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El palomo negro
Autor: Jorge Muñoz Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, 56-2-24153208. www.editorialforja.cl info@editorialforja.cl Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: enero, 2020 Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor.
Registro de Propiedad Intelectual: N° 309434
ISBN: Nº 978-956-338-453-6
eISBN: Nº 9789563384666
Dedico este libro a todos quienes, como yo,
aman la literatura.
EL COLLAR
1
Soy hija de un noble arruinado y una bella criada de servicio. Me crie como una vagabunda, robaba frutos de los campos y cuidaba las vacas de los aldeanos por un poco de comida. Después de la muerte de mi padre, mi madre se entregó a la prostitución. Conocí el hambre, el frío y el desprecio de los demás. Mi corazón se llenó de resentimiento y habría terminado igual que mi madre de no ser por una afortunada casualidad. Tenía siete años y pedía limosna en un sendero cuando acertó a pasar por ahí la marquesa de Boulainvilliers, por supuesto, me impresionaron el elegante carruaje y los vestidos de la dama. Alzando la voz, le dije: “Piedad para una pobre huérfana de la sangre de los Valois”. Sorprendida por mi sucia y desastrada apariencia y mis extravagantes palabras, la marquesa hizo detener la carroza. Hablamos por varios minutos. Me interrogó sobre mi historia, se la conté en pocas y expresivas respuestas; conseguí conmoverla. La buena marquesa se propuso cambiar mi destino y el de mi hermana menor, nos colocó a ambas en un pensionado. A los catorce años ingresé como aprendiza en casa de una modista, luego ejercí variadas labores relacionadas con el oficio, y más tarde fui internada en un convento para doncellas nobles. Pero yo no tenía pasta para monja, en mi corazón ardía el resentimiento y la ambición, deseaba todos los lujos y las comodidades de mi bienhechora. La naturaleza me dio un bonito rostro, un cuerpo hermoso y la audacia suficiente para conseguir mis objetivos. Cuando contaba veintidós años escalé un muro y me escapé del convento. Sin un solo centavo en el bolsillo fui a dar a Bar-sur-Aube. Allí trabajé en diversas ocupaciones y conocí a un oficial de gendarmería llamado Nicolás de la Motte que se enamoró de mí y con el cual me casé cuando solo me faltaba un mes para dar a luz a un par de mellizos. La muerte de las dos criaturas a los pocos días de haber nacido a él no le afectó mucho; por mi parte, sentí que me había liberado de un problema. Nicolás no era un hombre muy inteligente, pero sí bastante relajado en lo moral como para acompañarme en mis negocios que según mis cálculos debían llevarme a lo más alto en lo social y lo económico. Acudí nuevamente a la marquesa de Boulainvilliers y tuve la suerte de que me recibiera en el castillo del cardenal de Rohan, en Saveme. El cardenal era un sujeto alto y apuesto, muy amable y enamoradizo y, como muchos de su clase, vanidoso y fanfarrón, de modo que no me costó gran esfuerzo seducirlo. Lo primero que conseguí fue el grado de capitán en un regimiento de dragones para mi marido y el pago de todas nuestras deudas. Por supuesto, un logro como este era un pequeño paso en la escala de mis ambiciones, enseguida convencí a Nicolás para que se autoproclamara conde de la Motte; como consecuencia de esa proclamación, yo pasé a ser la condesa Valois de la Motte, situación que coincidía con algunas de mis aspiraciones. La calidad de condesa me impulsaba a dar otro paso adelante: arrendamos una gran casa en París, en la Rue Neuve-Sainte-Gilles, y empezamos a llevar una vida acorde con nuestra nueva situación social. No nos costó engañar a los usureros prestamistas utilizando mi nombre. Según les había contado, era una heredera de las cuantiosas posesiones de los Valois. Yo tenía, y esto lo descubrí rápidamente, un enorme poder de convicción que, unido a mi belleza y falta de escrúpulos, me abría puertas y corazones. A lo anterior se sumaba la maravillosa