Czytaj książkę: «La dicha de la verdadera meditación»
La finalidad del material proporcionado en este libro es ofrecer información útil sobre los temas tratados. Su objetivo no es servir para diagnosticar o tratar ninguna dolencia o enfermedad médica, por lo que no debe ser usado con este fin. Se pone a la venta con la garantía de que los editores no se dedican a prestar servicios psicológicos, financieros, legales, ni de ninguna otra índole. En caso de requerir asistencia o asesoramiento, el usuario deberá recabar ayuda profesional.
Título original: THE JOY OF TRUE MEDITATION
Traducido del inglés por Diego Merino
Diseño de portada: Editorial Sirio, S.A.
Maquetación de interior: Toñi F. Castellón
© de la edición original
2019, Jeff Foster
Publicado inicialmente en 2019 por New Sarum Press
© de la presente edición
EDITORIAL SIRIO, S.A.
C/ Rosa de los Vientos, 64
Pol. Ind. El Viso
29006-Málaga
España
www.editorialsirio.com
I.S.B.N.: 978-84-18000-96-6
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Contenido
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CRÉDITOS
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DEDICATORIA
PRÓLOGO DE KELLY BOYS
EL DESCUBRIMIENTO DE LA VERDADERA MEDITACIÓN
1. EL MILAGRO DE LA RESPIRACIÓN
2. CÓMO SE PRODUCE LA VERDADERA SANACIÓN
3. DE LA DEPRESIÓN AL DESCANSO PROFUNDO
4. DEJA DE ESPERAR QUE LLEGUE LA ABUNDANCIA
5. ¡NO INTENTES ARREGLARME! EN LUGAR DE ESO, ÁMAME
6. SI TE SIENTES TRISTE
7. RELÁJATE, TÚ NO ERES EL HACEDOR
8. RUPTURA Y RESTABLECIMIENTO
9. TU OTRA MITAD
10. EL SILENCIO ENTRE NOSOTROS
11. EL MEJOR CONSEJO DE AUTOAYUDA
12. SOBRE LA BELLEZA
13. INCLUSO CUANDO NO SOMOS CAPACES DE MANTENERNOS EN PIE
14. LA GRACIA DE LA FRUSTRACIÓN
15. RESPIRO CONTIGO
16. LA BELLEZA DE TU LETARGO
17. POR QUÉ NO HAS SANADO «AÚN»
18. CUANDO UN AMIGO QUIERE MORIR
19. TODOS TENEMOS ZONAS VULNERABLES
20. EL YOGA DE LAS RELACIONES
21. CUANDO NOS ALEJAMOS DE LOS SENTIMIENTOS
22. TU GRAN PROTECTOR
23. ¡FIRME COMO UNA ROCA!
24. CUANDO EL AMOR TE ABRE
25. DEJA DE MENDIGAR
26. HOY ¡SÉ SALVAJE!
27. EN LO MÁS HONDO DEL LODO TÁNTRICO
28. UNA PUERTA DE ENTRADA A LO SAGRADO
29. EL BUDA SALVAJE
30. APACIGUA TU FUEGO
31. EL FINAL DE LA NEW AGE
32. IR DESPACIO Y MOSTRAR EMPATÍA EN UN MUNDO ACELERADO
33. CAMINAR CON ALEGRÍA
34. LA AVENTURA DEL AMOR
35. LA TERNURA DEL CORAZÓN QUE SE ABRE DE NUEVO
36. TU VOZ SALVAJE
37. EL COMPROMISO MÁS PROFUNDO DEL AMOR
38. LA SOLEDAD CONTIENE SU PROPIO REMEDIO
39. CARTA A VINCENT VAN GOGH
40. LA QUIETUD EN EL CAOS
41. LA SENDA DEL CORAZÓN ROTO
42. DEVOCIÓN SALVAJE PARA UN MUNDO EN LLAMAS
43. CÓMO AFRONTAR EL MIEDO
44. EL AMADO
45. TE DARÉ MÁS DE MI LOCURA
46. ÉXODO
SOBRE EL AUTOR

Para papá.
Hiciste las cosas «a tu manera».
PRÓLOGO
DE KELLY BOYS
La vida tiene una invitación simple y encarecidamente amable que hacernos: ser como somos ante lo que es.
