Czytaj książkę: «Cien años de teatro argentino»

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Jorge Dubatti

Cien años de teatro argentino


Dubatti, Jorge

Cien años de teatro argentino. - 1a. ed. - Buenos Aires: Biblos-Fundación OSDE, 2012.


ISBN 978-987-691-094-1


1.Historia del teatro argentino. I. Título.

CDD 792.098 2

Diseño de tapa: Luciano Tirabassi U.

Armado: Hernán Díaz


© Editorial Biblos, 2012

Pasaje José M. Giuffra 318, C1064ADD Buenos Aires

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Introducción

Este libro pretende brindar un conjunto de observaciones y herramientas para leer la fecunda historia del teatro argentino entre –aproximadamente– 1910 y 2010. Partimos de la idea de que no hay un teatro argentino sino teatro(s) argentino(s), según el fenómeno que se focalice territorial, geográficamente, en el análisis. En un país tan vasto como el nuestro, de tan rica extensión y de tan diversa historia, con una realidad tan compleja de orígenes indígenas, transculturación de los legados de diversas culturas del mundo y generación de producciones culturales peculiares, podríamos escribir muchas y diferentes historias de esos teatros argentinos, si trabajáramos el recorte de estudio en el plano más puntual de una ciudad, un pueblo, el campo, la selva o la montaña, o en los planos más amplios de lo regional, lo nacional, lo latinoamericano, lo continental o lo mundial. La historia del teatro argentino es, en suma, un problema de cartografía teatral, disciplina comparatista que estudia la localización territorial de los fenómenos teatrales y su vinculación geográfica. La perspectiva de la cartografía teatral resulta insoslayable por el simple hecho de que los acontecimientos teatrales siempre son territoriales, siempre están localizados en un punto de reunión convivial al que acuden artistas, técnicos y espectadores. Por la naturaleza de su acontecer, el teatro no se deja desterritorializar a través de la mediación tecnológica y exige la presencia de los cuerpos de quienes lo hacen: actores, técnicos, espectadores. En esto se diferencia radicalmente de la televisión, el cine o internet. Esencialmente territorial y localizado cada vez que acontece en un punto del planeta, el teatro es una reunión de cuerpos presentes, y esos cuerpos acarrean al territorio del acontecimiento la “geografía humana” de todo el mundo.

Afirmamos que el teatro argentino incluye una polifonía de teatros, desplegados en un mapa multicentral y en un espesor de mapas superpuestos y relacionados. La construcción de eso que llamamos teatro argentino cambia según consideremos como eje territorial de la focalización a Buenos Aires (y sus muy diferentes barrios), las provincias (sus grandes capitales o su “interior”), el vínculo con las áreas internacionales (las conexiones fronterizas con Uruguay, Brasil, Paraguay, Bolivia y Chile: teatro rioplatense, guaranítico, andino, etc.), los permanentes viajes, migraciones y desplazamientos, la producción del teatro argentino dentro de una comunidad específica que traza una frontera intranacional (por ejemplo, los mapuches) o más allá las fronteras geopolíticas en cualquier lugar del mundo. Especialmente en los últimos años, las redes internacionales de circulación han generado una planetarización (término que usamos en forma alternativa para oponerlo a la idea de homogeneización cultural de la globalización, que se lleva muy mal con el teatro) que hace que un espectáculo pueda presentarse en incontables lugares (valga un ejemplo argentino: Villa Villa del grupo De la Guarda, ofrecido en decenas de ciudades en cuatro continentes). No será la misma historia si se la cuenta desde Capital Federal, Córdoba o Tierra del Fuego, o desde la experiencia de los exiliados argentinos en México, España o Estados Unidos. Y esto constituye uno de los ingredientes fascinantes de la historiografía teatral: la posibilidad del multiperspectivismo y la visión plural.

El ejercicio de esta diversidad, evidentemente, excede nuestra voluntad y posibilidades. Una historia de los teatros argentinos requeriría un amplio equipo de investigadores ubicados en diferentes puntos del país y del extranjero, y varias decenas de volúmenes enlazados caleidoscópicamente. De hecho, aunque no concertada, esta diversidad hoy acontece: en los últimos veinte años la historiografía del teatro argentino ha sumado numerosos investigadores que ponen en práctica, desde distintas miradas y desde diferentes lugares –de Buenos Aires a Mendoza, de Jujuy a Estados Unidos, de Francia a Neuquén, etc.–, una historia múltiple de nuestra escena.

