Czytaj książkę: «Discursos históricos»

Javier Alonso López. Filólogo Semítico, historiador y biblista, lleva más de un cuarto de siglo dedicado al estudio del antiguo Israel y la historia bíblica, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, así como de las tres grandes religiones del Libro: judaísmo, islam y cristianismo primitivo.
Ha participado en varias campañas arqueológicas en Israel, y en la actualidad compagina su trabajo como profesor de la IE University con diversas formas de divulgación histórica, desde seminarios hasta viajes al Próximo Oriente.
Es autor de numerosos libros y artículos sobre temas de historia y arqueología de Israel, y colabora habitualmente con varios programas de radio y televisión de temática histórica.
Desde la Antigüedad, la historia nos ofrece ejemplos de personas que, valiéndose de discursos bien construidos y escenificados, conmovieron a sus contemporáneos y transformaron sus corazones, convicciones y actos.
En Discursos históricos veremos cómo un buen discurso puede convertir a patriotas en verdugos, a hombres sin rumbo en guerreros de Dios, a oprimidos desesperados en un ejército lleno de esperanza, a enemigos en amigos y a seres comunes en criminales o iluminados.
Desde el Sermón de la montaña hasta Mandela, pasando por Cortés, Churchill, Hitler o Ghandi —entre otros— Javier Alonso no solo reproduce los discursos íntegros (casi todos traducidos por él) sino que nos da todas las claves para ponerlos en contexto y extraer su significado profundo. Además, nos ofrece referencias gráficas y audiovisuales para completar su comprensión.
Estas lecciones de historia y oratoria, no solo pertenecen al pasado sino a la naturaleza humana. Conocerlas nos ayuda a desenvolvernos en el mundo actual donde el discurso se adapta a los tiempos para seguir conmoviendo o manipulando.
DISCURSOS HISTÓRICOS

Discursos históricos
Del Sermón de la montaña a Mandela
© 2022, Javier Alonso López
Autor representado por Silvia Bastos, S. L. Agencia Literaria
© 2022, Arzalia Ediciones, S. L.
Calle Zurbano, 85, 3.º-1. 28003 Madrid
Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea
ISBN: 978-84-19018-06-9
Depósito Legal: M-6454-2022
Impreso en Artes Gráficas Cofás, S. A.
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.
Impreso en España — Printed in Spain
www.arzalia.com
Índice
Introducción
1. DEMOCRACIA
Discurso funerario de Pericles
2. IMPERIO
«Amigos, romanos, compatriotas» Marco Antonio
3. REINO DE DIOS
Sermón de la montaña Jesús de Nazaret
4. FE
«¡Dios lo quiere!» Papa Urbano II
5. LIDERAZGO
«Puedo aseguraros de mí que me basta el ánimo a conquistar el mundo entero» Hernán Cortés
6. LIBERTAD
«Discurso de Gettysburg» Abraham Lincoln
7. VISIÓN
El triunfo de la voluntad Adolf Hitler
8. RESISTENCIA
«¡No pasarán!» Dolores Ibarruri, Pasionaria
9. TENACIDAD
«Sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor» Winston Churchill
10. INDEPENDENCIA
«Abandonen la India» Mahatma Gandhi
11. PATRIA
«No preguntes qué puede hacer tu país por ti» John F. Kennedy
12. IGUALDAD
«Tengo un sueño» Martin Luther King
13. RECONCILIACIÓN
«El apartheid no tiene futuro» Nelson Mandela
Introducción
El cerebro humano empieza a funcionar cuando naces y no se detiene hasta que sales a hablar en público. GEORGE JESSEL
Quizás usted, querido lector que acaba de abrir este libro, esté de acuerdo con la frase de Jessel, quien, a pesar de ser actor, tenía pánico a hablar en público cuando no se trataba de interpretar un papel. ¡Qué difícil es pronunciar un discurso! ¡Qué complicado resulta enfrentarse a una audiencia, captar su atención, transmitir claramente un mensaje y convencer o emocionar para que actúe de acuerdo a nuestras intenciones!
