Czytaj książkę: «Misterios urbanos»
Misterios urbanos
José Montero
Ilustraciones:
Patricio Oliver

Índice de contenido
Misterios urbanos
Portada
3D
Oído espía
La grúa de peluches
Sangre fría
Muerte dudosa
Pijama party
Biografías
Legales
Sobre el trabajo editorial
Contratapa
3D
Todo empezó en el lugar y en el momento menos pensados.
¿Quién podía sospechar la existencia de espíritus malignos en un centro comercial, a plena luz del día?
En realidad, el día transcurría afuera. Adentro, en la sala de cine acondicionada para proyecciones en tres dimensiones, parecía de noche.
A Daniel le encantaba ir solo a la primera función. Había menos gente y podía sentarse a sus anchas en la butaca preferida: última fila al centro. Si apoyaba los pies en el respaldo de adelante no jorobaba a nadie. Y si por accidente se le escapaba un ruido molesto al sorber la gaseosa, tampoco había problema. Los demás espectadores eran igual de ermitaños y se ubicaban desperdigados en la sala, bien lejos uno del otro.
Era la primera vez que concurría a un cine 3D donde daban esos anteojos tan particulares. No se trataba de las típicas gafas de cartón. Los lentes eran de vidrio y el armazón, gigante, de plástico resistente.
Daniel se los probó antes de la función para saber cómo se veía a través de los cristales. Y la verdad es que no se veía casi nada. Todo oscuro, un poco borroso.
Luego empezaron las publicidades y se quitó los anteojos unos segundos para conocer cómo se apreciaba la proyección sin el accesorio. Los colores se mostraban distorsionados, y los objetos y los personajes se veían dobles. El efecto 3D se producía solo con los lentes colocados: algunos elementos parecían “salirse” de la pantalla.
La curiosidad por el juguete nuevo ya estaba satisfecha cuando comenzó la película. Era un documental sobre las exploraciones llevadas a cabo en el Titanic, el famoso barco hundido en 1912. La cámara recorría, en el fondo del mar, los salones y los camarotes del transatlántico, y mostraba relojes, lapiceras y otras pertenencias de algunos de los 1500 muertos en el naufragio.
Por momentos tuvo la sensación de estar buceando a cientos de metros bajo la superficie. El film transmitía con gran realismo la experiencia y daba la impresión de que se podía tocar el casco del buque con solo extender la mano.
Aunque el género documental no era su favorito, en este caso, Daniel se enganchó con la historia. Pero la peli resultó más larga de lo previsto y la gaseosa hizo su efecto: necesitaba ir al baño con urgencia.
Trató de aguantar todo lo posible. Sin embargo, pronto comprendió que si no acudía al llamado de la naturaleza tendría un accidente.
Salió corriendo de la sala. Los anteojos, afuera, le dificultaban la visión, y entonces se los subió por encima de la frente y se los dejó como una vincha que le sujetaba el pelo.
Apuró el paso, entró al baño e hizo pis. Luego se acercó a las piletas para lavarse las manos.
Estaba solo en el sanitario y los lavabos tenían esas griferías automáticas que se abren cuando la persona se aproxima.
Daniel se puso delante de una de las piletas, pero el agua no salió. En cambio brotaron poderosos chorros, con ruido de cañerías, en los tres lavatorios que tenía a su derecha. Parecía un desperfecto o una situación preparada para una cámara oculta.
No le dio importancia al asunto y se lavó en la canilla más próxima. Cuando se secó sintió un olor extraño. O, mejor dicho, un aroma que le resultaba conocido, pero que no podía definir. ¿Eran sus manos, era el agua, eran las toallas de papel? Estaba apurado por volver a la sala. No podía perder tiempo en tonterías. Se echó una última mirada en el espejo, se acomodó el pelo detrás de una oreja y en ese momento los anteojos cayeron sobre su nariz.
Fue un instante. Apenas unos segundos. Pero la visión perturbadora de tres figuras humanas a sus espaldas, a través del espejo, lo paralizó y le hizo correr electricidad por la nuca y todo el cuero cabelludo.
En un solo movimiento, Daniel se quitó los anteojos y giró sobre sí mismo, y entonces vio que detrás de él no había nadie.
Con la respiración y el corazón acelerados, volvió a calzarse los lentes. Vio la pared, toda borrosa y en penumbras, pero sin ninguna presencia extraña.
