Czytaj książkę: «Terapia de la posesión espiritual»

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¿Alguna vez su pareja le dijo que hay momentos en los que usted parece otra persona? ¿O sintió que hay momentos en los que no es usted? ¿Alguna vez experimentó como si hubiese otra voluntad en su interior que lo impulsara a hacer cosas que no quería hacer? O, por el contrario, ¿sintió que algo inexplicable lo frena o lo obstaculiza cada vez que quiere emprender una tarea importante? ¿Ha tenido pensamientos extraños u obsesivos como si estos no le pertenecieran? ¿Es posible que en nuestro comportamiento y decisiones vitales seamos influenciados mental y emocionalmente por la acción de una energía pensante extraña? En el transcurso del trabajo terapéutico con la regresión es frecuente que el terapeuta descubra que los síntomas que presenta el paciente no se deben a un trauma padecido por este sino al accionar de una energía extraña que ha invadido el subconsciente de la persona. Esta invasión del subconsciente es lo que clásicamente se ha conocido como la posesión espiritual. Con valentía, claridad y con la sencillez que lo caracteriza, el Dr. José Luis Cabouli, maestro reconocido en Terapia de Vidas Pasadas, revela aquí mediante historias reales su experiencia clínica de dieciocho años en el trabajo terapéutico con el fenómeno de la posesión espiritual. Un libro apasionante, emotivo y revelador, que responde a estos interrogantes y abre un camino real para la resolución de muchos conflictos mentales y emocionales.

Graduado en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1974 el Dr. José Luis Cabouli se formó como cirujano en la Escuela Quirúrgica "Enrique y Ricardo Finochietto" del Hospital Rawson especializándose más tarde en cirugía plástica en el Hospital Ramos Mejía. En 1988 abandona el ejercicio de la cirugía para dedicarse exclusivamente al desarrollo de la Terapia de Vidas Pasadas. Desde 1992 dirige el Curso de Formación en esta técnica y ha entrenado profesionales en Argentina, España, México y Venezuela. Entre 2012 y 2016 realiza el dictado del Curso Básico de Terapia de Vidas Pasadas en la Escuela de Graduados de la Asociación Médica Argentina. En la actualidad imparte talleres y cursos de formación en Argentina y España

Dr. José Luis Cabouli

Terapia de la posesión espiritual Técnica y práctica clínica


Índice

  Cubierta

  Contratapa

  Biografía del autor

  Portada

  Dedicatoria

  Introducción

  Capítulo I. Un bisabuelo vengativo

  Capítulo II. De almas perdidas, fragmentos y campos de energía ¿Qué es un alma perdida? Definición de conceptos El alma: un campo de energía consciente La muerte: el desacoplamiento del alma del cuerpo físico ¿Por qué un alma que ha desencarnado se convierte en un alma perdida? ¿De qué manera podemos ser vulnerables a la acción de un alma perdida? ¿Cómo ejercen su influencia las almas perdidas? Efectos y síntomas de la influencia de las almas perdidas sobre las personas vivas Tipos de almas perdidas

  Capítulo III. Almas perdidas familiares Un abuelo ucraniano Un abuelo machista Despedida de un marido y una ancianita pícara Una bisabuela y un amante del pasado Un bebé enojado Un padre arrepentido

  Capítulo IV. Almas perdidas oportunistas Alberto Pablo Un recolector de residuos Un boxeador y una víctima del 11-S Los miedos de un niño

  Capítulo V. Obsesores Luz Un padre olvidado y un desconocido abandonado Ajuste de cuentas Anorexia nerviosa El hermano que no fue

  Capítulo VI. Mistificadores Un científico luchador Ejecutores del sufrimiento

  Capítulo VII. Fuerzas adversas Azrael El ángel de la oscuridad

  Capítulo VIII. Ángeles perdidos Un ángel enamorado Un ángel esclavizado Un ángel travieso