A lo largo de la Historia, algunas personas han tenido el don, la habilidad o la capacidad de aprender las técnicas adecuadas para pronunciar discursos inspiradores, emocionantes, enérgicos, que en muchos casos han supuesto un cambio radical en el modo de actuar de sus contemporáneos. Grandes discursos han iniciado guerras, han animado a resistir más allá de lo humanamente soportable y han inspirado a pueblos enteros a emprender un camino hacia un futuro prometedor aunque incierto. Unos han expuesto lo mejor de los seres humanos; otros han sacado lo peor de nuestra naturaleza.
En este libro se presentará una selección de algunos de los mejores discursos pronunciados en el transcurso de la Historia, pero resulta imprescindible entender que un buen discurso no es igual a una buena idea. A lo largo de estas páginas, se mostrarán las herramientas retóricas con las que se construye un buen discurso, pero ante nosotros desfilarán personajes que, haciendo un uso magistral de ellas, las emplearon para propósitos a veces nobles, a veces muy oscuros. Para nosotros, ciudadanos del mundo del siglo XXI, es importante familiarizarnos con estas técnicas, porque solo así podremos ser capaces de comprender correctamente los mensajes con los que se nos bombardea a diario, en especial desde el ámbito político. Cuanto más sepamos, más difícil resultará engañarnos.
Pero repasar estos trece discursos nos proporcionará otras satisfacciones. Por una parte, estos textos nos ayudarán a comprender mejor varios momentos fundamentales de la historia universal en los que unas palabras pronunciadas con acierto inclinaron la balanza de uno u otro lado. Aprender historia nunca es una pérdida de tiempo, porque, aunque no se repite exactamente igual, sí se dan, sin embargo, patrones similares en otros momentos, y eso nos ayuda a entender mejor nuestro propio mundo.
Por otro lado, analizar algunos de los grandes discursos de todas las épocas puede contribuir a que los lectores, especialmente los más jóvenes, construyan sus propias intervenciones y presentaciones en un mundo en el que muchos de ellos se verán obligados a hablar en público en infinidad de ocasiones. Si hay que aprender, que sea de los mejores.
Este libro es el fruto de un curso que impartí en la IE University en el último trimestre de 2021 para alumnos de una decena de países diferentes. En el transcurso de aquellas sesiones, los estudiantes entendieron el contexto histórico en el que se pronunció cada uno de los discursos, leyeron y, en algunos casos, pudieron escucharlos, se familiarizaron con los principales instrumentos de la retórica y aprendieron a desgranar un discurso hasta sacarle todo su jugo. Fue una experiencia muy satisfactoria de la que tanto ellos como yo salimos enriquecidos y un poco más sabios. Vaya desde aquí mi agradecimiento a todos mis alumnos por su entusiasmo y participación, y también a María José Ferrari, directora académica de la División de Artes y Humanidades de la IE University, por apostar sin reservas por este seminario.
He intentado que las páginas de este libro resulten lo más amenas y didácticas posible. Por eso, creo que es una aportación interesante la última parte de cada capítulo, donde se presenta al lector la huella que cada uno de los discursos ha dejado en el arte en cualquiera de sus facetas. Las ideas viajan de la mente a la boca, y del oído del espectador a su cerebro para transformarse en imágenes. Creo que resultará curioso e interesante para el lector aprender cómo un templo griego, una película, un cartel publicitario o un evento deportivo internacional pueden estar inspirados por las palabras que un día pronunció algún hábil orador.
Por último, gracias a la tecnología, el lector podrá disfrutar, en muchos de los casos, de la reproducción en vídeo o en audio del discurso original gracias a los enlaces que acompañan a la mayoría de los textos. De esa manera, las ideas de Mandela, Martin Luther King, Kennedy o Churchill, entre otros, cobrarán vida en su contexto original y no serán tan solo, como desdeñosamente indicaba Hamlet, palabras, palabras, palabras.
Quiero dar las gracias a mi editor, Ricardo Artola, por aportar todo su saber para mejorar el libro y por tratarme con el mayor cariño; y a mi agente literaria y ángel guardián Silvia Bastos, por cuidar siempre de mí no como autor, sino como ser humano. Con gente así, da gusto.
1
DEMOCRACIA
Discurso funerario
de Pericles
Atenas, 431 a. C.
Contexto histórico
La historia de Atenas en el siglo V antes de nuestra era está tan íntimamente ligada a la suerte de Pericles, hijo de Jantipo, que en la actualidad se conoce aquel período de gloria, poder y brillo intelectual como el Siglo de Pericles. Sin embargo, para entender cómo Atenas alcanzó ese punto de desarrollo que la convirtió en el faro del Mediterráneo oriental, conviene retroceder unos decenios en el tiempo.