Entre todos los posibles teatros argentinos, realizamos en este libro un recorte territorial que se centra en la actividad de la ciudad de Buenos Aires –de por sí inabarcable en su riqueza, como veremos– con parciales deslizamientos a otros contextos de producción en las provincias y más allá de las fronteras geopolíticas nacionales. Proponemos una periodización de estos cien años en seis grandes unidades, articuladas a partir de un componente que consideramos dominante y destacable en nuestro recorte territorial:

• El desarrollo de la forma de producción “industrial” y la superación de la llamada “época de oro” del teatro argentino (1910-1930).

• El surgimiento y los primeros recorridos del “teatro independiente”, que a partir de la iniciativa de Leónidas Barletta y el Teatro del Pueblo poco a poco va transformando la dinámica del campo teatral (1930-1945).

• La politización de la actividad escénica en el arco que va del peronismo, el “posperonismo” y la Revolución Cubana (1945-1959).

• Las relaciones entre modernización y radicalización política en los años siguientes (1960-1973), sin duda bajo el signo del “posperonismo” y de la izquierda internacional.

• La represión aberrante en la predictadura y la dictadura militar con el accionar ilegal de la Triple A y el Proceso de Reorganización Nacional (1973-1983), cuyo resultado es el genocidio y la violación de los derechos humanos.

• Finalmente, de 1983 hasta hoy, la posdictadura, que definimos como período a la vez de salida de la dictadura (el prefijo “post” entendido como “después de”) y de trauma y continuidad de la subjetividad de la dictadura en la democracia restituida (el prefijo “post” entendido como “consecuencia de”).

Reservamos un último capítulo para pensar algunas nuevas coordenadas de la historia del presente y del pasado más reciente bajo el signo político de lo que llamamos el posneoliberalismo (2003-2012), subunidad dentro de la posdictadura.

La secuencia progresiva de estos períodos no debe pensarse en forma sencillamente lineal sino desde la comprensión de su complejidad interna; esperamos que el lector pueda observar en cada período la coexistencia de diversas formas de producir y concebir el teatro (comercial, profesional de arte, oficial, independiente, filodramática, de variedades, etc.), es decir, el “espesor” inabarcable de la historia teatral, así como los procesos que asumen ciertas tendencias, constantes y cambios teatrales que se van reformulando a través de los períodos y cuya orgánica trasciende los límites de las unidades de periodización. Creemos importante señalar que muchas veces esas concepciones se cruzan, superponen y mezclan a tal punto que es imposible asimilarlas a una determinada tendencia. En esos casos, no se trata de precisar distinciones sistemáticas sino de advertir fenómenos de liminalidad y dominios lábiles, con la necesaria puesta en suspenso de los rótulos y las fórmulas historiográficas más rígidos y cerrados. Por ejemplo, el lector reconocerá que los mismos artistas y compañías producen a la par teatro comercial y teatro profesional de arte en el período industrial y siguientes, o también las tempranas asimilaciones entre el teatro independiente y el teatro profesional de arte ya a partir de la década de 1940.

Asimismo, en referencia al mencionado espesor histórico de los acontecimientos, agreguemos que el desarrollo de un campo teatral se mide por un conjunto concertado de factores: el teatro propio que gesta y estrena, el teatro argentino y extranjero que recibe, el comportamiento de su público, el funcionamiento de su crítica, el grado de institucionalización de la actividad (a través de asociaciones, gremios, organismos, leyes, etc.), el desarrollo de su pedagogía, la infraestructura de salas y equipamiento, y también, no menos centralmente, la investigación que produce. Son muchos aspectos relevantes, y cada uno de ellos amerita una historia en sí misma; en nuestro libro hemos tratado de tener en cuenta, siquiera brevemente, a cada una, destacando las aristas más relevantes. Así, consideramos en cada capítulo los principales acontecimientos en cuanto a las formas de producción y las diversas concepciones de teatro coexistentes, las poéticas de los espectáculos y la dramaturgia, los espacios teatrales y los actores, las visitas extranjeras, las publicaciones (crítica, revistas, ensayística, memorias), los desarrollos institucionales. Cerramos cada capítulo con una reflexión sobre la productividad del período y su proyección en la historia posterior. La posdictadura, el gran “estallido” de las concepciones teatrales, plantea un caso especial, porque acontece aún (su proceso interno no se ha cerrado) y porque su dinámica se complejiza en el auge de lo “micro”.

