Czytaj książkę: «Solsticio»
© José Carlos Llop, 2013.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
CÓDIGO SAP: OEBO630
ISBN: 978-84-9056-185-0
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
1. Et in Arcadia ego
2. El viaje
3. La llegada a Arcadia
4. Passiflora caerulea
5. El mar
6. El reloj de mi padre
7. Ella
8. Entre Betania y el monte Athos
9. Un fragmento de vida
10. Flora y fauna
11. Microcosmos
12. La necrópolis junto al mar
13. Embajada de la ciudad
14. «Este coche galopa»
15. Ser y tiempo
16. La partida
17. Coda
18. Y epílogo
PARA HELENA Y LOS CHICOS,
DESDE NUESTRO VARIKINO PARTICULAR
La mediterraneidad no se hereda,
sino que se consigue.
PEDRAG MATVEJEVIC
¿Para qué son los días?
Los días son el lugar donde vivimos. Se acercan, nos despiertan
una y otra vez.
Son para ser felices.
PHILIP LARKIN
Me preguntas qué utilidad tiene leer los Evangelios en griego.
Te respondo que es bueno guiar nuestro dedo
por letras más perdurables que las grabadas en piedra,
y que al pronunciar lentamente sus sonidos,
conozcamos la verdadera dignidad del lenguaje.
CZESLAW MILOSZ
1
ET IN ARCADIA EGO
Debo mi paraíso privado a dos razones singulares: el hecho de ser insular y el Ejército. Es decir, a que mi padre fuera militar y estuviera destinado, durante toda mi infancia, en Mallorca. Que por otro lado era y es nuestra tierra familiar. Mi paraíso estuvo en zona castrense —por tanto vedada al mundo, que, como todos sabemos (al menos lo sabemos los hijos de militar) es civil—. Que su entrada estuviera prohibida a los demás y vigilada con armas reforzaba aún más la idea de hortus conclusus, con espadas flamígeras que impedían el acceso a extraños, en forma de alambradas, garitas, uniformes, armamento y correajes. ¿El lugar? Una alejada batería de costa de la isla, en los años 60. Y en ella, nuestra casa de verano: el pabellón de mandos adyacente a la gran casa cuartelaria que albergaba la guarnición y el armamento ligero de la Batería: mosquetones, bayonetas, correajes, la pistola del sargento —sólo el sargento llevaba pistola—, dos ametralladoras y la munición correspondiente. Todo a la vista, que es como se tienen estas cosas en la vida militar. Y más abajo, a escasos kilómetros, los cañones de la Batería: cuatro piezas artilleras Schneider Canet-Mod procedentes de un viejo acorazado, instaladas en tierra y adaptadas para la defensa de la isla ante un ataque enemigo.
La batería artillada, como otras repartidas a lo largo de la costa insular, se había montado durante la guerra de Abisinia —que caía lejos: Abisinia, digo, pero su origen de opereta imperialista italiana predecía cierta posibilidad bélica en el Mediterráneo— y se había reforzado durante la II Guerra Mundial para proteger la isla de cualquier ataque aliado o nazi, según el transcurso de la contienda y la cambiante estrategia del gobierno. En el fondo, mi paraíso se lo debía a Franco y no por ser el Jefe del Estado en aquellos años, sino porque el plan de baterías y nidos de ametralladora protegiendo la costa había sido uno de sus trabajos mientras estuvo destinado en la Comandancia Militar de Baleares a principio de los años 30. Y aquí he de volver a Abisinia y al sueño imperial del Duce: en la prolongación de ese sueño se barajó por distintas vías, durante la guerra civil española, la hipótesis de italianizar las Baleares y convertirlas en una base de Mussolini cercana al norte africano. Con lo que la creación de aquella y otras baterías con pretexto abisinio no acabaría siendo ningún disparate.
