Czytaj książkę: «Diario de una temporada en el quinto piso»
Juan Carlos Torre
DIARIO DE UNA TEMPORADA EN EL QUINTO PISO
Episodios de política económica en los años de Alfonsín

A pesar de la cantidad de información política que circula en los medios, es poco lo que sabemos sobre cómo funciona un gobierno. Sabemos, en última instancia, aquello que los actores políticos deciden que podemos saber. Los trascendidos y las primicias vienen de ellos, y son revelados para su propio beneficio, para impugnar a un rival o para incidir o producir un debate público. Los interesados en el auténtico ejercicio del poder en realidad quieren otra cosa: quieren que alguien que formó parte de un gobierno narre, con la mayor objetividad posible y sin ubicarse en el lugar del héroe, lo que allí sucedió. Diario de una temporada en el quinto piso es exactamente ese libro. En rigor, es mucho más que eso: es una obra única, que contribuye a entender las dificultades de gobernar la Argentina y la propia configuración de nuestra sociedad.
Sociólogo e historiador, Juan Carlos Torre fue, desde finales de 1983 hasta comienzos de 1989, miembro del equipo económico de Juan Vital Sourrouille durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Primero en la Secretaría de Planificación; luego en el Ministerio de Economía, en el legendario quinto piso, donde tiene el despacho el ministro y sus colaboradores más cercanos. Gracias a ello, fue testigo de la trastienda de las negociaciones con el FMI y funcionarios de los Estados Unidos, con la CGT, los empresarios y la oposición peronista, en el marco de una transición a la democracia asediada por fuertes presiones hiperinflacionarias y por los efectos de enjuiciar la violación de los derechos humanos durante la dictadura militar.
A lo largo de esos años, llevó un diario. Con espíritu sereno y comprensivo, con distancia afectuosa y crítica, junto a la inevitable angustia que surgió en muchos, demasiados, momentos, consignó estos acontecimientos y los continuos debates, a veces encarnizados, que se daban dentro del gobierno de Alfonsín, y al mismo tiempo procuró analizarlos. Este libro es un documento extraordinario por su capacidad para transmitir el vértigo y las tensiones de la política económica en tiempos difíciles. A través de sus páginas se revela información y se ofrecen perspectivas de una magnitud y una calidad admirables. Pero la mayor sorpresa que surge al leerlo no es esa, sino descubrir la persistencia de ciertos escollos que, casi inalterables, nos acompañan hace décadas y siguen vigentes hoy.
Torre, Juan Carlos
Diario de una temporada en el quinto piso / Juan Carlos Torre. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-628-643-5
1. Ensayo Económico. I. Bigongiari, Diego, trad. II. Título.
CDD 330.01
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Edición en formato digital: octubre de 2021
© Juan Carlos Torre, 2021
© de la presente edición Edhasa, 2021
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Conversión a formato digital: Libresque
Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Dedicatoria
Prólogo
I. El regreso a la Argentina. De la guerra de Malvinas a las elecciones de 1983 y su desenlace: Alfonsín presidente
II. La incorporación al gobierno de Alfonsín
III. En el Quinto Piso
Apéndices
Sobre el autor
Para Ana María Mustapic
Prólogo

Saúl Ubaldini y Juan V. Sourrouille. El autor en segundo plano.
Este libro es el resultado del forzado confinamiento que impuso el coronavirus. Como ocurrió con tantos de mis conocidos en el mundo académico, aproveché la oportunidad para revisar los archivos que tenía en la computadora. Frases sueltas, argumentos a medio hornear, observaciones varias, que con los años se fueron acumulando a la espera de ser suprimidos o de salir a la luz luego de una mejor lectura. Entre esos archivos había uno que aguardaba su turno desde hacía mucho tiempo: el diario que fui llevando durante la temporada que pasé en el Quinto Piso del Ministerio de Economía en el gobierno de Raúl Alfonsín.