También nos interesa identificar aquellos fenómenos que diferencian el teatro argentino en el concierto de la escena internacional. En términos de cartografía mundial, puede afirmarse que el teatro argentino constituye troncalmente una región del teatro occidental, por sus deudas e intercambios históricos con el europeo (centro irradiador de los procesos de occidentalización teatral) y, en particular, con el español, el italiano, el francés y el del legado cultural judío. Pero a la vez el teatro argentino presenta una singularidad, una diferencia notable respecto del teatro europeo, tanto en la dinámica de sus producciones como en la confluencia heterogénea de otros legados (aborigen, latinoamericano, norteamericano) y en las formas internas de apropiación y vinculación con esos estímulos. A lo largo de nuestra experiencia en la investigación, la docencia y la crítica teatral, en varias oportunidades nos hemos preguntado qué contribución ha realizado el teatro argentino al mapa occidental y mundial del teatro. En este libro presentamos ciertas hipótesis sobre la peculiaridad de algunos fenómenos distintivos que, sin ser los únicos, plantean una diferencia creadora: el sainete y el grotesco criollos, algunas poéticas escénicas del tango, el teatro independiente, la cultura teatral “oficialista” del peronismo, la respuesta de Teatro Abierto 1981 a la dictadura, el teatro comunitario, el “teatro de estados”.

Esperamos, además, que las herramientas desplegadas sirvan al lector para conectarlas con su actividad como espectador en el presente. En la posdictadura, y especialmente en la actualidad, la Argentina goza de magnífica actividad teatral, que vale la pena aprovechar. Vivir en Buenos Aires o visitarla y no ir al teatro es como vivir o pasar por Nueva York y no conocer el moma, o como vivir o pasar por Barcelona y no haber visitado la Sagrada Familia de Antonio Gaudí. El teatro es un patrimonio intangible identitario de la cultura porteña. En Buenos Aires hay “clima teatral”. Además, el teatro argentino, no sólo el de Buenos Aires, nivela internacionalmente. Ojalá el lector encuentre en este libro elementos que le permitan multiplicar y enriquecer su experiencia como espectador, por ejemplo, observando de dónde provienen en la historia las tendencias del presente, o qué coordenadas favorecen la comprensión de lo que está pasando en la posdictadura.

Este libro está elaborado sobre el estudio de fuentes directas y sobre la atenta lectura, la revisión y el análisis, coincidente o divergente, de las propuestas de grandes historiadores del teatro argentino: Arturo Berenguer Carisomo, Mariano Bosch, Raúl H. Castagnino, Jacobo De Diego, Nel Diago, Carlos Fos, Mario Gallina, Miguel Ángel Giella, Eva Golluscio de Montoya, Teodoro Klein, Juan Carlos Malcún, José Marial, Nora Mazziotti, Luis Ordaz, Sirena Pellarolo, Osvaldo Pellettieri, Lola Proaño, Leandro H. Ragucci, Cora Roca, Beatriz Seibel, David Viñas, entre otros muchos, cuyos estudios consignamos en la bibliografía para que los interesados puedan seguir leyendo más allá de estas páginas. Mucho queda aún por revelar de la historia teatral del país, pero no hay duda de que en los últimos veinte años la historiografía teatral argentina se ha ampliado y se está produciendo caudalosamente nueva investigación.