Los enemigos del paraíso —y eso lo averiguaría mucho más tarde— suelen ser aquellos que están fuera de él. Por eso no cuentan. Quiero decir que no existían entonces y no cuentan ahora. Dentro, en cambio, estábamos nosotros. Pero había alguien más. Aquellos cañones también protegían a los muertos: las almas de los muertos más antiguos de Mallorca, cuando aún era una isla sin nombre. Se trataba de muertos sin continuidad ni descendientes: un pueblo perdido, una raza extinta. Aquellos cuatro cañones Schneider Canet-Mod, que procedían de un buque de guerra de cuando la pérdida de Cuba y Filipinas, protegían los asentamientos de los primeros pobladores de Mallorca, que también habían elegido aquel paisaje árido para vivir. Y frente al mar permanecían, desperdigados por el árido paisaje, sus pequeñas y fortificadas ciudadelas, cementerios y monumentos megalíticos: navetas, talaiots y dólmenes. Aquellas grandes lajas de piedra se dispersaban junto al telémetro de la Batería —como un fósil sobre una chimenea art-déco—, bajo frondosos acebuches que ahora sustituían su techumbre pétrea, o rodeadas de enormes matas de lentisco que eran, a su vez, refugio para el ganado. Muros, columnas, círculos concéntricos, tumbas… restos de la Edad del Bronce. Yo asociaba la soledad del paisaje —que favorecía las nociones de libertad y de independencia, dos cosas que siempre he cuidado en mi vida y que no aportan riqueza material alguna y sí más de un disgusto— a la vida de aquellos hombres prehistóricos, que primero vivieron en cuevas y después en sus poblados de piedra. Sus cuevas junto al mar carecían de pinturas que nos hablaran de escenas de caza, pesca o natación. Sus poblados estaban cubiertos de vegetación. El hombre sin historia. El hombre sin pasado ni futuro. El hombre solo. Como el paisaje solo y solitario, el mismo paisaje de roca arenisca y la misma vegetación —palmito, acebuche, lentisco, manzanilla…— que contemplaron aquellos hombres antes de que se extinguiera su rudimentaria civilización. Et in arcadia ego, gracias a mi padre, que no representaba sólo la modernidad militar en el paisaje primigenio, sino también la soledad de ese paisaje, su aridez, como de refugio de los Santos Padres, tan adecuado para él. Sin que ninguno de los dos —su carácter militar y su necesidad de soledad primitiva (es decir, verdadera)— perjudicara o alterara al otro. Eran tan complementarios como lo habían sido la cultura del Megalítico y la cultura de la guerra como defensa. Ambas cosas en un paisaje de una belleza seca y antigua como ciertos fragmentos de la Biblia y La Odisea. Al fin y al cabo, cuando el paraíso desaparece, siempre aparece la literatura.
2
EL VIAJE
El día 1 de agosto, a las nueve y media de la mañana, un Simca del Ejército, color cereza, aparcaba ante la entrada de casa, Vía Alemania, número 30. Durante siete años, cada 1 de agosto, aquel Simca del Ejército, color cereza, aparcó ante el edificio racionalista donde vivíamos, preparado para conducirnos a más de ochenta kilómetros de distancia de la ciudad.
Se producía en ese momento, nueve y media de la mañana, un efecto especular: las líneas años 30 del automóvil coincidían con las líneas náuticas del racionalismo arquitectónico de la casa. Un racionalismo modesto, sin mármoles ni cromados, como las colonias obreras que Mussolini construyó en los extrarradios de las ciudades. Ambos, coche y edificio, eran de la misma época y atmósfera, y parecía que la entrada acristalada de la casa estuviera hecha para que aquel automóvil se reflejara en ella y a la inversa.