Al Quinto Piso llegué por obra de dos afortunadas circunstancias. La primera fue la derrota del partido peronista en las elecciones de 1983, que inauguraron en la Argentina los tiempos de la transición a la democracia. Impensable hasta ese momento, la derrota peronista abrió la puerta a una sucesión de experiencias que tampoco estaban en los cálculos de muchos, yo entre ellos. Ese fue el lugar de la segunda de las afortunadas circunstancias. Una vez electo presidente, Alfonsín convocó a Juan V. Sourrouille a formar parte de su flamante gobierno y, por intermedio de un amigo en común, Adolfo Canitrot, quien también era de la partida, fui a mi vez invitado a acompañarlos.
Al poco tiempo de sumarme al equipo económico de Sourrouille tomé una decisión: registrar las vicisitudes de la experiencia que inesperadamente tenía a mi alcance en mi condición de observador participante, un sociólogo en medio de un grupo de economistas proyectados al centro mismo de las decisiones más críticas de gobierno. En la decisión de llevar un diario influyó una costumbre que había observado en Inglaterra, donde viví en los cuatro años previos a la guerra de Malvinas: una vez retirados de sus funciones públicas, los políticos y los altos burócratas suelen publicar sus memorias. Con un propósito semejante puse manos a la obra: compré un grabador y comencé a hablarle, en particular en los fines de semana, teniendo por guía las notas que tomaba con ese fin. Ocurrió que, al cabo de unos años, acompañando los contratiempos del equipo económico, también yo experimenté sus efectos: el tono lúgubre que fue adquiriendo mi voz se me hizo intolerable, por lo que cambié de método, abandoné el grabador y continué el diario escribiendo en libretas y cuadernos.
En forma paralela al registro de los acontecimientos utilicé otro recurso: las cartas. Desde siempre fui un entusiasta del antiguo culto de la correspondencia epistolar y en esta oportunidad tener afectos y amistades residiendo fuera de Argentina me dio el pretexto para volver a él. Mi hermana mayor, Lucía Isabel, en Mérida, Venezuela, y Silvia Sigal, en París, fueron las destinatarias de largas cartas en las que, al tiempo que les contaba las novedades de la vida política, tomaba distancia de ellas y buscaba cómo interpretarlas. Transcurridos varios años de la finalización del gobierno de Alfonsín ambas me dieron una feliz sorpresa cuando recibí las cartas prolijamente conservadas en sus respectivos sobres.
Con ellas, más los casettes que grabé y que más tarde mi hermana, ya de regreso al país, transcribió con paciencia, en un gesto generoso por el que le estoy por siempre agradecido, y los apuntes y notas de mis libretas y cuadernos, fui reuniendo los testimonios de mi paso por el Quinto Piso. ¿Qué hacer con ellos?, me pregunté. Una opción era utilizarlos como fuentes para escribir un ensayo con eje en la reconstrucción histórica de esa experiencia. Colegas míos esperaban que así lo hiciera, ponderando las habilidades para contar historias que había mostrado en mis trabajos académicos. Preferí, en cambio, mantenerlos como tales y reproducirlos bajo la forma de un diario. Con esta opción quise ponerme a salvo de las trampas de la memoria histórica. Con frecuencia, ella juega a las escondidas con los hechos del pasado para encadenarlos selectivamente en un relato al servicio de expectativas del presente. Por cierto, no considero que los testimonios en primera persona ofrezcan una materia prima libre de impurezas, pero por lo menos tienen la ventaja de poner las cartas sobre la mesa al hacer más visible el punto de vista de quien habla, describe, juzga.
Con la lectura del diario queda al descubierto muy pronto su factura. Entre los acontecimientos que registro están aquellos en los que participo y además están los que conozco a través de las confidencias de los miembros del equipo económico. Desde un principio les hice saber mi propósito: aprovechar la posición a la que había accedido por la lotería de la política para dejar constancia de las tribulaciones del Quinto Piso durante la presidencia de Alfonsín. Algunas veces ellos hablaron directamente a mi grabador; otras, me hicieron detalladas crónicas de sus peripecias para que las volcara en mis notas y apuntes. Por supuesto, cuanto quedó transcripto estuvo filtrado por mi propia perspectiva, que selecciona los hechos y coloca los énfasis en una historia de la que me sentía parte.