1910-1930

El período 1910-1930 es, como veremos, uno de los más fascinantes y productivos en la historia del teatro nacional. Está marcado por la creciente profesionalización de los artistas, el afianzamiento del mercado y las formas de producción “industrial”, estimulado por el cambio en las relaciones con el teatro europeo durante los años de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) y por el ascenso de las clases populares a través del voto “universal” (masculino), secreto y obligatorio, los gobiernos radicales y el nacimiento de la clase media y su progresivo desenvolvimiento. Son años de potente actividad y riqueza creativa, en los que se consagran artistas, poéticas y obras, y aparecen espacios e instituciones que aún hoy están vigentes. Baste adelantar que en ellos se producen dos fenómenos artísticos notables que por su inserción en todas las clases sociales pueden ser reivindicados como teatro popular: llega a su máxima expresión el sainete criollo y de él se deriva el grotesco criollo, que sin duda se hallan entre las contribuciones más relevantes de nuestra escena al teatro mundial. La visibilidad social del teatro llega a ser tan nítida que en los años 20 se crea el partido político Gente de Teatro, que impone al gran actor Florencio Parravicini en el Concejo Deliberante de la ciudad de Buenos Aires en 1926. Entre 1910 y 1930 el teatro va desbordando los límites de su campo específico y se asimila a todas las áreas del tejido social.

¿A la sombra de una “época de oro”?

Sin embargo, muchos coetáneos, intelectuales y artistas (del teatro y otras disciplinas) no comprendieron esa relevancia y juzgaron el teatro nacional con una visión negativa que, más tarde, se irradiaría a los primeros y valiosos historiadores que se dedicaron a analizar los acontecimientos de aquellos años. Sobre el teatro entre 1910 y 1930 tanto los coetáneos como los primeros historiadores proyectaron la sombra de una supuesta “década áurea” anterior (1901-1910), frente a la que las nuevas orientaciones eran vistas como síntomas de decadencia.

Ya en 1946, en su libro El teatro en el Río de la Plata desde sus orígenes hasta nuestros días, Luis Ordaz dio impulso historiográfico a una interpretación de la historia de nuestra escena que circulaba desde hacía años en la oralidad y en la gráfica del medio teatral de Buenos Aires: el teatro argentino había tenido una “época de oro” en la primera década del siglo, gracias a la labor de las compañías de los hermanos Podestá (que se instalan en sala) y a la producción dramática de tres autores notables: Florencio Sánchez, Gregorio de Laferrère y Roberto J. Payró; tras esa década gloriosa, el teatro nacional habría tomado, salvo excepciones rescatables y tomando las palabras usadas en la época, un rumbo no deseado de “mercantilización” por el auge del género chico, el sistema industrial de producción y la “mediocrización” estética y moral del sainete y la revista porteña. Según esta visión, se habría producido como consecuencia una marcada y creciente “declinación”, de la que sólo se habría empezado a salir a partir de 1930 por la acción “dignificadora” del teatro independiente. En 1957 el mismo Ordaz ratificó la existencia de esa “época de oro” en la segunda edición “corregida y aumentada” de su libro: volvió a afirmar que desde que José Podestá se instaló en el Apolo en 1901 hasta la prematura muerte de Sánchez en 1910, se vivió “la etapa más brillante de la escena nacional” (76), “el ciclo más feliz cumplido por la dramática argentina” (79), y luego sobrevino, salvo excepciones, un “triste panorama” (138) de “mediocridad y decadencia” (147). Aunque matizada por las perspectivas que fue abriendo el siglo en su avance, Ordaz mantuvo esta idea hasta sus últimos trabajos. La incluyó en los fascículos preparados a fines de los 70 y principios de los 80 para la colección “Capítulo” del Centro Editor de América Latina, de venta en los quioscos y tirada masiva. Dichos fascículos fueron reeditados en 1999 y 2011, con ampliaciones y en formato libro, por el Instituto Nacional del Teatro, con amplia tirada de distribución gratuita. Sin duda, Ordaz ha sido el historiador teatral más leído e influyente de la Argentina, especialmente en la comunidad teatral, con una obra sostenida desde los años 40 hasta hoy. En su Historia del teatro argentino desde los orígenes hasta la actualidad (1999: 89; reeditada en 2011), Ordaz reafirma esta posición.

Los primeros investigadores del período 1910-1930 retoman literalmente la propuesta de Ordaz, entre ellos José Marial (1955), Juan Carlos Ghiano (1960) y Raúl H. Castagnino (1968), o se muestran cautos sobre sus valores, como Arturo Berenguer Carisomo (1947: 399). Castagnino afirma en su Literatura dramática argentina: “La década comprendida entre 1900 y 1910, verdadera edad de oro de la escena criolla, coincide con nuevos estremecimientos de la vieja sociedad porteña” (102) y tras ella sobrevienen “declinación” y “decadencia” (119).