La verdadera meditación –una vía que nos lleva de vuelta a nosotros mismos y que, a pesar de ser muy transitada, desaparece con gran facilidad– es al mismo tiempo difícil de definir y previsiblemente fiable en su desarrollo. En ella se produce un encuentro genuino con la totalidad de lo que somos (así como con la totalidad de lo que creemos ser pero que no se sostiene a la luz de la indagación honesta y compasiva). Es una senda que discurre a lo largo de líneas esenciales, que corre por surcos emocionales y existenciales y por todo lo que la vida manifiesta tanto en nuestro propio interior como en nuestro entorno.
Hacen falta valor y coraje para aceptar la invitación que se nos hace a emprender este viaje esencial de regreso a casa. Por extraño que parezca, a veces ese coraje se manifiesta bajo la forma de la desesperación, de la rendición, de la entrega... O como una «cobardía» total y absoluta que hace que ni tan siquiera seamos capaces de mirar, sentir o experimentar lo que está presente.
Y, sin embargo, aquí seguimos. Dormidos, despiertos, aproximándonos, alejándonos, encontrándonos con este momento.
Tal como somos ahora.
La verdadera meditación es profundamente relacional. Constituye el encuentro definitivo con aquello que es real: con la visión clara y directa de la verdad en cualquier forma que aparezca en nuestra vida. Esta visión clara de lo que está presente (ya se trate de una emoción, de un pensamiento, de una idea equivocada, de un momento de alegría o de la más profunda esencia de las cosas) es un gesto relacional e íntimo que nos invita a manifestar plenamente en nuestro propio cuerpo una presencia cálida y acogedora, una capacidad inquebrantable que, en esencia, nos permite dar la bienvenida a toda la belleza y el caos propios de la vida humana (y, en última instancia, convertirnos en dicho caos y dicha belleza). Es algo profundamente íntimo que no deja nada fuera. Lo incluye todo, no excluye nada. El momento contiene en sí mismo las semillas de todo lo que necesitamos para recibirlo.
Al acoger y dar la bienvenida a lo que sea que surja, sintiendo la respiración, el cuerpo, la existencia que vibra en nuestro núcleo central, nos convertimos en la apertura misma. A medida que profundizamos en esta actitud descubrimos que esta presencia acogedora forma la esencia de quién somos.
Entre los aspectos que puede traer consigo la visión clara que produce esta clase de presencia radicalmente abierta están la compasión, la relajación, la flexibilidad, las revelaciones impactantes, la risa, el desahogo o la pérdida del sentido de individualidad y de las creencias que albergábamos anteriormente; una sensación de alivio profundo, de habernos liberado del juego, de la trampa o la prisión de la mente. Cuando le prestamos una mayor atención a la respiración, a nuestros sentimientos, emociones, sensaciones y pensamientos, descubrimos que las cosas no son como creíamos que eran. El miedo se vuelve menos aterrador de lo que parecía, la ira menos amenazante. Aquellas partes de nuestro ser de las que nos enajenábamos, que no queríamos o repudiábamos, empiezan a encontrar su sitio nuevamente, a poder ser tal como son en un espacio que ya no las rechaza. Les ofrecemos un lugar en nuestro corazón, en nuestra mente y en nuestro ser que está libre de la violencia que supone la negación y el rechazo de nosotros mismos. Incluso esta autonegación es acogida de buen grado. De hecho, toda la violencia y los conflictos internos encuentran ahora el verdadero significado de la no-violencia en el propio acto de ser acogidos por lo que son. Cuando regresamos a nosotros mismos de este modo, empezamos a descansar.
He recorrido el mundo impartiendo clases de mindfulness o atención plena (al personal que desempeña labores humanitarias y a quienes están al cargo del desarrollo de proyectos en las Naciones Unidas, a reclusos en prisiones, a empleados de Google, a militares veteranos, etc.), y no soy capaz de encontrar ni una sola diferencia en las necesidades esenciales que todos tenemos, ni tampoco en nuestra capacidad colectiva tanto para ocultar como para confrontar profundamente lo que es real. Lo que he visto y experimentado en mí mismo y en los demás es que compartimos el anhelo común de descubrir esta presencia sencilla y acogedora en la que reencontrarnos con nuestra ternura, con nuestras vulnerabilidades, esperanzas y temores. Ocurren muchas cosas en el simple ofrecimiento de nuestra propia presencia.