Para aquellas personas poco familiarizadas con el mundo antiguo, las guerras médicas evocan el ansia invasora de los «salvajes» y «corruptos» persas a la que hizo frente la virtud y superioridad moral y organizativa de las ciudades-estado de los griegos. Sin embargo, no fue exactamente así.
El origen de la primera guerra médica hay que buscarlo en la revuelta jonia de los años 499-492 a. C. Para librarse de una deuda contraída con el gobernador persa de Jonia (en la costa egea de la actual Turquía), el gobernante de Mileto, un griego llamado Aristágoras, organizó una sublevación contra los persas y pidió ayuda a las ciudades libres griegas de la otra orilla del Egeo. Solo dos, la pequeña Eretria y Atenas, atendieron al llamamiento y aportaron barcos y hombres que participaron en la destrucción de Sardes, la capital de la provincia persa. ¿Por qué los atenienses se prestaron a aquello? Pues porque Atenas estaba interesada en el comercio con las colonias griegas del mar Negro, que en aquel momento peligraba ante el empuje de los persas, que parecían apoderarse de todo lo que encontraban a su paso. No buscaban, por tanto, la liberación de sus «hermanos» de Jonia, sino defender sus propios intereses económicos y comerciales.
La revuelta jonia acabó en fracaso, pero Darío, el rey persa, no olvidó la ofensa. En 490 a. C., una flota persa puso rumbo a Grecia para castigar no a todos los griegos, sino tan solo a eretrios (en la isla de Eubea) y atenienses. Eretria fue arrasada, pero, cuando los persas se disponían a desembarcar todas sus tropas en la bahía de Maratón, fueron derrotados por el ejército ateniense que, de ese modo, libró a su ciudad de la ira del Rey de Reyes.
Darío regresó a Persia y no vivió para poder completar su venganza. Diez años más tarde, su hijo Jerjes preparó una nueva expedición contra Grecia, esta vez con una flota y un ejército gigantescos que amenazaban la seguridad de todos los griegos. Algunos, como los macedonios, se sometieron de buen grado y colaboraron con los invasores. Otros, como los espartanos, se alinearon con los atenienses y fueron protagonistas de la gloriosa derrota de Termópilas. La furia persa llegó hasta Atenas, que fue arrasada y saqueada mientras su población se refugiaba en las islas vecinas. Al final, la victoria naval ateniense en las aguas de Salamina en 480 a. C. y la terrestre en Platea al año siguiente conjuraron la amenaza persa. Jerjes regresó a su reino y nunca más un soldado persa puso su pie en tierra griega.
Aunque en la victoria sobre el invasor habían participado numerosas ciudades griegas, como Esparta, Corinto, Tebas, Focea, Megara, Platea, Epidauro, Egina, Micenas, Tirinto y otras, desde el punto de vista político, la gran triunfadora fue Atenas. La capital del Ática había pagado un precio muy alto, pues había sido arrasada, saqueada y profanada por las hordas persas, había llevado el peso principal en todas las batallas navales (Cabo Artemision y Salamina) y combatido casi en solitario en Maratón. Desde su punto de vista, era Atenas la que había salvado a todas las polis de Grecia, y la otra gran ciudad participante, Esparta, no había hecho tanto por la causa común, a pesar de que fueron espartanos les héroes de Termópilas y los que formaron el contingente principal que derrotó a los persas en Platea.
Una vez conjurado el peligro persa en territorio griego, Atenas se dispuso a cobrarse su deuda. En el año 477 a. C. lideró la formación de una alianza de ciudades griegas con el propósito de llevar la guerra a territorio persa, controlar el mar Egeo que separaba a griegos y persas, y saquear a sus enemigos para resarcirse de las pérdidas sufridas. Otra intención no declarada, sin embargo, era el ansia expansionista de los atenienses, que pretendían controlar las rutas marítimas del Egeo y de entrada al mar Negro de manera casi exclusiva. Según las bases de esta liga, las ciudades aliadas de Atenas debían contribuir con barcos y soldados a las expediciones que se organizasen, y con dinero a una caja común que tendría su sede en el santuario de Apolo en la isla de Delos, de ahí que la alianza fuese conocida como Liga de Delos.