Si bien están transcriptos en forma cronológica, los registros de este diario son inevitablemente fragmentarios. A menudo entre ellos hay largos silencios. Tampoco cubren la variedad de temas de la agenda del ministerio. Hay cuestiones que reciben más atención porque me interesan más o porque accedo a ellas con más facilidad; otras quedan fuera de mi radar. Por lo tanto, las páginas de este diario no son ni deben ser leídas como un informe de la gestión de las políticas económicas en los años de Alfonsín. Más bien, procuran transmitir el clima que se respiraba en las oficinas del Quinto Piso; están dictadas en caliente y en medio de la sensación de soledad que acompañaba los esfuerzos del equipo económico. No pocas de ellas deben mucho a la insatisfacción que me producía contemplar las limitaciones del partido radical en el gobierno. Hoy, con el paso del tiempo y luego de ver desfilar otros elencos en la Casa Rosada, mi evaluación es más ecuánime. Y si me queda todavía algún resquemor tecnocrático, este no me impide reconocer y también celebrar que el de Alfonsín haya sido un gobierno decente y respetuoso del juego político democrático.
Cuatro fueron las figuras principales del equipo económico: Juan Sourrouille, su director técnico, sobre el que recayó una exigente tarea: hacia adentro, administrar las ansiedades de sus colaboradores y asegurar la cohesión y, hacia afuera, dar la cara y capear la difícil coyuntura, conservando la calma mientras ofrecía seguridades cuando a veces escaseaban; José Luis Machinea, siempre listo para prodigarse allí adonde hiciese falta al tiempo que ponía su ingenio en busca de salidas a la emergencia; Mario Brodersohn, dedicado a deshacer los entuertos del fisco y la deuda externa por medio de las artes de la negociación y la astucia, y Adolfo Canitrot, que con su libertad de espíritu y su realismo operó como un verdadero cable a tierra. Los talentos y la entrega de los cuatro y de todos los que los secundaron no pudieron, sin embargo, torcer el destino que el archivo de la política comparada le tenía reservado a la presidencia de Alfonsín.
Allí se afirma que los gobiernos surgidos de las primeras elecciones libres luego del fin de los regímenes autoritarios no salen airosos cuando tienen que enfrentar el doble desafío de la transición a la democracia y de la gestión de los problemas económicos. Esa tendencia se verificó duramente entre nosotros. En julio de 1989 tuvo lugar la primera transferencia constitucional del poder en la vida de varias generaciones de argentinos; entre tanto, el país estaba envuelto en el caos hiperinflacionario. Al volver la mirada a los años en el Ministerio de Economía recuerdo que después del eclipse del Plan Austral fui ganado poco a poco por la idea de que al final de nuestra travesía nos esperaba la derrota. La única incógnita que tenía por despejar era cuál habría de ser el escenario de la última batalla. Cuando llegó el momento de la verdad –la sucesión en la presidencia–, la frágil plataforma económica existente no pudo resistir el vendaval especulativo desatado por la victoria inminente del populismo económico de Carlos Menem. Sabemos que la historia posterior no se ajustó a ese libreto, pero para entonces la presidencia de Alfonsín ya era un caso más de las vicisitudes propias de los pasos iniciales de las transiciones pos-autoritarias.
Hace unos años en un homenaje a Adolfo, que ya no está con nosotros, dije de él que perteneció al club de “los optimistas sin ilusiones” que solemos encontrar en este mundo. Hoy quiero sumar a todos los miembros del equipo económico a ese club. Quienes están en sus filas son optimistas porque creen que las cartas no están marcadas de una vez y para siempre; por el contrario, confían en que el país que les ha tocado en suerte puede ser otro, mejor, y con esa convicción están listos para entrar al ruedo. Como ocurrió en 1983, cuando, movidos por el entusiasmo cívico que despertó en nosotros el liderazgo de Alfonsín, nos alistamos para contribuir a una gestión racional del gobierno de la economía. Pero esa disposición al compromiso público no implicó ilusionarnos con la perspectiva de un porvenir radiante. Por haberla estudiado conocíamos demasiado bien que la madera con que está hecha la Argentina no facilitaba la tarea de colocar nuevos cimientos. No obstante, allí estuvimos e hicimos nuestra apuesta durante una temporada en el Quinto Piso. En las difíciles circunstancias en que fue hecha, esa apuesta tuvo, a mi juicio, su importancia histórica porque el equipo económico, conducido con el temple y buen juicio de Juan Sourrouille, contribuyó a asegurar el desenlace del primer tramo de la transición democrática.