La meditación nos ofrece la esperanza, el bálsamo, la cura del fin del sufrimiento. Lo que ocurre es que este fin del sufrimiento no llega del modo que creemos (ni del modo en que nos gustaría que lo hiciese): nos sobreviene al entregarnos por completo a todo lo que experimentamos, incluyendo nuestro propio sufrimiento profundo. La buena noticia es que al abrazar esta vía también surge un profundo sentimiento de confianza. Aprendemos (ya sea con el tiempo, de forma gradual, o porque no nos queda más opción que aprenderlo rápida y repentinamente) que la confianza está presente en cada paso, en cada respiración, cada vez que nos zambullimos en el momento presente desprovistos de nuestros antiguos andamiajes. Es como dejarnos caer hacia atrás con los ojos cerrados en brazos de nuestros amigos: nos da miedo, pero en el fondo sabemos que tendremos un aterrizaje suave. La verdad de las cosas, la crudeza y la realidad de la vida en todo su despliegue, se vuelve mucho más segura, mucho más amable, de lo que nuestras ideas pudieron haberlo sido alguna vez. Es posible que el miedo, la ira o la angustia no desaparezcan, pero, en presencia de nuestro amor, pueden transformarse y convertirse en portales que conducen a lo más profundo de nuestro sabio corazón (ese corazón que tal vez hayamos dejado demasiado tiempo abandonado).
Este libro es un gesto relacional, un compartir abierto y vulnerable, una mano tendida para ayudarnos a recorrer el camino, un tratado integral sobre el poder de nuestra propia presencia, de la respiración y de la simplicidad de ser la totalidad de quién somos al afrontar lo que la vida nos trae a cada momento. Jeff nos acompaña por todos los rincones que la mente crea para defenderse de la simplicidad de este momento, mostrándonos así el tapiz en toda su plenitud y asegurándose de que recordamos que la vida es mucho más salvaje y mucho más libre de lo que nunca pudiésemos haber imaginado.
En estas páginas, escritas con inteligencia y valentía, encontrarás muchas invitaciones: a tu soledad, a tu libertad, al descanso profundo que durante tanto tiempo has procurado evitar... Sus palabras nos invitan a encontrar un hogar dentro de nosotros mismos, a enamorarnos de nuestra mente y nuestro cuerpo, quizá por primera vez. Su prosa es feroz, salvaje, apasionada, poética y desacomplejada. Las suaves palabras de Jeff deshacen el estigma del trauma y nos brindan un espacio interior en el que poder «respirar» todas esas cosas que hemos hecho tan «mal». Es agnóstico en su fascinación. No se deja nada fuera: el sudor, las lágrimas, la sangre, la culpa, los impulsos oscuros, el poder y la alegría... Todo está incluido.
En cada una de las pinceladas de este libro se oculta un recordatorio constante de la ferocidad y la totalidad del momento como una invitación a la presencia, a respirar, a volver a casa; las invitaciones que Jeff nos hace son múltiples y variadas, y rinden homenaje al corazón vivo y palpitante y al aliento vital que –literalmente– nos inspira. Siendo quien es (un poeta, un amante, un loco en el mejor sentido de la palabra), Jeff nos ofrece sus palabras de aliento susurrándoselas a nuestra agotada mente, a nuestros cansados oídos, para que, de este modo, le lleguen a nuestro salvaje y resplandeciente corazón.
KELLY BOYS,
autora de El efecto punto ciego
kellyboys.org
Algunos dicen que el mundo
es un valle de lágrimas.
Yo digo que es un valle
en el que se forjan las almas.
John Keats
EL DESCUBRIMIENTO DE LA
VERDADERA MEDITACIÓN
Antes que nada, me gustaría compartir contigo parte de mi historia personal. Es una historia que empieza con la muerte y termina con la vida y cuenta el descubrimiento de la verdadera meditación: no por medio de libros, maestros espirituales o clases de meditación, sino a través de la muerte y el renacimiento, de aventurarme en mi propia oscuridad, de estar a un solo paso del suicidio y la autodestrucción, de atravesar el velo de la mente dual y alcanzar una Luz interior inextinguible. Una Luz que había estado ahí todo el tiempo: la Luz de la meditación, la Luz de la Unidad, la Luz de mi verdadero ser.
Quizá mi historia no sea tan distinta de la tuya. Creo que, en última instancia, todos estamos inmersos en el mismo viaje de regreso a casa, de vuelta al momento presente, al aquí y ahora.