En síntesis, esta interpretación propone la siguiente secuencia de relato histórico: existió un florecimiento auspicioso del teatro argentino entre 1900-1910, al que siguió una desviación degradante por “caída” en el mercado en las dos décadas siguientes, y salvo honrosas excepciones hubo que esperar la aparición del teatro independiente en los 30 para recuperar la “dignidad artística”. Esa lectura de la historia se transmitió con diversa fortuna a través de los años y, de alguna manera, a pesar del trabajo de nuevas generaciones de historiadores (Tulio Carella, Blas Raúl Gallo, David Viñas, Marta Lena Paz, Susana Marco y equipo, Beatriz Seibel, Osvaldo Pellettieri, Nora Mazziotti, Eva Golluscio de Montoya, Sirena Pellarolo, Gonzalo Demaría, que han contado con lectorados más reducidos que Ordaz), sigue vigente en el imaginario de muchos amantes del teatro argentino, que consideran a Florencio Sánchez el mayor referente –no superado– del teatro rioplatense, y nuestro “clásico” por antonomasia.

A la luz del concepto de industria cultural

Ahora bien: hay que abandonar definitivamente esta interpretación. El período 1910-1930 fue tan rico que los conceptos historiográficos de una “época de oro” anterior y de una degradación por “mercantilización” deben ser desterrados, por varias razones.

Primero: la imagen de la “época de oro” proviene de un intento, desmedido en su optimismo teórico, de comparar los procesos del teatro europeo con los del argentino. Si la historiografía española reconoce una época de oro de la literatura y el teatro en los siglos xvi y xvii, y algo semejante sucede en la historiografía de Inglaterra y de Francia para el mismo período, la Argentina habría tenido su correspondiente esplendor en la primera década del siglo xx. Pero ¿sólo una década, un florecimiento de tan breve duración? Justamente, algunos historiadores posteriores retoman la idea historiográfica de una “época de oro” del teatro argentino, pero la reubican. Abel Posadas (1993, ii) la extiende entre 1890 y 1930, en coincidencia con el desarrollo de las cuatro décadas del género chico criollo. Para David Viñas (1989b: 336), el “período de oro del teatro porteño” se produce durante los años de las presidencias radicales, 1916-1930, es decir, con posterioridad al señalado por Ordaz. Pero además surge otro interrogante: ¿tan tempranamente, cuando apenas comienza a cobrar fuerza el teatro nacional, ya sobreviene su “época de oro”? Y lo que instala una mayor incertidumbre aun: ¿qué puede seguir a una época de oro: una “época de plata”, “de bronce”, “de barro”? Sin quererlo, con su énfasis admirativo, la imagen áurea sienta un equívoco principio de non plus ultra, de excelencia insuperable, como si la historia teatral tuviese momentos inmejorables y después de ellos, necesariamente, debiese venir algo inferior.

Segundo: el concepto historiográfico de “época de oro” surgió a la luz de la celebración del indiscutible talento y la laboriosidad de Sánchez, Laferrère, Payró y los Podestá, y de su magnífica contribución entre 1900 y 1910; puede pensarse, además, que fue producto del entusiasmo por el aniversario patriótico del primer centenario; pero también resultó una forma de expresar, por contraste, el descontento frente a la supuesta “declinación” del teatro argentino hasta que el movimiento independiente vino a “salvar” (Marial, 1955: 36) a la escena nacional.

Tercero: no se debería pensar la historia del teatro argentino en etapas que contrastan unas con otras, sino más bien en procesos que no se interrumpen por la muerte de ningún dramaturgo (ni siquiera de Sánchez), devenires de continuidad y transformaciones por los que el desarrollo del período 1910-1930 sólo es posible gracias a la experiencia histórica de la década anterior, que encierra en germen los constituyentes que se desplegarán más tarde. El teatro de 1910-1930, como veremos, es resultado de la profundización, el desarrollo y la diversificación de la escena en las dos décadas anteriores.