  Capítulo IX. Dos compañeros de curso Loli Orfeo

  Capítulo X. Silvia

  Capítulo XI. Reflexiones finales

  Apéndice I. Recomendaciones para terapeutas Las plegarias Protecciones El trabajo con seres oscuros esclavizados Recapitulación de los pasos a seguir en el trabajo con almas perdidas

  Apéndice II. Hallazgos mediante la bioelectrografía

  Bibliografía

  Créditos

  Otros títulos de esta editorial

A la memoria de mi maestra espiritual, Isabel Deibe, a todas las almas que me enseñaron a desarrollar el amor y la compasión, y a esa fuerza luminosa que conocemos como el Arcángel Miguel.

Introducción

Este libro trata sobre lo que histórica y culturalmente se ha conocido como la posesión del cuerpo de una persona viva por un espíritu desencarnado. Sin embargo, desde esta misma introducción quiero dejar en claro que, aunque en apariencia una persona pueda parecer poseída, no existe una verdadera posesión del cuerpo. Lo que ocurre en realidad es que el psiquismo de una persona difunta o de una entidad espiritual no encarnada se mezcla parcial o totalmente con la mente subconsciente de una persona viva, ejerciendo un grado variable de influencia sobre ésta.

Un alma o espíritu desencarnado es una forma de energía que, bajo determinadas condiciones, puede adherirse y quedar atrapada en el campo vibratorio de una persona viva. Cuando esto sucede, el alma desencarnada actúa como un campo de energía interferente, provocando en la persona afectada una serie de efectos que clínicamente se manifiestan como alteraciones en los procesos mentales, las emociones, el comportamiento e incluso en el cuerpo físico. En particular, la voluntad y la energía vital de la persona pueden hallarse seriamente comprometidas ya que la entidad se convierte en un verdadero parásito en el campo energético de la persona. Lo que llamamos posesión, entonces, es el resultado de la acción de una energía intrusa sobre el campo de energía de una persona viva, hecho que puede objetivarse mediante una bioelectrografía de imágenes kirlian. De modo que, aunque todavía sigamos utilizando el término posesión porque el uso y la costumbre así lo han acuñado, es más propio hablar de influencia o interferencia espiritual. Algunos terapeutas de habla inglesa denominan a este fenómeno spirit attachment, adherencia de espíritus.

El segundo punto que quiero dejar en claro aquí es que tampoco existen los demonios tal como hemos creído que existían, aunque a veces algunas entidades se comporten como si lo fueran. El término demonio viene del griego daimon y significa genio o espíritu. Entre los antiguos griegos un daimon era una entidad espiritual que tanto podía ser buena o mala, según su accionar. El mismo Sócrates atribuía su inspiración a un daimon. La interpretación y redacción posterior del Nuevo Testamento circunscribió el uso del término daimon para designar sólo a los espíritus malignos. Desde entonces todos los daimons son malignos sin discriminación y la acción que ejercen sobre una persona determinada se conoce como posesión demoníaca. En la práctica clínica, los demonios no son otra cosa que almas desencarnadas —la mayoría familiares— que han extraviado su camino hacia la Luz y por eso las denominamos almas perdidas. Aunque casi siempre el accionar de estas entidades resulta perjudicial para la persona afectada, no dejan de ser almas sufrientes que necesitan de nuestra ayuda y comprensión y, sobre todo, de nuestra compasión.

Por mi parte, yo soy terapeuta; no soy un exorcista. Como médico y como terapeuta mi objetivo ha sido y es siempre el mismo: aliviar el dolor y asistir a la sanación del alma, sólo que en este caso la acción terapéutica se ejerce más allá de la persona que consulta. Para mí, el acompañante invisible de la persona, sea un familiar fallecido o una entidad oscura, es un paciente más que requiere de mi asistencia y como tal lo voy a tratar. Como todo paciente que se precie, algunas de estas entidades perdidas aceptarán mi ayuda de buen grado, otras se resistirán un poco y habrá aquellas que no querrán saber nada.