Durante largos años el archivo con esa experiencia estuvo en mi computadora. Distintos proyectos en el ámbito de la historia y la sociología ocuparon mi atención, y como suelo dispersarme y además mis ideas son de lenta maduración, el tiempo fue pasando. Con el escritorio despejado de compromisos académicos y con ochenta años cumplidos decidí no postergar más la publicación de mi diario y aproveché la cuarentena para revisarlo. La revisión incluyó retoques en la redacción y completar aquí y allá información faltante; además, agregué dos breves notas, una sobre mi peripecia personal en los años previos y la otra respecto de la trayectoria anterior de miembros del equipo económico.
Releyendo las páginas de este diario advierto que hay juicios y actitudes que hoy modificaría. Pero no cambio ni cambiaré mi gratitud hacia Ana María, que compartió las idas y vueltas de mi incursión en la vida pública y con quien desde hace años camino a la par de su querer y su conversación siempre inteligente.
I. El regreso a la Argentina De la guerra de Malvinas a las elecciones de 1983 y su desenlace: Alfonsín presidente
Breve nota biográfica personal: En febrero de 1982 regresé al país. Unos seis años antes, en diciembre de 1975, y luego de pedir licencia en el Instituto Di Tella, viajé a Nueva York. Mi amigo Juan Corradi me había invitado a dar un seminario de cuatro meses en la New York University sobre Temas de América Latina. Terminado mi compromiso, en abril de 1976 me preparaba para regresar a Argentina. Traía conmigo un subsidio en dólares que me fuera otorgado por el Social Science Research Council para mis investigaciones sobre movimiento obrero y peronismo. El golpe militar del mes de marzo cambió mis planes. Pregunté a la agencia que me concedió el subsidio: ¿puedo llevar esos dólares a otra parte? Entendieron la situación y me dijeron que sí. Fue así que me trasladé a París para iniciar mis estudios de doctorado en sociología con el profesor Alain Touraine, a quien ya conocía. Los dólares me permitieron subsistir durante un año y cumplir con el período de asistencia presencial a las clases del doctorado: a partir de entonces la tarea que tenía por delante era escribir la tesis y reunirme periódicamente con el Prof. Touraine. Sin recursos para quedarme en París y sin ganas de volver a Buenos Aires, le escribí a mi amigo Francisco Weffort, en São Paulo, en busca de trabajo. Me respondió favorablemente y a lo largo de 1977 di un seminario en la Universidad de São Paulo y otro en la Universidad de Campinas. Al cabo de un año hice otra vez las valijas y en 1978 me instalé en Londres para ocupar la posición de investigador visitante que me ofreció mi amigo David Rock en el Institute of Latin American Studies. En el segundo semestre de 1979 regresé a Buenos Aires a mi puesto en el Instituto Di Tella pero en 1980 y con otro subsidio del Social Science Research Council me instalé en Oxford en el Centre for Latin American Studies como investigador visitante gracias a los buenos oficios de mi amigo Alan Angell. Durante la temporada en Oxford viajé de tanto en tanto a París para conversar sobre mi tesis con el Prof. Touraine y di un paso importante: me comprometí con Ana María Mustapic, quien estaba realizando allí sus estudios de posgrado en ciencias políticas. A principios de 1982 y una vez que ella terminó sus estudios decidimos regresar a Buenos Aires, en vísperas de la guerra de Malvinas.