Desde que tengo memoria, siempre he creído que había en mí algo que estaba «mal». Me sentía enfermo, roto y horrible por dentro; indigno de recibir amor, un error como ser humano, un individuo dañado y sin redención posible, sin esperanza. El terror a ser abandonado (y a la muerte misma) me calaba los huesos y hacía que tuviese miedo de vivir, que me sintiese azorado y avergonzado al hacerlo. Caminaba por las calles encorvado, ocultando el rostro. Nunca establecía contacto visual con nadie durante más de un breve instante, pues estaba convencido de que quien viese lo que era de verdad saldría despavorido de puro horror y repugnancia.
Me encontraba exhausto todo el tiempo, con un cansancio antiguo que sentía en un nivel muy profundo de mi alma. Me pasaba las vacaciones escolares escondido en mi habitación, recurriendo a los videojuegos, las películas o la comida para no pensar, y, en términos generales, anhelando una vida diferente. Tenía dolores, tensiones y contracturas por todo el cuerpo; un cuerpo al que consideraba mi enemigo y que me causaba repulsión.
Tuve ataques de pánico que mantuve en secreto y de los que jamás le hablé a nadie. Tenía pocos amigos, nadie con quien poder hablar de verdad. Sufrí mucho acoso escolar y, en los recreos, me escondía en los baños del colegio. Llegaba a casa empapado en sudor y me atiborraba con chocolate y hamburguesas de microondas para tratar de mitigar el dolor. Incluso en los días más calurosos del verano me ponía muchas capas adicionales de ropa para, de este modo, absorber la excesiva transpiración que me producía la ansiedad.
No tenía idea de si era hombre o mujer, heterosexual o gay, humano o animal, santo o asesino. Tal vez en algún lugar alguien cometió un tremendo error y yo había nacido en el momento y el planeta equivocados, orbitando un sol que no me correspondía. A veces ni siquiera sabía si estaba vivo o muerto. Para mí, mi identidad era un enorme signo de interrogación, y eso me inquietaba hasta los tuétanos.
A medida que me fui haciendo mayor, la necesidad de morir fue creciendo conmigo. A menudo fantaseaba con matarme, con destruir el mundo, o con hacer ambas cosas a la vez. Una pena y una rabia muy antiguas hervían en mi interior, pero yo me limitaba a tratar de insensibilizarme ante esos sentimientos y poner cara de valiente. Me fue muy bien a nivel académico y en el colegio muchas veces era el mejor de la clase. A los dieciocho me aceptaron en la Universidad de Cambridge, lo que supuso un gran honor para mi familia. Yo fingía ser feliz, estar satisfecho, sentirme pleno, tranquilo y complacido: era el arquetipo mismo del «buen chico». No mostraba nada al mundo que pudiese reflejar la auténtica profundidad de mi desesperación.
En los breves momentos de calma que disfrutaba durante el día y en las pesadillas que tenía mientras dormía, escuchaba los alaridos de monstruos que gemían desde lo más profundo de mi ser, gritos terriblemente angustiosos de seres olvidados que había relegado a las tinieblas, partes abandonadas de mi propia psique que desde el inframundo reclamaban mi amor, mi ayuda y mi atención.
Había renunciado a todos mis sueños y todas mis esperanzas. Desde pequeño, siempre había querido contar historias, hacer películas, crear obras que sirviesen de inspiración a los demás, tal vez incluso que cambiasen el mundo, pero estaba petrificado por el miedo al fracaso y el rechazo y por el gran temor que me producía que otros pudiesen ver mi vergonzoso interior, así que bloqueé todas estas pasiones creativas por el riesgo que suponían. Vivía fuera de mi cuerpo y fuera del momento presente; estaba inmerso en el fantasioso mundo de la mente conceptual ligada al tiempo, en ensueños y pesadillas, en filosofías complicadas y mundos distantes, en pasados y futuros... Y siempre, constantemente, lamentándome de cosas pasadas o anticipando lo que podría ocurrir en el futuro. Era un apátrida, un destituido, un sintecho. Estaba totalmente enajenado de mi verdadero santuario, de mi auténtico refugio. Me había separado de Dios, me había alejado de la Fuente de la Vida, estaba completamente desligado de la Madre Divina.
Me dolía desde lo más profundo de mi soledad cósmica el no ser capaz de encontrar el modo de extinguirme.