tolerancia del conde de la Motte. Y cuando los acreedores empezaron a presionarnos los amenacé con trasladarme a Versalles para interponer una queja en la corte. Por supuesto, yo no conocía a nadie en la corte, sin embargo, no me faltaban argucias para abrirme camino en aquellos espacios tan admirados y odiados. Así lo hice. Eran muchos los que aguardaban ansiosos en la antecámara de madame Elisabeth a la espera de algún favor, paseándose de un lado a otro, mientras unos cuantos hablaban en voz baja e intercambiaban miradas. Con mi marido estábamos de pie junto a una ventana, la suave luz del sol le daba al ambiente interior de la sala un toque de nostalgia que me parecía muy conveniente. Conforme a lo previamente acordado entre ambos, dejé escapar un pequeño gemido y me derrumbé desvanecida en el suelo. Se produjo un gran revuelo, voces, carreras y palabras compasivas. Mi marido pronunció mi nombre conmovido y se quejó en voz alta diciendo que los padecimientos del pasado eran la causa de mi mala salud y debilidad. Me llevaron en camilla a la posada donde nos alojábamos y nos llegaron doscientas libras de regalo, con lo que nuestra pensión subió de ochocientas a mil. El golpe dio sus frutos y lo repetimos en diversas ocasiones y lugares tales como la antecámara de la condesa de Artois y la Galería de los Espejos por donde debía pasar la reina; desgraciadamente ese día la soberana no cruzó por ahí. Mis desvanecimientos eran propios de una consumada actriz, pero no podíamos repetirlos con demasiada frecuencia para no despertar sospechas. Como el botín recaudado no nos dejó conformes, regresamos a París dispuestos a intentar nuevas acciones que nos reportaran mayores ganancias. Ya instalados otra vez en nuestra casa, comentamos entre nuestros conocidos lo bien que nos había tratado la reina. La voz se difundió rápidamente y no faltaron los que nos ofrecieron jugosos préstamos que nos permitieron recuperar el alegre y elegante modo de vida; todos querían codearse con quienes conocían a María Antonieta. Nuestra propia corte se amplió, obtuve un secretario particular con el cual compartí mi cama; hacía todo lo que yo quería. Se llamaba Rétaux de Billette y me era tan útil y fiel como un perro amaestrado. También contaba con un segundo secretario que estaba enamorado de mí, su nombre era Loth. Aunque se mostraba fiel y entusiasta no le tenía la confianza, ni el afecto que sentía por Rétaux, pero lo utilizaba cada vez que me era necesario, creándole falsas esperanzas. Nuestra casa se llenaba de luces, placeres y alegría, con cocheros, lacayos y camareras que nos servían, mientras se jugaba a las cartas, a los dados y al amor. Pero los acreedores volvieron a molestar y nos vimos obligados a buscar un negocio que nos proporcionara grandes cantidades de libras.
2
Giuseppe Balsamo, más conocido como el conde Cagliostro, el conde Saint-Germain y otros hábiles embaucadores acaparaban la atención pública y la nobleza los admiraba y buscaba su consejo y sabiduría. La época y los sucesos favorecían el actuar de estos hombres que se servían de la ignorancia y credulidad de muchos para obtener riqueza y fama. De ellos, Cagliostro era el mayor bribón –llegado de Palermo, la capital de Sicilia–, con una personalidad fascinadora y una audacia a toda prueba; adquirió rápido renombre como mago, sanador y maestro de profundos conocimientos ocultos. En París se presentó como médico personal del famoso extranjero Benjamín Franklin y se relacionó con la nobleza que le abrió las puertas de sus salones e intimidades que él supo manipular con sus argucias y elíxires. Entre los que cayeron en las hábiles redes de Cagliostro estuvo el cardenal de Rohan que lo recibió en su castillo de Savene. Fácilmente, el cardenal se convirtió en víctima de los hechizos y palabras encantadoras del mago que se apoderó de interesantes sumas de dinero provenientes de los bolsillos de su anfitrión. Conocí al gurú de moda en el castillo del