Czytaj książkę: «Rejuvenecer con el ayuno»

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Título original inglés: Wie Neugeboren Durch Fasten

© Gräfe und Unzer Verlag GmbH, Múnich, 1980.

© de la traducción: RBA Libros, S. A., 2015.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2015.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

CÓDIGO SAP: OEBO516

ISBN: 9788490560280

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Prólogo

1. ¿Qué es ayunar?

2. Ayuno para personas sanas

3. La semana de ayuno

4. Ayunar es fácil

5. Fin del ayuno y retorno gradual a la alimentación

6. El organismo durante la recuperación

7. El ayuno terapéutico clínico

Para saber más

Centros para la práctica del ayuno terapéutico

PRÓLOGO

Reconforta saber que de nuevo existe algo que une a los europeos: la práctica del ayuno. Con milenios de historia, el ayuno se da en todas las culturas de la humanidad, y ha sido siempre algo que unía. Aunque se lo ha infravalorado largo tiempo, hoy en día revive el interés por el ayuno, quizá para redescubrir la verdad oculta en él.

En Alemania, el ayuno empezó a popularizarse a partir del programa «Semana del ayuno en televisión», emitido por primera vez en 1976 por la Radiotelevisión de Baviera. Al mismo tiempo, y como texto de apoyo para ese programa, se publicó la primera edición de Rejuvenecer por el ayuno. Esta guía médica para el ayuno ha sido traducida ya a dieciséis idiomas y ha dado a conocer el ayuno autónomo a unos dos millones de personas. Todas ellas han podido experimentar lo que significa el ayuno: pérdida de peso, desintoxicación del organismo y, sobre todo, una nueva sensación de capacidad y bienestar.

Siguiendo las instrucciones de este pequeño libro, han ayunado gran cantidad de personas de habla alemana y también escandinavos (finlandeses, suecos, noruegos y daneses). Al igual que, al cabo de poco, holandeses, belgas e ingleses; luego portugueses y franceses, y claro, también los españoles. ¡Qué satisfacción para mí y para la editorial! Nunca hubiésemos imaginado que fuese posible tal disposición a la renuncia.

Si los europeos buscan aunados uno de los secretos de la vida, y algunos, en la vivencia de la renuncia, encuentran las fuentes de la alegría, la sencillez y la salud, permítaseme percibir en ello esperanza para nuestro mundo. Quien ha aprendido a renunciar está en condiciones de romper el círculo vicioso de una vida civilizada. Encontrará soluciones para edificar minuciosamente su propia vida, para asentar sus relaciones con su familia, su entorno social y, por último, quizá también para el fundamento del Estado.

HELLMUT LÜTZNER

1
¿QUÉ ES AYUNAR?
TODOS SABEMOS LO QUE ES EL AYUNO

Comer y no comer viene a ser como estar despierto y dormir, como estar en tensión y relajarse; son dos polos entre los cuales transcurre la vida humana.

Comer durante el día y ayunar por la noche forman parte, incuestionablemente, del ritmo vital humano. Cuando cenamos muy entrada la noche, por la mañana nos suele faltar el apetito. Es una señal del organismo indicadora de que el breve espacio de tiempo de necesario ayuno aún no ha finalizado; prosigue, pues ha de completar su ciclo.

No es casualidad que llamemos a la primera comida «desayuno», es decir, dejar de ayunar, ni que en inglés se denomine breakfast, es decir, romper el ayuno. Quien no ha ayunado por la noche no necesita por la mañana propiamente ningún «desayuno».

El ser humano precisa de doce a catorce horas al día para estar despierto, trabajar, comer, para relacionarse con el entorno, para la acción y la reacción.

Le quedan de diez a doce horas por la noche para el metabolismo, es decir, para la degradación, transformación y síntesis de sustancias corporales. La energía necesaria para ello la obtiene el cuerpo a partir de sus reservas. Durante el ayuno nocturno, «el ser humano se ocupa de sí mismo»: duerme, reposa. El silencio, el recogimiento, la protección y el calor le ayudan a vivir por de forma autónoma.

Estas son las bases sobre las que se fundamenta cualquier ayuno; las encontrará una y otra vez a lo largo de este libro.

AYUNO Y ENFERMEDAD

También el enfermo necesita silencio, protección y calor; también él desea más que nunca estar solo consigo mismo. El niño con fiebre rechaza el alimento y pide únicamente zumos frescos. El perro enfermo se recoge en su rincón y no come nada durante días. Los seres vivos enfermos hacen así intuitivamente lo correcto: ayunan.

Para sanar, el organismo requiere tiempo y energía para sí mismo. La energía necesaria para reponer las células enfermas y producir células nuevas la obtiene de sus propios depósitos corporales de alimentos. Mientras ayuna se ahorra el trabajo de la digestión, que constituye el 30% del total del gasto energético, y emplea la energía libre para el trabajo de curación.