4 de mayo de 1982
Querida Silvia:
Desde hace un mes, Argentina vive días extraordinarios: está en guerra. Faltaba la guerra para completar la secuencia de eventos prodigiosos que hemos vivido en los últimos diez años: el regreso (“imposible”) de Perón al país al cabo de dieciocho años de exilio, los quince mil desaparecidos, la agresión al cuerpo social del país por un experimento económico que concluye en el fracaso (recesión, desempleo, deuda externa). Cuando la trayectoria de la historia se encaminaba por senderos conocidos, y el clamor de los políticos por elecciones libres y también la movilización de los sindicalistas habían colocado a este régimen militar contra la pared, como a otros en el pasado, sucede el 2 de abril la ocupación de Malvinas. Fue una decisión audaz que conmovió a una sociedad que creía haber pasado por todas las experiencias límite. Y henos aquí en la guerra y, con ella, ante escenas de soldados que van al frente haciendo la V de la victoria, las filas de voluntarios en aumento día tras día, una solidaridad que parte desde todos los rincones y pone, al alcance de un país al borde de la ruina y la confrontación, cheques, toros, autos, caramelos, alhajas, cartas de madres y novias, una propaganda que machaca día y noche sobre la justeza de la causa propia y la iniquidad del adversario, los solemnes funerales militares a los caídos, el público ávido que devora todas las noticias y vive pendiente de lo que vendrá, los chicos del jardín de infantes cantando canciones de guerra, en fin, una experiencia a la que nadie puede sustraerse, que nos envuelve a todos en una formidable efusión colectiva, sin distinciones sociales ni política; la guerra, pues, que ha venido a dar a un pueblo pronto a recomenzar sus ritos antropofágicos, esto es, a ajustar cuentas y reponer conflictos, la posibilidad de una fuga hacia adelante. En lo que has leído tenés una muestra de mi vocación pertinaz por la épica literaria. Debo admitir que la imagen que he compuesto tiene un aire demasiado dramático. Pierde de vista la otra cara de la medalla. Un país que no ha conocido la guerra se acerca a ella con un espíritu festivo, el fervor que campea en los actos públicos recuerda a muchos los entusiasmos del mundial de fútbol de 1978, las bravuconadas que se suceden por TV (¡Que venga la Flota Real, ya verá lo que le espera!) tienen la altanería de las justas deportivas. Por lo demás, la guerra sucede en el Sur, un lugar remoto, y nada de la rutina de Buenos Aires ha sido alterado; de allí que los porteños –vueltos de improviso todos expertos militares– pueden cultivar con calma su afición por las largas conversaciones en el café, ahora centradas en ponderar los movimientos tácticos de los ejércitos y el balance tecnológico de sus armas de guerra, en fin, un ejercicio flagrante de inconciencia que sólo puede permitírselo un pueblo al que su Dios Criollo lo ha preservado de los horrores de la guerra.
Y bien, ¿cómo es que hemos venido a parar en esta guerra? Hoy se sospecha, con fundamentos, que la ocupación de Malvinas estaba entre las obsesiones del general Galtieri al llegar a la presidencia. Cuando se conoció su designación y hubo que armar su perfil se dijo de él que era un hombre enérgico, del que se esperaban grandes cosas. Se habló, pues, de cualidades personales y no de una política. El contraste con la operación de propaganda que rodeó al general Viola antes que fuera nominado no pudo ser más evidente porque de Viola se dijo que era un político y que su plan era revertir la gestión económica de Martínez de Hoz, creando así las bases para una alianza cívico-militar. La energía de Galtieri y las grandes cosas que se esperaban de él delineaban una silueta, anticipaban cambios, pero no se sabía qué habría de llenar esa silueta y qué orientación tendrían esos cambios. Hoy sabemos que esa energía era la de un militar audaz y que en el paquete de sus grandes cosas estaba poner fin a los 150 años de control de los ingleses sobre Malvinas. Los años pasados bajo la férula militar hicieron pensar a una opinión pública justamente prevenida que esa operación estaba arreglada de antemano con el objetivo de recomponer el alicaído prestigio de la dictadura: EE.UU. intervendría ofreciendo sus buenos oficios para retribuir la colaboración prácticamente solitaria de los militares argentinos a su política antisubversiva en Centroamérica y, a su turno, Gran Bretaña se limitaría a una protesta simbólica, tanto por presión de Ronald Reagan como por la imposibilidad de oponerse a un acto de fuerza en un territorio tan lejano. Aunque prevenida, esa opinión pública dio su apoyo a la gesta militar, sobre todo luego de ser convocada por el gobierno, poniendo fin a su cerrada negativa a un diálogo con los partidos, y también por la extensión de esa convocatoria a los mismos sindicalistas que había ordenado apalear pocos días antes. Nadie retaceó su respaldo y todos lo hicieron persuadidos de que la ocupación de Malvinas, al reivindicar a las fuerzas armadas, prometía acelerar el proceso de normalización institucional. Los laureles a conquistar en las islas australes, junto con los otros recogidos en la lucha contra la guerrilla, venían a dar a los militares la posibilidad de una retirada honorable.