Hablo del período que va de 1961 a 1968, con lo que esa imagen ya era una imagen trasnochada y aún siéndolo vivíamos en un mundo que no nos lo parecía. No a mí, al menos, como con tantas otras imágenes trasnochadas que son fragmentos de mi vida. En ese mundo circulaban automóviles y camiones fabricados en los años 30 y 40, mezclándose con utilitarios nacionales o deportivos híbridos como el Dauphine o el Gordini, de colores que parecían salidos de un acuario tropical. El color cereza del Simca destinado a mi padre también era, sin parecérnoslo, un color estrambótico, pues los vehículos del Ejército o eran caquis o eran negros y nunca en mi vida he visto o sabido de otro de aquel color, que siempre he de asociar a mi padre destinado en Estado Mayor.
Durante siete veranos —o mejor, siete agostos— estuvimos viviendo en Betlem, en la bahía de Alcúdia, junto a la Colònia de Sant Pere, que entonces llamábamos Colonia de San Pedro, aunque a Betlem le llamáramos siempre Betlem y nunca Belén. Tenía cinco años cuando llegué y doce al marcharme, la infancia entera, otro territorio que suele asociarse al paraíso, supongo que con fundamento teológico: el paraíso no como lugar, sino como estado. Pero en la infancia el paraíso carece de fundamento teórico: está, no es, y está en un espacio y no al revés, no en uno mismo. Como el imaginario Shangri-La de los adultos; sólo que su carácter de mito no es, exactamente, tal —no hay invención—, sino que radica en la transfiguración de un espacio real en espacio mítico.
En esa época mi padre era teniente coronel y su despacho estaba en Capitanía General. Mi padre, durante muchos años, fue teniente coronel. Tantos, que yo tenía la impresión de que ser teniente coronel era una forma de ser militar, como ser artillero y diplomado de Estado Mayor, que es lo que era y fue siempre mi padre. Desde luego ser teniente coronel de Estado Mayor fue la causa de mi conocimiento del paraíso y de que ahora tenga cierta memoria del mismo y la evoque y escriba. Porque cuando mi padre ascendió a coronel y pasó a mandar el regimiento mixto de Artillería n.º 91 —que es de quien dependía la batería militar donde estaba situado el paraíso—, decidió que no podía solicitar su pabellón de mandos nunca más. Aunque hubiera pagado un alquiler por ese mes de agosto durante siete veranos y reglamentariamente pudiera continuar haciéndolo, ya no consideró correcto solicitar un bien cuya concesión dependía de él.
Cruzar la isla era un viaje que suponía cruzar el continente —eso es la isla para un insular— y su duración, una mañana entera: la huida a Egipto. Abandonábamos la ciudad entre las nueve y media y las diez, y solíamos llegar a Betlem sobre la hora de comer. Como todo viaje y más hacia el paraíso, también este disponía de cierto carácter iniciático, simbolizado en tres encuentros que a mí me parecían pertenecientes al mundo de las rondaies que escuchaba por la radio al caer la noche. El primero era el demonio, tan presente en esos cuentos populares, que surgía, como en la estancia evangélica del desierto, en un recodo del primer tercio del viaje. El demonio aparecía en la carretera, no sé sabía de dónde, con un tridente de madera —en realidad una forca de aventar paja— y unos grandes cuernos de macho cabrío. Vestía amplio mono tiznado y pintarrajeado con pequeñas llamas que rodeaban un esqueleto tan alto como el mismo demonio y llevaba una capucha, también pintada con un rostro esperpéntico, mitad calavera humana, mitad animal, que sacaba una larga y burlona lengua roja. Aquel demonio daba brincos junto a la carretera, agitando el tridente de forma amenazadora y luego desaparecía o era el coche que lo adelantaba y él quedaba atrás brincando y amenazando y sacando esa lengua condenada a no poder regresar jamás a su boca y descansar. Pero en aquel encuentro no existía el miedo. Había un aviso en tono festivo de mi madre y algo dislocadamente paródico en la danza demoníaca que impedía que el miedo —tan presente en la educación religiosa de mi generación— tomara cuerpo e hiciera de las suyas. Y en ese humor —presente también en los reveses que acababa sufriendo el diablo en las rondaies— estaba algo que años después, avisado por el escritor Cristóbal Serra, observaría en Blake: que al mal sólo se le vence si no se le toma en serio, es decir, desde la risa.