Este ayuno instintivo durante la fiebre o ante determinadas enfermedades es una valiosa ayuda que nos brinda la naturaleza. Sabemos bien que tanto la fiebre como el ayuno son, para cada persona sana, ayudas curativas altamente eficaces, pues:

• tienen una gran capacidad destructora de bacterias invasoras;

• inhiben la diseminación y el crecimiento de virus;

• aumentan la capacidad defensiva de la sangre y de las células;

• acrecientan la eliminación de sustancias tóxicas y patológicas.

AYUNO Y RENDIMIENTO

Usted sabe, quizá por experiencia propia, que la fuerza, la velocidad, la resistencia o la capacidad mental de ningún modo dependen directamente de la comida. Al contrario, popularmente se dice que «con el estómago lleno no se estudia bien». Quien está en ayunas (siempre que no esté desnutrido) piensa mejor y con mayor rapidez.

¿A qué alpinista se le ocurriría comer antes de iniciar una ascensión? Para escalar se suele partir a las tres de la mañana y se asciende durante tres o cinco horas aprovechando la prolongación del ayuno nocturno. Solo después se detendrá para desayunar. Ningún corredor puede rendir al máximo ni batir una marca si ha comido justo antes de la salida. Con estos pocos ejemplos se demuestra que el ser humano no acostumbra a vivir gastando inmediatamente lo que ingiere, que no obtiene su fuerza directamente de la alimentación. Dispone de reservas en forma de depósitos de nutrientes que pueden utilizarse de forma más rápida y racional que la fuerza que le puedan proporcionar los alimentos después de un proceso digestivo que exige, a su vez, tiempo y energía.

Plantéese las siguientes preguntas:

• ¿Cuándo me siento más activo?

• ¿Cuándo comí por última vez antes de sentirme así?

• ¿He comido mucho? ¿Poco? ¿Nada?

• ¿He tomado algún estimulante, como café, té, cola, nicotina, alcohol, etc.?

• ¿De qué depende que me encuentre en la máxima forma?

Existe otro hecho que nos sirve además para rebatir el antiguo prejuicio de que el ser humano obtiene la fuerza directamente a partir de los alimentos: no solo durante, sino también después de una prestación de fuerza o resistencia a menudo no se presenta necesidad de comer. Primero se sacia la sed, y no es hasta mucho más tarde que aparece la sensación de hambre.

Los deportistas experimentan la conexión entre rendimiento y ayuno; ellos saben que pueden obtener muy buen rendimiento aprovechando la energía proveniente de las reservas energéticas del propio organismo.

Por tanto, durante el ayuno el metabolismo evita las pérdidas de energía que acarrea el trabajo digestivo y moviliza la energía de forma óptima.

Es incluso posible vivir durante días y semanas sin alimentos, realizando al mismo tiempo un trabajo normal. El médico sueco Otto Karl Aly cita la experiencia de veinte suecos que efectuaron una gran marcha en ayuno, convencidos de que la persona no solo puede vivir de sus propias reservas, sino que además puede hacerlo a pleno rendimiento. Los hombres realizaron una marcha desde Góteborg hasta Estocolmo —500 kilómetros en 10 días, es decir, 50 kilómetros diarios— sin tomar alimentos sólidos. No consumieron nada más que un poco de zumo de frutas y, aproximadamente, 3 litros de agua al día. Según el doctor Aly, al llegar a Estocolmo los hombres presentaban muy buen aspecto, excelente humor y no estaban de ningún modo agotados, sino al contrario, con una potencia y resistencia incrementadas.

LA SEGUNDA FUENTE DE ENERGÍA DEL ORGANISMO

En el cuadro de la página siguiente se detallan las dos formas en que el cuerpo humano obtiene la energía para su funcionamiento. Además de la nutrición a partir de los alimentos (fuente I), existe también la nutrición a partir de las grasas y proteínas almacenadas en los tejidos (fuente II).

LAS DOS FUENTES DE ENERGÍA DEL SER HUMANO

FUENTE I. Nutrición a partir de los alimentos

Alimentos →digestión →metabolismo →excreción

Producto final = fuerza + calor

FUENTE II. Nutrición a partir de los depósitos corporales

Depósitos de grasas y proteínas →«digestión interna» →

metabolismo del ayuno →excreción

Producto final = fuerza + calor

El paso de comer a ayunar sucede por sí solo. Los dos programas de aprovisionamiento energético discurren automáticamente. La conmutación correcta del programa energético I al programa energético II queda facilitada:

• por el conocimiento de la capacidad preprogramada del ser humano para ayunar;

• por la confianza en la inocuidad del ayuno;

• por la libre decisión de ayunar;

• por un vaciado general del intestino, que es la señal para el inicio del ayuno.