Más adelante llegué al punto de querer suicidarme. Parecía ser la única solución al imposible problema de vivir. Me sentía exhausto (mucho más allá de mi capacidad de tolerancia) y estaba más que cansado de fingir, de tratar de «encajar», de vivir en un mundo que era incapaz de verme, o que no quería verme tal como era. Había algo en mí que tan solo quería descansar del agotador e interminable proyecto de «ser una persona en el mundo».
Por supuesto que, en realidad, no quería morir. Secretamente, tenía unas enormes ganas de vivir. Sencillamente no sabía cómo hacerlo. Nadie me había enseñado.
Creía que la muerte física era la única manera de avanzar, el único camino posible.
Me sumí en una oscuridad muy profunda.
✣✣✣
Y luego, un día cualquiera, todas mis defensas contra la vida, toda mi resistencia a estar vivo, todas mis protecciones condicionadas contra el dolor y el placer de la experiencia cruda empezaron a resquebrajarse.
Todo el material inconsciente reprimido, todos los pensamientos, sentimientos y deseos que había estado conteniendo para parecer «normal» y «civilizado», empezaron a filtrarse por las grietas, después a manar a chorro y, finalmente, a desbordar en un mar de percepción consciente. La caja de Pandora había saltado en pedazos dentro de mí. Ya no podía seguir huyendo de mi propia oscuridad interior, ya no podía alejar de mí la vida y buscar refugio en la mente conceptual, pues ya no había ningún refugio seguro que encontrar ahí. Estaba siendo llamado a confrontar la vida, a mirarla de cara y abrirme a ella. La alegría, el terror, la rabia, los abrasadores sentimientos de abandono reprimidos desde la infancia, oleadas y más oleadas de dolor y desgarro indescriptible... Ya no podía seguir escapando de todas estas cosas. Los traumas se habían desatado en mi interior con toda su crudeza. Todo lo que hasta entonces había estado conteniendo ahora manaba precipitadamente hacia mí ¡como un imparable torrente de vida! Pensé que iba a morir, pues estaba convencido de que no sería capaz de tolerar la intensidad de todo esto ni un segundo más.
Pero no morí. De hecho, estaba empezando a sanar. Aquel infeliz «yo» de siempre estaba empezando a desmoronarse. Mi «no» a la vida ardía en llamas, se consumía, y mi verdadero yo comenzaba a cobrar vida. Desde lo más hondo de mi ser, algo estaba empezando a decir «sí»: «sí» a estar vivo, «sí» a no saber, «sí» a la alegría y al dolor de la existencia, «sí» al caos y la confusión que implica existir como un ser humano imperfecto, «sí» a la oscuridad y la luz. ¡«Sí» a todo!
Durante las semanas y meses que siguieron salí de la mente y entré en el corazón. Entré en contacto con la Presencia, el Ahora, una profunda e intensa Unidad con todas las cosas. Respiraba. Volvía a ser capaz de sentir el corazón, de sentir los rayos del sol que caían sobre mi rostro, de escuchar nuevos sonidos, de saborear de verdad lo que comía, de contemplar nuevos horizontes y nuevas posibilidades, de percibir nuevas sensaciones recorriendo mi cuerpo... Me sentía como un bebé, como alguien que estuviese experimentando el mundo por primera vez. En ocasiones esta sensación de estar vivo era tan intensa que pensaba que me mataría, que me dañaría de algún modo, que no podría manejarla, o que tal vez haría que me precipitase en una espiral descendente hasta un vacío del que nunca sería capaz de escapar.
Pero los sentimientos siempre son seguros. Son nuestras defensas las que nos causan tanto sufrimiento.
Lo diré una vez más. Nuestros sentimientos, por muy intensos que sean, son seguros. No son ellos los que nos causan tanto dolor y tanto sufrimiento, son las tensiones añadidas que desarrollamos en torno a nuestros sentimientos humanos, el hecho de negarlos y rechazarlos, nuestros esfuerzos inconscientes por destruirlos, aniquilarlos y purificarlos, el avergonzarnos de nuestra vulnerabilidad y el hecho de asfixiar a nuestro niño interior.