cardenal y supe de inmediato que se trataba de un formidable embaucador del que convenía ser aliada. Cagliostro no tenía ningún inconveniente en utilizar a su esposa Serafina, y la introducía en la cama de los nobles interesados para conseguir sus propósitos; en este sentido su matrimonio era muy parecido al mío, con la diferencia de que en mi caso era yo quien usaba a Nicolás de la Motte y a los que me rodeaban. Por medio del conde Cagliostro me enteré de las aspiraciones del cardenal y su deseo de agradar a la reina que no lo consideraba entre sus favoritos. Esto me daba la oportunidad de ofrecer mi ayuda al cardenal de Rohan a cambio de su colaboración financiera porque el mayor deseo de su eminencia, según me informó Cagliostro, era llegar a ser primer ministro de Francia y solo podía lograrlo con la intervención de la reina. Teniendo en mis manos la ilusión del hombre tenía también al hombre. Solo se trataba de actuar con paciencia y tejer con astucia la telaraña donde había de caer la presa. Poco a poco fui deslizando en la mente del ingenuo y ambicioso cardenal frases que daban cuenta de mi amistad con María Antonieta. Y vi que se interesaba cada vez más en mi fingida relación con la reina, veía en mí a una posible mediadora. Mi fértil imaginación me llevó a inventar toda clase de episodios que deslumbraron al cardenal, quien me pidió que intercediera por él ante la soberana que desde hacía años no se dignaba ni siquiera a dirigirle una mirada. Ese era el momento que yo esperaba. Después de unos días le anuncié que había hablado con la reina en su favor y que ella había manifestado su voluntad de hacer un gesto, muy discreto, más bien secreto, como muestra de que estaba dispuesta a devolverle su confianza. La alegría de su eminencia era enorme y tuve que advertirle que se moderara, que no hablara con nadie del asunto, porque podría echarlo todo a perder. Las libras circulaban de las arcas del cardenal a mis bolsillos, pero yo buscaba algo más grande y lucrativo. Entonces instruí a mi secretario y amante Rétaux para que, falsificando la letra de la reina, escribiera cartas dirigidas a mi persona. Rétaux era un verdadero maestro en el arte de la caligrafía y las cartas eran verdaderamente obras magistrales que el imbécil del cardenal leía con avidez cuando se las mostraba. Dando un paso más, le sugerí al cardenal que le escribiera a la reina para yo misma entregarle las cartas. La idea le encantó al cardenal de Rohan, quien se esmeró en escribir alabanzas, excusas, ruegos y explicaciones. Yo me encargaba de dictar a mi secretario las respuestas que él pasaba en limpio más tarde, respuestas que muchas veces ideamos desnudos en la cama, riendo y bebiendo espumoso vino dorado. Y como mi amor alcanzaba también para satisfacer al conde de la Motte, y en ocasiones a Cagliostro, todo marchaba como sobre ruedas. De los tres, Rétaux era el mejor, pero yo no tenía ningún problema en fingir con los otros. Elegíamos con mucho cuidado el papel en que se le respondía al cardenal y mi preferido era el de la flor de lis francesa en un ángulo. Rétaux lo hacía todo con verdadera perfección, además disfrutaba casi tanto como yo engañando a su eminencia. En cada carta, el cardenal reiteraba su petición de audiencia y en las respuestas siempre se alimentaba su ilusión. Pero, como el tiempo transcurría y era necesario algo más concreto para no despertar las sospechas del cardenal, había que producir el encuentro entre la reina y su eminencia. Esto significaba hallar a una persona muy parecida a María Antonieta y un lugar, en la noche, que otorgara al cardenal de Rohan una prueba definitiva. Una vez más mi fiel secretario resolvió la primera parte del complicado asunto, pues conocía a una joven y bella prostituta que guardaba un parecido con la reina. Del resto me encargué yo. Compramos elegantes vestidos a la muchacha, con una maquilladora amiga acentuamos el parecido. Me pasé un par de semanas enseñando a la