A la vista de lo ocurrido después del 2 de abril emerge una conclusión: la operación militar no estuvo previamente concertada. Lo muestra la irritación de Reagan y Haig ante la aventura; lo confirma la ausencia de un trabajo previo por parte de la Cancillería a los efectos de preparar a la opinión internacional: el predecesor de Nicanor Costa Méndez en el Ministerio de Relaciones Exteriores, Oscar Camilión, así lo ha hecho saber. Ello explica el voto desfavorable en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas pero, sobre todo, el asombro del gobierno frente a las reacciones de los países europeos y de no pocos miembros de los Países no Alineados. Asimismo, la repuesta de Inglaterra superó todos los cálculos previos. La hipótesis de que Argentina podía impunemente violar las reglas de juego internacionales quedó rápidamente falsificada. En su lugar se hizo visible el carácter temerario de la iniciativa de los militares argentinos: acostumbrados a resolver por la fuerza los conflictos internos, intentaron emularse a sí mismos frente a un conflicto internacional. Y hoy estamos, con ellos, metidos en un flor de baile.
Hoy estamos metidos en un flor de baile y, hasta ahora, parece que dispuestos a bailarlo. Galtieri y quienes con él lanzaron el país a la aventura militar no se equivocaron en cuanto a la eficacia de la movilización arropada por banderas nacionalistas. Los argentinos descubrieron súbitamente su cariño entrañable por las Malvinas y que el retorno de “la hermanita perdida” –tal es el título de un hit musical que con letra de Atahualpa Yupanqui y música de Ariel Ramírez hoy entona Lolita Torres– era uno de sus sueños más preciados. Este pueblo que ha crecido en la discordia y el resentimiento, que sólo ha conocido frustraciones, hoy se siente convocado y, al salir de su purgatorio, afirma estar dispuesto a dar todo por la soberanía de unas rocas lejanas, por largo tiempo ocultas “bajo un manto de neblina”, según dice la primera estrofa del Himno de Malvinas que se canta en las escuelas y se escucha en las radios. Me impacta mucho ver a este pueblo que sé siempre litigioso y arisco proclamar, en respuesta a los llamados de la patria, que puede ser fraterno y desprendido. La experiencia que tenemos por delante es única desde que tengo memoria y no puedo no registrarlo así –antes de escandalizarme por lo que este fervor popular comporta como condonación de las políticas de la Junta Militar–. De allí que los políticos que se acercaron al gobierno buscando sacar partido también ellos de la aventura militar hayan terminado confundidos con él. Hay una presión desde abajo que se expresa al mismo compás de los clarines del ejército; no es fácil tomar distancia de la movilización colectiva. El 1 de Mayo varios dirigentes sindicales llevaron a sus huestes a la Plaza de Mayo para respaldar la lucha por la soberanía y, al mismo tiempo, repudiar la actual política económica. Terminaron trenzados entre sí y enfrentados en una batalla callejera con pequeños grupos izquierdistas. El espectáculo que montaron tuvo algo de irreprimiblemente obsceno, justo el día en que los ingleses hicieron su primer ataque en Malvinas, convirtiéndolas en “un pequeño infierno”, según las confesiones off the record de un oficial argentino hablando con su hija mediante una comunicación por radio entre Malvinas y Buenos Aires que pude captar gracias a un formidable aparato de radio de un cuñado mío. El hundimiento del barco General Belgrano, alevosamente torpedeado, ya que estaba fuera de la zona de exclusión decidida por los propios ingleses, y después la muerte de cerca de trescientos soldados convirtieron al acto sindical en un evento patético.