Instintivamente, comencé a «respirar a través» de todos mis sentimientos, pensamientos y deseos «insoportables». Si iba paso a paso, momento a momento, era capaz de soportar estos «monstruos», de sobrevivir a ellos, tolerarlos, permitirlos, e incluso de hacerme su amigo. Y cuando no podía permitirlos, cuando la resistencia que mostraba ante ellos parecía ser demasiado grande, cuando sentía una rabia volcánica en mi interior, cuando el dolor llegaba en oleadas y parecía que iba a partirme en dos, sentía que algo más grande o más elevado se encargaba de sostener estas emociones, de dejarlas ser; se trataba de algo antiguo, intenso, infinito, eterno, lleno de amor y totalmente incognoscible para la mente. Lo cierto es que era capaz de soportar incluso los momentos que me parecían absolutamente insoportables. Había algo en mi interior que era indestructible, algo que no podía morir. Era tierno, vulnerable, receptivo y estaba radicalmente abierto, pero también era más fuerte, más sólido y más valioso que el diamante más precioso y más resplandeciente que mil millones de soles. Estaba empezando a descubrir mi verdadera naturaleza; quién era realmente antes de que me enseñaran a desconfiar de mí mismo, antes de que me inculcasen todos esos condicionamientos de miedo y de odio, antes de la Caída. Estaba descubriendo mi verdadera identidad como la Presencia-Conciencia misma, como la luz que nunca se apaga, como el amor que nunca muere; el gran fuego inextinguible que llevamos en nuestro interior.
Una nueva esperanza estaba surgiendo en el núcleo mismo de mi herida de separación, culpa, vergüenza y abandono; la no-dualidad estaba emergiendo en el corazón de la dualidad; una nueva vida nacía en medio de la oscuridad, en el vientre de la bestia; una resurrección, un perdonar, una segunda oportunidad, un nuevo comienzo.
Había días que temblaba y convulsionaba del miedo que sentía; todo el miedo que nunca antes me había permitido sentir. Ahora, en lugar de alejarlo de mí, dejaba que me inundase, que circulase libremente por mi ser. Otros estallaba y soltaba toda mi ira a los cielos, los océanos y las montañas. Pronunciaba todas las palabras del niño interior que nunca antes había tenido voz; palabras que no eran «agradables», ni «espirituales», ni «amables», sino crudas, feroces, salvajes, auténticas y llenas de emociones. ¡Qué maravilla escucharme a mí mismo pronunciando al fin palabras auténticas, expresando mi verdad! Me pasé casi un año llorando a diario, dejando salir todas las lágrimas que nunca había podido llorar de niño, todas las lágrimas que había reprimido para no disgustar ni enfadar a nadie. A veces me reía como un bebé, me dejaba llevar por la risa tonta, a menudo sin razón alguna, hasta que casi no podía respirar. También hubo ocasiones en las que sentía una dicha extática y, al mismo tiempo, una terrible desesperación. ¡Me había convertido en un glorioso caos!, ¡en un embrollo salvaje, inconsistente, impredecible e incontrolable! Ahora había tanto espacio en mi interior, tanta vida... Tanto, tantísimo espacio. A veces toda esta energía liberada que fluía por mi interior me hacía pensar que me estaba volviendo loco. Hubo días en los que pensé en ingresar voluntariamente en un hospital psiquiátrico, pero quizá tengamos que volvernos «locos» para poder sanar. Tal vez la «normalidad» o la «conformidad» había sido la enfermedad que había estado sufriendo durante toda mi vida. Tal vez la camisa de fuerza de la «adaptación» por fin estaba ardiendo en llamas gracias a esta fiebre sanadora. Además, estaba aprendiendo a confiar nuevamente en mí mismo, a permanecer cerca de mi propia experiencia, sin juzgarla, sin tratar de arreglarla, sin tan siquiera intentar librarme de ella.
Estaba aprendiendo verdadera meditación del maestro de meditación más feroz y despiadado de todos: la vida misma.
Sobreviví a este proceso de muerte y renacimiento y empecé a ser capaz de tolerar pensamientos y sentimientos que antes me resultaban completamente insoportables. Recuperé nuevas fuerzas, encontré en mi propio interior un nuevo valor y empecé a descubrir una serie de recursos internos con los que no sabía que contaba.
Empecé a enamorarme nuevamente de la vida en este extraño planeta llamado Tierra. De la vida en su totalidad, de las alegrías y también de las penas, el aburrimiento, la confusión, la frustración, las dudas, los anhelos, la soledad... Ahora todo era sagrado. Todo lo amaba, todo me resultaba profundamente fascinante, como lo había sido en mis primeros años de infancia. Ya no quería liberarme de mis propios sentimientos; quería sentirlos todos, experimentarlos todos, saborearlos todos. Mis pensamientos ya no me asustaban. Deseaba idear universos, crear galaxias enteras con la imaginación. Volvía a ser un artista, como lo había sido cuando era muy joven y estaba enamorado de la totalidad de la creación, cuando veía la vida con nuevos ojos, unos ojos llenos de inocencia y asombro. Me había convertido en un vasto océano de Conciencia, había aprendido a amar todas las olas de los pensamientos, los sentimientos, las sensaciones...