Más tranquilo, Daniel se rió de sus propios miedos y giró de nuevo para salir. Al hacer esto observó por el espejo que las figuras seguían ahí, y las tres canillas se abrieron otra vez solas, con un ruido que ahora semejaba un coro de lamentos.
No se quedó para averiguar qué pasaba. Los pies lo llevaron volando fuera del baño y cuando llegó cerca de la sala vio que el escaso público estaba saliendo. La función acababa de terminar y una empleada del complejo agradecía a los espectadores la devolución de los anteojos.
A esta altura, lo único que quería Daniel era irse. Buscar un lugar abierto, donde se vieran el sol y el cielo, para convencerse de que lo ocurrido había sido un mal sueño.
De modo que siguió de largo, con los anteojos 3D en la mano. Cuando la empleada se dio cuenta de que le faltaba un par y avisó al supervisor, Daniel ya estaba en la calle.
Se sentó en un banco de la plaza y miró a los chicos que jugaban y corrían. Esto le sirvió para serenarse. Le transmitió la sensación de que la vida continuaba y nada malo podía ocurrir. Tuvo el impulso de tirar los lentes a un tacho de basura, pero no lo hizo.
En los últimos meses había visto varias películas sobre fenómenos paranormales. Esas historias, pensó, lo habían sugestionado. La explicación lo apaciguó durante varios días, hasta que al volver del trabajo, una noche, encontró los anteojos 3D en un cajón y empezó a desplegar otro razonamiento.
Recordó que, en las películas de fantasmas y premoniciones, la comunicación con seres del más allá se daba a raíz del estado de conciencia de los protagonistas.
Ahora bien, ¿qué pasaría si la capacidad de ver espíritus se relacionara con un medio físico? En este caso, con los nuevos anteojos de tres dimensiones, combinados con espejos.
Temeroso, pero muy decidido a la vez, Daniel empezó una serie de experimentos con los lentes y los espejos de su casa. Pero no se produjo ninguna aparición.
Recordó que el agua había sido un elemento presente al momento de generarse el fenómeno. Abrió, entonces, las canillas del baño mientras enfrentaba su imagen reflejada en el botiquín. El resultado fue igualmente negativo.
La parte cerebral de Daniel le preguntaba qué estaba haciendo, cómo podía perder tiempo en esa clase de pruebas, aunque solo fuera para refutar la existencia de seres incorpóreos. Pero el lado más fantasioso de su personalidad le ordenaba realizar ensayos en otros lugares.
Comenzó a llevar los anteojos a todos lados, siempre escondidos en su mochila. Eran demasiado grandes, las patillas no se doblaban y llamaban la atención.
En el trabajo, en la facultad, en bares y negocios, en casas de familiares, amigos y conocidos, Daniel siempre encontraba alguna excusa para pasar al baño. En ningún caso logró que se repitieran las visiones que había tenido en el centro comercial, lo cual lo llevó a una conclusión:
—No son solo los anteojos y el espejo –se dijo–. ¡También es el lugar!
Aunque era miércoles por la noche, y el cine estaría lleno por las entradas a mitad de precio, fue al shopping y sacó un boleto para el documental sobre el Titanic. Esta vez la película y la comodidad en solitario no le importaban. Tampoco compró su gaseosa.
Hizo la fila como los demás espectadores, recibió los anteojos y entró a la sala. Se sentó cerca de la salida y, en cuanto las luces se apagaron, guardó en la mochila los lentes que acababan de darle y se puso los que se había llevado semanas atrás.La idea era recrear las mismas circunstancias de la primera vez.
Se dirigió al baño pero, al llegar, vio que lo habían clausurado. La puerta no tenía llave y se encontraba entreabierta. Sin embargo, el marco estaba cruzado por unas cintas de “Peligro”. Un cartel de la gerencia pedía disculpas por las molestias ocasionadas y rogaba al público que utilizara el sanitario del segundo piso.
Esto cambiaba sustancialmente los planes, pero era algo que no tenía solución. Subió al otro baño e hizo la prueba de mirarse en el espejo con los anteojos. No pasó nada.
Abandonó el área de los cines y recorrió todos los sanitarios del centro comercial. El experimento fracasó siempre.
Decepcionado, Daniel terminó en el patio de comidas. Tomó un café y meditó acerca de lo ocurrido. Debía esperar a que arreglaran el baño clausurado para intentar la nueva comunicación.
Sentado al lado de la fuente con luces que ornamentaba el lugar, de pronto, miró el agua y vio que algo se movía.