La decisión de ayunar definitiva se consolida cuando se está dispuesto a confiar en este procedimiento natural gracias a la sorprendente vivencia, para el que ayuna por primera vez, de que no tiene hambre, que se encuentra perfectamente y que su rendimiento no ha disminuido. De ello resulta una creciente confianza en el autocontrol del organismo. A partir de la experiencia de que la vida sin alimentos es posible durante cierto tiempo, la persona que ayuna obtiene esa seguridad en sí mismo que tanto asombra a los que no han probado nunca el ayuno.

VIVIR CON LOS DOS PROGRAMAS ENERGÉTICOS

DEL ORGANISMO


El hambre es la señal con la que el organismo nos dice: «Espero alimentos. Me he preparado para aceptarlos. He producido saliva y jugos digestivos. Mi metabolismo ha conectado el programa energético I». Si el alimento no llega, la espera puede defraudarlo. Entonces la señal de apetito conduce a ese estado desagradable y hasta doloroso que llamamos «sentir hambre»: una penetrante sensación física que afecta al estómago y que ocupa persistentemente el pensamiento. Cuando es intensa, la circulación sanguínea puede reaccionar produciendo mareos, náuseas, debilidad, a veces incluso sudoración y temblores.

Basta un vaso de zumo para que esta sensación de hambre aguda desaparezca en cuestión de cinco a diez minutos. La comida tarda más en hacer efecto, aunque este es más duradero.

Estar saciado significa haber satisfecho el hambre física, si bien el apetito o el hambre no tienen por qué significar únicamente demanda de alimentos. Pueden suponer también demanda de afecto, de protección, de reconocimiento por los demás y de autoafirmación. Un incontable número de personas engordan o tienen problemas de metabolismo porque intentan satisfacer inconscientemente estas necesidades anímicas a través de la comida, la bebida o el tabaco.

Así se comprende que quien ayuna no note ninguna sensación física de hambre. Su organismo funciona con el segundo programa de obtención de energía. No tiene hambre porque su fuente interna de energía le abastece completamente. Mientras sean suficientes sus depósitos de nutrientes, podrá ayunar.

Todos los órganos de una persona sana trabajan también durante el ayuno de forma tan segura como siempre.

Quizá entienda ahora también por qué suele resultar tan difícil saltarse una comida o comer menos —por ejemplo, en una dieta de adelgazamiento de 1.000 kilocalorías—. El organismo, que se nutre mediante la primera fuente de energía, recibe demasiado poco y pasa hambre. El no comer nada —vivir con el segundo programa de obtención de energía— es realmente y sin punto de comparación más fácil que hacer una dieta de adelgazamiento o comer poco.

Todas las personas tienen la capacidad de adoptar el segundo programa. Solo deben saber cómo se hace, experimentarla y desarrollarla. En cuanto falta el alimento, el organismo habituado al ayuno adopta el segundo programa con más facilidad que el no está entrenado a ayunar. Renunciar a una comida no constituye ningún problema para un organismo con experiencia en ayuno. Le es posible incluso adaptarse a una posición intermedia entre el programa energético I y el programa energético II —es decir, vivir con menos alimentos—, y con ello cubrir sus necesidades energéticas en parte a partir de la alimentación y en parte a partir de las reservas del propio organismo sin pasar hambre. Esto sucede ya en el transcurso del progresivo retorno a la alimentación normal después de una semana de ayuno.

Como regla general, puede decirse que:

Ayunar no es pasar hambre. Quien pasa hambre, no ayuna.

Con ello debería quedar claro que ayunar (vivir sin alimentos) es un componente natural de nuestra existencia.

Lo curioso es que este principio parece ser totalmente desconocido para la mayoría de las personas. Para ellas, la proposición de que se puede vivir sin alimento e incluso trabajar durante ese período resulta simplemente incomprensible. Temen privaciones, enfermedades y hasta incluso la muerte. Tales prejuicios perviven y se defienden con obstinación. Pero solo hay que observar la naturaleza y aprender más de ella para convencerse de lo equivocados que son dichos supuestos y temores.

EL AYUNO EN EL REINO ANIMAL

El ayuno durante semanas y meses forma parte del ritmo anual de muchos animales que viven en libertad. Es la forma instituida por la naturaleza para poder sobrevivir en épocas sin alimentos. Animales de alta montaña, como la cabra montesa, el gamo, el ciervo y la marmota, comen en otoño a fin de proveerse de una buena capa de grasa para el invierno; de ella podrán vivir largo tiempo. Pero mientras la marmota, durante su hibernación, requiere muy poca energía, la cabra montesa, el gamo y el ciervo sostienen una dura lucha contra la nieve y el frío sin apenas alimentarse. Que su época de celo tenga lugar precisamente en este mismo período de ayuno, en reñida lucha contra sus rivales machos y con fecundación de las hembras, puede ayudar a ver a los escépticos que el ayuno de ningún modo significa disminución de la vitalidad, sino —al contrario— vitalidad potenciada.