El segundo encuentro ocurría en el segundo tercio del viaje y era más siniestro que el diablo danzarín. Recuerdo la belleza del paraje: árboles frondosos, un gran aljibe, algunos huertos más abajo. Y en un claro de tierra roja, un árbol seco y enorme del que pendían grandes frutos como bolsas o sacos. Tantos, que costaba distinguir que aquel árbol —un almez— no tenía una sola hoja: estaba tan muerto como la higuera en la que se ahorcó Judas y como de esa higuera pendían sus hediondos frutos. De sus ramas colgaban docenas y docenas de animales: gatos salvajes, jinetas, martas y comadrejas y esos cadáveres ahorcados cumplían la doble función de aviso y escarmiento. Pero eran también el anuncio de una brutalidad desconocida y un doble lenguaje que se reflejaba de modo sutil al nombrar las especies: los gatos eran gatos y las martas, martas; las jinetas, sin embargo, eran genetes y las comadrejas, mostels, como el almez, que jamás fue almez sino lledoner y para mí, aunque nunca lo dijera delante de mis padres, el Árbol de la Muerte o una especie de Bergman, mediterráneo y avant-la-lettre (antes de haber visto El séptimo sello, quiero decir).
El carácter simbólico de ambos encuentros fue cobrando evidencia a medida que pasaba el tiempo: no existía el paraíso sin ritos de paso, sin miedos, sin dolor. No existía el viaje sin el conocimiento de lo ajeno y eso, lo ajeno, era el reverso de nuestro propio mundo. Inmediatamente relacioné el demonio pintarrajeado con el árbol de la muerte: la exaltación del paganismo, aunque fuera burlona, conducía al descarnado ensañamiento en la brutalidad, sin necesidad de ser Nerón retratado por Suetonio, que eran personajes de los que también se hablaba en casa. Como si estuvieran vivos.
Pero antes, en el camino, había un tercer encuentro que representaba el contacto con el mundo y el poder más allá de todo poder. Ese encuentro también tenía el perfume de un pasaje del Nuevo Testamento, pero en un sentido parabólico. La carretera de Ses Comunes era recta y larga y en ella solíamos parar unos minutos antes de reemprender la marcha: estirar las piernas, rezar el Ángelus y aliviar la vejiga, los niños. Surgía entonces la tercera aparición bajo la forma de hombre armado con escopeta y tocado por un sombrero de paja. Llevaba un uniforme de lista, como de los tiempos de la Cuba colonial, y le cruzaba el pecho una banda de cuero con una refulgente placa ovalada en el centro. Que el nuestro fuera un coche del ejército —ET en la matrícula— no lo detenía. Ese hombre era —y sobre todo, tenía conciencia de serlo— una representación del poder terrenal. Un poder sin trascendencia metafísica, pero con la suficiente trascendencia física como para meter en nómina a cualquier súcubo o íncubo saltarín si eso fuera necesario.
El hombre de la escopeta se dirigía al chófer (que aquel día no iba de uniforme) y este, como un intérprete en posición de firmes, le musitaba una frase inaudible a mi padre. «Vámonos», nos decía mi padre, después de encender un cigarrillo y pensárselo, sin dignarse más que a hacer, ya sentado en el coche, un leve saludo con el índice, pulgar y corazón. Manteniendo las distancias, como un pantocrátor. Alejado de lo que representaba el guardabosques, como alejado en la cúpula del templo está el pantocrátor, y sin hacer uso de su condición militar para ahuyentarlo. Luego, el hombre uniformado desaparecía en el sotobosque, que nosotros llamábamos garriga como al guardabosques, garriguer. Un verano pregunté. «Son tierras de March», contestó mi padre impávido y pasó a otra cosa, como si ese nombre no tuviera que ver con él —y así era— y yo tuviera que saber quién era March. Como si todos en Mallorca supieran quién era March y así, también, era: todos lo sabían. Todos menos mi hermano pequeño y yo, para quienes el único March existente era un conocido playboy de la época, que vivía en el piso de enfrente del nuestro y se llamaba Ernesto, como en la obra de Wilde, pero al revés, tantas eran las mujeres que le rondaban y sedujo sin apenas esfuerzo.