Observó alrededor, para constatar si alguien más lo había notado. No. El resto de la gente conversaba, masticaba y reía, ajena a ese movimiento sutil del agua que no tenía causa aparente.
Con mucho disimulo, Daniel sacó los anteojos de la mochila y miró a través de ellos, pero sin calzárselos.
Entonces vio que se formaban nítidamente tres palabras sobre la superficie del agua, como si un dedo invisible las trazara: “ayuda”, “Titanic” y “ahora”.
Sintió un escalofrío potenciado por el hecho de que solamente él parecía percatarse del pedido de auxilio.
Volvió a los cines. Recién en ese momento cayó en la cuenta de que era el último día que daban la peli sobre el Titanic. Los empleados estaban cambiando las carteleras para los estrenos del día siguiente, jueves, y la sala 3D iba a recibir una de dibujitos animados.
Por suerte había guardado la entrada, pero la chica del control se mostró renuente a dejarlo pasar.
—Tuve que salir por un llamado –dijo Daniel.
—Hubieses hablado desde el pasillo. Una vez que abandonás el complejo, no podés usar el mismo ticket.
—Me perdí. Cuando me di cuenta estaba afuera.
—Lo siento, no puedo dejarte pasar. Tenemos órdenes. Algunos se hacen los vivos y, cuando están adentro, se cambian de sala. Ven tres o cuatro películas con una sola entrada.
—Por favor. Mi novia me está esperando, se va a preocupar –rogó Daniel.
La empleada se enterneció. Miró a los costados.
—Bueno, dale. Pasá ahora que no está el gerente.
—Gracias.
Caminó por el pasillo y siguió de largo hacia el baño clausurado. Con una determinación que lo asombró, pasó por debajo de las cintas, abrió la puerta y se coló.
De inmediato sintió el chapoteo bajo sus zapatos. El piso estaba inundado y de golpe identificó el olor que había sentido cuando se lavó las manos aquella vez. Era el aroma de la sal, del agua de mar. ¿En un baño público, a cientos de kilómetros de la playa?
No se detuvo a pensar. Temía que lo hubiesen visto ingresar a un área prohibida por el circuito cerrado de televisión, y entonces lo vendrían a buscar muy rápido. Se puso los anteojos y enfrentó el espejo.
Pasaron varios segundos sin que ocurriera nada. Daniel ya se estaba diciendo que todo había sido producto de su imaginación, cuando de repente las tres figuras tomaron cuerpo a sus espaldas, como esculturas de agua que se levantaban desde el suelo.
Atemorizado, pero resuelto a enfrentar la verdad, giró sobre sus talones y las visiones se mantuvieron aunque ya no las estaba observando a través del espejo.
—¿Quiénes son? ¿Por qué me piden ayuda?
Una sola de las figuras, la del medio, fue la que habló:
—Somos muertos del Titanic. Queremos volver a la vida.
—Imposible –dijo Daniel, retrocediendo hasta toparse con las piletas.
—Es urgente. Mañana, cuando la cinta baje de cartel, terminaremos en un depósito. Y ahí nadie podrá rescatarnos.
—Pero… ¿qué tengo que hacer?
—Llevarte una parte de nosotros. ¿Tenés un recipiente? ¿Un vaso, una bolsa?
—No… ¡Sí!
Daniel recordó que en la mochila conservaba un vaso de gaseosa con los personajes de una película de acción que había visto días atrás.
—Acá lo tengo –dijo, y se lo mostró a los fantasmas.
Pero en ese mismo momento las figuras de agua se desvanecieron. Se fundieron con el líquido que inundaba las baldosas.
—¡Esperen! ¿Cómo hago? –preguntó Daniel.
No hubo respuesta. Se escuchó un ruido de temblor en las cañerías. Las paredes se sacudieron y dos azulejos cayeron, partiéndose contra el piso. De pronto tres canillas se abrieron con el aullido de miles de almas que venían de las profundidades.
Comprendió que debía juntar en el vaso el agua que escupían los tres grifos. Tomó un poco de cada uno y huyó.
Abandonó el centro comercial haciendo equilibrio para no derramar el líquido. El colectivo por suerte vino vacío y pudo sentarse. El chofer y los pocos pasajeros lo miraron raro. Los ignoró y bajó en la parada habitual.