Quería estar roto y unificado al mismo tiempo. Quería lo positivo de la existencia, pero también lo negativo. Quería la dicha, pero también la congoja y la angustia. Quería la expansión, pero también la contracción. Quería las «cimas», pero también los «valles» de la vida. Quería el deseo y la falta de deseo. Quería sentir y también sentir la ausencia de sentimientos. Deseaba ansiosamente todas las polaridades del ser, el yin y el yang, la comedia y la tragedia, la agonía y el éxtasis, la tormenta y el sol resplandeciente, los defectos y las imperfecciones y la insoportable perfección que todo lo envuelve. Quería mi ser en su totalidad, el desastre y el milagro, la suciedad y las estrellas. Quería integridad, completitud, plenitud. Sí, no felicidad, sino plenitud, un don mucho más valioso que la limitada noción mental de la felicidad.
✣✣✣
Día a día, momento a momento, aliento a aliento, empecé a mostrarme a los demás, a dejar que me viesen por completo, que contemplasen todo mi ser.
Comencé a decir mi verdad. Temblando, sudando, con el corazón latiendo a cien por hora, a veces con la boca seca, otras con sensación de náuseas, abochornado y avergonzado de expresar mi verdad, pero, aun así, diciéndola. Mi verdad, esa verdad cruda, salvaje, confusa e incómoda.
Algunos «amigos» desaparecieron. Otros siguieron estando ahí. Entraron en escena nuevos amigos, nuevos «familiares», una nueva tribu que quería al nuevo yo en todo su divino caos. Querían que dijese cosas incorrectas, que cometiese errores, que mostrase mis extraños e incómodos sentimientos, que pronunciase palabras inconvenientes... E intentar amarme por todo ello, amarme tal como era.
En algún momento del proceso encontré el valor necesario para empezar a escribir sobre mi «despertar» –sobre mi baile con la muerte, la entrega a la vida y la pérdida de «mi antiguo yo»; mi senda sin senda hacia el lugar en el que siempre había estado–. Palabra a palabra, línea a línea, párrafo a párrafo, comencé a expresar por escrito mi más profunda verdad espiritual. Al principio temblaba de miedo (a fin de cuentas, no era escritor, y muchas veces no tenía ni idea de lo que estaba escribiendo ni de cómo ponerle palabras a esta experiencia preverbal del amor que sentía por toda la creación), pero había algo dentro que mí que me iba guiando, una especie de fuerza benévola ancestral que iba poniendo en mis manos el lenguaje necesario, que iba esculpiendo palabras en silencio y me hacía seguir adelante. Primero apareció un blog, luego un libro, y un buen día me vi delante de un pequeño grupo de personas en la sala de estar de alguno de ellos hablando sobre lo que había descubierto: la Presencia, la Profunda Aceptación, esta realidad no-dual, este espacio amoroso en el que todos los pensamientos y sentimientos son absolutamente divinos, en el que incluso el deseo de morir está impregnado de inteligencia, de conciencia, de vida. ¡Yo, que había sido la persona más acobardada de la tierra, compartiendo con otros desde lo más profundo de mi corazón! ¡Qué inesperado!
Al poco ya estaba hablando ante miles de personas por todo el mundo en encuentros y retiros, en conversaciones individuales e incluso en transmisiones online, sin saber nunca qué diría, pero confiando en esta voz interior de todos modos; sin saber nunca qué enseñar o cómo ayudar, pero dejando que esta antigua enseñanza fluyese a través del canal abierto y transparente que yo mismo era. Sin plan establecido, sin tener ni la más mínima idea de lo que estaba haciendo, paso a paso, momento a momento, el camino se iba desplegando ante mí, y así nació el papel de «maestro». Aunque en realidad yo nunca me he visto a mí mismo como un maestro, sino más bien como un amigo y un aliado; alguien que no trata de arreglarte o de curarte, alguien que solo quiere conocerte y recibirte tal como eres, alguien que está aquí para recordarte algo que siempre has sabido.