Cuarto: a partir de los años 60, progresivamente, la teoría de las industrias culturales logró que la idea de “mercado” del teatro y de las artes ya no fuera demonizada ni entrañara juicio negativo. Para los historiadores las palabras “industria” y “mercado” se han desprendido de toda connotación peyorativa y podemos valorar el período “industrial” del teatro argentino como una etapa destacable por más de un aspecto. Resume Jorge B. Rivera (2001): “Desde fecha relativamente reciente, la expresión industria cultural tiende a sistematizar y a describir, en la bibliografía de las ciencias sociales y la comunicación, a los sistemas de producción y distribución de bienes y servicios culturales elaborados en gran escala y destinados fundamentalmente a un mercado de características masivas” (372). ¿Se puede aplicar el concepto de “industrialización” al teatro? En esos años, como es propio de su lenguaje de origen, el teatro trabaja (y trabajará siempre) dentro de los límites “artesanales” que lo diferencian de la literatura, el cine y la radio, límites que implican la asunción de su singularidad. A diferencia del cine (o más tarde la música y la televisión), el teatro no se puede “industrializar” porque no se deja “enlatar” en soportes tecnológicos ni goza de las posibilidades de la “reproductibilidad técnica” de la que hablaba Walter Benjamin. El teatro es, de acuerdo con la definición benjaminiana, un acontecimiento irreductiblemente aurático, corporal, de la cultura viviente, en el que son insustituibles el convivio de actores, técnicos y espectadores y la territorialidad en cada función. Cuando afirmamos que el teatro adquiere entre 1910 y 1930 una dimensión “industrial”, queremos decir una producción rentable, prolífica y seriada, de labor múltiple y agotadora, y en algunos casos con alto rendimiento económico, que estimula la práctica de un conjunto de técnicas dramáticas, actorales, de dirección y empresariales, sobre las que además los artistas reflexionan intensamente. Adaptamos el término “seriada”, que remite a la idea de “producción en serie”, al trabajo teatral: queremos decir que la intensidad de producción es tal que el teatro parece una “máquina” que no para de multiplicar funciones, escribir nuevos textos, realizar estrenos semanales y reposiciones de repertorio, acelerar ensayos y simultáneamente intervenir en las discusiones gremiales.

“¿Por qué es verdaderamente malo el teatro nacional?”

Los primeros historiadores que estudian el período absorbieron y prolongaron en su interpretación el juicio negativo que circulaba en forma generalizada tanto en la oralidad como en la gráfica de aquellos años. Fue una constante en la Argentina durante décadas –y en algunos sectores sigue viva aún– la valorización idealizante de lo europeo y el desmedro de lo local. En el teatro la desvalorización se acentúa, porque se suma el peso de la tradición ancestral del “pensamiento antiteatral”, vivo hasta hoy en Occidente. Se identifica con ese término a la corriente de ideas contra la actividad teatral, ya presente en la antigüedad clásica y multiplicada en la Edad Media por acción de los Padres de la Iglesia. Se desconfía del teatro por diversos tópicos: el problema de la “representación”, su degradación imitativa de la realidad, especialmente de lo divino; el carácter potencialmente irreverente de los histriones y sus hábitos “inmorales”; el origen pagano en celebraciones rituales; la feminización del varón, que se disfraza de mujer; el poder sugestivo, político y pedagógico del teatro, etcétera.

Lo cierto es que ya el 6 de enero de 1910 –es decir, incluso dentro de la más tarde llamada “época de oro”–, el diario La Razón denunciaba la “decadencia” del teatro nacional y hacía responsables a los autores y los actores (a los que llamaba, respectivamente, “arregladores” y “morcilleros”, es decir, los que adaptan las obras para los intérpretes y los actores improvisadores, que se salen del texto del autor), al público (“ciego que reclama por un lazarillo”) y a los periodistas complacientes (Seibel, 2002: 441).