Cuando llegó a su casa colocó el vaso sobre la mesa de la cocina y se puso los lentes 3D. Del envase plástico emergió la boca del espíritu que hablaba:
—Pronto. Llená la pileta más grande que tengas. Para volver a la vida, necesitamos mucha agua.
Daniel obedeció el pedido. Puso el tapón en la bañera y abrió el agua fría y caliente a la vez, para hacer más rápido.
La boca que salía del vaso entonces rogó:
—Pasanos a la bañera. No desperdicies ni una sola gota.
El cuarto se estaba llenando de vapor. Daniel cerró la canilla de agua caliente y dejó que la fría siguiera corriendo. Luego volcó el contenido del vaso en la tina y aguardó a ver qué sucedía.
Las tres figuras emergieron de la bañera y esta vez hablaron todas, una por vez.
—Somos 3D.
—Los tres demonios del Titanic.
—Bienvenido a bordo.
Daniel quedó paralizado, sin comprender nada.
—¿Cómo? –alcanzó a decir.
Los fantasmas no explicaron más. Saltaron sobre Daniel, lo agarraron y lo sumergieron en la bañera hasta ahogarlo.
La policía encontró el cadáver media hora después, ante la denuncia de una vecina que oyó gritos, golpes y otros signos de pelea. Luego de recoger evidencias, tomar fotos y retirar el cuerpo, los forenses vaciaron la tina. Y así los tres demonios del Titanic llegaron al río, y después al mar.
Volvieron a su forma de vida.

Oído espía
—Lo siento, caballero, pero no puedo venderle el producto.
—¿Por qué?
—La compra debe hacerla una persona mayor de edad.
—Si no estoy usando tarjeta. Le voy a pagar al cadete cuando entregue la mercadería en mi casa, en efectivo. ¿Cuál es el problema?
—Las compras telefónicas están reguladas.
—Pero si voy a un negocio me lo venden.
—Este producto no está disponible en tiendas.
—Y entonces, ¿qué solución me dan?
—Lamentablemente ninguna. Lo siento, caballero. Adiós y gracias por comprar.
Click. Tuuuu…
¡Me cortó! ¡Es para matarlo! No me vende porque soy menor, pero me dice caballero. Y encima me agradece por haber comprado. ¡Si no me dejó! Es un robot. Tiene el casete puesto y repite siempre lo mismo.
—¿Cuánto es?
—¿Cabina?
—Dos.
—Veinticinco centavos… Ay, gracias por el cambio. No hay monedas, es un desastre. Acá tenés el ticket, hasta luego.
—Chau.
Con lo que me costó ahorrar los 99 pesos para comprar el aparato, y los 20 para gastos de envío. Carísimo, ya sé. Pero es el único lugar donde lo venden. Lo necesito urgente. No sé cómo lo voy a conseguir. Ahí viene el 23, mejor lo corro. Si lo pierdo llego tarde y no quiero ver la película empezada.
—¡Momento! Gracias… Un peso.
¿Por qué no lo venden en negocios? Nunca entendí eso. Debe ser parte del curro, para subir el precio. Además, tienen que cubrir el gasto de la publicidad en televisión. Uh, este colectivo, siempre lo mismo. Cuando agarra Paraná el tránsito se pone imposible. Puede tardar diez minutos en hacer las cuatro cuadras hasta Corrientes. ¿Y eso? Nooo… No puede ser. ¿Y la película?… Ma'sí. Yo me bajo.
Riiiing.
—¡La puerta!
Riiiing.
—¿No podés esperar a la parada, nene?
—No, sí. Perdón. Es que…
—A ver si nos tranquilizamos, ¿no?
—Todo bien… Disculpá.
Era muy parecido. Pero no ando con la plata encima. ¿Qué hago? ¿Vuelvo otro día? El lugar ya lo identifiqué. ¿Sigo viaje? ¿Voy al cine como tenía previsto y vengo mañana con el dinero?
—¿Y, nene? ¿No estabas apurado?
—Ah, sí, perdón.
Que espere la película. En el colectivo no podía seguir, me miraban todos, me daba vergüenza. ¿Y si la sacan? Lleva varias semanas en cartel y la pasaron a una sala muy chica. Bueno, de última me queda el video. No es lo mejor, pero… ¡Sí, es idéntico! Un poco descolorido. Por el sol que pega en la vidriera, supongo. Pero es la misma marca, todo.
—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarlo?
—Estoy buscando un aparatito que tienen en exhibición… “Oído espía” se llama…
—Ah, sí. ¿Cuántos quiere?