Me imagino que para algunas personas y, sobre todo, para muchos terapeutas, la sola lectura de esta introducción puede parecer insólita o impropia de un profesional que ha pasado por los claustros académicos. Sin embargo, en el transcurso del trabajo terapéutico con la regresión, es inevitable que en algún momento el terapeuta se encuentre con este fenómeno como el origen de algunos de los síntomas que presenta el paciente. Más aún, si yo, terapeuta, tan sólo admito este fenómeno como una posibilidad, tarde o temprano me voy a encontrar con esta experiencia, sin importar la técnica terapéutica que emplee. Si trabajo a conciencia, si estoy atento, si busco el origen del problema que presenta el paciente y si permito que el alma perdida se manifieste libremente, me voy a encontrar con esta realidad. El trabajo de muchos años con la Terapia de Vidas Pasadas (TVP) me ha enseñado a mantener mi mente abierta y permitir que suceda lo que tenga que suceder. Así aprendí que, sin importar cuán extraña o descabellada parezca una experiencia, si se permite que esa experiencia se produzca y se desarrolle completamente, el paciente estará haciendo su trabajo interior, el trabajo de su alma. Como consecuencia de este trabajo interior algo habrá cambiado en el subconsciente del paciente. Si como terapeuta trato la experiencia de posesión o influencia espiritual como si fuera exactamente lo que parece ser, invasión y alteración de la personalidad de una persona por el accionar de una entidad pensante extraña, la condición de esa persona puede resolverse casi siempre.

Las historias presentadas aquí provienen de las sesiones de trabajo de los pacientes y de los cursos de formación en TVP. Por esta razón la mayoría de los nombres y circunstancias han sido modificados a fin de proteger la identidad de las personas involucradas. No obstante, algunas personas figuran con su verdadero nombre por pedido expreso de ellas mismas. Un porcentaje significativo de las experiencias clínicas que aquí se exponen se llevaron a cabo dentro de los cursos de formación. Esto se debe a que la toma de consciencia que tiene lugar durante las clases y la confianza reinante en el grupo favorecen que se desarrollen este tipo de experiencias. A su vez, el seguimiento posterior se ve facilitado, cosa que no siempre he podido hacer con todas las personas que me consultaron. Por otro lado, consideré importante presentar las experiencias de los propios terapeutas en formación, ya que inicialmente muchos de ellos no creían que esto pudiera sucederles a ellos mismos. Como profesionales que son, no puede dudarse de su veracidad y autenticidad.

Otro detalle interesante es que los trabajos con los pacientes y los terapeutas se llevaron a cabo en Argentina, Chile, México y España. Esto constituye un valor agregado que le confiere a las experiencias un carácter universal. Asimismo, he conservado en los diálogos el lenguaje y el argot propio de cada persona de acuerdo a su lugar de origen, respetando también, por supuesto, el de las almas perdidas.

No me considero ningún pionero. La influencia de las entidades espirituales sobre los seres vivos es conocida desde la antigüedad y, en la literatura sajona, hay trabajos y observaciones clínicas que datan del siglo XIX. Pero sí estoy seguro de contribuir con este libro al esclarecimiento de esta realidad en el mundo de habla hispana. En este sentido, siento que he cumplido con el trabajo que mi alma esperaba que yo completara. Me siento en paz conmigo mismo y agradezco aquí a todas las personas que confiaron en mi propuesta terapéutica y me ayudaron así a culminar este trabajo.

José Luis Cabouli

Buenos Aires, 23 de Abril de 2006

Día de San Jorge

Capítulo I
Un bisabuelo vengativo

Ramiro tenía veintiocho años cuando me consultó por su obsesión por la seguridad. Esta obsesión lo había impelido a realizar todo tipo de cursos para resolver situaciones de emergencia: cursos de primeros auxilios, de guardavidas y de mecánica de emergencia, entre otras cosas. Confesaba una marcada agresividad; de niño, Ramiro se entretenía matando gatos y le fascinaban las catástrofes y las tormentas eléctricas. Tenía además adicción al cigarrillo, a los sedantes y a las bebidas cola. Pero el punto sobresaliente en su historia era el odio por su abuela materna. Entabló una guerra espiritual con su abuela que duró por espacio de tres años, hasta que finalmente logró internarla en un geriátrico. “Se la gané —me decía Ramiro en su primera entrevista—. La saqué del medio. Está pagando lo que hizo; que se pudra ahí”.