mujer, que se llama Nicole, a caminar, saludar y moverse como en las altas esferas sociales y a repetir, como un loro, un saludo al cardenal. El lugar escogido fue un encantador paseo en el parque de Versalles, por la noche para contar con la complicidad de las sombras nocturnas. El once de agosto llevamos a Nicole a Versalles y la escondimos en una cabaña arrendada por unas cuantas horas. Nuestra actriz vestía un traje de muselina con lunares, igual al que llevaba la reina en un retrato, además, le cubrimos la cabeza con un sombrero de ala ancha que protegía su cara de cualquier luz indiscreta, también llevaba en la mano una rosa roja y una carta que entregaría al cardenal después del saludo aprendido de memoria. La representación debía durar unos diez minutos, afortunadamente la noche estaba oscura, sin luna, ni estrellas. Fuimos con mi marido y Nicole hacia el bosquecillo de Venus, cubierto de abetos, cedros y pinos, donde apenas era posible distinguir las siluetas; era un lugar apropiado para las caricias y los temblores del amor, y más aún para los engaños que tanto me atraían. Fingiendo ser un servidor real, el astuto Rétaux condujo, entre los arbustos y las sombras, al cardenal que avanzaba lleno de ilusiones. Escondidos en el espeso follaje, el conde de la Motte y yo contemplábamos atentamente la escena; de ella dependía nuestra fortuna. El cardenal de Rohan caminó hacia la supuesta reina que permanecía de pie, un poco rígida para mi gusto, pero imposible de distinguir de la verdadera en esa oscuridad. Cuando estuvo frente a ella, se inclinó respetuoso y le besó la orla del vestido. Creí ver una sonrisa en el rostro de Nicole, mas todo seguía bien. La reina repitió el saludo tantas veces repasado, se le cayó la rosa, pero le entregó la carta. El cardenal se inclinó una y otra vez, parecía muy emocionado. Nicole, es decir, la reina, se dio la vuelta y emprendió el retiro, lo mismo hizo el cardenal conducido por el falso criado real que apareció en ese preciso instante. Cuando la muchacha llegó hasta donde la esperábamos se puso a llorar, las manos le temblaban y estaba pálida. La consolamos diciéndole que lo había hecho muy bien y que le pagaríamos mejor, esto la calmó. Por supuesto, el conde de la Motte le advirtió que si abría la boca terminaría bajo tierra devorada por los gusanos, cosa que impresionó muchísimo a la joven que juró una y otra vez no soltar una sola palabra. En la carta que la reina entregó al cardenal, ella le otorgaba su perdón y la posibilidad de una feliz reconciliación, esto desbordó de dicha a su eminencia que vio en mí la más segura herramienta para llegar a ser primer ministro. Mis palabras y consejos eran para él como la mismísima Biblia y las libras corrían a mi poder. Dando otro paso adelante le dije al cardenal que la reina deseaba ayudar a una familia de nobles arruinados entregándoles cincuenta mil libras, pero que por diversos motivos se hallaba impedida de hacerlo en ese momento y solicitaba a su eminencia que se hiciera cargo de tal cantidad, suma que más tarde le sería restituida con creces. Encantado de poder servir a Su Majestad el cardenal de Rohan me hizo llegar, a través de la mediación de un judío que lo asesoraba en sus asuntos privados, la elevada suma y las monedas de oro bailaron entre mis manos al financiar nuestros placeres. Tres meses más tarde utilizamos nuevamente las necesidades económicas de la reina y otra vez el cardenal se esmeró en satisfacerla, lo que aumentó nuestro patrimonio. Vivimos días felices, todos nuestros caprichos eran convertidos en realidad. El cardenal se hallaba en Alsacia, pero eso no importaba, cuando era necesario recibía una carta de la reina y con eso nos bastaba. Y, en verdad, yo, la condesa Valois de la Motte, era la reina y disponía a mi antojo de quienes me rodeaban. Compramos una magnífica casa de campo en Bar-sur-Aube, nos visitaban amigos y admiradores, y las noches eran de juego, música, bailes y amor.