Pero el hecho de que mi padre nos hiciera subir al coche y partir era tan extraño para mí como la brincante aparición demoníaca y la visión inmóvil del árbol de la muerte. Y los tres eran Circe y los lestrigones y Polifemo. O lo serían el verano en que mi abuelo materno me regaló un libro de mitología que leí en el Ática mallorquina de Betlem y años después vendí junto a otros títulos en una librería de viejo que ya no existe, para comprarme mi primer disco de Bob Dylan.
3
LA LLEGADA A ARCADIA
Al tomar el cruce y dejar atrás la cruz del término y un poco más adelante los muros encalados del cementerio marino de La Colonia, divisábamos el nuevo campanario de la iglesia, de color verde claro, y a la derecha Farrutx, la gran montaña de piedra anaranjada que se asomaba sobre la vieja Devesa real, los viñedos frente al mar y La Colonia y su embarcadero con portón de madera para los días de temporal, que no eran pocos. Tenía algo ciclópeo, Farrutx, y así lo miré siempre: como un gran cíclope custodiando la puerta del paraíso o la efigie de un mamut fosilizado en el tiempo. Pero el Simca color cereza no se detenía en La Colonia sino que seguía por una estrecha carretera hasta llegar a los caminos sin asfaltar que cruzaban la antigua finca de Betlem. Uno de ellos, pedregoso y lleno de cardos, nos conducía hasta la Batería, levantada, precisamente, junto a las casas de Betlem.
La orografía era rasa —las montañas no muy altas— y el carrizo y los palmitos —de los que nacía toda una industria cestera local— destacaban, pese a las matas de lentisco y los acebuches, como si fueran plantas solitarias. El palmito era la vegetación más abundante y cada una de sus plantas parecía pintada por Carpaccio en el desierto de los Santos Padres. Y ese desierto africano —que más tarde asociaría al Ática griega— era el paisaje. Junto al camino, incluso, había una choza de adobe y elevado techo cónico de carrizo seco, atado en su vértice, que en nada se distinguía de las que aparecían en las fotografías de una revista de misiones a la que mi padre estaba suscrito, El Eco de África. Siempre estuvo cerrada a cal y canto, aquella choza, y yo la imaginaba habitada por un ser misterioso que dormía de día y vivía en la oscuridad de la noche.
Sobre una suave loma estaba la Batería, con vistas sobre la bahía, mientras que los cañones estaban emplazados más abajo, en las fortificaciones de la costa, tras las alambradas que sorteábamos al ir a bañarnos todas las mañanas, con el temible aviso de ni siquiera rozarlas, no fueran a contagiarnos el tétanos y provocarnos la muerte, no sin haber sufrido antes dolores que ni la morfina podría calmar.
La Batería estaba formada por una edificación de una sola planta y dos cuerpos principales: una larga nave cara al mar —ahí estaban los soldados y se guardaban el armamento ligero y su munición— y, a su derecha y en perpendicular, el pabellón de mandos, de una sola vertiente y con una sola ventana en dirección al mar, la de la habitación que ocupaban mis padres. Las otras se asomaban a la terraza, al jardín y las montañas, salvo una salida trasera junto a un algarrobo, que daba al patio central de la Batería, sobre las escalinatas que, entre pinos, descendían hasta la explanada. En el otro extremo de la gran nave estaba la residencia del sargento, que a veces tenía familia y a veces no, pero nosotros apenas si veíamos al sargento y mucho menos al cabo o los soldados. Nuestras dependencias se daban la espalda y ellos ponían buen cuidado de no toparse con el teniente coronel, que aunque estuviera de vacaciones podía hacerles pasar un mal rato por cualquier pequeña irregularidad. Para mi padre —y su fama le precedía— no había irregularidad pequeña. Una sola mirada suya bastaba para sentir el peso de toda condena.