En su primera regresión Ramiro trabajó su obsesión por la seguridad. Esta obsesión se había originado en una vida anterior, al morir como piloto norteamericano en la guerra de Corea. Su avión se precipitó a tierra debido a una falla provocada por negligencia de sus mecánicos. Eso explicaba su desconfianza hacia los mecánicos y que se ocupara él mismo de las reparaciones de su automóvil. Allí se originó también su adicción a los sedantes. En esa regresión, Ramiro relató que antes de cada misión los pilotos eran inyectados con una sustancia para darles valor. Esa inyección les borraba la conciencia a los pilotos y éstos se sentían bien, tal como Ramiro lo experimentaba cuando tomaba sedantes.

Ramiro faltó a la siguiente sesión y, cuando volvió, dijo que estaba más agresivo. Se me ocurrió entonces preguntarle si tenía obstáculos para concurrir a la consulta y me contestó que, efectivamente, tenía miles de obstáculos. Me animé un poco más y directamente le pregunté:

¿Creés que puede haber alguna fuerza extraña influyendo en tu vida?

—Estoy seguro que sí —contestó sin dudar.

—Si así fuera, voy a pedirte que permitas que esta fuerza pueda manifestarse a través de vos.

Procedí entonces a guiarlo en una relajación física progresiva y, al término de ésta, le pregunté si sentía la presencia de algo o alguien. Contestó que sí y con los dedos señaló que había tres entidades. Le pedí entonces que permitiera manifestarse a una de ellas.

Viernes 24 de noviembre de 1989

Terapeuta: Ramiro, voy a pedirte que permanezcas con tu mente en forma pasiva y que permitas que este ser hable por medio de tus cuerdas vocales, a través de tus labios, utilizando tu voz. Quienquiera que sea, quiero decirle que es bienvenido. Adelante, ¿qué estás haciendo aquí?

Ramiro: Este tipo es fuerte —hablando sin dilación y con un timbre de voz diferente al de Ramiro—. Tiene tendencia a destruir. Eso es lo que disfruto. Me encanta destruir.

T: ¿Cómo te llamás?

R: Lucifer —con tono intimidatorio—, ¿le gusta?

T: Muy bien, Lucifer —sin inmutarme—. Yo no estoy aquí ni para censurarte ni para juzgarte. Estoy aquí para ayudarte en lo que pueda. Podés contarme lo que vos desees.

Lucifer: Este tipo me da mucho trabajo —con fastidio—, porque tiene una propensión a hacer el daño, pero también tiene una conciencia que no le deja confundirse. Sabe lo que está bien y sabe lo que le conviene. Algunas veces lo logré, pero... ¡me cuesta! Es un tipo listo este Ramiro; él sabe que las cosas vuelven, por eso no hace daño. Y estoy acá con él porque le gusta vengarse, le gusta la venganza.

T: ¿Cuándo te uniste a él?

L: Me incorporé a él cuando estaba en el vientre de su madre, a los tres meses y medio.

T: ¿Te disgusta que Ramiro venga aquí?

L: ¡Sííí! Me va a desalojar y no quiero. (Observen que la entidad sabe lo que se viene.)

T: ¿Le ponés obstáculos para que no venga?

L: ¡Sííí! Hago que choque con el auto para que no se ocupe de mí. Hago que su madre tenga problemas para que él se ocupe de ella y no de mí. Hago que tenga problemas con su novia para que se ocupe de los problemas de su pareja y no de mí. Le provoco problemas en su trabajo para que no se ocupe de mí.