Los primeros años de la Liga de Delos fueron exitosos. En 466 a. C., el ateniense Cimón derrotó a los persas en la batalla del río Euremidonte. Allí, la flota enemiga fue destruida y, de este modo, quedó conjurada la amenaza de una posible invasión por mar. Pero la liga había ido perdiendo su espíritu inicial incluso antes de este momento. El primer síntoma fue la decisión de la isla de Naxos de retirarse de ella en 470 a. C. Parecería que un estado es libre de abandonar un pacto cuando desee, pero fueron los atenienses, no la liga en su conjunto, quienes obligaron por la fuerza a los naxios a permanecer en la alianza, imponiéndoles un abusivo tributo anual. A partir de entonces, cualquiera que intentó abandonarla corrió la misma o peor suerte, llegándose incluso a la invasión y destrucción de un territorio teóricamente aliado. La liga dejó de ser una reunión de iguales para convertirse en un conjunto de estados sometidos a la voluntad de Atenas de buen grado, o por las malas.
El último clavo en el ataúd de la liga lo clavó la propia Atenas cuando, en 454 a. C., trasladó el tesoro común desde Delos a la propia Atenas con la excusa de que de ese modo estaría más seguro ante posibles amenazas persas. Atenas se había convertido en una potencia imperial. De hecho, gran parte de ese dinero no se empleó en la defensa de los intereses comunes, sino en el gigantesco programa constructivo de la Acrópolis, concebido a mayor gloria de Atenas.
Aproximadamente por la misma época, la polis había comenzado a tener choques diplomáticos cada vez más frecuentes con la otra gran vencedora de las guerras médicas: Esparta. Ambas ciudades parecían haber nacido para ser rivales la una de la otra. Atenas en el Ática; Esparta en el Peloponeso. Atenas era una democracia; Esparta una monarquía (en realidad, diarquía, pues tenía dos reyes). Atenas era de origen jónico; Esparta de origen dorio. En Atenas brillaban las artes y la elocuencia; Esparta era un estado militarista y escatimaban las palabras como si tuvieran que pagar por hablar, hasta el punto de que el adjetivo lacónico, por la región en la que se encontraba, acabó significando ‘breve, conciso’. Atenas tenía una proyección internacional; Esparta vivía encerrada en sí misma. Atenas lideraba la Liga de Delos; Esparta aglutinaba a sus aliados en torno a la Liga del Peloponeso.
En realidad, todo este esquema recuerda al que veinticinco siglos más tarde escenificarían los Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría, dos antagonistas en todo lo posible que lideraban sendos bloques de alianzas que, en realidad, bailaban al son que tocaban sus respectivos jefes.
Las ofensas mutuas entre atenienses y espartanos, las heridas mal cerradas y los intentos más o menos velados de dañar a la parte contraria fueron sucediéndose desde la década del 460, y desembocaron por primera vez en un choque armado en la batalla de Tanagra, en 457 a. C., con la excusa de ayudar a terceras ciudades aliadas o enemigas de los actores principales. Durante los años siguientes se sucedieron las escaramuzas y las firmas de treguas, pero estaba claro que aquello solo podía terminar en una guerra de aniquilación. Poco importa el casus belli. El enfrentamiento abierto estalló en 431 a. C. Comenzaba la guerra del Peloponeso.
Los movimientos iniciales de la contienda fueron de tanteo. Los atenienses eran superiores en el mar y los espartanos en el choque en campo abierto, así que ambos evitaron exponerse a caer en el terreno del rival. Los espartanos llevaron sus tropas más allá del istmo de Corinto y devastaron el terreno de los aliados de los atenienses con la esperanza de atraer a estos a una batalla campal. Atenas, por su parte, lo basó todo en romper los bloqueos por tierra gracias a su superioridad en el mar y en evitar un enfrentamiento a gran escala en tierra, donde se sentían inferiores a la infantería espartana.
Cuando llegó el invierno, se dieron por finalizadas las operaciones militares, y cada uno regresó a su hogar a preparar el siguiente asalto.
Quién es quién
Pericles, nacido en 495 a. C. en el seno de una familia aristocrática ateniense, tuvo en su juventud una formación muy completa al abrigo de algunos de los filósofos de moda. Se inició en la política dentro del partido democrático, que lideró desde 461 a. C. Hizo aprobar en asamblea varias reformas democráticas con la oposición de las oligarquías locales.
