ese refugio, creo que vale la pena tener en cuenta otra distinción que introduje en mi artículo del año 2003. La distinción entre los adherentes y los simpatizantes de los partidos. El vínculo de los adherentes con los partidos descansa sobre una relación de pertenencia cimentada en una prolongada identificación política. Por su parte, los simpatizantes se vinculan con el partido en función de la cercanía de sus preferencias con las propuestas del partido. Las expectativas de unos y otros con relación al desempeño del partido son, pues, diferentes. La identificación política de los adherentes produce un recurso de capital importancia para los partidos: la lealtad. Ese es un recurso invalorable porque la lealtad independiza el respaldo al partido de los resultados de sus políticas en el corto y mediano plazo. Como lo mostró durante años el núcleo de votantes fieles del radicalismo. A diferencia de lo que cabe esperar de los adherentes, los simpatizantes tienen con el partido una relación más laica porque, teniendo preferencias definidas, no las asocian de manera estable con ninguna fuerza política. Su respaldo tendrá un alcance específico, dependerá de los resultados de las propuestas del partido y estará en contraste con el apoyo más general y difuso de los adherentes que se nutre de una identificación afectiva con la organización partidaria.
He recordado esa distinción entre adherentes y simpatizantes y que equivale a la distinción por cierto conocida entre voto de pertenencia y voto de preferencia con un objetivo: destacar que, a mi juicio, la mayoría de los electores de Cambiemos se compone de simpatizantes que a la hora de los comicios deposita un voto de preferencia y no un voto de pertenencia. Previsiblemente, si la gestión de Cambiemos no está a la altura de sus expectativas su reacción natural bien puede llegar a ser colocar en el banquillo de los acusados a los dirigentes de la actual coalición en el gobierno, retirándoles el respaldo.
Vista en perspectiva, la tendencia del electorado del polo no peronista a dar y a retirar su apoyo es lo que ha hecho de él, tanto en su variante de centro-derecha como en su variante de centro-izquierda, la clave de la dinámica electoral del país. A partir de 1983 es allí donde ha estado la fuente principal de la volatilidad del voto, y, en consecuencia, también la fuente principal del triunfo o la derrota de las ofertas electorales que han competido por el gobierno.
Por el contrario, el vínculo de la mayoría de los electores del Partido Justicialista con la organización ha sido tradicionalmente menos contingente y se ha mantenido “con lluvia o con sol”, es decir, se ha comportado bastante ajeno a los avatares de sus políticas a lo largo del tiempo, garantizando al partido un caudal de votos nunca inferior al 35% del electorado. Con este telón de fondo, en el artículo sobre “los huérfanos”, sostuve que la crisis del 2001 no había afectado significativamente la salud de los vínculos del electorado peronista con su partido.
Y agregué: las dificultades que es posible observar dentro del Partido Justicialista son muy distintas a las que exhibe el polo no peronista y, en su caso, tienen que ver sobre todo con su cohesión como maquinaria política. En principio, podría decirse que dificultades como ésas no tenían nada de novedoso. El conflicto por el poder dentro de la organización había sido un fenómeno recurrente en un partido caracterizado por reglas internas laxas y cambiantes. Lo que consideré novedoso en esas dificultades es que tenían su origen en un conflicto de proyectos ideológicos, de un lado Carlos Menem con su propuesta hacia la derecha en línea con sus 10 años de gobierno y del otro sus rivales –por ejemplo, Antonio Cafiero y Eduardo Duhalde– con la reivindicación más o menos actualizada de la tradición nacional-popular. La intensidad de esa pugna parecía estar poniendo en riesgo la convivencia dentro del partido. Con los elementos disponibles en 2002 afirmé que esa disputa dentro del polo peronista tenía un final abierto.
Vista con los ojos de Torcuato Di Tella esa disputa encerraba un desenlace prometedor: la implosión de ese formidable catch-all party que era el Partido Justicialista, el cual, como el Partido Demócrata de Estados Unidos en los años sesenta –recordemos a John Kennedy versus la máquina política demócrata del Sur– daba cabida en sus filas a una gran diversidad ideológica. Partidario de una mayor homogeneidad de ideas y políticas con un signo hacia la izquierda, Di Tella esperaba desde hacía tiempo que la resolución de esa disputa le permitiera al Partido Justicialista liberarse del peso muerto de sus corrientes de derecha. Con ello, el Partido Justicialista podría convertirse con su base de apoyo popular en el gran articulador de un polo de izquierdas en el marco de un sistema de partidos “a la chilena” con una clara línea divisoria de izquierda/derecha.
La trayectoria ideal vislumbrada por Di Tella pareció hacerse realidad luego que Néstor Kirchner accediera a la Presidencia en 2003 y dos años más tarde, en 2005, conquistara el control del partido. Fue entonces que, en un viraje sorpresivo, le imprimió a su gestión una versión radicalizada de la tradición nacional-popular, en sintonía con el giro del péndulo político de América Latina hacia la izquierda impulsado por Lula en Brasil, Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia. La empresa política de Kirchner no sólo pareció poner fin a la larga espera de Torcuato Di Tella; también ofreció un refugio a un segmento del universo que identifiqué en 2003: me refiero a huérfanos de la fallida aventura política del Frepaso. A poco de asumir la Presidencia, Kirchner proclamó su identificación con “la generación diezmada” –una designación en código para nombrar a los jóvenes de clases medias que en los años setenta habían tomado las armas en nombre del peronismo sólo para conocer primero la decepción y después la muerte–.
Con esa proclama y gestos contundentes en el frente de los derechos humanos logró reactivar a la izquierda peronista. Al abandonar su condición de célula dormida, los sobrevivientes de la generación setentista volvieron al primer plano, esta vez menos tocados por los valores republicanos que habían marcado su anterior encarnación en los tiempos del Frepaso y más animados ahora por el espíritu vindicativo que había originalmente rodeado su ingreso a la vida pública. Con ese espíritu se sumaron a la cruzada contra “el pejotismo” lanzada por Kirchner poniendo la mira en los cuarteles generales de su propio partido con vistas a construir un “pos-peronismo”. Por obra del “fuego amigo” el país asistió por vez primera a la tentativa de poner fin al PJ tal como lo conocíamos, ese poderoso aparato hecho de políticos profesionales, jefes sindicales, redes clientelares.
Sin embargo, esa ambiciosa tentativa, que supo movilizar también el entusiasmo de nuevas generaciones, no pudo concretarse plenamente. Kirchner tuvo que aprender duramente una lección de la política: en democracia no se puede gobernar y querer cambiar al mismo tiempo el principal instrumento de gobierno, un partido que acompañe y sostenga las iniciativas. Con el paso del tiempo, la consigna “¡Que se vayan todos!” se fue poniendo en sordina a medida que desde la Presidencia Kirchner tuvo que rodear a su séquito de militantes fieles con la compañía de las ramas viejas del peronismo de siempre.
El arte de la combinación política dentro del magma peronista que distinguió a Néstor Kirchner murió con él a fines de 2010. Sin su tutela y luego de la reelección un año después, en octubre de 2011, con el 54% de votos, Cristina Fernández gobernó durante su segundo mandato atrincherada detrás de un remedo de monarquía, con su corte de protegidos y delfines y conoció en 2015 el gusto amargo de una derrota en buena parte autoinfligida.
Darmowy fragment się skończył.