T: Muy bien, ahora yo te voy a proponer algo. Podés venir aquí, con Ramiro, cada vez que él venga y podrás hablar y decir todo lo que sientas.

L: ¿ Y por qué?

T: Bueno, porque yo deseo ayudarte.

L: ¿A mí? —con desconfianza—. Vos querés ayudar a Ramiro.

T: Y a vos también. ¿No te gustaría tener un amigo con quien hablar? Si permitís que Ramiro venga aquí, podrás hablar conmigo y decir todo lo que vos quieras decir.

L: Yo no tengo amigos. Ramiro me quiere expulsar de su cuerpo y usted lo está ayudando a él —enfatizando las últimas palabras.

T: Yo estoy ayudando a Ramiro a que pueda ver las cosas más claras y a que vos también puedas ver más claro.

L: El ver más claro me va a dar más problemas. Conozco a Ramiro mejor que vos.

T: ¿No te gustaría ver la Luz?

L: ¿Qué luz?

T: ¿Dónde vivís ahora?

L: Vivo en él. Disfruto cuando fuma, disfruto cuando toma coca-cola, disfruto cuando eyacula, disfruto cuando toma baños de agua caliente, disfruto cuando toma grandes cantidades de sedantes, disfruto cuando se venga. (¿Qué les parece?)

T: ¿Y dónde está tu cuerpo?

L: ¡Ja! Los espíritus no tenemos cuerpo y vos lo sabés.

T: Pero alguna vez tuviste un cuerpo. ¿No te gustaría volver a tener tu propio cuerpo en lugar de un cuerpo que no es tuyo?

L: No recuerdo haber tenido otro cuerpo, pero sería mejor tener el cuerpo de un tipo malo y que lo pudiera manejar con más facilidad que a Ramiro.

T: Bien; entonces te propongo hacer un ejercicio de memoria. Yo te voy a ayudar a que recuerdes el momento en que tenías tu propio cuerpo y a ver qué pasó con tu cuerpo.

L: ¿Y para qué?

T: Para que veas por vos mismo que alguna vez tuviste tu propio cuerpo y que podés volver a tenerlo.

L: ¿Cuándo?

T: Eso depende de vos. ¿Te parece que comencemos por el principio? ¿Cuál era el cuerpo que tenías antes de utilizar el de Ramiro?

L: Era Federico, el abuelo de la madre de Ramiro. (Ya no es Lucifer. Eso era para intimidarme. Ahora se manifiesta la verdadera personalidad de la entidad.)

T: Muy bien, Federico. Ahora andá a un momento importante de tu vida como Federico.

Federico: ¡Esa cualquiera que se casó con mi hijo! —visiblemente enojado—. Mujer mala, ¡la odio! ¡La detesto! Es una maldita. Veo cómo manipula a mi hijo, cómo lo explota, cómo trata de separarnos. Le pide alhajas y él trabaja y trabaja para comprarle todo eso.

T: ¿Cuándo ocurre todo eso?

F: En agosto de mil novecientos veintiuno murió mi esposa. En mil novecientos dieciocho lo había hecho yo. Cuando murió mi esposa aulló el perro de la casa. Mi hijo quiso levantarse para ver a su madre, pero esa maldita no lo dejó y mi esposa murió sola.

T: ¿Y qué sentiste en ese momento?

F: ¡Juré hacerla bosta!, a Teresa, que era la esposa de mi hijo y que después mató a mi hijo.

T: Teresa, ¿es la abuela de Ramiro?

F: ¡Sí! Por eso estoy en Ramiro, para seguir mi tarea y, finalmente, lo logré. (Recuerden que Ramiro internó a la abuela en un geriátrico.)

T: Ahora, Federico, avanzá al instante previo a tu muerte.

F: ¡Aaah! Fue una agonía, una hemiplejía. Me orinaba encima, estaba escarado, sufría mucho y, lo que más me fastidiaba, era que esa hija de perra deseaba mi muerte y lo estaba logrando.