En 454 a. C. fue nombrado strategós, o jefe militar, y se dedicó a subrayar la supremacía ateniense dentro de la Liga de Delos. Fomentó la construcción de naves de guerra y la creación de colonias atenienses en el Egeo.
Desde 443 a. C., como máxima autoridad política de Atenas, fue responsable directo del empeoramiento de relaciones con Esparta que desembocó en la guerra del Peloponeso y que, después de su muerte, acabaría con la derrota ateniense y el fin de la hegemonía de la polis.
Murió en 429 a. C., víctima de una peste que asoló la región del Ática.
Su gobierno fue una época de mecenazgo y florecimiento de las ciencias y las artes en Atenas. Se rodeó de dramaturgos como Eurípides y Sófocles, historiadores como Heródoto de Halicarnaso y Tucídides, el filósofo Sócrates o los escultores Fidias y Policleto.
Su mayor legado lo constituye el complejo arquitectónico de la Acrópolis, llevado a cabo bajo la dirección de Fidias. Destaca en el conjunto el Partenón (construido entre 447 y 438 a. C.), dedicado a Atenea, la diosa patrona de Atenas. Los frontones, relieves y metopas del Partenón responden a un programa iconográfico concebido para ensalzar las virtudes míticas, morales y políticas que, en opinión de los atenienses, hacían de su ciudad el centro del mundo.
El historiador Tucídides pone en su boca este discurso en su obra Historia de la Guerra del Peloponeso II, 34-46.
Tucídides, historiador griego (460-395 a. C.) de origen aristocrático, ejerció diversos cargos en Atenas antes de entregarse a la labor historiográfica. Su Historia de la Guerra del Peloponeso es, probablemente, la primera obra histórica nacional en la que no intervienen los dioses y se intentan explicar de manera ordenada las causas, los acontecimientos y las consecuencias de un hito histórico. Aunque contemporáneo de los hechos narrados en su obra, es evidente que Tucídides no pudo estar en todos los lugares donde se desarrollaba la acción. Así, y refiriéndose a los discursos recogidos en su libro, él mismo reconoce que se trataría de reconstrucciones aproximadas que intentarían preservar el sentido general:
En cuanto a los discursos pronunciados ante la inminencia de la guerra o durante esta, ante la dificultad de rememorar sus propios términos, tanto los oídos por mí como los de ajena información, he formulado la elocución que me pareció más apropiada a las circunstancias, ciñéndome estrictamente al pensamiento general de lo realmente pronunciado.
(Historia de la Guerra del Peloponeso, I, 22)
Tucídides escribió este discurso años después de que fuera pronunciado y una vez que Atenas ya había sido derrotada. Por todo ello, ya en la Antigüedad, Plutarco, en su Vida de Pericles, dudaba de la autoría del discurso y señalaba al historiador. Del mismo modo, también hay en la actualidad investigadores que creen que la alocución no fue compuesta por Pericles, sino por el propio Tucídides, y que, más que el discurso fúnebre de Pericles a los muertos durante el primer año de la guerra, se trata del discurso fúnebre de Tucídides a la Atenas vencida que, a pesar de la derrota, comenzaba a presentarse ya como un paradigma universal de cultura cívica. El elogio fúnebre a los caídos en combate sería, en realidad, nada más que un pretexto para enaltecer a Atenas y resaltar la vigencia eterna de su patrimonio.
Aspasia, originaria de la ciudad de Mileto (¿470-400? a. C.), fue una hetaira que se convirtió en amante permanente de Pericles tras conocerse en el burdel que ella regentaba en Atenas. Poseía una educación exquisita, frecuentaba a los más importantes intelectuales de la ciudad y ella misma era una experta en diversas disciplinas como la retórica y la logografía —se denominaba «logógrafos» a los historiadores y cronistas anteriores a Heródoto, el considerado Padre de la Historia—. Por su posición junto al hombre fuerte de Atenas, y por su propia valía personal, Aspasia fue la única mujer de la Grecia clásica que desempeñó un papel de importancia y propio en la esfera pública. Más aún, precisamente por sus conocimientos de retórica y redacción de textos, algunos investigadores creen que su mano podría encontrarse detrás de la redacción del discurso funerario de Pericles.