El recinto militar estaba rodeado de un alto muro de piedra seca y sus casas, en principio, apenas diferían de las del predio —de tan vecinas, adosadas— salvo en su cuidado —la finca estaba semiabandonada— y un detalle que iba resultando más llamativo a medida que nos acercábamos. Todas las ventanas y puertas estaban enmarcadas con pinturas de camuflaje —como un tanque o el blindaje de los cañones—, lo que le daba un aire muy alegre, con algo vanguardista que entonces no hubiera sabido definir, pero que asociaba a la carrera de mi padre. Porque la intervención militar en la naturaleza era, al menos en esa época, curiosa. Se encalaban las piedras superiores de las paredes secas y las piedras de los parterres y se adornaban tanto los pilares de la entrada —también blanqueada su parte superior— como las verandas y escaleras, con unas bombas negras —como munición para culebrinas— apiladas en forma piramidal, o una sola —el emblema de artillería— con llama roja donde la mecha. Blanco, verde, negro y rojo combinaban con la piedra caliza y la argamasa de las fachadas. Más los granates, azules, verdes y marrones de las pinturas de camuflaje. Tenía algo entre colonial y artístico esa decoración militar, entre los colores naíf y el México de Frida Kahlo.
Al entrar en el recinto de la Batería, el sol caía a plomo sobre la explanada. Armados y en formación nos esperaba el destacamento militar casi en pleno (los dos o tres soldados que faltaban estaban de guardia en la costa, en una garita situada a la entrada a la fortificación y entre los cañones). El primero en bajar del coche —después del chófer, que le abría la portezuela del Simca— era mi padre —sahariana blanca, pantalón de rayadillo y alpargatas nuevas (azules o beige) de lona y esparto—, que recibía novedades del sargento y luego mandaba deshacer la formación. Inmediatamente se acercaban dos temerosos soldados —probablemente no habían visto a un teniente coronel de cerca en su vida y les debía de parecer un temible mariscal napoleónico— y recogían cestas y maletines del maletero del coche hasta llevar en un santiamén todos los bultos, que no eran muchos, al pabellón de mandos. Es decir, a casa.
La sensación es de haber interiorizado el paisaje —aquel paisaje primitivo cuya única intervención humana era su defensa de un imaginario enemigo exterior— y que ese paisaje y no otro sería siempre el paisaje de la felicidad. Una felicidad que nunca imaginé que pudiera truncarse, como tampoco imaginé lo contrario, que fuera eterna. Sin embargo apenas tengo recuerdos del interior de la casa: la vida transcurría fuera: en el jardín, en la terraza, en el huerto, en la explanada, en la pequeña cala adonde íbamos por la mañana, en las excursiones vespertinas encabezadas por el paso rápido de mi padre y su bastón de boj con el reverso del mango quemado como un tizón. La casa es un interior en sombra, las persianas siempre cerradas, con un comedor que no usábamos, una cocina posterior y un cuarto de cuyo techo colgaba, de un gancho con polea y cuerda atada en otro gancho de la pared, la fresquera, donde tras la rejilla se conservaban a salvo de los ratones y el calor —pero sobre todo de los roedores— los alimentos perecederos. No había, por supuesto, luz eléctrica. Nos iluminábamos con quinqués de gasoil y faroles de carburo, que despedían una peste aceitosa que lo impregnaba todo. Años después llegaría el cámping-gas, con su pequeña bombona azul y su luz restallante y fría, como de neón. Pero siempre fue algo así como un intruso, el cámpinggas, la nota disonante de los inicios de una modernidad a la que nuestro mundo de verano, que todavía era un mundo antiguo, se resistía.
Darmowy fragment się skończył.