T: ¿Cómo morís?

F: Creo que me rendí. Ya no soportaba más estar así.

T: ¿Qué decisión tomaste en el momento de morir?

F: Me quedé en la casa. Me prendí con cuatro garras sobre la espalda de Teresa y, desde entonces, me quedé allí.

T: Ahora, decíme una cosa. ¿No sabías que existe la Luz para los espíritus?

F: Muchas veces Teresa trató de hacerme ver la Luz en sesiones espiritistas, pero no pudo. Yo siempre me resistí.

T: ¿Creés en Dios?

F: No sé. Nunca me interesó el tema.

T: Dejame que te cuente algo. Dios es luz y emana esa luz para todos sus hijos, aun para los equivocados, para los que tienen sed de venganza. Dios tiene un lugar para todos, inclusive para vos y, lo que quiero explicarte, es que ese odio que le tenías a esa mujer, no te permitió ascender a la Luz. ¿No te gustaría ver la Luz?

F: Podría ser interesante.

T: Entonces, te propongo hacer una prueba. Le pediremos a Dios que te dé una muestra de su luz.

F: ¿Y qué me va a pasar?

T: Podrías ver que existe un mundo mejor que aquel en el que estás acostumbrado a vivir. Es necesario que veas la Luz para comprender y tener acceso a un cuerpo nuevo con el cual podrás hacer lo que vos quieras hacer sin necesidad de recurrir a un cuerpo intermediario. Si te desprendés del rencor podrás ver la Luz...

F: La verdad, no me interesa ver la luz porque ya no tengo rencor. Destruí a Teresa, se está pudriendo como yo me pudrí, pero en un lugar peor, en eso que ahora llaman geriátrico. Por lo menos yo tuve el honor de pudrirme en mi casa.

T: Pero, ¿no sabés que el mal que estás causando, tarde o temprano lo sufrirás vos mismo?

F: ¿Y qué sufrimiento estoy causando ahora?

T: Fijate en Ramiro, no puede realizar su vida en paz. ¿No sería mejor que en lugar de hacerle la vida difícil lo ayudaras? ¿No sería mejor que lo guiaras en lugar de inclinarlo hacia el mal? Podrías reparar el sufrimiento que le has causado y Dios te daría la luz y la oportunidad de tener un cuerpo nuevo.

F: ¿Cuándo?

T: Cuando vos lo decidas. Dios te dará entonces un cuerpo nuevo. Serás un bebé, en el vientre de una mamá que te querrá mucho y te cuidará y podrás desarrollarte con todo tu potencial positivo. ¿Te gustaría llegar a eso?

F: Mejor que esto sería. ¿Decís que Dios me va a mostrar la Luz ahora?

T: Si vos querés…

F: Sí, pero quiero ver la Luz, quiero ver a Dios, no me engañes.

T: No te voy a engañar, pero es necesario humildad ante el Padre.

F: De acuerdo.

T: Muy bien; vamos a rezar juntos y vamos a pedirle a Dios que te muestre la Luz. Recemos: “Padre Nuestro que estás en los cielos…”.

F: Padre Nuestro que estás en los cielos… (reza todo el Padre Nuestro)

T: “Humildemente, Señor, te pedimos que llegue tu luz a tu hijo Federico. Él se arrepiente de corazón, quiere apartarse del mal y quiere entrar en la senda del bien. Señor, te pedimos que llegue la luz a este espíritu que hoy vuelve a ti. Que se haga la luz y que pueda ver el mundo maravilloso al que puede acceder.” ¿Cómo te sientes ahora?

F: No alcanzo a estar empapado en esa Luz. Está ahí, siento el calor, pero es como si Dios no me quisiera.

T: No es así; nunca viste la Luz y, si la vieras de golpe, te cegaría.

F: ¡Aaah! Una luz muy blanca está sobre mi frente y creo que si me diera en los ojos me dejaría ciego. ¿Y esto es Dios?