Algo similar ocurre en la vida de peces y aves. El salmón no toma ningún alimento durante su extenuante remonte de los ríos ni durante la subsiguiente puesta de huevos. Las aves migratorias comen en la segunda mitad del verano más de lo que necesitan y en muchos casos, en el momento de iniciar su vuelo hacia zonas más cálidas, pesan el doble de lo normal. Gracias al «material energético» que es la grasa realizan vuelos sin parada de hasta 5.000 kilómetros de recorrido. Tras este considerable esfuerzo, su peso vuelve de nuevo a la normalidad.

Los lobos viven días y semanas sin alimentos y pueden recorrer amplias distancias. Casi todos los animales de presa comen cuando encuentran alimento y, si no pueden hacerse con ninguna presa, viven a expensas de sus reservas de nutrientes.

ORÍGENES DEL AYUNO HUMANO

Al igual que en los animales, en el ser humano la capacidad innata de utilizar la energía almacenada de los alimentos es una facultad biológica para poder sobrevivir. Muchos pueblos se habrían extinguido sin esta capacidad.

Hasta con una privación de alimentos extremadamente larga es posible sobrevivir, incluso cuando se degradan parcialmente sustancias corporales importantes. El camino hasta morir de hambre es largo.

Así viven desde hace milenios pueblos primitivos en Australia y África. Se han adaptado a su pobre medio ambiente alternando períodos en los que comen en grandes cantidades con períodos en los que apenas tienen nada para comer.

La historia del antiguo pueblo de los hunzas es un ejemplo de que el ayuno puede significar algo más que la simple posibilidad de sobrevivir. Este pequeño pueblo, integrado por diez mil personas, vive en un alto valle del Himalaya central, donde hasta hace pocos decenios permaneció prácticamente incomunicado del resto del mundo. El doctor Ralph Bircher, en su libro Los hunzas, informa de hechos sorprendentes: las tierras del alto valle no proporcionaban suficientes alimentos para alimentar a sus habitantes durante todo el año. Hasta que la cebada maduraba en marzo, el pueblo ayunaba durante semanas, algunas veces incluso durante dos meses. A pesar de ello, los hunzas permanecían felices y satisfechos, hacían sus labores agrícolas y reparaban las presas y bancales destruidos por los aludes. Los hunzas no conocían al médico y no necesitaban policía. Su vida transcurría según normas de comportamiento naturales.

Actualmente el valle se ha vuelto accesible y los hunzas sirven como soldados en la India o trabajan allí. Se importan alimentos fáciles de conservar, como azúcar, harina y conservas, y el pueblo ya no necesita «pasar hambre». Desde entonces adolecen de las típicas enfermedades de la civilización, antes desconocidas para ellos: caries, apendicitis, dolencias biliares, obesidad, diabetes, resfriados, por citar unas pocas. Y no solo necesitan al médico, sino también a la policía. La salud de su cuerpo, de su comportamiento y de su forma de pensar se ha visto perjudicada.

A partir de este ejemplo pueden entenderse algo las raíces del ayuno religioso. El hombre agradece con él la posibilidad dada por el Creador de sobrevivir y quedar saciado. El ayuno se vive como camino hacia el equilibrio interior y el encuentro con uno mismo. Los grandes fundadores de religiones —Moisés, Jesucristo, Buda, Mahoma— vislumbraron las grandes verdades de la existencia probablemente en el transcurso de largos períodos de ayuno voluntario.

¿Quién de nosotros, siempre rodeados de alimentos, concibe aún el profundo sentido del ayuno solitario, de esa voluntaria renuncia a los alimentos?

Tan pronto como la falta de alimento se vive como una obligación, despierta hambre y sentimientos de rechazo. Incluso la Iglesia ha fracasado a menudo en su recomendación del ayuno: sus directrices o preceptos de ayunar, eludidos y quebrantados, despertaban creciente oposición, lo cual llevaba a dispensas cada vez más considerables, a menudo justificadas por el temor a sufrir perjuicios de salud. Al final todo se queda en unas fórmulas frías y anquilosadas, desprovistas de sentido.

Deberíamos empezar, libres de prejuicios, a redescubrir el valor que presenta el ayuno. Para ello, nada mejor que una vivencia personal, una experiencia que cada uno debería realizar por sí mismo.

Las condiciones previas para un ayuno son: estar abierto a lo nuevo, tener la disposición de probarlo y tomar la decisión de perseverar hasta concluirlo.

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Ograniczenie wiekowe:
0+
Data wydania na Litres:
14 listopada 2024
Objętość:
104 str. 7 ilustracji
ISBN:
9788490560280
Wydawca:
Tłumacz:
Właściciel praw:
Bookwire
Format pobierania:

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