Entre 1910 y 1930 el rechazo a la situación del teatro porteño es generalizado. Podríamos multiplicar las citas de los documentos que ratifican esa negación, pero hay un caso ejemplar, en el que vale la pena detenerse: la encuesta que publica el diario Crítica entre el 26 de julio y el 11 de agosto de 1924, en la que quince personalidades destacadas de diferentes disciplinas responden a la pregunta contundente “¿Por qué es verdaderamente malo el teatro nacional?”. Contestan la encuesta José Ingenieros (ensayista), Arturo Goyeneche (político radical), David Peña (historiador y dramaturgo), Ricardo Rojas (historiador y profesor universitario especialista en literatura argentina), José Ignacio Garmendia (militar), Emilia Bertolé (pintora y poeta), Antonio de Tomaso (político socialista), Juan Luis Ferrarotti (jurisconsulto), Alberto Palcos (historiador y profesor universitario), Enrique Dickman (médico, escritor y político socialista), Carlos Ibarguren (escritor y jurisconsulto nacionalista), Nicolás Coronado (crítico teatral), Alfredo Palacios (político socialista), Antonio Dellepiane (historiador y educador) y Herminio J. Quirós (jurisconsulto y profesor universitario). Es relevante la selección de los entrevistados: no se trata sólo de artistas o de especialistas en teatro sino de exponentes de diversos sectores, que sin embargo se demuestran atentos a la actividad teatral y se consideran habilitados para opinar sobre ella.

En la presentación de la encuesta (26 de julio, sin firma), bajo el título “Rodríguez Larreta y Vacarezza” (en referencia a Enrique Rodríguez Larreta y Alberto Vacarezza, señalados por los periodistas como exponentes de las dos tendencias polarizadas de nuestra dramaturgia, el “teatro de arte” y el “teatro mercantilizado”), se califica rotundamente el presente y el pasado inmediato y se idealiza la década de Sánchez: “El teatro nacional es malo. He aquí una afirmación rotunda que no discuten ni los mismos autores. Y aun las personas menos versadas en estos asuntos seudoliterarios saben que el teatro de los primeros años, el de Florencio Sánchez, por ejemplo, no ha sido superado, ni lo será, probablemente, ya que una orientación mercantilista aleja cada vez más de la escena al autor que no es, al mismo tiempo, un excelente «productor», como se dice en el lenguaje comercial”. La nota reconoce que “en todos los ambientes tiene la producción artística, aparte de la finalidad puramente estética, una finalidad económica” y que “los países más civilizados son aquellos, precisamente, que colman de riqueza a Anatole France, a Bernard Shaw o a [Gilbert K.] Chesterton”. Pero los encuestadores no están dispuestos a “poner en idéntico plano, a igualdad de éxito económico, “a Guido de Verona, el autor de La suegra de Tarquino, y a ciertos revisteros de algún teatro bonaerense”. Por eso llaman a opinar a “nuestros lectores” y convocan para la encuesta a “los más capacitados”.

Salvo José Ingenieros (26 de julio) y Nicolás Coronado (7 de agosto), que rescatan la producción dramática del momento y, en particular, hacen elogiosas referencias a la obra de Armando Discépolo (que ya retomaremos), en rasgos generales el resto de los encuestados afirma que debe hacerse algo para cambiar la orientación negativa del teatro argentino. Hablan de “mercantilización” y de carencia de “calidad artística”. Según Arturo Goyeneche (27 de julio), el problema es inherente a la “juventud” del teatro argentino y el error que se comete es ponerse al servicio del gusto del público. Para David Peña (28 de julio), quienes manejan la situación son los empresarios y los directores, preocupados por la taquilla, pero también está en juego la competencia del cine. Según Peña, se ha popularizado el oficio del dramaturgo a tal punto que “no hay espíritu audaz y zafado, por lo demás, que no se considere habilitado para considerarse autor teatral”. Peña refiere una anécdota reveladora: “Voy a la peluquería a afeitarme y el barbero que me conoce saca una obrita y me la da para que la lea. Lo mismo me sucede en la zapatería o en el café. Todo el mundo tiene su obrita preparada”. Cuenta que, además, un reconocido actor le contó que su cocinera le había presentado un drama. “Éste es un mal tan generalizado que hay que temerle”, concluye. Para Peña, la dramaturgia requiere de estudio y observación:

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Data wydania na Litres:
15 listopada 2024
Objętość:
431 str. 2 ilustracji
ISBN:
9789876910941
Właściciel praw:
Bookwire
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