—No, bueno. Sería uno, pero primero quería confirmar el precio.
—A ver la lista… Quince pesos.
—¿Quince pesos?
—¿Le parece caro?
—No, no, es que… Tenía pensado… No sé, otra cosa…
¿Quince pesos? Tan barato no puede ser. Los otros lo venden a 99. Tiene que haber un error, yo aprovecho… O capaz que este es trucho, no funciona, está roto…
—Viene con pilas incluidas, pero son muy malas. Se sulfatan y le arruinan el artefacto. Le recomiendo comprar otras, salen cinco pesos.
—¿Puedo probarlo?
—Por mí con todo gusto, pero el blister viene cerrado. Y una vez abierto, ¿a quién se lo vendo? Además hay una razón de higiene, por los auriculares…
Mmm… ¿Qué hago? ¿Lo llevo? Veinte pesos con pilas de buena calidad… Es baratísimo. Me ahorro cien pesos. Pero si no anda…
—Tiene garantía. Si no funciona, se lo cambio.
—Entonces lo llevo.
Tan malo no puede ser. Es el mismo que se ve por televisión. Menos mal que no me lo vendieron. Son unos delincuentes, cobran cualquier cosa. De última vengo y lo cambio. Salí con cuarenta pesos en el bolsillo, me quedan veinte. Puedo ir al cine igual. No es tan tarde. Todavía llego.
—Así está bien. No hace falta que lo envuelva.
—Bueno, pero al menos le doy una bolsita.
—Gracias.
—Hasta luego, que lo disfrute. Y ya sabe. Cualquier problemita...
—Sí, sí, chau…
Al cine no voy nada. Llegaría demasiado justo y prefiero ir con tiempo, ver las publicidades… Además, ¡por fin tengo el “Oído espía”! Quiero probarlo, ver cómo funciona. Pero no puedo sacarlo acá en el colectivo. Hay demasiada gente. El tamaño es discreto. Se parece a un reproductor de MP3. Pero el color naranja y las letras amarillas lo hacen demasiado vistoso. Dice claramente de qué se trata, y puede leerse de lejos.
Los auriculares son normales, de esos que se meten en la oreja. Me los pruebo... Yo hago el intento. Total, estoy sentado en el último asiento. Y si maniobro con mis manos adentro de la bolsa, no se ve nada. ¿Qué saben si estoy con mi aparato de escuchas clandestinas o si estoy eligiendo la factura que me voy a comer? Abro el blister, pongo las pilas buenas, prendo el aparato, subo el volumen y…
¡AAIOUUU!
¡Qué feo ese acople! Es una porquería. Ah, no. Eso fue porque el micrófono apuntaba al walkman del tipo que está parado adelante. Pero si ahora lo dirijo hacia los distintos pasajeros que están hablando más lejos…
—Mamá...
—Basta, Catalina. ¿Cómo te voy a comprar un celular? Todavía no cumpliste siete años.
—Me fue pésimo.
—Vos siempre decís así y después aprobás con nueve, diez. Sos un traga.
—¿La próxima es Boedo, joven?
—Sí. Apenas dobla, ahí tiene la parada.
Me río solo. Me da la sensación de que me están mirando. Pero no. Nadie me observa. Si alguien lo hace es de manera accidental, como se cruzan los ojos en el colectivo. Nada más. Las voces llegan amplificadas a mis oídos. Hay ruido en el medio, porque el aparato también incrementa los sonidos del ambiente. Un bocinazo puede romperte los tímpanos. Pero rápidamente aprendo a dirigir el micrófono con precisión, y a hacer las mediciones correctas en la escala de metros, para que el equipo capte las conversaciones de las personas que elijo. Ni más adelante, ni más atrás. ¡Uy, no, me pasé!
Riiiing.
Venía tan entretenido. Mirá hasta dónde me lleva, hasta avenida Caseros. No importa. Camino. Son como diez cuadras, pero estoy contento. Además aprovecho y sigo probando en la calle. Ah, pero acá también hay un negocio de electrónica. Iba a ir al de la avenida San Juan. Pero ya que estoy…
—Andaba buscando un cable de auriculares de veinte metros de largo.
—¿Eh?
—Sí, un cable común, de reproductor de audio, pero que mida veinte metros.
—No vienen en esa medida. ¿Para qué lo querés?