T: No, ese es el camino que Dios te está mostrando para llegar a él. Dios te está abriendo la puerta, pero ese camino debés recorrerlo vos mismo con tu voluntad.

F: Hay una luz muy linda. Es como un tubo cuadrado y me siento bien, como si estuviera flotando en el aire. Es una luz muy blanca que tiene destellos azulados a los costados. Tengo miedo. (Observen ustedes el cambio de actitud.)

T: No tengas temor. Seres de buena voluntad te están esperando con su amor para acompañarte en tus primeros pasos en la Luz.

F: Hay gente a los costados de esa luz. Pero no sigo.

T: ¿Qué está sucediendo que no seguís?

F: Es como la salida de un túnel o algo así y yo sé que cuando salga de ese túnel no voy a poder volver nunca más. (Es exactamente así. Cuando llegan a este punto todas las almas lo saben.)

T: Bueno, esta es tu decisión. ¿Querés volver a las tinieblas, a la oscuridad? Ánimo, seguí adelante, yo te acompaño para que puedas atravesar ese túnel y llegar a la Luz.

F: Tengo ganas de llorar… —de pronto, irrumpe en un llanto incontenible—. ¡Está mi hijo allá!

T: Muy bien, corré hacia él.

F: ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Está mi hijo ahí! ¡Es increíble! ¡Y está joven, está bien! —llorando.

T: Viste que valía la pena hacer esto.

F: ¡Sí! Yo quiero estar con mi hijo. Tengo a mi hijo, además, acá es más lindo. ¡Tanto tiempo! ¡Hijito querido! Pero no me habla.

T: Porque no necesita hablar. Conectate con el pensamiento.

F: Dice que me quiere mucho. ¿Por qué no vine antes?

T: Porque estabas confundido. Ahora sabés que estando en la Luz podés estar con tu hijo y con tus seres queridos. Ahora podrás pedirle a Dios que ayude a Ramiro, ¿sí?

F: Pobre muchacho. Ahora me doy cuenta de lo egoísta que fui —llorando—. Si hubiera sabido que esto era tan bueno, que me iba a encontrar con mi hijo, no hubiera hecho lo que hice.

T: Bueno, todo eso ya pertenece al pasado. Ahora disfrutá este momento hermoso que estás viviendo. ¿Ayudarás a Ramiro?

F: Sí, pobre pibe, ¡cómo sufrió! Tengo una deuda con él. Si hubiera alguna forma de ayudarlo...

T: Ya lo estás ayudando. Ahora, yo voy a hacer una armonización positiva para Ramiro. Voy a pedirte, entonces, que permitas que Ramiro retorne a su conciencia física y, si querés, podés escuchar esta armonización junto con tu hijo. ¿De acuerdo?

F: Sí.

T: Muy bien. Entonces, yo te saludo y me despido de vos. Que Dios te bendiga.

Al abrir los ojos Ramiro me miró sonriente y me dijo: “Me siento más yo”. Inmediatamente recordó que su mamá le contó que cuando ella era chica Federico le envió un frasco de cianuro a Teresa, la abuela materna de Ramiro. Ya en la puerta del consultorio, Ramiro agregó: “Siento que mi abuela me quiso matar antes de nacer”.