He hablado de “los llamados de la patria”, he hablado de la alevosía de los ingleses, y me pregunto: ¿es este el lenguaje del fascismo popular que se cree estar emergiendo entre los argentinos, un lenguaje tanto más condenable cuanto que muy recientemente eran otras voces las que se escuchaban, las que invocaban los derechos humanos, las que condenaban el capitalismo salvaje? Convengamos que estamos en medio de una experiencia inédita en nuestras vidas. Yo mismo debo confesar que me he emocionado ante las imágenes de los sobrevivientes del General Belgrano descendiendo de los aviones que los traían del sur, después de haber pasado hasta treinta horas a la deriva en sus balsas en un mar helado: ¿no había entre ellos algunos de los torturadores de la Escuela de Mecánica de la Armada? Repito: nunca había sido expuesto a la guerra. Sé que en el exterior, entre los exiliados, la aventura militar ha repuesto las posiciones en pugna durante el mundial de fútbol, entre los que querían una derrota de la selección argentina para castigar a la dictadura militar y los que querían que Kempes, Ardiles, Pasarella llenaran de goles a los equipos rivales. Los que siguieron el Mundial desde aquí fueron más unánimes y querían sin dudas una victoria argentina. Quienes seguimos desde acá esta otra empresa colectiva somos más indulgentes con las emociones a las que nos confronta.
Por supuesto, podrá ponerse en cuestión la catadura de los promotores de la operación del 2 de abril. ¿Habrá que desear en consecuencia que la operación concluya en un fracaso y que Mrs. Thatcher reponga la bandera inglesa en las islas? El problema que entraña la posición de quienes critican toda esta aventura porque ha sido orquestada por la dictadura militar es que se sitúan en un momento de la historia donde todo está por suceder. El hecho es que esta aventura está ya en marcha y que es preciso hallar cómo ubicarse en ella: dudo mucho que la mejor ubicación sea la de desear la derrota porque en el país no sería ciertamente popular. Son muchos los que acá sostienen que esta ya no es una aventura de Galtieri y sus aliados sino una causa del país, y que, sin silenciar sus cuestionamientos a la Junta, se alistan en el apoyo a la recuperación de las islas. ¿Sería mucho pedir que se haga una distinción semejante, sobre todo cuando este fenómeno espantoso de la guerra no discrimina finamente entre los espíritus críticos y la algarabía patriotera? En los debates sobre la posición a adoptar entre gente como uno –me refiero a los círculos intelectuales– se me ocurre que campea un cierto irrealismo, me refiero al irrealismo que viene junto con la libertad de criterio que es propia de quienes nos sabemos condenados a una cierta marginalidad política, una marginalidad política donde los argumentos de principio ocupan a menudo el lugar de una palabra públicamente responsable. Quiero decir: todos sabemos que nada cuanto digamos importa y, con esa conciencia, nos entregamos a ejercicios retóricos sin vernos expuestos a los dilemas que plantea lo que pensamos y lo que está políticamente en juego. Un ejemplo: el otro día alguien junto a mí, desde el secreto de una mesa de café, proclama su deseo de que todo terminara en una estrepitosa derrota para que los militares escarmentaran y pagaran con creces sus cuentas atrasadas con los argentinos. ¡Cuánta impotencia se ha acumulado entre nosotros para que hagamos de Margaret Thatcher el Ángel de la Justicia que vendría a cobrar tantos crímenes impunes! Si derrota hay será complicado distinguir qué porción de ella le toca a los militares y cuál a toda esa gente que se siente desafiando a la Tercera Flota Naval del mundo en nombre de una causa anticolonial. No se me escapan los deslizamientos de mi razonamiento. Entre el horror con que sigo esta historia (no sólo el horror frente a la guerra sino también ante el calvario en que vive este país para el que no hay sosiego) y la simpatía con la que acompaño la movilización colectiva no hay mucha coherencia que digamos, pero prefiero esa inconsistencia a la soberbia crítica de las almas bellas. Fin.