—Eeeeh…
—Una vez a un cliente le armé algo así. Porque al tipo le encantaba escuchar música a todo volumen, de noche. Vivía al revés. Dormía de día. Y en la casa, imaginate, lo querían matar. Entonces probó con esos auriculares inalámbricos.
—Sí, no, pero yo…
—No hubo caso. Tenía interferencias. Arrancaba la heladera, una heladera de esas viejas, grandotas, una Siam, y perdía la señal por dos segundos. Y perder dos segundos de un tema de Iron Maiden lo ponía loco. Heavy metal encima escuchaba. Entonces yo le armé unos auriculares con… No te digo con veinte, pero quince, dieciocho metros le puse.
—O sea que se puede.
—Más vale. Te vendo unos auriculares, los metros de cable que precises y la soldadura te la hago gratis.
—Pero yo ya tengo auriculares.
—Entonces te cobro el cable y la soldadura.
—¿Y cuánto sería?
—¿Para veinte metros?
—Veintidós, por las dudas.
—Y… serían… Seis por cuatro… Me llevo dos… Dividido… Raíz cuadrada… Veinte pesos.
—¿Veinte pesos? ¿Y para cuándo podría estar?
—Te lo armo en el momento.
Ya lo tengo. Está todo. El “Oído espía”, los metros de cable necesarios… ¿Y si me quedé corto? Pedí dos metros adicionales, tiene que alcanzar. Son seis pisos. A tres metros, tres metros treinta por piso… Sí, llega. Sobra. Con esto seguro queeeeeeee…
—Gastón… ¿Cómo andás?
—Hola, Natalia.
Chuic, chuic.
—Qué rápido… ¿No habías ido al cine vos?
—Sí, pero me acordé de algo que tenía que hacer.
—¿Del colegio?
—Sí, no. Más o menos… Chau, después te veo…
¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué no puedo hablarle como una persona normal? Las palabras no me salen. Quedo siempre como un estúpido. ¿Por qué no puedo hacer como mis amigos que salen con chicas? Invitarla a tomar algo y ver qué responde. Si dice que no, bueno, no es la muerte de nadie. Tenés que encararla, Gastón, ¿qué esperás? Hace un año que estás enganchado con ella y no hacés nada…
—Hola, hijo.
—Hola, ma…
—Estaba saliendo para el trabajo. ¿Qué pasó? ¿No había función?
—Sí, pero… No me sentía bien y volví.
—¿Te pasa algo? ¿Estás enfermo?
—Un poco de dolor de cabeza.
—¿Querés que me quede? Sabés que me cuesta cubrir estas guardias, dejarte solo en casa…
—No, mami. No es para tanto.
—Me quedo. Llamo y aviso.
—¡No estoy tan enfermo!
—Es que si te sentís debilucho…
—Mami, soltá, ya soy grande… Además no podés faltar al trabajo así nomás.
—¿Por qué no?
—Mirá el ejemplo que me estás dando.
—Tenés razón.
—Chau, mamá. No te preocupes.
—Te dejé comidita en el horno, hijo.
—Bueno, gracias, chau.
—Mañana te despierto con el desayuno…
—Sí, okey, dale, se te hace tarde.
—Beso de esquimal…
—¡Mamá!
—Beso de esquimal y me voy…
—Aaaah…
—Chau, hijito, te quiero, cuidate mucho…
—Chau, chau, chau…
Menos mal que se fue. Si se queda me arruina los planes. Tendría que esperar al miércoles que viene y ya no aguanto más. Quiero saber. Necesito enterarme. En un rato se hace de noche. Aprovecho, ceno temprano, junto las cosas y me voy para arriba.
Estaba bueno el pollo con papas… Las llaves mías y las de la cocina, el “Oído espía”, los auriculares con los 22 metros de cable, un buzo por si refresca (no creo, pero por las dudas)… ¿Qué más? ¿Me olvido de algo? De última vuelvo. Pero no quiero andar yendo y viniendo. No quiero que me vean… Mejor voy por la escalera. Son dos pisos. Así nadie se asombra de que el ascensor esté en la terraza a esta hora. Hum… Esta cerradura. ¿Nunca la van a arreglar? Empujo para afuera, giro la llave y ahí sí, abre, pero cuesta. Uh, no, el cartel de neón. Se me había pasado. Con todo lo que alumbra. Alguien me puede ver desde otro edificio y llamar a la policía. Rápido. Me acerco al segundo hueco. Al espacio aire y luz al que dan los departamentos C y D.
Darmowy fragment się skończył.