3
En una de esas alegres reuniones alguien contó que los pobres joyeros de la corte, Boehmer y Bassenge, se encontraban en un grave problema. Los dos hombres habían colocado todo su capital, más una cantidad tomada a préstamo, en la fabricación de un fabuloso collar de diamantes. Inicialmente, el collar había sido destinado para madame du Barry, la cual lo hubiera adquirido si las viruelas no se hubiesen llevado al infierno a Luis XV; después, lo habían ofrecido a la corte de España y, por tres veces, a María Antonieta, la cual, siempre interesada en las alhajas, compraba sin pensar, ni preocuparse del precio. La joya costaba la impresionante cantidad de un millón seiscientas mil libras y el rey, el indolente cerrajero Luis XVI, se había negado a dar su consentimiento para que María Antonieta lo adquiriera, dejando a los joyeros al borde de la ruina total. Naturalmente, una noticia como esa no podía pasar inadvertida para mí; acomodada junto al sujeto que la contaba, le llené varias veces la copa con vino y, usando mis mejores argucias, lo hice hablar al máximo mientras el muy imbécil introducía la mano bajo el mantel y enseguida la deslizaba sobre mis muslos. Cuando obtuve la información que me interesaba me puse en pie y dejé hablando solo al pobre diablo. Si conseguía que la reina comprara el collar, mis ganancias serían extraordinarias. Puse manos a la obra, el 29 de diciembre los dos joyeros llevaron la preciosa alhaja a mi mansión y hablamos de negocios. Yo, la condesa Valois de la Motte, ofrecí mi mediación ante mi amiga María Antonieta para convencerla y hacer que comprara el collar en condiciones favorables. Por esos mismos días el cardenal de Rohan había regresado desde Alsacia y volvió a hablarme de su deseo de llegar a ser primer ministro de Francia. La situación no podía serme más conveniente. Le hablé del collar y de la intención de la reina de comprarlo a espaldas de su marido. Después de unas cuantas reuniones regadas con buen vino y algo más, conseguí el consentimiento del cardenal que se comprometió a reunir la enorme cantidad de libras convencido de que con esta acción conseguiría su tan ansiado cargo. Cuando le comuniqué a Boehmer que ya tenía un comprador para su maravilloso collar, el hombre cayó de rodillas a mis pies, vi lágrimas en sus ojos. Entonces le tendí la mano sonriendo y le dije que se levantara, que no tenía nada que agradecerme, aunque pensaba con satisfacción que había ganado otro perro para mi patio. Poco tiempo después, el 29 de enero de 1785, se firmó el trato de la compra en el palacio del cardenal, el Hotel de Estrasburgo, por un millón seiscientas mil libras, suma que sería pagada en el plazo de dos años en cuatro cuotas semestrales. El cardenal me pasó el contrato para que se lo llevara a la reina, el primero de febrero se haría entrega de la joya. Al día siguiente llevé al cardenal la respuesta escrita de Su Majestad (otra obra maestra de Rétaux), su eminencia estaba feliz y me colmó de caricias y promesas. Luego, uno de los joyeros entregó al cardenal el collar y su eminencia me lo llevó personalmente a mí para que se lo hiciera llegar a mi amiga, la reina. Y para mayor seguridad y alegría del cardenal lo hice pasar a una sala especial donde él podría ver, a través de una puerta de cristal, cómo yo entregaba el collar al enviado de María Antonieta. A los pocos minutos apareció un hombre elegante y apuesto, vestido de negro, con botones dorados en el pecho, botas de cuero y andar marcial, que se presentó como el enviado por orden de su majestad. El mensajero de la reina recibió la caja con el collar, lo guardó, hizo una cortés inclinación de cabeza y se marchó. Por supuesto, este hombre no era otro que mi fiel secretario. Pero el cardenal de Rohan se tragó la farsa y dichoso como un niño con un juguete nuevo me abrazó y me besó en los labios antes de partir, convencido de que muy pronto sería primer ministro. Cuando la carroza del cardenal se alejó y ya no se oían los cascos de los caballos sobre el empedrado, me eché a reír y a bailar de un lado a otro de la sala.
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