Sinceramente, me sorprendió la facilidad con la que se manifestó Federico. Era como si hubiese estado todo el tiempo allí esperando que Ramiro le permitiese hablar. A mí no me quedaron dudas de que allí había otra persona. Lo que intento explicar aquí, aunque parezca inverosímil, es que mi sensación era la de estar hablando con otra persona completamente diferente a Ramiro. Si bien es cierto que Federico hablaba a través de Ramiro, para mí era evidente que no era Ramiro. Yo no tenía dudas de que estaba hablando con otra persona. El timbre, la entonación de la voz, y hasta la forma de expresarse eran diferentes. Incluso fue notable ver el cambio en las facciones de Ramiro y cómo, al terminar el trabajo, desapareció Federico y volvió a ser Ramiro. Otro hecho notable fue el cambio progresivo en la actitud del bisabuelo de Ramiro. En el inicio fue agresivo y trató de intimidarme diciendo que era Lucifer. Con el tiempo pude comprobar que este es un recurso que utilizan muchas entidades; intimidar al terapeuta o a quien sea para que las dejen tranquilas y puedan quedarse donde están. A medida que fue progresando el diálogo con Federico, éste fue pasando de la intimidación a la desconfianza, luego se mostró interesado cuando le hablé de la posibilidad de ir a la Luz y finalmente no pudo contener la emoción y estalló en llanto cuando se encontró con su hijo. Este fue un hecho totalmente espontáneo e inesperado. A mí ni siquiera se me había ocurrido la posibilidad de ese encuentro que fue totalmente definitorio para que Federico se fuese a la Luz. Toda la secuencia del trabajo con Federico es muy interesante porque, siendo una de mis primeras experiencias con almas perdidas, ya mostraba un patrón de desarrollo que más tarde se repetiría en los sucesivos trabajos terapéuticos de esta naturaleza.

¿Recuerdan que Ramiro indicó que había tres entidades? En la sesión siguiente se manifestó la segunda de ellas. Esa tarde Ramiro llegó con ganas de morirse. Apenas entró me dijo:

—Hay una fuerza espiritual que está dentro de mí y que se está oponiendo a todo lo que hago. Siento que hay algo que no es mío y que yo no quiero.

Muy bien —le respondí—, entonces vamos a trabajar directamente con esta sensación.

Viernes 1° de diciembre de 1989

Terapeuta: Muy bien, Ramiro. Contaré hasta tres y dejarás que esta fuerza espiritual se manifieste libremente. Uno... dos... tres. Adelante. ¿Quién eres?

Ramiro: Soy el doctor Ramiro T. Soy el hijo de Federico y padre de Norma, la mamá de Ramiro —con voz firme y segura.

T: De modo que tú eres el abuelo de Ramiro.

Ramiro T.: Así es.

T: Muy bien. Ahora puedes decir todo lo que necesites decir. Quiero que sepas que yo también soy doctor, soy médico y sinceramente quiero ayudarte. ¿Cuáles son tus sufrimientos, tus dolores? ¿Qué es lo que te lleva a estar junto con Ramiro?

R: Son las doce y cinco de la noche del 9 de febrero de 1958. Me siento mal y agarro una botella de cognac que tomo cuando me siento mal. Tengo una afección avanzada en las coronarias. En noviembre del año pasado tuve un edema agudo de pulmón. Me levanto. Estamos en la casita de Mar del Plata que amo profundamente. Me siento muy bien allí. Teresa está dormida y no quiero despertarla. Me duele el pecho y veo luz en la pieza de Norma. Me asomo y veo que ella está leyendo. Me senté a los pies de la cama y me siento peor y me tomo el pulso. Perdí la consciencia absoluta. Caí muerto. (Me sorprendió que fuera directamente al momento de su muerte, como si supiera lo que tenía que hacer.)

T: ¿Qué ocurre cuando caes muerto?

R: Mi hija me dice: “¡Papá, papá! ¿Qué te pasa papá?”. Y enseguida se da cuenta de que estoy muerto.

T: ¿Qué sientes en ese momento, qué piensas?

R: No lo sé, yo sabía que podía pasar. El médico me había dicho que no fuera a Mar del Plata por causa del clima, pero mi esposa insistió tanto de ir que finalmente mi hija fue al consultorio del cardiólogo para que él le diera las instrucciones de las cosas que tenía que hacer y las que no podía hacer en Mar del Plata. Nada de salir afuera, mucho menos al viento, nada de tomar agua de allá. Así que llevó las damajuanas de agua de acá, de Buenos Aires. Esa noche no había cenado más que una pera.

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483 str. 6 ilustracji
ISBN:
9789507546808
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